viernes, 25 de agosto de 2017

“Cazadores, campesinos y carbón”, 2015. Ian Morris

  Ian Morris es un historiador y arqueólogo que, como algunos otros autores, se ha atrevido a formular una especie de “teoría general de la civilización”.

Mi tesis esencial sostiene que (…) los modos de captura de energía determinan el tamaño y la densidad poblacional, que en gran medida determinan a su vez los sistemas de organización social que mejor funcionan. Eso implica que algunos conjuntos de valores tengan más éxito y resulten más atractivos para la sociedad que otros.

  Cuando hablamos de “valores” nos estamos refiriendo a criterios morales generalmente aceptados en una cultura determinada.

Si analizamos la historia del planeta durante los últimos veinte mil años, detectaremos tres grandes sistemas de valores humanos sucesivos. Cada uno está asociado con una forma particular de organización social, y cada una de estas formas viene determinada por una manera concreta de capturar la energía del mundo que nos rodea. (…) Al primero lo denomino “valores de cazadores-recolectores” (…) Los cazadores tienden a valorar la igualdad por encima de casi todos los tipos de jerarquía y toleran la violencia.  El segundo sistema es el de “valores agrícolas o campesinos” (…) Los campesinos y granjeros tienden a valorar la jerarquía por encima de la igualdad y no toleran bien la violencia. El tercer sistema [lo] llamo “valores de combustibles fósiles” (…) Los usuarios de combustibles fósiles suelen valorar de manera general la igualdad por encima de casi todos los tipos de jerarquía y no toleran nada bien la violencia. 

Si tengo razón y el modo de captura de energía determina los valores de un grupo humano, quizá se deduzca que (1) los filósofos morales que tratan de identificar un sistema perfecto de valores, una talla única para todos, están perdiendo el tiempo, y que (2) los valores que nosotros (…) hoy defendemos algún día probablemente –quizá bastante pronto- perderán su utilidad. 

  Determinismo económico. Hasta cierto punto, como el viejo Don Carlos Marx. Aunque con aplicaciones filosóficas y políticas muy diferentes. Véase cómo se justifica (“necesidad funcional”) la esclavitud en las primeras civilizaciones agrarias que suceden al mundo de los cazadores-recolectores.

El problema básico es que el bajo rendimiento de la mano de obra premoderna significaba que el producto marginal del valor, es decir, el beneficio para el empleador de contratar a un trabajador adicional, a menudo era demasiado reducido como para que el salario fuera atractivo para los trabajadores que tenían otros medios para mantenerse. De ahí el interés por la segunda gran alternativa al parentesco como método de movilización de obreros más allá de la unidad familiar: el trabajo forzado.  (…) El trabajo forzado, al igual que el patriarcado, fue una necesidad funcional de las sociedades agrarias que generaban más de 10.000 kilocalorías por persona y día.

El trabajo forzoso fue indispensable para las sociedades agrarias durante miles de años, pero los combustibles fósiles eliminaron esta necesidad en menos de un siglo

   Es decir, que para Marx la división en clases (oprimidos y opresores) era una consecuencia de la inmadurez política de las masas (porque los oprimidos se dejaban embaucar por las tradiciones y mitos religiosos que justificaban la explotación por la clase propietaria), mientras que para Morris la división en clases era la única fórmula viable para el progreso económico dada la tecnología de captura de energía de entonces.

  Sin embargo, ambos aceptan que los oprimidos se sentían descontentos. Las rebeliones se producían con cierta periodicidad… aunque no implicaban el cuestionamiento del sistema.

A menudo, la rebelión en las sociedades agrarias adopta la forma de los “buenos viejos tiempos” e insiste en que su objetivo solo es restaurar el Viejo Contrato

  Es decir, que los desposeídos añoraban –a veces, con ira- los “buenos viejos tiempos” en los que, supuestamente, había buenos amos –el “Viejo Contrato”. Si existieron tales “buenos viejos tiempos” quizá eso explique por qué abandonaron la caza y recolección… y quizá eso quiera decir que no siempre las primeras civilizaciones agrícolas se basaron en la explotación de unos por otros…

  Sin embargo, ya hemos visto que el libro que nos ocupa afirma que solo la explotación garantizaba el progreso económico. Porque, según afirma Ian Morris,

cada era tiene el pensamiento y las ideas que necesita

  No resulta convincente. Suena panglossiano… No parece cierto que solo fuese rentable el trabajo forzado. Se cuenten como se cuenten las kilocalorías, el hecho es que un agricultor romano podía alimentar con su trabajo a cinco personas, y un agricultor de la Europa Medieval, al doble. Con eso se puede vivir más o menos bien sin necesidad de que un Gran Señor te obligue a trabajar en régimen de esclavitud o servidumbre.

Entre el 4000 ac y el 1 ac (…) la captura de energía se triplicó, pero la desigualdad política y económica quedó fuertemente arraigada

  Pues claro. Y así se está reconociendo que el autoritarismo de las sociedades agrarias tradicionaless (algunos lo llaman también “violencia sistémica”) no existía tanto en función del rendimiento del trabajo, sino en base a otros factores, igualmente presentes si se duplicaba, triplicaba o cuadruplicaba el rendimiento del trabajo. Por su parte, Marx enseñó que lo que estaba detrás de la aceptación social de la explotación era el poder de la religión/ superstición al servicio de los astutos opresores; lo cual tampoco es cierto, tal como demuestra la volubilidad de las creencias religiosas en todas las épocas: cualquier nuevo profeta hubiera podido presentar creencias más conformes a los intereses de los oprimidos.

  La solución es más simple y más clara… aunque no es la que prefiere Morris que creamos.

Cada vez más antropólogos reconocen que en el siglo XX el cazador-recolector medio se enfrentaba a una probabilidad del 10%, como mínimo, de sufrir una muerte violenta. (…) Estos niveles de violencia eran también normales en la prehistoria (…) mientras que según mis cálculos, dichas tasas en las sociedades agrarias giran en torno a un 5%

  Exacto: para eso servía tener un amo, un rey, un señor feudal. No tanto porque solo pudiera trabajarse a golpe de látigo, sino porque el amo y señor era quien protegía a los siervos de la violencia innata del Homo Sapiens. El monopolio de la fuerza ayudaba a la pacificación. La limitada “violencia sistémica” de la cultura agraria era mejor que la violencia constante e ilimitada del cazador-recolector.

    Por otra parte, Ian Morris se enfrenta a otros muchos teóricos imaginativos -como él mismo- que afirmaban que no había justificación lógica para que los cazadores-recolectores abandonasen su forma de vida por una miserable existencia agrícola…

Los esqueletos excavados sugieren que los campesinos de la prehistoria sufrían de lesiones que forzaban sus articulaciones de forma repetida con más frecuencia que los cazadores-recolectores; tenían una pobrísima salud dental, debido a que sus dietas eran muy altas en carbohidratos azucarados; y en cuanto a la estatura (…) descendió ligeramente con los inicios de la agricultura

    Sí, estaban subalimentados y trabajaban mucho, pero habían ganado dos cosas. Primero, vivían sometidos a menos violencia que las bandas de cazadores-recolectores, enzarzados en constantes rencillas con otras bandas en busca de territorios de caza o de mujeres, y, segundo, vivían juntos, en poblados, en comarcas agrícolas densamente habitadas y finalmente en ciudades; esta abundancia en relaciones sociales no implicaba solo un medio para “capturar más energía” gracias a la cooperación económica, también satisfacía una demanda natural del “Homo Sapiens”, cuyo desarrollo cognitivo se relaciona directamente con la sociabilidad, que es para nosotros un fin en si mismo. Construir un santuario religioso para dar rienda suelta a las inquietudes espirituales, por ejemplo, era una motivación para el sedentarismo.

  Otra posible explicación del origen de la agricultura quizá estuviera en el mero aumento de la población: las mejores condiciones meteorológicas y el desarrollo de mejores armas de caza hizo inevitable este aumento. La caza empezaría a escasear y se habrían buscado otros recursos. Las necesidades de la agricultura habrían exigido medidas pacificadoras, como el monopolio de la fuerza por la clase superior.

  Ian Morris tiene la buena idea de incluir textos de algunos de sus críticos en su libro. Varios de ellos plantean la cuestión fundamental:  "¿Podemos admitir la idea de un progreso moral, distinguible del material?" 

   Morris tiene una respuesta tajante:

[La] distinción entre valores morales reales y valores positivos no tiene sentido.  (…) Los humanos no pueden tener valores a menos que capturen energía de sus entornos (…) Los valores humanos (…) son por definición valores positivos

  Pero el factor esencial de cambio social no es la tecnología (o "sistemas de captura de energía"). Entre otras cosas porque la tecnología depende a su vez de otros factores. Morris reconoce –qué remedio- que la tecnología básica de la Revolución Industrial, del siglo XVIII y XIX, ya la conocían los romanos (fuerza del vapor, engranajes, mecánica de fluidos…). Los romanos eran capaces de construir maravillas como el mecanismo de Anticítera y los juguetes de Herón de Alejandría, así que el factor esencial del desarrollo económico no es la tecnología de “captura de energía”, sino la tecnología de la mente, los “valores”, conceptos simbólicos de aplicación a la vida social –por ejemplo: justicia, honor, libertad, dignidad, caridad…- que evolucionan muy muy lentamente a lo largo de siglos.

  Véase el caso griego, el “milagro” ateniense:

Atenas (…) carecía de la reducida élite altamente estratificada (…) , separada de una gran masa de campesinos (…) Algunos atenienses eran muy ricos, incluso para los estándares griegos, pero el salario real medio era también inusualmente elevado [Sócrates era albañil] (…) [Sin embargo, ] Atenas contaba con uno de los sistemas de esclavitud más estrictos del que tenemos constancia, con muy bajas tasas de manumisión. (…) Ninguna mujer obtuvo jamás la condición de ciudadana en una ciudad de la Grecia clásica. (…) El milagro de las ciudades-estado consistió en una ampliación de las élites. En la Atenas clásica (…) alrededor de un tercio de la población residente (los varones libres y sus hijos) pertenecía a esta clase dirigente.

   Los atenienses se habían hecho ricos gracias al comercio, lo cual permitió aumentar el número de integrantes de la "clase opresora". No fueron los primeros ciudadanos de la Antigüedad que gozaron de esa suerte (pensemos en Troya), pero una serie de circunstancias históricas llevaron a que los atenienses emplearan buena parte de esa riqueza en realizar asombrosos descubrimientos cognitivos en el ámbito de la sociabilidad –la filosofía, la ética, la historia, el razonamiento lógico, el Dios ideal de Platón y la ciencia de Aristóteles. Y ésta fue la tecnología importante que a la larga llevó al cambio definitivo. Con la llegada del cristianismo, mil años más tarde, las ciudades libres del fin de la Edad Media están ya a punto de igualar y superar a Atenas. Estas nuevas “Atenas” cristianas –Florencia, Rotterdam, Ginebra- ya serán imparables. La libertad de las ciudades acabará también generando medios de enriquecimiento ya no tan violentos, ya no tan opresivos.

  Así que sí existen “valores morales reales”, ellos son el motor del desarrollo civilizatorio, y permiten, entre otras cosas, que el artesano se convierta en industrial, el comerciante en empresario y el usurero en banquero.
 
    Cabe concluir que el determinismo económico de Morris es casi tan peligroso como el de Marx, y hace bien uno de sus críticos en subrayar que  "Supongamos que fuera cierto que, como algunos dicen, el autoritarismo unipartidista de China produzca un mayor crecimiento económico que una democracia liberal (…) La cuestión es que pueden existir buenas razones para defender la idea de que la valoración moral debería aspirar a una mayor independencia de las circunstancias particulares  de lo que Morris puede querer permitir".
                         
  Marx enseñaba que para conseguir el progreso definitivo del ser humano había que destruir las supersticiones, sobre todo la superstición económica de la propiedad privada de los medios de producción. Los marxistas llevaron a cabo auténticas locuras en su tarea de destrucción a fin de liberar al ser humano “rousseauniano”, “bueno” por naturaleza, de las supersticiones instigadas por la clase opresora. Pero los marxistas no liberaron nada… más que la sempiterna tendencia humana a la violencia que, pese al sueño rousseauniano, persiste en nuestra naturaleza innata, sea quien sea el propietario de los medios de producción...

  Morris, con su principio panglossiano de que Cada era tiene el pensamiento y las ideas que necesita dice a todo que sí, justifica más allá del mero conformismo. Asegura que la democracia funciona porque los países más ricos son democracias. ¿Y China, entonces?

El mayor reto de China para mantener su crecimiento económico en la década de 2010 probablemente radique en cómo hacer frente a su propia liberalización. Es muy posible que la sociedad más democrática de India derive en la obtención de una mayor ventaja frente a China en las próximas décadas.

  Eso es, en el mejor de los casos, optimismo injustificado. De momento, la India no lleva camino de alcanzar a China. Y el régimen chino no parece desear una liberalización que les acabe llevando a lo que pasó con la Unión Soviética a partir de 1991. Si no tenemos “valores”, si solo nos preocupamos por el rendimiento económico, los tecnócratas chinos pueden durar mucho tiempo aún…

  Además, Morris no solo especula gratuitamente sin base alguna –¡y eso que defiende mucho lo que llama “el sentido común”!-, sino que también falsea el pasado.

Cuando Stalin revirtió la Nueva Política Económica de Lenin unos años después [de la muerte del primer líder soviético] en nombre del verdadero socialismo, los resultados fueron catastróficos

  Desde un punto de vista de valores éticos, las atrocidades de Stalin sin duda fueron una catástrofe, pero desde un punto de vista meramente económico, la desaparición de la “Nueva Política Económica” de Lenin –un episodio breve en el tiempo- sí que fue un éxito. Stalin logró poner en marcha una infraestructura de industria pesada impresionante que fue capaz de derrotar a Hitler en la segunda guerra mundial, y que más adelante pondría al primer hombre en el espacio. Sin libertades, sin libre empresa, sin incentivos económicos, sin libre mercado y sin nada más que el viejo principio autoritario de las civilizaciones de la Antigüedad: pura violencia sistémica.

  Decir que la democracia es buena porque los países ricos –hoy- son democracias es arriesgarnos a que cualquier tiranía tecnocrática pueda un día decir: “mi sistema es bueno porque gracias a él somos ricos”. Hitler pudo ganar la segunda guerra mundial y apoderarse de medio mundo, construyendo un imperio tecnocrático riquísimo con racismo, genocidios y esclavitud, ¿no hubiera eso llevado a muchos intelectuales influyentes a escribir entonces que Cada era tiene el pensamiento y las ideas que necesita?  

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