lunes, 15 de junio de 2015

“Orígenes morales”, 2012. Christopher Boehm

  Cristopher Boehm desarrolla una teoría acerca del origen del comportamiento moral como factor de progreso social. Se trata de una teoría que puede también orientarnos a la hora de especular sobre el progreso social futuro.

  ¿Cómo definimos la moralidad y cuál es su importancia?

Talcott Parsons habló convincentemente de la “internalización” de valores y reglas. Por esto, él quería decir que cuando los grupos traducen sus valores sociales en reglas de conducta, tales como “haz el bien a otros”, los individuos forman conexiones emocionales con estas reglas a fin de que sentirse bien al seguirlas e incómodos al romperlas.

“Tener una conciencia” simplemente quiere decir que se está internamente impulsado a rechazar el comportamiento antisocial, y añadiría que ello deriva del propio autocontrol de seguir reglas sociales.

  Es decir: moralidad significa la internalización psicológica del sentido de lo correcto y lo erróneo en el comportamiento social. Esta internalización psicológica implica un comportamiento emocional, asimilado de forma instintiva, que se refleja incluso en la misma fisiología:

Un sentido del bien y del mal, y una capacidad para ruborizarnos con la vergüenza, junto con un altamente desarrollado sentido de empatía, nos obligan como seres morales a considerar cómo nuestras acciones pueden afectar negativamente las vidas de los otros –o cómo podemos ganar satisfacción en ayudarles.

Los sentimientos de vergüenza socialmente vinculados y su correspondiente riego sanguíneo corporal, íntimamente relacionado con la autoconciencia, parecen ser únicos en los humanos

Los humanos podrían ser la única especie animal que se comporta de forma moral en base a la virtud y que internaliza reglas en base a esto.

  Los animales también viven sometidos a un intenso control social, pero no reaccionan ante éste emocionalmente como hacen los seres humanos: son amorales.

Un [lobo] subordinado sorprendido en un acto [antisocial] intentará ciertamente apaciguar a su superior [macho alfa], pero esto no tiene nada que ver con sentirse moralmente reprendido. Es simplemente un asunto de autoprotección manipuladora, y esto también se da en los humanos. La diferencia es que nosotros, además, somos morales.

  La moralidad implica –y ahí está su ventaja- que el acto antisocial (y el prosocial) queda emocionalmente grabado en la conciencia, en los recuerdos, y por ello ayuda a prevenir que no se repita en el futuro. Los lobos no consideran el futuro, y eso los fuerza a vivir bajo un control social mucho más ineficaz y menos flexible, en el que el individuo no participa y solo ve limitado su comportamiento por la coacción inmediata de los otros actuantes, particularmente del “macho alfa”.

  Puesto que el fenómeno de la moralidad es un mecanismo de control social desconocido por los demás animales, interesa averiguar cómo llegó a originarse: nuestros primos, los grandes simios, no muestran actuar moralmente (por ejemplo: mamá chimpancé no castiga ni reprende al pequeño travieso para que mejore su comportamiento en el futuro) pero, en algún momento, a lo largo de la evolución de nuestra especie, debió de producirse el cambio. Boehm tiene una teoría al respecto:

algunas evidencias arqueológicas sobre metodología de descarnamiento de piezas de caza (…) sugieren que hace 400.000 años los forrajeros humanos no eran del todo igualitarios

Hace 200.000 años las marcas de corte [de los huesos de las piezas de caza] son las de un solo individuo que asume una posición única para carnear toda la pieza.

Compartir la carne entre adultos probablemente implica algún tipo de extensión fuertemente seleccionada del comportamiento de generosidad maternal

  Según esta teoría, los cazadores-recolectores mejoraron sus posibilidades económicas al comenzar a capturar grandes piezas de caza, algo que requería de una compleja cooperación. Pero para estimular la cooperación era preciso que todos y cada uno de los que tomaban parte en el proceso tuviesen asegurada su recompensa, y es entonces cuando, tomando quizá como punto de partida la actitud maternal de reparto equitativo de alimentos entre las crías, el macho alfa pasó a convertirse en administrador equitativo del grupo de cazadores. Ése habría sido el cambio fundamental (entre los lobos no se da nada parecido: cada uno tironea de la carne de la presa, y disputa su parte a todos los demás).

El homo sapiens arcaico, con su relativamente gran cerebro social, debe haber comprendido algo acerca de la importancia de cazar cooperativamente y sobre la ventaja de compartir carne entre toda la banda

  El resultado de esta actitud llevaría a una “selección social” dentro del grupo, alentando el comportamiento propio de algunos temperamentos (los más prosociales, los que jugarían limpio y equitativamente en el reparto de comida y resto de interactuaciones) y reprimiendo otros (los más antisociales, los peor adaptados a la nueva situación). Este concepto de “selección social” es uno de los más interesantes hallazgos de este libro y, desde luego, no se limita a promover el reparto equitativo de las piezas de caza cobradas.

   Conviene distinguir bien entre “selección individual”, “selección de grupo” y “selección social” para comprender estos mecanismos evolutivos (que no son en absoluto los únicos que pueden darse en la especie humana).

  Cuando en general se habla de “selección darwiniana” a lo que solemos referirnos es a la “selección individual”: el individuo más apto se lleva los disputados recursos que aseguran su supervivencia y, con ello, asegura también el éxito reproductivo de sus genes al incrementar las posibilidades de tener éxito social (que es recompensado con el apareamiento) y las posibilidades de su propia prole con respecto a la de los menos aptos. Pero el mismo Darwin ya sospechó la existencia de una “selección de grupo” (otros estudiosos posteriores profundizarían en el asunto) en la cual el conjunto de individuos que viven en común (humanos o no) promoverían actitudes de cooperación altruista capaces de fortalecer al grupo frente a grupos rivales que les disputan los recursos y que no habrían desarrollado ese tipo de actitudes.  Es decir, que el grupo donde se dé una cooperación más eficiente (y el altruismo es siempre eficiente a nivel de grupo con respecto al egoísmo) será el que acabe predominando sobre los otros grupos. De esa forma se asegura el éxito reproductivo de la gran mayoría… incluso si esto podría ser en detrimiento del éxito reproductivo de algunos pocos (los que se hubiesen sacrificado altruistamente por el bien común a fin de hacer posible el éxito del grupo frente a otros grupos con menos individuos altruistas).

   Las primeras observaciones comprobadas de esta actitud se dieron en el caso de individuos genéticamente emparentados (padres y hermanos que se sacrifican por sus hijos y otros hermanos: perpetúan así la misma herencia genética), pero la “selección de grupo” va más lejos que eso y se extiende a los no parientes.

Darwin identificó un problema que continua dejando perplejos a los estudiosos de hoy. En la vida real, los humanos no asisten meramente a sus parientes de sangre próximos o distantes;  también ayudan a la gente que no tiene relación con ellos. (…) Los individuos que hacen tal acción pueden estar disminuyendo su propia adaptación y elevando la adaptación de su socio

  Si la selección individual es consecuencia del egoísmo, la selección de grupo lo es del altruismo...

  La selección social sería una variedad de esta selección de grupo: en ella los individuos más cooperativos también son premiados, pero no de forma indirecta como resultado de que los altruistas contribuyen decisivamente a las posibilidades de supervivencia de todo el grupo frente a los grupos menos altruistas, sino que sería el mismo grupo el que eliminaría a los menos cooperativos por el bien de cada uno de los demás.

  En la selección de grupo ya conocida, las características prosociales se expanden gracias al éxito reproductivo del conjunto del grupo con respecto a los otros grupos que compiten por los recursos (éxito frente al “enemigo exterior”). En la selección social lo que sucede es que se tiende a eliminar a los individuos que manifiestan demasiadas tendencias antisociales (éxito frente al “enemigo interior”).

La evolución de la conciencia comenzó con el control social sistemático pero inicialmente no moralista a cargo de los grupos.  Esto implicaba castigo de los individuos “desviados” (…) y, así como la predicación a favor de la generosidad que siguió, tal castigo pudo ser llamado “selección social” porque las preferencias sociales de los miembros del grupo en su conjunto estaban teniendo efectos sistemáticos en la herencia genética.(…) No es sorprendente que las consecuencias genéticas, aunque inintencionadas, vayan en la dirección de menos tendencias que lleven a la predación social y más tendencias que lleven a la cooperación social

  La selección llevaría al desarrollo de la conciencia racional y la inteligencia social en cada uno de los individuos (altruistas o no): cada individuo se beneficiaría de estar al tanto de cuáles son las tendencias más prosociales de quienes conviven dentro de su grupo. Y cada individuo comprendería que debe vigilar su propio comportamiento a fin de no acabar siendo él mismo eliminado por quienes lo juzgasen como antisocial.

El hecho de que los individuos tuviesen conciencias bien desarrolladas mejoró la vida del grupo social porque esta voz interior reprimió las tendencias antisociales (…) Si nunca hubiéramos ganado algún tipo de conciencia, que nos da un sentido primitivo del bien y del mal, nunca habríamos evolucionado el notable grado de “empatía” y los rasgos de generosidad extrafamiliar que la acompañan y que enriquecen la vida social humana tal como la conocemos hoy

  De esa forma, Boehm considera que la persecución y castigo de los individuos antisociales no solo favoreció la supervivencia del grupo, sino que fue “domesticando” a la especie, pues los individuos antisociales tenían más dificultades para sobrevivir y transmitir su herencia genética. El proceso habría dado lugar también al sentido moral por mera necesidad de supervivencia del individuo dentro de un grupo donde la conducta es objeto del constante escrutinio por parte de todos los demás.

Las acciones punitivas de los miembros del grupo pueden no solo influenciar la vida del grupo, sino también formar la herencia genética en direcciones similares.

  La hipótesis de Boehm es coherente, pero no debemos confundir el posible origen ancestral del comportamiento altruista con los medios actuales para promoverlo.

Hay dos caminos para intentar crear una buena vida. Una es castigar el mal, y la otra es  promover activamente la virtud. Mi teoría evolutiva es que el castigo del comportamiento desviado es más antigua

  Pasado ese periodo selectivo de la Edad de Piedra, el altruismo, aunque habría recibido cierto impulso, seguiría siendo hoy difícil por causas evidentes. Sin embargo, difícil o no, marca la diferencia con respecto a los otros mamíferos superiores y caracteriza nuestra organización social.

Cuando hablamos de altruismo, estamos hablando de tendencias del comportamiento que disponen que la gente dé más de lo que recibe 

    Dentro de la  vida cultural -las normas y costumbres que se transmiten  de generación en generación- existen también estrategias contra las conductas antisociales que no son de tipo punitivo: tenemos el importantísimo sistema de reciprocidad indirecta, la selección por reputación.

  La reciprocidad directa  (o "mutualismo") no es difícil de comprender, y se da también entre animales: yo te doy si tú me das a cambio algo de valor equivalente en el aquí y el ahora. La reciprocidad indirecta, por el contrario, consiste en que yo te doy ahora… y puede que no reciba nada a cambio… excepto el que me gano tu confianza, que podré o no aprovechar en el futuro para mi propio beneficio cuando necesite – o no- que me ayudes. Gano una reputación de comportamiento prosocial que, si es reforzada por la respuesta de los demás individuos del grupo, a medio y largo plazo acabará beneficiando a todos al expandir ese tipo de conductas prosociales.

La reciprocidad indirecta (…) está lejos de ser diádica [organizada solo entre dos: donante y receptor] o en modo alguno parecida en algo a las contribuciones hechas a largo plazo por diferentes individuos o familias. De hecho, las cantidades de carne comunal que los cazadores individuales proporcionan a sus bandas a lo largo de su vida varían bastante sustancialmente.

La intervención de reglas admonitorias que llamen a la generosidad dentro del grupo es una forma cultural de promover cualquier sistema contingente de reciprocidad indirecta. Tener una conciencia eficiente hace posible la internalización de tales reglas, e incluso si ciertamente no garantiza la conducta, sirve como un freno constante al egoísmo y como una incitación a ser generosos.

  Matar a los malos (el que sería el sistema más antiguo de promover la conducta prosocial…) difícilmente nos haría hoy más buenos. Si hoy siguiéramos semejante procedimiento tardaríamos muchas generaciones en obtener resultados por selección genética. Y tendríamos un problema cultural: ¿cómo pueden los “buenos” desencadenar una matanza represiva de aquellos que muestren comportamientos antisociales? Semejante conducta agresiva e implacable implica una falta de empatía que no es muy propia del altruismo.

  Debemos, pues, en cierto modo olvidarnos de los métodos primitivos de la selección social (genética) y atenernos a los medios del cambio cultural que sirven hoy para promover el comportamiento prosocial, es decir, el comportamiento altruista.  La promoción de la reciprocidad indirecta, el crear reputaciones de comportamiento prosocial para ganarse la confianza y el apoyo moral (y a veces económico) de los demás es un sistema que practican tanto las últimas sociedades de cazadores-recolectores que quedan como nuestra moderna sociedad desarrollada. La conciencia individual, la interactuación dentro del grupo (el chismorreo centrado en la reputación de cada individuo) y la elaboración de sistemas éticos transmitidos culturalmente (como las religiones) son formas de  promover las conductas altruistas.

  Ahora bien, la reputación no siempre se obtiene de forma legítima. Un problema gravísimo en el proceso evolutivo (biológico o cultural) de la cooperación social es el de los tramposos

Si el problema de los tramposos pudiera ser eliminado o seriamente mejorado, el poder de la selección de grupo para sostener la generosidad extrafamiliar sería incrementado.

  Al fin y al cabo, ganarse una reputación exige dedicación y esfuerzo (a veces hay que sacrificarse y siempre hay que estar atento), ¿no habrá ocasiones en que exija menos dedicación y esfuerzo el fingir ser merecedor de esta reputación que el ganársela lealmente? Tanto en el comportamiento social humano como en el de todos los seres vivos que viven en grupo, el problema del fingimiento es uno de los más importantes, y exige la aparición –por selección también, naturalmente- de numerosos comportamientos de control.

La selección social implica una única combinación de selección por reputación y supresión de los tramposos.

  La conclusión del autor, pues, es que las tendencias cooperativas han ido surgiendo como producto de una larga tensión entre impulsos contrarios (altruismo, egoísmo, engaño, fidelidad, control, autocontrol, castigo, recompensa…).

La amplificación cultural de las modestas pero muy importantes tendencias altruistas proporciona muchas de las respuestas a la pregunta acerca de cómo las instituciones [cooperativas] pueden ser mantenidas.

Las reputaciones de la gente están determinadas por lo que otros les ven hacer, e incluso más por lo que otros hablan.

Considérese que entre todos los patrones culturales personalmente útiles que los miembros del grupo pasan a la siguiente generación habrá mensajes del tipo  “regla de oro”[“no hagas a los demás lo que no quisieras que te hicieran a ti”] que incitarán a los individuos a ser generosos incluso con los no familiares. Cuando una persona actúa en base a esos mensajes, los moderados costes del altruismo se restarán de los mucho más sustanciales beneficios que proceden de ser generalmente tan perceptivo con respecto al aprendizaje cultural. Por supuesto, los “no conformistas” que heredan una mala capacidad de asimilación pueden resistir los mensajes para ser altruistas, pero también perderán en general las ventajas de la conformidad.

Estos tres desarrollos [sanción social agresiva, freno a los tramposos y evolución del altruismo] pueden ser vistos como la historia científica de los orígenes de la moralidad

  Que la selección genética, mediante la selección social, nos haya hecho algo más altruistas y cooperativos es algo que ha posibilitado el desarrollo cultural. La evolución de la conciencia, la aparición de la moralidad y el surgimiento de tendencias altruistas en los seres humanos han sido inmensos logros, pero en modo alguno significan que las conductas prosociales estén arraigadas firmemente en nuestro comportamiento innato. Es evidente que

nuestra naturaleza humana genética es sobre todo egoísta, secundariamente nepotista y solo modestamente propensa a apoyar actos de altruismo

  Esta tensión e imperfección cooperativa la observan los antropólogos en las sociedades primitivas residuales, cuyos comportamientos son resultado de una larguísima herencia genética y no de la presión civilizatoria.

Debido a que las bandas cooperan tan fuertemente, tendemos a pensar que sus miembros viven en una gran armonía. Sin embargo (…) algunas de las familias de la banda elegirán vivir más próximas a unas familias que otras. Me estoy refiriendo al espacio físico, pero también existe una variedad de manera de distanciarse socialmente.(…) [Los bosquimanos,] que se posicionan fuertemente contra los conflictos en sus valores, tienen, a pesar de todo, tasas de homicidio bastante altas porque pierden los nervios fácilmente y son expertos en matar mamíferos de gran tamaño.(…) Son generalmente varones quienes tienen que ser eliminados socialmente y estos hombres son cazadores cuyas contribuciones normalmente son benéficas para todos. Las obvias desventajas prácticas inherentes a perder cazadores ayuda a motivar a los miembros de la banda a detener los conflictos antes de que se hagan homicidas y a refrenarse de usar la pena capital si cualquier otro método puede resolver el problema.

  ¿Y por qué la evolución no nos ha hecho genéticamente más altruistas de lo que en verdad somos? Hay causas que podrían explicarlo.

Nuestro muy poderoso egoísmo, nuestro fuerte nepotismo, y nuestro relativamente modesto altruismo predicen el mismo comportamiento [agresivo y antisocial] en todas partes en las que los cazadores-recolectores se enfrenten a una situación de riesgo de muerte por hambre.(…) Una y otra vez se ven obligados a poner aparte los valores morales profundamente internalizados que favorecían ayudar a otros –fuese mediante el altruismo o el nepotismo- en el interés de la familia e incluso de la supervivencia individual 

   Los pueblos primitivos no vivían en el paraíso precisamente. Cuando la situación era de extrema escasez, el egoísmo individual (la brutal “selección individual” darwiniana) suponía la única forma de sobrevivir, de asegurar la supervivencia de la especie encarnada en el individuo más decidido y despiadado. Por eso, aunque hoy el egoísmo no sirve para nada, en el pasado pudo ser necesario para la supervivencia. Y fue en el pasado cuando se formó nuestra herencia genética.

Las reglas del grupo no deberían ser internalizadas tan fuertemente que uno estuviese libre de cualquier tentación de romperlas, porque los mismos comportamientos egoístas (…) -en pequeñas dosis- pueden ayudar a los individuos a avanzar hacia el éxito reproductivo. (…) No estamos totalmente gobernados por nuestras conciencias. Lejos de eso, más bien, estamos informados por ellas, y estamos efectivamente inhibidos, pero de una forma flexible

Los genes que han dado lugar al abuso de los matones podrían haber sido útiles porque ellos habrían proporcionado un impulso competitivo útil

  La cruda necesidad de supervivencia individual se aplica a todos los comportamientos antisociales. También, por supuesto, al engaño…

Muchos tramposos potenciales toman nota del castigo [al que se exponen], y usan sus conciencias para reprimirse y alejarse de problemas; esto los mantiene con vida (…) La conciencia sirve no solo como un inhibidor, sino también como un temprano sistema de aviso que ayuda a hacer prudentes a los individuos  que podrían ser sancionados

  Otra observación valiosa acerca del comportamiento moral es la que se refiere a la diferencia entre la culpa y la vergüenza. Como hemos visto, el origen de la vergüenza, con sus reacciones fisiológicas inauditas en otros seres vivos, es bastante antiguo en el ser humano.

Tanto la culpa como la vergüenza pueden conducir al remordimiento (…) Los sentimientos de vergüenza están directamente vinculados a la respuesta fisiológica humana universal que es disparada por un sentido de inculpación moral -ruborización- mientras que la culpa no tiene tal correlación física por lo que sabemos.

  El sentimiento de culpa, profundamente moral, intelectualmente interiorizado, es más moderno. Está vinculado al progreso civilizatorio. Mientras que la vergüenza se dispara por el reproche de los otros individuos que han observado un comportamiento antisocial (egoísta, agresivo…), el sentimiento de la culpa surge de la propia conciencia, incluso si el acto antisocial no ha sido apercibido por nadie. Es una vacuna psicológica ante la posibilidad de cometer un acto antisocial.

  La culpa supone, pues, un gran progreso moral, pero no es el único que surge a lo largo del proceso civilizatorio propio de las culturas más avanzadas…

Parece que muchas personas se comportan bien porque disfrutan de sentir positivamente el cumplimiento de su propia conducta. (…)El ingrediente clave de los sentimientos de empatía proporciona una base motivacional para mucho de nuestro altruismo, y éste es un importante elemento en los sistemas de reciprocidad indirecta, porque los participantes responden emocionalmente a las necesidades de otros individuos.

  Es decir: el comportamiento prosocial puede conllevar compensaciones emocionales que incentiven la búsqueda de una reputación (incluso sin ser consciente de las ventajas prácticas que puedan derivar de ello). De la misma forma que la agresividad puede producir placer, el altruismo también puede llegar a producirlo. Y eso a nivel social es todavía mejor que el mero sentirse libre de culpa y también es mejor que el goce de disfrutar de una buena reputación a modo de adquirir un bien útil para el propio interés en el futuro.

  Este tipo de conductas morales cada vez más productivas y elaboradas son el resultado de la evolución de las costumbres. Pero las costumbres solo pueden desarrollarse a partir de nuestra propia naturaleza moral.

[Entre todos los cazadores-recolectores estudiados] la ayuda a los no parientes era abogada explícitamente como un comportamiento que los miembros del grupo favorecían colectivamente y que esperaban de los individuos. Seguramente, tal predicación manipuladora era hecha por un fin práctico que ya conocemos: para amplificar conductualmente las tendencias generosas de empatía de los miembros del grupo (…) Esta amplificación social del altruismo parece ser deliberada, bien centrada, y probablemente universal. Los cazadores-recolectores aprecian la cooperación y la armonía social, y ellos comprenden que la promoción general de generosidad sirve para ambos fines.

  Uno de los sistemas sociales más conocidos de amplificación social del altruismo ha sido sin duda la religión. Las religiones más primitivas se basaban en narraciones míticas acerca de seres sobrenaturales que premian los comportamientos altruistas. La insistencia de estas historias en la cultura tradicional acaba permitiendo que se interioricen algunos comportamientos prosociales, dando lugar a experiencias emocionales de tipo moral.

  La elaboración más sofisticada de los procesos de interiorización de conductas prosociales se ha dado sin duda dentro del condicionamiento extremo de las comunidades monásticas…

Tenemos culturas monásticas en las cuales los individuos toman juramento para vivir en una forma moralmente superior

  Christopher Boehm se muestra escéptico acerca de los resultados del monasticismo, pues muchos han testimoniado que tan exigente organización del entorno lleva a muchos a

hallar que sus conciencias están sobrecargadas porque las ambivalencias propias de la naturaleza humana son muy fuertes y los estándares morales demasiado altos.

  Con todo, el proceso civilizatorio para el desarrollo moral no tiene por qué estar cerrado. Quizá los métodos monásticos tradicionales podrían ser perfeccionados hoy. Desde luego, la metodología científica para el progreso moral no se ha utilizado aún en un entorno de tipo monástico de la misma forma que Boehm ha utilizado la metodología científica para elucidar el origen y naturaleza del comportamiento moral humano…

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