miércoles, 25 de enero de 2017

“El sentimiento moral”, 1993. James Q. Wilson

  James Q Wilson, uno de los más distinguidos pensadores sociales de su tiempo, acometió en este libro un agudo análisis acerca de la capacidad humana para emitir juicios morales y actuar en consecuencia.

  Ante todo, la moralidad no es una creación de la sociedad, sino un sentido innato de la psicología humana.

Por un sentido moral quiero decir una creencia sentida intuitivamente o directamente sobre cómo uno debe comportarse cuando es libre para actuar de forma voluntaria.

Decir que la gente tiene un sentido moral no es lo mismo que decir que se tiene un conocimiento directo, intuitivo, de unas reglas morales en particular (…) La gente tiene un sentido moral natural, un sentido que [a lo largo de la vida] se modela por la interacción de sus disposiciones innatas con las primeras experiencias familiares

  Si bien muchos tienen una imagen negativa de la moralidad, a modo de construcción social autoritaria, prejuiciosa, intolerante y reaccionaria, la moralidad resulta ser el mecanismo psicológico básico que hace posible la cooperación y el progreso social.

Los más conocidos programas para ayudar a la gente a luchar contra la adicción, tales como Alcohólicos Anónimos, requieren por parte del participante una admisión de vergüenza y un compromiso por la conducta correcta que son, en su intensidad y justificación, no muy diferentes de cualquier obligación moral (…) Es un profundo error decir que no se debería ser “moralista” o “sentencioso” 

Las emociones comunican los compromisos más persuasivamente que los argumentos. Uno puede construir un argumento, pero es mucho menos fácil (al menos para la mayoría) fingir rutinariamente amor, culpa, indignación o entusiasmo. A largo plazo, y hasta cierto punto, estas emociones conferirán ventajas a la gente que las expresa: estas personas recibirán más ofertas de matrimonio, acuerdos económicos y empleo que los que parece que están calculando las ventajas. El persuasivo poder de mostrar las emociones puede ayudar a explicar por qué a lo largo de milenios la capacidad para las emociones genuinas ha sobrevivido como una parte fundamental de la naturaleza humana. (…) Estas emociones no son para nosotros armas estratégicas por las cuales conseguimos mejores resultados materiales, ellas son, por definición, sentimientos reales. Son sentimientos morales. 

  Si no interpretáramos las emociones morales no podríamos evaluar la confianza que nos merecen los individuos con los que convivimos. Sin culpa, sin vergüenza, sin euforia, sin orgullo ni indignación no podríamos comunicarnos socialmente. La moralidad, la capacidad de expresar nuestros criterios de aprobación o desaprobación con respecto a la conducta de nuestros semejantes (¡y nuestra propia conducta!), es la mejor opción para desarrollar la prosocialidad, la capacidad para vivir en común en armonía a nivel universal.

  Sin moralidad, no podemos distinguir entre lo mejor y lo peor desde el punto de vista del interés común.

Decir que existe un sentido moral es la misma cosa que decir que los humanos, por su propia naturaleza, son potencialmente buenos

  No solo “buenos”, sino “mejores”.

El sentido moral existe en dos sentidos de la palabra: primero, virtualmente todo el mundo, comenzando a edad muy temprana, hace juicios morales que, si bien pueden variar mucho en complejidad, sofisticación y sabiduría, distinguen entre acciones sobre el fundamento de que unas son correctas y otras son erróneas, y virtualmente todo el mundo reconoce que tales distinciones son persuasivas para otros; segundo, todo el mundo adquiere un conjunto de costumbres sociales que encontramos agradables en los otros y que nos satisfacen cuando las practicamos nosotros mismos. 

  Wilson incide en el carácter novedoso de una comprensión correcta del sentido de la moralidad. Las reformas sociales, por ejemplo, habrían sido malinterpretadas como indiferentes a la moralidad y ello habría dado lugar al extraordinario auge del marxismo.

El marxismo, como ha sido generalmente entendido (y, con algunas excepciones, como el mismo Marx lo escribió) es una doctrina implacablemente materialista en la cual la moralidad, la religión y la filosofía no tienen significado independiente (…) En ciertos pasajes, Marx escribió emotivamente acerca de la alienación del hombre en una forma que implica que en su estado natural el pueblo valoraba la autorrealización y la vida comunal sin coerción, pero nunca exploró de forma seria las inclinaciones morales del hombre. Los seguidores de Marx, especialmente aquellos que  usaron su doctrina para justicar su poder (Lenin en especial) coincidían en que pensaba que cualquier medio estaba justificado para alcanzar la utopía comunista.

  La idea de que las transformaciones económicas están detrás de los cambios sociales (materialismo histórico) solo es posible si ignoramos el factor de evolución moral. En realidad, las clases altas que tenían éxito en someter a los esclavos en tiempos de Roma hubieran tenido un éxito mayor aún en someter a los proletarios de la Revolución Industrial, ya que habrían dispuesto de mayores medios materiales de coerción y mayores medios intelectuales y políticos de manipulación (tal como se muestra en las historias de fantasía distópica), pero fue la evolución moral de las clases altas lo que permitió que la rebelión de las clases bajas se enfrentase a una opresión mucho menos implacable.

  Si esto es así (y el fracaso rotundo del marxismo hace pensar que en efecto lo es) tenemos mucho que ganar analizando en qué consiste y cómo opera con exactitud el sentido moral, cuya evolución y  transformación podría ser el auténtico motor del progreso social humano, es decir, de la capacidad humana para reprimir la agresividad y fomentar la prosocialidad (pautas de conducta que favorecen la confianza y la consecuente cooperación).

Mucha de la historia de la civilización puede ser considerada como un esfuerzo en adaptar las disposiciones masculinas [violentas] a las necesidades contemporáneas al restringir la agresión o canalizarla hacia canales apropiados. 

  El que exista un sentido moral innato no debe hacer pensar que el comportamiento ético no puede aprenderse. Muy al contrario, el sentido moral nos da la base mínima para desarrollar la capacidad humana para la cooperación mediante estrategias psicológicas que se transmiten culturalmente.

  Una de estas estrategias consiste en extender los comportamientos afiliativos parentales.

Los humanos están biológicamente dispuestos a cuidar de sus jóvenes pero, a diferencia de algunas especies, lo que la gente encuentra atractivo en sus jóvenes son rasgos que, hasta cierto punto, están también presentes en otras personas (e incluso en otras especies)

  La evolución moral de la sociedad en su conjunto (que también podríamos llamar “proceso civilizatorio”) es la que permite ir extendiendo estos instintos de cuidado, en un principio limitados a nuestros hijos, a los parientes, a los más próximos, a los vecinos, hasta alcanzar finalmente un ámbito que podría abarcar a la totalidad de individuos. Tal es la aspiración de las religiones de la llamada “Era Axial”.

  ¿Qué condiciones psicológicas del individuo en particular son las que permiten desarrollar el sentido moral?

El mecanismo subyacente a la conducta moral humana es el deseo de apego o afiliación. Este deseo es evidente en el comportamiento instintivamente prosocial de los niños recién nacidos y en la respuesta de cuidado instintiva que dan los padres a esta conducta

  Este planteamiento también se contrapone a otra teoría que fue muy considerada en su tiempo: la de Freud, que afirmó que los individuos nacen con instintos predominantemente egoístas y que solo la represión interiorizada en la infancia (represión ejecutada por los padres y el conjunto de la sociedad) es capaz de crear un sentimiento de culpa –o conciencia- que puede contenerlos.

El apego, no el miedo, está asociado con el posterior desarrollo moral

Es precisamente la gente con el apego más fuerte y cálido a sus padres la que es más probable que ayude a perfectos desconocidos, incluso a veces a un gran riesgo para sí mismos

  Las investigaciones actuales parecen demostrar que ni siquiera los niños muy pequeños son tan egoístas como en un principio se pensaba, que en ellos ya se manifiesta, a nivel de instinto, el sentido moral. Y este instinto parece biológicamente determinado por el impulso de supervivencia dentro del grupo social, porque contar con un gran sentido moral (y el correspondiente altruismo) no te convierte necesariamente en un tonto que es explotado fácilmente por los otros dentro de un grupo, sino en un elemento social muy valioso que hay que conservar e incluso promover. Peter Singer, el autor de “El círculo expansivo”, consideraba que muchas de estas estrategias moralistas podrían haberse expandido mediante la selección natural de los individuos más propensos al altruismo, y por tanto a la cooperación. Por ejemplo: si dos cazadores son atacados por una fiera y uno huye y el otro muere enfrentándola, el grupo donde el compañero no se quedó para luchar se debilita al perder a un hombre (valiente). Si ambos luchan juntos (por sentirse “moralmente forzados a ello”), el grupo se fortalece puesto que ambos así sobreviven y además han desarrollado, a lo largo del episodio crítico, una buena estrategia de cooperación, estrategia que puede ser útil para otras situaciones.

  En base a esto, parece que el avance social o proceso civilizatorio ha debido de producirse por la expansión natural (por selección) de modelos de comportamiento más éticos. El proceso ha implicado un cambio del concepto de seguridad colectiva: en un principio la seguridad colectiva se afirmaba mediante la sumisión del individuo dentro del grupo, más adelante se trataría de que el grupo garantizase los derechos del individuo.

La exitosa aserción de los derechos individuales sobre las pretensiones de obligaciones colectivas debe haber tomado siglos para realizarse, porque implica la alteración de usos populares que poseían una gran fuerza de inercia. 

  Más arriba hemos comentado la importancia de controlar la agresividad masculina. Y es que parece probado que el sentido moral es más agudo en las mujeres (quizá porque cuentan con mayor capacidad para captar y expresar sentimientos), por lo que la liberación de la mujer en la sociedad actual aparece como un buen síntoma de prosocialidad.

Cuando a la gente se le pide que describa dilemas morales que los individuos han vivido o que han encontrado en las fábulas de Esopo, los chicos muy mayoritariamente lo hacen en términos de justicia (honrar los contratos, hacer una división justa o respetar derechos) mientras que las chicas es más probable que lo hagan en términos de consideración para el otro (ayudar a gente que lo necesita, resolver conflictos)

Cuando aparece una disputa [en los juegos de niños y niñas], los chicos es más probable que discutan acerca de las reglas y busquen procedimientos justos para aplicarlos, mientras las chicas están más inclinadas a gestionar el conflicto haciendo excepciones a las reglas o ignorándolas del todo

A una edad tan temprana como los dos años, las chicas conversaban más sobre sus sentimientos que los chicos

  Wilson parece hacerse eco aquí de las conclusiones de Carol Gilligan acerca de la “ética de la justicia” (masculina) y la “ética del cuidado” (femenina), pero en todo desarrollo ético lo fundamental no es tanto la forma de aplicación de la moralidad sino el planteamiento ecuánime de que hay un interés común más allá del interés personal.

Al principio juzgamos a los otros, entonces comenzamos a juzgarnos a nosotros mismos a medida que pensamos que los otros nos juzgan; finalmente nos juzgamos a nosotros mismos de la misma forma que podría hacerlo un tercero desinteresado e imparcial

  Otras estrategias para fomentar la moralidad tienen que ver con la capacidad para enfrentarnos a dilemas graves en los que puede darse la manipulación antisocial de un individuo dentro del grupo en base a los intereses egoístas de otro u otros individuos. El paradigma de este tipo de casos de manipulación es el famoso experimento Milgram, que algunos escritores consideraron tan penoso que habría sido una misma inmoralidad el haber divulgado sus resultados. En el experimento de Milgram se coaccionaba a unos individuos a infligir lo que creían que eran crueles descargas eléctricas a un desconocido. La coacción solía tener efecto porque todo individuo correctamente insertado en un grupo está acostumbrado a obedecer en base a lo que interpreta como el interés común encarnado por la autoridad. Por tanto, aquel que sea lo suficientemente hábil como para ser reconocido a modo de encarnación de la autoridad puede manipular a muchos en su favor.

Solo dos factores marcaron una gran diferencia con respecto al nivel de descargas eléctricas administradas [en el experimento de Milgram]: la ausencia de una clara figura de autoridad y la presencia de pares rebeldes

  Hasta cierto punto, una base moral de desafío o cuestionamiento de la autoridad podría ser muy valiosa para impedir la manipulación, pero si se prescinde de la autoridad ¿de dónde obtenemos los contenidos morales que son los que nos permiten expresar nuestro sentido moral innato? Habría que desarrollar fórmulas sociales que supliesen tal fuente de contenidos. En cualquier caso, solo el aprendizaje cultural, la transmisión de información humanamente comprensible de generación a generación, nos proporciona tanto los contenidos como los estilos de expresión moral.

Los niños imitan lo que ven hacer a otros. Este proceso ha sido llamado “aprendizaje observacional” por los psicólogos (…) Los niños están biológicamente predispuestos a imitar el comportamiento y aprender las reglas subyacentes de ese comportamiento directamente, por observación, y sin instrucción formal o el esquema de recompensas y castigos

  Estamos, pues, en manos del proceso civilizatorio que es el que nos proporciona los contenidos morales. Aparentemente, tal proceso es más o menos constante y progresivo, siempre favoreciendo una mayor autonomía del individuo a la hora de expresar su voluntad moral de favorecer el bienestar común de sus semejantes.  El que en ocasiones seamos capaces de enfrentarnos a la autoridad en defensa de unas convicciones morales coherentes y arraigadas puede ser un buen síntoma del desarrollo cultural de la prosocialidad.

   A lo largo de los siglos, los modelos éticos más socialmente productivos en este sentido parecen haberse desarrollado sobre todo en Europa, en diversas etapas. A veces, en procesos muy largos y localizados dentro de particulares sociedades a gran escala.

[En] Europa, a diferencia de en cualquier otra parte, no ha habido sistema de clanes (excepto en áreas aisladas), no ha habido adoración de antepasados y los individuos más bien que las familias han sido tenidos por responsables de los delitos. Los matrimonios concertados han dado paso al consentimiento conyugal. El concubinato y poligamia han sido abolidos en teoría y sensiblemente recortados en la práctica. Muchos de estos cambios fueron acelerados tras la Reforma protestante.

  El proceso civilizatorio es, por tanto, muy anterior a la Ilustración y su doctrina de los derechos del hombre. Ésta, por su parte, estaría muy relacionada con los logros científicos y con la decepción  que a nivel social supusieron las guerras de religión del siglo XVII.

[La Ilustración occidental es] una creencia de que el hombre podría ser comprendido por el uso de nuestras facultades naturales y sin confiar en ninguna costumbre antigua o religión revelada. Los corolarios generalmente compartidos de esta creencia eran un compromiso con la razón escéptica, la libertad personal y la auto-expresión. En todos las demás partes del mundo, comunalismo, tradición y autocontrol quedaban como el ethos dominante

 Incluso el origen cristiano ha de ser ponderado: el cristianismo debe mucho a la filosofía estoica que predominaba en la Roma Imperial

[Los estoicos] siguieron a Aristóteles al establecer que el hombre era un animal social dotado de razón, pero mientras Aristóteles limitaba estas doctrinas éticas y políticas al hombre en la polis, los estoicos sugirieron que la polis, si bien necesaria para la realización del hombre, en modo alguno ponía los límites de sus obligaciones. Para ellos, el hombre era un ciudadano del mundo

   Finalmente, una de las correcciones que la idea del sentido moral nos proporciona tiene que ver con un famoso error relacionado con la religión cristiana. Voltaire consideraba, por ejemplo, que el materialismo ilustrado tenía el inconveniente de que, si negaba la existencia de Dios, estaría negando la sujeción supersticiosa a la justicia divina (el Dios que premia y castiga en el Más Allá según el comportamiento moral en la tierra). Pero

si estos pensadores del siglo dieciocho hubieran estado familiarizados con los modernos China y Japón, no habrían estado tan confiados [en sus ideas]. Es difícil encontrar lugares donde a la gente se les diga con menos frecuencia algo acerca de la prospectiva de la ira divina que les aguarda por sus deslices, o donde, al menos en los asuntos ordinarios, los deslices sean menos comunes. No es el miedo a la condena eterna lo que mantenía a Voltaire seguro de los cuchillos de sus sirvientes o del adulterio de su esposa, sino los instintos y los hábitos de toda una vida, fundados en la naturaleza, desarrollados en la familia y reforzados por temores más bien seculares de castigo terrestre y ostracismo social. El habituamiento, como dijo Aristóteles, es la fuente de la mayor parte de las virtudes morales.

  Muchos temían que “la muerte de Dios”, en efecto, conllevara un hundimiento de la moralidad. En cambio, la comprensión de la existencia de un sentido moral natural puede ayudarnos no solo a mantener el progreso ético, sino a hallar nuevas fórmulas prácticas para éste.

No hay comentarios:

Publicar un comentario