domingo, 16 de junio de 2013

"Aquellos hombres grises", 1991. Christopher Browning

   Christopher Browning es un historiador que se ha especializado en el  estudio del terrible episodio del Holocausto, el exterminio de los judíos por los nazis, y en el libro que nos ocupa (cuyo título original es “Ordinary Men”: “hombres corrientes”) se fija particularmente en las actividades de una pequeña unidad militar alemana destinada en Polonia (el batallón 101 de la reserva de la policía) que se vio implicada en el Holocausto durante poco más de un año, desde la primavera de 1942 hasta finales de 1943. En ese tiempo, unos quinientos hombres asesinaron a casi cuarenta mil inocentes y enviaron a los campos de exterminio a una cifra algo superior. Sabemos bastante sobre ellos porque en los años sesenta del pasado siglo fueron sometidos a una pormenorizada investigación judicial (cuyas consecuencias penales resultaron, por cierto, insignificantes) a lo largo de la cual se registraron doscientas diez declaraciones de ex integrantes del batallón, siendo ciento veinticinco de ellas bastante extensas. Se trata, por tanto, de un material historiográfico único.

  ¿Quiénes eran estos hombres que cometieron tales atrocidades? Para nuestro asombro 

eran padres de familia de mediana edad de clase trabajadora y de clase media baja de la ciudad de Hamburgo. Como se les consideraba demasiado mayores para ser útiles en el Ejército alemán, en lugar de eso habían sido destinados a la Policía del Orden. Muchos eran reclutas novatos sin experiencia previa en el territorio ocupado por Alemania. Habían llegado a Polonia apenas tres semanas antes [de comenzar su campaña de asesinatos].

  Y así llegamos a lo que supone el hecho crucial concerniente a este “Batallón 101”: los verdugos eran “hombres corrientes”, elegidos tan solo por su edad, por su disponibilidad, sin que sea posible hallar criterio especial alguno en su reclutamiento y sin que hubiesen sido sometidos a ningún adoctrinamiento ni preparación específica para la terrible tarea que se les encomendaría a partir de la primavera de 1942. A lo más, parece que entre ellos había un porcentaje algo superior al promedio de militantes del partido nazi, pero al grupo de hamburgueses se sumaron también algunos antiguos ciudadanos del muy liberal ex estado de Luxemburgo (anexionado por la fuerza a Alemania en 1940), y nada indica que los luxemburgueses tuviesen un comportamiento diferente al de los ciudadanos de Hamburgo que llevaban casi diez años viviendo bajo el régimen nazi. 

  Es al final del libro cuando Browning hace necesaria referencia a algunas teorías psicológicas acerca del comportamiento humano. Aparecen entonces la teoría de Theodor Adorno sobre la “personalidad autoritaria”, el concepto de “durmiente” de John Steiner, la “obediencia a la autoridad” que parece extrapolarse del  famoso experimento de Milgram y el “situacionismo” que subyace tras el no menos famoso experimento de la "prisión de Stanford" .

  Podemos dividir todas estas teorías en dos clases fundamentales: las elaboradas por filósofos y psicólogos no experimentales como Theodor Adorno y John Michael Steiner, y las situacionistas de los psicólogos experimentales. Las primeras dan por sentado que se produce un proceso de selección consciente o inconsciente mediante el cual afloran ciertas características de la personalidad de individuos con tendencias violentas que normalmente permanecen latentes (el “durmiente”), o bien que se produce la intervención fundamental de “personalidades autoritarias” dentro del grupo, es decir, la influencia de aquellos individuos que se caracterizan por una  rígida adhesión a los valores tradicionales, sumisión a las figuras de autoridad, agresividad contra los que no pertenecen a su grupo, oposición a la introspección, a la reflexión y a la creatividad, tendencia a la superstición y a forjar estereotipos, así como preocupación por el poder y la «dureza», carácter destructivo y cinismo, capacidad de proyección («la disposición a creer que en el mundo están pasando cosas salvajes y peligrosas» y «la exteriorización de impulsos emocionales inconscientes»), y una preocupación excesiva por la sexualidad (esto según Adorno).  Todas estas teorías "no situacionistas" presuponen que personas excepcionalmente agresivas son de alguna forma seleccionadas en circunstancias determinadas para fines determinados. 

  Sin embargo, un examen de los interrogatorios de los hombres del Batallón 101 parece inclinarnos más hacia las conclusiones situacionistas de los crueles experimentos de Milgram y de la prisión de Stanford (que supone el otro conjunto de teorías, procedente de los psicólogos experimentales): nada indica que entre aquellos quinientos hombres hubiese un porcentaje especialmente elevado de personas notoriamente autoritarias o cuya violencia hubiera permanecido latente hasta que llegó el momento de ejercerla por mandato de la autoridad.  Por el contrario, y de forma hasta cierto punto parecida a la de los experimentos, todo indica que se vieron dentro de un sistema de coerción psicológica que les llevó a obrar según se esperaba de ellos.

  De hecho, compartimos el asombro de Christopher Browning cuando éste coteja las cifras que nos proporcionan los documentos históricos con las de los experimentos: el porcentaje de personas más sensibles que rehuyeron infligir daño tanto por presión de la autoridad  en el experimento de Milgram como los que lo hicieron por presión del entorno en el experimento de Stanford quedó en torno al 20 % (mucho menor, por cierto, del que habían especulado Milgram y su equipo antes de comenzar a obtener resultados), y los datos que tenemos sobre la actuación del Batallón 101 nos muestran un porcentaje similar de aquellos que hicieron lo posible para evadir la terrible exigencia de matar a personas inocentes e indefensas. Es preciso señalar que nadie fue castigado por desobedecer, que apenas se les coaccionó de forma explícita y que hubo ocasiones en las que incluso se les ofreció la oportunidad de abstenerse. 

  Un 20 %. Eso es todo lo que hay. La conclusión es aterradora. Escribe Christopher Browning:

Debo reconocer que, en la misma situación, yo podría haber sido tanto un asesino como un objetor (ambos eran humanos). 

En toda sociedad moderna, la complejidad de la vida y la burocratización y especialización resultantes atenúan el sentido de la responsabilidad personal de aquéllos que ejecutan la política oficial. Dentro de prácticamente cualquier colectivo social, el grupo de iguales ejerce una presión enorme sobre el comportamiento e impone normas morales. Si los miembros del Batallón de Reserva Policial 101 pudieron convertirse en asesinos bajo esas circunstancias, ¿qué grupo de hombres no lo haría?


  Con todo, Browning acaba dando a entender que, de todas formas, un 20 % no es un porcentaje del todo despreciable:

aquéllos que mataron no pueden ser absueltos por la idea de que cualquiera en la misma situación hubiera hecho lo mismo. Porque, incluso entre ellos, algunos se negaron a matar y otros dejaron de hacerlo. La responsabilidad humana es, en última instancia, una cuestión individual      

  No debemos equivocarnos en el sentido de que, al fin y al cabo, lo sucedido en estas circunstancias está muy alejado de nuestra vida cotidiana y sólo se da en casos de guerra o tensiones políticas extremas (Yugoslavia, Ruanda… incluso el País Vasco), en realidad, las pautas de comportamiento de agresión en grupo, aunque no tan terribles, se reproducen en casos mucho más cotidianos y en casi todos ellos destacan los mismos elementos: obediencia a la autoridad, solidaridad con los camaradas a cualquier precio, necesidad de mostrar dureza e inflexibilidad ante ellos y sensación de impunidad como consecuencia de hallarse respaldado dentro del grupo.

Muchos policías admitieron haber cedido a las presiones de la conformidad —¿qué iban a pensar de ellos sus compañeros?— y no de la autoridad. 

     A esto pueden añadirse otros elementos circunstanciales que influyen, como el miedo a posibles represalias a los desobedientes (se haya amenazado con ellas o no, se hayan materializado alguna vez o no), el adoctrinamiento recibido o la despersonalización de las víctimas. No es menor la importancia de la metodología de la violencia: la mayoría de los verdugos trataban de evitar a toda costa el disparar a quemarropa a sus víctimas debido a la proximidad del derramamiento de sangre y en muchas ocasiones se recurrió a la ingestión de grandes cantidades de alcohol a fin de verse capaces de llevar a cabo las ejecuciones. 

  Y en cuanto a los que se negaron

Alegaban que no es que fueran «demasiado buenos», sino más bien «demasiado débiles» para matar.

  Los jefes nazis se apercibían de estas resistencias y buscaban métodos para hacer más fácil la tarea de los verdugos: se reclutaba mercenarios (ex presos de guerra soviéticos) y se organizaba el exterminio industrial mediante las cámaras de gas, donde los soldados alemanes apenas tenían contacto directo con las víctimas.   

  En cualquier caso, bajo las circunstancias requeridas, y aun venciéndose resistencias, la gran mayoría acometió la terrible tarea de los disparos a quemarropa contra paisanos indefensos. Sobre los individuos que ejecutaban personalmente a sus víctimas, comenta Browning:

Una postura así no constituía ningún reto a la estima de los compañeros; por el contrario, legitimaba y confirmaba la «dureza» como una cualidad superior. muchos de los que no dispararon no hicieron más que reafirmar los valores de «macho» de la mayoría. Sólo los casos excepcionales permanecieron indiferentes a los insultos de sus compañeros, que los llamaban «peleles», y pudieron vivir con el hecho de que los demás consideraran que «no eran hombres»

  La conclusión que puede extraerse de todo esto no debería ser tanto cómo prever que situaciones extremas de este tipo no vuelvan a darse (¿quién puede garantizarlo mientras sigan existiendo la política y el nacionalismo?), sino cómo cambiar las pautas de comportamiento humano que hacen posible semejantes conductas. Si el odio político es una infección, un organismo sano cuenta siempre con anticuerpos para defenderse de ellos.

  Sin duda una educación que incida en la libertad e independencia del propio juicio puede ayudarnos a superar con mejor nota el experimento Milgram, referido a la obediencia, pero en cuanto al experimento de Stanford y su cárcel ficticia donde cada cual asumía los roles de carcelero y torturador dejándose llevar no por la obediencia a la autoridad sino por la oportunidad que se les daba para comportarse brutalmente (pensemos ya no tanto en la cárcel ficticia de Stanford, sino en la real de Abu Ghraib y sus famosas fotografías) en este caso no se trataría de independencia de juicio lo que habría de estimularse, pues nada sería peor que la libertad para dar rienda suelta a los propios instintos de crueldad, sino que hemos de buscar promover la interiorización de pautas de comportamiento antiagresivas, de emociones que nos hagan repeler la violencia, y de afinidades y reflejos afectivos, empáticos y altruistas.

   En la realidad, si bien no a todos se nos educa en la violencia, sí se nos educa, sobre todo a los varones, para, “en ciertas ocasiones” ser “duros”, “inflexibles” y “enérgicos”. Por supuesto, como en los westerns que tantos hemos visto en la infancia y adolescencia, siempre presuponemos que los que sufren la violencia del héroe son los malvados que se lo tienen bien merecido, pero igual que las argumentaciones jurídicas del ajusticiamiento suelen ser demasiado sutiles para que los asimile un niño, la demagogia política, los prejuicios, las manipulaciones y las provocaciones pueden utilizarse para superar cualquier argumento racional y lo que queda por encima de todo es más la exaltación de nuestros instintos violentos que la supuesta justicia de la causa que nos sirve de pretexto.

  “Hombres corrientes” cometieron los crímenes del batallón 101, y la única forma de evitar que estos crímenes se repitan es que los hombres del futuro dejen de ser “corrientes” en el sentido en que lo eran aquellos hombres de Hamburgo ya antes de que los enviasen a su terrible misión en Polonia. Si “hombres corrientes” pueden cometer cualquier tipo de crimen, lo que el futuro de la humanidad necesita son “hombres excepcionales” que superen ese límite aparente del 20 por ciento de personas capaces de actuar según su conciencia. Podría ser indicativo de que ese cambio llegue en un futuro el que comprobáramos si el porcentaje de "20 por ciento" es aún menor en sociedades más atrasadas (parece correcto hablar de "atraso", en lo que se refiere a menor capacidad de autocontrol de la propia violencia). Cuesta trabajo creer que en las matanzas de los mexicas o los mongoles incluso un 20 por cierto se resistiera a participar como sucedió con los sujetos que participaron tanto en las matanzas reales del Holocausto como en los experimentos de Milgram y su equipo. Es probable que la diferencia se encontrase en las pautas de conducta internalizadas desde la infancia en las particulares culturas.

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