lunes, 10 de noviembre de 2014

“Presencias reales”, 1989. George Steiner.

  Para los arqueólogos, antropólogos y científicos cognitivos, la datación del origen de la mente autoconsciente coincide con la aparición de las pinturas rupestres. Que unos animales inteligentes fabricasen herramientas, dominasen el fuego e incluso que enterrasen a sus muertos puede explicarse por motivos prácticos: los animales nacen, se alimentan, se reproducen y mueren, pero ¿por qué hacer dibujos en las paredes de las cuevas?, ¿qué había comenzado a suceder dentro de sus mentes a partir de  aquel momento? Éramos nosotros. Ya éramos nosotros.

  Esas maravillas de penetrante «mímesis» que son los bisontes de las paredes de Lascaux son invocaciones: sacaban la fuerza bruta y opaca del «estar-allí» de lo no-humano para someterla a la luminosa emboscada de la representación y la comprensión. 

  Existen numerosas teorías acerca del origen del arte, el fenómeno único en el universo de los seres vivos que señala de manera inequívoca nuestra propia naturaleza. En general, se suele relacionar con la selección natural en el sentido del desarrollo de la inteligencia: los individuos más capaces de profundizar en el gusto artístico, de hallar patrones de orden ocultos, serían también los más capacitados para las complejidades cognitivas de la vida social y, por lo tanto, serían también los más capaces para impulsar el progreso cooperativo.

  La visión particular del teórico de la literatura George Steiner no contradice este punto de vista.

Este estudio se propone sostener que la apuesta en favor del significado del significado, en favor del potencial de percepción y respuesta cuando una voz humana se dirige a otra, cuando nos enfrentamos al texto, la obra de arte o la pieza musical, es decir, cuando encontramos al otro en su condición de libertad, es una apuesta en favor de la trascendencia.

  ¿Trascendencia?

Hoy, la imaginación liberal se encuentra más o menos a sus anchas con el discurso múltiple de las incertidumbres. (…) Sospecha, en cualquier sed de absolutos, no sólo una simplicidad infantil sino los viejos y crueles demonios del dogma. Las relajadas ironías y liberalidades de esta posición son atractivas. Al mismo tiempo, bien pudiera ser que inhiban no sólo un acceso más profundo y vulnerable a la cuestión de la generación del significado y forma, sino de que sean el reflejo de cierta condición reducida de lo poético y del acto de creación en nuestra cultura (…). Son estas proposiciones las que deseo comprobar. Ello comporta dar otro paso, un paso más allá del buen sentido moral y de lo existencialmente empírico. Es un paso incómodo más allá de las palabras, donde la «turbación» debe servir, justamente, para forzar la inferencia más allá de las palabras. Trascendencia es otro nombre, casi técnico, de este paso. 

  En nuestro mundo liberal, ciertamente, se desconfía de lo absoluto por amor a la prosaica verdad. Y éste no era el mundo de quienes hicieron las pinturas de Lascaux. Éste no era el mundo del que surgimos. Aquel era un mundo trascendente, de absolutos y de espiritualidad. Un mundo de “presencias reales”.

Este ensayo (…) plantea que cualquier comprensión coherente de lo que es el lenguaje y de cómo actúa, que cualquier explicación coherente de la capacidad del habla humana para comunicar significado y sentimiento está, en última instancia, garantizada por el supuesto de la presencia de Dios. Mi hipótesis es que la experiencia del significado estético —en particular el de la literatura, las artes y la forma musical— infiere la posibilidad necesaria de esta «presencia real».

  Sí, de acuerdo, Dios no existe, pero el ser humano que creó el arte, creó también a Dios, –a muchos dioses, a espíritus, al “mana” primitivo al que se refieren los antropólogos-. ¿Puede existir la manifestación artística sin esa irracionalidad “trascendente” que desencadena la búsqueda del orden racional? Los animales no creen en Dios ni en lo trascendente, ¿podemos seguir siendo humanos ignorando eso?

No hay reflexión o creencia plausible que garantice Su presencia. Ni tampoco prueba inteligible alguna. Allá donde Dios se aferra a nuestra cultura, a nuestras rutinas del discurso, es un fantasma de la gramática, un fósil fijado en la infancia del habla racional

La pintura y la experiencia religiosa son lo mismo y lo que todos buscamos es el entendimiento y la comprensión del infinito

  George Steiner se halla en la angustia que une por igual a teístas y ateos: la necesidad de vivir una experiencia colectiva y a la vez íntima de relación con un “otro” abstracto, con la “otredad”. Al tiempo que aparecen las pinturas de Lascaux surgen también (no podemos dudarlo) la narración religiosa, la primera literatura (primero, oral) y el principal mecanismo de sabiduría de los antiguos, la mitología.

El mito ofrece al impaciente interrogar la más vívida percepción de la vecindad de nuestra experiencia cotidiana con la «otredad» en la vida y la muerte. En las literaturas y las artes antiguas, lo religioso y lo mítico están fundidos bajo la rúbrica común de lo mitológico. 

  Queremos saber. Creemos que podemos saber. Cuando Steiner comenta que “la imaginación liberal se encuentra más o menos a sus anchas con el discurso múltiple de las incertidumbres” se está refiriendo a que la incertidumbre, el “no saber”, amenaza con convertirse en algo despreocupadamente aceptado en los círculos ilustrados. Y que esto es un error gravísimo, porque si la imaginación, la creatividad, la sociabilidad surgieron para saber, ahora no podemos desnaturalizar nuestra intelectualidad negando el significado. No debemos aceptar tranquilamente el no saber.

   Toda esta polémica en la que interviene con vehemencia George Steiner toma su punto de partida del éxito de ciertas corrientes del pensamiento “negadoras del significado” que eran recientes cuando escribió el ensayo que nos ocupa. Una de ellas es el “deconstruccionismo”:

En el modelo postestructuralista y deconstructivo, es el lector quien produce el texto, el espectador quien genera la pintura. En la experiencia libre y la respuesta ontológicamente irresponsable del lector se puede jugar con el significado juegos que merezcan la pena.

Según los deconstruccionistas, el significado es indeterminado pero «investigable».

No hay acto primordial, autónomo y autogenerador de la invención o la formulación estética. Aquí la deconstrucción tiene toda la razón. Incluso la más radical originalidad ocurre dentro de un contexto

La deconstrucción nos enseña que, donde no hay «rostro de Dios» hacia el que pueda volverse el marcador semántico, no puede haber inteligibilidad trascendente o decidible


   Contestar o complementar el pensamiento deconstruccionista es un poco lo que quiere hacer Steiner al defender lo “real” y “trascendente” no solo en el arte, sino en general en el pensamiento humano. El deconstruccionismo y el postmodernismo son complejas filosofías aparecidas a finales del siglo XX que desarrollan el viejo existencialismo. En esencia, se trata de indeterminismo y relativismo: existe una mente humana que busca el conocimiento, pero no existe tal conocimiento porque el ser humano está limitado por su propia subjetividad. Solo existe el “juego”, lo “indeterminado pero investigable”.

  Para Steiner, sin embargo, el arte es la constatación de que existe una experiencia de la presencia. Hay una emoción compartida (el contexto, el metatexto, hablar de lo que se experimenta) que da lugar a creaciones sociales. Y es entonces cuando la realidad se hace presente. Por eso llegan a existir el contenido y el significado, a pesar de que las filosofías escépticas aseguren que todo es ilusión.

Me da la impresión de que no caeremos en la cuenta de la realidad de nuestra desvalidez, de nuestro desahucio de una humanidad central ante las recurrentes provocaciones de la barbarie política y la servidumbre tecnocrática, si no redefinimos, si no volvemos a experimentar la vida del significado en el texto, en la música y en el arte. 

   Para el “ciudadano culto medio” existe la sospecha de que la desaparición de la divinidad, del mundo de lo sobrenatural, nos deja en una soledad muy peligrosa. El ser humano, para enfrentarse al universo del conocimiento que le abrumaba (pues su “revolución cognitiva” le había llevado a un mundo muchísimo más complejo y profundo que el de los animales irracionales), hizo uso del recurso de “antropomorfizarlo” todo. Es decir, dio (en su mente) personalidad de aspecto humano a los animales, a los fenómenos atmosféricos, a los objetos que llamaban su atención. Finalmente, creó un “Dios” abstracto, más sofisticado que las anteriores entelequias, capaz de abarcar la emotividad más privada mediante su relación directa con el “alma” individual. Ahora, si el racionalismo no ha dejado nada de todo eso ¿cómo vamos a comprender entonces nuestra propia naturaleza, despojados de estas elaboraciones que nos fueron tan necesarias? ¿La trascendencia es una ilusión?, ni siquiera el racionalismo nos produce certeza, pues la fuente de la razón se pone en duda por una incertidumbre sistemática.

    A la “muerte de Dios” sigue, parece que inevitablemente, la “muerte del significado”. No hay por qués, no hay razones ni valores: todo lo que sentimos y comprendemos se ha producido ya en el contexto pero carece de esencia propia.

  ¿Y, sin eso, puede existir el arte (por ejemplo)?

Si mi intuición general tiene sustancia, la indiferencia a lo teológico y lo metafísico, a la cuestión de si los confines de lo pragmático y lo refutable de forma lógica y experimental son o no los de la existencialidad humana, significará una ruptura radical con la creación y recepción estéticas.  

Lo que afirmo es la intuición según la cual donde la presencia de Dios ya no es una suposición sostenible y donde Su ausencia ya no es un peso sentido y, de hecho, abrumador, ya no pueden alcanzarse ciertas dimensiones del pensamiento y la creatividad.

  Recordemos que se ha criticado al ateísmo por su equivalencia al teísmo. La agitación espiritual de la ausencia de Dios sería tan trascendente como la presencia de Dios. Si negamos el significado no podríamos contar siquiera ni con la emoción trascendente del ateísmo, y sería entonces cuando, según Steiner, ya no podrían “alcanzarse ciertas dimensiones del pensamiento y la creatividad”

El significado, los modos existenciales del arte, la música y la literatura son funcionales en el interior de la experiencia de nuestro encuentro con el otro. Toda estética, todo discurso crítico y hermenéutico, es un intento de clarificar la paradoja y la opacidad de ese encuentro y de sus felicidades.

  A primera vista, estas inquietudes acerca de la trascendencia parecen poco importantes. Se diría que se puede vivir muy bien sin tales cosas, incluso para quienes requieren de los bienes artísticos… Si el arte es una experiencia de la belleza, no necesitamos discursos trascendentes. Al fin y al cabo, todos apreciamos la belleza, pero son solo un puñado los críticos prestigiosos del arte de vanguardia. ¿Los necesitamos?

En caso de gozar de libertad de voto, el grueso de la humanidad elegirá el fútbol, la serie televisiva de sobremesa y el bingo por encima de Esquilo. Es una hipocresía fingir otra cosa (…)Toda valoración, toda «canonización» —observemos las persistentes analogías teológicas—, pertenece a la política del gusto. Estas políticas son, por definición, oligárquicas.

  George Steiner, en su empeño por hacernos comprender la auténtica naturaleza y necesidad del arte que implica la comprensión de la vida humana más allá del sujeto que queda aislado e incomunicado, nos propone un experimento mental:

Imaginemos una sociedad en la que esté prohibida toda conversación acerca de arte, música y literatura. En dicha sociedad, todo discurso, oral o escrito, sobre libros, pinturas o piezas musicales serios será considerado palabrería ilícita.

  En teoría, muchos iban a sentirse felices: se acabaron los presuntuosos pedantes que redactan los “cánones” según la “política del gusto”

No habría revistas de crítica literaria; ni seminarios académicos, conferencias o coloquios sobre este o aquel poeta, dramaturgo o novelista; ni revistas especializadas en Joyce o en Faulkner; ni interpretaciones ni ensayos sobre la sensibilidad en Keats o la fuerza en Fielding. 

Estoy imaginando una república contraplatónica en la que críticos y reseñadores han sido prohibidos; una república para escritores y lectores.

Estoy construyendo una sociedad, una política de lo primario; de inmediateces con respecto a los textos, las obras de arte y las composiciones musicales. El objetivo es un modo de educación, una definición de valores desprovista, en la mayor medida posible, de «metatextos»: textos sobre textos (pinturas o música), conversación académica, periodística y académico-periodística (el formato hoy día dominante) sobre estética. Una ciudad para pintores, poetas, compositores y coreógrafos, no para críticos de arte, literatura, música o ballet, estén en la plaza pública o en la Academia.

  ¿Por qué esto iba a ser un desastre, si se supone que el fin del arte es relajarnos y entretenernos, que el arte es para vivirse y experimentarse, no para hacer teorías sobre él?

  Pero sí que sería un desastre precisamente porque el arte, como la teología, como la religión es una de nuestras mayores oportunidades para desarrollar la inteligencia, para hacernos humanos. Porque sin Lascaux, nada en adelante hubiera sido posible… Si el ser humano no habla sobre el arte, entonces no habría valido la pena crearlo… Se trata de un fenómeno de comunicación esencial, con independencia de que su significado quede indeterminado.

La literatura y las artes (…) encarnan una reflexión expositiva, un juicio de valor, sobre la herencia y el contexto al que pertenecen. Ningún arte, literatura o música estúpidos perduran. La creación estética es inteligencia en sumo grado. La inteligencia de un artista importante puede ser la de la intelectualidad soberana. Las mentes de Dante o Proust se hallan entre las más analíticas y sistemáticamente informadas de las que tenemos constancia. Es difícil igualar la perspicacia política de un Dostoievski o un Conrad. (…) El pintor, escultor, músico o poeta importante relaciona la materia prima, las anárquicas prodigalidades de la conciencia y del subconsciente, con las latencias, a menudo inadvertidas e inexplotadas ante él, de la articulación. Esta traducción que convierte lo inarticulado y lo privado en la materia general de reconocimiento humano requiere una cristalización e inversión máxima de introspección y control. Carecemos de la palabra correcta para la estimulación y el gobierno excepcionales del instinto, para la ordenada utilización de la intuición, característicos del artista. Es obvio que está en acción una inteligencia de intensidad suprema, ya sea alojada en las manos de un escultor que tamborilea los dedos sobre la mesa, ya en los sueños de Coleridge. ¿Cómo no habría de ser esta inteligencia también crítica con sus propios productos y los que lo preceden? Las lecturas, las interpretaciones y los juicios críticos del arte, la literatura y la música ofrecidos desde el interior mismo del arte, la literatura y la música son de una penetrante autoridad, raramente igualada por los ofrecidos desde fuera, los presentados por el no creador, es decir, el reseñador, el crítico, el académico.

  En realidad, el hombre medio es capaz de percibir cómo se crea el pensamiento de una cultura a través de las inquietudes intelectuales de la élite que se ha creado por selección social. Los hombres inteligentes no pueden prescindir del arte, y el hombre común reconoce el valor de la inteligencia. De esa inteligencia de la élite ilustrada depende que se hallen nuevas fórmulas culturales que mejoren la vida de todos, por muy poco relacionado con nuestras vidas que todo esto pueda parecernos a primera vista.

El artista o el pensador excepcionales leen el ser de nuevo. Nosotros, paseantes domingueros, caminamos detrás de Rousseau. Hay nínfulas en nuestras esquinas desde Lolita de Nabokov. Este guión y esta pre-figuración por parte de lo imaginario no es un hecho dominante sólo en aquellas civilizaciones que consideramos técnicamente letradas. El poder de la narrativa oral y de las ficciones heredadas sobre las supuestas sociedades «primitivas» o iletradas es aún mayor. Estas sociedades casi pueden definirse como sociedades de recuerdo autorizado, de pre-scripción ritual.

La poesía, el arte y la música, nos ponen, en mi opinión, en contacto muy directo con aquello que no es nuestro en el ser.

«Misterio» es un término crucial para el razonamiento. No hay que retroceder ante él; debemos apremiarlo por su necesidad y definición.

Las mejores lecturas del arte son arte.

  De ahí la relevancia general de los cánones críticos, así como sucede, para el creyente, con la teología que es creada por las élites intelectuales. Y si el hombre común depende así de ellos… también el hombre de la élite, el crítico, el artista, el teólogo depende del interés común. Todo artista, para serlo, ha de estar “comprometido”. En realidad, no hay distanciamiento entre el mundo un tanto nebuloso de los estetas y el mundo visceral de las angustias del individuo común.

Toda tesis que sitúe, de manera teórica o práctica, la literatura y las artes más allá del bien y del mal es espuria (…)«El arte por el arte» es una consigna táctica, una rebelión necesaria contra la didáctica filistea y el control político pero, exprimida hasta sus consecuencias lógicas, es puro narcisismo.

No hay comentarista, crítico, teórico estético o ejecutante, por magistral que sea, que, hablando con toda sinceridad, no prefiera ser fuente de enunciado y creación primarios.

  Dos formulaciones finales:

El símbolo es reducido a forma 

Lo mítico sobrevive a su contenido

  Porque el símbolo contiene el significado y porque lo mítico supone la enseñanza. La elaboración cultural nos oculta a primera vista significados y enseñanzas.

  Percibimos la forma de los templos o la melodía de una canción, nos entretenemos con una ópera o viendo un western. Este tipo de manifestaciones nos llega solo como “arte”, sin contenido trascendente en apariencia. Llegan a operar sobre nosotros de forma inconsciente, pero si no fuésemos capaces de extraer tales contenidos y significados no podrían surgir nuevos creadores que los reelaboraran y los hicieran avanzar más allá.

  Así que si bien es cierto que podemos decir que no hay significados en el discurso porque predomina la incertidumbre y no la certeza, el mismo progreso humanista no podría existir si no buscáramos, mediante la crítica, mediante el estudio y la erudición una respuesta comprensible. Las “presencias reales” en el mundo de hoy pueden ser aún equivalentes a las de los teólogos medievales o a las del pintor de Lascaux.

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