lunes, 12 de mayo de 2014

"¿Qué es esa cosa llamada ciencia?”, 1999. Alan Chalmers.

   ¿Es la ciencia la nueva religión, como pretenden algunos?

De acuerdo con la tesis más radical que se puede leer en los escritos más recientes de Feyerabend, la ciencia no posee rasgos especiales que la hagan intrínsecamente superior a otras ramas del conocimiento tales como los antiguos mitos o el vudú. El elevado respeto por la ciencia es considerado como la religión moderna, que desempeña un papel similar al que desempeñó el cristianismo en Europa en épocas anteriores.

  Feyerabend, como Popper, Kuhn, Lakatos o el mismo Alan Chalmers, es un filósofo de la ciencia. Un especialista de una disciplina poco conocida incluso para la mayoría de las personas cultas e informadas, cuyo objetivo es, esencialmente, precisar la capacidad de la ciencia para hacernos cognoscible la realidad de la naturaleza que no es directamente observable por los sentidos. Sin embargo, la ciencia no solo es la base del avance tecnológico del cual depende nuestra civilización a nivel económico, sino que también resulta esencial para nuestra misma comprensión de la realidad, nuestra existencia material compartida con el resto de los semejantes, la fuente última de la certeza.

   Se diría que después de abandonar a los brujos, magos y adivinos, nos hemos vuelto hacia los científicos. Einstein (y no Lenin, ni Picasso) fue elegido "persona del siglo XX” por la revista "Time", y los mismos padres que hace quinientos años se mostraban orgullosos de que sus hijos se convirtiesen en sacerdotes (o teólogos), hoy se muestran orgullosos de que sus hijos se conviertan en ingenieros (o científicos).

  La obtención de la certeza, el conocimiento de lo inequívoco, ha pasado, aparentemente, de las experiencias místicas a las experiencias de los sentidos, y de las experiencias de los sentidos a los criterios científicos:

La idea de que el rasgo específico del conocimiento científico es que se deriva de los hechos de la experiencia puede sostenerse sólo en una forma muy cuidadosamente matizada, si es que en verdad puede sostenerse. Tropezaremos con razones para dudar de que los hechos obtenidos en la observación y en la experimentación sean tan directos y seguros como se ha supuesto tradicionalmente.

  El libro de Alan Chalmers no aborda la cuestión de la ciencia social, pues no es la ciencia social el tótem de la certeza científica. Éste tótem se encuentra, sin duda, en los conocimientos físico-matemáticos supuestamente verificados por el procedimiento experimental.

  Ninguna manifestación mágica o milagrosa ha convencido a la sociedad contemporánea, pero Newton, Galileo, Einstein o Planck sí lo han conseguido y aunque solo unos pocos especialistas están dotados de la capacidad de comprender sus complejísimos razonamientos, toda la organización social, de mayor a menor, se apoya indirectamente en este conocimiento último. Son el suelo más firme en el que podemos apoyarnos, y la ciencia social (la comprensión de nuestra propia naturaleza y forma de vida) supondría apenas una bienintencionada imitación de los principios sagrados del conocimiento físico-matemático y sus derivaciones.

  Pero ¿y si resultara que este mismo suelo firme tampoco nos proporciona las garantías que urgentemente necesitamos?

Kuhn vincula el cambio de la adhesión por parte de los científicos de un paradigma a otro alternativo e incompatible con un “cambio de gestalt" o una “conversión religiosa".(…) Un paradigma está constituido por los supuestos teóricos generales, las leyes y las técnicas para su aplicación, que adoptan los miembros de una determinada comunidad científica 

   Durante la segunda mitad del siglo veinte se han desarrollado algunas concepciones acerca de la fiabilidad del conocimiento científico, es decir, acerca de la obtención de las más básicas certezas.

La concepción de Popper de la ciencia se basaba en la idea de que las mejores teorías son aquellas que sobreviven las pruebas más severas. 

Lakatos introdujo los programas de investigación, a mantener o desechar según decisiones convencionales

Kuhn introdujo los paradigmas en lugar de los programas de investigación

Feyerabend lleva hasta el extremo el movimiento de dependencia de la teoría al abandonar la idea de métodos y normas específicos de las ciencias y adhiriéndose a Kuhn en calificar las teorías rivales de inconmensurables. 

Para los bayesianos, las suposiciones teóricas de fondo, que informan el juicio acerca de los méritos de las teorías científicas, son incorporadas mediante las probabilidades previas.

  A todas estas concepciones se les descubrieron incoherencias e insuficiencias. ¿Invalida eso la ciencia? No…, en la medida en que el fracaso de muchas concepciones científicas alienta la búsqueda de la certeza y el constante progreso del conocimiento. Esta visión optimista coincide un tanto con la del falsacionismo de Karl Popper

El falsacionista considera que la ciencia es un conjunto de hipótesis que se proponen a modo de ensayo con el propósito de describir o explicar de un modo preciso el comportamiento de algún aspecto del mundo o universo. Sin embargo, no todas las hipótesis lo consiguen. Hay una condición fundamental que cualquier hipótesis o sistemas de hipótesis debe cumplir si se le ha de dar el estatus de teoría o ley científica. Si ha de formar parte de la ciencia, una hipótesis ha de ser falsable.

Según el falsacionismo, se puede demostrar que algunas teorías son falsas apelando a los resultados de la observación y la experimentación

Una buena ley científica o teoría es falsable justamente porque hace afirmaciones definidas acerca del mundo. (…) Cuanto más afirme una teoría, más oportunidades potenciales habrá de demostrar que el mundo no se comporta de hecho como lo establece la teoría. Una teoría muy buena será aquella que haga afirmaciones de muy amplio alcance acerca del mundo y que, en consecuencia, sea sumamente falsable y resista la falsación todas las veces que se la someta a prueba

El falsacionista exige que se puedan establecer las teorías con la suficiente claridad como para correr el riesgo de ser falsadas.

El concepto de progreso, de desarrollo científico, es fundamental en la concepción falsacionista de la ciencia (…) La física aristotélica tenía éxito en cierta medida. Podía explicar gran variedad de fenómenos. Podía explicar por qué los objetos pesados caen al suelo (porque buscan su lugar natural en el centro del universo), podía explicar la acción de los sifones y bombas de extracción (la explicación se basaba en la imposibilidad del vacío), etc. Pero, finalmente, la física aristotélica fue falsada de diversas maneras. Las piedras arrojadas desde lo alto de un mástil de un barco que se movía uniformemente caían en la cubierta al pie del mástil y no a distancia de él, como predecía la teoría de Aristóteles. Las lunas de Júpiter giraban alrededor de Júpiter; pero no alrededor de la Tierra. Durante el siglo XVII se acumularon montones de falsaciones. Sin embargo, una vez que hubo sido creada y desarrollada la física newtoniana mediante las conjeturas de Galileo y Newton, fue una teoría superior a la de Aristóteles. La teoría de Newton podía explicar la caída de los objetos y el funcionamiento de los sifones y bombas de extracción y podía también explicar los fenómenos que resultaban problemáticos para los aristotélicos. Además, la teoría de Newton podía explicar fenómenos a los que la teoría de Aristóteles no aludía, tales como las correlaciones entre las mareas y la posición de la Luna, y la variación en la fuerza de la gravedad con la altura por encima del nivel del mar. Durante dos siglos, la teoría de Newton se vio coronada por el éxito. (…)La teoría de Newton fue falsada de diversas maneras. No fue capaz de explicar los detalles de la órbita del planeta Mercurio ni la masa variable de los electrones de rápido movimiento en un tubo de descarga. (…)Einstein fue capaz de responder al reto. Su teoría de la relatividad pudo explicar los fenómenos que falsaron la teoría de Newton, al tiempo que competía con la teoría newtoniana en las áreas en que ésta había triunfado (…)La falsación de la teoría de Einstein sigue siendo un desafío para los físicos modernos. Su éxito, si se produjera finalmente, marcaría un nuevo paso adelante en el progreso de la física. 

  El problema viene cuando tenemos en cuenta que tal vez las teorías científicas mismas dependen no del mundo cierto de la experimentación, sino de las concepciones culturales dentro de las cuales han surgido.

Según Popper, la astrología no es una ciencia porque es infalsable. Kuhn señala que esto es inadecuado porque la astrología era (y es) falsable. En los siglos XVI y XVII, cuando la astrología era “respetable", los astrólogos hacían predicciones comprobables, muchas de las cuales resultaron falsas. Las teorías científicas también hacen predicciones que resultan ser falsas. La diferencia, según Kuhn, consiste en que la ciencia es capaz de aprender constructivamente de las "falsaciones", mientras que la astrología no. Para Kuhn, existe en la ciencia normal una tradición de resolver problemas que faltaba en la astrología

   Hoy sabemos que las convenciones culturales son desechadas por las generaciones futuras, pero aun así aspiramos a un conocimiento inequívoco, objetivo: ése es el propósito de la ciencia, y de ahí viene su prestigio. Considerar que la certidumbre que procede del estudio científico no es otra cosa que la acomodación a un determinado paradigma cultural, que será ineludiblemente borrado con el paso del tiempo, devalúa en apariencia el valor sagrado de la ciencia.

Kuhn se dio cuenta de que las concepciones tradicionales de la ciencia, ya fueran inductivistas o falsacionistas, no resistían una comparación con las pruebas históricas. (…)una revolución supone el abandono de una estructura teórica y su reemplazo por otra incompatible con la anterior

La imagen que tiene Kuhn de cómo progresa una ciencia se muestra mediante el siguiente esquema abierto: preciencia - ciencia normal - crisis - revolución - nueva ciencia normal - nueva crisis (…)Según Kuhn, la preciencia se caracteriza por el total desacuerdo y el constante debate de lo fundamental, de manera que es imposible abordar el trabajo detallado, profundo. 

La alternativa de Kuhn al progreso acumulativo, que es la característica de las concepciones inductivistas de la ciencia, es el progreso a través de las revoluciones

  La revolución implica la pérdida de la certeza en la concepción anterior, es decir, la pérdida de la fe. Puede parecer que para el individuo normal y corriente cambiar a Newton por Einstein no supone un acontecimiento relevante, pues la vida humana transcurre en el ámbito del entorno social, no en el de la alta tecnología, pero lo que sucede en el ámbito de las ciencias más sofisticadas se refleja en el ámbito de las ciencias sociales, pues éstas se alimentan del prestigio de ésta y tienen que imitar sus patrones lógicos.

El falsacionista mantiene que algunas teorías pasan de hecho como teorías científicas sólo porque no son falsables y deberían ser rechazadas, aunque superficialmente pueda parecer que poseen las características de las buenas teorías científicas. Popper ha afirmado que al menos algunas versiones de la teoría de la historia de Marx, el psicoanálisis freudiano y la psicología adleriana adolecen de este fallo

  Descartar a cierto tipo de ciencias sociales ya supondría una ayuda, pero la utilización de modelos matemáticos en lo referente al comportamiento económico o las promesas de control del comportamiento antisocial mediante avances en la neurofisiología, en tanto que permite a los partidarios del statu quo el arrogarse del prestigio de la ciencia ya es relevante a la hora de paralizar nuevos cambios sociales posibles. ¿Por qué va a ser diferente el que se otorgue hoy el Premio Nobel a los economistas a que hace cinco siglos se honrase a los astrólogos en las cortes de los reyes? Si ni siquiera Newton era lo suficientemente riguroso, ¿por qué somos tan condescendientes con los científicos sociales?

   El mismo prestigio de la ciencia nos ha llevado a ver de forma caricaturizada la derrota de los paradigmas anteriores por la brillantez de los científicos "auténticos"

Los adversarios de Galileo que cuestionaban sus descubrimientos no eran todos reaccionarios testarudos y estúpidos. Las justificaciones estaban por venir y fueron cada vez más adecuadas, a medida que se construían telescopios cada vez mejores y que se desarrollaban las teorías ópticas acerca de su funcionamiento. Pero todo esto llevó tiempo.

En 1543, los argumentos basados en la simplicidad matemática que se aducían a favor de Copérnico no podían ser considerados como contrapeso adecuado a los argumentos mecánicos y astronómicos que se esgrimían en contra de él. No obstante, un cierto número de filósofos de la naturaleza matemáticamente capaces se sintieron atraídos por el sistema copernicano y sus esfuerzos por defenderlo tuvieron cada vez más éxito en los años siguientes. 

  Si los críticos a Copérnico y Galileo no eran estúpidos, y los primeros seguidores de las nuevas teorías es probable que no fuesen más que unos afortunados que acabaron teniendo éxito al dejarse llevar por su primera impresión y constatar finalmente que las pruebas confirmaban sus sospechas, de la misma forma, las concepciones actuales que tanta certeza nos producen no son inamovibles y las concepciones revolucionarias que surjan pueden ser en un principio indemostrables pero no por eso se seguirán juzgando como desacertadas en el futuro. Debemos ser conscientes de la paradoja de que, mientras que el valor que la sociedad da a la ciencia tiene que ver con su autoridad inatacable, con su neutral honestidad, al mismo tiempo la evidencia nos muestra que esta autoridad requiere de ser atacada por la misma naturaleza del proceso científico. Necesitamos de certeza para actuar, pero esta certeza, en último término, es ilusoria.

Kuhn reconoce que los paradigmas siempre encontrarán dificultades. Siempre habrá anomalías. (…)Se considerará que una anomalía es particularmente grave si se juzga que afecta a los propios fundamentos de un paradigma (…)Una vez que un paradigma ha sido debilitado y socavado basta el punto de que sus defensores pierden su confianza en él, ha llegado el momento de la revolución.

  No es en el fondo muy diferente a lo que sucedía con el cristianismo. En teoría, la fe había de bastar, pero la humanidad del mundo grecorromano jamás se hubiera satisfecho con la mera creencia indemostrable, lo que dio lugar a que se prestigiara la teología como forma de conocimiento de aquello para lo que, en teoría, había de bastarnos con la fe. Al prestigiarse a los “doctores de la Iglesia” (los San Agustín y Santo Tomás de Aquino) se había abierto la caja de Pandora de todas las herejías que siguieron como consecuencia de pretender hacer compatible fe y razón. En ese sentido, el ateísmo puede ser tan religioso como el teísmo, ya que se origina del mismo proceso de búsqueda de la certeza y se basa en el mismo efecto emocional que la certeza nos proporciona.

   No parece, sin embargo, tan paradójico si consideramos la aplicación de la ciencia a la tecnología. El que la concepción de Newton fuera falsada no impidió el descubrimiento de la electricidad y sus aplicaciones tecnológicas, basadas en principios físico-matemáticos que luego han sido superados, de la misma forma que la derrota de la fe en lo sobrenatural no ha supuesto la derrota de la democracia que se basaba en la idea de que “todos hemos sido creados iguales por Dios”

Fueron necesarios doscientos años de esfuerzos minuciosos dentro del paradigma newtoniano y cien años de trabajo dentro de las teorías de la electricidad y el magnetismo para que se revelaran los problemas que Einstein había de reconocer y resolver con su teoría de la relatividad. 

Cualquier rama del cristianismo que insista en tomar la Biblia al pie de la letra es falsable. La afirmación en el Génesis de que Dios creó los mares y los colmó de peces se falsaría si no hubiera ningún mar y/o pez. El propio Popper observa que la teoría freudiana, por cuanto interpreta los sueños como deseos, se enfrenta a la amenaza de falsación por las pesadillas.

Una revolución no implica una mera modificación de las leyes generales, sino también un cambio en la manera como es percibido el mundo y un cambio en las normas en que se apoya una valoración de una teoría.(…) La teoría aristotélica suponía un universo finito que formaba un sistema en el que cada cosa tenía su lugar y su función; un detalle importante era la distinción entre lo celestial y lo terrestre.

   Pero ¿es acertado seguir otorgando tanto prestigio a la ciencia?, ¿existen principios fundamentales o generales de la concepción científica del conocimiento?, ¿podemos tener certeza, a pesar de la evidencia de que ésta ha de coexistir con la incertidumbre de que puede ser echada abajo y que, hasta entonces, debemos conformarnos con la fe?

Supongamos que tratamos de formular ciertos principios generales a los que podríamos esperar que se adhirieran desde Aristóteles hasta Stephen Hawking. Supongamos que el resultado es algo parecido a “tómense en serio los argumentos y las pruebas disponibles y no se persiga un tipo de conocimiento, o nivel de confirmación, que esté más allá del alcance de los métodos a la mano". (...) Llamemos a esto la versión del sentido común del método científico. 

  Y lo que pasa con el "“sentido común"” es que

existe una distinción que da el sentido común entre, digamos, el propósito de mejorar el conocimiento de cómo se combinan los elementos químicos y el de mejorar la posición social de los químicos profesionales.

  Si esto sucede con los químicos profesionales, tanto más puede suceder con los científicos sociales. Y sin embargo, son científicos los que han creado las condiciones dentro de las cuales los químicos llevan a cabo sus descubrimientos. No han sido científicos quienes han creado las condiciones dentro de las cuales los filósofos o sociólogos llevan a cabo sus descubrimientos.

  La naturaleza, para el químico, se atiene a una sistematización objetiva que permite el trabajo experimental, mientras que para el filósofo, el psicólogo, el moralista o el economista “la naturaleza” son las convenciones culturales heredadas que afectan al mismo observador tanto como a la realidad observada.… Solo el antropólogo está más cerca del sentido común”, porque debe concebir la “naturaleza humana” como un conjunto de rasgos de comportamiento (instintivos) que pueden ser sistematizados con independencia de las convenciones culturales de su tiempo. Sin embargo, el antropólogo hoy sigue siendo poco más que un etnógrafo, que recopila datos que luego no puede utilizar para el trabajo experimental.

  La filosofía de la ciencia también puede sugerirnos estrategias a este respecto:

si se considera el progreso científico como la acumulación del conocimiento experimental, se puede entonces restablecer la idea de progreso acumulativo en la ciencia, sin la amenaza de las afirmaciones de que existen las revoluciones científicas que implican cambios en las grandes teorías.

   Al final, las grandes teorías se hacen inevitables porque la naturaleza psicológica del ser humano es simbólica, se basa en la elaboración de patrones significativos.

Si bien es cierto que los propios científicos son en cuanto practicantes los más capaces de conducir la ciencia y no necesitan el consejo de los filósofos, los científicos no son particularmente expertos en distanciarse de su trabajo y describir y caracterizar la naturaleza de dicho trabajo. Los científicos son especialmente buenos a la hora de hacer progreso científico, pero no en articular en qué consiste ese progreso.

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