domingo, 9 de junio de 2013

“El canibalismo como sistema cultural”, 1986. Peggy Sanday

  El canibalismo es considerado hoy una de las conductas humanas más aberrantes cuya sola mención provoca repugnancia y rechazo. Y sin embargo su estudio en las ciencias sociales no es un asunto anecdótico. En este libro de la antropóloga Peggy Sanday (autora también de importantes trabajos sobre la condición de la mujer en las sociedades primitivas) aprendemos que casi la mitad de las culturas de cazadores-recolectores conocidas lo han practicado de una u otra manera. E incluso guardamos el registro de una civilización avanzada, la de los mexicas o aztecas, que practicó el canibalismo a gran escala.

  Si bien, por tanto, no sería cierto que el canibalismo sea característico de todas las sociedades primitivas, no hay duda de que es algo que se da con frecuencia en las culturas poco desarrolladas y que ha dejado su huella en los mitos y leyendas de casi todas las demás, incluido el caso, como no, de muchos “cuentos infantiles” europeos. Por fuerza, ha debido también de dejar huella en nuestra propia naturaleza instintiva, ya que, como se menciona en este libro 

Los impulsos caníbales son frecuentes entre personas psicóticas de todas las culturas. 

  ¿Qué significado puede tener la práctica del canibalismo, o las historias míticas concernientes al canibalismo, a la hora de estudiar el comportamiento humano?

Según Freud, la civilización comienza con la prohibición o regulación de deseos instintivos destructivos, como el incesto, el canibalismo o el ansia de matar.

    Como deseo instintivo, el canibalismo se explicaría en parte por el interés nutricional (se observa una relación entre la escasez de carne en algunos entornos y la práctica del canibalismo) y en buena parte como consecuencia de la agresividad guerrera de los varones. Sin embargo, resulta fácil encontrar ejemplos de sociedades primitivas vecinas a las sociedades caníbales las cuales, viviendo en entornos muy parecidos, mantienen visiones culturales completamente opuestas. 

    Los navegantes europeos del siglo XVIII encontraron en el Pacífico casos como el de Tahití, isla paradisiaca donde no se daban muchos casos de violencia, y el de las islas Fidji, otro entorno paradisiaco… pero en el cual las guerras y el canibalismo eran constantes. El antropólogo Malinowski observó en las islas Trobriand, en Melanesia, sociedades de isleños vecinos, que mantenían incluso intensas relaciones comerciales, donde unos eran caníbales y otros no, y donde cada sociedad mantenía mitos y leyendas opuestos acerca de la misma cuestión del consumo de carne humana.

  Sanday distingue tres categorías principales de canibalismo: canibalismo ritual, canibalismo institucionalizado en otros contextos (periodos de hambre, leyendas, rumores) y miedo a incidentes imaginarios de canibalismo (monstruos, hechiceros y brujas).

  En cuanto al canibalismo ritual, recordemos que los antiguos romanos acusaron a los primeros cristianos de ser caníbales por causa del sacramento de la eucaristía, en el cual los creyentes comparten simbólicamente la carne y la sangre de su Hombre-Dios, Jesucristo, ceremonia que no tenía precedentes ni en los cultos paganos ni en los cultos judaicos. 

El canibalismo ritual facilita el flujo de sustancias y de poder generadores de vida, expresa la unidad social y programa las reacciones psicológicas. Es un sistema para procesar información culturalmente codificada, basada en conceptualizaciones de aquello que es innato en los humanos.

En el canibalismo se da una teoría física del ser  en la que la condición social de persona está constituida por el flujo y reflujo de sustancias psico-biológicas que entran y salen del cuerpo durante el ciclo vital


  Por otra parte, los casos de endocanibalismo ritual (ingestión de carne de parientes muertos en ritos funerarios) no son demasiado frecuentes. En uno de ellos, son las mujeres las que comen los cuerpos de los familiares fallecidos de muerte natural. Se supone que ello permitiría la regeneración de la carne mediante partos futuros. 

    Mucho más numerosos son los casos de exocanibalismo, en el cual los guerreros obtienen prisioneros que con frecuencia son torturados ritualmente antes de ser devorados, siempre de acuerdo con determinadas costumbres.

   Todo esto da lugar al surgimiento de tres hipótesis principales de explicación de la conducta caníbal: las de tipo psicógeno (satisfacción de determinadas necesidades psicosexuales), las de tipo materialista (insuficiencia de proteínas que luego es ritualizada) y la hipótesis hermenéutica, que parte de la lógica cultural más amplia de la vida, la muerte y la reproducción.

  En cualquier caso, vemos que el canibalismo se da, en general, en sociedades simples (pero no siempre: la excepción de los mexicas), y está claro que siempre son sociedades guerreras (excepto, quizá, algún caso de endocanibalismo mortuorio); también parece que se trata de sociedades caracterizadas por costumbres que establecen una rígida dominación masculina.
  
El miedo al monstruo caníbal es probablemente  un universal cultural que aparece en las sociedades en respuesta a preocupaciones en cuanto al poder antisocial del hambre. Paralelamente a la oposición entre lo animal y lo humano se da una oposición entre el poder o el deseo individual y la cooperación social. Creían que una vez que el monstruo caníbal probaba la carne humana se desarrollaba en él un apetito insaciable. Se pensaba que el monstruo es un individuo que ha dominado fuerzas peligrosas a costa de su propia humanidad.

Podría ser que la familiaridad del hombre primitivo con la muerte, la escasez o el sufrimiento llevase a crear rituales para integrar a la muerte, para hacerla aceptable y a la vez dar sentido a la agresión permanente.

    Peggy Sanday, acogiéndose a las teorías de autores como Paul Ricoeur (del cual tenemos la frase “el símbolo crea el pensamiento”) o el antropólogo Marshall Sahlins, más o menos concluye lo siguiente:

Las diferencias entre pueblos caníbales y no caníbales se explican mejor mediante consideraciones ontológicas que mediante consideraciones ecológicas.

    En buena parte, sustenta su teoría en el estudio de un pueblo primitivo, como los indios Navajo, vecinos de otras sociedades caníbales

Hay quienes sostienen que el cuerpo es universalmente la base de los conceptos del ser, pero los Navajo derivan su modelo del ser no de experiencias corporales, sino del modelo de su mundo natural-sobrenatural. El aire, el conocimiento, el habla y el pensamiento son la fuente de poder de toda creación, transformación y regeneración. 

Los símbolos primarios navajos no se centran en procesos fisiológicos, las imágenes primordiales del mito no denotan ataque o conquista, sino acomodación y unión, y el orden cósmico está marcado por la preponderancia de las fuerzas de la luz sobre las fuerzas del mal. No proyectan al cosmos procesos corporales: al contrario, proyectan procesos cósmicos al cuerpo. La construcción del ser de los Navajo pone énfasis en la síntesis antes que en la negación o la dominación de fuerzas antitéticas.

   ¿Es posible, entonces, que la práctica de rituales tan cruentos dependa, por encima de todo, de una determinada concepción cultural sólo indirectamente influenciada por el entorno (ecología)? Particulares circunstancias del entorno (períodos de guerras y hambre, por ejemplo) habrían dado lugar a una simbología caníbal en un momento dado y a partir de esta circunstancia tendría lugar un arraigo en la cultura que prolongaría la práctica del canibalismo durante generaciones, simplemente porque la simbología caníbal heredada estaría recreando el pensamiento que lleva a la práctica de la costumbre.

  Un hecho notable que se destaca en el libro es que la gran civilización caníbal de los mexica guardaba constancia, en su cosmología, de la existencia de dioses que demandaban carne humana y otros que no, como si de un debate teológico se tratara. Por lo tanto, no puede decirse que, en una sociedad dada a rituales  tan extremos la estructura psicológica del individuo sea impermeable a creencias más moderadas, antes bien, el hombre es capaz de comprender, a través de la elaboración de sus mitos, diferentes opciones ideológicas con sus correspondientes repercusiones vivenciales.

Como símbolo del caos el canibalismo se equipara a todo aquello que debe ser dominado, controlado o reprimido en el establecimiento del orden social.

El canibalismo es social si está bajo el control de decisiones de grupo, y antisocial, si está fuera del control de grupo.

  Es decir, que incluso en las sociedades caníbales, su práctica está siempre regulada y no se equipara a la mera ingestión de alimento. La carne humana puede comerse, sí, pero sólo de determinada manera respetuosa con lo sagrado, y no de la forma en que los animales lo hacen. Y de la misma forma que la cosmología mítica regula el origen y la significación de la práctica de la violencia caníbal, un cambio conceptual en la cultura puede hacerlo desaparecer. Una forma común de que esto suceda es que el canibalismo real pase a ser simbólico. Ciertos pueblos han elaborado rituales en los que se come carne de cerdo o de otro animal de forma sustitutiva.

  Los antropólogos se han encontrado con pueblos primitivos que afirmaban que los caníbales eran bárbaros, y otros que afirmaban limitarse a seguir las costumbres de sus antepasados. Sin embargo, erradicar el canibalismo nunca fue muy difícil para los colonizadores europeos; de alguna forma, los pueblos primitivos parecían comprender pronto que había algo erróneo en el sostenimiento de estos usos ancestrales casi siempre relacionados con el culto a la masculinidad y la guerra. 

  Es sintomático que la única civilización avanzada que practicaba el canibalismo, la de los mexicas, fuese una sociedad guerrera, clasista y que, curiosamente, había sustituido la habitual expresión del imperialismo, basada en la conquista de nuevos territorios, por la del imperialismo caníbal, es decir, que buscaban alcanzar la supremacía mediante la obtención constante de víctimas para el sacrificio en la guerra contra los pueblos vecinos y en la explotación caníbal de las clases inferiores en lugar de la expansión territorial.

  Si la hipótesis que sostiene la señora Sanday es correcta, los cambios culturales no serían tanto consecuencia de la “mano invisible” de las necesidades del entorno, como de la elaboración ideológica

Paul Ricoeur arguye que “los símbolos dan lugar al pensamiento”, y, por lo tanto, determinados símbolos y mitos suponen el canibalismo. 

Según Ricoeur la función del mito y los símbolos es ser portadores de significados que tienen que ver con nuestra relación con el mundo, con otros seres y con el ser. 


  En el caso de las sociedades primitivas, y también según Ricoeur

El principio del caos primordial establece que el caos es anterior al orden y el principio del mal es primordial, coextensivo a la generación de lo divino.

  Eso explicaría por qué el “monstruo caníbal” es temido y a la vez admirado. Su fuerza, su violencia, es encarnación del mal, pero también del poder. Los mismos dioses de los mitos griegos resultaban truculentos, mostrando un origen cruel de la civilización que sólo gradualmente tomaba formas más benignas. 
 
  Todavía hoy subsisten rituales violentos y una mal disimulada admiración por el caos originario, la masculinidad y la agresión. Superar esta etapa sería posible, sin embargo, mediante cambios ideológicos: la elaboración de nuevas formas simbólicas en la cultura que nos permitieran dominar estos instintos y llevarnos a un comportamiento más cooperativo. 

   No viene mal tener en cuenta una vez más la lógica de pensar que quizá en el futuro nuestros descendientes se sentirán tan horrorizados por muchas de nuestras costumbres de egoísmo y crueldad de forma parecida a como nosotros nos horrorizamos por las costumbres caníbales de nuestros antepasados…  

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