jueves, 15 de octubre de 2015

“La pasión de la mente occidental”, 1991. Richard Tarnas

  Nada más difícil y a la vez más útil que intentar hacer una síntesis del desarrollo de la cultura occidental, la cultura que, para bien o para mal, supone el sustrato básico del mundo globalizado de hoy.

La exposición que ahora presentamos traza el desarrollo de las principales cosmovisiones de la alta cultura occidental, con atención particular a la decisiva esfera de interacción entre filosofía, religión y ciencia. 

¿Cómo ha llegado el mundo moderno a ser lo que actualmente es? ¿Cómo ha llegado la mente moderna a concebir las ideas fundamentales y los principios que tan profunda influencia ejercen en el mundo de hoy? 

  Responder a la pregunta es tan importante porque

sólo si recordamos las fuentes más profundas de nuestro mundo presente y de nuestra cosmovisión podremos aspirar a un conocimiento suficiente de nosotros mismos como para enfrentarnos a los dilemas actuales. 

  De “conocimiento” se trata. De un conocimiento creativo que supere la tradición y que satisfaga las crecientes inquietudes humanas. En un principio, el cómo se elaboraban las tradiciones (englobadas en mitos originarios) nadie podía saberlo en concreto, pero el caso es que, una vez llegan los primeros filósofos (buscadores de la sabiduría), todo es cuestionado. Antes de los primeros filósofos sí hubo algunos innovadores religiosos que merecen atención, pero es que la filosofía pronto cuestionará la religión misma.

Tales y sus sucesores Anaximandro y Anaxímenes, dotados de curiosidad y con tiempo libre a su disposición, inauguraron un intento de comprensión del mundo radicalmente novedoso y de consecuencias extraordinarias. Tal vez los estimulara su ubicación geográfica, ya que Jonia estaba rodeada de civilizaciones cuyas mitologías diferían tanto entre sí como de la griega. Tal vez influyera en ellos la organización social de la polis griega, gobernada más por leyes impersonales y uniformes que por los actos arbitrarios de un déspota. (…) Formularon el notable supuesto de que por debajo del flujo y la variedad del mundo subyacía una unidad y un orden racionales (…) La captación directa de la realidad más profunda del mundo no sólo satisface al intelecto, sino también al alma, pues en lo esencial es una visión redentora, una reconfortante mirada a la naturaleza verdadera de las cosas que resulta intelectualmente reveladora y espiritualmente liberadora.

 Así que parece que la búsqueda sistemática del conocimiento comenzó con los griegos de hace dos mil quinientos años. Es probable que en otras partes del mundo surgieran también escuelas de pensamiento racional, pero ninguna perduró en tanto que no evolucionó.

  Con todo, hay que señalar algo  extremadamente importante en cuanto a la racionalidad de los primeros filósofos griegos: muy pocos de entre ellos rompieron del todo con las tradiciones acerca de la existencia del mundo de lo sobrenatural.  Para el desarrollo civilizatorio supone un factor clave el superar la contradicción entre la percepción racional del mundo por los seres humanos y la aceptación de las revelaciones inalcanzables de los supuestos seres sobrenaturales de los que ahora sabemos que son un producto inconsciente del intelecto humano. Podemos ya plantear, de entrada, que el logro de la sabiduría consiste, ante todo, en despojarnos de los prejuicios de la tradición y de nuestras propias tendencias irracionales innatas. Ni siquiera hoy se ha logrado del todo, y los grandes filósofos griegos, Platón y Aristóteles, siguieron admitiendo que lo que existe en la comprensión individual también existe en el mundo natural, así como la necesidad de una voluntad suprema de orden sobrenatural. Estos prejuicios impregnaban toda su filosofía.

Para el entendimiento moderno común, las ideas son constructos mentales subjetivos, privados, propios de la mente individual. En cambio, Platón se refería a algo que no sólo existe en la conciencia humana, sino también fuera de ella. Las Ideas platónicas son objetivas (…) Los absolutos divinos volvían a regir el cosmos y a proporcionar un fundamento a la conducta humana. La existencia volvía a estar dotada de finalidad trascendente. El rigor intelectual y la inspiración olímpica ya no se oponían. 

  Solo muy poco a poco comenzaron a aparecer los primeros filósofos racionalistas, escépticos y rigurosos.

En el atomismo queda eliminado el residuo mitológico de la sustancia autoanimada de los primeros filósofos: únicamente el vacío es causa de los movimientos azarosos de los átomos, íntegramente materiales y desprovistos de cualquier orden y finalidad divinos. (…) Como consecuencia de estos tempranos asaltos filosóficos, no sólo los dioses podían ser una ilusión, sino también la evidencia inmediata de los sentidos

  Epicuro, Demócrito, Sexto Empírico  y Lucrecio figuran entre estos pioneros de los que el pensamiento clásico nos ha dejado memoria. Sin embargo, con el triunfo del cristianismo desaparecieron y el materialismo escéptico tardaría más de mil quinientos años en reaparecer. ¿Fue un tiempo perdido para la civilización? Puede que no, porque el cristianismo era necesario: al fin y al cabo, había cuestiones más importantes que la reflexión intelectual: había que vivir, vivir mejor, vivir en comunidad con los otros seres humanos, y para eso seguía haciendo falta Dios.

El cristianismo universalizó la salvación al afirmar que estaba al alcance tanto de los esclavos como de los reyes, de las almas simples como de los pensadores profundos, de los feos como de los hermosos, de los enfermos y los que sufren como de los fuertes y afortunados, e incluso tendía a invertir las jerarquías anteriores. En Cristo quedaban superadas todas las divisiones de la humanidad (…) El ideal griego del individuo autónomo y el genio heroico perdieron prestigio en favor de la identidad cristiana colectiva (…) Al garantizar la inmortalidad y el valor del alma individual, el cristianismo alentaba el desarrollo de la conciencia individual, de la responsabilidad y la autonomía personal 

La historia no era un ciclo sin fin de continuo declive, sino la matriz de la deificación de la humanidad. Gracias a la omnipotencia de Dios, el temible Hado resultaba milagrosamente transmutado en Providencia benevolente. La angustia y la desesperación humanas no sólo encontrarían alivio, sino plena realización divina. Cristo había vuelto a abrir las Puertas del Paraíso, implacablemente cerradas desde el momento de la Caída

El verdadero mandamiento del cristiano era trabajar con sus camaradas de creencia y construir juntos una comunidad de amor y pureza moral merecedora de la gloria futura de Dios. Era justo gozar con lo que ya se había experimentado a través de Cristo, pero también era necesario el rigor moral, el sacrificio personal y la humilde fe en la futura transformación. De esta manera, Pablo enseñaba un dualismo parcial en el presente 

  Este dualismo suponía que, por una parte, el cristianismo ofrecía la esperanza de la salvación (Dios se hace hombre, y el hombre puede llegar a Dios y por tanto comprender la naturaleza), pero, por el otro, presentaba la condición pecadora del ser humano. Todo este complejo planteamiento psicológico con fines morales se apoyaba en tradiciones sobrenaturales renovadas de gran efecto emocional.

Pablo (…) dio testimonio de la impotencia de la Ley en comparación con el poder del amor de Cristo y la presencia activa del Espíritu en el interior de la persona humana.(…) La senda más segura de salvación era la fe en la gracia de Cristo antes que la escrupulosa conformidad con los preceptos éticos, y la prueba de esa fe se hallaba en las obras de amor y de servicio que eran posibles precisamente por la gracia de Cristo. 

  La invención de la “gracia” supuso una revolución para toda la humanidad. La gracia superaba la contradicción entre hombre y Dios (entre subjetividad y naturaleza) y a nivel moral y social equivalía a la interiorización de pautas éticas por parte del individuo que, al permitirle alcanzar la virtud, abría el camino a la cooperación perfecta entre todos los seres humanos. Alcanzar la virtud dependía, en el cristianismo, no de contar con leyes justas (preceptos éticos), sino de una sutil y totalizadora aceptación subjetiva del orden moral, una transformación psicológica universal con consecuencias emocionales, afectivas y de acción prosocial que se manifestarían en una absoluta benevolencia (garantía de la cooperación humana universal). Diseñado el camino a la virtud mediante tradiciones alegóricas (Espíritu, Alma, Salvación… Gracia), éste no ha sido aún reproducido racionalmente por el pensamiento secular (muy probablemente porque prescinde de los mecanismos políticos de transformación social cuyo predominio es todavía  generalmente aceptado… un prejuicio del mundo de hoy, tanto como la creencia en seres sobrenaturales era un prejuicio del mundo de ayer).

El enorme respeto judeocristiano por el alma individual, dotada de derechos inalienables «sagrados» y dignidad intrínseca, que se prolongó en los ideales humanistas seculares del liberalismo moderno(…) [se complementó con] la creencia en el progreso histórico lineal del hombre hacia la plena realización final.

   El Dios humanizado que propaga la caridad y la misericordia a nivel universal (auténtica “filosofía de masas”, a la vez que doctrina prosocial) tiene, sin embargo (como ya se ha visto), el inconveniente de no tolerar el racionalismo de los escépticos clásicos (que, a nivel moral, ofrece, a lo más, una pedagogía para la resignación o la insensibilización). Aunque potencia las capacidades individuales  subjetivas (y, por tanto, la libertad y la razón), el cristianismo rechaza la aparente falta de esperanza del escepticismo. El escepticismo clásico de hace dos mil años era humanamente estéril, no promovía en modo alguno la empatía, la prosocialidad, las necesidades emocionales, y, por ello, debía ser rechazado para que no estorbase a la figura confortadora del Hombre-Dios, Jesucristo. Así, con el cristianismo se dan dos pasos hacia delante y uno hacia atrás: los pasos hacia delante son el triunfo de la subjetividad humana (afectividad, vida emocional interpersonal, prosocialidad) y el rechazo a los sofismas de tipo moral (cualquier pretensión de racionalidad que no esté al servicio del bien común); pero el paso hacia atrás es que la tendencia del “alma” humana (racionalidad libre) a hacer averiguaciones se encuentra dificultada por las exigencias de la fe en Dios.

El cristianismo proclamaba una relación personal con lo trascendente.  (…) La razón era un medio secundario. 

  El problema solo se resolverá en parte cuando surja un humanismo escéptico pero a la vez prosocial e intimista (derechos humanos, ilustración compasiva, literatura introspectiva, doctrinas laicas de progreso social).  Pero para que eso surja será preciso que el mismo cristianismo, al evolucionar, dé lugar a ello.

Kant sostenía que aun cuando no se pueda saber si Dios existe, se debe creer que Dios existe a fin de actuar moralmente. (…) Sería imposible justificar la necesidad de que cada uno cumpla con su deber en caso de que no hubiera Dios, de que no existiera la libertad de la voluntad o de que el alma desapareciera con la muerte. Por tanto, hay que creer en la verdad de estas ideas. 

  Kant es el último baluarte ante el escepticismo de la Ilustración. El gran filósofo protestante comprende la oposición del cristianismo al triunfo total de la razón: la indefensión del sujeto ante la nada. La ausencia de Dios implicaría la ausencia de la iglesia, de la comunidad ética… tal vez de las emociones confortadoras de la caridad. Sin embargo, poco a poco, los escépticos de la Ilustración, que viven en un mundo muy diferente al de los pioneros escépticos del mundo clásico, han ido construyendo a su alrededor una red de sentimientos prosociales.

La aplicación del pensamiento crítico sistemático a la sociedad no podía dejar de sugerir la necesidad de reformarla (…) John Locke y, tras él, los filósofos franceses de la Ilustración aprendieron la lección de Newton y la extendieron al ámbito humano.

La meta moderna era crear para el hombre la mayor libertad posible, tanto de la naturaleza como de las opresoras estructuras políticas, sociales o económicas, de las restrictivas creencias metafísicas o religiosas, de la Iglesia, del Dios judeocristiano, del estático y finito cosmos aristotélico-cristiano, del escolasticismo medieval, de las antiguas autoridades griegas y de todas las concepciones primitivas del mundo.

  Los precursores del escepticismo Demócrito y Lucrecio no se interesaron jamás  por la libertad humana, ni mucho menos por el humanitarismo que movía a un Voltaire o a un Rousseau. Se equivoca Richard Tarnas (y muchos otros) al deducir que es la revolución científica el factor decisivo que hace despegar el pensamiento humanista Ilustrado (democracia y derechos humanos).

El pensamiento clásico griego había suministrado a la Europa del Renacimiento la mayor parte del bagaje teórico que necesitaba para producir la Revolución Científica: la intuición griega inicial de un orden racional en el cosmos

  Si bien es cierto que los griegos creían en un orden racional en el cosmos, también lo es que no extendían esta concepción a la misma vida humana, que carecían del impulso prosocial del cristianismo. No creían en el progreso social, sino que aceptaban el fatalismo y el sentido cíclico de la historia.

   El cristianismo no dejó congelado el desarrollo racional de la civilización durante mil quinientos años. Muy al contrario, evolucionó, lentamente y complejamente. Evolucionó hacia el ateísmo… pero solo cuando fue capaz de crear una cultura en la cual la capacidad humana para las relaciones intersubjetivas podía desarrollarse en base a pautas de mutua confianza (empatía, afección, benevolencia…).

Mientras que en la época clásica la vida introspectiva sólo se encontraba de modo característico en unos pocos filósofos, el centro de atención cristiano en la responsabilidad personal, la conciencia del pecado y el retiro del mundo secular estimuló en una población mucho más amplia la atención a la vida interior. (…)  Toda alma humana era importante en el gran plan del universo. (…) Fueran cuales fuesen las limitaciones que los cristianos medievales hayan podido experimentar, parecen haberlas compensado con una intensa conciencia de su condición sagrada y su potencial de redención espiritual.

  Es sobre esta base cultural de vivencia intersubjetiva como se establece un nuevo racionalismo.

En el Renacimiento, Erasmo había sugerido una nueva comprensión de la escatología cristiana, según la cual la humanidad podría encaminarse hacia la perfección en este mundo

  Esta tendencia acaba desembocando en la irreversible Reforma protestante. Algo muy peculiar podemos destacar de la Reforma: en el principio parecían más totalitarios que la misma Iglesia Católica, pero al centrarse su ideología en la relación personal del individuo con la Fe (a través de las Escrituras) acabó por potenciar todavía más la subjetividad.

La paradoja peculiar de la Reforma radicaba en su carácter esencialmente ambiguo, pues era una reacción religiosa conservadora y, al mismo tiempo, una revolución radicalmente libertaria.(…) Pese al indudable carácter conservador de la Reforma, su rebelión contra la Iglesia fue un acto revolucionario sin precedentes en la cultura occidental (…) como afirmación de la conciencia individual contra el marco de las creencias, el ritual y la estructura organizativa establecidos por la Iglesia, pues la cuestión fundamental de la Reforma atañía a la ubicación de la autoridad religiosa. (…)Lutero enseñaba el «sacerdocio de todos los creyentes»: la autoridad religiosa residía, en última instancia y de forma decisiva, en cada cristiano individual y en su lectura e interpretación de la Biblia de acuerdo con su propia conciencia privada, en el contexto de su relación personal con Dios.

El protestante medio, ya no encerrado en el vientre católico de la gran ceremonia, de la tradición histórica y de la autoridad sacramental, quedó relativamente menos protegido de los avatares de la duda privada y del pensamiento secular. A partir de Lutero, la creencia del creyente carecía cada vez más de apoyo exterior y las facultades críticas del intelecto occidental se hacían cada vez más agudas.

   Las controversias bíblicas permiten hasta cierto punto la interpretación flexible (ya los teólogos medievales admitían el contenido metafórico de muchas revelaciones bíblicas).

El propio Tomás de Aquino [en el siglo XIII] había escrito en su Suma teológica que «la autoridad es la más débil de las fuentes de prueba», aforismo básico para los protagonistas de la independencia de la mente moderna. El racionalismo, el naturalismo y el empirismo modernos tenían raíces escolásticas.

  De ese modo, una estructura mental racional, crítica y subjetiva evoluciona de un pensamiento en teoría totalitario, casi como “efecto secundario”. Estas aparentes contradicciones suponen un típico fenómeno evolutivo del que contamos con otros importantes ejemplos, en todos los cuales se dieron circunstancias accidentales que alteraron el sentido inicial de un impulso.

   Así, anteriormente, el cristianismo había descubierto el pacifismo debido a que en la Antigua Roma las rebeliones armadas eran inviables, no, desde luego, porque la religión judía fuese pacifista. Lo que sucedió fue que cuando los judíos se rebelaron, siguiendo la orgullosa tradición de sus caudillos, fueron aniquilados y muchos de los que sobrevivieron eligieron resignarse, hacerse pacifistas para seguir siendo judíos… se hicieron cristianos (a este tipo de cosas solemos llamarlas “hacer de la necesidad virtud”). Igualmente, los puritanos protestantes atacaron a la Iglesia Católica porque consideraban que la jerarquía de Roma era corrupta y no lo suficientemente estricta … pero al hacerlo dieron la libertad de conciencia a los creyentes… de forma que, a la larga, la buscada intolerancia no pudo sostenerse sin el armazón autoritario de la Iglesia que ellos mismos habían destruido… Más adelante el marxismo también producirá un resultado contradictorio con su planteamiento inicial: de una doctrina basada en la razón, el escepticismo y el materialismo (socialismo científico) surgirían regímenes marxistas totalitarios, supersticiosos e inflexibles (que acabarían autodestruyéndose).

  Es, pues, tras la evolución de la mentalidad protestante cuando  aparecen la Ilustración y la Revolución Científica

La nueva constitución psicológica del carácter moderno se venía desarrollando ya desde la baja Edad Media, se manifestó de un modo notable durante el Renacimiento y luego se clarificó y se potenció con la Revolución Científica, para difundirse y solidificarse en el curso de la Ilustración

Con la mente limpia de prejuicios y supersticiones, el hombre podía apoderarse de la verdad evidente y de esa manera establecer para sí mismo un mundo racional en el que todos pudieran florecer. 

La «planificación» sustituyó a la «esperanza» a medida que la razón humana y la tecnología dieron pruebas de su milagrosa eficacia.

  Así llegamos hasta nuestros días. Pero ahora descubrimos (como ya presentían los antiguos) que esta libertad y honestidad de la ciencia y el pensamiento racional implican el riesgo de la soledad y la incertidumbre. Como hemos visto, el humanitarismo cristiano había tenido sus buenas razones para creer en Dios…

Con Lutero se había quebrado la estructura monolítica de la Iglesia cristiana medieval. Con Copérnico y Galileo se había quebrado la cosmología cristiana medieval. Con Darwin, la cosmovisión cristiana mostraba signos de colapso total.(…) Lo probable, para el juicio del intelecto crítico moderno, era que el Dios judeocristiano fuera una combinación particularmente duradera de fantasía ingenua y de proyección antropomórfica, producida en la imaginación del hombre para aliviar todo el dolor y enderezar todos los entuertos que encontraba insoportables en su existencia. (…) Parecía más adecuado entender el cristianismo como un mito popular de éxito muy especial, que inspiraba esperanza en los creyentes y daba sentido y orden a sus vidas, pero que carecía de fundamento

La actividad humana —artística, intelectual, moral— se vio forzada a buscar fundamento en un vacío sin modelos. El significado no parecía ser otra cosa que un constructo arbitrario; la verdad, tan sólo convención; la realidad, imposible de desvelar. El hombre, se empezaba a decir, era una pasión inútil.

  El escepticismo y el racionalismo nos informan hoy de nuestra naturaleza como peculiares animales dotados de emociones morales, estorbados por instintos agresivos y egoístas, solos en el mundo. Si no hubiéramos construido previamente los valiosos paliativos del humanitarismo secular (desconocidos en la cultura grecorromana clásica de los primeros escépticos, aunque luego comenzarian a aparecer en el estoicismo) este “vacío sin modelos” nos resultaría insoportable…

  Richard Tarnas se limita a registrar las angustias del escepticismo y el posmodernismo hasta el final del siglo XX:

La era posmoderna es una era sin consenso sobre la naturaleza de la realidad, pero cuenta con la bendición de una riqueza de perspectivas sin precedentes

El interrogante intelectual de nuestro tiempo reside en saber si el estado actual de profunda irresolución metafísica y epistemológica continuará indefinidamente, adoptando, tal vez, formas más viables o más radicalmente desorientadoras a medida que pasen los años y las décadas; si es realmente el preludio entrópico de algún tipo de desenlace apocalíptico de la historia, o si representa una transición histórica a otra era que traerá una nueva forma de civilización y una nueva cosmovisión con principios e ideales fundamentalmente distintos de los que han impulsado el mundo moderno en su dramática trayectoria.

  Todos podemos hacer propuestas sobre la “nueva forma de civilización”. Ante todo, podemos ver que los antiguos no fueron estúpidos cuando eligieron el Dios humanista y prosocial de los cristianos.  En el proceso civilizatorio, afortunadamente, el impacto de la desaparición del Dios bondadoso ha sido amortiguado por la compleja elaboración del humanitarismo secular que hoy interiorizamos a través de la cultura de la modernidad, pero pese a ello persiste el dualismo básico de la separación entre el individuo y el mundo exterior.

Nuestras predisposiciones psicológicas y espirituales están absurdamente en desacuerdo con el mundo que nos ha revelado el método científico. Es como si de nuestra situación existencial recibiéramos dos mensajes: por un lado, esforzarse, lanzarse en busca de significado y plena realización espiritual; pero, por otro, saber que el universo, de cuya sustancia derivamos, es completamente indiferente a esa búsqueda, sin alma y de efectos anonadantes.

    Tal vez, si descubrimos en nuestro propio comportamiento pautas que aseguren la confianza, la afectividad y la cooperación, sea posible crear una alternativa. Mientras funcionó, el cristianismo ofreció una solución efectiva. Ahora sería preciso construir una alternativa racional de parecida eficacia. ¿Está trabajando alguien en ello?, ¿o se limitan los pensadores e ideólogos a constatar su desorientación y a esperar una solución de la mano de la tecnología y la educación?

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