jueves, 15 de diciembre de 2016

“La guerra en la civilización humana”, 2006. Azar Gat

Éste es un libro ambicioso. Tiene por fin hallar las respuestas a las preguntas más fundamentales relacionadas con el fenómeno de la guerra. ¿Por qué la gente se implica en la mortal y destructiva actividad del combate? ¿Está arraigada tal actividad en la naturaleza humana o es una invención cultural tardía? (…)  Con la guerra estando conectada a todo lo demás y todo lo demás estando conectado a la guerra, explicar la guerra y seguir su desarrollo en relación con el desarrollo humano en general casi equivale a una teoría y una historia de todo.

  Y “todo”, en el caso del ser humano, parece llevarnos a la consideración básica de que los seres humanos contamos con una extraordinaria inteligencia y capacidad cooperativa que nos permite desarrollar la tecnología para beneficio mutuo hasta extremos hoy incalculables… pero que estas capacidades se ven obstaculizadas por nuestros propios instintos antisociales. Básicamente, porque somos agresivos e irracionalmente egoístas los unos contra los otros. La constante agresión, sobre todo, nos hace desconfiar y arruina las posibilidades más ambiciosas de la cooperación inteligente para el beneficio común.

  ¿Por qué esto es así? Según Azar Gat, no es tan raro: somos animales, y todos los animales se comportan de esa forma (pero no todos los animales cuentan con nuestra capacidad para la tecnología…).

La competición por los recursos y la reproducción es la causa raíz del conflicto y la lucha entre los humanos, como en todas las otras especies animales (…) La rivalidad por el rango y la dominación es un medio indirecto dentro de la competición por los recursos y la reproducción

  Así que todo aclarado. Hace cincuenta mil años, los Homo Sapiens eran una especie de mamíferos entre otras muchas. Cazadores y gregarios, como los lobos, vivían en pequeños grupos (bandas u “hordas”). Los individuos competían dentro de los grupos, y cada grupo competía con todos los demás grupos.

Puede ser difícil comprender cómo de precaria era la subsistencia de la gente en las sociedades premodernas (y aún lo es). El espectro del hambre siempre se cernía sobre sus cabezas. Afectaba tanto la mortalidad como la reproducción (lo último, por el apetito sexual humano), ello constantemente reducía su número, actuando en combinación con la enfermedad. Así, la lucha por los recursos era con frecuencia efectiva en proporción a los costos

  Esto es muy cierto. Pero conviene hacer la salvedad de que antes de la agricultura y del resto de avances económico-tecnológicos, los seres humanos ya hubieran podido evitar la guerra y el hambre si hubiesen aprendido a controlar la natalidad y a preservar algunos recursos para las situaciones de emergencia. Recordemos las capacidades psicológicas únicas del ser humano con respecto a todos los demás animales: nuestra capacidad para considerar el tiempo, el pasado y el futuro (podemos hacer planes, tener en cuenta experiencias), así como nuestra capacidad para interactuar socialmente mediante el lenguaje hablado y gestual, lo que incluye la capacidad para la simbología y la abstracción (crear conceptos que engloben ideas y procesos complejos, y modificar éstos por aportaciones ajenas).

   Por ejemplo, para el control de población, aparte del recurso al infanticidio –que todos los pueblos primitivos utilizan- podían haberse acostumbrado a realizar eventualmente prácticas sexuales satisfactorias no reproductivas, y para evitar el hambre, podían haberse abstenido de pescar en las costas y los ríos para disponer así de una reserva de alimentos cuando una sequía o cualquier otra catástrofe les privara de la caza y recolección habituales. Pero iniciativas de este tipo hubieran exigido una creatividad intelectual en tales pueblos primitivos que en modo alguno llegó a darse. Todo ello resultaba entonces tan imposible como que no desarrollasen supersticiones acerca de fantasmas y brujería.

  En suma, los problemas humanos no han sido, en ningún momento, una mera escasez de tecnología para evitar la escasez de recursos materiales de subsistencia: siempre se ha tratado de una escasez de estrategias cognitivas, siendo el desarrollo de la tecnología una más de estas estrategias, y no la fundamental. Todos los animales luchan debido a la escasez de recursos en la naturaleza, pero solo los seres humanos luchan por la escasez de recursos culturales dentro de su peculiar estilo de vida, es decir, la escasez de estrategias de utilidad social culturalmente transmitidas. Estrategias que también incluyen conceptos de moralidad (criterios acerca del comportamiento ajeno con respecto al interés público) como la solidaridad, la equidad, la caridad, la libertad, la compasión, la dignidad o la propiedad común de los medios de producción. Aunque rasgos del comportamiento relacionados con tales conceptos de moralidad pueden hallarse en todos los individuos de todas las sociedades primitivas, su elaboración abstracta, su internalización como símbolo capaz de arraigarse emocionalmente en el individuo, son tan infrecuentes en tales sociedades como las herramientas de hierro o la práctica de la ganadería. Y es que también son, en cierto modo, tecnología: tecnología de la mente.

  Ahora, examinemos la lucha dentro del grupo en la sociedad primitiva, la sociedad del “hombre en estado de naturaleza”:

El término “sociedad igualitaria”, aplicado comúnmente en antropología a la mayor parte de los cazadores-recolectores y muchas sociedades horticultoras es relativo. (…) Incluso cuando la propiedad es mínima, el estatus y el prestigio importan mucho –por ejemplo, en oportunidades para el matrimonio. El estatus y el prestigio varía entre individuos y son celosamente buscados y defendidos

  En este entorno humano, que nos recuerda un poco al de las bandas de delincuentes actuales…

las disputas se extendían entre los cazadores-recolectores como entre el resto de la humanidad, resultando en una tasa muy alta de homicidios entre la mayor parte de los pueblos cazadores-recolectores, mucho más alta que en cualquier sociedad industrial moderna. 

  En cuanto a la coexistencia entre grupos, los hombres primitivos no eran hombres libres que erraban gozosamente por los inmensos espacios de un planeta poco habitado. En realidad, vivían al límite de los recursos de sus territorios de caza y recolección. Y casi siempre tenían vecinos hostiles.

Estos territorios estaban sancionados por el tótem y el mito, y se contemplaba su violación como un grave crimen.

  Otro motivo de las disputas era la escasez de mujeres… Pero si las mujeres escaseaban era porque, en un estado de guerra constante, se solía recurrir al infanticidio de las niñas para disponer de más recursos para la crianza de futuros guerreros. ¿Y cómo se obtenían mujeres para esos guerreros, si escaseaban entre su propio pueblo? Pues mediante la guerra o la amenaza de la guerra… O bien se robaban mujeres o, simplemente, se cultivaba el prestigio guerrero como forma de intimidación para obtener intercambios de mujeres ventajosos.  El cultivo de costumbres de venganza era una buena forma de ganarse el respeto (el temor) de los vecinos.

La mayor parte de las luchas tenían lugar para vengar la muerte de parientes, y el resto eran consecuencia del robo de mujeres, acusaciones de muertes por brujería y actos de sacrilegio

   En resumen…

Si bien las cifras exactas nunca podrán ser conocidas, (…)  el porcentaje de tasa de mortalidad violenta humana en el estado de naturaleza puede haber sido del orden del 15 % (25% para los varones)

  (Hay que señalar que un estudio reciente, que ha merecido crédito por parte de algunas publicaciones, da un porcentaje mucho más bajo, el 3%. De confirmarse este último dato, nos daría una visión del “hombre en estado de naturaleza” bastante diferente. Del 3 al 15 % hay una distancia muy grande)

  Ahora bien, si ésta es la situación del “hombre en estado de naturaleza”, eso no quiere decir que en las muy diferentes condiciones de la civilización hubiera de mantenerse el estado de guerra permanente.

La agresión no se acumula en el cuerpo por un mecanismo de bucle hormonal, con un nivel de incremento que exige desahogo. (…) La gente puede vivir en paz durante todas sus vidas, sin sufrir por ello de un estrés particular. Por lo que sabemos, sociedades enteras pueden vivir en paz durante generaciones (…) La agresión es un medio, una táctica –y solo una entre muchas- para el logro de los fines biológicos primarios

La actividad de lucha es estimulada por emociones individuales y comunitarias, goce en el ejercicio competitivo de las facultades espirituales y físicas, e incluso crueldad, sed de sangre y éxtasis de matar. Estos son todos mecanismos dispuestos para alimentar y sostener la agresión

  Esto último parece bastante malo, pero…

¿Es la agresión violenta y mortal, innata en la naturaleza humana?, ¿está “en nuestros genes”?, y si es así, ¿en qué forma? La respuesta es que sí está, pero solo como una habilidad, predisposición, propensión potencial (…) El comportamiento agresivo, si bien innato como potencial, se desarrolla por aprendizaje social

  Esto, en cambio, son buenas noticias.

   Tras el “hombre en estado de naturaleza” apareció, pues, el hombre civilizado (primeras civilizaciones en el Neolítico:  sedentarismo, tecnología avanzada, agricultura, especialización laboral, comercio y ciudades). Todavía se debate si las civilizaciones surgieron para satisfacer un deseo específico del ser humano (¿se produjo una mutación genética que hizo generar nuevos deseos?), como consecuencia de la superpoblación (porque apareció una tecnología que incrementó la efectividad de la caza y recolección… aunque ¿de dónde surgió la capacidad cognitiva para ello?) o por otras causas. Entre las causas posibles, podría encontrarse también el lograr una disminución de la violencia, entre grupos y dentro de los grupos.

Cuando las necesidades humanas más apremiantes, los niveles básicos de lo que un autor ha llamado la “pirámide de necesidades”, son alcanzadas en un nivel confortablemente suficiente –incluso más o menos garantizado- el impulso de usar la agresión para satisfacerlas se debilita considerablemente. Los estudios indican que la gente [en situación de menos precariedad] se hace más contraria a correr riesgos

  Por lo tanto, podemos esperar que algún día la paz impere en el mundo, tanto a nivel de individuos como de violencia entre grupos, e incluso podríamos contar con un futuro en el que no haya divisiones de seres humanos entre grupos. De momento, el opresivo estado, que tanto disgusta a algunos utópicos que promueven una armonía social pacífica, ha resultado ser artífice de una mejora en la conflictividad entre grupos.

Las guerras entre estados han sido menos letales que las luchas preestales

  Y además, un dato importante: la necesidad de agrupar a la población –cada vez más numerosa- dentro de los nacientes grupos por motivos defensivos –pequeñas ciudades y su entorno agrícola- conllevó transformaciones culturales importantísimas.

Las ciudades-estado fueron el producto de la guerra. De hecho, donde los motivos defensivos no existían, como en el unificado y seguro reino de Egipto, los campesinos continuaron viviendo en el campo y alrededor de poblaciones con mercado sin muros, mientras las grandes ciudades eran pocas y funcionaban como centros metropolitanos administrativos y comerciales

  Es decir, que la vida en las ciudades fue impulsada por la guerra… aunque desde un punto defensivo. Y la vida en las ciudades conllevó avances sociales de todo tipo por el mero hecho de que implicaba agrupar a muchos individuos, de tal forma que se exigía para su convivencia una innovadora organización religiosa, económica y política.

    La tendencia más esperanzadora para alcanzar una sociedad en estado de paz permanente es la expansión del humanitarismo, concepciones de psicología de grupo (costumbres, símbolos, doctrinas, ideologías) que se han transmitido culturalmente, en constante evolución, siempre en el sentido de transmitir el sentimiento de tratar con mayor benevolencia al semejante, expandiendo de esa forma un entorno de mayor confianza mutua.

  Aunque el humanitarismo se ha ido desarrollando paso a paso, a lo largo de todo el proceso civilizatorio (siglos y siglos, sobre todo a partir de la llamada “era axial”), Azar Gat nos señala uno de los más notorios ejemplos de esta tendencia en tiempos relativamente recientes.

Si uno debe señalar un umbral específico para el cambio de las actitudes británicas [con respecto a la guerra imperialista], el punto más simbólico que puede ser elegido sería el establecimiento del Partido Liberal en 1859 (…) [Este cambio determinó] la actitud británica hacia la rebelión de los búlgaros, apoyados por Rusia, contra sus amos otomanos (1875-88). A lo largo del siglo XIX la política británica había sido apoyar a los otomanos ante cualquier avance ruso hacia el Mediterráneo (…) [pero] los asesinatos en masa, la tortura, y “el peor de todos los males de la Guerra, las agresiones a las mujeres”- denunciados por los reportajes periodísticos y por la agitación misionera de Gladstone [líder liberal], ataron las manos del gobierno británico. El imperio otomano fue derrotado por Rusia y hubo de renunciar a la provincia rebelde (…) En la época media y final del periodo victoriano británico fueron los derechos humanos los que se hicieron inseparables del debate público. 

  Esta tendencia liberal británica contraria a los propios intereses del Imperio británico es extraordinariamente valiosa desde el punto de vista del proceso civilizatorio. Otros hechos que Azar Gat no menciona en su libro parecen confirmar que el cambio en el sentido del "humanitarismo liberal" se produjo, en efecto, hacia mediados del siglo XIX.  El Imperio británico se enfrentó a Turquía cuando la rebelión búlgara a causa de su brutalidad, pero durante la guerra de Crimea aún apoyaron a Turquía contra Rusia, y las infames guerras del opio, aunque encontraron resistencia en el parlamento británico, todavía pudieron hacerse. No fue viable, en cambio, la victoria de la Confederación esclavista del Sur en la guerra civil norteamericana, a pesar de que hubiera sido muy conveniente para los intereses económicos británicos. La Confederación esclavista pudo haber logrado sus objetivos políticos mediante la guerra si hubiese recibido apoyo económico de los británicos.

  Más adelante en el tiempo, numerosos movimientos de liberación de los pueblos lograron salirse con la suya al igual que los rebeldes búlgaros del siglo XIX. Los estados descolonizados presumen de haberlo logrado gracias a la valentía y sacrificio de sus pueblos, cuyas virtudes guerreras serían ancestrales, pero

la imagen de casi invencibilidad de los movimientos de insurgencia que estos han adquirido contrasta con su escasa eficiencia militar. Rara vez eran capaces de derrotar a los ejércitos regulares solo por la fuerza.

  Roma no hubiera tenido problemas para aplastar al Vietcong de la misma forma que hizo con Cartago de haber contado con el armamento y el poder industrial de los Estados Unidos en el siglo XX.  Y lo mismo puede decirse de las llamadas conquistas de la clase obrera (y de las mujeres) que en realidad han sido concesiones de la clase superior porque ¿hizo alguna concesión Roma a Espartaco?

  Si reflexionamos sobre esto, podremos comprender el error de la lucha de clases que hoy da la impresión de que ha hecho perder cien años al proceso civilizatorio. Muchos autores han buscado explicaciones ingeniosas para justificar que las mejoras sociales son consecuencia de la lucha de clases y no tanto de concesiones humanitarias por parte de las clases altas. Marx, por ejemplo, podía contarnos que la burguesía se apoyó en el proletariado para derrocar a la aristocracia, pero eso no explica por qué la aristocracia permitió que la burguesía tomase cada vez más poder: la aristocracia romana no tuvo problemas con la guerra de clases porque nunca consintió que surgiera algo como la burguesía (plebeyos enriquecidos). A lo más, podían incorporar a un plebeyo a la aristocracia como favor especial.

   Tampoco Marx podía explicar por qué a él mismo, que además de burgués era judío, se le permitió salir del gueto. ¿Con ello el Estado recaudaba más impuestos? ¿Cómo averiguar que iba a ser así antes de tomar primero la medida de dar libertad a los judíos? ¿Y por qué no iba a haber métodos mejores -o que se creyera que eran mejores- de conseguir ingresos para el Estado o para la clase más alta? Hitler estuvo a punto de conseguir un Imperio económicamente riquísimo basado en la mera fuerza militar con la conquista de Rusia. Si fracasó no fue porque eligiera una estrategia inadecuada, sino porque tuvo mala suerte en los hechos de armas. Pero otra cosa muy distinta hubiera sido que su pretensión de retornar al Neolítico pudiese consolidarse culturalmente. El totalitarismo marxista no lo consiguió pese a su victoria militar en la Segunda Guerra Mundial, y pese a que la teoría económico-política del marxismo tenía más consistencia que los disparates raciales de los nazis.

    Y finalmente, en los conflictos sociales del primer capitalismo, y si los legionarios romanos pudieron derrotar, con sus armas de hierro, a los esclavos de Espartaco ¿no hubiera sido mucho más fácil para los policías británicos (e incluso para los policías y soldados del Zar de Rusia) el aplastar a los huelguistas usando fusiles y ametralladoras?

  Las causas de los cambios históricos son mucho más complejas que el mecanicismo económico que describía Marx: implican transformaciones ideológicas que se transmiten culturalmente mediante la psicología de masas. Pero el error del marxismo, al rechazar las explicaciones psicológicas del cambio social, no ha sido superado realmente. Recordemos que el marxismo cayó por el fracaso político de la Unión Soviética y no porque su ideario anticapitalista de “el fin justifica los medios” haya sido rechazado por los movimientos políticos de izquierda. Mientras el bloque soviético fue una potencia intimidante, no le faltaron admiradores. Todavía hoy se cree en la explicación “materialista” de los cambios sociales, ignorando la explicación psicológica (proceso civilizatorio).

   La idea básica de la lucha de clases es el mismo error básico de quienes ponen sus esperanzas de mejora social en el cambio político. No son las fórmulas coercitivas fruto de la lucha política ni los sistemas económicos los que crean mejores condiciones de paz, igualdad y cooperación, sino que el cambio social se origina a lo largo de un proceso evolutivo de cambio cultural, de invención y elaboración de nuevas concepciones de pautas de las relaciones humanas que son esencialmente morales y que como tales son emocionalmente interiorizadas por todos y cada uno.

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