lunes, 5 de enero de 2015

“La fiesta de los herejes”, 1996. Colin Spencer

  Todos estamos familiarizados con los hábitos vegetarianos y, en general, el hábito de no comer carne no debería parecer una característica importante del individuo que hace tal elección: uno puede comer una u otra cosa, vestirse de una u otra manera, o elegir un determinado hobby para su tiempo libre sin que ello revele nada fundamental del individuo en cuanto a pertenencia a un grupo y en cuanto a compromiso con respecto a sus semejantes; y sin embargo, en el caso particular del vegetarianismo, los hábitos nutricionales pueden considerarse más importantes que otros hábitos “accesorios”. Representan algo trascendente, aunque sea de una manera vaga. Algo que merece atención.

Si bien el lobby vegetariano no es ya tan abiertamente ridiculizado como antes lo fue, los vegetarianos son todavía identificados con la imagen de los moralmente rígidos y como risibles excéntricos.

   En este libro de Colin Spencer se nos narra de forma atractiva la historia del vegetarianismo que, como mínimo, arranca desde los tiempos de Pitágoras. Se ha podido ser vegetariano por un motivo concreto en particular. O por una suma de motivos. Gandhi fue vegetariano y Hitler también lo fue. En ambos casos, se trató de motivaciones profundas y en ambos casos el vegetarianismo formó parte de un determinado ideario.

  Colin Spencer, siendo un erudito multifacético (pintor, novelista... y autor de libros de cocina), parece dar una especial importancia al posicionamiento moral frente al maltrato a los animales. Un enfoque característico de nuestro tiempo.

La explotación de los animales es una industria floreciente que se hace más diabólica cada día

  Pero a lo largo de la detallada narración de este libro podemos ir sacando nuestras propias conclusiones de cuál ha sido la esencial inquietud impulsora del movimiento vegetariano. Porque está claro que tal movimiento ha existido y existe, con sus titubeos y sus contradicciones.

Las cuestiones que agitan a tantos hoy [tales como] un odio a la matanza innecesaria, el concepto del bienestar animal, nuestra salud física, el equilibrio en la tierra y la ecología habrían sido perfectamente comprendidos en el mundo de la Antigüedad ciertamente tan temprano como en el año 600 antes de Cristo

  Pitágoras, como ya se ha dicho, fue el primer vegetariano conocido, el fundador. Y Pitágoras fue también un sabio único en su tiempo.

Pitágoras fue el primer griego que promulgó un dogma de la existencia del alma (…) El alma era inmortal y podía ser infinitamente transformada en sus criaturas vivas. Todas las formas de vida, en consecuencia, debería ser tratadas como emparentadas 

  La creencia en la reencarnación –metempsicosis- podría haber servido a modo de “coartada sobrenatural” del primer vegetarianismo: si los seres humanos pueden reencarnarse en animales, su maltrato sería entonces equivalente al de otros seres humanos. Pero parece que había algo más, algo que hoy, para quienes no creen en absoluto en este prodigio, también habría sido aceptado:

Según Jámblico, “entre otras razones, Pitágoras practicaba la abstinencia de la carne de los animales porque ello conduce a la paz. Aquellos que están acostumbrados a abominar de matar otros animales, considerándolo algo inicuo y antinatural, pensarán que es todavía más injusto matar un hombre o ir a la guerra”.

   Pitágoras fue un hombre que –algo bastante inusual para la época- tuvo la oportunidad de viajar mucho y conocer así las diversas culturas que hace dos mil seiscientos años coexistían en el Mediterráneo Oriental. Él así pudo constatar que el vegetarianismo contaba con orígenes aún más remotos, tal vez prehistóricos.

En Egipto pudo haber habido sectas de  sacerdocio vegetariano que databan del viejo reino de hace 3200 años ac

El pensamiento órfico en el siglo VI ac mantenía que el sacrificio de animales era un asesinato y comer carne era participar en ese asesinato (…) Dentro de la antigua Roma, el orfismo era una de las religiones mistéricas. La figura de Orfeo era a la vez ascética e intelectual, tenía el poder de endulzar con su música todas las mentes y temperamentos, tanto de hombres como de dioses y animales.

  Por su parte, el vegetarianismo de la India es contemporáneo del del Mediterráneo oriental y en todos los casos parece darse la misma motivación espiritual profunda: el abstenerse de comer carne como medio que coadyuva a obtener la paz social o como consecuencia necesaria de haber alcanzado el estado espiritual necesario para ello.

  Este tipo de planteamientos se expandirán a medida que el ideal purificador y pacificador del vegetarianismo se vaya distanciando de las antiguas tradiciones esotéricas.

Plutarco es el primer autor griego que no relaciona su vegetarianismo con el concepto de transmigración de las almas.(…) Especula acerca de cómo pudo haber comenzado la alimentación con carne e imagina un mundo salvaje de desierto estéril, cuya infertilidad provocaría que la humanidad matase. Pero sus contemporáneos no tenían tal excusa.

  Plutarco ya vive en la época en que el ideal de paz y armonía va superando las viejas tradiciones guerreras y heroicas. Es la Roma imperial, altamente urbanizada, que también idealiza una naturaleza inofensiva, pastoril… órfica.

  En contraste con esta Antigüedad que se cuestiona su relación con la naturaleza y que explora nuevas formas de interactuar con ella incluso en algo tan básico como la alimentación, Colin Spencer hace responsable al cristianismo de los prejuicios contra el vegetarianismo y del maltrato a los animales. La acusación está fundamentada.

Los primeros cristianos estaban en general imbuidos con la sanción dada en el Génesis, creyendo que la carne era una de las bendiciones de Dios dadas a la humanidad para su placer y sostenimiento. Además, las sectas heréticas tendían a ser vegetarianas, de modo que rechazar comer carne atraía sospecha

Agustín cristalizó estos sentimientos: no matar animales, bajo su punto de vista, era la cumbre de la superstición y no había necesidad de comportarse hacia los animales como hacia los humanos.

  El cristianismo, por supuesto, también tenía sus antecedentes

A diferencia de Pitágoras, Platón ve todo el reino animal bajo una luz que anticipa el posterior sentido cristiano de superioridad sobre el mundo viviente. Porque los animales, según Platón, pueden ser anárquicos, henchidos de espíritu irracional y en consecuencia amenazadores: Sócrates creía que los hombres eran más felices que las bestias ya que éstas carecían de habla y no podían percibir la existencia de los dioses. Puesto que el hombre platónico tiene un alma inmortal, es en consecuencia superior a los animales y por tanto puede comerlos.

  Ahora bien, el fundamento compasivo que subyace entre quienes se oponen al maltrato a los animales, que es profundamente racional, no es rechazado por la lógica cristiana, y esto es importante:

Tomás de Aquino consideraba que los animales no tenían almas racionales, eran por tanto imperfectos y no podían ser inmortales, podían, en consecuencia, ser matados y comidos (…) El único punto a favor de ser amable con los animales, pensaba Aquino, era una especie de entrenamiento en caridad: “si un hombre practica una afección piadosa por los animales, está también más dispuesto a ser piadoso con sus semejantes”

   Y, por otra parte, si respetamos a los animales y los consideramos nuestros iguales en tanto que viven y tienen sensibilidad para sufrir, no debemos ignorar tampoco que ellos, de hecho, ya se matan entre sí. Si un lobo puede comerse una oveja ¿por qué un hombre no puede hacerlo? Eso quizá explicaría lo que el autor de este libro considera una incoherencia de San Francisco de Asís.

San Francisco, el arquetipo cristiano del amante de los animales, aunque predicaba a los pájaros y su “Cántico del sol” exhortaba a los pájaros a glorificar a Dios, aún se los comía.

  La respuesta de los autores modernos a la cuestión de la violencia entre los animales es que lo que es natural en el depredador, como el lobo o el águila, no lo es en un animal de otra clase, un no carnívoro. El ser humano sería uno de estos.

Matar no es natural en los humanos, no corresponde ni a su naturaleza física ni a su dieta

Los humanos como carnívoros solo llegaron a la madurez una vez que la carne pudo ser cocinada

  Pero este punto de vista es muy problemático: aunque se considera que, como el chimpancé, el ser humano más primitivo era casi -casi- totalmente vegetariano, no se puede negar que las especies humanas más modernas (Neandertales y Homo Sapiens) eran cazadores que, en efecto, recurrían (por lo menos desde hace medio millón de años) a cocinar la carne para hacerla más digerible y, por lo tanto, hubiesen vivido como hubiesen vivido los Homo Erectus y Austrolopitecos hace un millón o más de años, no cabe duda de que el Homo Sapiens es un omnívoro y también un depredador, como lo son los osos. Y que lo ha sido durante miles de generaciones, de modo que la caza y consumo de carne sí ha acabado por ser natural.

  Así, el vegetarianismo no tendría su fundamento ético en un reconocimiento más propio de nuestra naturaleza originaria (en la cual, al fin y al cabo, seríamos carnívoros) sino en un ideal culturalmente construido, tan “antinatural” como muchas otras pautas de comportamiento civilizado que son únicas en nuestra especie: todo en el origen del vegetarianismo parece girar en torno a un deseo de desarrollar una forma de vida con menos agresión. Fijémonos en que, junto con la idea de que matar animales puede suponer un aliento a la agresividad general del ser humano, aparece también la de que

la carne es vinculada en Tertuliano, quizá por primera vez, con la lujuria y los deseos carnales.

  Y es un hecho que las órdenes monásticas cristianas, aunque siempre sospecharan del vegetarianismo como rasgo herético, ellas mismas limitaban drásticamente la alimentación carnívora, en línea con la tradición de la cuaresma.

En círculos monásticos heterodoxos en la iglesia oriental la regla prohibía comer carne, en la creencia de que incitaba la lujuria

El problema para los fundadores de las comunidades religiosas era conseguir un correcto equilibrio dietético. Tendría que haber bastante comida para satisfacer el hambre, bastante para capacitar a los monjes para trabajar duro en los campos y huertos, pero no bastante para despertar la sensualidad.

   Se da, pues, en el vegetarianismo, ya desde la Antigüedad, una confluencia de motivaciones: desde la creencia en la metempsicosis, hasta el ascetismo, pasando por la idea de que la carne incita a la lujuria y la agresión. Un factor más prosaico parece, además, apoyar a los vegetarianos actuales: el hecho constatable de que una dieta vegetariana favorece la salud. Y, puesto que también favorece la salud el abstenerse de beber en exceso y el llevar a cabo ejercicio físico (o trabajo manual), no fue difícil que un cierto ideal de “vida sana” se abriera paso.

  Finalmente, el vegetarianismo tal como hoy lo conocemos se consolida durante la época victoriana en Inglaterra, cuando se funda la Sociedad vegetariana.

En 1847, se mantuvo una reunión en Ramsgate, de la cual emergió la Sociedad Vegetariana (…) El término “vegetariano” era corriente en la década de 1840, pero se hizo oficial con el nacimiento de la sociedad.

Uno de las creencias más ampliamente apoyadas [por la Sociedad Vegetariana] fue la de que la matanza brutalizaba a la gente, por lo que todos los carniceros eran brutos, y que comer carne provocaba agresión

  En el vegetarianismo actual continúa, más que nunca, la mezcla heterogénea de intereses humanistas, pero sin distanciarse mucho de las conductas  purificadoras y perfeccionistas de la Antigüedad

No solo la matanza de animales tienen un efecto embrutecedor sobre el carácter humano, sino que el consumo de carne es malo para la salud, fisiológicamente antinatural, hace a los hombres crueles y feroces e inflige incontable sufrimiento a muchas criaturas no humanas. Al final del siglo XIX estos argumentos habían sido reforzados por uno de tipo económico: el mantenimiento del ganado es un desperdicio de la agricultura comparado con el labrado de tierras, que produce más alimentos por superficie

  Podemos quizá concluir que el vegetarianismo siempre será una buena costumbre. Aunque no está demostrado que los carniceros y trabajadores de los mataderos sean individuos de comportamiento más brutal que el término medio, y aunque parece que los depredadores tienen tanto derecho a cazar como el agricultor tiene derecho a defender sus huertos de las plagas de conejos y jabalíes, y aunque tampoco es tan seguro como Colin Spencer afirma en su libro que una dieta vegetariana pueda llegar a ser tan completa como una que incluya cierta cantidad de carne y pescado. E incluso aunque es posible que el mucho amor a los animales pueda hacer que algunas personas eludan comprometerse en el más complejo y exigente amor a otros seres humanos, no cabe duda de que el fundamento último del vegetarianismo se encuentra en el rechazo a la violencia gratuita contra otros seres vivos, y, por lo tanto, el vegetarianismo es un hábito humanista merecedor de atenta evaluación.

¿Habría estado acertado Leonardo de Vinci cuando dijo que con el tiempo los hombres verían el asesinato de animales como hoy vemos el asesinato de hombres?

  Pueda parecer esta equiparación algo exagerada o no, resulta en cualquier caso difícil de imaginar una humanidad futura que, habiendo superado las situaciones de violencia, precariedad e ignorancia, todavía mantenga el hábito de criar animales para después darles muerte y así aprovechar su carne.

No hay comentarios:

Publicar un comentario