lunes, 20 de enero de 2014

“La vía”, 2011. Edgar Morin

  Edgar Morin, nacido en 1921, sociólogo y filósofo, nos ofrece su particular visión acerca de las transformaciones sociales futuras que nos permitirían superar situaciones alarmantes como la de la crisis económica mundial iniciada en 2008, reciente en el momento de escribirse este libro. Nos habla de una metamorfosis en camino.

La empresa que expongo en este libro es buscar la vía que puede salvar a la humanidad de los desastres que la amenazan.

Nuestra sociedad civil resiste colaborando con el sistema que perpetúa sus males, y con ello logra atenuar algunos de ellos. También es, en ocasiones, un fenómeno de resistencia regeneradora: lleva consigo la promesa de una reforma o, incluso, de una metamorfosis de civilización.

De la misma forma que la sociedad histórica, que creó la ciudad, el Estado, las clases sociales, la escritura, las divinidades cósmicas, los monumentos grandiosos y las artes, era inconcebible para los humanos de las sociedades arcaicas de cazadores recolectores, tampoco nosotros podemos concebir aún cómo sería la sociedad-mundo generada por la metamorfosis.

  Metamorfosis que no revolución. Lo que Morin nos presenta es una mezcla de conservadurismo y progresismo socialista. En realidad, es algo muy políticamente correcto y de voluntarismo buenista aderezado con un poco de catastrofismo y bastantes contradicciones y ambigüedades. Pero no debemos menospreciarlo, ¿hay quien ofrezca hoy algo mejor?

Una sociedad debe controlar su economía, y este control es lo que falta, faltan también las autoridades legítimas dotadas de poder de decisión, y está ausente la conciencia de comunidad de destino indispensable para que la sociedad se convierta en Tierra-Patria.

No un gobierno mundial, sino una gobernanza global que dispusiera de unas primeras instituciones dotadas de poderes efectivos para prevenir las guerras (planificando, por ejemplo, un desarme progresivo y generalizado que comenzara por las armas de destrucción masiva), y asegurara la aplicación de normas ecológicas y económicas vitales y de interés planetario

Una primera forma de gobernanza confederal para una sociedad-mundo en formación.

Es necesaria una voluntad política, y ésta sólo podría afirmarse con la toma de conciencia de los ciudadanos.

Debería adoptarse y adaptarse una especie de concepción neoconfuciana en las carreras profesionales dentro de la administración pública

Creación de un alto consejo de ética cívica constituido por el nombramiento o elección de personalidades de reconocidas cualidades morales.

Una reforma del pensamiento, inseparable de una reforma de la educación, nos llevaría a reconocernos como hijos de la Tierra, hijos de la vida, hijos del cosmos. Nos haría tomar conciencia de nuestra comunidad de destino como seres humanos de todos los orígenes (…)La toma de conciencia ecológica no se ha inscrito en un gran pensamiento político

Una «educación de civilización»

   En suma, se trata de visiones sobradamente conocidas de hace cincuenta años o más (se incluyen inquietudes originadas por el temor a un cataclismo nuclear): una especie de socialismo democrático mundial, con mucha ecología y respeto a las tradiciones de los pueblos del “Sur”, todo puesto en marcha por una concienciación masiva y moralizante (incluso “neoconfuciana”).

  Este tipo de llamados no son inútiles. El que este discurso ya se conociera hace cincuenta años nos permite explicar por qué muchas iniciativas en este sentido hayan acabado finalmente encontrando algún eco. En contra del catastrofismo habitual, parece que en ese periodo de tiempo los ideales humanistas sí han logrado reducir de forma apreciable la miseria, la violencia y el sufrimiento en el mundo, a pesar de las exageraciones en las que incurre el mismo Edgar Monin, en contradicción con los datos estadísticos procedentes de las agencias internacionales, que resaltan la apreciable reducción de la pobreza y otras carencias sociales (lo cual no niega que pueda haber más desigualdad: los ricos se han hecho todavía más ricos en comparación). Desde luego, el despegue de los llamados “países emergentes” (incluidos los dos grandes: India y China) supone una gran mejora con respecto al mundo de hace cincuenta años, pero sería absurdo mostrarse satisfechos por ello, más todavía cuando se producen graves recaídas en la economía mundial (casi inexplicables) y el futuro no está nada claro.

  Insistir en el mismo mensaje, a falta de algo mejor, siempre puede ayudar. Recordemos que para llegar a los grandes cambios de la Revolución Francesa, los philosophes necesitaron por lo menos cincuenta años de propagar su ideal de humanismo laico.

  Ahora bien…

Para Fukuyama, la capacidad creadora de la evolución humana se ha agotado con la democracia representativa y la economía liberal, nosotros debemos pensar, por el contrario, que es esa historia la que está agotada, y no las capacidades creadoras de la humanidad.

La historia humana ha cambiado muchas veces de vía. ¿Cómo? Todo empieza siempre con una iniciativa, una innovación, un nuevo mensaje inconformista y marginal, que muchas veces sus contemporáneos no perciben. Así comenzaron las grandes religiones. 

Todas las crisis de la humanidad planetaria son, al mismo tiempo, crisis cognitivas. 

   ¿Por qué no, en efecto, iba a ser esto posible una vez más? El fracaso del “socialismo científico”, la extensión del racionalismo y el conocimiento, y las expectativas frustradas de nuestra forma de vida mundial podrían, en efecto, motivar una innovación.

   Pero el mensaje del señor Morin no es innovador: apelar a un cambio en las conciencias y a prestar más atención a la ecología, a la solidaridad internacional y a una economía más descentralizada y participativa no es innovar nada, por mucho que siga teniendo valor educativo. Todavía es menos innovador cuando se incluyen algunas visiones más bien reaccionarias como:

La Tierra-Patria, lejos de anular las patrias singulares, las integraría en una gran patria común.

  Si todos las crisis de la humanidad planetaria son de tipo cognitivo, parece evidente que perpetuar el concepto de “patria” (que es irracional y pulsional, como la agresividad o la supremacía masculina) no va a ayudar a superar la situación, y lo mismo da que se trate de patrias grandes o pequeñas. Las “patrias” no se “integran” sino que se perpetúan a sí mismas con todas sus consecuencias.
 
  Véase, por ejemplo:

Autonomía alimentaria en los productos básicos y reforzar lo local, regional y nacional al mismo tiempo que lo mundial.

  ¿Por qué es importante la autonomía alimentaria de las naciones dentro de una Tierra-Patria supuestamente armoniosa?, ¿por orgullo nacional o por desconfianza de que tal vez la “Tierra-Patria” no sea tan escrupulosa y justa a la hora de  distribuir los bienes económicos a cada una de las pequeñas patrias “integradas”?

La gran familia se ha desintegrado, las solidaridades de pueblo o de vecindad se han pulverizado, y las regionales se han debilitado; la solidaridad nacional, que siempre ha necesitado de la amenaza vital del enemigo «hereditario», se ha amodorrado

La familia está en crisis, con la fragilidad del matrimonio y el vagabundeo en los amores

  ¿Familia?, ¿matrimonio?, ¿solidaridad nacional? ¿Esto supone un cambio cognitivo?

¿Qué hay que conservar de nuestra humanidad?, ¿qué hay que mejorar? Mi respuesta es: sin duda su capacidad de combinar razón y pasión, su capacidad, aunque subdesarrollada, de comprender al prójimo, su capacidad de amar.

  ¿Qué tiene de bueno la pasión?, ¿no es la pasión lo opuesto a la razón y a la comprensión del prójimo?, ¿por qué motivo hemos de esforzarnos en realizar tan improbable combinación?

Las sociedades tradicionales mantienen una relación con la naturaleza, un sentido de pertenencia al cosmos y unos vínculos sociales comunitarios que deben conservar al tiempo que incorporan lo mejor del acervo occidental.

  Las sociedades tradicionales son aquellas de las que huyó la sociedad contemporánea que ha creado un mundo más tolerante y altruista. Tales vínculos sociales comunitarios no eran más que fórmulas, a veces crueles y despiadadas, que permitían la supervivencia del esqueleto social e institucional a costa muchas veces del sufrimiento de los individuos. Una sociedad plenamente civilizada crearía sus propios vínculos sociales comunitarios sin necesidad de imitar comportamientos ancestrales, propios de una época que desconocía las posibilidades del racionalismo y la ilustración.

Bajo la Tercera República los educadores, especialmente los maestros, tenían un sentido elevado de su misión. Eran, frente al cura, los portadores de las ideas de progreso, de razón y de democracia, y difundían en el mundo rural los ideales de la República. 

En la época en que aún existía una civilización rural, el médico rural también era, sin saberlo, un psicosociólogo. Era un asiduo de la casa

  Los ideales republicanos franceses fueron sin duda un gran avance en el siglo XIX, pero cualquier fórmula humanista actual da mejores resultados. Las críticas de Morin al burocratismo son sin duda acertadas, pero no tienen por qué llevarnos a recuperar instituciones del pasado, con independencia de que ellas (o cualquier otra experiencia social) puedan inspirarnos mejoras. Ya puestos, si de conocimientos se trata, los médicos y enseñantes y médicos burócratas superan en mucho a los tradicionales y republicanos médicos y maestros, y si de compromiso humano se trata, Morin podría evocar a los párrocos confesores, a las tías solteras que educaban a los hijos de sus hermanos o incluso a la sacrificada ama de casa, al sirviente fiel o a una prostituta comprensiva. En todos estos casos pueden encontrarse valores propios del “sentido elevado de su misión” en cuanto al desarrollo y difusión de experiencias humanitarias en un ámbito de proximidad.

«La diversidad es el tesoro de la unidad humana; la unidad es el tesoro de la diversidad humana». De esta forma superé el universalismo abstracto para acceder a la conciencia de la complejidad planetaria. Finalmente, la noción de Tierra-Patria vino a enraizar mi universalismo en lo concreto.

No hay reforma económica y social sin reforma política, que va unida a una reforma del pensamiento. No hay reforma vital ni ética sin reforma de las condiciones económicas y sociales, y no hay reforma social y económica sin reforma vital y ética.

  Cabe incluso preguntarse si lo que necesitamos es una “reforma política”. Tal vez la política ha dado ya de sí todo lo que podía dar. El liberalismo social-democrático, heredero del libre pensamiento laico, está triunfando en el mundo entero pero es cierto que en las culturas que hace ya bastantes décadas que lo han plenamente asimilado resulta incapaz de ilusionar, y de ahí que surjan tanteos poco compremetedores en el sentido de “acceder a la complejidad planetaria”.

   En realidad, una “reforma del pensamiento” siempre tendrá que ser rupturista y no conciliadora con las fórmulas del pasado, de las cuales, sin embargo, es su heredera.

El humanismo laico no ha podido disponer nunca de la autoridad de la religión

   Es necesaria, por tanto, una “reforma del pensamiento” que sí disponga de la autoridad intelectual de la religión. La religión, con su capacidad para actuar emocionalmente sobre el comportamiento humano a través de un simbolismo ideológico, es uno de los mejores recursos para implantar la innovación cognitiva en una cultura dada. ¿Es el humanismo laico incapaz de conseguir resultados semejantes mediante la mera insistencia de la educación y la propaganda?

  Un gran cambio cognitivo sería alcanzar este ideal:

Hace falta una solidaridad concreta y vivida, de persona a persona. 

  ¿Qué estrategias psicológicas permitirían su extensión a nivel planetario?, ¿y sería compatible con la persistencia de formas sociales como las naciones diferenciadas, la propiedad privada y el consumismo, la policía, los ejércitos y las cárceles, y cualquier otra forma social que dé expresión a la agresividad humana?

En todos nosotros hay un potencial solidario (como vemos en circunstancias excepcionales), y una minoría da muestras de una pulsión altruista permanente. 

 Por lo tanto, lo que necesitamos, para empezar, son métodos que permitan, ya no extender de golpe tales pulsiones altruistas a la totalidad de la humanidad, lo cual es imposible a nivel práctico, sino, cuando menos, organizar ideológica y socialmente a la minoría que, por los motivos que sean (puede ser el temperamento o el entorno, es indiferente… pero también se trataría de “circunstancias excepcionales”), dispone de esa capacidad que en la actualidad se diluye de forma inefectiva.

  No estaría de más, por ejemplo, pensar en cuáles son las motivaciones inmediatas de aquellos que actúan de forma más benéfica para sus semejantes, y organizar entonces esas motivaciones y darles una forma social efectiva (ideología, simbología y expresión económica). Hay ejemplos del pasado que pueden resultar orientadores, pero todos proceden del entorno religioso. E incluso podemos darnos cuenta de que el mismo “humanismo laico”, en tanto que cambio cognitivo, es el resultado de una larga evolución religiosa (que parte de la Reforma protestante), y no tanto política, razón por la cual ha arraigado mucho más en naciones con determinado pasado religioso y no ha arraigado tanto en naciones que, habiendo tomado parecidas instituciones políticas, contaban con otros antecedentes.

Los mensajes de compasión, de fraternidad y de perdón de las grandes religiones, y los mensajes humanistas de la laicidad apenas han hecho mella en la coraza de las barbaries interiores.

  Pero hasta el mismo Freud, el gran escéptico, aceptaba que existen mecanismos psicológicos profundos que, en casos aislados y excepcionales, sí logran resultados frente a las “barbaries interiores”. El trabajo de la ciencia social debería ser localizar estos casos, explorar el mecanismo por el que llegan a darse, y reproducirlo a gran escala en experiencias innovadoras que  a su vez sean sometidas a nuevos análisis, continuándose la tarea siempre por “prueba y error”. Y esto no serían ya “experiencias políticas”

«Anarquía» significa modos de organización espontánea a través de las interacciones entre individuos y grupos, y no desorden.

  Hay en el libro dos buenas citas: una de Ernesto Sábato:

La novela es, hoy, el único observatorio desde el cual se puede considerar la experiencia humana en su totalidad».

  Y otra de Friedrich Schlegel:

La virtud sólo se puede enseñar y aprender a través de la amistad o del amor entre hombres verdaderos o de calidad

 Finalmente:

Cuando pensamos que, en cada etapa de ese pasado, la etapa siguiente era inconcebible, imposible de imaginar y de predecir, ¿cómo no pensar que, en el futuro, ocurrirá lo mismo?

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