lunes, 1 de diciembre de 2014

“Arqueología de la mente”, 1996. Steven Mithen

  Los animales son inteligentes porque son capaces de resolver problemas. Pero los seres humanos somos más inteligentes que ellos puesto que podemos resolver problemas más complejos. Ahora bien ¿se trata de una cuestión simplemente de grado, o hay algo en la inteligencia humana completamente distinto de lo que existe en la mente de los animales, algo que nos haría únicos?

  Según los especialistas, cuando hablamos de “inteligencia” podemos estar refiriéndonos a cualidades intelectuales de tipo muy variado que han llegado a sucederse evolutivamente en los seres vivos a lo largo de millones de años.

Las ventajas selectivas en el curso de la evolución de la mente han conocido oscilaciones, desde aquellos individuos con una inteligencia especializada, en forma de módulos sólidamente implantados en la mente, hace 56 millones de años, hasta los individuos con inteligencia general hace 35 millones de años

   La “inteligencia especializada” podría ser también la de cualquier electrodoméstico, como cuando éste, al detectar una avería, hace que  se encienda un piloto rojo. La “inteligencia general”, en cambio, tiene que ver con el aprendizaje: se crean nuevas pautas de comportamiento a partir de la experiencia. Eso puede hacerlo un ratón de laboratorio (y ciertos programas informáticos avanzados). Pero no lo hace tan bien una hormiga. Y no todos los animales son inteligentes de la misma forma.

  Steven Mithen, en su libro, se fija sobre todo en la inteligencia de los “grandes simios”. Aparte del ser humano, ningún animal parece tan inteligente como el chimpancé, nuestro primo, descendiente de un antepasado común que comparte con el ser humano y que se calcula que vivió hace seis millones de años.

   Junto con la “inteligencia general”, que le permite un cierto grado de aprendizaje, el chimpancé cuenta asimismo con diversas áreas de inteligencia especializada muy complejas.

La inteligencia general se ha visto complementada con inteligencias especializadas múltiples, dedicadas cada una de ellas a un área específica de conducta, y funcionando aisladamente unas de otras

  Entre estas inteligencias especializadas compartidas por humanos y grandes simios se encuentran la inteligencia social, la inteligencia de historia natural y la inteligencia técnica.

Los dos elementos centrales de la inteligencia social son la posesión de un amplio conocimiento social sobre otros individuos con el fin de saber quiénes son los amigos y aliados, y la capacidad de inferir los estados mentales de esos individuos.

La inteligencia de historia natural (…) [consiste en] un grupo de módulos mentales responsables de la elaboración de amplias bases de datos mentales relativos a la distribución de recursos

La inteligencia técnica (…) contendría los módulos mentales para la fabricación y manipulación de útiles de piedra y de madera, incluyendo artefactos para lanzar a distancia

   A diferencia del chimpancé y a diferencia de los “eslabones perdidos” del género “Homo”, el ser humano moderno es capaz de integrar todas estas inteligencias especializadas hasta alcanzar un grado de “inteligencia fluida”.

Sabemos que la combinación de pensamientos y conocimientos de las distintas inteligencias especializadas es posible y que este hecho tiene consecuencias importantes para la naturaleza de la mente. (…) La experiencia ganada en un área de conducta puede ahora influir en la de otra. Ya no existen áreas diferenciadas de conducta. Y aparecen formas de pensar, temas sobre los que pensar y clases de comportamiento totalmente nuevas. La mente adquiere no sólo la capacidad sino también una pasión positiva por la metáfora y la analogía.(…) Los pensamientos y los conocimientos generados por las inteligencias especializadas ahora pueden fluir libremente por la mente (…)Cuando los pensamientos originados en las distintas áreas consiguen unirse, el resultado es una capacidad casi ilimitada para la imaginación. Así que hay que entender las mentes de [esta] fase como estructuras poseedoras de una «fluidez cognitiva».

Los chimpancés suelen comportarse de forma muy parecida a los humanos, sobre todo cuando los humanos les enseñan y estimulan a hacer útiles, a pintar o a valerse de símbolos. Todo ello nos lleva a pensar que la mente chimpancé y la mente humana son en esencia la misma, sólo que la de los humanos modernos sería más poderosa debido a un cerebro mayor, lo que abre la posibilidad de un uso más complejo de útiles y símbolos. Pero la evolución de la mente demuestra que esta analogía es una falacia: la arquitectura cognitiva de la mente del chimpancé y la de la mente moderna son fundamentalmente distintas.

  Puesto que la mente humana y la del gran simio son diferentes, una buena forma de rastrear el origen de esta diferencia es clarificar qué características tenía la inteligencia de los humanos (o “prehumanos”) primitivos.

Hoy ya son muchos los arqueólogos que están convencidos de que ha llegado el momento de superar el estadio de las preguntas acerca de cómo eran y actuaban aquellos antepasados, para pasar a plantear qué es lo que pasaba por sus mentes. Ha llegado la hora de la "arqueología cognitiva"

   Se pueden hacer dos subdivisiones en general del desarrollo evolutivo de las mentes de nuestros antepasados directos:

Hubo dos grandes expansiones repentinas del cerebro, una hace entre 2 y 1,5 millones de años, relacionada al parecer con la aparición de Homo habilis, y otra menos pronunciada hace entre 500 000 y 200 000 años. Los arqueólogos suelen vincular la primera al desarrollo de la producción de útiles, pero en cambio no logran descubrir ningún cambio importante en la naturaleza del registro arqueológico susceptible de ser correlacionado con el segundo periodo de expansión cerebral.

  Estos seres (Homo Habilis, Homo Erectus, Homo Heidelbergensis, Homo Neandertal…) han dejado tras de sí algunos esqueletos y ciertos útiles que fabricaban. ¿Sería propio preguntarnos en qué momento dejaron de ser “animales” para convertirse en “humanos”? Según Mithen, tal vez sí, a partir del momento en que tuvo lugar

una explosión cultural ocurrida hace entre 60 000 y 30 000 años, cuando surgieron las primeras manifestaciones de arte, de tecnología avanzada y de religión.

  Lo asombroso es que antes de esa época, Homo Sapiens era fisiológicamente igual al ser humano actual. Su cuerpo, su cerebro, su ADN eran prácticamente los mismos, y sin embargo, el cambio decisivo no había llegado a darse aún.

Los tres procesos cognitivos fundamentales para crear arte —concepción mental de una imagen, comunicación deliberada y atribución de significado— estaban los tres presentes en la mente del humano primitivo. Se encontraban en las áreas de la inteligencia técnica, social y de la historia natural, respectivamente. Pero la creación y uso de símbolos visuales requiere un funcionamiento conjunto «armonioso y sin fisuras”, lo cual exige «una transversalidad de los vínculos entre las distintas áreas». Y el resultado sería una «explosión cultural» 

Tanto en el desarrollo (infantil) como en la evolución (de la especie humana), la mente humana sufre o ha sufrido una transformación, pasando de ser una mente constituida por una serie de áreas cognitivas relativamente independientes a ser una mente donde las ideas, maneras de pensar y el conocimiento fluyen libremente entre las distintas áreas. 

  Cualquiera que fuese el desencadenante que llevó a un cambio tan formidable, sin duda éste debió de incluir también la aparición de la tan valorada “autoconsciencia”

La consciencia evolucionó como un dispositivo cognitivo que permitía a un individuo predecir el comportamiento social de otros miembros de su grupo. (…)En algún momento de nuestro pasado evolutivo se hizo posible hurgar en nuestros propios pensamientos y sentimientos, y preguntarnos a nosotros mismos cómo nos comportaríamos en tal o cual situación ficticia. En otras palabras, la consciencia evolucionó como parte de la inteligencia social.

La invasión de la inteligencia social por parte de la información no social habría provocado una «explosión cultural (…) Si, a través del mecanismo del lenguaje, la inteligencia social empieza a verse invadida por información no social, el mundo no social se hace accesible a la exploración de la consciencia reflexiva. (…)Los humanos primitivos no carecían totalmente de consciencia; lo que pasa es que se restringía a su ámbito más propio, el de la inteligencia social. 

  Resulta curioso que el arte no parece más que una secuela de la intrincada vida psicológica introspectiva del ser humano. El arte en sí no obedece a ninguna utilidad, ni tan siquiera para mejorar la vida social, pero está relacionado con otras habilidades propiamente humanas de las más productivas

Puede decirse que la ciencia, como el arte y la religión, es un producto de la fluidez cognitiva. Depende y descansa en procesos psicológicos que originariamente evolucionaron en áreas cognitivas especializadas y emergieron solamente cuando aquellos procesos pudieron trabajar conjuntamente. La fluidez cognitiva hizo posible el desarrollo de la tecnología capaz de resolver problemas y almacenar información. Y, lo que es quizá más importante, posibilitó el uso de poderosas metáforas y analogías sin las cuales la ciencia no habría existido

Entre los humanos modernos la analogía y la metáfora están presentes en todos los aspectos de nuestro pensamiento y están en el corazón del arte, la religión y la ciencia.(...) El uso de la metáfora y de la analogía en sus diversas formas es el rasgo más significativo de la mente humana. 

  Ahora que nos encontramos ante nuevas fronteras del desarrollo humano futuro (que podemos traspasar o bien con ayuda de la tecnología de mejora genética o bien por el desarrollo de la inteligencia artificial no humana) es cuando cabe preguntarse si esta relación entre mente autoconsciente, arte y religión podrá seguir siendo necesaria. Identificamos a la autoconsciencia con el valor esencial de la vida humana (su individualidad) y debemos a la religión (muy probablemente) buena parte del desarrollo social moderno, pero hay quien juzga que la autoconsciencia no es imprescindible para el desarrollo de una inteligencia más eficiente y se diría que las religiones ya no van a ser útiles en una sociedad regida por criterios estrictamente científicos.

   En cuanto al arte…

El registro arqueológico demuestra que el arte de la Edad de la Piedra no es el producto de unas circunstancias confortables, de cuando la gente tiene tiempo en sus manos, sino que habitualmente se producía cuando la gente vivía en condiciones de gran tensión. El florecimiento del arte paleolítico en Europa se desarrolló en un momento en que las condiciones medioambientales eran extremadamente duras, en torno al punto álgido de la última glaciación

  Por lo que en circunstancias de prosperidad y armonía el arte puede resultar innecesario…

  Sin embargo, si pensamos en las actividades humanas innecesarias, se diría que tampoco la misma búsqueda de conocimiento parece estar  relacionada, en un principio, con solucionar cuestiones prácticas.

El antropólogo Brent Berlín ha demostrado, por ejemplo, que entre los mayas tzeltal de México y los jíbaros aguarana de Perú, más de una tercera parte de las plantas a las que han dado nombre no tienen uso social ni económico alguno, y tampoco son venenosas o nocivas. Pero pese a todo se les ha dado un nombre y se las ha agrupado según semejanzas ostensibles.

  Tal vez existen inquietudes intelectuales “gratuitas” innatas del ser humano que son las que acaban llevando, casi accidentalmente, al desarrollo económico. Inquietudes de tipo social e incluso de tipo intelectual (“curiosidad”, “deseo de saber”, “espiritualidad”).

  Nos queda la sugerencia de que el alcance de nuevas capacidades mentales nos abra más puertas en el avance tecnológico. Pero si el origen de estas capacidades parece encontrarse en la inteligencia social, entonces la autoconsciencia, que es consecuencia directa del desarrollo de esta inteligencia social, habría de preceder siempre al desarrollo tecnológico. Y no parece que hayamos llegado aún al límite de nuestra autoconsciencia.

Es muy probable que una gran parte de nuestra actividad mental permanezca aún cerrada para nosotros en nuestra mente inconsciente

  Pensemos en cosas tan “prácticas” y empíricas como las “tecnounidades”, el coeficiente intelectual y los “órdenes de intencionalidad” que aparecen gradualmente en el ser humano primitivo y cuya gradación puede cuantificarse tan fácilmente.

«Tecnounidades» (…) es simplemente un componente individual de un útil, sin considerar la materia prima de que está compuesto ni cómo se utiliza. Por ejemplo, la azada que utiliza, digamos, un campesino, que incluye una empuñadura, una hoja y un enmangue, poseería tres tecnounidades, mientras que el conjunto de robots informatizados que operan en un coche moderno tiene tal vez tres millones de tecnounidades.

  La tecnología que maneja un chimpancé, sin embargo, no pasa de una sola “tecnounidad”: un palo o una piedra

«Órdenes de intencionalidad» es un término que introdujo el filósofo Daniel Dennett para ayudarnos a analizar el funcionamiento de la inteligencia social. Si creo que tú sabes algo, entonces puedo arreglármelas con un «orden de intencionalidad». Si creo que tú crees que yo sé algo, entonces puedo manejar dos órdenes de intencionalidad. Si yo creo que tú crees que mi mujer cree que yo sé algo, significa que puedo incorporar tres órdenes de intencionalidad. (…) Parece que nuestro límite serían cinco órdenes de intencionalidad. (…) En las mejores condiciones posibles, los chimpancés podrían manejar tan sólo dos órdenes de intencionalidad.

  ¿Y si un ser humano futuro (resultado de la tecnología aplicada a la genética o a la inteligencia artificial) pudiera manejar diez o veinte órdenes de intencionalidad y diseñar herramientas con billones de tecnounidades, así como alcanzar puntuaciones mucho más altas en los test de inteligencia?

  Si podemos cuantificar determinadas capacidades intelectuales (cociente intelectual, tecnounidades, órdenes de intencionalidad) y relacionarlas con nuestra vivencia autoconsciente, eso podría implicar que tales mejoras supondrían un cambio también en ese sentido íntimo.

  El individuo capaz de llevar a cabo semejantes hazañas, ¿poseería una autoconsciencia más sutil y profunda que la nuestra? ¿Sería “más humano” que nosotros?

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