domingo, 25 de diciembre de 2016

“La neurociencia de la moralidad”, 2007. Donald W. Pfaff

  Se hace imprescindible una aproximación desde el punto de vista de la neurología al comportamiento moral. La moral es el mecanismo psicológico por el cual los individuos asignan reputaciones a sus semejantes para determinar la confianza que cada uno de ellos merece (confianza equivale a que el otro individuo no despierta temor y puede por tanto ser asequible a relaciones de cooperación, pero los sentimientos de confianza también pueden llevar más allá, al amor o a la amistad). Esta asignación de reputaciones es la base de todo el comportamiento social distintivamente humano, el que hace posible la cooperación eficiente en la que el interés individual llega a subordinarse en mayor o menor grado al interés común. 

  Mientras mayor sea la reputación de merecedor de confianza que un individuo logre, más probable será que se le elija para tareas de cooperación. Solo a partir de ahí es posible poner en marcha todo el entramado social de planes a largo plazo que caracteriza a la sociedad humana (por ejemplo, el aprovechamiento y desarrollo de la tecnología). A diferencia de los otros animales sociales, los seres humanos toman en consideración los sucesos del pasado con vistas a sus expectativas de futuro. Y estos mecanismos de memoria, expectativa y juicio solo son posibles gracias a nuestros grandes cerebros (hay muy pocos animales que superen al ser humano en cuanto al tamaño del cerebro en proporción al de su cuerpo).
 
La neurociencia no es en absoluto una sustitución sino solo un nuevo socio para otros enfoques intelectuales de la disciplina de la ética 

  La ética (o moralidad) se define con mayor nitidez aún si distinguimos entre conductas prosociales y antisociales
 
“Prosocial” es una palabra que me gusta como opuesta a “antisocial”: ejemplos de comportamiento que tienden a promover la capacidad de los seres humanos para vivir y trabajar juntos

     Entre los muchos contenidos de este libro, las conclusiones que encontramos son que existen una “moral universal” innata, un conmutador neurológico de identificación con el extraño que da lugar al sentimiento de la empatía y un sentido de la equidad relacionado con el sentido del equilibrio (existe otra teoría sobre el reconocimiento de “lo sagrado” relacionado con el sentido de la repugnancia a alimentos tóxicos), así como las teorías del “difuminado” y del bloqueo del miedo 
 
Tenemos una capacidad inherente para el juego limpio [o equidad]. Estamos cableados para la reciprocidad (…) A finales de los años 1950, el lingüista Chomsky revolucionó el mundo científico con su afirmación de que el cerebro humano está predispuesto a reconocer y generar los patrones complejos de sonido y significado que constituyen un lenguaje (…) De forma similar nuestros cerebros podrían estar predispuestos a observar los extensos y detallados códigos de conducta que conforman nuestro comportamiento ético

    La observación de cómo se relacionan las partes racionales (córtex prefrontal) y emocionales (amígdala) del cerebro también nos proporciona pistas acerca de cómo se producen fenómenos relacionados con la moralidad.

Una “llave de paso” ética podría residir, por ejemplo, en el córtex prefrontal o en la amígdala. Cuando el conmutador se cambia a una posición, apaga la distinción yo-otro y las imágenes de los dos individuos –digamos yo y el blanco de mi acción planeada- se funden. El resultado es comportamiento empático que obedece la Regla de Oro [“No hagas a los demás lo que no quisieras que te hicieran a ti”]. Cuando el conmutador cambia a la posición opuesta, las imágenes permanecen diferentes una de la otra y puedo dañar al objetivo de mi acción
 
    La “teoría del difuminado” parte del principio económico de que es más fácil borrar o desdibujar algo que existe que crear algo que no existe. De ese modo, parece que a veces se produce en el cerebro humano el “difuminado” (o atenuamiento) de la propia identidad en el desarrollo de un hecho social, y así participamos en los sucesos sin la distinción entre el interés propio y el ajeno.

La decision ética depende del difuminado de la identidad entre yo mismo y el objetivo de mi acción planeada. Debido al difuminado, nos ponemos en el lugar de la otra persona. Si esta persona tuviera miedo, así igual lo sentiríamos nosotros
  
  Este mecanismo de difuminado o bloqueo interviene también ante las situaciones que generan temor (bloqueo del miedo).

El miedo primario que se ve disparado por el temor o estímulo del estrés, una respuesta que está bien comprendida a nivel molecular y celular, es compensado por un bloqueo automático de los recuerdos que inducen al miedo cuando la acción altruista es apropiada. El individuo se pierde a sí mismo. Se identifica con un individuo en necesidad, por ejemplo, o hacia el cual anteriormente él se ha visto estimulado hasta el nivel de la agresión violenta

  El miedo es un mecanismo básico de supervivencia que está siempre presente en la agresión: el miedo al desconocido o la amenaza de la rivalidad por el conflicto de intereses. Este recelo o estrés constante ante “el otro” supone un obstáculo permanente a cualquier acción altruista. Sin embargo, en otro sentido, a veces el miedo puede ser también estímulo directo a la prosocialidad (recordemos que los psicópatas, que carecen de empatía, también suelen carecer de miedo).

Una cantidad masiva de energía cerebral está asignada a determinar lo que supone para nosotros un riesgo o una situación peligrosa; así es razonable pensar que el cerebro (…) haría el mejor uso posible de esa energía aplicando muchos de sus más elaborados circuitos a más de una tarea. El miedo puede estimular el circuito de la Regla de Oro a ponerlo en acción, causando que la gente opte por elecciones éticas en una variedad de situaciones.

  Siendo estos los mecanismos neurológicos, sus procesos dan lugar a la utilización en el sistema nervioso de hormonas correspondientes que nos proporcionan las sensaciones fisiológicas relacionadas con la emoción, haciendo con ello posible el comportamiento prosocial. La ya famosa hormona oxitocina (relacionada con la maternidad y la lactancia, pero presente en ambos sexos) sería el mecanismo fisiológico básico del comportamiento altruista y ético.

La principal hormona de la sociabilidad –y un candidato primario para actuar químicamente en el “conmutador ético” del cerebro para el comportamiento amistoso – es la oxitocina  (...) La relación entre la oxitocina y la confianza se mantiene también en sentido contrario. Si percibimos comportamiento de confianza dirigido hacia nosotros, suben nuestros niveles de oxitocina  

  Estos mecanismos neurológicos y sus correspondientes derivaciones hormonales y sensoriales habrían formado la base de la evolución del Homo Sapiens como individuo especialmente adaptado para la moralidad y, por tanto, para la cooperación compleja. Observemos que, como sucede normalmente en el proceso evolutivo, los circuitos que se utilizan originariamente para un fin se adaptan, en pasos evolutivos siguientes, para cumplir un fin distinto.

El amor maternal (…) junto con el amor paternal ha proporcionado la base evolutiva para el vínculo social de todas clases y las variadas formas de comportamiento ético y de apoyo mutuo de la gente. 

El mecanismo de la Regla de Oro es bastante robusto y está sostenido por dos sistemas profundos, el sistema del miedo y el de los comportamientos amorosos

Muchos de los elaborados mecanismos hormonales, neurales y genéticos del cerebro que evolucionaron para facilitar la reproducción se han hecho subsecuentemente disponibles para sostener una variedad de comportamientos amistosos y sociales mucho más amplia, que no tiene nada que ver con el sexo o el cuidado parental


    Pero esto nos informa sobre todo acerca de los comportamientos éticos en el “estado de naturaleza” originario, es decir, la forma de vida primitiva de los seres humanos durante el muy prolongado periodo de la prehistoria, mientras que el comportamiento ético civilizado ha llegado a complicarse muchísimo más, sobre todo porque se desenvuelve en un ámbito poblado por miles y millones de individuos que interactúan entre sí, en contraste con los pequeños grupos de cazadores-recolectores del mundo primitivo.  

  Solo ha sido posible que se ponga en marcha la evolución civilizada del comportamiento ético aprovechándose cierta variabilidad del temperamento de los individuos que, sumada a la conjunción de circunstancias externas, ha dado lugar a tendencias de comportamiento ético de grupo diferenciadas culturalmente transmitidas (por ejemplo: “culturas del miedo”, “de la vergüenza”, “de la agresión”…). La comunidad, a través de sus mecanismos culturales, acaba dando preponderancia a unas tendencias temperamentales sobre otras, y muy complejamente se va produciendo la evolución moral –civilizatoria- de la sociedad, pero siempre a partir de esas tendencias marcadas de la naturaleza humana, la variabilidad temperamental de los individuos que comparten, por lo demás, las tendencias básicas que hacen posible la vida social. Muchas de esas tendencias básicas las compartimos también con otros animales.

Temperamento [equivale a] “diferencias individuales constitucionalmente basadas en reactividad –responsividad al cambio- y autorregulación en los ámbitos de afecto, actividad y atención”

  Ejemplos de variantes de temperamento (o "personalidad") en cada individuo descritas por los psicólogos sociales son la extroversión, la agresividad o el neuroticismo (percepción exagerada de la amenaza). Cada individuo tiene un poco de cada cosa y cada rasgo temperamental se vé afectado por el cambiante entorno de forma diferente…

Los equilibrios del temperamento entre fuerzas amistosas, armoniosas y prosociales en el cerebro, y aquellas que producen comportamiento antisocial, agresivo e incluso violento dependen de las influencias genéticas, las cuales a su vez están poderosamente moduladas por el entorno durante la primera infancia y la adolescencia
 

  Finalmente, Pfaff nos aporta alguna sugerencia de acción:

Lo que la neurociencia puede alcanzar en el futuro es la sugerencia de cómo alterar los mecanismos del cerebro de forma que podamos favorecer los comportamientos afiliativos. Contemplo un enfoque por etapas para la prevención de la violencia. Primero, debemos admitir la diferencia de género en las tendencias hacia la violencia. Son los hombres jóvenes, no las mujeres jóvenes y no una proporción igualitaria de hombres y mujeres, quienes cometen la mayor proporción de actos agresivos de criminalidad y terrorismo, como individuos o en masa. Segundo, después de que la sociedad ha hecho sus mejores intentos de reducir los efectos devastadores de la humillación de las extremas diferencias socioeconómicas entre familias, necesitamos identificar [a edad temprana] a aquellos individuos que están más en riesgo de cometer agresiones desaforadas. Este tipo de estimación estará basada en el comportamiento pasado del niño, su historia familiar y, quizá, su perfil genético

Debemos reducir los efectos de las hormonas sexuales masculinas en algunos individuos, porque las cascadas de señales que se disparan de la actividad genética relacionada con la testosterona están ciertamente asociadas con los picos de comportamiento violento durante la vida de algunos varones.

    El neurocientífico no se olvida, por tanto, de los condicionamientos sociales preexistentes  -“diferencias socioeconómicas entre familias”-  que abren la puerta a los comportamientos antisociales. No tiene valor el decir que hay individuos –héroes, realmente- que desarrollan sus vidas en una impecable trayectoria de prosocialidad a pesar de vivir en entornos de pobreza, marginación y violencia. Todas las personas ven sometidas sus peculiaridades temperamentales a las presiones concretas de su entorno social y responden a éste en consecuencia de forma más o menos previsible. Lo señalado sobre la masculinidad es una triste evidencia y podría añadirse a ello la incapacidad para el comportamiento ético de los psicópatas (en su inmensa mayoría varones, por supuesto). Ningún planteamiento sobre el control de la agresión debe hoy ignorar los factores hereditarios que determinan en buena parte nuestro temperamento –responsividad.

    Lo que la ciencia nos dice sobre el comportamiento ético es prometedor en lo que concierne a alcanzar nuevos límites en la prosocialidad. Para la ciencia, no sería imposible incluso alcanzar un auténtico “Paraíso en la tierra”. El considerar, por ejemplo, que podemos localizar por anticipado la propensión de los individuos a la antisocialidad o a la prosocialidad nos permitiría actuar con prontitud, tanto para prevenir y contrarrestrar muy pronto las tendencias antisociales, como para aprovechar las tendencias prosociales y potenciarlas a nivel de toda la comunidad planetaria (esta última posibilidad, por supuesto, no la menciona Pfaff en su libro).

   Hoy asignamos el estatus social en base al éxito económico y a ciertos rasgos de notoriedad convencionales de los individuos, y proporcionamos a modo de estímulo para alcanzar la prosocialidad recompensas materiales que carecen de valor ético -disfrutar de estas recompensas no promueve la prosocialidad, incluso puede ponerla en peligro-, cuando sería más sensato asignar recompensas de valor ético –por ejemplo, compensaciones emocionales de tipo afectivo, que no cuestan dinero y pueden reproducirse casi infinitamente- a los individuos más prosociales, por el mero hecho de ser y comportarse como prosociales (y suelen ser precisamente los individuos de tendencias prosociales los que más aprecían las recompensas afectivas), fomentándose así una especie de “cultura de la santidad” que influyese en el conjunto de la sociedad. De esa forma, la detección de rasgos de prosocialidad conllevaría su automático estímulo a través de ese tipo de recompensas. Sería una fórmula diferente a la actual de mera represión de la antisocialidad y de estímulo del comportamiento mediante recompensas que son, a lo más, éticamente neutras. 

  Hoy no se recompensa la bondad, sino el civismo, porque se ignora la existencia de propensiones innatas a la prosocialidad que, de ser estimuladas, podrían impulsar cambios culturales paradigmáticos. Los modelos éticos de nuestra cultura siguen señalando, por ejemplo, a cualidades “masculinas” como la bravura, la impulsividad  y el individualismo. Tales modelos crean sus propios conflictos y se ven alentados por el materialismo de las recompensas (¿quién puede convencer a un joven que vive en un gueto de que hace mal en su búsqueda -delictiva- de poder y riquezas?).

  La cultura ética actual no promociona los bienes afectivos, simplemente los tolera en el ámbito privado o familiar. Por eso, en la Antigüedad, las religiones prosociales –compasivas- crearon sub-culturas organizadas de la santidad –monasticismo- para promover pautas de comportamiento prosocial. Por desgracia, tales tendencias culturales siempre estuvieron ancladas en la tradición, nunca fueron racionalizadas. No se dio en ellas el cambio que nos ha permitido, en el ámbito científico, pasar de la alquimia a la química, o de la astrología a la astronomía… Esta circunstancia hace pensar en que una tendencia cultural -informada por la ciencia- en el sentido del estímulo de los temperamentos más afines a la prosocialidad habría de ser no convencional, y  que por tanto tendría dificultad en ser comprendida, enfrentándose a graves resistencias. Claro está que estos cambios conflictivos han sido históricamente inevitables en el pasado, por lo que no debe sorprendernos que vuelvan a darse en el futuro.               

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