lunes, 24 de junio de 2013

"Gran Moral", siglo IV a. de C. Aristóteles.


  Acercarnos a la moral de Aristóteles, que ha llegado hasta nosotros en tres compilaciones ("Gran Moral", "Ética nicomaquea" y "Ética eudemia"), es acercarnos a un testimonio único de la evolución psicológica del hombre civilizado.

  Por encima de todo, Aristóteles es un hombre de la Antigüedad, más próximo en su idea de las relaciones humanas a los escribas egipcios o mesopotámicos que al ciudadano contemporáneo, pero al dejar por escrito su testimonio, su reflexión racional, nos habla de una forma próxima y comprensible que realza la naturaleza común del hombre reflexivo de todos los tiempos, transmitiéndonos a la vez sus descubrimientos y contradicciones. Sus contradicciones son las que lo acercan al “hombre de la Antigüedad”, y sus descubrimientos son los que lo acercan a nosotros.

  Sirva de ejemplo de la pertenencia del pensamiento de Aristóteles a la Antigüedad su juicio sobre las “ciencias de poca elevación”, causa esencial por la que el mundo clásico se vio incapaz de evolucionar económicamente.

Lo mismo sucede respecto a las ciencias, pues también las hay de escasa elevación; por ejemplo, todas las mecánicas.

  Platón/Aristóteles (Idealismo/Materialismo) es el gran dualismo del pensamiento social del mundo clásico. Nos parecería que Aristóteles, posterior a su maestro Platón, está mucho más próximo al pensamiento científico, pero no nos engañemos: su materialismo en lo social se utiliza, por encima de todo, para justificar la visión del mundo antiguo, no tanto para abrir paso al mundo moderno. Al desdeñarse la ciencia experimental también se desdeña cualquier idea social que pueda llegar a convertirse en revolucionaria.

  En lo social, el mundo moderno llegará más tarde, poco más tarde, cuando la filosofía helenística abandone la limitación fundamental del pensamiento de la Antigüedad a este respecto, que no es otra que la dependencia del individuo a la comunidad política.

La moral, a mi juicio, sólo puede formar parte de la política.
La facultad social y política es la facultad mejor en el hombre.

  Aristóteles no sólo posee, a pesar de su materialismo, los prejuicios propios del hombre de su tiempo acerca de la desigualdad entre hombres y mujeres, ciudadanos y esclavos, nacionales y extranjeros, que le impiden captar la esencia psicológica de la humanidad, sino que no puede concebir la existencia del individuo fuera de su realización ciudadana. De ese modo, la virtud, aunque bien definida

La virtud es el instinto natural guiado hacia el bien por la razón
La templanza consiste en resistir, mediante la razón, las pasiones y los deseos que uno siente en su alma


   queda sin efecto, y la casuística derivada del descubrimiento del control del instinto se ve sometida por tanto al control arbitrario del entorno social. Si bien el ser humano sería capaz de someter a la razón sus pasiones y deseos, no es capaz de ir más allá de los límites que establece un entorno social al que no se le exige racionalidad alguna.

  La ética de Aristóteles se hizo especialmente conocida por su idea del “justo medio” entre los extremos (defecto y exceso de toda cualidad), de modo que, si bien la virtud se ha definido como aquello hacia lo que apunta la razón, no teniendo  la razón más límite que la observación, en la práctica, la razón sí tiene un límite conservador

La virtud es una especie de medio en las pasiones del alma.

   Aristóteles reconoce que el posicionamiento de Sócrates-Platón era mucho más absoluto en cuanto al valor y significado de la virtud que se origina en la razón

Sócrates no está en lo exacto, cuando pretende que la virtud no es más que la razón, porque sostiene que de nada sirve hacer actos de valor y de justicia, si no se sabe que se hacen y si no se determina uno a ello mediante la razón en la elección que hace. Sócrates se equivocaba cuando decía que la virtud es el fruto de la razón sola.

   No, Sócrates (Platón) no se equivocaba en esto, lo que ocurre es que estaba mucho más cerca que Aristóteles de desvincular la ética de los prejuicios políticos. Sólo una ética de consecuencias ilimitadas, que dependa sólo de la razón, puede llevar al progreso social, porque sólo la razón puede romper los prejuicios previos y hacernos ver que no hay diferencia intelectual entre hombres libres y esclavos y mujeres. Por el contrario, una ética como la de Aristóteles resulta conformista, dada su dependencia del marco político de su tiempo, lo “políticamente correcto”, que diríamos hoy (el “justo medio” entre las pasiones). Aristóteles parece muy orgulloso de las virtudes políticas del mundo griego, pero un planteamiento ético conformista como el suyo nunca les hubiera permitido cambiar con respecto al denostado modelo anterior de las tiranías.

   De este equívoco básico vienen sus ideas éticas erróneas, pese al intento de buscar ejemplos a partir de su principio del “justo medio”

Hay ciertos medios cuyo contrario es el defecto; hay otros en que es el exceso. Y así, lo contrario del valor no es la temeridad, que es un exceso; es la cobardía, que es un defecto.

  Como ejemplo de consecuencia de prolongar este modelo, fijémonos en casos tan extraños como la definición de vicios del tipo de la “mezquindad” y la “rusticidad”

Los que exigen menos que lo que se les debe de justicia prueban tener un alma mezquina.

La mezquindad, que es el defecto contrario al fausto, consiste en no saber gastar con grandeza cuando conviene, o bien cuando, resuelto uno a hacer grandes gastos, por ejemplo, con ocasión de una boda o de una ceremonia pública, los regatea y no los hace de una manera conveniente.

La rusticidad es el defecto del que cree que jamás debe burlarse de nadie, y que se incomoda si se burlan de él.

   La idea de justicia en Aristóteles, basada en la ley del Talión, condicionada además por los prejuicios de la sociedad de clases y la supremacía masculina, es mucho más primitiva que la de Sócrates/Platón. Por ejemplo, se admite la ira como una respuesta social constructiva a las transgresiones morales y un signo de integridad personal y autorrespeto, e incluso se considera el regocijo con el mal ajeno, siempre y cuando sea merecido, tal como se aprecia al advertir contra su contrario

El malévolo, que se regocija con el mal, se considera feliz al ver las desgracias de los demás, sea o no ésta merecida.

  Y es por ello que se rechaza, como exceso, el total control de las pasiones que propugnaba Sócrates

Sócrates llegó hasta suprimir y negar enteramente la intemperancia, sosteniendo que nadie hace el mal con conocimiento de causa.

  Sin embargo, en la “Gran Moral” de Aristóteles sí encontramos descubrimientos formidables. Uno de ellos es el contraste entre la brutalidad y la virtud:

La virtud opuesta a la brutalidad no puede tener nombre particular; es divina y supera a las fuerzas del hombre; y así como la brutalidad es un vicio, que en un sentido es extraño al hombre, así la virtud que se opone a esta degradación no lo es menos.

  Al reconocer la virtud como extraña al hombre se estaba reconociendo una fuerza psicológica absoluta, lo que contradice el típico discurso acerca del “justo medio” entre los extremos.

  Pero uno de los más grandes descubrimientos de Aristóteles es el azar.


Dios es a nuestros ojos el dispensador soberano que reparte los bienes y los males según se merecen; pero la fortuna y todas las cosas que proceden de la fortuna sólo el azar las reparte. Si atribuimos a Dios este desorden, le supondremos un mal juez o, por lo menos, un juez muy poco equitativo.

  En suma: Dios no es todopoderoso (con lo cual difícilmente podría existir…), no hay tal cosa como el Destino y los sucesos no acontecen por “razón” alguna.

  Este planteamiento (en una cuestión que, por cierto, no atañe directamente a la ética) sí trastoca por completo el mundo del hombre primitivo, porque la mente humana está diseñada en base a principios antropocéntricos de causa y efecto: el hombre primitivo no cree que nada suceda sin un propósito “humano”, sea éste la decisión de un Dios de aspecto y deseos humanos, o la acción de un brujo o de un animal con deseos y pasiones semejantes a los humanos.

  Creer en el azar permitirá, a la larga, la aparición de la ciencia experimental y a partir de ello todo será posible.

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