lunes, 9 de junio de 2014

“El pasado de una ilusión”, 1995. François Furet.

  Poco tiempo después del derrumbe del bloque soviético, el profesor ex comunista François Furet escribió este largo ensayo acerca de la relevancia  del fracaso del marxismo.

  Aunque se trata de un libro de historia que no profundiza desde un punto de vista psicológico en la naturaleza humana que se ha visto seducida por la utopía socialista, este ensayo sí hace agudas observaciones acerca del origen de estos fenómenos políticos que tantas expectativas humanistas despertaron en el pasado.

  Ante todo, la observación de que el origen del socialismo, en todas sus formas, se encuentra en la democracia.

El atractivo principal del marxismo-leninismo se encuentra, desde luego, en su universalismo, que lo emparenta con la familia de las ideas democráticas, con el sentimiento de igualdad de los hombres como resorte psicológico principal.

La democracia genera, por el solo hecho de existir, la necesidad de un mundo posterior a la burguesía y el capital, en que pudiese florecer una verdadera comunidad humana.

  La sociedad democrática es una derivación cultural del surgimiento de la clase social de la burguesía… que, a su vez, es contemplada como oponente misma de la democracia y la igualdad social.

La burguesía es el otro nombre de la sociedad moderna. Designa a la clase de hombres que, con su libre actividad, han destruido progresivamente la antigua sociedad aristocrática fundada en las jerarquías del nacimiento.

El burgués es infiel a sus propios principios, ya que al limitar el derecho de voto para todos traiciona la Declaración de los Derechos del Hombre

El burgués es este hombre falso que pretende haberse liberado de Dios y de la tradición y haberse emancipado de todo pero que es esclavo de sus intereses; ciudadano del mundo pero egoísta feroz en su patria 

Los jacobinos franceses de 1793, que supuestamente inauguraron el reino de la burguesía, ofrecen el primer ejemplo en masa de burgueses que detestan a los burgueses en nombre de principios burgueses.

  Con las contradicciones de la burguesía aparecen las ideologías políticas

Antes del siglo XX no hubo ningún gobierno ni régimen ideológico. Podrá decirse, acaso, que Robespierre esbozó este proyecto en la primavera de 1794, con la fiesta del Ser supremo y el gran Terror. Pero esto no duró más que algunas semanas

   Antes de la ideología política, la justificación última de la acción política se encontraba en la religión (también se podría hablar en algunos casos de "ideología religiosa"). La religión se fundamenta en la experiencia de los supuestos hechos del espíritu, mientras que la ideología política se fundamenta en la historia.

Es en el siglo XIX cuando la historia remplaza a Dios en la omnipotencia sobre el destino de los hombres, pero sólo en el XX se verán las locuras políticas nacidas de esta sustitución.

   Otra consecuencia política de que la historia sustituya a la religión como fundamento político es el nacionalismo

La idea de nación conjura la angustia al sugerir la unidad. Es una idea antigua que se reformula en el contexto moderno

   Finalmente, aparece un elemento vitalista, psicológico, en este nuevo mundo donde la religión pasa a segundo plano: el voluntarismo, la voluntad libre

Al culto de la voluntad, herencia jacobina pasada por el filtro del populismo ruso, añade Lenin las certidumbres de la ciencia, tomadas de "El Capital". La revolución recupera en su arsenal ideológico ese sustituto de religión que tanta falta le hizo a finales del siglo XVIII en Francia.

   Esta característica de la voluntad supuestamente libre es necesaria por el simple hecho de que, al desaparecer la intervención divina en el alma, ésta tiene que recurrir a exaltar su propia naturaleza individual: ya no puede ser que Dios lo quiera y nos dé fuerzas: estamos solos (en la historia), pero se nos dice que podemos cambiar el mundo por nosotros mismos (si comprendemos la historia mediante la razón).

   Estas actitudes  de ruptura con la faceta más conformista del estado burgués acabarán llevando, desde la democracia, a las ideologías autoritarias

Son antiguas las complicidades entre el socialismo y el pensamiento antiliberal y hasta antidemocrático. 

En el fascismo existe, como en el comunismo, una idea del porvenir fundada sobre la crítica de la modernidad burguesa

  Quizá la pregunta sea entonces: ¿cómo es posible que las ideologías democráticas acaben desembocando en ideologías autoritarias en nombre de tales principios democráticos? Quizá también la respuesta se encuentre en que toda ideología, en el fondo, es autoritaria… (o quizá no)…

La ideología es lo que permite unir, mediante sentimientos compartidos, a los ciudadanos aislados y hacerles reconocer por jefe al que sabe traducir los imperativos en emociones colectivas.

Por ideologías yo entiendo aquí aquellos sistemas de explicación del mundo por medio de los cuales la acción política de los hombres adquiere un carácter providencial, con exclusión de toda divinidad. En ese caso, Hitler por una parte y Lenin por la otra fundaron regímenes que antes de ellos eran desconocidos. (…) Proveyéndolos de una creencia, la ideología los ha liberado de todo escrúpulo respecto a los medios 

  Furet denuncia como absurda la creencia  en el mal intrínseco del capitalismo (desigualdad económica) que el socialismo ha intentado, sin éxito, derrocar.

La célebre fórmula de Horkheimer: “El que no tiene nada que decir sobre el capitalismo debe callarse también sobre el fascismo”. Los marxistas de la escuela de Francfort no dejan de machacar esta idea falsa, que sin embargo alimentó a tantos pensadores políticos de la posguerra

   El régimen soviético todavía obtuvo buena parte de su crédito en la posguerra (cuando sus crímenes ya no eran negados por apenas nadie en occidente) por el hecho de seguir siendo anticapitalista: puesto que el capitalismo era el mal absoluto tanto como el antifascismo llegó a ser el bien absoluto, el marxismo siempre tendría una ventaja moral pese a todos sus excesos (una especie de fijación "en lo estructural", al estilo de una deontología). Este planteamiento es objeto de interés en este libro, porque

el fin del mundo soviético no modifica en nada la exigencia democrática de otra sociedad, y por esta misma razón se puede apostar a que esta enorme quiebra continuará gozando, en la opinión del mundo, de circunstancias atenuantes, y tal vez, incluso, un día volverá a ser admirada. No digo que, dada la forma en que ha muerto, la idea comunista pueda renacer. No cabe duda que la revolución proletaria, la ciencia marxista-leninista, la elección ideológica de un partido, de un territorio y de un imperio han agotado sus posibilidades con la Unión Soviética. Pero la desaparición de esas figuras familiares de nuestro siglo sólo pone punto final a una época, mas no agota el repertorio de la democracia.

  A lo que parece, es un exceso considerar la ideología, la democracia y el anticapitalismo en el origen de los males del totalitarismo. Ante todo, porque el totalitarismo ya aparece en las sociedades neolíticas, donde los reyes-dioses crean el culto a la guerra, el sacrificio y la división en clases. Las sociedades neolíticas (con las que nazis y soviéticos guardan ciertas semejanzas) no tenían ideología, sino que sustentaban sus creencias en los mitos, pero igualmente creaban un entorno cultural dentro del cual se imponía el monopolio de la fuerza y se instrumentalizaba al individuo para el cual solo quedaban tres opciones: o el sometimiento y acomodamiento dentro de la masa, o la picaresca y la subversión para salir de este rígido control, o el incorporarse a las élites dominantes.

  ¿La ideología es especialmente adecuada para implantar regímenes totalitarios? Tal vez se trate más bien de que el totalitarismo de la sociedad ilustrada solo puede llegar a existir si es de tipo ideológico...

La Alemania en donde la elocuencia de Hitler obtiene sus primeros triunfos es la nación más culta de Europa. Así, el fascismo no tiene su cuna en sociedades arcaicas, sino en las modernas, en las que el marco político y social tradicional ha perdido súbitamente mucha de su legitimidad. (…) La educación o el enriquecimiento no necesariamente producen comportamientos políticos más racionales. 

   ¿Cómo reimplantar el autoritarismo si no es mediante creencias que digan fundamentarse racionalmente?

Lenin, prisionero de su marxismo simplista, está convencido de que en la dictadura revolucionaria del proletariado y de los campesinos pobres —la receta rusa de la toma del poder— será “mil veces más democrática”, como escribe, que la más democrática de las repúblicas parlamentarias. ¿Cómo podría no serlo, puesto que el capitalismo no existirá ya? Una vez desaparecidas la explotación del trabajo y la enajenación del trabajador se habrá dado un paso decisivo hacia la verdadera libertad de los hombres.

  Para llegar al totalitarismo de siempre, creencias religiosas y tradiciones míticas ya no son viables: solo la ideología hará factible el totalitarismo en la civilización ilustrada. No se trata de que todas las ideologías lleven al totalitarismo, puesto que sin formulación ideológica la democracia tampoco podría haber llegado a existir, sino de una particular ideología que adapta las tendencias tribales -más bien neolíticas- totalitarias a la Era Moderna. Un paso quizá inevitable en el proceso civilizatorio... pero no en la buena dirección.

  Sin embargo, no debemos reprochar demasiado duramente a quienes se aferraron al dogma del mal intrínseco del capitalismo y la desigualdad. Lo que sí hay que advertir es que no se trata de hacer una elección entre anticapitalismo totalitario y  aceptación del capitalismo, sino más bien aceptar que el que el capitalismo sea humanamente rechazable no quiere decir que todo anticapitalismo sea bueno.

  Quizá deberíamos aceptar el capitalismo solo en la medida en que se trata de un sistema económico y social que se da “por defecto (es decir, si no se organiza nada para evitarlo, siempre aparecerá el capitalismo en una sociedad tecnológicamente desarrollada)”. El capitalismo -la desigualdad económica-, por su parte, no es una ideología, sino una manifestación controlada de los instintos antisociales del hombre primitivo que hay en nosotros: el cazador-recolector que vivía en hordas de poco más de cien personas no vivía en el paraíso igualitario, sino que se hallaba constantemente bajo la vigilancia de sus medio-parientes para que su búsqueda instintiva de acumular prestigio y privilegios no quebrase el orden social. Esta conducta competitiva fue regulada por el autoritarismo político en las sociedades avanzadas... y se encontró hasta cierto punto liberada con el capitalismo (en tanto que el beneficio particular promueve indirectamente el beneficio común y en tanto que el capitalismo favorece en mayor medida la movilidad social, la competitividad capitalista recibe cierto reconocimiento moral).

   Sustituir al capitalismo solo podrá hacerse eficazmente no tanto cuando surjan nuevas ideologías políticas (es probable que el socialismo haya agotado todas sus fórmulas), sino cuando surjan nuevas ideologías no-políticas (¿religiosas?) capaces de condicionar el comportamiento humano en un sentido plenamente cooperativo y antiagresivo. Y esto sí estaría relacionado con la educación y el progreso tecnológico ("tecnología" equivale a enriquecimiento económico).

  Quizá sea interesante considerar que la democracia norteamericana no vivió las tentaciones totalitarias de la democracia europea. ¿Fue quizá debido a que partió de una reforma religiosa de tipo democrático, y no de un reformismo democrático laico, como en Francia? Al haberse producido un cambio religioso previo de tipo democrático, la aceptación de las libertades políticas habría sido ya previamente interiorizada por los individuos.

El capitalismo ha sido menos la creación de una clase que de una sociedad, en el sentido más global del término. Su patria por excelencia, los Estados Unidos, no ha tenido burguesía, sino un pueblo burgués, lo que es totalmente distinto (…) Sin un Antiguo Régimen al cual vencer, los estadounidenses amaron la igualdad como un bien del que siempre se ha gozado

   Para finalizar, merece la pena observar de cerca cómo el autor contempla el caso del supuesto contraste Lenin/Stalin

A Lenin le corresponde la dictadura del partido identificada con la dictadura del proletariado. También a Lenin le corresponden el terror, el desprecio a las leyes, la confusión del partido y el Estado. Y también la pasión sectaria del debate ideológico, la idea aristocrática del partido que está en el origen mismo de los bolcheviques. (…) Y sin embargo, en el partido de Lenin aún se discutía. El partido totalitario, combinación de ideocracia y de Estado terrorista, empeñado en liquidar a su vieja guardia, es obra de Stalin.

Verdad también que en el X Congreso, en 1921, [Lenin] había hecho votar la prohibición de las corrientes. Pero vivió toda su vida de militante en apasionados debates de doctrina y de política. Hasta se encontró en minoría en momentos decisivos, como antes de Brest-Litovsk. La autoridad supereminente que adquirió en el movimiento bolchevique, se debió a que él llevó al partido al poder, y no a que él hubiese formado un aparato para su propia devoción. 

  Hay aquí una estimación que parece peligrosa, porque, en el fondo, se sigue viendo a Stalin como el manipulador tosco y brutal de un leninismo autoritario pero aún inteligente y fiel a la ideología democrática. Si consideramos a Lenin (o a Trotsky o al Che Guevara o a Mao… o a Castro) como “mejores” que Stalin corremos el riesgo de que surjan nuevas ideologías autoritarias en tanto que seguirían siendo admiradas por tratarse de inteligentes movimientos anticapitalistas  ("apasionados debates de doctrina y de política").

  ¿Lenin no creó el partido “para su propia devoción”? Pero puesto que el fin justifica los medios, sin duda que Lenin hubiera igualmente promovido la devoción a su propia persona tanto como la eliminación de los "apasionados debates" si con ello hubiera visto que esto era conveniente para el mantenimiento de su régimen. El que Lenin muriese solo unos pocos años después del triunfo de la revolución ha creado el espejismo de lo contrario.

   Stalin no dio un golpe de estado para apropiarse ilegítimamente de la revolución de Lenin y Trotsky, sino que, de forma natural, demostró ser el más hábil, el más evolucionado, para apoderarse del sistema que ellos crearon.

  Desde el momento en que Lenin acepta el terror (lo instaura personalmente, según consta en documentos), disuelve el parlamento y prohíbe el resto de opciones políticas, no es menos totalitario que Stalin.

 No debemos pensar que esos "debates" dentro del Partido de Lenin eran otra cosa que los preámbulos a la dura lucha entre facciones internas del régimen totalitario de la cual solo podría surgir un vencedor. De haber vivido más años, Lenin hubiera ocupado el lugar de Stalin.

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