lunes, 25 de julio de 2016

“Tropezar con la felicidad”, 2006. Daniel Gilbert

Éste no es un manual de instrucciones que le dirá algo útil acerca de cómo ser feliz.  (…) Éste es un libro que describe lo que la ciencia tiene que contarnos acerca de cómo y hasta qué punto el cerebro humano puede imaginar su propio futuro, y cómo puede predecir cuáles de los futuros posibles nos serán más gratos. Este libro es acerca de un rompecabezas sobre el que muchos pensadores han reflexionado en los últimos dos milenios, y usa sus ideas (y unas pocas mías) para explicar por qué parecemos saber tan poco acerca de los corazones y las mentes de las personas en que vamos a convertirnos

  La felicidad es difícil de describir objetivamente, ya que lo que sabemos de ella es lo que los individuos nos dicen, y siempre tendemos a exagerar los testimonios acerca de nuestra propia felicidad.

   En cuanto a la infelicidad -y para empezar el comentario sobre este libro del psicólogo Daniel Gilbert-, según los testimonios acumulados nuestra concepción estándar de ella no coincide con la experiencia. Y eso tiene su parte buena:

Los estudios de aquellos que han sobrevivido a importantes traumas sugieren que la gran mayoría los han afrontado bien y que una porción significativa afirma que sus vidas fueron mejoradas por la experiencia (…) El hecho es que los sucesos negativos sí que nos afectan, pero que generalmente no nos afectan tanto ni durante tanto tiempo como esperaríamos (…) La gente con salud imagina ochenta y tres estados de enfermedad que serían “peor que la muerte”, y sin embargo, la gente que en realidad se encuentra en esos estados raramente se suicida

Un estudio halló que los pacientes de cáncer eran más optimistas sobre su futuro que las personas sanas

  Parece ser que existe un sistema de inmunidad psicológica que nos hace ser optimistas incluso en situaciones que esperaríamos que fueran angustiosas. De no existir este sistema de inmunidad, las circunstancias adversas ciertamente nos empujarían al desánimo y al suicidio con mucha mayor frecuencia, lo cual iría, lógicamente, en contra de la supervivencia de la especie.

Cuando nos enfrentamos al dolor del rechazo, pérdida, desgracia y fracaso, el sistema de inmunidad psicológica no debe defendernos demasiado bien (“soy perfecto y todo el mundo está contra mí”), ni debe fallar en defendernos lo suficiente (“soy un fracasado y debería estar muerto”). Un sistema de inmunidad psicológica saludable ha de lograr un equilibrio 

   (Cabe señalar precautoriamente que la difusión de este concepto de “inmunidad psicológica” ante la desgracia puede ser conveniente para mucho egoísta que hace daño a otros y que puede después excusarse argumentando que el perjudicado, de todas formas, no lo va a pasar tan mal porque el sistema de inmunidad automático ya descrito lo hará sentirse feliz de nuevo…)

  Por otra parte, podemos vivir experiencias más agradables si tenemos en cuenta ciertas pautas de la sensibilidad humana general. Se han realizado experimentos acerca de cómo se soporta el dolor, y las conclusiones no son tampoco las que habitualmente esperaríamos.

Si bien el grupo [de sujetos que recibió] choques eléctricos de baja intensidad [en un experimento] recibió menos voltios que el grupo de alta intensidad, sus corazones latieron más rápido, sudaron más profusamente y se clasificaron a sí mismos como más asustados. ¿Por qué? Porque los voluntarios en el grupo de baja intensidad recibieron choques de diferentes intensidades en tiempos diferentes, lo cual les hizo imposible anticipar su futuro. Aparentemente, tres descargas que uno no puede prever son más dolorosas que veinte que uno puede prever

El sufrimiento intenso dispara los mismos procesos que lo erradican, mientras que el sufrimiento moderado no, y este hecho contraintuitivo puede hacer difícil para nosotros predecir nuestro futuro emocional

  Otras percepciones, aunque ilógicas, sí son de acuerdo con lo que se supone habitualmente…

La investigación muestra que cuando a la gente se les aplican choques eléctricos, realmente sienten menos dolor cuando creen que están sufriendo por algo de gran valor [recompensa en el futuro]. 

   En esta línea de que “las cosas suelen no ser como aparentan”, Daniel Gilbert nos expone una serie de conclusiones acerca de cómo afrontamos las adversidades y las circunstancias favorables con independencia del contenido aparentemente objetivo de los sucesos.

Es más probable generar una visión positiva y creíble de una acción que de una inacción, de una experiencia dolorosa que de una experiencia fastidiosa, de una situación desagradable de la que no podemos escapar que de una de la que sí podemos.  Y sin embargo, raramente elegimos acción sobre inacción, dolor sobre fastidio y compromiso en lugar de libertad

La incertidumbre puede preservar y prolongar nuestra felicidad, de modo que se podría esperar que más gente busque la incertidumbre. De hecho, lo opuesto es lo más habitual

Ponemos más atención a la información favorable, nos rodeamos por aquellos que nos las proporcionan y las aceptamos sin crítica. Estas tendencias hacen fácil que expliquemos las experiencias desagradables de forma que nos exonere de responsabilidad y nos hagan sentir mejor. El precio que pagamos por nuestra urgencia explicativa irreprimible es que con frecuencia [también] echamos a perder nuestras experiencias más agradables al darles un sentido.

  Aunque buscamos la felicidad, no actuamos conscientemente de la forma que en realidad nos la proporcionaría. La misma capacidad única del ser humano para prever el futuro suele equivocarse en sus previsiones acerca de la propia felicidad. Por eso se puede decir que, más que encontrar la felicidad, dada nuestra torpeza en buscarla solo podemos esperar “tropezarnos con ella”…

A lo largo de este libro he comparado la imaginación con la percepción y la memoria, y he intentado convencer de que la previsión es tan falible como la vista y el recuerdo.  (…) La vista falible puede ser remediada con el uso de gafas, y el recuerdo falible puede ser remediado al dejar registro escrito del pasado – pero ¿qué pasa con la previsión falible? No hay gafas que puedan agudizar la visión del mañana y no hay registro escrito con el que podamos contar. ¿Podemos remediar el problema de la previsión?

Intentamos repetir aquellas experiencias que recordamos con placer y orgullo, e intentamos evitar aquellas que recordamos con disgusto y turbación. El problema es que con frecuencia no las recordamos correctamente (…) La memoria no es un escriba escrupuloso que guarda una transcripción completa de sus experiencias, sino un editor sofisticado que archiva y guarda elementos clave de una experiencia y entonces usa estos elementos para reescribir la historia cada vez que queremos releerla

Sobreestimamos cómo de felices seremos en nuestros cumpleaños, subestimamos cómo de felices seremos los lunes por la mañana y hacemos estas predicciones mundanas pero erróneas una y otra vez, a pesar de que son rebatidas regularmente. Nuestra incapacidad para recordar cómo nos sentimos realmente es una de las razones por las que nuestra riqueza de experiencias tan frecuentemente resulta ser una pobreza de ricos

    A un nivel práctico, destacan en este libro tres elementos polémicos: que el dinero sí trae la felicidad, que la felicidad familiar es un engaño y que a la hora de elegir un camino para hallar la felicidad nos conviene no tanto examinar nuestros propios deseos, sino la experiencia de los demás.

  El dinero sí trae la felicidad, pero solo hasta cierto punto :

Economistas y psicólogos han pasado décadas estudiando la relación entre la riqueza y la felicidad, y han generalmente concluido que la riqueza incrementa la felicidad humana cuando saca a la gente de la pobreza abyecta hasta la clase media, pero que hace poco por incrementar la felicidad a partir de ahí (…) Los economistas explican que la riqueza tiene una “utilidad marginal en descenso” (…) Los americanos que ganan 50.000 dólares al año son mucho más felices que los que ganan 10.000 al año, pero los americanos que ganan 5 millones al año no son mucho más felices que aquellos que ganan 100.000 al año.

  De hecho, un cálculo reciente basado en estadísticas acerca de esta cuestión concluye que el límite de la felicidad económica está en los 60.000 al año. Por lo tanto, de ahí en adelante, no valdría la pena esforzarse por ganar más…

  La segunda cuestión polémica es que Gilbert opina, en base a su experiencia, que lo de la felicidad familiar es un cuento (un superreplicador).

“Los niños traen felicidad” es un superreplicador. La red de transmisión de la creencia de la cual somos parte no puede operar sin un surtido constante de gente que haga la transmisión (…). De hecho, la gente que cree que los niños traen miseria y desesperación –y que por ello dejan de tenerlos- dejará fuera de servicio su red de transmisión de creencia en cincuenta años, terminando con ello la creencia.

Cuando creemos que estamos criando hijos y ganando dinero para incrementar nuestra felicidad, realmente estamos haciendo estas cosas por razones más allá de nuestra comprensión. Somos nodos dentro de una red social que se construye y se viene abajo por su propia lógica

  Un “superreplicador social” sería entonces una especie de parásito en nuestra mente (genéticamente transmitido) cuyo único fin es perpetuarse a sí mismo. Así, autoengañarnos acerca de la felicidad que supone tener hijos es lo que permite que se sigan produciendo hijos los cuales, al heredar esta peculiaridad del comportamiento (la falsa creencia de que el tener hijos proporciona felicidad), seguirán asegurando la reproducción de la especie. Es el juego del "gen egoísta" aplicado a nuestra concepción de la felicidad familiar…

  Lo mismo puede referirse también a algunas otras creencias culturales…

Las creencias falsas que promueven sociedades estables se sostienen porque la gente que mantiene estas creencias tiende a vivir en sociedades estables, lo cual proporciona los medios por los cuales las creencias falsas se propagan

    Como, por ejemplo, creer en Dios o en la Patria.

    Y, tercer elemento polémico, Gilbert nos advierte de que si queremos ser felices mejor no nos guiemos por nuestras propios juicios e ideas, sino sobre todo por las experiencias ajenas.

Una forma de hacer predicciones acerca de nuestro propio futuro emocional es encontrar a alguien que está teniendo la experiencia que vamos a considerar y preguntarle cómo se siente. En lugar de recordar nuestra pasada experiencia para simular nuestra futura experiencia, quizá deberíamos simplemente pedir a otras personas que hagan introspección de su propio estado

  Para finalizar, es interesante considerar que Gilbert menciona algunas posibilidades acerca de una medición objetiva de la felicidad.

Las imperfecciones en la medición siempre son un problema, pero son solo un problema devastador cuando no las reconocemos (...) Es imposible para los científicos comparar las afirmaciones de dos personas. Eso es un problema. Pero el problema no tiene que ver con la palabra “comparar”, sino con la palabra “dos”. Dos es un número demasiado pequeño y cuando se convierte en doscientos o dos mil, las calibraciones diferentes de los individuos diferentes comienzan a coincidir y a descartarse unas a otras

   Y, además, aparte del conteo estadístico de los testimonios de experiencias, la felicidad podría medirse haciendo uso de algunos “marcadores” empíricos que los científicos sociales tienen a su alcance:

Hay muchas otras maneras de medir la felicidad (…) y algunas de ellas parecen ser mucho más rigurosas, científicas y objetivas que las propias afirmaciones de una persona. Por ejemplo, la electromiografía nos permite medir las señales eléctricas producidas por los músculos estriados de la cara, tales como el corrugador superciliar, que frunce nuestras cejas cuando experimentamos algo desagradable, o el cigomático mayor, el cual tira de nuestras bocas hacia nuestras orejas cuando sonreímos. La fisiografía nos permite medir la actividad electrodérmica, respiratoria y cardiaca del sistema nervioso autónomo, todo lo cual cambia cuando experimentamos emociones fuertes. La electroencefalografía, la tomografía de emisión positrónica y la imagen de resonancia magnética nos permiten medir la actividad eléctrica y el flujo sanguíneo en las diferentes regiones del cerebro, tales como el cortex prefrontal izquierdo y derecho, los cuales tienden a estar activos cuando experimentamos emociones negativas y positivas respectivamente. Incluso un reloj puede ser útil para medir la felicidad, porque la gente excitada tiende a parpadear más despacio cuando se sienten felices que cuando se sienten asustados o ansiosos

  Así pues, de una u otra forma, este interesante libro lleno de contenidos nos proporciona información valiosa acerca de qué es la felicidad y cómo conseguirla.  No cuestiona el tipo de felicidad a la que aspiramos según la sociedad en la que vivimos, ni los condicionantes que nos imponen los demás a la hora de permitirnos ser felices. Solo nos habla de la felicidad posible en la cultura convencional. Otra cuestión sería si existiera una organización social que estuviese interesada en proporcionar, a la manera "utilitarista", la mayor felicidad para el mayor número. Aquí solo se trata de la felicidad en el mundo que tenemos. La que nos dejan y con la que podemos tropezarnos, si hay suerte.

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