martes, 7 de enero de 2014

“El mono desnudo”, 1967. Desmond Morris.

  A pesar de que en 1967 aún no se utilizaba la expresión “sociobiología”, ya eran conocidos los conceptos derivados del examen del comportamiento humano instintivo contrastado con el comportamiento cultural: el origen "animal" de la vida humana en sociedad, lo que no es fruto del aprendizaje. Esto, en realidad, venía ya desde Darwin (que se vio forzado a mostrarse precavido al respecto) y fue luego engrandecido por la visión de otros pensadores como el mismo Freud. En una época ya muy diferente, el zoólogo Desmond Morris decidió escribir un libro para el gran público debido a que, en su opinión,

el Homo sapiens sigue siendo un mono desnudo; al adquirir nuevos y elevados móviles, no perdió ninguno de los más viejos y prosaicos. Esto es, frecuentemente, motivo de disgusto para él; pero sus viejos impulsos le han acompañado durante millones de años, mientras que los nuevos le acompañan desde hace unos milenios como máximo… y no es fácil sacudirse rápidamente de encima la herencia genética acumulada durante todo su pasado evolutivo. Si quisiera enfrentarse con este hecho, sería un animal mucho más complejo y tendría menos preocupaciones. Tal vez en esto pueda ayudarle el zoólogo.

   Así pues, este libro trata del intento de ahondar en nuestras propias complejidades innatas para ayudarnos, en la medida de lo posible, a resolver nuestras preocupaciones actuales.

  Casi medio siglo después del “Mono desnudo” (el título del libro tiene que ver con la muy peculiar especificidad del Homo Sapiens de ser una especie de primates dotada de muy poco vello) siguen publicándose libros para el gran público que señalan la importancia de nuestra naturaleza instintiva. La contraposición instinto/cultura se ha consolidado como cuestión clave, y a resolverla contribuyen las aportaciones de zoólogos, psicólogos, antropólogos y pensadores de todo tipo. En todo el tiempo transcurrido, el libro de Desmond Morris no ha envejecido demasiado y sigue siendo útil y muy ameno.

Pueden ustedes creer -tal es el poder de la instrucción cultural- que las modificaciones pueden lograrse fácilmente con el adiestramiento y el desarrollo de nuevas tradiciones. Yo dudo de que fuera así. Basta con observar el comportamiento de nuestra especie en la actualidad para comprender que no fue así. El desarrollo cultural nos ha proporcionado crecientes e impresionantes mejoras tecnológicas, pero cuando éstas chocan con nuestras cualidades biológicas fundamentales, tropiezan con una fuerte resistencia. 

Nos hallamos constantemente en un estado de equilibrio inestable entre las atracciones opuestas del nuevo estímulo excitante y del antiguo y familiar. (…) Este estado de conflictos explica no sólo las más visibles fluctuaciones de las modas y caprichos, del tocado y el vestido, de los muebles y los coches; sino que constituye también la misma base de todo nuestro progreso cultural. Exploramos y nos atrincheramos; investigamos y nos estabilizamos. 

  ¿Qué clase de monos somos?, ¿por dónde comenzaron nuestros relativamente recientes cambios culturales? Para conocer nuestra naturaleza profunda convendría primero determinar cuál era el comportamiento propio del ser humano cuando se establecieron los instintos que nos transmite nuestra herencia genética. De esa tarea se encargaban los antropólogos en la época del señor Morris tanto como hoy y mucho antes. Pero Morris opina que

los primeros antropólogos marcharon a los más apartados e inverosímiles rincones del mundo, a fin de descubrir la verdad fundamental sobre nuestra naturaleza, y se dedicaron al estudio de remotas culturas estancadas, atípicas y tan poco fructíferas que están casi extinguidas. Después, volvieron con hechos sorprendentes sobre extrañas costumbres de apareamiento, chocantes sistemas de parentesco o curiosos procedimientos rituales de estas tribus, y emplearon este material como si fuese de vital importancia para el comportamiento de nuestra especie en su conjunto. El trabajo realizado por estos investigadores fue, desde luego, sumamente interesante, y sirvió para mostrarnos lo que puede ocurrir cuando un grupo de monos desnudos se ve metido en un callejón cultural sin salida. Reveló hasta qué punto pueden extraviarse nuestras reglas normales de comportamiento (…)Los sencillos grupos tribales que viven en la actualidad no son primitivos, sino que están embrutecidos.. (…)Las características que los primeros antropólogos estudiaron en estas tribus pueden ser muy bien los mismos rasgos que impidieron el progreso de los grupos afectados.

   Es discutible que los antropólogos fueran tan torpes como para no tener en cuenta las peculiaridades del entorno particular de cada uno de los pueblos que estudiaban, así que es probable que podamos aprender de sus trabajos mucho más que “lo que puede ocurrir cuando un grupo de monos desnudos se ve metido en un callejón cultural sin salida”. Si bien, de todas formas, Morris puede tener razón en que

las verdaderas tribus primitivas hace miles de años que dejaron de existir

  Pero he aquí lo que parece la principal metedura de pata del autor de “El mono desnudo”: si las verdaderas tribus primitivas no han dejado ni rastro hoy, difícilmente podemos estar entonces tan seguros como lo está Morris de que las características culturales básicas del mundo occidental de 1967 corresponden a las pautas marcadas por esas tribus primitivas hoy totalmente desconocidas. Entre otras cosas, Desmond Morris postula que la tendencia de los seres humanos a vivir en familias nucleares (monogamia y prole correspondiente, con marido que sale a cazar y esposa que cuida de los niños) es instintiva y universal.

Todas las sociedades importantes son monógamas.(…) Hagan lo que hagan las oscuras y atrasadas tribus actuales, la corriente principal de nuestra especie manifiesta su tendencia a constituir parejas exclusivas en su forma más extrema, es decir, en las relaciones monógamas a largo plazo.

   ¿Se opone la tendencia manifiesta en nuestra especie a lo que hagan las “tribus atrasadas”? Si están atrasadas, entonces es muy probable que se manifiesten en ellas las tendencias innatas más que en nosotros. Quizá tendría sentido esto si Desmond Morris se refiriese a nuestras tendencias de desarrollo cultural (una vez establecido el sedentarismo y la agricultura), pero no es así como lo plantea:

Para un primate macho viril, el hecho de salir en busca de comida y dejar a sus hembras sin protección contra los intentos de cualquier otro macho que pudiera rondar por allí, era algo inaudito. Ninguna dosis de entrenamiento cultural podía enderezar esta cuestión. Era algo que requería un cambio importante en el comportamiento social. La solución consistió en la creación de un lazo que apareaba a los individuos. Los monos cazadores macho y hembra tenían que enamorarse y guardarse fidelidad. (…) Significaba una reducción en las graves rivalidades sexuales entre los machos, lo que contribuía a desarrollar su espíritu de colaboración. (…) La creación de una unidad familiar a base de un macho y una hembra redundaba en beneficio del retoño. La pesada tarea de criar y adiestrar a un joven que se desarrollaba lentamente exigía una coherente unidad familiar. En otros grupos de animales, ya sean peces, pájaros o mamíferos, observamos que, cuando la carga se hace demasiado pesada, surge entre la pareja un vigoroso lazo que ata al macho y a la hembra durante todo el período de crianza. 

Los planos de nuestros pueblos y ciudades siguen dominados por nuestra antigua necesidad, propia del mono desnudo, de dividir nuestros grupos en pequeños y discretos territorios familiares.

  Con bastante anterioridad a este libro ya antes habían surgido teorías contrarias a este punto de vista. En algunas de estas teorías se pone el énfasis en la cooperación dentro de la horda o tribu: una especie de gran familia extendida (ochenta o cien individuos) en la cual los cuidados a los niños se compartirían entre todos, fuesen o no los progenitores directos (y se habitarían poblados comunales, como es el caso en algunos cazadores-recolectores que aún subsisten). Ésta podría haber sido la auténtica forma de vida de “Las verdaderas tribus primitivas” que  “hace miles de años que dejaron de existir”. ¿Cómo saberlo con certeza? Quizá más adelante se acumulen suficientes pruebas arqueológicas al respecto.

  En cualquier caso, Morris tampoco sabía, como se sabe ahora, que las mutaciones genéticas en los seres humanos se han dado en algunos casos muy recientemente. Es decir, que sería posible que nuestro comportamiento hubiera sido ya genéticamente alterado por las selecciones dadas en los últimos miles de años de desarrollo cultural, en el período neolítico, cuando ya se había abandonado la caza y la recolección como forma exclusiva de ganarse la vida. Por lo tanto, no seríamos ya del todo genéticamente "primitivos".

  Lo que sí se sabe es que la tendencia del varón a la poliginia (relación simultánea con diversas hembras), por lo menos, está muy extendida, lo que hace dificultosa la vida familiar convencional tal como la conocemos hoy

Los machos tenían que estar seguros de que sus hembras les serían fieles cuando las dejaran solas para ir de caza.

 
Por consiguiente, las hembras tenían que desarrollar una tendencia a la formación de parejas. 

   Esto es la “inversión parental”: asegurar el bienestar del hijo al contar con un marido-padre enamorado y devoto… pero esto es vital solo en el caso de que no exista una familia materna (abuelos, tíos y tías por parte de madre) que pueda proporcionar esos cuidados, y contamos con registros etnográficos por los que sabemos que algunos pueblos han desarrollado fórmulas alternativas en este sentido (claro que estos pueblos pueden ser estigmatizados como “atrasados” o “embrutecidos”). Y tampoco sería descartable el desarrollo futuro de nuevas formas culturales que garanticen el cuidado de los niños sin necesidad de maridos-padres y familias nucleares.

  Aparte de la organización sexual, familiar y tribal, otra cuestión de extrema importancia acerca de la naturaleza humana es la agresividad. Desmond Morris no parece darle demasiada importancia. Según su punto de vista, la jerarquía resulta imprescindible porque

si había que tomar alguna decisión enérgica entre los humanos primitivos, tenía que haber alguna jerarquía, compuesta de miembros más fuertes y un jefe supremo, aunque éste se viese obligado a tomar en consideración los sentimientos de sus inferiores, mucho más de lo que lo habían hecho sus velludos parientes de los bosques.

  Con atenuantes, se reconoce con esto la inevitabilidad de la violencia por ser necesario el establecimiento de la jerarquía por el bien común. Pero eso supone reconocer también una tendencia innata a que los intereses particulares entren en conflicto con la obtención del bien común.

  ¿Y la tendencia instintiva a la violencia (el placer de agredir), que sería diferente del instinto de atesorar ventajas económicas y de prestigio?

Se ha sugerido que, debido a que evolucionamos como cazadores especializados, nos convertimos automáticamente en cazadores rivales, y que por esta razón llevamos en nosotros una tendencia innata a asesinar a nuestros oponentes. Las pruebas lo desmienten. El animal quiere la derrota del enemigo, no su muerte; la finalidad de la agresión es el dominio, no la destrucción

  Esto se escribió antes de que llegasen pruebas de que nuestros primos los chimpancés a veces también se matan y hasta se comen unos a otros. Parece asimismo que las hordas de chimpancés emprenden guerras de exterminio contra otras hordas o grupos familiares disidentes.

  Claro que también después de la publicación de este libro se descubrió a los simpáticos chimpancés enanos o bonobos, que practican una gran promiscuidad sexual y no son tan agresivos.

  El tema de una posible relación entre la caza y la agresividad también es discutible. Por un lado se sostiene que

A veces se han cometido graves errores a este respecto, con falsas teorías sobre la supuesta relación entre el comportamiento de ataque a la presa y las actividades agresivas de rivalidad. Son dos cosas completamente distintas, tanto en su motivación como en su realización.

  Pero luego tenemos que

El acto de alimentarse es demasiado remoto, y por esto el acto de matar tiene que convertirse en algo apetecible por sí mismo. 

  En suma, el libro de Desmond Morris parece culturalmente conservador: se justifican la familias monógamas, la jerarquía e incluso el nacionalismo moderno:

“despatriotizar» a los miembros de los diferentes grupos sociales sería actuar contra un rasgo biológico fundamental de nuestra especie. En cuanto se establecieran alianzas en una dirección, se romperían en otra. 

  Aunque, al menos, se considera la religión solo desde el punto de vista utilitario:

las actividades religiosas consisten en la reunión de grandes grupos de personas para realizar reiterados y prolongados actos de sumisión, al objeto de apaciguar a un individuo dominante. 

 Y se remarcan importantes características humanas de sociabilidad: la intensificación de la vida erótica y la expresividad del lenguaje facial y de las manifestaciones artísticas

  Como anécdotas, tenemos diversas observaciones que derivan, más que de la zoología, de determinados datos de tipo psicológico que por la época estaban dándose a conocer, como una determinada teoría acerca del origen de la homosexualidad, hoy descartada:

Si en el ambiente familiar los retoños se ven sometidos a una madre varonil y dominadora, o a un padre débil y afeminado, esto puede acarrearles una considerable confusión. (…)Los problemas de esta clase se transmiten de una generación a otra durante largo tiempo, hasta que desaparecen o hasta que se hacen tan agudos que se resuelven por sí solos al impedir totalmente la procreación.(…) Si ciertos hábitos sexuales impiden el éxito reproductor, podemos calificarlos sinceramente de biológicamente inadecuados.

  También tenemos aquí una teoría muy en boga acerca de la superpoblación y su supuesta relación con la conflictividad social:

Sabemos que si nuestra población sigue creciendo al terrorífico ritmo actual, aumentará trágicamente la agresividad incontrolable. Esto ha sido rotundamente probado mediante experimentos de laboratorio. (…) La mejor solución para asegurar la paz mundial es el fomento intensivo de los métodos anticonceptivos o del aborto. 

  Y una divertida explicación acerca de ciertos datos recogidos en un muestreo sobre las preferencias de niños y niñas por determinados animales:

Si formulamos una ecuación simbólica entre el hecho de montar un caballo y el acto sexual, puede parecer sorprendente que el animal tenga un mayor atractivo para las niñas. Pero el caballo es un animal vigoroso, musculoso y dominante, y, por consiguiente, le cabe bien el papel de macho. Examinado objetivamente, el acto de cabalgar consiste en una larga serie de movimientos rítmicos, con las piernas muy separadas y en íntimo contacto con el cuerpo del animal. Su atractivo para las niñas parece resultado de la combinación de su masculinidad y de la naturaleza de la posición adoptada y de las acciones realizadas sobre su lomo.

2 comentarios:

  1. Interesante artículo. Recordaría las críticas de Jay Gould y Richard Lewontin a las tesis sociobiológicas que a partir de la publicación del libro de Morris se pusieron tan de moda, especialmente con la publicación del libro Sociobiología de Edward Wilson. Un saludo.

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  2. Gracias por la atención del comentario. La "sociobiología" o "psicología evolutiva" o cualquier otro nombre que se le dé levantó recelos y antipatías porque en una cultura democrática no gusta que se nos diga que estamos en manos de los instintos, más o menos como los demás animales. Tampoco agrada saber que las cualidades del comportamiento humano son hereditarias. Nos gusta más que nos digan que somos dueños de nuestro propio destino y que, en todo caso, el cambio en la sociedad se debe al triunfo de la educación y de las leyes justas acordadas por el pueblo.

    Sin embargo, tener en cuenta la realidad de la herencia no nos impide hacernos cargo de nuestro propio destino en buena medida. Y lo podemos hacer con más conocimiento de la realidad y, por lo tanto, de forma más efectiva.

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