martes, 5 de enero de 2016

“Una herencia incómoda”, 2014. Nicholas Wade

La raza puede ser una herencia incómoda

  El periodista científico Nicholas Wade escribió su polémico libro acerca de la revalorización del estudio de las razas humanas (también en lo que se refiere a pautas de comportamiento innatas) muy a sabiendas de la resistencia que iba a encontrar

Los temores de que entender las razas desde el punto de vista evolutivo promovería una nueva fase de racismo o imperialismo son seguramente exagerados. 

  No parecen tan exagerados, porque si se demostrase que hay porcentajes estadísticamente ciertos de pautas específicas del comportamiento humano (referidas a la inteligencia y a la agresividad, sobre todo) que se hayan relacionados con determinadas razas humanas (entendiendo “raza” como grupo de población con un origen genético común), la catástrofe sería inevitable por una cuestión que Wade no plantea: cualquier proceso selectivo de individuos quedaría condicionado de la misma forma que se condiciona hoy para ciertos empleos que una persona sea físicamente robusta, sana o de determinado sexo. Si una persona es de la raza “X”, y la ciencia establece que por serlo hay una mayor probabilidad de que estará más capacitado intelectualmente (o temperamentalmente) que el que procede de la raza “Y”, de forma automática se llevaría el empleo el señor de la raza “X”, y no importará que la capacidad intelectual (o cualidades temperamentales) del señor de raza “X” en particular sea mayor o menor que la del otro individuo (como puede perfectamente suceder, ya que superdotados e infradotados habría siempre en todas las razas… aunque en proporciones diferentes con respecto al total de la población). La cuestión es que el proceso selectivo SIEMPRE  eliminará al de la raza “Y”  debido a la irresistible conveniencia de que todo proceso selectivo maximice las posibilidades de éxito… Problemas parecidos ya se han dado en muchos ámbitos (durante la epidemia del Sida, por ejemplo, las compañías de seguros trataban de evitar los contratos con hombres homosexuales debido al factor riesgo de incurrir en grandes gastos médicos) y una confirmación científica de que hay tendencias de comportamiento humano según la raza a la que se pertenezca podría dispararlos, con las inevitables consecuencias de conflictividad social que ello conllevaría.

Muchas formas de conocimiento nuevo son peligrosas en potencia, y la energía del átomo es un ejemplo preeminente. (…) Es difícil ver por qué razón la exploración del genoma humano y sus variaciones raciales tendría que ser una excepción a este principio, aunque los investigadores y su audiencia hayan de desarrollar primero los términos y los conceptos para discutir de manera objetiva un tema peligroso. 

  No solo sería peligroso para la armonía social el que los criterios raciales fueran aceptados abiertamente, sino que el mismo Nicholas Wade, en sus planteamientos un tanto tendenciosos, demuestra que estas “formas de conocimiento” son peligrosas a todos los niveles, incluso para los estudiosos que abordan el asunto, pues se diría que pueden también verse arrastrados a sacar conclusiones erróneas.

  Véase:

África ha absorbido miles de millones de dólares en ayudas a lo largo del último medio siglo y aun así, hasta un reciente arrebato de crecimiento, su nivel de vida se ha estancado durante décadas. En cambio, Corea del Sur y Taiwán, que eran casi igual de pobres al inicio del período, han experimentado un resurgimiento económico. ¿Por qué han sido capaces estos países de modernizarse tan rápidamente, mientras que otros lo han encontrado mucho más difícil? (…) A principios de la década de 1960, Ghana y Corea del Sur tenían economías similares y parecidos niveles de producto interior bruto per cápita.

[Existe] una nueva posibilidad: que en la base de cada civilización haya un conjunto particular de comportamientos sociales evolucionados que la sostiene (…) Ello explicaría por qué es tan difícil transferir instituciones de una sociedad a otra.

  ¿Se imagina alguien lo que sucedería si las Naciones Unidas u otras instituciones influyentes a nivel mundial aceptaran semejantes “formas de conocimiento nuevo”? Y lo peor de todo es que hay muchas otras explicaciones plausibles para  este fenómeno de desigualdad del desarrollo económico entre los pueblos. Lo más probable es que no se trate ni de instituciones ni de comportamientos genéticamente heredables, sino de pautas de comportamiento que se transmiten culturalmente de la misma forma que un niño criado en una familia disfuncional parte con una grave desventaja a la hora de convertirse en adulto.  Hace cincuenta años, Ghana y Corea podían ser parecidos a nivel de producción económica, pero no lo eran a nivel cultural (por ejemplo, el confucionismo predispone a la gente a obedecer a la autoridad centralizada, y no así las tradiciones tribales del África subsahariana).

   Sin embargo, nada de esto quiere decir que, en términos generales, el planteamiento del libro esté desencaminado, porque las razas existen, muchas pautas de comportamiento sí que son heredables, y es por tanto posible que se hereden por grupos de forma parecida a como se heredan otras características tan evidentes como el color del pelo o la estatura.

Los genes especialmente afectados por la selección natural controlan no sólo rasgos esperables, como el color de la piel y el metabolismo nutricional, sino también algunos aspectos de la función cerebral, aunque de maneras que todavía no se comprenden bien.

  Aunque de ello no hay nada confirmado, y menos todavía en cuanto a que sea significativo en lo que se refiere al desarrollo político y económico de los pueblos (no se justifican las conclusiones extremas que Wade deja caer en numerosos párrafos de este libro).

  La demostración de que no solo se heredan características físicas, sino también psicológicas (también las características psicológicas son características físicas, pues el cerebro es un órgano más del cuerpo humano) la tenemos a nuestro alrededor, la conocemos desde hace milenios por la domesticación de animales a fin de maximizar características escogidas de su comportamiento.

El hecho de que pueda domesticarse a los animales es una prueba de que el rasgo puede ser modulado por las presiones selectivas de la evolución.

Como los animales en proceso de domesticación, los humanos perdieron masa ósea porque la agresividad extrema ya no suponía las mismas ventajas de supervivencia

  Aquí se apunta la trascendente evidencia de que la humanidad en el pasado procedió a un proceso de “autodomesticación”, seleccionándose los individuos cuyas características de comportamiento se adaptaban mejor a las nuevas exigencias de la vida cooperativa.

Cambios importantes en la sociedad humana, como la transición desde la caza y recolección hasta una vida sedentaria, estuvieron casi con toda seguridad acompañados por cambios evolutivos en el comportamiento social a medida que la gente se adaptaba a su nueva forma de vida.

La naturaleza agresiva e independiente de los cazadores-recolectores, acostumbrados a confiar sólo en sus parientes próximos, tuvo que ceder ante un temperamento más sociable y a la capacidad de interactuar pacíficamente con un número mayor de personas

La gente tuvo que domesticarse a sí misma, al matar o condenar al ostracismo a los individuos que eran excesivamente violentos (…) Los individuos cuyo comportamiento social esté mejor armonizado con dichas instituciones prosperarán y dejarán más hijos

  Sin embargo, casi todas las razas actuales proceden de poblaciones que llevan practicando la agricultura y la vida sedentaria desde hace cientos de generaciones. El gran cambio quedó muy atrás en el tiempo para todos.

  A pesar de eso, Nicholas Wade insiste en la probabilidad de que los pequeños cambios hayan seguido produciéndose y que sean importantes.

Aunque las diferencias emocionales e intelectuales entre los pueblos del mundo como individuos son muy leves, incluso un pequeño cambio en el comportamiento social puede generar un tipo de sociedad muy diferente.

  No hay ninguna certeza de esto, y en ocasiones el mismo Nicholas Wade reconoce que es dudoso que sea así.

Los logros de una sociedad, ya se trate de la economía o de las artes o de la preparación militar, se basan en primer lugar en sus instituciones, que en esencia son en gran medida culturales. Los genes pueden empujar levemente el comportamiento social en una dirección u otra

Afirmar que la evolución ha desempeñado algún papel en la historia humana no significa que dicho papel sea necesariamente prominente, ni siquiera decisivo. La cultura es una fuerza poderosa, y las personas no son esclavas de propensiones innatas

  Y el hecho es que no resulta nada convincente, por ejemplo, la opinión de Wade acerca de por qué el proceso civilizatorio ha resultado mucho más exitoso en Europa que en China. Se parte del hecho de que, por una parte, hay grandes sospechas de que los chinos disponen de una capacidad intelectual superior a la de los europeos, a lo que se suma al sorprendente desarrollo de la civilización china hasta hace quinientos años. Entonces llega la cuestión de por qué ellos imitan ahora los usos culturales de Occidente y no nosotros los suyos. ¿Habrá un problema hereditario de otro tipo, aparte de la inteligencia?

China consiguió un estado moderno un milenio antes que Europa. (…)Además de un ejército, sistemas de recaudación de impuestos, registro de la población y castigos draconianos, China poseía otra institución, que Max Weber consideraba que era la marca definitiva de un estado moderno, la de una burocracia impersonal elegida en función del mérito. (…) [Pero] China, con toda su precoz modernidad, nunca desarrolló el imperio de la ley, el concepto de que el soberano debe estar sometido a algún cuerpo de normas independiente

[La] gran desventaja [de China] como estado fuerte es que se halla indefensa ante un mal emperador, el más reciente de los cuales fue Mao Tse-tung

  Wade pretende hacernos creer que los chinos (la raza china) son portadores de una herencia genética que, a pesar de la probable mayor inteligencia, condiciona desventajosamente el comportamiento social.

Estas diferencias no surgen de ninguna gran disparidad entre los miembros individuales de las diversas razas (…) Surgen de las variaciones absolutamente menores en el comportamiento social humano, ya sea de confianza, avenencia, agresividad u otros rasgos, que han evolucionado en el seno de cada raza durante su experiencia geográfica e histórica. Estas variaciones han establecido el armazón para instituciones sociales de carácter significativamente diferente. Es debido a estas instituciones (que son edificios en gran parte culturales que se asientan sobre una base de comportamientos sociales modelados genéticamente) que las sociedades de Occidente y las de Asia Oriental son tan diferentes, que las sociedades tribales son tan desemejantes a los estados modernos, y que los países ricos son ricos y los países pobres son indigentes.

Contrariamente a la creencia fundamental de los multiculturalistas, la cultura occidental ha conseguido mucho más que las otras culturas en muchas esferas importantes y lo ha hecho porque los europeos, probablemente por razones tanto de evolución como de historia, han sido capaces de crear sociedades abiertas e innovadoras, absolutamente distintas de las disposiciones humanas originales del tribalismo o la autocracia.

¿Por qué sólo Occidente desarrolló una sociedad de esta naturaleza? 

¿Acaso los europeos portan genes que favorecen las sociedades abiertas y el imperio de la ley?

  Si esto fuese cierto, los chinos y asiáticos de Extremo Oriente estarían abocados a seguir viviendo en tiranías y autocracias. Y, sin embargo, japoneses, taiwaneses y coreanos del sur cuentan hoy con democracias sólidas una vez que se les ha dado la oportunidad de vivir de acuerdo con estas instituciones. No parece que su herencia genética les esté llevando a regresión alguna, y a la hora de tratar de demostrar su teoría, el mismo Wade realiza planteamientos que podrían dilucidar la cuestión, pero que no dan resultados…

Gran variedad de datos, que incluyen experimentos con niños muy pequeños, indican propensiones sociales innatas para la cooperación, ayudar a los demás, obedecer normas, castigar a los que no lo hacen, confiar en otros selectivamente y un sentido de equidad.

  Si esto es cierto, si poblaciones enteras están condicionadas en su conducta social por la herencia, ¿por qué no se realizan experimentos con niños muy pequeños procedentes de puntos muy distantes del planeta? Precisamente por ser tan pequeños, no podrían estar influidos por el entorno cultural…

Hay pruebas razonables de que la confianza tiene una base genética, aunque todavía ha de demostrarse si varía de manera significativa entre los grupos étnicos y las razas.

Se sabe que razas y etnias difieren, por ejemplo, en la estructura del gen MAO-A que controla la agresión

  Podría comprobarse, pues, si los bebés de uno y otra raza son más o menos agresivos, más o menos confiados, o más o menos equitativos  en los casos que están relacionados con la conducta antisocial adulta… No se menciona siquiera la necesidad de realizar esos experimentos.

    Por otra parte, Nicholas Wade parece tomar al geógrafo y antropólogo Jared Diamond como ejemplo de los errores de las ciencias sociales “políticamente correctas”. El famoso autor del premio Pulitzer “Armas, gérmenes y acero” considera que han sido los factores geográficos los que han permitido a Occidente alcanzar el mayor grado de desarrollo civilizatorio. Pero en su intento de refutarlo, Wade llega a afirmar que la distinta suerte de los aborígenes australianos y los colonizadores anglosajones demostraría lo contrario…

Si en el mismo ambiente, el de Australia, una población puede operar una economía muy productiva y otra no puede, a buen seguro no puede ser el ambiente lo que es decisivo, tal como afirma Diamond, sino más bien alguna diferencia crítica en la naturaleza de los dos pueblos y de sus sociedades.

  Lógicamente, la “diferencia crítica” consiste en que los colonizadores llegaron al continente con su propia cultura europea (incluyendo, por supuesto, la tecnología) que era muy superior a la de los aborígenes…

  Hay más errores, que demuestran que Wade no puede abarcar un ámbito de conocimientos tan extenso como el que implica averiguar la causa de la desigualdad entre los pueblos…

Las ciudades son un ambiente que recompensa la capacidad de leer y escribir, la manipulación de símbolos y las redes comerciales de confianza elevada. Con la urbanización prolongada, aquellos que dominaban las habilidades de la vida urbana habrían tenido más hijos, y la población habría experimentado los cambios genéticos que efectúan la adaptación a la vida urbana. 

  Esto es muy probablemente erróneo porque las ciudades de la Antigüedad eran tan insalubres que la única forma de mantener la población urbana era con inmigraciones constantes de población rural desplazada, lo que imposibilitaba una urbanización prolongada que permitiese transmitir su supuesta herencia genética. El fenómeno de la insalubridad en las ciudades solo desapareció en los tiempos recientes.

  Más:

La tasa de homicidios en los Estados Unidos, Europa, China y Japón es menos de 2 por 100.000 personas, mientras que en la mayoría de los países africanos al sur del Sahara supera los 10 por 100.000, una diferencia que no demuestra, pero que a buen seguro deja margen para una contribución genética a una mayor violencia en el mundo menos desarrollado

  Esto quizá sea incluso algo peor que un error: la tasa de homicidios de Estados Unidos (particularmente en los estados del sudeste de los Estados Unidos) es muy superior a la de la población del norte de Europa o del Canadá (de promedio, el triple mayor), y se trata de poblaciones con el mismo origen étnico (blancos anglosajones). Eso hace ver que la diferencia  en la tasa de homicidios  es casi con seguridad de tipo cultural.

  Y en general…

Los rasgos [culturales] que persisten [en las minorías étnicas] (…) en una serie de ambientes diferentes y de una generación a la siguiente tienen, desde luego, muchas probabilidades de estar asegurados por una adaptación genética; de otro modo desaparecerían rápidamente al adaptarse los grupos inmigrantes a la cultura dominante de sus anfitriones.

  Por supuesto que sí que desaparecen los rasgos culturales, pero no pueden hacerlo “rápidamente” en la medida en que las minorías étnicas suelen permanecer en sus propios entornos (ghettos) dentro de las poblaciones de acogida, y a que se enfrentan a graves problemas de rechazo social por el mero hecho de llegar como extranjeros.

Aproximadamente el 85% de la variación humana es entre individuos y el 15% entre poblaciones.(…) [Sin embargo,] es un error (…) la afirmación de (…) que la cantidad de variación entre poblaciones es tan pequeña que es insignificante. En realidad, es muy significativa.

  En conclusión, no parece probado en absoluto que sea tan significativa, y con independencia de que alguna vez Wade y quienes comparten sus criterios logren demostrar diferencias relevantes en el comportamiento social entre los diversos grupos étnicos, hemos de seguir enfrentándonos a la búsqueda de una respuesta al problema de por qué unos pueblos se han desarrollado antes y por qué otros se encuentran en graves dificultades para alcanzar sus aspiraciones de progreso social. Resolver ese problema podría llevarnos a soluciones adicionales que contribuyan a continuar al proceso civilizatorio hasta alcanzar la máxima cooperación posible en la sociedad.

Pinker está de acuerdo con Elias en que los principales motores del proceso civilizador fueron el monopolio creciente de la fuerza por el estado, que redujo la necesidad de violencia interpersonal, y los mayores niveles de interacción con otras personas que produjeron la urbanización y el comercio.

   Existiese o no un origen político ("el monopolio creciente de la fuerza por el estado"), está claro que se produjo un desarrollo de mecanismos culturales (tecnología de la mente) en el sentido de más estrategias de autocontrol de la violencia y promoción de las emociones de empatía; esto podría deberse a una combinación del efecto de religiones, instituciones y circunstancias variables del entorno, como geografía y economía. Es probable que hace dos mil años el Imperio Romano eligiese el cristianismo como su nueva religión oficial (de entre la rica oferta de religiones complejas que en esta época estaban desplazando a la muy simple religión estatal romana) como forma de salir del callejón sin salida causado por la desorientación espiritual del mundo mediterráneo. Es posible, incluso, que, de no aparecer el cristianismo, la cultura romana hubiese evolucionado hacia una especie de “confucionismo greco-latino” (¿el estoicismo?), pero en cualquier caso iba a ser una larga evolución de la ideología cristiana la que llevaría a su vez a una ardua elaboración de estrategias del autocontrol de la violencia a cargo del estamento eclesiástico que finalmente desembocó en los cambios de la Baja Edad Media que menciona Norbert Elias en su “proceso de civilización”. A partir de ahí ya tenemos las condiciones que dieron lugar al Humanismo, la Reforma y la Ilustración (por este orden). Un proceso muy largo y complejo, no necesariamente determinista… y muy improbablemente de origen genético.

  Finalmente, recalcar que es todo un acierto por parte de Wade el señalar esta refutación de Darwin a su contemporáneo, el muy peligroso profeta del darwinismo social, Herbert Spencer

La ayuda que nos sentimos obligados a dar a los desvalidos es parte de nuestros instintos sociales, decía Darwin. «Tampoco podríamos detener nuestra simpatía, incluso si lo reclamara la razón pura, sin el deterioro en la parte más noble de nuestra naturaleza», escribió. «Si intencionadamente abandonáramos a los débiles y desvalidos, sólo podría ser por un beneficio contingente, con un mal abrumadoramente presente.»

  Mientras que Spencer  alentaba, muy a lo Nietzsche (y a lo Hitler, que vendría necesariamente después), la eliminación de los seres humanos más débiles y menos intelectualmente aptos, de forma parecida a como se hace en la cría de perros y caballos de raza, Darwin tuvo la agudeza de darse cuenta de que el progreso de la civilización no depende tanto de que se produzcan más individuos inteligentes, apuestos, fornidos y con cualidades propias de los guerreros homéricos, sino de que se desarrollen culturalmente pautas de comportamiento empáticas, antiagresivas y altruistas, que son las que favorecen más la cooperación y hacen así posibles los mayores logros sociales y tecnológicos.

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