lunes, 3 de junio de 2013

“Empatía cero”, 2011. Simon Baron-Cohen

   Simon Baron-Cohen, prestigioso psicólogo, experto, entre otras cosas, en autismo, es autor, junto con algunos colaboradores, de un test para la determinación del "cociente de empatía" que puede hallarse en Wikipedia.

  ¿Qué es la empatía desde el punto de vista psicológico?

La empatía es nuestra capacidad de identificar lo que otra persona piensa o siente

  La importancia de la empatía destaca sobre todo cuando se pretende reducir el problema del "mal" a la sustitución de este término por el de “erosión de la empatía”.

  Sin embargo, es preciso hacer una distinción entre la parte cognitiva de la empatía (cómo entendemos a los demás) y la parte afectiva de la empatía (cómo reaccionamos emocionalmente ante los demás). Esta distinción es la que hace que el test de empatía que  Baron-Cohen y sus colaboradores han elaborado pueda parecer un tanto confuso: un vendedor astuto puede entender cómo sienten los demás y obtener de ello un provecho egoísta que puede ser en perjuicio de los demás (lo que supone algo muy alejado de lo afectivo).

  Un caso curioso a este respecto sería también una experiencia que se relata acerca de la práctica de la empatía por parte de un monje budista que

podría haber aprendido a controlar sus reacciones ante el propio dolor y el dolor de los demás, y entrar gracias a ello en un "estado de hiperactividad en el circuito de empatía" al observar las expresiones faciales de otras personas.
 
Al suprimir los aspectos propios de la matriz del dolor de su cerebro, esto lo llevaría a sintonizar exclusivamente los estados emocionales de la otra persona. Sin embargo, el monje budista respondería con indiferencia ante el dolor que observa.

   En general, la “parte afectiva de la empatía” suele considerarse relacionada con el altruismo, es decir, que el entender cómo se sienten los demás nos lleva a no desear para ellos aquello que no quisiéramos sentir nosotros mismos (la llamada "Regla de oro" de la ética universal).

  De todas formas, el asunto principal de este libro –no demasiado extenso- parece centrarse en los casos de “Empatía cero”, es decir, de personas con trastornos del comportamiento caracterizados por falta de empatía que resultarían socialmente peligrosas en tanto que, al “no entender cómo sienten los demás”  es probable que actúen por su propio provecho sin importarles el daño que ocasionen a otros.

  Simon Baron-Cohen ha estudiado muy de cerca muchos de estos casos y ha descubierto unas cuantas claves al respecto. Resumiendo un poco (y dejando de lado el caso del autismo), son tres trastornos sobre todo los que destacan como propios de los casos de “empatía cero”: psicopatía, narcisismo y "trastorno límite de la personalidad”. Definirlos es más o menos complicado pero, en conjunto, digamos que se trata de personas cuya compañía no es nada recomendable y que, por fortuna, representan sólo una minoría que estadísticamente no supera el dos o el tres por ciento de la población.

  Hoy pueden lograrse mediciones aproximadas de los comportamientos que se acercan o se alejan de estos casos extremos. Se hace mediante tests psicológicos, pero en el futuro sería factible utilizar otros instrumentos:

Gracias a la resonancia magnética funcional puede visualizarse la actividad de diez áreas del cerebro que participan en la empatía.

   No se descartan futuros descubrimientos en cuanto a precisar los orígenes genéticos de los comportamientos más extremos, y en bioquímica también se ha avanzado mucho, al detectarse la implicación de hormonas como la testosterona y la oxitocina en el desarrollo de determinadas pautas de comportamiento.

La testosterona afecta a la empatía (y es claro que las mujeres obtienen puntuación mayor en empatía en diferentes culturas, relacionada esta diferencia con la mayor presencia de esta hormona en el varón).
 

La oxitocina es la hormona del amor o de la confianza, y  también la liberan las madres durante el periodo de lactancia.

  Así pues, estaríamos hablando de una realidad mensurable y, como tal, Simon Baron-Cohen y otros son capaces de exponer en un gráfico en forma de campana los resultados de muestreos concernientes a mediciones individuales de mayor o menor empatía. El grado cero lo ocupan estos casos problemáticos que ya hemos mencionado mientras la gran mayoría de nosotros se encontraría en un determinado término medio.

Tener cero grados de empatía significa no ser consciente de cómo nos aproximamos unos a otros, ni de cómo podemos interaccionar con ellos o anticipar sus sentimientos o reacciones. Pero tener cero grados de empatía no se corresponde con lo que algunos llaman maldad.

  Lo que caracteriza más bien la falta de empatía es que, al no interaccionarse con el otro como persona, se le reduce a la condición de objeto. En el caso de los autistas  

no todo el que trata a los demás como objetos tiene la intención de causar daño.

  Los autistas carecen de empatía y, en su lugar, experimentan fuertes criterios de sistematización (es decir, clasifican automáticamente todo lo que observan de acuerdo con pautas exactas que les proporcionan alguna expectativa de previsibilidad; nos parecen maniáticos). Según Baron-Cohen, como el mundo de los sentimientos no se rige por leyes, escaparía, por tanto, a todo criterio de sistematización, se hace imprevisible, y de ello habrían de generarse graves consecuencias de incomprensión entre autistas y no autistas aun cuando no habría de tratarse de casos de “maldad”, es decir, de daño intencionado, sino que sería más correcto considerarlo como indiferencia. (Con todo, a esto se puede objetar que tampoco es exactamente cierto que los sentimientos sean imprevisibles y no se rijan por leyes, si bien las leyes que rigen los sentimientos son de un tipo muy complejo.)

   Planteado así el asunto, y más allá del raro caso de los autistas, es preciso estudiar cómo se origina el comportamiento no empático a fin de corregirlo. Aunque algunas de las tendencias de este tipo pueden depender de la genética o la bioquímica, en su mayor parte el “cero en empatía” tiene por causa las condiciones ambientales. Baron-Cohen acepta la vieja opinión de que el efecto mayor de estas condiciones ambientales a la hora de formar el temperamento tiene lugar en la infancia.
  
El concepto de “apego de seguridad temprana” es un nuevo término para la idea del “tesoro interno”, es decir, la aparición de la seguridad y el afecto durante la infancia, y la huella perdurable de estas condiciones para el resto de la vida.

  Lo relevante de las experiencias afectivas en la infancia se relaciona con un concepto de neurociencia equiparable al del “periodo crítico” o “sensible” en la psicología evolutiva.  Ejemplos de tales períodos críticos (o sensibles) sería el caso del polluelo que rompe el cascarón y se vincula emocionalmente con la primera cosa que ve en ese instante, y también lo sería el caso del niño que, al  no aprender a hablar en la etapa de los cinco a los diez años de edad, sufre por ello daños mentales irreversibles.

   Es mucho lo que puede hacerse en la prevención de tales casos al prestarse la atención debida al desarrollo de la personalidad durante la infancia, pero, incluso si el daño en el entorno ya se ha hecho, existen programas educativos y terapias psicológicas, como el “role playing”, que pueden estimular la empatía, si bien no hay estudios sistemáticos acerca de sus resultados. Una curiosidad mencionada por el autor a este respecto se refiere a

experimentos prometedores con inhaladores nasales de oxitocina
 

  que supuestamente tendrían efectos notables en el comportamiento humano, por el estilo de los "filtros del amor" de los cuentos medievales.

  Quizá lo más original del libro es que, si bien se dedica sobre todo a informar acerca de cómo se desarrollan los comportamientos de “empatía cero”, no puede ignorarse el hecho evidente de que, igual que en un extremo de la curva de campana de la empatía se encuentra a los psicópatas, los narcisistas y los del “trastorno límite de personalidad”, en el otro extremo tendría forzosamente que darse una realidad opuesta. ¿Existe siquiera un nombre que darle a esta supuesta realidad estadística?  Baron-Cohen les dedica un pequeño apartado con un epígrafe en interrogación: “¿existe la superempatía?”. Y es que este asunto no ha merecido aún una exploración profunda.

Los cerebros de personas con un comportamiento altruista aún no se han escaneado. 

  De momento, cada cual puede presentar sus propias opiniones al respecto, como lo hace el autor

Se dice que un estado de súper-empatía sería un estado desagradable, de estado permanente de sufrimiento ante el dolor de los demás, y podría llevar a la depresión.

  Y, naturalmente, la opinión conformista se hace inevitable:
   
Es posible que los niveles de empatía moderados sean mayoritarios porque son los más adaptativos. 

  Lo cual resulta discutible, porque los niveles de empatía muy bajos también pueden ser adaptativos en determinados entornos (por ejemplo, en el hampa, donde la afectividad y el altruismo son reemplazados por determinados “códigos de honor”… que se parecen bastante a los “criterios de sistematización” de los autistas), de modo que niveles muy altos podrían también llegar a ser adaptativos en otros entornos o subculturas. Estaríamos hablando entonces, como siempre que nos referimos a expresiones emocionales colectivas, de diferencias culturales, diferencias entre la cultura convencional de hoy (que exige un nivel de empatía moderado), la subcultura del hampa (que exige un nivel de empatía bajo) y…  ¿sería posible que llegase a existir una subcultura que exigiera un alto nivel de empatía?, ¿algo así como una “subcultura de la santidad”?

El desarrollo de la empatía sería el mejor sistema para resolver problemas, mejor que las armas, leyes o religiones. Al contrario de lo que ocurre con la religión, la empatía por definición no oprime a nadie.

  En realidad, la religión siempre ha sido un sistema de desarrollo de la empatía, pues la religión supone una expresión conjunta de símbolos que transmiten determinadas pautas emocionales colectivas (que son las que permiten hacer las elecciones éticas). Que esta sistematización de la vida emocional se haya asociado a la opresión no ha de extrañarnos dados los intereses políticos que han hecho uso de las ideologías religiosas, pero lo mismo podría decirse de la tecnología industrial, que ha llegado también a servir para oprimir a las personas. En el fondo, la religión es tecnología de la mente, si bien, hasta ahora, aplicada sólo según tradiciones artesanales culturalmente condicionadas (la religión es a la psicología un poco lo que la alquimia es a la química o el curanderismo a la medicina).

  Desde luego, una organización racional del desarrollo de la empatía podría suponer una solución para toda la humanidad, pero ¿cómo podría llegar a desarrollarse la empatía haciendo uso de los descubrimientos científicos de manera que fuese socialmente aceptada?, ¿podría imponerse sin que ello implicase cambios culturales capaces de vencer las inevitables resistencias?, ¿y este cambio no resultaría, en el fondo, religioso?

  Claro está que especular sobre todo esto resultaría ocioso si el inhalador nasal de oxitocina acaba teniendo un éxito completo…

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