sábado, 15 de abril de 2017

“Vivir la comunicación no-violenta”, 2012. Marshall Rosenberg

La comunicación no violenta es un poderoso medio de comunicación, pero va más allá de eso. Es una forma de ser, pensar y vivir en el mundo. Su propósito es inspirar sinceras conexiones entre nosotros mismos y otras personas –conexiones que permitan que puedan verse satisfechas las necesidades de cada uno gracias a una dación compasiva.

   La “comunicación no violenta” es, más bien, una estrategia de psicoterapia. Y desde luego efectiva –como tantas otras, pues de lo contrario no existirían-. Marshall Rosenberg ha sido una autoridad en ese campo y ha creado escuela. Pero es cierto que su forma de abordar los problemas psicológicos de quienes acuden a su terapia se caracteriza también por ciertas ambiciones humanistas de gran alcance.

Esto es de lo que trata toda la comunicación no violenta: ¿Qué podemos hacer para enriquecernos la vida los unos a los otros?

No hay nada que sea mejor, nada que siente mejor, nada que se disfrute más que usar nuestro esfuerzo en servicio de la vida, contribuyendo al bienestar de otros.


  Dar un determinado sentido a la vida puede ser un paso revolucionario que nos lleve más allá de la vida convencional.  La “No-violencia” en particular supone enfrentarse quizá a la misma naturaleza humana, pues no existen registros de comunidades humanas no-violentas, de la misma forma de que no existe registro de ser humano despojado de agresividad. Las llamadas “religiones compasivas” (las cuales solo empezaron a surgir del budismo en adelante, hace unos dos mil quinientos años) han tratado de predisponer a los individuos a la no violencia como mejor garantía de coexistencia armoniosa. Y es cierto que algún progreso se ha hecho, pues la sociedad humana es hoy –particularmente en algunas regiones del mundo- mucho menos violenta de lo que nunca ha sido a lo largo de la historia y esto se atribuye al éxito de algunas estrategias religiosas con sutiles implicaciones psicológicas en el sentido del apaciguamiento de la agresión (el cristianismo reformado en particular). 

  ¿Qué puede aportar en concreto a tan elevada meta un psicoterapeuta como Marshall Rosenberg? Un psicoterapeuta no es un profeta religioso (y es bueno que no lo sea, pues parece que la religión ya no tiene tanto poder) pero no siendo un profeta, tiene una visión definida de la problemática existencial y de esta visión extrae un diagnóstico.

Me preguntaba por qué alguna gente parece disfrutar con el sufrimiento de otros, mientras otros son exactamente lo contrario (…) Tres factores son muy importantes [a este respecto:] (…) el lenguaje que nos han enseñado a usar, cómo se nos ha enseñado a pensar y comunicar [y] las estrategias específicas que hemos aprendido para influir a otros y a nosotros mismos

   Así pues, el problema de la maldad (agresión, egoísmo, crueldad, resentimiento) tendría que ver con una especie de errónea programación de la conducta que hemos recibido. Otros creen que el origen es más profundo, arraigado en la misma naturaleza humana, en las distintas características propias de la personalidad de los individuos. En cualquier caso, Rosenberg asegura que es capaz de enfrentar cualquier comportamiento agresivo gracias a sus técnicas (y al mensaje humanista que implican). Para él, no hay personas inaccesibles a la comunicación no violenta.

La comunicación no violenta muestra a la gente que nunca se trata de lo que hace otra persona, en lugar de eso, es cómo lo vemos, cómo lo interpretamos. (…) Es tu evaluación de la gente –en  forma de juicios que implican error- lo que causa tu ira

  ¿Y en qué consiste básicamente esta estrategia de la “comunicación no violenta”?

El proceso [de comunicación no violenta] se basa en la asunción de que cualquier cosa que la gente oye sobre nosotros que suena como un análisis o un criticismo (…) nos impide conectar con ellos (…). Este punto de vista sobre la comunicación enfatiza la compasión –más que el miedo, la culpa, la vergüenza, el reproche, la coerción o la amenaza del castigo- como motivación para la acción. En otras palabras, es acerca de conseguir lo que queremos por razones que no lamentaremos más tarde. Parte del proceso es decir claramente, sin análisis, criticismo o reproche, lo que vive dentro de nosotros. Otra parte es decir claramente qué nos haría la vida más maravillosa y presentar esta información a los demás como peticiones y no como exigencias.

  Algo sobre lo que se enfatiza mucho es lo de expresar abiertamente nuestras necesidades (otra forma de referirse a “lo que vive dentro de nosotros”).

Cómo nos sentimos es un resultado de cuáles son nuestras necesidades y lo que está sucediendo con nuestras necesidades.

La comunicación no violenta es un lenguaje muy asertivo. Podemos ser muy claros y rotundos sobre lo que sentimos, cuáles son nuestras necesidades, lo que queremos de otra persona. Sin embargo, somos muy asertivos sin hacer dos cosas que convierten la asertividad en violencia. En la comunicación no violenta, somos asertivos sin criticar al otro. No decimos nada en el lenguaje que en modo alguno implique que la otra persona está equivocada.(…) También (…) [somos] muy asertivos al decir a la gente lo que nos gustaría que hicieran. Pero presentamos esto como una petición, no como una exigencia.


  Reducido todavía más: no juzgar y expresar nuestras necesidades de una forma empática. Lo contrario es cuando

en lugar de ambas partes expresando sus propias necesidades y comprendiendo las necesidades de la otra parte, ambos bandos juegan al juego de quién tiene razón.

  Se trata, entonces, de una serie de ejercicios de expresión, de un lenguaje (hablado y también gestual) que evitaría que se disparen las conductas innatas de agresión. El contenido es, aparentemente, el de siempre, propio de una vida convencional: buscamos nuestro interés en forma de estatus social, apoyo psicológico, placer sexual y otras gratificaciones; lo que cambia es el lenguaje mediante el cual comunicamos nuestras previsibles aspiraciones a aquellos de quienes depende que las consigamos (todos los demás). Usar un lenguaje asertivo pero menos conflictivo. Al desaparecer esa conflictividad inútil, supuestamente contaremos con más posibilidades de alcanzar nuestras metas gracias a la cooperación mutua.

  Así aparece cuando Rosenberg nos relata algunas experiencias en su trabajo como terapeuta:

En lugar de contarme cuáles eran sus necesidades, me dio un diagnóstico de que ella [la esposa, en una disputa conyugal] era irresponsable. Es esta clase de lenguaje el que creo que obstaculiza la resolución pacífica de conflictos.

Nos atascamos en nuestros pensamientos.(…) “¿Qué es lo que hice mal? Soy un padre terrible [un padre cuyo hijo se ha suicidado]”. (…) Esa clase de pensamiento puede durar años y años, y la persona nunca sale de ella. Pero eso no es lamentación. Esto es verse atrapado en el pensamiento moralista, todos esos “debería haber hecho”. No va a ninguna parte. “Soy una persona terrible” es pensamiento estático. Eso es lo que nos atasca


  Es decir, la actitud de “juzgar” y calificar moralmente a la persona (a uno mismo y a los demás). El tener o no razón. El señalar al otro (o a uno mismo) como equivocado.

Todos los juicios son expresiones trágicas de otras cosas

Los juicios que hacemos de otras personas –que causan nuestra ira- son en realidad expresiones alienadas de necesidades no satisfechas
 
Los que practican la comunicación no violenta nunca quieren la aprobación de otros
 
El que practica la comunicación no violenta nunca está de acuerdo o en desacuerdo


   Tales observaciones no carecen de agudeza y es creíble que se apoyen en la experiencia terapéutica pero, por otra parte, el juicio moral, el asignar reputaciones a nuestros semejantes, se considera que ha sido un mecanismo esencial en el progreso civilizatorio. De hecho, parece tratarse de una de las pocas cosas que nos diferencian por completo de los animales: los animales no asignan reputaciones de comportamiento cooperativo o antisocial a los otros individuos de su manada, y debido a eso no pueden imponer nuevos usos más provechosos en la vida en común (no pueden imponer criterios de conducta más prosociales una vez corregidos o eliminados los agentes antisociales a los que previamente se ha marcado con una mala reputación). Por otra parte, los animales sí expresan de forma abierta cuáles son sus necesidades, sin ningún género de dudas. En cierto momento, Rosenberg parece ser consciente de esto

No digo que esté equivocado juzgar a la gente. Lo que es importante es ser consciente de que es el juicio lo que nos pone furiosos

  Y es que parece que el no juzgar y el expresar las necesidades en este tipo de terapia va unido a otros factores.

En situaciones de conflicto, decir a la gente lo que no queremos crea tanto confusión como resistencia

Cuando usamos palabras como “escucha” para expresar nuestras estrategias [resulta que] es demasiado vago. No es un verbo de acción (…) El lenguaje que no es de acción exacerba el conflicto

Pensar que hay cosas tales como “demasiado”, “exacto” o “demasiado poco” es mantener conceptos peligrosos 


Un amigo mío (…) pone este proceso [de organizar la respuesta en un conflicto] en una tarjeta (…). Él suele usarla como una "chuleta" en el trabajo. El jefe vendría a él en una forma juzgamental y él se tomaría su tiempo. Se detendría y miraría esta tarjeta en su mano y recordaría cómo responder

Queremos hacer peticiones claras, asertivas, pero  queremos que la otra gente sepa que estas son peticiones y no exigencias. (…) Puedes notar la diferencia por cómo amablemente se pide. (…) Lo que determina la diferencia entre una petición y una exigencia es cómo tratamos a la gente cuando no hacen lo que les pedimos. 
 
Extiendo mi empatía a una persona que sufre, o está enfadada, o aterrorizada al estar del todo presente en lo que vive en esa persona, sin ofrecerle ningún juicio, diagnóstico o consejo


  ¿Y si todo esto no se tratase, en suma, más que de mostrar un comportamiento benevolente y fiable para conseguir la mutua confianza? No hacer reproches, ser sincero, ser muy cuidadoso y amable a la hora responder a un conflicto, transmitir empatía… Lo que estamos creando así es una atmósfera de racionalidad y benevolencia que forzosamente ha de favorecer la cooperación.

Todos los seres humanos, cuando sufren, necesitan presencia y empatía. Podemos querer consejo, pero lo queremos después de que hemos recibido la conexión empática 
 
Violencia –tanto si estamos hablando de violencia verbal, psicológica o física entre marido y mujer, padres e hijos, o naciones- en su base es que la gente no sabe cómo ponerse en contacto con lo que está dentro de ellos. En lugar de eso, se les enseña un lenguaje que indica que hay villanos ahí fuera, tipos malos ahí fuera que están causando un problema. 
 
  Sobre todo, si estas actitudes benevolentes y constructivas se extienden en nuestro entorno, su efecto será probablemente mayor que si solo las conocemos por la intervención de un terapeuta.

Ayuda ser parte de una comunidad de comunicación no violenta de apoyo. Estamos viviendo en un mundo que juzga, y nos ayuda crear un mundo de comunicación no violenta alrededor de nosotros mismos a partir del cual comenzaremos a crear un mundo mejor.

Realmente solo podemos dar amor en la medida en que estamos recibiendo un amor y comprensión similares. Esto es por lo que recomiendo que busquemos la forma en que podemos crear una comunidad de apoyo para nosotros entre nuestros amigos y otros a quienes podamos dar la comprensión que necesitamos que esté presente en nuestros hijos de una forma que será buena para ellos y nosotros


  No se trataría, quizá, tanto de que se juzgue o no se juzgue, o de que se expresen las necesidades o no, sino de que quienes actúen lo hagan de tal forma que les permita ganarse la confianza de los demás. Y en un entorno racional, solo podemos ganarnos la confianza de los demás si nuestra actitud benevolente queda justificada a todos los niveles. Y es aquí donde aparece alguna incoherencia en el planteamiento de Marshall Rosenberg.

  Por ejemplo, las necesidades expresadas francamente (aunque no se planteen como "exigencias") pueden ser de un egoísmo brutal, y entonces no ganaremos nunca la confianza de los demás expresándolas. ¿Qué confianza puede comunicar un esposo a una esposa si le dice a ésta que desea de ella sumisión y docilidad a la hora de complacerle? La “comunicación no violenta” no puede ser indiferente del contenido. La sinceridad solo comunica confianza cuando nos comportamos como santos, de lo contrario seguiríamos haciendo bien en ocultar nuestras necesidades a los demás. 

  Y en cuanto a la actitud juzgamental, el problema tampoco es que se juzgue o no se juzgue, sino que los juicios han de ser extremadamente exactos (tan exactos, que mejor que en la mayor parte de los casos nos los ahorremos dado el riesgo que implica un juicio precipitado).

  Si vemos esto así, quizá evitemos lo que parecen opiniones y juicios dudosos por parte del mismo Rosenberg.

Amor no es negarte a ti mismo y hacer cosas por otros, más bien es expresar honestamente tus sentimientos y necesidades y recibir empáticamente los sentimientos y necesidades de los otros

  Esto es muy discutible. Si hemos de vivir en cooperación y armonía no siempre vamos a poder permitirnos satisfacer exclusivamente nuestras necesidades. Sí que tendremos a veces que hacer cosas por otros. De hecho, tendremos que estar predispuestos a ello todo el tiempo… en la esperanza de que una actitud semejante se desarrolle también en los demás.

La empatía requiere “aprender cómo disfrutar con el dolor de otra persona” (…) Por supuesto, preferiría experimentar alegría, pero es algo muy preciado estar allí con ellos y con lo que sea que esté vivo dentro de ellos.

  Gozar con el dolor ajeno es cuestionable. ¿Un psicópata podría ser un buen terapeuta? La empatía como espectáculo que enriquece la propia percepción supone también uno de los principales problemas de la psicología budista: uno empatiza pero no actúa, uno se sensibiliza pero permanece pasivo.
 
Cuando pones tu atención a los sentimientos y necesidades de otras personas, no hay conflicto (…) Es por eso que quiero decir que se necesita que la otra persona lo capte. Puedes tener que oír su dolor primero por un momento.

  Pero no es fácil que la gente se exponga vulnerablemente a expresar su dolor… si no te has ganado antes su confianza. No se puede dar en la vida cotidiana la misma relación que cuando un particular acude a un psicoterapeuta que te garantiza su profesionalidad y su confidencialidad.

Usar el lenguaje de la vida requiere valor y elegir lo que tú quieres basado más en la intuición que en el pensamiento

Para estar del todo presente, he de despojarme de toda mi formación clínica, de todos mis diagnósticos, de todo previo conocimiento sobre los seres humanos y su desarrollo. Todo eso da solo comprensión intelectual, que bloquea la empatía.


  La intuición y el “sentido común” son peligrosísimos, pues se forman en un inconsciente que no podemos controlar. Solo un santo hace bien en dejarse guiar por su intuición… y por el sentido común de la santidad.
 
  En suma, el ideal de una vida empática, compasiva, es de lo más atrayente, pero no puede ser compatible con los convencionalismos de una sociedad como la actual que no está aún basada en tales principios de vida más bien santa.

Es un regalo recibir empáticamente, conectar con lo que vive dentro de otra persona, no juzgar. Es un regalo cuando intentamos oír lo que está vivo en otra persona y lo que le gustaría a esa persona

  Para alcanzar ese ideal no basta con buenos consejos y ocasionales visitas al terapeuta. Haría falta un cambio cultural en el sentido de la evolución moral de la civilización (extendiendo a nivel universal actitudes de benevolencia, racionalidad y control de la agresión) y un cambio cultural de ese tipo solo puede producirse –en base a la experiencia de la historia- a partir del desarrollo de sub-culturas de perfeccionamiento moral (monasticismo, sacerdocio, sectas puritanas) que gradualmente influyan en el ethos de la sociedad convencional. Tales sub-culturas, a su vez, requieren, aparte de innovaciones ideológicas, un proceso previo de selección de individuos de determinado tipo de personalidad fuertemente motivados sumado a un cuidadoso proceso de formación psicológica y las correspondientes gratificaciones compatibles con tan alto ideal. 

  Desde luego, estrategas de la psicología del comportamiento como Marshall Rosenberg tendrían mucho que aportar al desarrollo de tales procesos de formación y estructuración de gratificaciones, pero por desgracia lo que sucede con todo este tipo de promotores de la “psicología humanista” (pues Rosenberg mismo se declara entusiasta seguidor de autores hoy clásicos como Abraham Maslow o Carl Rogers) es que pretenden cambiar el mundo sin cambiar la forma de vida convencional (bastante egoísta, competitiva y un tanto alienante) dentro la cual ellos mismos se desenvuelven como prestigiosos profesionales de éxito.

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