martes, 25 de octubre de 2016

“La cultura de la moralidad”, 2004. Elliot Turiel

  A principios del siglo XX, Emile Durkheim, uno de los grandes antropólogos clásicos, expuso con bastante acierto muchos pormenores acerca de cómo la cultura condiciona el comportamiento del individuo. En particular, los hombres de las sociedades más primitivas vivirían, de acuerdo con tal determinismo, una experiencia propia de la moralidad diferente a la nuestra al estar muy delimitada por las concepciones específicas de su entorno cultural, mientras que el hombre civilizado, si bien asimismo se encuentra insertado en el entorno de sus leyes, costumbres e instituciones educativas, contaría con más posibilidades para hacer elecciones morales y dispondría de una predisposición general a la curiosidad y el cuestionamiento de su ocasional falta de libertad para elegir. Diferentes culturas, diferentes moralidades.

  Sin embargo, este enfoque ha sido corregido en buena medida por las investigaciones actuales. Aunque sin contar con el conocimiento, la experiencia ni la flexibilidad de paradigmas del ser humano moderno, el hombre o la mujer de la sociedad primitiva poseen también su propia individualidad pese a vivir dentro de un entorno cultural muy preciso. No se convierten en individuos exclusivamente en cuanto a que forman parte de un grupo, ni su concepción de la moralidad se agota en la especificidad determinada por el grupo.

La posición de Durkheim (…) incluía la asunción de que hay propensiones “naturales” para los individuos a fin de que se vinculen a los grupos sociales. En la visión de Durkheim, como consecuencia de estas propensiones naturales, la vida social es esencialmente armoniosa para los individuos.

  Porque una ventaja que encuentra Durkheim en el hombre primitivo con respecto al hombre de la civilización moderna es que la falta de libertad, en tanto que solo se existe psíquicamente al verse como parte de un colectivo (colectivismo), le proporciona unanimidad de juicio, lo cual garantizaría la armonía social… Ésa es, en general, la visión que los "civilizados" tenemos de la sociedad primitiva y quizá de toda sociedad. Pero no es lo que encuentra el investigador actual.

La gente en una cultura supuestamente estaría de acuerdo acerca de la mayor parte de las costumbres. Dicho simplemente, compartirían una orientación o la otra. Sin embargo, la investigación hecha a lo largo de los años lo ha mostrado de forma diferente. Una sola manera de acercarnos a los asuntos sociales no es muy común. Desde la infancia, la gente forma diferentes tipos de juicios muy diferentes e intenta sopesar y equilibrar diferentes preocupaciones y metas en su mundo social multifacético. Con flexibilidad de mente, las personas típicamente aplican en formas deliberadas su juicio a las particularidades de los contextos sociales

En las culturas llamadas colectivistas, el individualismo está vivo y bien vivo.

En una sociedad no-occidental tradicional los derechos humanos son apoyados [también], pero en algunas circunstancias se subordinan a otras consideraciones sociales y morales

   El psicólogo social Eliot Turiel concluye que el individuo posee sus propios instintos de razonamiento moral que no pueden ser nunca desplazados por la presión del entorno. Tanto si vive en culturas primitivas como en otras especialmente opresivas… o tanto si estamos hablando de un niño al que se pretende condicionar deliberadamente desde la infancia para amoldarse a un marco de costumbres. La realidad es menos culturalmente determinista de lo que pensaba Durkheim.

Los niños no miran a los adultos como las únicas fuentes de autoridad legítima (…) Este tipo de hallazgos [en el curso de experimentos de psicología social] fueron similares en estudios con niños coreanos, donde supuestamente hay mucha reverencia a la autoridad de los adultos, y en estudios con niños de los Estados Unidos, donde supuestamente no se siente una fuerte reverencia por los adultos

  El individualismo tampoco equivale a mera arbitrariedad. Parece evidente, como confirman otros autores, que existe algo parecido a un instinto moral universal, con independencia del entorno donde desarrollemos nuestras vidas.

La mayoría de los niños de todas las edades responden de forma similar, distinguiendo entre cuestiones morales y convencionales con respecto a reglas y autoridad

  Aquí Turiel se refiere a investigaciones en las que se narra a niños de diversas culturas del mundo unas cuantas historias que representan dilemas morales, a fin de conocer sus juicios particulares. Por ejemplo: un niño golpea a otro para arrebatarle un juguete, ¿es algo bueno o malo? La condena moral es unánime y no tanto porque un adulto lo prohíba. Otra historia: unos niños, por el calor, se despojan de la ropa y juegan desnudos a pesar de la prohibición de los adultos, ¿es algo bueno o malo? En el segundo caso, todos los niños, de todas las culturas, distinguen la prohibición convencional de la prohibición moral. Es decir, todos saben que no basta con que los adultos prohíban algo para hacerlo “malo”, y que una cosa es que te castiguen por desobediente y otra que te castiguen por haber hecho algo merecedor de condena moral. Es diferente si se prohíben ciertas cosas poco importantes (convención) o si se prohíbe aquello que es inmoral porque  perjudica a otros.

Las convenciones son comportamientos compartidos (uniformidades, reglas) cuyo significado es definido por el sistema social en el cual están enmarcadas. En consecuencia, la validez de las convenciones está en sus vínculos con los sistemas sociales existentes. La moralidad se aplica a los sistemas sociales, pero contrasta con la convención en que no está determinada por las uniformidades existentes.

  Se producen cambios en el comportamiento moral a medida que se desarrolla la personalidad de un niño, que luego es adolescente y después es adulto, pero no debemos caer en la equivocación de que cada etapa suponga el cambio total de la concepción ética

La expectativa sería que, con la edad, la gente cooperará, compartirá y será complaciente mucho más y se meterá en conflictos y controversias mucho menos. La evidencia no está de acuerdo con esta expectativa, ya que la co-ocurrencia de las dos orientaciones [por el interés propio y por el interés común] se produce en la infancia más tardía, en la adolescencia y en la adultez

  Más aún, incluso el transgresor –adulto- reconoce la existencia de la moralidad. Todo aquel que se apropia de lo que no le pertenece o abusa del inocente asegura obrar en su derecho. No existe el transgresor cínico (recordemos que un “cínico” propiamente… es un filósofo).

En los sucesos de tipo moral, un transgresor y una víctima pueden estar en desacuerdo sobre por qué ocurrió un acto o quién lo ha instigado. Sin embargo, ambos lo ven como un caso moral. Raramente sucede, por ejemplo, que una víctima diga que lo ocurrido fue un asunto de justicia, mientras que el transgresor lo ve como un asunto convencional

    En el caso concreto del determinismo cultural de la moralidad, se ha de evitar también el famoso “etnocentrismo” aplicado a la consideración de que ciertos supuestos avances humanistas (sobre todo, la exaltación de la libertad personal y el juicio crítico independiente) corresponden en exclusiva a la cultura occidental.

La gente en las culturas tradicionales sí que hace juicios acerca de la justicia y los derechos, junto con juicios acerca de libertades, independencia y autonomía personal

  Claro que quizá es esto lo que explica el éxito de la política democrático-liberal en el mundo entero y no tanto el imperialismo…  Podríamos incluso concluir que, si existe un determinismo, no es el de una cultura en particular, sino un determinismo moral de la misma condición humana. ¿No resulta sorprendente, por ejemplo, que hayan sido precisamente individuos y ciertos grupos de personas formadas en las clases altas los que han impulsado eficazmente las innovaciones políticas en el sentido de la justicia social? Porque en apariencia las clases superiores siempre sostendrán sus privilegios, y así parece a simple vista, y sin embargo…

No estoy (…) sugiriendo que la gente en las posiciones más bajas en la jerarquía social se oponga a la cultura o sociedad, y que los que están en la posición más alta la sostienen. Más bien, los individuos típicamente hacen ambas cosas, frecuentemente con conflicto interno y ambivalencia.

  La evolución cultural –y moral, y social- es, pues, algo más que un conflicto entre clases o entre naciones con diferentes culturas o entre adultos y adolescentes, supone un conflicto interno de la psicología moral individual que afecta a todo el género humano en su conjunto.

Los hallazgos de la investigación de las actitudes y juicios acerca de derechos y comportamientos en los experimentos de psicología social no apoyan la idea de una orientación o carácter general moldeado por la sociedad

Los individuos, si bien son influidos por las tradiciones sociales, construyen sus juicios a través de sus interacciones sociales.

  Y en esto se llega a una cuestión fundamental ya avistada por muchos antropólogos: si las culturas ancestrales nutren al individuo de su visión de la moralidad, ¿cómo pueden llegar a producirse cambios?

La gente activamente participa en la construcción de juicios morales, y pueden posicionarse aparte y tomar perspectivas críticas que frecuentemente les lleve a la subversión y a esforzarse por el cambio

Mensajes conflictivos, ambigüedad y cambio se hallan en todas las sociedades, incluidas las “tradicionales”

  Así, pues, toda cultura, por muy primitiva o ancestral que nos parezca, se halla permanentemente en conflicto y cambio. Hasta hace poco, sin embargo, los cambios y convulsiones dentro de las culturas primitivas (sin agricultura, sin escritura, sin religión organizada) han debido de tener un carácter cíclico (cambios de costumbres reversibles a lo largo de generaciones). Solo con las civilizaciones han aparecido los cambios irreversibles, tal como sucede en el mundo actual, donde resulta impensable, por ejemplo, un retorno a la esclavitud o a los sacrificios humanos.

   Las clases sociales más desfavorecidas siempre han debido aspirar a una mejora de su situación, si bien esta mejora solo ha comenzado a producirse a partir de cambios históricos relativamente recientes (no debe sorprendernos que los individuos menos privilegiados de las culturas primitivas asumieran la insatisfacción: también hoy coexistimos con ella… pero coexistir con la insatisfacción no es lo mismo que “acostumbrarse” a ella).

Una cuestión central es si ciertas prácticas son, de hecho, aceptadas generalmente dentro de una cultura. En particular si son aceptadas las prácticas culturales por aquellos en las posiciones más bajas de la jerarquía

La investigación de la psicología del desarrollo ha sostenido la proposición de que los seres humanos en las diversas culturas razonan sobre el bienestar, la justicia y los derechos. Desde una perspectiva psicológica, sería también de esperar que los miembros de la mayor parte de las culturas apliquen conceptos de justicia, derechos, tolerancia y libertad a las condiciones existentes de desigualdad, opresión y la negación de derechos

   ¿Se considera que todos los individuos integrados en todos los grupos sociales de todas las culturas del mundo han tenido y tienen las mismas aspiraciones de la sociedad liberal de occidente? Los comentaristas occidentales de otros tiempos (el siglo XIX por ejemplo) aseguraban que existían “pueblos de esclavos” o “pueblos bárbaros” amoldados a costumbres morales de tipo brutal, que consideraban como justo lo que los occidentales tienen por injusto, que daban por buena la esclavitud, la tortura o la arbitrariedad de los poderosos. Que eran “pasivos”, “fatalistas”, “crueles” o “viciosos”… dependiendo del rol social asignado. Por el contrario, la visión de Elliot Turiel parece hasta cierto punto universalista, identificando una visión general de las relaciones de moralidad por parte de los individuos dentro de cualquier sociedad.

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