domingo, 7 de abril de 2013

"Los orígenes de la civilización”, 1936. Gordon Childe

  Arqueología o antropología, “Man makes himself” (“el hombre se hace a sí mismo”) que es el título original de “Los orígenes de la civilización”, es un libro de divulgación científica para el gran público escrito en una época tan crítica para la historia del siglo XX como fue el período de entreguerras. Esto se hace evidente en algunas de sus carencias, pero al mismo tiempo le da un valor especial, porque la idea de evolución de la humanidad, del progreso y el sentido de la Historia humana eran cuestiones en absoluto restringidas a las élites cultivadas de la época. El mismo libro menciona

la filosofía fascista, expuesta más abiertamente por Herr Hitler… que identifica el progreso con una evolución biológica concebida en forma mística.

   Y es que tal fenómeno no era algo aislado, sino que se relacionaba con las especulaciones de la eugenesia y con las ideas imperialistas referentes al “progreso” y las de lucha de clases del marxismo, todas ellas generadas a su vez a partir de una determinada ideología global, propia de la época, que llegó a ser difundida a las masas arropándose, supuestamente, en el prestigio de la ciencia.

  Pero no fueron ciertamente los científicos los responsables de estas ideas. Los científicos, en su gran mayoría honestos y equilibrados, buscaban iluminar el camino a quienes, tras ellos, realizaban los diseños ideológicos, pero estas interpretaciones posteriores siempre se encontraban dependiendo de cosas mucho menos diáfanas que la luz aportada por el minucioso trabajo de los especialistas.

  En el caso de “Los orígenes de la civilización” son los datos arqueológicos los que quedan a disposición de los eruditos y estudiosos a fin de que pueda hallarse una definición aproximada de la naturaleza humana y de las posibilidades de mejora social en el futuro. 

  ¿Existe el “progreso”?: lúcido y precavido, Gordon Childe no niega esta posibilidad, aunque la determinación de tal asunto quedaría fuera de la ciencia, lo que acaba forzando formulaciones ambiguas. Al menos, el aumento de población y el triunfo de la especie humana sobre los otros vertebrados superiores pueden interpretarse como una forma de progreso, de éxito biológico del Homo Sapiens.

  Sigue sin estar claro qué fue lo que llevó al ser humano a realizar sus proezas culturales (aparición de la tecnología, el arte, nuevas formas sociales, la escritura, la ciencia…) y, a falta de otra cosa, nos atendríamos a la mayor abundancia de alimentos así obtenidos. Pero incluso esto es hoy discutido cuando se ha descubierto que los cazadores-recolectores no se alimentaban tan mal, de que disponían de más horas de ocio y de mayor abundancia de grasa y proteínas que los primeros agricultores. Y la consideración de que el mero aumento de la población derivado de la práctica de la agricultura hubiera sido el auténtico incentivo para un cambio tan fundamental implicaría otras preguntas, ¿para qué era deseable desde el punto de vista biológico el aumento de población? Esta respuesta no podemos obtenerla del libro de Gordon Childe.

  Una idea que sí se nos plantea es la crítica al “conservadurismo”. Según Childe

La carga muerta de conservadurismo que es, en gran manera, una aversión cobarde y perezosa a la actividad enérgica y penosa del verdadero pensamiento, ha retardado indudablemente el progreso humano.(…) El progreso ha consistido fundamentalmente en la mejora  y en el ajuste de la tradición social transmitida por medio del precepto y el ejemplo.

  Así tenemos que el autor, a pesar de sus dudas iniciales, sí parece tener una cierta idea de lo que es el progreso (“mejora de la tradición social”),  que equivaldría al desarrollo de la tecnología, el pensamiento abstracto y una forma de vida más cooperativa y cómoda para los individuos.

   Sin embargo, hay una contradicción entre algunos elementos de los que se destacan como fundamentales en la civilización y otros que resultarían ser obstáculos. Por una parte, para que exista desarrollo tecnológico es imprescindible que exista una previa acumulación de capital, es decir, que se produzcan recursos económicos sobrantes que a su vez permitan a algunos individuos dedicar su tiempo a tareas propias del “obrero especializado” (constructor, metalúrgico, carpintero). Sin embargo, para que esta acumulación se dé, parece inevitable la división de la sociedad en clases, de modo que unos poderosos, en lugar de repartir sus excedentes, los concentren en su poder a fin de poder utilizarlos en base a su propio criterio.

  Así, se nos dan los ejemplos de las dos grandes civiizaciones de la Antigüedad, Egipto y Mesopotamia: en cada una se crearon estructuras de poder que permitieron acumular recursos suficientes para emprender obras públicas. En Mesopotamia predominaba el poder de los sacerdotes y en Egipto existía un monarca que, supuestamente, habría sido en un principio un hechicero exitoso y carismático.

El progreso fue sólo posible gracias a la acumulación de capital por las clases privilegiadas y el poder real o sacerdotal. La concentración de riqueza supuso también la degradación económica de la masa de la población. Las obras públicas pudieron mejorar el sector primario, pero los campesinos quedaron colocados a una situación social equivalente a la de esclavos o siervos. La sociedad se dividió en clases económicas, de forma mucho más visible que en el neolítico.

  Y he aquí la paradoja:

La división de clases debe de haber retardado el progreso. Difícilmente se podía esperar que las clases dirigentes patrocinaran la ciencia racional.
 

  Podemos aceptar, también hoy, que esta situación de callejón sin salida condenase a las civilizaciones egipcia y mesopotámica a la extinción, al ser vencidas por otras que desarrollarían formas sociales más flexibles.

  Pero quizá Childe se excede un poco al oponer el conservadurismo del mundo mágico de las antiguas religiones a una idea de “progreso” y “ciencia racional” más moderna. Recordemos que la “magia” era para aquellos hombres tan racional como la ciencia actual lo es para nosotros. Al no tener a un Newton o a un Einstein que impusieran sus descubrimientos como revelaciones, habían de conformarse con sus tradiciones míticas.

   Con todo, en el libro se nos informa de varios detalles realmente notables en cuanto al desarrollo del conocimiento racional. Por ejemplo, que los antiguos cirujanos parecen haber estado mucho más adelantados que sus contemporáneos médicos, ya que, mientras que los médicos atribuían toda enfermedad a brujería (igual que hacían los cazadores-recolectores), los cirujanos  tomaban una actitud muy diferente:

Se conservan tratados de cirugía, sin fórmulas mágicas, con observaciones objetivas y que confían enteramente en remedios materiales y manipulaciones.

   Y es que los cirujanos tenían un estatus inferior al de los médicos, y se les consideraba trabajadores manuales especializados, alejados de la sabiduría de la magia y la religión (no hemos de olvidar que el obrero manual, en general, era despreciado en esta época mientras que eran el soldado, el sacerdote y el escriba los que recibían el prestigio).

  Otro detalle interesante es éste:

Un alto funcionario egipcio de 1500 AC se jactó de haber descubierto la relación de diferencia entre la duración de la noche durante el invierno y el verano. Es notable que la invención se debiera a un funcionario que no tenía tal cometido por profesión y que se enorgulleciera por ello.

  Esto supondría “indicios de progreso” que civilizaciones menos conservadoras continuarían: civilizaciones en las cuales la profundización en los conocimientos técnicos no estaría meramente relacionada con la resolución de problemas prácticos, siempre subordinados a un sistema ideológico irracional, sino con un genuino deseo de saber en tanto que la sabiduría racional sería merecedora de prestigio.

  Un aspecto positivo de esta obra de divulgación de Gordon Childe es que no cae, como muchos libros de esta época, en la debilidad de amontonar juicios admirativos ante las conquistas de las primeras civilizaciones, sino que, por el contrario, el autor no se olvida de señalar las insuficiencias de los conocimientos de la época, como el que, en el intento de resolver problemas aritméticos con aplicaciones prácticas, los babilonios hicieran equivaler el valor de “pi” al número tres (número entero), o que los egipcios, para escribir la cifra “879” necesitasen veinticuatro signos distintos. 

  Y entre los “progresos”, se añade la observación de que la domesticación de animales pudo haber llevado al descubrimiento de la esclavitud por la regla de tres de que los hombres también podían domesticarse, aunque se olvida el mencionar que el descubrimiento de la ganadería conllevó algo quizá incluso peor que eso: la aparición de las epidemias.

    Finalmente, subrayemos algunas peculiaridades de este libro escrito en 1936 con respecto a nuestros conocimientos actuales.

La generalización de las tumbas de grandes piedras se explica de un modo plausible como repercusiones de las creencias por aquel entonces formuladas en Oriente. (…) Emplear las religiones bárbaras contemporáneas como testimonios de la religión de Egipto o Próximo Oriente hace 5000 años sólo sería posible  si quedara eliminada la difusión de las ideas. 

  Esto es un error muy grave. Atribuir la construcción de grandes monumentos como consecuencia de la “difusión de las ideas” implica omitir por completo la aparición de creaciones similares en la América precolombina. De hecho, algunos hablan de estas civilizaciones del otro lado del Atlántico como “El otro planeta Tierra”, ya que su evolución independiente nos proporciona una formidable oportunidad de estudiar el desarrollo humano en experiencias paralelas bajo condiciones medioambientales diferentes. En realidad, hoy ya no podemos tener dudas al respecto de que construir pirámides es una tendencia innata del hombre civilizado tanto como descubrir la escritura, la astronomía y el número cero, invención esta última que conocían los mayas y que, según se nos informa en este libro, los mesopotámicos no llegaron a descubrir hasta el año 1.000 antes de Cristo.

  Otros “errores” nos pueden incluso hacer reír (aunque la cosa no tiene tanta gracia si pensamos en cuál era la realidad propia del mundo del año 1936), como es el caso de esta observación referida a los primeros trabajos de alfarería que habrían estado a cargo, supuestamente, de las mujeres:

Las mujeres son particularmente desconfiadas cuando se trata de innovaciones radicales.

  En un sentido muy diferente, nos resulta llamativo y representativo de la época el siguiente párrafo:

Se supone que la evolución de nuevas formas de vida y de nuevas especies de animales es el resultado de la acumulación de cambios hereditarios en el plasma germinativo. (La naturaleza exacta de estos cambios es algo que se encuentra tan oscuro para los científicos, como pueden serlo las palabras “plasma germinativo” para el lector ordinario).

   Lo valioso de esta mención al “plasma germinativo” es que el desconocimiento en 1936 de la constitución biológica de la genética en general y del ADN en particular, no impedía dar por sentado el mecanismo de la evolución.

  En el libro tampoco falta la mención al cráneo de Piltdown (famoso fraude de la paleoantropología temprana), datos erróneos sobre todo en lo que se refiere a la antigüedad del período paleolítico, y el que se utilice varias veces el término “raza” en los casos en que hoy utilizaríamos los de “pueblo” o “cultura” que serían para nosotros mucho más tolerables. Sin embargo, todo este libro ya partía de una idea acerca de la evolución de las culturas equiparable a la actual, y todavía hoy podemos extraer de él numerosos datos valiosos que pueden ayudarnos a la hora de intentar comprender la naturaleza humana.

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