lunes, 19 de agosto de 2013

“La edad de la empatía”, 2009. Frans de Waal

  Ya en el siglo XIX los pensadores más esclarecidos (y entre ellos algún famoso, como Friedrich Engels) se dieron cuenta de que sería difícil averiguar la naturaleza profunda del ser humano si antes no se llevaba a cabo un estudio del comportamiento de nuestros parientes animales más próximos, los antropoides, también llamados “grandes simios”. Los especialistas en este tipo de animales son llamados “primatólogos” y actualmente uno de los más respetados y mejor preparados es Frans de Waal.
 
  En este libro, de Waal nos señala cuántas similitudes existen entre el comportamiento emocional humano y el de los grandes simios, hasta el punto de que comenta

soy escéptico en lo que respecta a la existencia de líneas divisorias nítidas entre características de especies. Las características especiales no pudieron evolucionar de golpe sin ningún puente con otros animales. 

  Muchas de las características psicológicas consideradas propiamente humanas aparecen también en el comportamiento de los grandes simios (y a veces en animales de otras especies). Por supuesto, la agresión, la rapacidad sexual, el abuso, la jerarquía y la dominación masculina se dan tanto entre los grandes simios como entre los humanos, pero se señala que esto sucede también con la empatía, es decir, con la capacidad del ser humano para compenetrarse psicológicamente con los extraños

La biología se esgrime a menudo para justificar una sociedad basada en principios egoístas, pero estar en sintonía con otros, coordinar actividades y cuidar de los necesitados no son rasgos exclusivos de nuestra especie.

Entre los chimpancés, si un ejemplar recibe comida, en cuanto un animal se la apropia raramente se la arrebata otro. Existe un respeto por la propiedad. Hasta el macho más dominante permite que la hembra de rango más bajo conserve su comida. (…) Los dueños de la comida comparten su posesión con sus mejores amigos y familiares. (…) Los chimpancés cuidan también de sus congéneres heridos. El parentesco no es obligatorio para que los chimpancés cooperen estrechamente.(…) La cooperación se basa en el mutualismo y la reciprocidad, lo que coloca a los chimpancés más cerca de nosotros que de los insectos sociales. La vida social del chimpancé se beneficia enormemente de la labor policial de los machos. Todo comportamiento orientado al grupo –mediación, desarme, policía- sirve a los individuos que lo llevan a cabo. Así ganan popularidad y respeto en el grupo

   Estas similitudes con el comportamiento humano abarcan incluso a la llamada “teoría de la mente”

Un chimpancé arrebataba su comida a otro. Este intentaba ocultar la comida que se le daba para que no se le arrebatase. El otro comenzó a actuar como si sospechara la acción de ocultamiento. La clase de perspectiva que solemos llamar “teoría de la mente”. (…) Hay dudas de que ningún animal, incluidos los humanos, capten el estado mental de otra persona a nivel teórico. Lo que hacen podría ser leer el lenguaje corporal y a partir de ahí adivinar sus intenciones. (…) La expresión “teoría de la mente” se refiere a la capacidad de reconocimiento de los estados mentales ajenos.

   (Por cierto que, en el ejemplo dado, encontramos uno de esos excepcionales casos en el que un chimpancé sí le arrebata la comida a otro, según lo mencionado en el párrafo anterior "Entre los chimpancés, si un ejemplar recibe comida, en cuanto un animal se la apropia raramente se la arrebata otro", lo que parece demostrar la riqueza y variabilidad del comportamiento entre los grandes simios).

  En este libro sólo se echa en falta una mención a alguna similitud entre humanos y animales también en lo referente al pensamiento simbólico (que parece que también existe) pero, en cualquier caso, queda fuera de toda duda que la capacidad para reconocer la propia identidad, una característica psicológica fundamental que en el ser humano surge en la primera infancia, también se da en otras especies.

Los bebés humanos no se reconocen en un espejo hasta que llegan a una edad entre dieciocho y veinticuatro meses. (…) Existe una élite cognitiva de animales que se reconocen ante el espejo. (…) Los elefantes tienen la misma capacidad de reconocerse en el espejo que las personas, los delfines y los antropoides. Todos los mamíferos capaces de reconocerse en el espejo tienen cierto tipo especial de neuronas. (…) Las lesiones en la región del cerebro donde se concentran las neuronas VEN se traducen en una clase especial de demencia caracterizada por la pérdida de la perspectiva ajena, la empatía, el compromiso y la orientación de futuro.(…) La densidad y distribución de estas células es más semejante al ser humano en el caso del bonobo, el chimpancé enano.

   Igualmente, el uso de la memoria con funciones sociales puede variar de unos animales a otros

Se desconoce cuánto tiempo tienen los monos los favores recibidos en la mente. Su reciprocidad podría ser meramente actitudinal, en el sentido de reflejar actitudes inmediatas. Si los otros son amables, ellos también lo serán. (…) Algunos animales (incluidos los humanos) siguen un sistema más complejo, registrando los favores en una memoria a largo plazo. Algunos chimpancés parecen poder hacerlo.

  ¿Podemos extraer conclusiones acerca de las posibilidades futuras del desarrollo de las cualidades psicológicas humanas más benéficas y cooperativas?

Somos animales grupales: altamente cooperativos, sensibles a la injusticia, a veces beligerantes, pero principalmente amantes de la paz. (…) Animales que se mueven por incentivos, que están pendientes de la jerarquía, el territorio y el sustento. (…) Nuestra especie tiene una cara social y otra egoísta.

  Una idea fundamental ha de servirnos de punto de partida

El autocontrol es lo que nos hace humanos. (…) Las metas de la sociedad no pueden derivarse de las metas de la naturaleza. Pretenderlo es lo que se conoce como “falacia naturalista”

  ¿Autocontrol sobre qué?: sobre nuestras pautas psicológicas instintivas. Pero el instinto abarca también las relaciones sociales. El autocontrol implica el uso de disposiciones biológicas cooperativas y su perfeccionamiento emocional a través de la cultura

Los seres humanos deben estar equipados biológicamente para funcionar de forma eficaz en numerosas situaciones sociales sin una excesiva dependencia de los procesos cognitivos. Sobre la asistencia hasta el sacrificio no son válidos planteamientos como “si yo lo ayudo ahora, él me ayudará a mí en el futuro”, sólo las emociones inmediatas pueden hacerle a uno abandonar toda precaución. Esto pasa también con los chimpancés. Sólo que los humanos captamos lo que otros sienten y pueden necesitar de manera más completa que cualquier otro animal.

  La agresividad es sin duda el gran peligro, pues dificulta la cooperación, pero, por fortuna, disponemos de otros instintos que la compensan

En el dominio de la empatía y la compasión, la evolución ha creado un mecanismo automático que funciona con independencia de que nuestros intereses más directos estén o no en juego. La empatía se desarrolla en todos los seres humanos siempre que la sociedad cuente con ella y se esfuerce en fomentarla y desarrollarla.

  Instintos benéficos que no son, pues, creación humana

Los mamíferos han sido dotados de poderosos impulsos para cuidar de los jóvenes vulnerables. La empatía comenzó probablemente con el nacimiento del cuidado parental en la evolución de los mamíferos. El vínculo más crítico es el que se establece entre madre e hijo. Este vínculo proporciona la plantilla evolutiva para los otros vínculos

   Al final, aunque sea una cuestión de diferencias cuantitativas más que cualitativas, sí que parece que podemos definir qué es lo que nos hace humanos más allá de las emociones básicas que compartimos con los animales más desarrollados

Los monos son probablemente incapaces de proyectar los efectos de sus acciones en el tiempo y en el espacio. Un humano puede experimentar placer imaginando el bien que ha hecho a un desconocido en un país lejano, pero un mono sólo puede hacerlo si el beneficiario es visible. La especie humana es única en cuanto a mantener lazos con los parientes mucho después de que se hayan dispersado. Nuestra capacidad de imitación es mayor que la del resto de los primates. La compasión difiere de la empatía en que es proactiva. Refleja una preocupación por el otro y un deseo de mejorar su situación.

  Frans de Waal nos da algunas claves acerca de cómo ha podido evolucionar la empatía, el altruismo y la cooperación instintiva entre los seres humanos y nuestros parientes más próximos en el mundo animal

La hipótesis de coemergencia supone que la preocupación por los otros debería surgir junto con el "yo". La transferencia del humor a través de las expresiones faciales y el lenguaje corporal y compartir emociones a diario lleva a un miembro de la pareja a “internalizar” al otro y viceversa.(…) La mortalidad se eleva durante los seis meses posteriores a la pérdida de la pareja, y más en los varones que en las mujeres. En psicología, un ejemplo de “autonomía motivacional” podría ser el sexo, que en los seres vivos favorece la reproducción como consecuencia de la búsqueda de placer, pero que puede practicarse por todo tipo de motivos en las sociedades complejas.(…) La benevolencia humana se aplica también en una gama de circunstancias más amplia que aquella para la que evolucionó en primera instancia: eso es autonomía motivacional. El origen de la empatía y la compasión podría estar en la sincronización de los cuerpos: correr cuando otros corren, reír cuando otros ríen.(…) La sincronía inconsciente está tan arraigada en nosotros como en los animales. El individuo que no se mantenga en sintonía con lo que los otros hacen se verá perjudicado. (…) La sincronía se asienta en la capacidad de ponerse en la piel del otro y hacer propios los movimientos ajenos. El escáner cerebral muestra que nuestros centros de recompensa se activan cuando hacemos algo por los demás.

   El autor hace importantes incisos acerca de la condición humana tal como ha sido vista desde la reflexión a lo largo del tiempo. El parentesco entre hombres y animales ha dado lugar a muchas confusiones interesadas

Fue Herbert Spencer (y no Darwin) quien acuñó la expresión “supervivencia del más apto”. Con la revolución industrial apareció un nuevo estrato social elevado que no podía ignorar tan fácilmente como la aristocracia las aflicciones de los otros. Muchos de los nuevos ricos tenían ascendientes de la clase baja, por lo que estaba claro que eran de la misma sangre que los pobres. (…) Sin embargo, estaban ansiosos por oír que no había nada malo en ignorar a quienes trabajaban para ellos. Es entonces cuando se populariza el punto de vista de Spencer que pretende asegurar que “así funciona la naturaleza”. Kropotkin, por el contrario, argumentó que la lucha por la existencia no es tanto una lucha de todos contra todos, sino más bien de masas de organismos contra un entorno hostil. La cooperación es algo corriente entre los animales.

   Más inteligentes observaciones a este respecto:

Una razón de que la investigación sobre la empatía se haya demorado tanto es que los académicos la veían como un asunto del corazón asociado con el sexo débil.

  Curiosamente, algo de esto parece ser cierto…

Hay diferencias intersexuales en cuanto a la empatía. El contagio emocional (un bebé que llora cuando los otros lo hacen) es más frecuente en las niñas que en los niños. (…) Con la edad, los niveles de empatía de varones y mujeres parecen converger. Las niñas recién nacidas se fijan en las caras más tiempo que los niños, lo que indica una mayor predisposición a la empatía.

  En cualquier caso, la empatía presenta algunos problemas que sólo el aprendizaje cultural puede regular.

La empatía dificulta que hagamos daño a otros, aunque sea por su bien (la tarea, por ejemplo, de un cirujano) La empatía requiere un filtro selectivo y un interruptor. El principal portal de la empatía es la identificación. (…) Si suprimimos la identificación despojando a los otros de su individualidad, definiéndolos como una masa anónima de especímenes, entonces se produce el fenómeno conocido como “deshumanización”. 

  Muchas funciones sociales aparentemente benévolas podrían tener un origen oscuro y sugerir derivaciones conflictivas

En la idea de justicia la emoción más reconocible es el resentimiento. (...) Existe la especulación de que la risa se derivó inicialmente del menosprecio y la burla. 

  Un tanto innecesariamente, Frans de Waal manifiesta algunas opiniones acerca de las posibilidades futuras, pero lo hace partiendo de un conocimiento insuficiente del pasado, porque la historia de la violencia social no parece ser exactamente tal como él nos la refiere en algunos párrafos de su libro.

Nuestros ancestros probablemente no se embarcaron en guerras a gran escala hasta que se hicieron sedentarios y comenzaron a acumular riqueza a través de la agricultura. La evidencia sólida de guerra se remonta como mucho a quince mil años atrás. Las murallas de Jericó, consideradas la primera evidencia de obra humana relacionada con la guerra, podrían haber servido principalmente como protección contra torrentes de fango.

  A esto se suma una imagen en exceso positiva del comportamiento de los cazadores-recolectores (con el ejemplo, descuidadamente expuesto, de los bosquimanos). En realidad, si por “guerra” entendemos conflictos a gran escala, esto tuvo que esperar, naturalmente, a que se produjera un aumento de la población sedentaria, pero las reyertas entre bandas de cazadores-recolectores no requieren para nada de la disputa de grandes riquezas: pueden producirse constantemente por el robo de mujeres, por la competencia por los territorios de caza y, sobre todo, por interminables venganzas.

  En cambio, algunos juicios sobre las posibilidades futuras del desarrollo de la empatía resultan un tanto conformistas y poco elaborados, así como contradictorios con sus observaciones anteriores acerca de la necesidad del comportamiento empático instintivo:

Una sociedad basada en la empatía no está más libre de conflictos que un matrimonio basado en el amor. La confianza absoluta y la cooperación incondicional son ingenuas y contraproducentes.

  Quizá el origen de este posicionamiento conservador y poco reflexivo tenga su origen en una metodología equivocada en cuestiones que un primatólogo no tiene por qué conocer en profundidad:

La escuela de psicología que, en mi opinión, ha causado más estragos que ninguna otra es el conductismo, que considera que el comportamiento es todo lo que la ciencia puede observar y conocer. (…) Las emociones apenas son relevantes.

   Pero las emociones no son otra cosa que manifestaciones de conducta, según el mismo Frans de Waal nos explica a lo largo del libro

Los estados mentales intencionales (deseos, necesidades, sentimientos, creencias, metas, razones) ajenos son construcciones inobservables deducidas a partir del comportamiento observado. Las emociones emanan del cuerpo, podemos ponernos de buen humor simplemente alzando las comisuras de los labios. (…) Se supone que son las emociones las que nos mueven, no al revés.

  Por lo tanto, si los estados mentales son lo que observamos de ellos, y si incluso admitimos que comportamientos observables pueden modificar los estados mentales, ¿por qué rechazar las posibilidades de controlar socialmente los estados mentales mediante una actuación sobre el comportamiento observable? En realidad, eso es lo que sucede con los cambios culturales.

Sigo recelando de cualquier “reestructuración” de la naturaleza humana. (…) El movimiento feminista norteamericano daba por sentado que los roles sexuales eran susceptibles de una revisión completa. (…) No estoy diciendo que la agresividad sea buena, pero está presente en todo lo que hacemos, no sólo en el asesinato y el desorden público. Eliminar la agresión humana es algo que debe meditarse detenidamente. (…) Se podría decir que no habría problema si toda la humanidad se volviese pacífica al mismo tiempo, pero ninguna población es estable a menos que sea inmune a la invasión de mutantes. (…) El problema es la lealtad excesiva a la nación, la religión o el grupo propios.

  Los cambios humanos se han expresado evolutivamente tanto en lo biológico como en lo cultural, pero no por eso han dejado de ser cambios observables que van más allá de controlar “lo excesivo”. En realidad, al cabo de la evolución cultural, “lo excesivo” siempre se vuelve cotidiano, y nuestros niveles de agresividad actuales, en las sociedades más desarrolladas, son asombrosamente bajos en comparación con los de nuestros antepasados cazadores-recolectores cuya herencia genética portamos. Este nivel no lo ha alcanzado toda la humanidad al mismo tiempo… ¿Quién puede saber lo que pasará en el futuro si la tendencia antiagresiva se mantiene?

Uno solo puede estremecerse ante el pensamiento de que la humanidad de nuestras sociedades tenga que depender de las veleidades de la política, la cultura y la religión. Las ideologías vienen y van, pero la naturaleza humana permanece.

   Las “veleidades de la política, la cultura y la religión” no han bajado del cielo, sino que forman parte de los procesos propios de la vida social humana, y las ideologías, que vienen y van, forman una parte necesaria de la misma naturaleza humana. Aquí, Frans de Waal, sin querer, cae en el mismo error de Herbert Spencer, que reivindicaba la aplicación a la sociedad humana lo que él entendía como “el orden natural”.

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