viernes, 15 de julio de 2016

“Incógnito”, 2011. David Eagleman

Nuestros cerebros van casi siempre en piloto automático, y la mente consciente tiene muy poco acceso a la gigantesca y misteriosa fábrica que funciona debajo. (…) El cerebro lleva a cabo sus maquinaciones en secreto, haciendo aparecer ideas como si fuera pura magia. No permite que su colosal sistema operativo sea explorado por la cognición consciente. El cerebro dirige sus operaciones de incógnito.

  No se puede hacer buen uso de la inteligencia humana sin ser conscientes de qué poco de nuestras habilidades cognitivas dependen, precisamente, de la mente consciente. Este libro nos alerta de tales limitaciones y pone en su sitio el papel del libre albedrío. No hay que negar la propia humanidad, sino valorarla en su justa medida.

La neurociencia ha demostrado que la mente consciente ya no es la que lleva el timón de nuestra vida. 

Sigmund Freud observó que los argumentos que surgen del intelecto o de la moralidad son débiles cuando se enfrentan a las pasiones y deseos humanos, que es el motivo por el que las campañas de «simplemente di no» o “practica la abstinencia” nunca funcionarán. 

   El inconsciente tiene más poder, y este poder hace que la realidad que percibimos llegue muy mediatizada por éste

La realidad es mucho más subjetiva de lo que se cree normalmente. El cerebro no registra la realidad de una manera pasiva, sino que la construye de manera activa.

Un pequeño cambio en el equilibrio de la química del cerebro puede causar grandes cambios en el comportamiento, y éste no se puede separar de su biología.

  Psicólogos y neurocientíficos identifican una serie de efectos muy característicos del poder del inconsciente sobre lo que creemos que es comportamiento consciente. Conocer estas aparentes limitaciones puede sernos muy ventajoso. Sobre todo si nos damos cuenta de que el avance de la civilización ha estado relacionado con conocer las debilidades humanas, con el hecho de que las cosas nunca son lo que parecen y que los seres humanos pueden cambiar de forma sorpresiva, pero no por puro azar.

A primera vista, uno podría pensar que la virtud consiste en no querer hacer cosas malas. Pero en un marco de referencia más matizado, una persona virtuosa puede sufrir poderosos impulsos lascivos siempre y cuando conserve suficiente capacidad de frenado para superarlos.

En un reciente experimento, se les pidió a algunos hombres que clasificaran las fotos de diferentes caras de mujer según su atractivo físico. Las fotos eran de veinte por veinticinco, y mostraba a las mujeres mirando a la cámara o en un perfil de tres cuartos. Sin que los hombres lo supieran, en la mitad de las fotos las mujeres tenían los ojos dilatados y en la otra mitad no. De manera sistemática, los hombres se sintieron más atraídos por las mujeres de ojos dilatados. Lo más extraordinario es que ninguno de ellos se dio cuenta de que eso había influido en su decisión.

La gente se casa más a menudo con personas cuyo nombre tiene la misma inicial de lo que dictaría el mero azar.(…) Los psicólogos lo interpretan como un inconsciente amor hacia uno mismo, o quizá con la comodidad experimental de las cosas conocidas, y lo denominan egoísmo implícito

  Se han realizado muchos experimentos curiosos que siguen demostrando lo manipulable que es nuestro juicio. En otro de ellos se hace leer la biografía de un personaje histórico, pero se amaña su fecha de nacimiento para que coincida con la del lector, entonces éste da un juicio más positivo sobre ese personaje que otro lector cualquiera, aparentemente solo por esa trivial similitud…

A ese efecto se lo denomina primado: su cerebro ha sido preparado previamente. El primado pone de relieve el hecho de que los sistemas de memoria implícita están esencialmente separados de los sistemas de memoria explícita: incluso cuando los segundos han perdido los datos, los primeros los tienen bajo control. 

  Más causas y efectos:

[La] manifestación en el mundo real de la memoria implícita se conoce como el efecto de la ilusión de verdad: es más probable que crea que una afirmación es cierta si ya lo ha oído antes, sea o no cierta.

Si usted ha visto antes la cara de alguien, la juzgará más atractiva si la vuelve a ver. Y ello ocurre aun cuando no recuerde haberla visto antes. Es algo que se conoce como mero efecto de exposición

  Y, por supuesto…

Si es portador de una serie concreta de genes, la probabilidad de que cometa un delito violento aumenta en un ochocientos ochenta y dos por ciento [según el departamento de Justicia estadounidense]. (…) Más o menos la mitad de la población humana es portadora de esos genes, y la otra mitad no, con lo que la primera mitad es mucho más peligrosa. Es un dato incontestable. La abrumadora mayoría de los presos son portadores de esos genes, como por ejemplo el 98,4% de los que están en el corredor de la muerte. (…)  Por lo que se refiere a esa peligrosa serie de genes, probablemente ha oído hablar de ellos. Se resumen en el cromosoma Y. Si es usted portador, lo llamamos varón.

     La enumeración de condicionamientos y predisposiciones que influyen en nuestro comportamiento a través de nuestro inconsciente puede hacerse interminable. En conjunto, nuestra racionalidad aparece muy limitada por este tipo de efectos que actúan a través de nuestras emociones. Pero resulta que el predominio parcial de la emoción sobre la razón tiene también sentido desde el punto de vista de la supervivencia.

Las redes emocionales son absolutamente necesarias para clasificar las posibles acciones que podría llevar a cabo en el mundo: si fuera un robot sin emociones que deambula por una habitación, podría ser capaz de llevar a cabo análisis acerca de los objetos que le rodean, pero la indecisión lo paralizaría cuando tuviera que escoger qué hacer a continuación.

Si un pez picón hembra se adentra en el territorio de un macho, éste muestra un comportamiento agresivo y de cortejo al mismo tiempo, y ésa no es manera de seducir a una dama. El pobre picón macho parece ser simplemente una colección de programas zombis de serie accionados por entradas de funcionamiento básico (¡Intrusión! ¡Hembra!), y las subrutinas no han encontrado ningún método de arbitrar entre ellas

  “Programas zombis” es como el autor denomina a los subsistemas automáticos de comportamiento con los que todos los seres vivos están equipados. Escapan a nuestro control consciente, pero los humanos, a diferencia del pez del ejemplo, podemos controlar sus consecuencias.

  Se cuenta en “La Odisea” cómo Ulises, sabedor de que iban a pasar cerca de las sirenas cuyo canto se apoderaría de su voluntad, hizo que sus hombres lo ataran para que las malévolas criaturas no lo indujeran a arrojarse a su propia perdición.

Este mito [Ulises y las sirenas] subraya la manera en que la mente puede desarrollar un meta-conocimiento acerca de cómo interactúan la mente a corto plazo y la mente a largo plazo. La asombrosa consecuencia es que la mente puede negociar consigo misma en diferentes puntos del tiempo (…) Tomar libremente decisiones que nos vinculan con el futuro es lo que los filósofos denominan un contrato Ulises (…) Cuando una persona que goza de buena salud firma un testamento vital para que lo desenchufen en el caso de que quede en coma, se vincula a sí mismo con un posible yo futuro mediante un contrato

  Conocedores, como Ulises, de nuestra debilidad, no solo podemos tomar medidas para evitar sus negativas consecuencias, también podemos aprovechar en nuestro favor los previsibles condicionamientos del inconsciente

Lo que hace la conciencia: pone unas metas, y el resto del sistema aprende a cumplirlas.

Los psicólogos han descubierto que si sujeta un lápiz entre los dientes mientras lee algo, la lectura le parecerá más divertida; y eso ocurre porque la interpretación se ve influida por la sonrisa que tiene en la cara. Si se sienta recto en lugar de repantigarse, se sentirá más feliz. El cerebro asume que si la boca y la espina dorsal se comportan así, debe de ser porque están alegres.

    Las iniciativas sencillas para aprender a autocondicionarnos son menos importantes que aprender a entrenar nuestras mentes.

Cuando alguien juega por primera vez a un videojuego, su cerebro rebosa actividad. Está quemando energía como un loco. A medida que tiene más práctica, la actividad cerebral es menor. Ahora tiene más eficiencia energética. Si mide la actividad cerebral de alguien y ve que es escasa durante una tarea, eso no significa necesariamente que no lo esté intentando, sino que en el pasado ya se esforzó por grabar los programas en el circuito. La conciencia intervino durante la primera fase del aprendizaje, y queda excluida del juego después de que éste haya quedado impreso en el circuito

Imagine que le gustaría poder resistirse un poco más a la tarta de chocolate. En este experimento, usted observa fotos de tartas de chocolate durante la exploración cerebral, y los experimentadores determinan la región del cerebro que participa en su apetito. A continuación la actividad de esas redes se representa mediante una barra vertical en una pantalla de ordenador. Su trabajo consiste en hacer que la barra baje. La barra actúa de termómetro de su apetito: si sus redes del apetito se revolucionan, la barra está alta; si suprime su apetito, la barra está baja. Usted contempla la barra e intenta hacer que baje. A lo mejor sabe lo que está haciendo para resistirse a la tarta; a lo mejor es algo inaccesible. En cualquier caso, intenta distintos caminos mentales hasta que la barra comienza a bajar lentamente. Cuando ello ocurre, significa que ha utilizado con éxito los circuitos frontales, y que éstos han apagado la actividad de las redes que participan en ese apetito impulsivo. El largo plazo ha vencido al corto. Sin dejar de mirar las fotos de la tarta de chocolate, practique para intentar que la barra baje una y otra vez hasta que haya reforzado esos circuitos frontales. (…) No es que no queramos disfrutar de nuestros pensamientos impulsivos (Mmm, tarta), simplemente queremos dotar a la corteza frontal de algún control para actuar sobre ellos (Voy a pasar).  (…) En eso consiste el madurar. La principal diferencia entre los cerebros de los adolescentes y los de los adultos es el desarrollo de los lóbulos frontales. La corteza humana prefrontal no se desarrolla plenamente hasta los veintipocos años

  La conclusión es que disponemos de medios para hacer frente a la sorprendente realidad de nuestro limitado libre albedrío. Nuestra cultura librepensadora actual ha creado su propia tradición acerca de la capacidad con la que contaríamos para hacernos cargo de nuestro propio destino, pero esta tradición es contraproducente una vez se hace inevitable el descubrir que el pensamiento consciente es tan frágil ante los condicionamientos inconscientes.

  Es mucho mejor tener en cuenta cómo y con qué consecuencias el ser humano, en el transcurso de la historia, se ha visto enfrentado ante realidades insospechadas que contradecían la anterior visión del mundo…

Para algunos pensadores, a medida que la inmensidad del universo se vuelve más aparente, lo mismo ocurre con la intrascendencia del género humano: comenzamos a menguar en importancia prácticamente hasta quedar en nada. (…) El destronamiento condujo a una comprensión más rica y profunda, y lo que perdimos en egocentrismo quedó equilibrado por la sorpresa y el asombro. (…) Hemos triplicado la duración de la vida y, gracias a la identificación de enfermedades a nivel molecular, pronto la vida media superará los cien años. Los destronamientos a menudo equivalen al progreso.

  Hay, pues, motivos para el optimismo y ninguno para negar la evidencia de la naturaleza biológica (genes, hormonas, cerebro)  de nuestro comportamiento

Si tenemos problemas cerebrales pero nos educan en un buen lugar, podemos acabar siendo una persona normal. Si nuestro cerebro está bien pero nuestro hogar es horrible, sigue siendo posible que acabemos siendo personas normales. Pero si padecemos un leve daño cerebral y acabamos teniendo un entorno hogareño malo, tenemos todos los números para acabar con una sinergia muy desafortunada. 

  Ni se justifica el fatalismo de un destino contra el que nada puede hacerse, ni tiene sentido tampoco el despreocupado optimismo de que todo depende de nuestra voluntad. Podemos adquirir un conocimiento útil de la influencia real de nuestro entorno, de los condicionamientos inconscientes y de cuál es nuestra capacidad real para enfrentar el poder del inconsciente. La aportación de la ciencia, la experiencia de la historia y la colaboración entre individuos en un entorno social benevolente y de confianza son nuestras mejores posibilidades.

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