lunes, 5 de mayo de 2014

“Anatomía de la agresividad humana”, 2001. Adolf Tobeña

  El catedrático de psicología Adolf Tobeña es el autor de este magnífico compendio de las  teorías sobre la agresividad humana. Su conclusión no solo resulta pesimista acerca de que la violencia humana es innata, sino que se atreve incluso a ser políticamente incorrecto

Declaración de la UNESCO de la reunión de especialistas en la agresividad en el año 1986: “las afirmaciones sobre la existencia de un cerebro violento son científicamente incorrectas”. Una proclamación de ese calado desautoriza de entrada la excursión que me propongo realizar.

  Porque Tobeña, y los autores de los que se documenta, caen claramente en la categoría de “hobbesianos”, es decir, aquellos que, como el filósofo político del siglo XVII Thomas Hobbes, consideran que la naturaleza del ser humano es violenta y que solo la autoridad política, al organizar el monopolio de la fuerza, nos garantiza una disminución gradual de esta espontánea conflictividad antisocial del "todos contra todos".

La evidencia es, pues, radicalmente antirousseauniana: por regla general, la sociedad atempera, domestica y encauza a los “buenos salvajes”. Si no fuera así, estaríamos permanentemente enzarzados en una guerra abierta.

 Más todavía:

En términos estrictos, libertad y fraternidad son nociones antitéticas

  Al pronunciarse como  "hobbesiano". tiene forzosamente que enfrentarse al punto de vista opuesto, el  "rousseauniano".

La vieja teoría del “buen salvaje” con ropajes retocados: la violencia tendría su origen último en los desajustes económicos de las sociedades no equitativas, y el carburante que iría nutriendo de manera perenne el ciclo violento sería, en definitiva, la imitación de estilos agresivos que tienen una presencia manifiesta para mantener el statu quo social.  (…) No han conseguido explicar la mayor parte de los brotes agresivos que generan sufrimiento en los humanos actuales. Ni de los que generaron sufrimientos, en su día, en las míticas –e inexistentes- sociedades de buenos salvajes.

  De ahí las conclusiones pesimistas:

Ya no hay argumentos para insistir en la condición primariamente benigna de la naturaleza de los humanos. 

La base de la perenne deriva humana hacia la agresividad y la violencia hay que buscarla en la naturaleza combativa de la especie

la maquinaria  neurocognitiva al servicio de la malignidad está fuertemente enraizada en el entramado de la naturaleza competitiva de los humanos.

Los brotes de agresividad y los episodios de violencia entre individuos o entre grupos surgen por dos razones primordiales: disensiones sobre un bien singularmente apreciado (alimento, territorio, sexo) o sobre el estatus social.

   La evidencia de que los seres humanos somos agresivos se encontraría en la recopilación de datos: tanto los obtenidos de nuestra sociedad convencional como los obtenidos de los registros históricos del pasado, o bien los obtenidos por los antropólogos que han estudiado las civilizaciones aisladas de “pueblos primitivos (aquellas más semejantes a las de nuestros antepasados que a lo largo de cientos de miles de años crearon nuestra herencia genética común)”.  Incluso podemos contar los datos que se refieren a nuestros primos, los grandes simios. Todos en el mismo sentido de agresividad humana (o "prehumana") constantemente observada.

  Ahora bien, al recopilarse estos datos, también aparecen otros que nos permiten alguna esperanza.

El hombre y la mujer son animales con un enorme potencial para la afiliación cooperativa, para la vecindad armoniosa y para el afecto generoso y sacrificado. Eso es innegable.

La compasión ante el padecimiento ajeno, así como el remordimiento por el daño ocasionado –deliberada o inadvertidamente- al prójimo, son reacciones afectivas (suelen recibir el nombre de “emociones sociales”) que aparecen de manera muy temprana en las criaturas humanas.

 Por lo tanto, está justificadísimo que estudiosos eminentes se dediquen a determinar qué factores hacen que, según los casos, puedan predominar las conductas agresivas o las cooperativas. El hecho es que la agresividad no se manifiesta igual en todas las culturas. Más aún, es evidente que, con la evolución social, la agresividad está disminuyendo. ¿Cómo sucede esto? ¿Podemos hacer que disminuya aún más?, ¿que disminuya hasta la total desaparición de la agresividad humana?

Me propongo discutir los conocimientos que se han acumulado hasta ahora sobre los resortes combativos y los benignos (conciliatorios, compasivos) que cohabitan en el cerebro de los humanos. 

Incluso en animales ha sido posible  demostrar que las conductas agresivas son maleables y pueden potenciarse o reducirse como consecuencia de fenómenos de aprendizaje.

 ¿Qué se ha averiguado hasta la fecha? Pues, por ejemplo:

La conducta agresiva es esporádica y circunscrita. Los animales y los humanos no pueden andar luchando y lastimándose continua e indefinidamente: no han sido diseñados para eso. (…) Pero hay individuos, no obstante, que emiten salidas agresivas con gran frecuencia.

Los estudios con animales no dejan lugar a dudas: la propensión combativa surge, en primera instancia, a partir de influencias heredadas. (…) La evidencia sobre la heredabilidad de los rasgos del carácter que se asocian a la agresividad es abundante. La impulsividad, la baja percepción de riesgo y la búsqueda de sensaciones excitantes son rasgos temperamentales asociados a la combatividad y muestran una carga genética que oscila entre el cuarenta y el cincuenta y cinco por ciento

   Hablar de porcentajes siempre es arriesgado, pero sirve para ayudarnos a comprender que tenemos que enfrentarnos a graves obstáculos a la hora de actuar sobre la agresividad humana debido a que nos estaríamos enfrentando a una tendencia innata que recibimos en mayor o menor medida de la herencia. Y aun así, eso no quiere decir que sea incorregible siempre, ni siquiera en los peores casos. Pero tenemos que aceptar la dificultad.

  No hemos de olvidar, por si acaso, que, hoy por hoy, la agresividad humana no sirve para nada: en nuestra forma de vida actual, que promueve la confianza y la cooperación, la agresividad es un lastre social, tanto como pueden serlo el machismo o la creencia en supersticiones. La prueba de ello es que consideramos más exitosas aquellas sociedades donde coinciden tanto la menor violencia, como el menor machismo y el menor porcentaje de creyentes en lo sobrenatural. Y de todos estos lastres sociales, todos ellos con su origen en la naturaleza instintiva del ser humano, el peor de todos es la agresividad, sin la cual, de hecho, tanto el machismo o la creencia en lo sobrenatural quedarían como problemas menores.

  Siendo, pues, la agresividad un problema humano tan antiguo y trascendente (con mucha probabilidad, “el problema humano” por antonomasia), vemos que la psicología no evalúa las situaciones conflictivas de forma muy diferente a como lo ha hecho la cultura tradicional: siempre se ha pensado que algunos individuos poseen mayor agresividad “por su naturaleza”, y que ésta en buena parte puede tener por origen la herencia familiar.

 Y que estos individuos que obran deliberadamente de forma agresiva, maligna, lo hacen simplemente porque

  los dispositivos neurales de la agresión ofensiva se entrelazan con los de la recompensa fisiológica. Hay un potencial de gratificación intrínseca en las agresiones. (…) Someter, ridiculizar y humillar a los demás da gozo (en mayor o menor grado) a muchísima gente. Téngase en cuenta que el procedimiento más sencillo y efectivo para suscitar la carcajada es la parodia ajena, y buena parte de los chistes y algunos géneros de comedia se basan en ello. (…) Su raíz primaria hay que buscarla en ese resorte endógeno.

   Este comportamiento agresivo estaría también adaptado al medio social, es decir, a la ejecución dentro de un medio social determinado, con predadores y víctimas.

  Los individuos que emiten señales de fragilidad, vulnerabilidad o aprensión ante las amenazas ajenas están en una situación muy desventajosa. (…) Lo notan (…) de manera muy particular los predadores sociales. (…) Estas diferencias de fuerza y de talante son determinantes básicos en los envites sociales. Todo ello supone una descripción muy descarnada del juego vital, pero los datos indican que esos factores siguen plenamente activos en el aprendizaje de la agresividad y la cautela a pesar de la presión civilizadora que tiende a benignizar la competición social. 

   Otra de las cosas que averiguamos, y que, en general, vienen avaladas por la cultura tradicional (sobre todo –atención- en la civilización occidental), es que los varones son mucho más agresivos y peligrosos que las mujeres. Así es, y científicamente ya no hay mucho que discutir al respecto.

  La evidencia es masiva y flagrante: una gran proporción de machos humanos sabe disfrutar con el ejercicio de la dominancia, de la agresividad y de la violencia. Existe un amplio abanico de gratificaciones asociadas a la victoria en las disputas sociales. Se obtiene no solo el objetivo o el botín deseado (y eso solo ya dispara recompensas inmediatas en los sistemas neurales de placer), sino la derrota y la sumisión subsiguiente de los vencidos. Y pocas cosas hay más satisfactorias en la competición social. 

  La proclividad y la preponderancia masculina en el uso de la violencia es el resultado primariamente de los avatares de la lucha por la supervivencia y el éxito reproductor, que han ido modulando los dispositivos neuroendocrinos de los dos sexos, así como sus rasgos temperamentales y su conducta a lo largo de la historia evolutiva. 

   Así que ya sabemos varias cosas: que las tendencias agresivas son en parte (solo en parte, por supuesto) innatas, hereditarias; que las civilizaciones más avanzadas reprimen más la agresividad que las civilizaciones primitivas; y que los varones son porcentualmente más agresivos que las mujeres.

  Otra cosa más que podemos saber, en este caso apartándonos un poco del innatismo, pero no contradiciéndolo, sino complementándolo:

Los datos que se han acumulado en los últimos años sobre la mayor propensión agresiva en las criaturas humanas que han sufrido abandono o malos tratos infantiles, o que han vivido en ambientes familiares con una gran presencia coercitiva (con multitud de oportunidades para aprender estrategias agresivas), son cada vez más consistentes. 

  Esto, dentro de lo que cabe, ya supone una buena noticia: significa que podemos prevenir en buena medida la agresividad mejorando el entorno familiar de los niños. No todos los individuos agresivos, por supuesto, lo son solo por la herencia.

  Y tenemos otras noticias buenas:

La empatía, la amabilidad y la afectividad (rasgos antiagresivos) también presentan heredabilidades. 

  Incluso encontramos aquí una palabra útil: "antiagresividad", "rasgos antiagresivos". Puesto que se trata de una realidad desde el punto de vista científico, bien podemos ponerle nombre. Y hablando de nombres...

  En la población masculina hay entre un tres y un cuatro por ciento de “sociópatas”: individuos que transgreden las normas sociales de manera sistemática y que usan con gran frecuencia estrategias dañinas u ostentosamente lesivas para el prójimo. En cambio, la misma catalogación entre mujeres no alcanza ni de lejos el uno por ciento

 Sociópatas y psicópatas -–en la práctica, el término se refiere más o menos al mismo tipo de comportamientos antisociales- nos son muy conocidos por el mundo del espectáculo (hemos aprendido una palabra útil, por tanto). Ahora bien, ¿y el porcentaje opuesto, de personas cooperativas, compasivas, altruistas y benignas? Estadísticamente son tan reales como los otros (todas las tendencias humanas tienen sus opuestos, sus porcentajes, sus gráficos)… pero no tienen nombre (el psicólogo Simon Baron-Cohen ha mencionado recientemente la expresión "personas superempáticas"). ¿No es significativo este hecho?, ¿no dice algo acerca de los problemas culturales y sociales a los que nos enfrentamos el hecho de que, hoy por hoy, las pautas de conducta antiagresiva apenas merecen interés científico?

  En cualquier caso, dentro del mundo de la antiagresividad, también podemos contar con algunas verdades útiles:

El inhibidor más potente de la agresión es la conducta inmediata de los individuos que rodean al agresor.

Existen en el cerebro afectivo numerosos dispositivos para modular la agresividad

 Así que se diría que un buen entorno familiar, dar afecto a través de la conducta inmediata de los individuos que rodean al agresor, tener en cuenta que algunas personas son intuitivamente más agresivas que otras (sobre todo entre los varones) y un buen control civilizatorio (educación, policías, jueces) parecen constituir la receta adecuada que disminuya la agresividad en nuestra forma de vida actual. De ello, cada cual saca sus conclusiones.

   el trabajo de los gendarmes, de los tribunales de justicia, de los funcionarios de prisiones y de los psiquiatras y psicólogos especializados en violencia y criminalidad está asegurado durante muchísimo tiempo. 

  Sin embargo, en el lúcido y muy completo trabajo del profesor Tobeña también encontramos incoherencias.

  Por ejemplo, para muchos lectores será uno de los mejores hallazgos en este libro la refutación de la idea popular de que la catarsis –-el desencadenante controlado y aparentemente inocuo de la agresividad, como sucede en los deportes competitivos- ayuda a desahogar los malos instintos.

 La catarsis es gratificante porque el ataque nervioso va ligado al placer. Por consiguiente, la proclividad agresiva aumenta –no disminuye- con las descargas catárticas. 

  Si la catarsis es contraproducente, a pesar de que popularmente se considera lo contrario, podría ser también que los castigos y la penalización de la conducta agresiva (gendarmes y funcionarios de prisiones), en contra de la idea popular, también resulten contraproducentes. Porque el hecho es que las sociedades donde más se penaliza al agresor no son las menos agresivas. Lo que ha dado lugar a este punto de vista:

  El castigo, se decía, solo sirve para aprender conductas agresivas mediante el contagio emulador. Como estas estrategias obtienen rendimientos a corto plazo, se instauran con suma facilidad. De ahí vendrían todos los problemas sociales: de fundamentar la educación en estrategias coercitivas de eficacia discutible y con efectos colaterales reverberantes.

  Algo en lo que el profesor Tobeña no cree mucho ya que considera que existen

dispositivos endógenos para procesar castigo que alguna función deben cumplir si tienen una representación específica en el universo neural. Lo más probable es que estén ahí para modelar propensiones y prefigurar comportamientos. 

  Pero parece que el profesor Tobeña olvida que en la naturaleza humana existen numerosos dispositivos endógenos que también se diría que "alguna función deben cumplir si tienen una representación específica en el universo neural". Si nos mantenemos en la falacia de que todos los dispositivos instintivos del ser humano deben permanecer porque "alguna función deben cumplir" entonces nos hemos cargado la civilización, la cual consiste, obviamente, en “podar” la naturaleza instintual humana, eliminando (o más bien reprimiendo) ciertos impulsos que alguna función debieron cumplir EN SU MOMENTO y estimulando otros que en el actual estado civilizatorio nos serían más convenientes.

   El castigo existe en nuestra naturaleza instintual, muy probablemente… tanto como existe la agresión. Pero si no tenemos agresión, no necesitamos ya el castigo y éste cumpliría entonces, en efecto, el contraproducente "contagio emulador" ya mencionado. Por eso se han eliminado los castigos corporales a los niños, por ejemplo, y esta erradicación de algo que en su momento  "alguna función debió cumplir" no parece que haya sido un desacierto.

   De hecho, ya hemos hablado de dispositivos endógenos que han dejado de ser socialmente útiles, como es el caso de la tendencia innata del ser humano a precipitarse en hallar relaciones causales (lo que ha dado lugar a las supersticiones y creencias en lo sobrenatural) o el deseo sexual incontrolado del hombre por la mujer.

Las agresiones sexuales a las mujeres son un fenómeno frecuente en todas las culturas.

  Podemos añadir la conflictividad intergrupal (el nacionalismo, hoy)

   Los guiones doctrinales de orden superior (religiones, ideologías y sistemas de creencias de todo tipo) funcionan como agendas superpuestas a las demarcaciones grupales más primarias (lengua, territorialidad, rituales compartidos), que mantienen despierta la disposición a la conflictividad intergrupal mediante la perpetuación de fronteras interiores.

  En suma, que es contradictorio que por una parte se señalen los impulsos agresivos y/ o irracionales en el ser humano que hemos de controlar por ser hoy contraproducentes, y por otra aceptar algunos de  ellos a la ligera porque en su momento "alguna función debían cumplir".

   Adolf Tobeña, aunque descarta la catarsis, ni descarta los castigos sistemáticos, ni descarta las pautas instintuales agresivas irracionales como las de tipo intergrupal, ni acepta la evidencia de que en la civilización actual hay controles no punitivos a la agresividad de tipo cultural que ya están funcionando debido a que en tiempos recientes se han dado cambios culturales que execran socialmente la agresividad. Por eso, las soluciones que propugna el autor son decepcionantemente conservadoras, pues no ponen en cuestión el entorno social que tolera la agresividad.

  La modulación neuroquímica de la agresividad tenderá a ser individualizada y altamente selectiva, aunque muy relevante para aliviar sufrimientos no solo de las víctimas, sino en muchos casos de los propios agresores. Sin embargo, para la mayor parte de las fricciones y litigios corrientes, las tecnologías cada vez más refinadas de control social ordinario serán más que suficientes para generar equilibrios satisfactorios. (…) Hay que añadir ahí el progresivo refinamiento de las técnicas psicológicas dedicadas al aprendizaje del autocontrol de los impulsos y el entrenamiento en habilidades aplicables a la resolución de conflictos. 

El factor a contar para el futuro es la ciencia, y muy especialmente la biología.

  El factor decisivo que ha permitido la disminución gradual de la agresividad en el ser humano (no de sus tendencias instintivas, que éstas no pueden cambiarse) no ha sido ni el desarrollo de la biología (modulación neuroquímica de la agresividad), ni tampoco el “control social ordinario” (completamente distinto en nuestra época de cómo era en épocas pasadas), sino las tendencias de control cultural dentro de la sociedad en la que vivimos y que equivaldría a lo que se ha denominado “Proceso civilizatorio” (estrategias psicológicas que promueven el autocontrol de la agresividad… a nivel de pautas sociales de conducta: un método diferente al del control punitivo).

   El profesor Tobeña parece más acertado cuando menciona “el progresivo refinamiento de las técnicas psicológicas dedicadas al aprendizaje del autocontrol de los impulsos y el entrenamiento en habilidades aplicables a la resolución de conflictos”… pero estas técnicas psicológicas están formadas culturalmente (ideas como el perdón o la compasión, por ejemplo) y no las han inventado los científicos.

  Lo que sí podrían hacer tal vez un día los científicos es cooperar de  forma efectiva en la elaboración de estrategias que promuevan pautas culturales antiagresivas futuras. Eso es quizá lo que queda por hacer, y de momento, no lo está haciendo nadie.

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