martes, 25 de abril de 2017

“Pensar rápido, pensar despacio”, 2011. Daniel Kahneman

  Daniel Kahneman es un psicólogo que ganó el Premio Nobel de Economía. Eso no tiene que sorprendernos: la economía se basa en pautas de comportamiento que no obedecen siempre a principios racionales, lo cual exige una interpretación psicológica.

   El hecho es que no sabemos cuáles son nuestras necesidades económicas reales. Sin duda, sobrevivir y reproducirnos entran en el cálculo… pero la misma supervivencia de muchos depende hoy de cómo los demás se satisfagan o no comprando corbatas o yéndose de vacaciones a uno u otro lugar, lo cual no tiene nada de lógico y nos separa del resto de especies animales.

  Dado el avance de la tecnología, nunca ha sido más fácil que en el presente el que la humanidad cubra sus necesidades económicas y que escape de la precariedad que ha sido lo acostumbrado durante toda la historia y prehistoria. Y sin embargo en el mundo sigue habiendo hambre para muchos e incertidumbre para casi todos. Cuando los marxistas trataron de crear sistemas económicos totalmente racionales (“cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad”) el fracaso fue total y absoluto. La mente humana no funciona así y, por tanto, el comportamiento humano tampoco.

La mayor parte de nuestras impresiones y pensamientos surgen en nuestra experiencia consciente sin que sepamos de que modo.

Lo que aquí me propongo es presentar una paronámica que muestre cómo trabaja la mente, para lo cual tengo en cuenta los más recientes avances en psicología cognitiva y social.  (…) Ahora entendemos tanto las maravillas como los defectos del pensamiento intuitivo.

    De lo intuitivo, de lo inconsciente, no podemos librarnos nunca. Daniel Kahneman nos ilustra hablando de dos sistemas de la mente:

El "pensamiento rápido" incluye las dos variantes del pensamiento intuitivo –el experto y el heurístico 

  Y el "pensamiento lento" es el “pensamiento” que entendemos habitualmente como tal: cuando “pensamos”, porque tenemos tiempo para ello  -aparte de otras condiciones que han de darse para que tal complejo proceso se ponga en marcha-, reflexionamos, analizamos y sacamos conclusiones.

    Reflexionando (“pensamiento lento”), aceptamos que para afrontar las cambiantes situaciones creadas por los múltiples factores que interactúan en nuestro entorno la mejor forma de intentar comprender es recurrir a la estadística (en este libro no faltan ejemplos al respecto), pero el “pensamiento rápido” prefiere -no le queda otro remedio, en realidad - la experiencia y la heurística, y entonces…

¿Por qué nos resulta tan difícil pensar estadísticamente? Pensamos asociativamente, pensamos metafóricamente y pensamos causalmente con facilidad, pero hacerlo estadísticamente requiere pensar en muchas cosas a la vez

El Sistema 1 [“pensamiento rápido”] es en general muy bueno en lo que hace  (…) Sin embargo, en el Sistema 1 hay sesgos, errores sistemáticos que es propenso a cometer en circunstancias específicas (…) En ocasiones responde a cuestiones más fáciles que las que se le están planteando, y entiende poco de lógica y estadística. Otra limitación del Sistema 1 es que no puede ser desconectado

No puede confiarse en la intuición en ausencia de regularidades estables en el entorno

  La heurística, para entendernos, son las reglas simples (incluso simplonas) que nos permiten tomar decisiones prácticas y rápidas. Si quiero hacer un regalo para "quedar bien" con alguien, ¿qué artículo elijo en la tienda?, ¿uno caro o uno barato? La heurística nos dice que un artículo caro suele ser más valorado como regalo... Eso es heurística. Si vivo en el norte de Europa y quiero viajar a un país cálido, tengo que ir al sur. Y lo más al sur que existe es la Antártida. Eso también es heurística.

Se trata de un procedimiento sencillo que nos ayuda a encontrar respuestas adecuadas, aunque a menudo imperfectas cuando se trata de preguntas difíciles

  Un ejemplo muy representativo de lo mal que funciona la heurística a veces es el siguiente dilema:

De carácter disciplinado y metódico, necesita ordenarlo y organizarlo todo, y tiene obsesión por el detalle. ¿Es probable que Steve sea un bibliotecario o un agricultor? (…) Un bibliotecario estereotipado es algo que a todo el mundo le viene inmediatamente a la mente (…) ¿Sabe el lector que [incluso] en Estados Unidos hay más de veinte agricultores por cada bibliotecario? (…) Los participantes en nuestros experimentos ignoraban  los datos estadísticos relevantes

   Y por eso nos equivocamos y elegimos “bibliotecario” a pesar de que es evidente que hay muchísimos más agricultores (con todo tipo de personalidades) que bibliotecarios.

  Por otra parte, la heurística y la experiencia no son lo mismo. La heurística se basa en reglas (apariencia, proximidad, cierta causalidad...), la experiencia es solo un recuerdo, y este recuerdo –consciente o inconsciente- crea la base de la intuición

La gente tiende a evaluar la importancia relativa de ciertos asuntos según la facilidad con que son traídos a la memoria

La situación proporciona la ocasión; esta da al experto acceso a información almacenada en la memoria, y la información da la respuesta. La intuición no es ni más ni menos que  el reconocimiento

   ¿Cómo podemos aprender a ser más reflexivos y a pensar mejor?  Pues, para empezar, mientras más sepamos acerca de nuestras limitaciones, más precavidos seremos a la hora de juzgar. Y aquí Kahneman nos informa de unas cuantas “familias” de sesgos engañosos. Por ejemplo, la “ley de los pequeños números”: muchos creyeron que los colegios pequeños son mejores que los grandes porque habían leído en un informe que los que son calificados como “mejores colegios” resulta que son pequeños.

Desafortunadamente el análisis causal es inútil porque los hechos son falsos (…) Los malos colegios también tienden a ser más pequeños que la media. La verdad es que los colegios pequeños no son mejores por término medio, son simplemente más variables 

  La ley de los pequeños números es la misma que hace que si lanzamos una moneda al aire cuatro veces hay muchas posibilidades de que salga “cruz” o “cara” en un 75 o un 100% de las veces (desigualdad)… pero si la lanzamos mil veces el porcentaje será casi exactamente del 50% cara y 50% cruz.

   Otro caso (de sesgo, ya no de heurística, porque no implica tomar un criterio) es el efecto ancla.

Si a alguien se le pregunta si Gandhi tenía más de ciento cuatro años cuando murió, terminará haciendo una estimación más alta de la edad a que murió de la que habría hecho si la pregunta ancla hubiera hablado de treinta cinco años 

  Es decir, tendemos a fijarnos en el dato que nos dan arbitrariamente. Este truco del “efecto ancla” lo usan mucho los vendedores.

  “La regresión a la media” funciona de forma parecida: se nos cuenta de un instructor de vuelo que asegura que, en contra de lo que demuestra la estadística, felicitar a quien lo hace bien no ayuda tanto como amonestar a quien lo hace mal. El instructor decía que cuando él felicitaba a alguien por hacerlo bien, éste no mejoraba, mientras que si amonestaba a quien lo hacía mal, entonces sí mejoraba… Pero lo que sucede es que, estadísticamente, es difícil hacer mejor algo realizado tan bien como para que nos feliciten efusivamente por ello… mientras que es lógico que cuando hacemos algo muy mal (momento en el que nos amonestan) será estadísticamente difícil que vayamos a peor. Siempre se tiende al promedio.

  Otro sesgo muy diferente es la atribución intencional

Hemos nacido preparados para hacer atribuciones intencionales

Nuestra disposición innata a separar la causalidad física de la intencionalidad explica la casi universalidad de las creencias religiosas

  La atribución intencional típica es lo que llamamos “superstición”: si un rayo fulmina a un hombre primitivo, los supervivientes creen que algún dios lo ha castigado por alguna causa (y si solo un hombre sobrevive a una epidemia, se suele pensar también que se trata de un elegido por los dioses: muchos chamanes han comenzado así sus carreras, convencidos de que estaban marcados por la excepcionalidad). Nuestra mente tiende a creer que todos los sucesos que nos rodean tienen un motivo, son intencionados… por parte de alguien. El azar, la casualidad, es una invención moderna.

   La “ilusión de validez” es algo parecido a la atribución intencional. Incluso en el mundo de hoy, Kahneman considera que buena parte de quienes presumen de ser grandes expertos, en realidad, muchas veces son poco más que ilusionistas (o “chamanes”), que hacen creer que tienen más aciertos que el promedio, cuando en realidad no es así.

Los inversionistas y los politólogos, que hacen predicciones a largo plazo, operan en un entorno de validez cero. Sus fallos reflejan la impredecibilidad fundamental de los acontecimientos que intentan predecir. (...) No es que ellos engañen, es que nos engañamos a nosotros mismos al evaluar los resultados. Porque no lo hacemos basándonos en cálculo estadístico.

  Otras veces lo que nos engaña no es ni la heurística, ni la atribución intencional, sino nuestra propia memoria

Los gustos y decisiones están modelados por los recuerdos, y los recuerdos pueden ser falsos.

  Los defectos de nuestro pensamiento (ese tipo de defectos que hoy sabemos que no afectan a los computadores) aparecen en toda circunstancia. Si no nos engaña la memoria, ni la atribución intencional, ni la ley de los pequeños números, simplemente nos puede engañar la fatiga. Porque pensar también supone esfuerzo

La gente que está cognitivamente ocupada es más probable que haga elecciones egoístas, use un lenguaje sexista y emita juicios superficiales en situaciones sociales (…) El autocontrol se debilita

Todas las variantes de esfuerzo voluntario –cognitivo, emocional o físico- hacen uso, al menos en parte, de un fondo compartido de energía mental

  Tras conocer todos estos problemas de nuestra mente podemos llegar también a conocer algunas ventajas que asimismo conllevan. De los sesgos propios del “pensamiento rápido” podemos obtener algunas estrategias útiles. Por ejemplo, el “priming”, que es tanto una característica de nuestra limitación cognitiva como una vía para enfrentarnos a otras limitaciones.

  El “priming” equivale a crear las condiciones psicológicas para una predisposición.

Si tenemos en la mente la palabra COMER (seamos o no conscientes de ello), reconoceremos más rápidamente de lo normal la palabra JAMÓN

  Hasta aquí, parece una limitación porque puede hacer que nos confundamos al interpretar una palabra. Pero el “priming” va más allá…

El “priming” no se limita a conceptos y palabras (…) [El] efecto ideomotor (…) [consiste en que, por ejemplo, la lectura de] palabras asociadas a la ancianidad (…) [hizo que] los jóvenes que habían construido una frase con palabras relativas a la vejez caminaron hacía el vestíbulo más despacio que los demás

  Las religiones han utilizado el “priming” en un sentido moral. Hacer leer a los niños historias sobre santos les inculca también un sentido moral en sus acciones. Y el desarrollo humanista de nuestra civilización ha conllevado una expansión de la literatura psicológica, con sus historias ejemplares, moralistas y sentimentales.

  La predisposición mediante asociaciones puede ponerse en marcha de muchas formas, no solo gracias al “priming”. Algunas nos parecen divertidas cuando la psicología social nos las revela en sus experimentos de laboratorio. Pero pueden ser más que eso.

Los vínculos recíprocos son comunes en la red asociativa (…) Tome el lector un lápiz y sosténgalo entre los dientes (…) [Los que hicieron esto] encontraron los dibujos [humorísticos que les presentaba el experimentador] más divertidos que los que estaban “torciendo el gesto” [haciendo otro tipo de movimientos con el lápiz en la boca]

  ¿No está esto relacionado con el aprendizaje de hábitos gestuales, con las ceremonias y ritos públicos? El soldado que se pone tieso como un palo y que habla a ladridos, el monje que compone gestos de mansedumbre y habla en susurros… ¿No están generando predisposiciones al comportamiento hasta cierto punto efectivas? Estas estrategias de asociación podrían extenderse mucho más si las utilizamos racionalmente.

La representación simbólica evoca asociativamente, de forma atenuada, muchas de nuestras reacciones al acontecimiento real, incluidos indicadores fisiológicos de emoción y hasta mínimas tendencias a evitar o a estar cerca, a retroceder o a observar

    Hay también estrategias para desarrollar la capacidad cognitiva en el sentido de alcanzar mayor exactitud. Algunas son más sencillas (como hacernos esquemas y listados para organizar pensamiento y acción) y otras más complejas.

El efecto checklist (…) [muestra las] virtudes de las listas de control y las reglas sencillas

Un lenguaje más rico es a la larga esencial para lograr hacer críticas constructivas (…) La identificación de errores de juicio es una tarea diagnóstica que requiere un vocabulario preciso.

  La creación del lenguaje es esencial en el desarrollo cultural. La creación de conceptos como “Amor” (en el sentido cristiano), o “Libertad” (en el sentido político), o las geniales invenciones del doctor Freud, como “frustración”, “inconsciente” o “libido” han transformado la forma de ver el mundo.

  Finalmente, Kahneman también nos aporta una reflexión existencial: deberíamos resistirnos al reflejo inconsciente de juzgar todo suceso como parte de un episodio narrativo determinado por su desenlace…

La única perspectiva que podemos adoptar cuando pensamos en nuestras vidas es la del recuerdo

Estuvo escuchando extasiado una larga sinfonía grabada en un disco que estaba rayado hacia el final y producía un ruido escandaloso, y [experimentó cómo] ese desastroso final “arruinó toda la experiencia”. Pero la experiencia no resultó realmente arruinada, sino solo la memoria de la misma

  Quizá podríamos hacer algo al respecto. No ganamos mucho viendo toda nuestra vida como episodios determinados por su final. Tal vez eso tenga sentido en algún caso concreto (reparar una máquina o llevar a cabo un aprendizaje), pero no en todo lo demás, que implica la propia existencia, el goce y el compartir…

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