miércoles, 5 de octubre de 2016

“El monje y el filósofo”, 1997. Revel y Ricard

  Este libro supuso un éxito de ventas a finales del siglo XX. Un monje (budista) y un filósofo (escéptico y liberal) dialogan acerca de lo que tienen en común en un marco de extrema confianza y afección (Mathieu Ricard, el monje, es precisamente el hijo del filósofo, Jean-François Revel). ¿Y qué tienen en común un monje y un filósofo por encima de todo?: la sabiduría.

En el curso de los tres últimos siglos, la filosofía ha abandonado su función de sabiduría. Se limita al conocimiento. Pero al mismo tiempo ha sido destronada de su función científica por la ciencia misma.

La sabiduría [actual] (…) que incluye a la vez la búsqueda de la justicia y de la felicidad, deja de afirmarse en el plano personal, el de la conquista de una sabiduría individual, como aún ocurría en Montaigne o Spinoza

  Ésta es la cuestión: hallar el conocimiento que pueda dar la paz a los seres humanos en base a su condición subjetiva de individuos, acosados como están por su vulnerabilidad innata y, peor aún, por su propia malignidad indeseada. El conocimiento puede ser quizá solo para los más inteligentes y eruditos, pero la sabiduría ha de ser para todos, y el verdadero sabio ha de ser capaz de comunicarla a sus semejantes. Hace dos mil quinientos años, en plena “Era Axial”, al tiempo que en el Mediterráneo surgían los primeros filósofos, en la India aparecía el budismo. Una “filosofía” o “religión” que daría lugar a muchas tradiciones, pero todas ellas respondiendo a una inquietud universal.

La cuestión esencial es: “¿Cuál es la naturaleza del mundo fenoménico y del pensamiento?”, y en un plano práctico: “¿Cuáles son las claves de la felicidad y del sufrimiento? ¿De dónde proviene el sufrimiento? ¿Qué es la ignorancia? ¿Qué es la realización espiritual? ¿Qué es la perfección?”. Es este tipo de descubrimientos lo que se puede llamar conocimiento. (…) El sufrimiento es el resultado de la ignorancia. Lo que hay que disipar, pues, es la ignorancia. Y esta es, en esencia, el apego al “Yo” y a la solidez de los fenómenos. Aliviar los sufrimientos inmediatos del prójimo es un deber, pero no basta: es preciso poner remedio a las causas mismas del sufrimiento.

  Evidentemente, el que habla aquí es el monje. Dentro de la tradición del budismo tibetano, se considera que la introspección individual puede llevar al conocimiento de la mente humana, de sus capacidades y limitaciones, hasta alcanzar la Iluminación, un estado mental superior que garantiza no solo la paz y felicidad del creyente, sino también la más extrema actitud de altruismo y benevolencia en beneficio del bien común.

  De todas las tradiciones religiosas de la Era Axial, sin duda el budismo es la más lúcida y moderna, y permanece ideológicamente intacta después de más de dos milenios. Sin embargo, el cristianismo, sometido a tremendos vaivenes a lo largo de la historia de Occidente, es el que ha generado la civilización global de las libertades individuales y la tecnología.

  Examinemos el budismo:

El budismo llega a la conclusión de que el sufrimiento nace del deseo, del apego, del odio, del orgullo, de los celos, de la falta de discernimiento y de todos los factores mentales que se denominan “negativos” u “oscurecedores” porque perturban la mente y la sumen en un estado de confusión e inseguridad. Esas emociones negativas nacen de la noción de un “yo” al cual queremos y deseamos proteger a cualquier precio. Este apego al yo es un hecho, pero el objeto de ese apego, el “yo”, no tiene ninguna existencia real, no existe en ningún lugar ni en modo alguno como una entidad autónoma y permanente.

  Esta visión despierta algún escepticismo en lo que se refiere a qué es ese “yo” en particular, pero en lo esencial es fácil de comprender: el sufrimiento humano surge de la condición psicológica de percibir el mundo de forma negativa. Pero entonces parecería que el budismo busca resolver la problemática vital de cada individuo mediante estrategias psicológicas de apaciguamiento concernientes tan solo a ese individuo, sin contribuir en nada a las condiciones de vida de sus semejantes. Sobre todo si tenemos en cuenta que la más destacable actividad del creyente en el budismo es la realización de ejercicios de meditación.

Según una concepción antigua y convencional, Occidente se imaginaba el budismo como una sabiduría de la pasividad, de la inacción, del nirvana definido como una indolencia replegada sobre el Yo, indiferente a la gestión de la ciudad y de la sociedad.

    Los ejercicios de meditación (yoga) los puede realizar cualquiera, dentro o fuera de cualquier tradición budista. Estos ejercicios son moral y filosóficamente neutros, y se encuentran bien definidos por neurólogos y fisiólogos que los han estudiado a fondo, pero el budismo se presenta como algo mucho más complejo, implicaría una filosofía de perfección vital fuera de la práctica de los ejercicios y, sobre todo, aduce contar con un mensaje social.

La meditación no consiste simplemente en sentarse unos instantes para adquirir una calma beatífica. Es un proceso analítico y contemplativo que permite comprender el funcionamiento y la naturaleza de la mente, captar el modo de ser de las cosas. Lo que se denomina posmeditación consiste en evitar que se reanuden las propias costumbres exactamente como antes. Consiste en saber utilizar en la vida cotidiana la comprensión adquirida durante la meditación para acceder a una mayor apertura espiritual y tener más bondad y paciencia, en pocas palabras, para convertirse en un ser humano mejor.  

  Básicamente, en esto consiste la sabiduría del budismo: una estrategia para el interés privado que es coincidente con el interés del semejante. Como todas las religiones con altas metas de tipo ético, aspira al perfeccionamiento mediante la práctica de la virtud individual. Y en esto coincide con el concepto de “filosofía” de la Antigüedad. Y con la “sabiduría”. Así lo considera el filósofo de este diálogo, retrotrayéndose a la idea de vida filosófica de los tiempos de Pitágoras, Platón o los estoicos.

La filosofía, entonces, no era una disciplina más entre otras, ni siquiera la disciplina suprema que regía a las demás. Era una transformación íntegra de la manera de vivir. Ahora bien, este terreno ha sido abandonado por la filosofía occidental. El budismo lo ocupa en nuestros días con una facilidad tanto mayor cuando que no encuentra rival alguno entre nosotros.

  A finales del siglo veinte, la idea del perfeccionamiento humano mediante innovaciones políticas (leyes más justas) o tecnológicas (creación infinita de riqueza) comienza a ponerse en duda. Tras el fracaso del "socialismo científico" parece poco probable que surjan innovaciones políticas de tipo democrático de convincente eficacia, y la tecnología hace ya mucho que debería haber proporcionado, cuando menos, el fin de la precariedad y la miseria. Así, esta reflexión acerca de la filosofía-religión para permitir el cambio social mediante el perfeccionamiento individual se justifica plenamente.

El filósofo: -Si el budismo es una manera de escapar al sufrimiento, ¿no se habría planteado Occidente otra manera de hacerlo, como es transformar el mundo exterior y las sociedades humanas?
El monje:- La transformación del mundo exterior tiene sus límites, y el efecto que esas transformaciones exteriores ejercen sobre nuestra felicidad interior también tiene sus límites. Es cierto que la mejora o el deterioro  de las condiciones exteriores, materiales, influye muchísimo en nuestro bienestar, pero, en última instancia, no somos máquinas, y es la mente la que es feliz o infeliz.

  Un monje practica la virtud. La virtud es una forma de conocimiento y felicidad que, lejos de ser egoísta, ha de facilitar la felicidad ajena. La vida del monje, entonces, parece envidiable. Y el fenómeno monástico caracteriza las llamadas “religiones compasivas” (históricamente, fueron los budistas los primeros monjes) en tanto que, dada la naturaleza pecadora del individuo, es preciso someter la existencia del buscador de la virtud a condiciones de vida muy controladas a fin de que, gracias a ellas, salga de los errores y contradicciones del mundo convencional. Un paso más adelante lo darían los puritanos de la Reforma, al tratar de extender la vida virtuosa, la vida en santidad, a familias y poblados enteros. Y quizá falte aún otro paso por dar: la vida monástica, virtuosa, puritana, que tome la guía del criterio científico y la racionalidad (puritanos filósofos o psicólogos). Porque un grave problema del monasticismo tal como se lo conoce hasta hoy es su dependencia de la tradición.

Los maestros tibetanos no intentan elaborar una doctrina, sino ser los depositarios fieles y perfectos de una tradición milenaria

  Matthieu Ricard, el monje de este diálogo, un hombre de una extraordinaria inteligencia y que se benefició de uno de los niveles más altos de educación occidental en su época, se sentiría atraído en su juventud por la imagen de perfección evocada por los monjes de la tradición budista tibetana que vio en un documento audiovisual. Por entonces no sabía apenas nada de la metafísica ni la psicología budista…

No lograba entender exactamente por qué, pero lo que más me llamaba la atención era que se correspondían con el ideal del santo, del ser perfecto, del sabio, una categoría de seres que, en apariencia, ya no es posible encontrar en Occidente. Es la imagen que yo me hacía de San Francisco de Asís o de los grandes sabios de la Antigüedad. Una imagen que para mí se había convertido en letra muerta: ¡ya no podía ir a encontrarme con Sócrates, ni escuchar un discurso de Platón, ni sentarme a los pies de San Francisco de Asís! Y hete aquí que, de pronto, surgían seres que parecían ser el ejemplo vivo de la sabiduría. Y yo me decía: “si es posible alcanzar la perfección en el plano humano, seguro que ha de ser esto”.

  ¿Es el fenómeno del monasticismo uno de tipo gestual, una especie de elaboración de una obra del arte del comportamiento público para transmitir una imagen de armonía social?

Los sabios que he podido conocer tenían una fuerza de ánimo indomable, puede decirse que tenían una personalidad muy impresionante, que irradiaban un poder natural perceptible por todos aquellos que llegaban a conocerlos. Pero la gran diferencia es que no podía distinguirse en ellos la menor traza de un ego, y entiendo por ego el que inspira el egoísmo y el egocentrismo. Su fuerza de ánimo provenía de un conocimiento, de una serenidad, de una libertad interior de una certeza inconmovible.

  En cualquier caso, el budismo no es la solución. En dos mil quinientos años, el budismo, siempre fiel a la tradición, no ha construido una convivencia humana más cooperativa, pacífica y tecnológicamente avanzada que la de la cultura occidental. Puede que sus monjes hayan sido más felices, pero las sociedades inspiradas por ellos, que los han tomado como referente moral, han seguido siendo míseras, violentas e ignorantes. La tradición budista se ha mantenido inconmovible pero la sociedad no ha avanzado. La tradición cristiana, en cambio, ha sido reventada en cruentas herejías a lo largo de los siglos, pero gracias a ello la sociedad occidental sí que ha avanzado.

  ¿Cuál es la diferencia?

 El filósofo cita a otro filósofo, André Comte-Sponville:

“La compasión es la gran virtud del Oriente budista. Sabemos que la caridad es la gran virtud –al menos verbalmente- del Occidente cristiano. ¿Hace falta elegir? Para qué, si las dos no se excluyen. Si hubiera que hacerlo, no obstante, me parece que podríamos decir lo siguiente: más valdría la caridad, sin duda, si fuéramos capaces de practicarla. Pero la compasión es más accesible”

  La gran acusación contra el budismo, ya lo hemos visto, es que predica la inacción y que, en el fondo, es egoísta: el hombre virtuoso busca su propia paz interior para escapar a su sufrimiento y utiliza la compasión como un recurso psicológico más a su alcance. Y desde luego que la compasión (pasiva) es mucho más accesible que la caridad (activa). Esta diferencia coincide con algunos estudios psicológicos que contrastan la “empatía” con la “simpatía”, la sensación de conocimiento en uno mismo del sufrimiento ajeno, por una parte, y la motivación para remediarlo, por otra. El psicólogo Jonathan Haidt también asegura haber detectado un “sentimiento de elevación” incluso fisiológico que supone cierto estímulo gratificante al contemplar actos de bondad, pero que no exige implicación directa en ellos. Estudios neurológicos han detectado esta diferenciación en algunos estados mentales de maestros budistas, según Simon Baron-Cohen (estímulo al desencadenarse sentimientos de empatía ante el sufrimiento ajeno, pero tales sentimientos no exigen actuación para remediar el sufrimiento).

  Ante esta acusación gravísima (que de ser aceptada en la sociedad llevaría, por ejemplo, a actitudes de indiferencia o desprecio con respecto a los practicantes del budismo), la respuesta del monje Ricard es inmediata:

La motivación que nos lleva al camino espiritual es la de transformarnos nosotros mismos a fin de poder ayudar a los demás a liberarse del sufrimiento.

La compasión es, según el budismo, el deseo de poner remedio a cualquier forma de sufrimiento y, sobre todo, a sus causas: la ignorancia, el odio, la codicia, etc. Esta compasión se refiere, pues, por un lado a los seres que sufren y, por el otro, al conocimiento

El filósofo: -¿Asimilarías la compasión a la caridad?
El monje: -La caridad es una manifestación de la compasión

  Esta afirmación es, desde luego, muy conveniente para que el budista reciba la aprobación social, pero ¿es sincera y coherente con lo que supone la forma de vida del budista, centrada en la práctica de los ejercicios de meditación y la interpretación posterior de estos en el sentido de una tradición en busca de la paz interior para el practicante? Se dice que la compasión es esencial para alcanzar esa paz interior y que esa compasión (pasiva) no es diferente a la idea cristiana de caridad (activa) pero ¿esto es realmente así?, ¿lo es porque ellos nos dicen que es así?, ¿dónde están las obras que lo demuestran o tan siquiera la explicación filosófica coherente? No aparecen en la práctica budista mandatos de obras de caridad, y la tradición se centra en la virtud del maestro y la enseñanza a sus alumnos. ¿Y qué necesidad hay de remediar el sufrimiento de los desafortunados a la hora de alcanzar los estados alterados de conciencia propios de la Iluminación? Parece que tan solo se exige una visión compasiva porque repercute adecuadamente en el estado de conciencia buscado por el practicante.

  La explicación de que la reforma de la sociedad pasa por la reforma del individuo en su conducta sí tiene mucho sentido y es ésta sin duda la gran riqueza del budismo como inspiración al autocontrol del egoísmo y la agresividad para el mundo secular.

El monje: Querer actuar sobre el mundo sin haberse transformado uno mismo no puede llevar a una felicidad duradera ni profunda. Podría decirse que la acción sobre el mundo es deseable, mientras que la transformación interior es indispensable.  
El filósofo: -La idea de volver pacíficos a los hombres uno a uno de manera que la suma del conjunto produzca una humanidad globalmente enemiga de la violencia parece irrealizable en la práctica. Al menos nuestro siglo no ha avanzado en esta dirección.

  Quizá Jean-François Revel, el filósofo, se equivoca en parte, porque no cabe duda de que quienes habitan en las sociedades más avanzadas hoy en día (avanzadas incluso en lo que se refiere a tecnología y economía) son individuos de promedio mucho menos agresivos que los que habitan sociedades más pobres (cometen menos homicidios, son más tolerantes, menos crueles y se dan menos a prácticas corruptas), pero sí tiene razón en el sentido de que no se ha producido el éxito directo de doctrina pacifista alguna (“volver pacíficos a los hombres uno a uno”). Ahora bien, ¿se ha predicado alguna vez un pacifismo universal, racional y flexible, en el sentido del perfeccionamiento individual? Incluso la religión cristiana avala las instituciones armadas para la defensa del bien común. Y lo mismo puede decirse de los estados inspirados por la filosofía del budismo tibetano, como Tibet y Butan, donde también hay leyes, jueces y policías.

    El logro del monasticismo, o del puritanismo, o de cualquier sistema de enseñanza consistente en la promoción de sub-culturas de la virtud no se basaría tanto en extender su ideario como en influir indirectamente a la sociedad mediante la exposición de patrones de conducta más elevados, a modo de enseñanza o ejemplo. De la misma forma que se consideraba que los aristócratas tenían el deber de dar un ejemplo público de las conductas cívicas más exquisitas (la caballerosidad), unas cualidades aún más elevadas se propagaban desde las comunidades monásticas (y es muy probable que la aristocracia tomase las cualidades monásticas como inspiración).

  Ahora bien, ¿es la doctrina budista la mejor guía para la conducta virtuosa? Lo sería si supusiera un sistema de moralidad impecable, pero las acusaciones de cierto egoísmo e indiferente pasividad no han sido debidamente contestadas.

  ¿Es el “yo” el enemigo?, ¿lo es la negación de la individualidad, el desapego al bien humano más querido, la propia condición autobiográfica, ese hilo de recuerdos, emociones y juicios que compone aquello que más podemos ofrecer al semejante como prueba de confianza?

  Existe un concepto intermedio entre el “yo” y el egoísmo activo que es el “amor propio”, y que quizá habría debido ser siempre el obstáculo  esencial a vencer en la búsqueda de la virtud. El “amor propio” no supone la individualidad privada, la intrasferible, sino la voluntad de alcanzar un estatus estandarizado dentro del grupo social. Quien no tiene amor propio no busca el honor (¿o dignidad?), y la cantidad de honor que se consiga en un escenario de constante competencia es la que marca el estatus. Puesto que el estatus es enfrentamiento entre individuos e implica utilizar al semejante como medio para alcanzar una condición de supremacía meramente cuantitativa el amor propio implica el olvido de la individualidad (dentro de la misma categoría de estatus, todos son igualmente valorados). El cristianismo, a diferencia del budismo, ha buscado siempre vencer el amor propio y no tanto al “yo”. Al contrario, el cristianismo ha exaltado el “yo”, la condición privada, intransferible y llena de contenidos biográficos (pensemos en la genial invención de la autobiografía psicológica, que aparece en las “Confesiones” de San Agustín). Eso le ha permitido innovar, cambiar, ya que la condición del individuo implica adquirir constantemente nuevos contenidos sin menoscabo de la propia identidad como consecuencia inevitable del vivir en sociedad. Esta individualidad contrasta con el amor propio, que implica uniformidad (tanto como la vestimenta marca el rango del oficial militar), un valor cuantitativo frente al valor cualitativo de la individualidad de aquel que, por ejemplo, puede experimentar amor, perdón, piedad, humildad y otros vehículos de accesibilidad al semejante, individuo cuya existencia es tan heterogénea en contenidos como la suya. Esta proximidad benévola al semejante tan pormenorizadamente diferenciado desencadena reacciones de empatía (compasión) y facilita la confianza, la cooperación y el altruismo (caridad).

  La eliminación del yo del budismo supone, sin embargo, una especie de rígida y drástica esterilización de la agresividad humana hasta una uniformidad inocua, sensualmente atractiva desde el punto de vista personal (bien representada por los estados alterados de conciencia propios de los ejercicios de meditación) pero con poco contenido social, no más allá del efecto que nos hace una obra de arte bien trabajada. Y recuérdese lo dicho de que el pensamiento budista no crea ni se renueva, sino que se limita a mantener la tradición ancestral e inamovible.

6 comentarios:

  1. Muy interesante el resumen. La frase que más me ha gustado es:

    "Y quizá falte aún otro paso por dar: la vida monástica, virtuosa, puritana, que tome la guía del criterio científico (puritanos filósofos o psicólogos). Porque un grave problema del monasticismo tal como se lo conoce hasta hoy es su dependencia de la tradición."

    Creo que sintetiza bastante bien el problema. Además del budismo y el cristianismo, muchas filosofías a lo largo de la historia han coincidido en el "avance" para el individuo que supone la limitación las pasiones o emociones, especialmente de las más negativas, como el odio, la envidia, la avaricia, el egoísmo, la búsqueda de admiración por parte de los demás,... Y la importante evolución interior que supone esa renuncia. Pero, a pesar de lo cautivadoras y atractivas que resultan todas esas filosofías, ninguna ha logrado provocar un avance significativo en la evolución de nuestra especie, sino que ha sido el método científico el que lo ha logrado.
    Yo creo que la mente humana esconde en su interior capacidades importantes que no somos capaces de comprender y manejar a voluntad todavía (las capacidades de muchos inventores, compositores o visionarios, por ejemplo). La meditación y la búsqueda interior son posiblemente el único camino para llegar hasta ellas y poder manejarlas a voluntad, pero tanto las oraciones cristianas como la meditación budista llevan muchos siglos encorsetadas por las tradiciones, y será necesario un modo de proceder científico para seguir avanzando y que el manejo adecuado de nuestras capacidades mentales no sólo sirva para lograr una vida sin sufrimiento, sino también para acelerar el progreso tecnológico y social de nuestra especie.


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  2. "a pesar de lo cautivadoras y atractivas que resultan todas esas filosofías, ninguna ha logrado provocar un avance significativo en la evolución de nuestra especie, sino que ha sido el método científico el que lo ha logrado."

    Pues reiterar mi desacuerdo a esto. La evolución de nuestra especie, que es evolución cultural, nos ha llegado por las mejoras en nuestras herramientas de psicología social (valores humanistas tendentes a la prosocialidad). La misma ciencia es consecuencia de estos cambios. Lo que pasa es que el resultado ha sido más bien "indirecto". Los puritanos calvinistas no pensaban en que su descendiente Jefferson idearía los derechos políticos democráticos. Ellos lo que buscaban era la salvación de sus almas...

    Mi idea de un "monasticismo científico" (cambio político no-social) es aquello que en el libro Revel considera inviable. Más bien digamos que es muy difícil y por eso ha sido inviable HASTA AHORA. Las cosas importantes suelen ser difíciles de conseguir. En lo que a avances culturales se refiere (paradigmas para nuestra forma de vida, como la igualdad, la libertad y el interés público, que hoy vemos tan normales, pero que en el pasado fueron rupturistas) las resistencias, en formas de prejuicios, son inevitables. Un "monasticismo científico" (pensemos en la invención del "socialismo científico", como ejemplo de paradigma) no implicaría un comportamiento cívico (eso nos lo da la educación pública, por ejemplo) sino en un auténtico trabajo para alcanzar, esencialmente, la virtud que siempre ha buscado "la sabiduría": antiagresividad, benevolencia, cooperación, tolerancia e incremento de los bienes afectivos (la santidad de toda la vida). Hoy en día los científicos sociales estudian estos fenómenos en sus formas tradicionales conocidas, pero ninguno se ha puesto, hasta ahora,a trabajar en su desarrollo... ¿Quién dice que todo está ya inventado?

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  3. Yo pienso que la evolución cultural sólo es posible si primero se produce la evolución tecnológica. En una sociedad primitiva casi todos los individuos deben dedicar casi todo su tiempo y casi toda su energía a conseguir alimento y refugio. Cuando a alguien se le ocurren nuevas formas de simplificar la obtención de alimento o refugio, se libera tiempo y esfuerzo para crear cultura y costumbres sociales. Al contrario no sucede, porque sin ninguna tecnología, los estómagos pronto están vacíos y las inclemencias del tiempo y los enemigos pronto causan estragos, con lo que las preocupaciones serán casi continuas, y una mente preocupada no se preocupa por la cultura sino por la supervivencia.
    Si un mono descubre como manejar el fuego, usará su descubrimiento para llegar a mono alfa de su manada, y luego para ampliar su territorio acabando con los monos de los territorios vecinos. Pronto los monos no evolucionados desaparecen, y la descendencia del grupo del inventor se propaga, y ya todos dominan el fuego, con lo que eso ya no supone una ventaja, y será el mono que invente la lanza el que logrará que su descendencia conquiste el mundo.
    Y luego el arco, la domesticación de animales, la rueda, la agricultura, el bronce, la espada, la catapulta, el cañón de acero, la bomba nuclear...
    A lo largo de la Historia, muchísimas sociedades con un grado de cultura muy avanzado han sido destruidas por otras sociedades mucho menos avanzadas culturalmente, pero que tenían un invento que les permitía ser mejores en el campo de batalla.
    Así la tecnología más eficiente suele arrasar a la cultura más avanzada, rara vez al contrario.
    Y los inventos no surgen como elaboración de una sociedad en su conjunto, sino que siempre surgen en la mente de un único individuo. Si repasamos, por ejemplo, como James Watt creó la máquina de vapor, o cómo Ford creó la producción en cadena, vemos que cada visionario ha tenido que luchar contra viento y marea, apostando su vida a una idea que sus contemporáneos (es decir, su sociedad y la cultura que la dominaba) han considerado una idea loca. Luego, la idea surgida en una mente individual ha transformado esa sociedad que despreciaba la idea y se reía de los afanes del inventor.
    Esto fue así que hasta que los americanos (en parte imitando a los nazis) decidieron aplicar criterios científicos al desarrollo de nuevos y ambiciosos proyectos tecnológicos militares, y tuvieron tanto éxito que decidieron transformar por completo su sociedad a partir de esa idea, y siguen haciéndolo. Aún no han conseguido descubrir con precisión qué genera las ideas creativas en el interior de una mente humana, pero están bastante centrados en ello y creo que van por buen camino para descubrirlo y manejarlo a voluntad, lo que sin duda supondrá la mayor revolución en la historia de la humanidad.
    La sociedad americana hace cien años no era ni mucho menos la que tenía una cultura más desarrollada, pero es en ella en la que se han desarrollado los avances tecnológicos (electricidad, electrónica, informática, internét,...) que están posibilitando el crecimiento de la cultura hasta unos niveles jamás soñados por los sofisticados pensadores de las sofisticadas culturas que había en la Francia, Alemania o Inglaterra de hace cien años.

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  4. "Yo pienso que la evolución cultural sólo es posible si primero se produce la evolución tecnológica.(...) Cuando a alguien se le ocurren nuevas formas de simplificar la obtención de alimento o refugio, se libera tiempo y esfuerzo para crear cultura y costumbres sociales"

    En parte es así, pero hay que tener en cuenta que ya en el neolítico un agricultor se bastaba para alimentar a cuatro o cinco personas, luego existía ya con eso bastante tiempo libre para el ocio. El auténtico obstáculo para el desarrollo social es la agresividad innata y no tanto el hambre y la precariedad que son consecuencia de ésta y no de la falta de tecnología. Sin la agresividad innata no se hubieran desperdiciado tantos recursos. Pero puesto que combatir la agresividad es dificílismo (el desarrollo cultural -moralista- consiste básicamente en eso) hubo que esperar, en efecto, a que surgieran clases sociales aristocráticas que muy poquito a poco fuesen aportando descubrimientos intelectuales y éticos, como por ejemplo el budismo...

    "A lo largo de la Historia, muchísimas sociedades con un grado de cultura muy avanzado han sido destruidas por otras sociedades mucho menos avanzadas culturalmente, pero que tenían un invento que les permitía ser mejores en el campo de batalla."

    Normalmente, las innovaciones en tecnología suelen ir asociadas al desarrollo cultural moralista que es el que permite su invención. Culturas guerreras de tecnología avanzada pero éticamente primitivas son raras y efímeras. A mí se me ocurren los mongoles de Gengis Khan y los nazis. Incluso el Imperio turco acabó siendo derrotando militarmente porque Occidente, con su burguesía, sus gremios, sus ciudades libres y sus primeros capitalistas permitieron el desarrollo, entre otros, de los mejores armeros y los mejores financieros para reclutar ejércitos numerosos.

    "los inventos no surgen como elaboración de una sociedad en su conjunto, sino que siempre surgen en la mente de un único individuo. Si repasamos, por ejemplo, como James Watt creó la máquina de vapor, o cómo Ford creó la producción en cadena"

    No, no, en absoluto. Tanto Watt como Ford partieron de investigaciones complejas en las que participaron muchísima gente a lo largo de mucho tiempo. No fueron invenciones individuales.

    "La sociedad americana hace cien años no era ni mucho menos la que tenía una cultura más desarrollada"

    Sí lo eran. Crearon la primera república democrática basada en principios ilustrados modernos. Y ya hace más de cien años despertaron la admiración de los europeos. https://es.wikipedia.org/wiki/La_democracia_en_Am%C3%A9rica Este libro cualquier día lo meto en este blog...

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  5. El neolítico sólo fue posible después de muchos e importantes avances tecnológicos, que ahora nos parecen básicos, pero que no lo son en absoluto. La agricultura y ganadería no sólo requieren de conocimientos sobre las especies cultivadas o criadas, también de herramientas bastante más sofisticadas a las necesarias para cazar. Los chimpancés son capaces de cazar monos más pequeños sin usar nada más que sus brazos y patas, y matan a los monos que consiguen coger con su propios dientes, mordiéndoles en el cuello. Quitar la vida a un animal es muchísimo más sencillo que cuidarlo durante varios años para luego poder ordeñarlo, sacrificarlo o aprovechar a su descendencia. Sin herramientas, la ganadería y la agricultura son inimaginables. No entiendo la obsesión por algunos autores exaltando la pintura en cuevas como una impresionante manifestación cultural que hace humanos a los que lo hicieron, cuando no son más que unos garabatos trazados en algún momento de descanso, en una época en la que supervivencia de cada miembro de un grupo humano requería de tareas sumamente más complicadas y que requerían de habilidades mentales mucho mayores que dibujar esas figuras.
    Así el tiempo libre del que disponían algunos individuos, para crear manifestaciones culturales, sólo fue posible porque antes había habido importantes avances tecnológicos.
    “El auténtico obstáculo para el desarrollo social es la agresividad innata y no tanto el hambre y la precariedad que son consecuencia de ésta y no de la falta de tecnología.”
    Discrepo bastante de este punto de vista. Eso es decir que la moralidad es imprescindible para que el 99% de brutos contengan sus instintos y así el 1% restante pueda crear avances tecnológicos que mejoren la vida del 100%. Pero esa agresividad innata que tenemos los humanos es sólo una parte de la que tienen los chimpacés, y ellos no necesitan cultura para que la convivencia armoniosa sea posible en cada grupo. Esa agresividad tiene dos objetivos claros: llegar a ser y mantenerse como macho alfa y defender el territorio de los chimpacés de los territorios vecinos. Una vez establecido un macho alfa, este pone orden entre todos los monos, dando unos puñetazos al que se porta mal, para que todos vivan en orden y armonía. No hace falta adorar a ningún dios ni creer en el cielo y el infierno para portarse bien y no molestar a los otros. Simplemente con percibir que hay un individuo más fuerte que nos dará una paliza si hacemos algo malo para el grupo, es suficiente para que todos se porten bien y ninguno de rienda suelta a su agresividad innata.
    Así, reitero mi opinión: las manifestaciones culturales son consecuencia y no causa de los avances tecnológicos.

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  6. "No entiendo la obsesión por algunos autores exaltando la pintura en cuevas como una impresionante manifestación cultural que hace humanos a los que lo hicieron, cuando no son más que unos garabatos trazados en algún momento de descanso"

    La importancia estriba en que no hay animal alguno que haga algo semejante. Y que esos comportamientos tan extraños precedieron a los cambios en tecnología. De hecho, el aumento del tamaño del cerebro debe de estar relacionado con las actividades de vida social sin relevancia tecnológica y económica, porque el Homo Sapiens tenía un cerebro tan grande como el nuestro en la época en que seguía utilizando la misma tecnología y forma de vida que el Homo erectus, cuyo cerebro era la mitad de grande. Si no era para mejorar la disponibilidad de alimentos y otros bienes económicos, ¿para qué entonces querían un cerebro tan grande? La única explicación posible es que se trataba de mejorar la vida social: más relaciones sociales. En este blog tengo varios libros sobre ese tema, como el de Mithen o el de Tomasello. O sea, primero, desarrollo de la vida social (lenguaje, arte, relaciones familiares), después desarrollo del cerebro y solo después, probablemente para permitir el sedentarismo (la vida social nómada es más pobre que la sedentaria), aparecen nuevas formas de vida económica (agricutura, ganadería, etc).

    "Una vez establecido un macho alfa, este pone orden entre todos los monos, dando unos puñetazos al que se porta mal, para que todos vivan en orden y armonía. No hace falta adorar a ningún dios ni creer en el cielo y el infierno para portarse bien y no molestar a los otros"

    Las primeras religiones eran más simples que creer en los dioses (y lo del cielo es una novedad que no aparece hasta los egipcios), pero en todas coincidía la necesidad de agrupar psicológicamente a los individuos en torno a un centro de interés común que excediera la autoridad del macho alfa. Si el macho alfa se revestía de autoridad sagrada lograba prolongar la estabilidad del grupo. Recuerda que el macho alfa tiene que disputar constantemente su dominio y eso es un desperdicio de recursos. Los pueblos primitivos, en general, parece que tratan de ser igualitarios y no dar demasiado poder al "jefe". Para conseguir esto requieren un control de autoridad psicológica: la autoridad del mito, el dictamen de los chamanes, las tradiciones ancestrales. Esta parece la religión más ancestral. Después, con el sedentarismo y el aumento de la población la cosa se complicó mucho.

    Por otra parte, la creencia en espíritus y todo tipo de supersticiones, con o sin religión (la magia o brujería no son religión) parece que es inevitable como consecuencia de ciertas peculiaridades de la vida intelectual humana. http://unpocodesabiduria21.blogspot.com.es/2015/08/dentro-de-la-mente-neolitica-2005-lewis.html

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