lunes, 23 de junio de 2014

“El círculo expansivo”, 1981. Peter Singer

  “El círculo expansivo”, del filósofo Peter Singer, se ha considerado el primer libro extenso que intenta contrastar las posibles implicaciones de la “sociobiología” en nuestra comprensión de la ética.

 La sociobiología (que se corresponde más o menos con lo que hoy también se llama “psicología evolutiva”) se da a conocer a partir del libro del mismo título de E. O. Wilson, en 1970, pero su propuesta no es muy diferente de las del mismo Darwin acerca de que las pautas instintivas del comportamiento humano habrían evolucionado a partir de las de nuestros antepasados prehumanos. De ese modo, sería posible rastrear las características básicas de los comportamientos humanos innatos, los instintos, y así conocer mejor de qué forma podemos controlarlos en lo que tengan de antisociales según la forma de vida que aceptamos hoy. Este control de los instintos para favorecer el bien común es de lo que trata el razonamiento ético.

  Porque, evidentemente, nuestros antepasados prehumanos y nuestros primeros antepasados humanos llevaban una forma de vida que desde nuestro punto de vista moderno no resultaría envidiable. ¿Nos puede ayudar la ciencia a mejorar el control ético y con ello hacer una sociedad mejor?

El sueño de una ética científica es viejo, pero ha rendido poco fruto.

   Según Singer

EO Wilson pretende que la teoría de la selección natural ha de ser utilizada para explicar la ética “en toda profundidad”. En el capítulo final de su libro “Sociobiología” sugiere que con el tiempo se podría arrebatar la ética a los filósofos y asignársela a los científicos. 

   Peter Singer, que es filósofo, acepta que

el punto de vista sociobiológico nos dice algo importante sobre la ética, algo que podemos usar para conseguir una comprensión de la ética mejor de lo que hasta ahora ha sido posible. Mostrar qué es esto y cómo puede ser combinado con lo que tiene sentido en las teorías filosóficas de la ética es el objeto de este libro. 

   Comencemos con la constatación de que la ética no se contradice radicalmente con muchos de los instintos de los mamíferos sociales:

Un grupo social no puede permanecer unido si  sus miembros hacen frecuentes e incontrolados ataques los unos contra los otros. 

En qué momento un patrón de control hacia los demás miembros se convierte en una ética social es difícil de decir. Pero la ética probablemente comienza en estos patrones de comportamiento pre-humanos.

  La clave del comportamiento ético es el comportamiento altruista:

Si definimos comportamiento altruista como el que beneficia a otros representando un coste para uno mismo, el altruismo en los animales no-humanos está bien documentado.

  Puede ser el caso del auxilio a congéneres heridos, o las llamadas de aviso al resto del grupo en caso de que aparezca un depredador, o el reparto de la comida…

El altruismo intriga a los sociobiólogos. Wilson lo llama “el problema teórico central de la sociobiología”. Es un problema porque tiene que ser considerado dentro del marco de la teoría de Darwin de la evolución. Si la evolución es una lucha por la supervivencia, ¿por qué no ha eliminado a los altruistas, que parecen incrementar la perspectiva de supervivencia de los otros al coste de la propia?

  La biología evolutiva nos da una explicación racional del altruismo. Comenzando por que

la base real de la selección no es la especie, tampoco algún grupo pequeño, ni siquiera el individuo. Es el gen. Los genes son responsables de las características que heredamos. Si un gen hace que los individuos desarrollen algún rasgo que incrementa sus posibilidades de sobrevivir y reproducirse, ese tipo de gen sobrevivirá él mismo en la siguiente generación; si un gen reduce las posibilidades de dejar descendencia para aquellos individuos que lo llevan, ese tipo de gen mismo morirá con la muerte de su portador individual. 

  Y entonces…

En términos genéticos mis hermanos están tan cercanamente relacionados conmigo como mis hijos; no hay un significado especial en el hecho de que los genes que mis hijos comparten conmigo se han replicado gracias a mi cuerpo mientras que no ha sido así con los que comparto con mi hermana. En cualquier caso, ayudar a mis hermanos y hermanas ampliará las perspectivas de supervivencia de mis genes, de la misma forma que ayudando a mis hijos. (…) Esta es la base del altruismo de parentesco: la tendencia genéticamente basada en ayudar a los parientes de uno.

El altruismo de parentesco no implica que los animales saben cómo de próximamente emparentados están los unos con los otros –que ellos puedan distinguir hermanos de medio hermanos, o primos de animales sin parentesco. La teoría dice solo que los animales actúan aproximadamente como si fueran conscientes de esta relación.

  Por lo tanto, solo un ignorante puede considerar que la bondad, la generosidad y el sacrificio son antinaturales…

  Ahora bien, las necesidades éticas de nuestra sociedad no son ya las de nuestros antepasados cazadores-recolectores, cuya carga genética portamos (aunque no han de descartarse pequeños cambios evolutivos más recientes…), y por eso ya no nos basta con los resultados de la cooperación social que se daba entre nuestros antepasados humanos remotos en cuanto a que mantenían vínculos de parentesco.

  Lo que está claro es que, mientras más altruistas seamos, más se favorecerá cualquier tarea que exija la cooperación y esto nos beneficiaría a todos (es decir, favorecería la supervivencia de la especie y, por tanto, la propagación de los genes). El desarrollo ético debe llevarnos a incrementar las conductas altruistas lo más posible. También para quienes no son parientes nuestros.

Las personas que están motivadas altruistamente serán unos socios más fiables que aquellas que están motivadas por el propio interés.

  Veamos cómo comienza a ser regulado el comportamiento ético.

Uno puede tomar las nueces que otros miembros de la tribu han recogido, pero no permitir que nadie toque las suyas y será preguntado por qué los dos casos son diferentes (…) Yo puedo decir, por ejemplo, que mis hazañas como guerrero me justifican para tomar una parte mayor del total de nueces (…) La necesidad de revestir mi justificación con una apariencia de imparcialidad proporciona un significante comienzo al desarrollo del razonamiento ético

  El altruismo excesivo de dejar nuestras posesiones a todo el que las desee nos llevaría a una escasez suicida, de la misma forma que un egoísmo excesivo nos llevaría al conflicto con quienes no quieren verse perjudicados. Esta situación tan sencilla ya exige un control, y este control necesita expresarse racionalmente. El razonamiento ético hace uso entonces de dos principios que ya están esbozados en la historia del reparto de las nueces. Uno de ellos parece instintivo, y es la reciprocidad:

Si uno puede conseguir que se le rescate sin tener que rescatar él mismo a nadie, parece la mejor estrategia desde un punto de vista egoísta. ¿Por qué no sucede esto? ¿Qué es lo que asegura que esta forma de altruismo sea recíproca? A cierto nivel, la respuesta a esta pregunta podría ser que los individuos pueden recordar quién los ha ayudado y quién no, y que ellos no ayudarán a nadie que se ha negado a ayudar. Los que engañan, los que son ayudados pero se niegan a ayudar a nadie, nunca prosperan porque sus engaños son apercibidos y castigados. Si esto es correcto esperaríamos que el altruismo recíproco solo se diera entre individuos capaces de reconocer a otros individuos, clasificándolos entre quienes ayudan y quienes no. La reciprocidad podría no requerir poderes de raciocinio, pero sí requeriría inteligencia (…) El altruismo recíproco es más común –y probablemente está limitado a ellos- en los pájaros y los mamíferos. 

   El otro principio es que el mantenimiento de la norma ha de partir del “desinterés” (o “imparcialidad”) de quienes la hacen cumplir.

El “desinterés altruista” dentro de un grupo implica el rechazo del razonamiento puramente egoísta. Para razonar éticamente tengo que ver mi propio interés como solo uno entre los muchos intereses de los otros. (…) Una vez que he llegado a ver mis intereses y los de mis parientes y vecinos como no más importantes, desde el punto de vista ético, que los de los demás dentro de mi sociedad, el siguiente paso es preguntarme por qué los intereses de mi sociedad deben ser más importantes que los intereses de otras sociedades.

  Y aquí es donde llegamos a la idea del “círculo expansivo”: el altruismo y la reciprocidad en sí son instintivos, los practican los otros mamíferos y no exigen razonamiento puesto que operan a un nivel inmediato de nuestras relaciones sociales, pero la cosa se complica cuando encontramos la idea de que el diseño de las normas éticas debe proceder de un punto de vista abstracto en el cual el individuo que juzga no esté personalmente implicado: no es que yo quiera quedarme con las nueces: es que objetivamente me las merezco (o eso pretendo hacer creer...).

  La comunidad humana ha ido más allá de los límites de la “Horda primitiva” (ciento cincuenta individuos como máximo, según el cálculo del profesor Robin Dunbar acerca del número de miembros que componían los primeros grupos de cazadores-recolectores humanos) y ya no bastan los juicios espontáneos de aprobación al altruismo instintivo o de reprobación a la no observancia de la reciprocidad instintiva en un entorno de proximidad. El grupo mayor, donde ya no nos conocemos todos personalmente, exige el esfuerzo mental de imaginar un punto de vista ajeno, sin implicación personal en los sucesos que observamos.

El razonamiento ético, una vez puesto en marcha, empuja contra nuestros inicialmente limitados horizontes éticos, llevándonos siempre hacia un punto de vista cada vez más universal.

  Las consecuencias de este cambio son espectaculares y aún las estaríamos viviendo. La complejidad de las normas éticas, al exigirnos la objetividad, la abstracción y el raciocinio propios de juzgar “con desinterés” (o “imparcialidad”) situaciones en las que entran en conflicto los intereses ajenos acaba transportándonos a la idea platónica del Bien Absoluto.

La razón yendo más allá de los límites de la moralidad de las costumbres es clásicamente encarnada por la vida y muerte de Sócrates. (…) Las mismas costumbres son puestas en cuestión, de la misma forma que Sócrates puso en cuestión los estándares aceptados en su época. (…) La capacidad para tomar la perspectiva de un extranjero puede tener algo que ver con ello. Desde el punto de vista del forastero, las costumbres de mi sociedad aparecen solo como una entre un número de posibles sistemas diferentes. Así se pierde su sentido de natural corrección e inevitabilidad. 

   Como bien observó ya Platón, incluso los bandidos necesitan atenerse a ciertas reglas éticas (el problema es que los bandidos con frecuencia no respetan sus propias reglas y, según parece, algunas sociedades primitivas guerreras, tampoco).

Los valores son inherentemente prácticos: valorar algo es considerar que existe una razón para promoverlo.(…) Las reglas morales deben ser recomendadas al grupo partiendo de la base de que sus consecuencias son buenas para el grupo.

 Entre los primitivos…

Las obligaciones están limitadas a los miembros de la tribu; los extranjeros tienen muy pocos derechos o ninguno en absoluto. Matar a un miembro de la tribu está mal y será castigado, pero matar a un miembro de otra tribu que sucede que te has cruzado en el camino es laudable.

  Y a medida que se produce la evolución de las costumbres ( o “evolución cultural”)…

El círculo del altruismo se ha ensanchado desde la familia y la tribu a la nación y la raza, y estamos comenzando a reconocer que nuestras obligaciones se extienden a todos los seres humanos.

El razonamiento es inherentemente expansionista. Busca aplicación universal. (…) Dejada a sí misma, la razón se desarrollará a partir de un principio similar al de la evolución biológica. (…) Una vez que la razón se ha puesto en marcha es difícil decir dónde se detendrá. 

Generación tras generación no habrá progreso, pero entonces repentinamente se dará una mutación que se demostrará como mejor adaptada.

  Ahora bien, ¿por qué mecanismo llega a producirse el cambio ético?, ¿por el mero “uso de la razón”?

   De lo que estamos hablando al tratar de las “mutaciones del razonamiento” (por ejemplo, considerar que nadie tiene derecho a hacer esclavo a otro) es de cambios culturales, cambios de comportamiento emocionalmente motivados y racionalmente fundamentados en creencias ideológicas compartidas por el grupo social (todos los seres humanos somos hermanos, igualmente dotados de alma por Dios… por ejemplo).

  Pero ¿es concebible que los seres humanos cambien su comportamiento solo porque se ha difundido una “mutación del razonamiento” (que "todos los hombres somos iguales")?

Dada su concepción materialista de la historia, Marx no habría admitido que la naturaleza inherentemente expansionista de la razón jugase ningún importante papel causal en el proceso que describe; más bien él pensaba que encubría los intereses de clase de los que hacen las revoluciones. Sin embargo el final resulta ser el mismo. La propia teoría de Marx lleva a la forma más universal posible de sociedad humana, ya que contempla el comunismo como una sociedad que no está dividida ni por clases ni por límites nacionales. Aunque Marx no estaba impresionado por el poder de las ideas, la idea de universalidad tenía un arraigo poderoso en sus propios pensamientos.

   Ciertamente, el determinismo económico marxista de la lucha de clases no nos explica por qué las clases oprimidas en la época romana no pudieron lograr lo que las clases oprimidas de la era industrial acabarían logrando, por ejemplo, en la Revolución Rusa. Por qué Espartaco fracasó sin dejar siquiera herederos ideológicos. Por qué Espartaco no pudo crear una ideología política como otros creaban religiones. ¿Por qué motivo la naturaleza expansionista de la razón no se había manifestado ya en la época romana?

    Busquemos una pista para salir de este embrollo en algunas observaciones que hace Peter Singer acerca de ciertos dilemas éticos, experimentos mentales que nos muestran determinadas contradicciones en la ética aplicada: en el caso del “dilema del tranvía”, yo tengo la oportunidad de evitar que cinco personas mueran arrolladas por un tranvía si activo un mecanismo que desvía el vehículo hacia otro recorrido… lo que alternativamente causará la muerte a otra persona que se encuentra en otra vía. Normalmente, si se nos pregunta, aceptamos que se pierda una vida para que se salven cinco. Pero en otra versión del problema, yo solo puedo salvar a las cinco personas si empujo a otra desde un puente sobre la vía de modo que sea su cuerpo lo que detenga el tranvía. Y aquí, cuando se solicita la respuesta al dilema, el resultado, un tanto inexplicablemente, cambia.

Tanto en el caso de la desviación como en el caso del puente, tú provocas la muerte de una persona para salvar a cinco, pero hacerlo es correcto en el caso de la desviación e incorrecto en el caso del puente. ¿Cuál es la base de la distinción moral entre ambos casos? Abordando el problema de esta manera, los filósofos toman las intuiciones morales como correctas y buscan después justificarlas.(…) Cambiar una palanca que desvía un tren que matará a alguien no tiene mucho parecido con nada que haya podido suceder en las circunstancias en las cuales vivieron nuestros antepasados.

  Es decir, cambiar una palanca es mucho más aceptable que empujar a la muerte a una persona con nuestras propias manos debido a que no contamos con prejuicios instintivos al respecto. Con esto lo que estamos viendo es que la mera extensión del razonamiento ético no basta por sí misma: hay elementos emocionales implicados, elementos intuitivos donde se distingue lo cognitivo (lo que se hace) de lo emocional (cómo se hace). Es muy difícil asesinar a alguien con las propias manos, y por eso los nazis llegaron a elaborar sus siniestras fábricas de la muerte con cámaras de gas sobre el principio de la impersonalidad y deshumanización que distanciaba casi por completo al verdugo de sus miles de víctimas. Lo mismo sucede en el sentido contrario, el del altruismo:

Incluso la Madre Teresa, cuya obra por los desprotegidos de Calcuta parece ejemplificar universalmente el amor por todos, ha descrito su amor por los otros como amor por cada uno dentro de una sucesión de individuos más bien que “amor por la humanidad, meramente como tal”. Si fuéramos más racionales, seríamos diferentes: usaríamos nuestros recursos para salvar tantas vidas como fuese posible sin tener en cuenta si lo hacemos para reducir la cifra de accidentes de tráfico o para salvar vidas específicas, identificables.

  La concepción abstracta de la ética llega hasta el Imperativo Moral de Kant.

Kant escribió que uno no debería decir nunca una mentira, ni siquiera si un asesino llega a tu puerta preguntando si su próxima víctima se oculta en tu casa, siendo esto realmente así.

   ¡Qué exagerado parece el señor Kant! También Jesús parece un poco exagerado, con aquello de amar al enemigo y poner la otra mejilla.

  Sin embargo, estos casos de posicionamientos éticos racionalistas, no basados en prejuicios emocionales, tienen sentido a nivel social: si en el dilema de Kant puede producirse un asesinato ¿podemos a su vez imaginar el nivel de confianza y, por tanto, de cooperación eficiente que se daría en una sociedad donde nadie miente, ni siquiera en tan terribles circunstancias? Tales niveles de cooperación permitirían un incremento de la producción y eficiencia económicas que podrían dar lugar a su vez incluso a que se elaborasen estrategias capaces –o no- de salvar la vida de la persona amenazada… (Por ejemplo: podrían disponer de una tecnología de seguridad tan avanzada que asegurase la vida del fugitivo incluso si el homicida psicópata logra penetrar en la casa donde se esconde)

   Así pues, tan racional es la rigidez del Imperativo de Kant como el pacifismo absoluto y despreocupado de Jesús. El auténtico problema sería más bien superar los obstáculos emocionales que suponen ciertos instintos (por ejemplo, en el caso de perdonar una ofensa, se trataría de reprimir el deseo instintivo de venganza) y los obstáculos emocionales que nos impiden en ocasiones hacer cumplir las normas éticas hasta sus últimas consecuencias (como en el caso del dilema que presenta Kant… o en el de empujar a un inocente a la vía para salvar a cinco).

   La mejor forma de superar tales obstáculos emocionales es hacer uso de estrategias psicológicas transmitidas culturalmente que pongan en marcha impulsos emocionales altruistas que contrarresten los comportamientos irracionales, incluidos aquellos comportamientos irracionales que son de apariencia altruista (por ejemplo: me preocupa más el sufrimiento de mi perro que el de cien desconocidos). Estas estrategias han de implicar, obviamente, gratificaciones que refuercen la conducta altruista racional. Si estas gratificaciones son solo de tipo emocional, psicológico, podrían ser muy asequibles económicamente. Por ejemplo:

Los llamamientos a dar generosamente ayuda para las hambrunas y proyectos de desarrollo en países lejanos alcanzan a unos pocos, pero mucha otra gente encuentra esta forma de ayuda demasiado anónima (…) Los esquemas en los cuales invitan a la gente a convertirse en padrinos de niños pobres son una manera de superar esta barrera. En estos casos, los padrinos reciben una fotografía del niño que ayudan y se establece contacto mediante cartas.

En 1944 se dio a conocer el punto de vista de que una mayor movilidad social, una mayor discusión pública y una mayor comunicación intelectual ya estaban contribuyendo a cambiar las actitudes racistas que habían existido durante tanto tiempo en algunas partes de los Estados Unidos

  Como vemos, los obstáculos emocionales no pueden ser destruidos por el mero peso de la razón, sino solo reemplazados por fuerzas emocionales contrarias estratégicamente –intencionadamente- posicionadas en un entorno cultural. Así, la foto del niño pobre que vive en un país lejano, o así, el consumo de información en la lucha contra el racismo en Estados Unidos (dramatizada en ocasiones en la narrativa, como fue el caso de “La cabaña del Tío Tom” y los testimonios autobiográficos de algunos esclavos). Peter Singer también nos recuerda que un bien social tan valioso como la donación de sangre se obtiene muy económicamente, sin necesidad de grandes estrategias psicológicas a fin de que la gente dé algo por nada.

  En el libro, pues, se nos describe la expansión de las ideas éticas y la correspondiente expansión del círculo humano donde son comprendidas y aplicadas (grupo de parentesco primero, tribu, poblado y nación más adelante… y al final todo el mundo), pero hay que precisar que las ideas éticas se expresan como comportamientos sociales emocionalmente enraizados, y que para llevar a cabo la expansión necesitamos tanto del razonamiento ético como de la elaboración de recursos culturales que neutralicen los obstáculos emocionales (ya que lo emocional muchas veces va contra el bien común: no es raro el caso del que deja morir a cinco extraños inocentes para salvar a su hijo culpable…). Muy probablemente, el no haberse elaborado aún las ideas de igualdad más los obstáculos emocionales mencionados fue lo que impidió que la ideología de la lucha de clases triunfase ya en la época del Imperio Romano. Y muy probablemente el triunfo del cristianismo tuvo que ver con que (entre otras cosas) esta religión hablaba de que Dios valora el alma de todos y cada uno de los hombres sin distinción de clase social, nacionalidad o sexo.

   Si ambos elementos (razón y remoción de obstáculos emocionales) se desarrollan hasta sus últimas consecuencias el resultado sería una sociedad basada en principios altruistas al nivel de los altas exigencias de Jesús y de Kant. Una sociedad semejante permitiría que entre los individuos se diera una confianza mutua absoluta y, por tanto, un nivel altísimo de cooperación eficiente a nivel intelectual y económico.

  Es curioso que, a pesar de lo evidente que esto parece, no se dedica hoy el menor esfuerzo a nivel científico para el desarrollo de tal tipo de soluciones. Ni la elaboración de razonamientos éticos a nivel social ni la elaboración de recursos culturales para el control emocional son tarea de ningún poder público ni de ninguna institución científica. Y sin embargo, el mundo en el que vivimos ya es, al fin y al cabo, el resultado de tales iniciativas de desarrollo que a lo largo de la historia han conseguido disminuir en mucho los comportamientos agresivos y en consecuencia aumentar también en mucho la cooperación eficiente. Con todo, aún no hemos alcanzado la perfecta cooperación a la que todos seguimos aspirando.

  Obviamente, los avances se han producido por causa de la evolución cultural no planificada (excepto quizá un poco recientemente con la educación en un sentido humanista), cuyos  principales factores de cambio han sido las innovaciones religiosas. La religión ha elaborado razonamientos éticos (expresados en doctrina o, más antiguamente, mediante mitos) que han dado lugar a ideas, símbolos y mandamientos que a su vez han influenciado la mente humana a lo largo de siglos, permitiendo la remoción parcial de los obstáculos emocionales que se interponen entre los razonamientos éticos y la realidad social (sobre todo a partir de la aparición de las llamadas “religiones compasivas”, del budismo en adelante). La religión ha elaborado también estrategias psicológicas que han favorecido los comportamientos sociales que son consecuencia de los razonamientos éticos (el perdón, la piedad, el sacrificio…), es decir, han permitido una sensible "internalización" de las pautas éticas prosociales mediante tales mecanismos psicológicos. Entre estas estrategias están los rituales, la liturgia, la confesión, la meditación, el adoctrinamiento, el arte…

  Todo ello no son más que manipulaciones inteligentes de los propios instintos altruistas de origen animal que existen en nuestra naturaleza. Por ejemplo, la imagen de la Virgen María no es más que una evocación del amor maternal como referente para un amor universal, o el “amaos los unos a los otros como yo os he amado” busca desviar la atención de los comportamientos que son instintivamente reprobables (esos “otros” que tal vez no merezcan nuestra reciprocidad) hacia comportamientos que sí son instintivamente atractivos (el comportamiento extremadamente altruista del modelo que representa el personaje mítico de Jesús, que nos da absoluta confianza).

   Otro recurso es la compleja puesta en marcha de experiencias comunitarias de comportamiento ético extremado (autocontrol de los instintos antisociales o agresivos, promoción de los instintos prosociales o altruistas) bajo las condiciones especiales de los establecimientos monásticos o del estamento eclesiástico. Instigando a un grupo de personas escogidas a un comportamiento ejemplar y coherente puede lograrse que desarrollen pautas estables de conducta en este sentido. Estas pautas, una vez llegan a existir y son conocidas, comienzan a ser imitadas por el resto de la comunidad humana que no forma parte del grupo, de modo que toda la comunidad acaba siendo influenciada a la larga. Norbert Elías en "El proceso de civilización" demostró cómo la aristocracia era influenciada por la moral de la Iglesia, y cómo los aristócratas luego iban influenciando el comportamiento de las clases sociales inmediatamente inferiores (esto también es "expansión del círculo").

  Es una lástima que la elaboración de estos razonamientos y estas técnicas sigan hoy en manos de las antiguas tradiciones religiosas y carezcan de interés científico. El civismo laico sin duda es racional y sin duda el esfuerzo educativo obtiene algunos resultados, pero su capacidad para innovar recursos psicológicos que afecten el comportamiento emocional de los individuos es escaso y sigue basándose en modelos heredados de las tradiciones religiosas compasivas (por eso seguimos hablando de “sociedades católicas” o “protestantes” o “budistas” o “islámicas”). Mejorar las pautas de comportamiento que se derivan de estas tradiciones exigiría previamente, por supuesto, nuevas elaboraciones racionales como primer paso…

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