martes, 9 de diciembre de 2014

“La ciudad de Dios”, 426. Agustín de Hipona

  Agustín de Hipona señala en cierto modo el final de la filosofía como tal durante mil años en Occidente. En adelante, todos serán teólogos. Sorprende lo semejante que es la ortodoxia católica de este autor del siglo V a la de quienes vendrán a lo largo de los siglos posteriores. Es en la época de Agustín cuando se consolida una visión del mundo, y esto podemos juzgarlo de dos formas: como catástrofe accidental que deja interrumpida durante mil años la evolución humanista del pensamiento o bien como periodo necesario “de aclimatación” en esta evolución. Y en el segundo caso tendríamos que evaluar por qué se prolonga tanto esta etapa. Qué hay en ello de fundamental. Por qué surge.

  Cuando Agustín escribe "La ciudad de Dios", el cristianismo ha triunfado en el Imperio Romano y ya es la religión oficial. Subsisten residuos de paganismo e incluso de un incipiente escepticismo filosófico que será entonces destruido en su raíz, pero en su “Ciudad de Dios”, Agustín sobre todo se enfrenta, más que a los escépticos, a los otros teístas, al pensamiento teológico precristiano (platonismo y neoplatonismo) cuya existencia previa ha creado la base de pensamiento y emoción religiosos sobre la cual ha sido aceptado el cristianismo.

Se trata nada menos que de discutir contra los filósofos, y no unos filósofos cualesquiera, sino los que gozan ante ellos de la más encumbrada fama, y que están de acuerdo con nosotros en muchos puntos; por ejemplo, la inmortalidad del alma, la creación del mundo por el verdadero Dios, la Providencia divina, gobernadora de todo lo creado. Pero como deben quedar también refutados aquellos puntos en que disienten de nosotros, tomaremos esto como un deber ineludible, de forma que se resuelvan, con la ayuda de Dios, las objeciones contra la religión y luego dejemos firmemente asentada la ciudad de Dios, la verdadera religiosidad y el culto divino, en el cual únicamente se halla la verídica promesa de la felicidad eterna.

  La ortodoxia católica que Agustín representa y que dominará Europa mil años es una curiosa amalgama de filosofía teológica y devoción popular. Los platónicos eran unos teístas intelectualmente sólidos hasta cierto punto pero los cristianos contaban con una gran ventaja sobre ellos: habían seducido a las masas, no solo a una minoría intelectual.

filósofos bien conocidos (…) se nos enfrentan en relación con la resurrección de la carne, que niegan rotundamente. En cambio, son tantos los que la creen que achicaron el número de los que la niegan, y cultos e indoctos, sabios del mundo e ignorantes, se convirtieron con fiel corazón a Cristo, que demostró en su resurrección lo que a aquéllos les parece un absurdo. 

  Lo que propone Agustín es irracional: el Dios cristiano existe porque tanto los sabios como los ignorantes lo creen así y porque el milagro de la resurrección de Cristo es la prueba empírica de ello. (Hay que precisar que los platónicos sí creían en la inmortalidad del alma, pero no en la de los cuerpos… y hablaban poco de milagros, prefiriendo las demostraciones metafísicas).

  Agustín no profundiza en los motivos reales por el que las masas populares del Imperio han aceptado el cristianismo, aunque en su obra tales motivos pueden rastrearse. En cualquier caso, la demostración “empírica” de la existencia de Dios por la resurrección de Cristo cuatrocientos años antes no tiene sentido desde el momento en que Agustín admite la existencia de todo tipo de prodigios tanto cristianos como no cristianos… Se limita a precisar que los prodigios divinos son de mayor calidad que los demoniacos.

si los impuros demonios son capaces de estas cosas, ¡cuánto mayor será la potencia de los santos ángeles, cuánto mayor a todos ellos el de Dios, creador de los mismos ángeles, autores de tales maravillas!

Todas las maravillas de los magos (…) se deben a las doctrinas y obras de los demonios. 

No pueden en modo alguno compararse los milagros que pretenden haberse realizado en sus templos con los milagros que se realizan en los templos de nuestros mártires. Y si tuvieran alguna semejanza, esos sus dioses quedarían superados por nuestros mártires, como lo fueron los magos del faraón por Moisés

  Agustín vive en un mundo “milagrero” donde ángeles y demonios hacen acto de presencia continuamente, y la superioridad de Dios sobre tales entidades es meramente de grado (igual que sucedió con la superioridad de los milagros de Moisés frente a los de los magos del faraón). Por lo tanto, cualquier pagano podría devolverle el argumento aduciendo que, desde su punto de vista y en base a los testimonios que él escoja, los milagros de sus templos son mejores que los de los cristianos. Desde un punto de vista actual, el enfrentamiento no tiene sentido.

  En cuanto a los escépticos en general, que eran entonces pocos pero que se hacían respetar mucho, pues la base de sus convicciones estaba en su inteligencia y su honestidad, a estos Agustín les opone la existencia de los prodigios reconocidos, de lo inexplicable en la naturaleza:

Veía, en efecto, cómo un aro de hierro era atraído y quedaba suspendido de la piedra. Luego, como si le comunicase al hierro su fuerza de atracción, haciéndola común con él, este anillo acercado a otro lo dejó también suspendido de él, como el primero de la piedra; y así con un tercero y con un cuarto anillo. (…) Cuando les anunciamos a los infieles los milagros pasados o futuros y se los presentamos como no objeto de experiencia inmediata para ellos, nos exigen una explicación racional; al no poder dársela (sobrepasan la capacidad de la humana inteligencia), tienen por falsas nuestras afirmaciones. Pues bien, ellos nos deberían dar explicación de tantas maravillas como vemos o podemos ver. Si comprueban que esto sobrepasa la capacidad humana, reconozcan que no porque la razón sea incapaz de dar una explicación vamos a negar que algo ha existido o existirá.  (…)Se da el caso de que en Capadocia las yeguas quedan fecundadas por el viento, y sus crías no viven más de tres años.

  Por supuesto, las yeguas no quedan fecundadas por el viento, aunque sí que existe el magnetismo. Ante lo inexplicable, el hombre del siglo V no puede reaccionar como el hombre actual, no está en igualdad de condiciones

Nos suelen responder: «Se trata de fuerzas de la naturaleza, su naturaleza es así, son efectos de sus propias naturalezas». Luego toda la explicación de que la sal de Agrigento se diluya con la llama y crepite con el agua reside en que así es su naturaleza. Y, sin embargo, esto parece más bien contra la naturaleza, que le dio al agua, no al fuego, la propiedad de disolver la sal, y de tostarla al fuego, y no al agua. Pero -replican ellos- precisamente la propiedad de esta sal es el experimentar efectos contrarios a las otras.(…) Pero dado que Dios es el autor de toda naturaleza, ¿por qué rehúsan que les demos una razón más poderosa cuando se niegan a creer en algo por imposible, y al pedirnos una explicación, les respondemos que tal es la voluntad de Dios todopoderoso? 

  Tales argumentos falaces se sostienen durante mil años por un motivo muy sólido: porque la humanidad necesita aferrarse a alguna certeza.

Es increíble que Cristo resucitase en su cuerpo y que subiera con ese cuerpo al cielo; es increíble que el mundo haya creído una cosa tan increíble; es increíble también que hombres desconocidos, de ínfima calidad, en número tan reducido, hayan podido persuadir tan eficazmente de cosa tan increíble al mundo, incluso a sus sabios. De las tres cosas increíbles, estos filósofos con quienes discutimos no quieren admitir la primera; la segunda se ven forzados a verla; y no descubrirán cómo se ha realizado si no creen la tercera. 

     A Agustín, como a todos los predicadores teístas, le gustaría que su verdad fuera aceptada por la solidez de sus argumentos y por la evidencia de sus milagros, pero nosotros sabemos que, en lo que se refiere a las creencias religiosas, nunca ha sido así.

  Ciertamente, unos pocos hombres han persuadido a las masas. Ciertamente, el cristianismo a finales del siglo III ya tiene una fuerza irresistible.  Pero nada de esto se ha producido por la solidez de sus argumentos, que son falaces, ni por la evidencia de los milagros, los cuales de todas formas se considera que abundan, tanto si son atribuídos a Dios, como si lo son a los demonios, magos o brujos.

   ¿Podemos nosotros aventurar cómo entonces fue posible que hombres desconocidos, de ínfima calidad, en número tan reducido, hayan podido persuadir tan eficazmente de cosa tan increíble al mundo, incluso a sus sabios ?¿Qué había de especial en ellos, en lo que predicaban y en cómo lo predicaban, que, en efecto, persuadió ”al mundo”?

  Para empezar, podemos darnos cuenta de que los sabios, acostumbrados a los complejos argumentos teológicos, eligieron creer en los de los Agustín y otros “doctores de la Iglesia” sencillamente porque las masas ya habían elegido antes que ellos: los sabios  se limitaron a no resistirse a dejarse llevar por el éxito seguro de la doctrina que, al convencer a las masas, también convenció a los dirigentes políticos como Constantino, un siglo antes de Agustín.

   Fue, pues, la sociedad romana la que eligió al cristianismo de entre la amplia oferta de doctrinas religiosas que constantemente renovaban la vida espiritual de la época.

Los adoradores y amigos de estos dioses, de cuyos crímenes y vilezas tienen a gala el ser imitadores, en absoluto se preocupan de poner remedio al estado tan lamentable de infamias de su Patria. Con tal que se mantenga en pie -dicen ellos-, con tal que esté floreciente y oronda por sus riquezas, gloriosa por sus victorias o -lo que es más acertado- en una paz estable, ¿qué nos importa lo demás? Esto es lo que más nos importa: que todos aumenten sus riquezas y se dé abasto a los diarios despilfarros, con los que el más poderoso pueda tener sujeto al más débil; que los pobres buscando llenar su vientre estén pendientes de complacer a los ricos, y que bajo su protección disfruten de una pacífica ociosidad; que los ricos abusen de los pobres, engrosando con ellos sus clientelas al servicio de su propio fasto

  Ya encontramos aquí algo que no se encuentra en Platón, ni en Séneca, ni en Aristóteles. Algo que distancia al cristianismo de la vieja religión de los numerosos dioses: el contenido social.

¿Me responderán que la dominación romana no se habría podido dilatar tan a lo largo y a lo ancho de la geografía, ni extender su gloria tan brillante, de no haber sido por las continuas guerras, en constante sucesión unas de otras? ¡Hermosa razón! ¿Es que para que un imperio sea grande deberá vivir sin paz?

Para un mayor bienestar de los hombres, no existirían más que pequeños Estados satisfechos de su mutua vecindad y concordia. Así el mundo sería, con un gran número de Estados de distintos pueblos, como una ciudad con numerosas casas y sus vecinos.

La diversidad de lenguas, causa de distanciamiento de un hombre con otro hombre. (…)Hasta tal punto esto es así, que más a gusto está un hombre con su perro que con otro hombre extranjero.

  Y aquí tenemos más: se duda de la justificación tradicional de la paz romana por obra de la gloria de sus legiones. Se considera una maldición la diferenciación entre pueblos y lenguas diferentes al mismo tiempo que se desprecia el imperialismo creado mediante la fuerza. Se trata de un idealismo político universalista y pacifista, hasta entonces desconocido, que incluso, si bien admite la necesidad de la justa violencia del Estado en la defensa del interés común, admite también criterios humanitarios de contención:

ninguna potestad o derecho militar obliga a los cristianos a aniquilar al enemigo vencido.

  Pero nada de eso puede sustentarse sin una pauta general para la vida humana privada, sin un ethos, y éste se concreta en un ideal de vida pacífica y amable, asequible a cualquier hombre

De mediana posición, se basta con su fortuna, aunque pequeña y ajustada; los suyos lo quieren mucho, disfruta de una paz envidiable con sus parientes, vecinos y amigos; es profundamente religioso, de gran afabilidad, sano de cuerpo, moderado y casto en sus costumbres; vive con la conciencia tranquila. (…) El hombre honrado, aunque esté sometido a servidumbre, es libre. En cambio, el malvado, aunque sea rey, es esclavo, y no de un hombre, sino de tantos dueños como vicios tenga.

  Este ideal humano, presentido en cierta forma por los estoicos, ahora toma una forma popular, social y fraterna. Porque los estoicos idealizaban la soledad e imperturbabilidad del sabio.

Si otros, con tanto más desaforada cuanto extraña vanidad, llegan a amar en sí mismos el no sentirse levantados o excitados, doblegados o inclinados por ningún afecto, en ese caso llegan más bien a despojarse de su humanidad que a conseguir verdadera tranquilidad. La dureza no es rectitud ni es salud la insensibilidad.

   De lo que se colige un juicio rotundo:

el origen de todo pecado es la soberbia

  Y una visión lúcida de la doblez de la naturaleza humana, por la que se hace necesario tanto el reconocimiento del pecado como la presencia auxiliadora de la Iglesia (congregación de creyentes):

Ninguna raza hay tan sociable por naturaleza, y tan dada a la discordia en su degradación

 A nosotros la verdadera religión nos manda no ceder a la ira, sino más bien oponerle resistencia

La verdadera religión nos ordena deponer todo movimiento del corazón e ímpetu de la mente, todas las agitaciones y tempestades del ánimo

   En la lucha contra el mal existe algo más aparte de diferenciar entre cívicos e infractores en tanto que obstáculos al bien común. Se trata de señalar la raíz psicológica del comportamiento antisocial

Es fácil que quien se complace excesivamente en la gloria de los hombres sienta también con ardor el deseo de dominio. 

El césar Nerón, cuya lujuria fue tan corrompida que de él nadie parecía temer arranque alguno viril; y su crueldad fue tal que, de no haberlo conocido, nadie creería en él un solo rasgo afeminado.

  En la condena de la psicología del cruel tirano encontramos una peculiaridad notable: Nerón es despreciado por su “lujuria corrompida” de “afeminado”… y sin embargo se identifica la crueldad con un rasgo de masculinidad. ¿Cómo es posible? En la Antigüedad, las cualidades femeninas eran despreciadas y las masculinas alabadas. Y ahora San Agustín asocia la crueldad del corrompido a una muestra despreciable de masculinidad. Esto quiere decir que si Nerón hubiera sido un auténtico afeminado hubiera merecido menor condena porque como completo afeminado no habría sido tan cruel. ¿No pone esto la virilidad en entredicho, del mismo modo que se ha hecho ya con la gloria militar y con la imperturbabilidad del sabio?

  Esta identificación psicológica del mal en el hombre es vital en una religión como la del cristianismo, donde existe un alma culpable que puede conocer el arrepentimiento.

Era preciso afirmar y consagrar el número de los mártires, esto es, de los testigos de la verdad, para demostrar por ellos que es preciso soportar todos los males temporales por la fidelidad a la religión y la exaltación de la verdad.

  Los mártires son otra peculiaridad del cristianismo. Una heroína trágica griega podía sacrificarse (Alcestis, Ifigenia, Antígona: siempre eran mujeres) pero no era objeto de culto divino. Para los cristianos, el héroe –el mártir- no lucha, se resigna valerosamente al sacrificio, se comporta como una mujer virtuosa. Y se le rinde culto.

  Y todo esto, ¿con qué objeto? Para la vida eterna, por supuesto… Pero la vida eterna se ofrece también como modelo para esta tierra, dentro de la comunidad de creyentes, en la “ciudad de Dios”.

La vida feliz y a la vez eterna tendrá un amor y un gozo no sólo recto, sino también seguro, sin temor ni dolor alguno. Así ya aparece cómo deben ser en esta peregrinación los ciudadanos de la ciudad de Dios, viviendo según el espíritu, no según la carne, es decir, según Dios, no según el hombre, y cómo han de ser también en aquella inmortalidad a la que caminan.

  Quizá podamos determinar que la formulación moral que sedujo a la Antigüedad fue una especie de feminización de la vida social con el fin de alcanzar un ideal de paz, armonía y fraternidad. Pero esta formulación está también plagada de inconsistencias

No deja de haber pecado en desear lo que prohíbe la ley de Dios, absteniéndose de ello por el temor de la pena, no por amor a la justicia.

  Ciertamente, el hombre virtuoso debe elegir el bien, no verse forzado a él bajo amenaza. Pero, entonces, ¿cuál es el sentido de la reiterada proclamación de las atroces torturas que esperan al pecador en el más allá?

Dicen [que a los pecadores] Dios los indultará por los ruegos de sus santos, quienes orarán tanto más insistentemente por sus enemigos cuanto son más santos, y su oración es ahora mucho más eficaz y digna de ser por Dios escuchada, puesto que están exentos de todo pecado (…)[pero] la Iglesia (…) no rogará por los hombres condenados al fuego eterno, a pesar de que su santidad será ya perfecta. Si en la actualidad ora por aquellos que tiene como enemigos entre los hombres, lo hace porque es tiempo de penitencia fructuosa. (…)Cierto que la oración de la misma Iglesia o de otras personas piadosas es escuchada en favor de algunos difuntos; pero lo es en favor de aquellos regenerados en Cristo, cuya vida, durante el período corporal, no ha sido tan desordenada que se les considere indignos de una tal misericordia

   Así pues, el castigo definitivo es tremendo e inapelable, sin misericordia, a pesar de la blandura de la santidad que implica el amor a los enemigos (ya sin validez en el más allá). ¿Cómo no temer entonces la pena y obrar en base a este temor? Si el temor a la pena no es deseable como motivación, ¿por qué se enfatiza tanto su violencia?

   Más inconsistencias: Dios es amor, pero a Abraham se le ordenó cometer un asesinato brutal y gratuito.

Ciertamente no podía creer Abrahán que Dios se deleitara con víctimas humanas; pero al dejarse oír el precepto divino, es preciso obedecer, no disputar. 

  Así pues, no siempre hay una conexión inteligible entre la razón de la verdad y la sinrazón de Dios. Si Dios es justo pero a nosotros no nos toca examinar su justicia ¿de qué nos sirve el que sea o no justo de acuerdo con la filosofía y la razón? Nos dicen que es justo, eso es todo. Y hemos de obedecer, como Abraham y Job hicieron, eso es todo. Esto no es diferente del fatalismo irracional de los antiguos dioses paganos y sus abundantes demonios.

  Igualmente, se justifica la violencia del Estado por el bien común (en esta tierra).

Quien mata no es la persona que presta sus servicios a la autoridad; es como la espada, instrumento en manos de quien la maneja. De ahí que no quebrantaron, ni mucho menos, el precepto de no matarás los hombres que, movidos por Dios, han llevado a cabo guerras, o los que, investidos de pública autoridad, y ateniéndose a su ley, es decir, según el dominio de la razón más justa, han dado muerte a reos de crímenes.

  Y por si la crueldad del castigo en el infierno y la dureza de las leyes civiles en la vida mortal no fueran suficiente, no hemos de perder tampoco de vista que, al fin y al cabo, todas las injusticias y sufrimientos crueles en el mundo, si existen es por voluntad de Dios, y que, además, muchos pecados quedarán impunes en esta vida… también por voluntad de Dios. Otros no, según. Volvemos a lo mismo: no podemos juzgar al juez. Ni tampoco comprender sus sentencias.

Dios, en la misma distribución de bienes y males, hace más patente con frecuencia su intervención. En efecto, si ahora castigase cualquier pecado con penas manifiestas, se creería que no reserva nada para el último juicio. Al contrario, si ahora dejase impunes todos los pecados, creeríamos que no existe la Providencia divina.

  Platón y Aristóteles lo arreglaban aduciendo, simplemente, que el bien procede de Dios y el mal no (y si te toca el mal, pues mala suerte). Pero ahora el mal también procede de Dios, ya que es omnipotente.

Si los demonios tienen algún poder en este mundo, se reduce a los límites señalados por una secreta y libre decisión del Todopoderoso. 

  Agustín sin duda  presiente el origen de todas las herejías y el propio fin de Dios. Porque la revelación divina (milagros) y la autoridad de la Iglesia (sostenida por la autoridad política) no son suficiente para satisfacer a los sabios ante tanta inconsistencia. Pese a contar –dice- con la revelación, Agustín no rechaza la filosofía. Si lo hiciera perdería crédito.  De sobra sabe Agustín que el sabio no se conforma con lo que se conforman las masas. Y de sobra sabe que los milagros no suponen evidencia alguna. Agustín tiene que ofrecer sus argumentos racionales a los hombres de su tiempo, igual que el mismo Jesús predicaba también apelando a las razones.

Una cosa es lo que el sentido carnal, flaco como es, rehúye por miedo, y otra distinta las victorias logradas por el espíritu tras una reflexión profunda y minuciosa. 

  Al relacionar lo espiritual con la reflexión minuciosa, lo que Agustín hace involuntariamente es abrir el camino a todas las herejías. Los que reflexionen profunda y minuciosamente no siempre aceptarán la ortodoxia al enfrentarse a las inconsistencias. Se diría que hubiera sido mejor para la fe, entonces, negar la reflexión profunda. Pero Agustín no puede hacerlo, porque el mundo ya no puede volver atrás a las viejas teologías de Babilonia y Egipto, poderosas en simbolismo y ritual, pero vacías de doctrina…

  Al negarse la duda (la fe surge de la certeza inefable) pero aceptarse la reflexión y la búsqueda de la sabiduría, el cristianismo se dispone a afrontar siglos de contradicciones y herejías. ¿Será tiempo ganado?

Examinemos la famosa diferencia que Varrón señala como característica de los neoacadémicos. Para ellos nada se sabe con certeza. Pues bien, la ciudad de Dios repudia una tal duda como una falta de sentido. Asegura la más firme certeza en el conocimiento de las realidades captadas por la inteligencia y la razón, cuyos límites, no obstante, reconoce a causa del cuerpo corruptible, que es lastre del alma

    Así pues, se apuesta porque la reflexión profunda, la inteligencia y la razón, la discusión con los filósofos, la interpretación de las Escrituras no harán más que asentar la necesaria certeza. Agustín tenía que saber que esa apuesta no puede ganarse. Pero, en cualquier caso, interpreta correctamente el deseo de las masas, de la sociedad que aspira a la virtud, la perfección y la salvación.

   Y eso cuenta tanto para el intelectual refinado, pero mortal al fin, como para las masas de desposeídos

Sólo aprovecha la ciencia cuando está animada por la caridad; sin ésta, la ciencia hincha, es decir, levanta a la soberbia de la hinchazón más vacía.

Conoceremos a Dios tan claramente, que lo veremos en espíritu cada uno de nosotros, lo veremos en los demás, lo veremos en sí mismo, lo veremos en el cielo nuevo y en la tierra nueva, y lo mismo en toda criatura entonces existente; lo veremos también presente en todo cuerpo con los ojos del cuerpo, adondequiera que se dirijan y alcancen esos ojos del cuerpo espiritual.   Asimismo, nuestros pensamientos estarán patentes para unos y otros mutuamente. 

El eterno descanso no sólo del espíritu, sino también del cuerpo. Allí descansaremos y contemplaremos, contemplaremos y amaremos, amaremos y alabaremos. He aquí lo que habrá al fin, mas sin fin. Pues ¿qué otro puede ser nuestro fin sino llegar al reino que no tiene fin?

  La viveza de este deseo, formulado en esta forma ortodoxa, logrará perdurar durante más de mil años y, de paso, conquistará todo el planeta.

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