sábado, 24 de octubre de 2015

“Mente”, 2011. John Brockman (Editor)

Parte de esos textos tiene su origen en la prestigiosa web www.edge.org, punto de encuentro y debate sobre ciencia, cultura, filosofía o arte y en la que, desde 1996, participan los más importantes intelectuales de nuestro tiempo. 

Nunca antes tantas personas habían leído divulgación científica, o visto programas de ciencia en televisión, o expresado su interés por la ciencia; el público es ahora mucho más sofisticado que nunca en ese sentido. Las personas están preparadas para enfrentarse a estas cuestiones

  En esta edición de fragmentos escogidos publicados en “Edge” y otros lugares, recopilados por John Brockman, participan hasta diecisiete autores, entre ellos Steven Pinker, V. S Ramachandran, Jonathan Haidt y Simon Baron-Cohen. El contenido gira en torno a las posibilidades de una humanidad que cada vez es más capaz de hacerse cargo de su destino futuro mediante cambios tecnológicos y culturales en su propia mente.

El estudio de la inteligencia humana es explosivo desde el punto de vista ideológico, político y social. 

Como esto es Edge, la idea no es hablar de lo que existe y ya se ha publicado, sino más bien la de presentar nuevos avances. 

  En la civilización actual concebimos que las aspiraciones de la humanidad tienen que ver con el desarrollo de la racionalidad y la capacidad para la cooperación. Algo que podemos aprender de las últimas investigaciones es que, definitivamente, nuestro comportamiento no es tan racional como en otros tiempos se pensaba.

La mayor parte del pensamiento es inconsciente. (…) Los conceptos abstractos son en su mayoría metafóricos.

¿Por qué hacen las personas locuras como seguir a un ex amante y matarlo? ¿Cómo vas a recuperar a alguien si lo matas? Parece un defecto de nuestro software mental. (…) [En realidad, si] nos vemos impulsados a llevar a cabo una amenaza cueste lo que cueste para nosotros, esa amenaza se convierte en creíble. Cuando una persona amenaza a su amante, ya sea de forma explícita o implícita, diciéndole «Si me dejas, no pararé hasta acabar contigo», la amante podría descubrir el farol si careciese de signos que le indicasen que el amante está lo suficientemente loco como para llevar a cabo la amenaza, por vana que fuese. De este modo, el problema de construir una disuasión creíble en las criaturas que interactúan entre sí conduce a una conducta irracional como solución racional.

Los estudios sobre el razonamiento cotidiano muestran que solemos utilizar la razón para buscar pruebas que secunden nuestro juicio inicial, que fue tomado en milisegundos.(…) A veces podemos utilizar procesos controlados como el razonamiento para sobreponernos a nuestras intuiciones iniciales. Pero (…) esto sucede con poca frecuencia

A la mayoría de personas buenas y normales se las puede seducir, tentar o iniciar fácilmente en llevar a cabo conductas en las que dijo que nunca caerían.

  Pero es importante que no cunda el desánimo al afrontar nuestro comportamiento irracional y antisocial innato, porque también es innato nuestro comportamiento racional, cooperativo y prosocial, de manera que, aplicando nuestra inteligencia y nuestro conocimiento, podemos desarrollar extraordinarias innovaciones dentro del conjunto de pautas de autocontrol y estímulo que llamamos “cultura”, y limitar así las consecuencias nocivas de nuestras fragilidades.  Al saber que muchos comportamientos irracionales obedecen a motivaciones comprensibles podemos recurrir a la psicología de la conducta para analizar el conjunto de nuestros deseos e inhibiciones, y diseñar los correspondientes controles y mejoras al respecto.

  Algo que hemos de tener en cuenta ante todo es que nuestra naturaleza social está probablemente en el origen de nuestra propia identidad individual. El mundo interior de nuestra mente existe solo con respecto a nuestros semejantes. No hay oposición real entre el “yo” y “los demás”

¿Podría ser que la función biológica de la introspección, la razón por la que evolucionó esta capacidad, sea precisamente que, al presentarnos el funcionamiento de nuestras propias mentes, nos ayuda a leer las mentes de otros? (…) El éxito de nuestros antepasados humanos debió depender, en buena parte, de su capacidad para entrar en las mentes de aquellos con los que vivían, adivinar sus intenciones, anticipar adónde se dirigían, ayudarles si lo necesitaban, desafiarlos o manipularlos. Para ello tuvieron que desarrollar cerebros que pudiesen contarles la historia de cómo era ser otra persona desde su interior.

  Esta visión del “yo” como individuo social puede ayudarnos a construir estrategias innovadoras a la hora de vivir en común. Nuestra capacidad para la empatía conlleva potencialidades altruistas que nos permiten compensar las de tipo defensivo y agresivo.

Como la maldad es fascinante, estamos obsesionados por fijarnos en los malhechores. (…) Nunca ha habido una psicología del heroísmo. Por ejemplo, después del Holocausto, pasaron treinta años antes de que nadie hiciese la simple pregunta de si alguien ayudó a los judíos. Estábamos tan obsesionados con la maldad de los nazis que no nos planteamos la cuestión. (…) El límite de la perspectiva situacionista se manifiesta cuando vemos a estos héroes, porque al parecer tienen algo que la mayoría no tiene. Y no sabemos cuál es esa cualidad especial. Desde luego, es algo que queremos estudiar. Queremos poder identificarla para poder cultivarla y enseñársela a nuestros hijos y a otros miembros de nuestra sociedad.

  El “situacionismo” es un paradigma del comportamiento que considera que el individuo reacciona siempre en base a los condicionamientos previos del entorno (la “situación”). Como todas las teorías de ese tipo, resulta falsa si se lleva a los extremos e ignoramos las tendencias individuales (temperamento) de cada individuo, pero no por eso deja de ser cierto que un control efectivo del entorno puede ayudar mucho a desarrollar las tendencias prosociales (altruismo, bondad, afección, generosidad…). Y para que las estrategias sean efectivas, éstas deben estar informadas de los imponderables genéticos.

Una formulación mejor del dilema Naturaleza o crianza sería Naturaleza mediante crianza. Pero, distantes o no, las influencias genéticas son intensas

«Los genes cantan una canción prehistórica que a veces debe resistirse, pero que nunca debería ignorarse».

Un niño sin miedo al que se deja sin dirección es posible que se convierta en líder de la banda y luego en delincuente o criminal, pero con una cierta habilidad en la crianza el mismo niño puede convertirse en el tipo de persona que nos gusta tener cerca en caso de peligro. (…) El héroe y el psicópata son ramitas de la misma rama genética.

[En el] DSM [Manual de Diagnóstico Psiquiátrico] aparece una clasificación de virtudes y cualidades; es lo opuesto a la clasificación de las demencias. Al reflexionar vemos que hay seis virtudes, refrendadas en las diversas culturas, que se descomponen en veinticuatro cualidades. Las seis virtudes no son arbitrarias: en primer lugar tenemos un núcleo de sabiduría y conocimiento; luego, un núcleo de coraje; en tercer lugar, virtudes como el amor y la humanidad ; en cuarto, un núcleo de justicia; en quinto, un núcleo de templanza y moderación; y en sexto, un núcleo de espiritualidad y trascendencia. (…) Esas seis virtudes forman parte de la naturaleza humana

  Las visiones positivas de las virtudes que son innatas en el ser humano (y para las cuales cada individuo tiene una predisposición genética en particular -temperamento) son las que nos esperanzan en que podamos crear situaciones que permitan una cooperación social más eficiente en el futuro. Con todo, la determinación de algunas virtudes también es discutible. Por ejemplo, no queda claro por qué la virtud de la “justicia” (que implica coerción y castigo) iba a ser necesaria si tenemos todas las demás. Tampoco queda claro cuáles serían las consecuencias prácticas de la “trascendencia”.

  Si nos guiamos por alcanzar el objetivo de la “felicidad”, encontramos que los estudios psicológicos más avanzados apuntan a tres posibles formas de alcanzar tal estado de satisfacción subjetiva: la suma de emociones positivas, la eudemonía (o flujo) y la búsqueda del significado. La determinación también es polémica y en buena parte dependiente del entorno cultural.

  La suma de “emociones positivas” no requiere mayores explicaciones: se trata del placer directamente perceptible. Tiene el inconveniente de que depende en buena parte del propio umbral de percepción de cada individuo y de que éste puede saturarse: hay estudios que consideran que todas las personas, en todas las épocas, salvo en casos extremos de catástrofe, alcanzan niveles de percepción de “emociones positivas” parecido, de acuerdo con su predisposición genética para ello.

  La “eudemonía” o “flujo”, que ambicionaban ya los filósofos griegos, es algo más complejo

En la eudemonía, el tiempo se detiene. Uno se siente totalmente a gusto. La autoconciencia queda bloqueada. Eres uno con la música. La buena vida consiste en los aspectos fundamentales que te hacen fluir [“flujo”]. 

  Las sensaciones de “flujo” (La autoconciencia queda bloqueada) son las que se experimentan cuando trabajamos en lo que nos gusta, trátese de la música, las matemáticas o de cultivar un huerto. Lógicamente, este tipo de felicidad parece más conveniente para la prosocialidad que la “suma de emociones positivas”, cuya tendencia al egoísmo es inevitable.

  En cuanto a la “trascendencia”, ésta sería

El servicio a cosas mayores que nosotros mismos en las que creemos, y utilizar en ellas nuestras mejores cualidades; es una receta para obtener significado

 Tal "trascendencia" Implica ciertos peligros, pues a veces da lugar a situaciones extremas (fanatismo religioso, por ejemplo).

  La tecnología (farmacología) puede hacer o no algo por la felicidad humana que viene formulada en los términos ya mencionados...

Es posible que haya una farmacología del placer, y quizá incluso de las emociones positivas en general, pero no es probable que se llegue a una farmacología interesante del flujo. Y es imposible que haya nunca una farmacología del significado.

  Una conclusión provisional a partir de nuestra visión informada de la naturaleza humana como ser social, de las virtudes disponibles y de la felicidad asequible  es que quizá la respuesta para que la humanidad afronte el mundo futuro incluiría una mejora en la capacidad del individuo para elegir su propio entorno y modificarlo gradualmente.

    Si pudiéramos elegir cómo manipularnos a nosotros mismos, entonces quedaría la cuestión de determinar cuáles serían los fines a alcanzar… o el tipo de felicidad a la que aspiramos. Recordemos que si la felicidad se obtiene mediante la “búsqueda del significado” de cosas mayores que nosotros mismos, entonces podemos caer en ideologías antisociales muy peligrosas.

  El mecanismo tradicional para cumplir el cometido de diseñar un entorno de felicidad prosocial siempre ha sido la religión, particularmente las religiones llamadas “compasivas” (budismo, cristianismo…), que promueven emociones gratificantes vinculadas a comportamientos de tipo altruista y afectivo (que todo el mundo sea feliz con el bienestar ajeno es la fórmula ideal para beneficiarnos todos). En este sentido, la elaboración de entornos humanos que utilicen estrategias religiosas (que seduzcan y no coaccionen) podría ser la solución para superar las contradicciones de la acción política.

   Tradicionalmente, el ideal de la virtud suprema, que aúna a todos los individuos mediante vínculos altruistas y emotivos (moralizantes) suele ser manipulado en función de intereses políticos (poder coercitivo y jerarquías), y por eso sería conveniente hoy fijarse en los ejemplos que nos muestra la psicología positiva acerca de cómo afrontar las situaciones individuales de conflicto de una forma racional, equilibrada y que no esté en deuda con tradiciones del pasado.

El trabajo del psicólogo positivo es averiguar qué es lo mejor de ti —algo de lo que quizá no te has dado cuenta— y hacer que lo utilices cada vez más.

Se le dice al visitante que queremos averiguar lo que realmente funciona, y para ello vamos a asignarle aleatoriamente una intervención. (…)  Se piensa en alguien de tu vida que haya supuesto una enorme diferencia positiva, que aún esté vivo y a quien no le has dado las gracias de una forma adecuada. ¿Tienes a la persona? Es importante poder hacerlo, por cierto, ya que la cantidad de gratitud está relacionada con los niveles básicos de felicidad. Cuanta menos gratitud tengamos en nuestra vida, menos felices somos, sorprendentemente. (…) Escribir un testimonio de trescientas palabras para esa persona, escrito correctamente y contándole la historia de lo que hizo, por qué supuso una diferencia para nosotros y dónde estamos en la vida como resultado de ello. (…) Entonces nos presentamos a su puerta, tomamos asiento y le leemos nuestro testimonio (…)  La visita de agradecimiento es uno de los ejercicios que, para mi sorpresa, hace que las personas, de forma duradera, estén menos deprimidas y sean más felices

Algunas de estas intervenciones funcionan y otras no.

  De momento, sabemos que las religiones tradicionales (particularmente el cristianismo) tienen efectos prosociales, que favorecen el altruismo, la confianza mutua y la cooperación efectiva. Los ejemplos de la psicología positiva, la terapia cognitivo-conductual y el desarrollo de la inteligencia emocional podrían servir de pautas para estrategias racionales de prosocialidad a gran escala que combinaran los hallazgos de la terapia del comportamiento con las estrategias religiosas (que implican, entre otros elementos característicos, el contenido simbólico, la doctrina ética y la red social de apoyo).

  La educación, la tecnología (farmacología, pero no solo eso), el incremento de la riqueza material y las reformas políticas son hoy los medios utilizados en nuestra sociedad laica y racional, informada por la ciencia, para lograr la mejora social mientras que la racionalización de las grandes estrategias religiosas a fin de desarrollar la capacidad del individuo para el autocontrol en un sentido altruista (moralidad extrema) no ha sido todavía puesta en marcha. Sin embargo, el desarrollo sistemático de la moralidad debería ser el requisito previo a la aplicación de los avances científicos a la vida social. No basta con proclamar que la violencia, la pobreza y la ignorancia son malas, habría que implementar pautas de comportamiento prosocial en los individuos haciendo uso de lo que sabemos acerca de la psicología humana y de la experiencia histórica.

Los sistemas morales son conjuntos interrelacionados de valores, prácticas, instituciones y mecanismos psicológicos evolucionados que colaboran para suprimir o regular el egoísmo y hacer posible la vida en sociedad.

Hace tiempo que los sondeos muestran que, en Estados Unidos, los creyentes en una religión son más felices, más sanos, más longevos y más generosos entre sí y para la caridad que las personas laicas.(...) Si uno opina que la moral tiene que ver con la felicidad y el sufrimiento, entonces creo que se está obligado a examinar con más atención la forma en que viven realmente las personas religiosas y preguntarse qué es lo que hacen bien.(…)  [Es un error] la afirmación (…) de que no solo no hay pruebas, sino que desde luego no las hay, cuando de hecho los sondeos llevan décadas mostrando que la práctica religiosa es un sólido predictor de comportamiento caritativo. Arthur Brooks analizó recientemente estos datos (en [su libro] "Who Really Cares") y llegó a la conclusión de que la enorme generosidad de los creyentes religiosos no solo se pone de manifiesto en las organizaciones benéficas religiosas (…) Según Brooks, es que todas las formas de dar van juntas

  Muchos discuten estos datos sobre la influencia de la religión en el comportamiento altruista, pero, al menos, la discusión ya sitúa el problema en su justa medida: de todos los tipos de felicidad, de todas las virtudes individuales, de todas las predisposiciones temperamentales de cada uno de los individuos, pueden extraerse pautas culturales coherentes en un entorno determinado, y se puede poner al servicio de éstas las estrategias que conocemos (algunas nuevas y otras muy antiguas) acerca del autocontrol individual y la modificación del entorno.

   Se puede ser feliz de muchas maneras, pero algunas formas de ser feliz son más prosociales que otras, y alientan la confianza, el altruismo y la cooperación más que otras. Ésas tendrían que ser las que eligiéramos como base cultural. Cómo implementarla dependería del uso que hagamos de los medios que nos ofrece el estudio de las religiones y el estudio en general de la mente humana.

  Sabemos, por ejemplo, que la base del autocontrol moral se encuentra en nuestra repugnancia inmediata a las conductas antisociales culturalmente determinadas; ello es lo que permite prescindir de la coerción legal en muchos casos de comportamiento moral (me repugna dañar a un inocente tanto como me atrae ayudar a un necesitado…), lo cual supone la mayor de las ventajas para vivir en común (que todo el mundo desee por sí mismo lo justo y lo bueno). Los psicólogos actuales determinan el origen evolutivo de estas conductas de autocontrol…

Pureza/santidad(…) puede ser un sistema mucho más reciente, que surge de la emoción genuinamente humana del asco, que parece proporcionar a las personas la sensación de que determinadas formas de vivir y de actuar son más elevadas, más nobles y menos carnales que otras.(…) Se trata de sistemas modulares evolucionados que generan, durante la culturalización, gran número de módulos más específicos que ayudan a los niños a reconocer, de forma rápida y automática, ejemplos de virtudes y vicios resaltados culturalmente. (…) Las virtudes se construyen y aprenden socialmente, pero son procesos muy bien preparados y restringidos por la mente evolucionada.

  Si intervenciones de este tipo (Las virtudes se construyen y aprenden socialmente) se hicieran a gran escala, utilizando, entre otros, el recurso del simbolismo religioso (imágenes de contenido emocional que pueden comunicarse e interiorizarse con efectos moralizantes) y siempre a partir de criterios objetivos y contrastados por la experiencia, entonces habríamos dado un gran paso en el sentido de utilizar la racionalidad de la mente humana para consolidar el autocontrol de nuestros impulsos antisociales mediante el diseño de un entorno que promueva la virtud y la felicidad. Con nuestra inteligencia natural y las posibilidades que la plena confianza entre los individuos abre para la cooperación efectiva, la mente humana podría desarrollar entonces sus plenas capacidades para la transformación del entorno (ciencia y tecnología).

¿Podrían las comunidades religiosas darnos claves sobre la prosperidad humana? ¿Pueden enseñarnos lecciones que mejorarían nuestro bienestar (…)?

jueves, 15 de octubre de 2015

“La pasión de la mente occidental”, 1991. Richard Tarnas

  Nada más difícil y a la vez más útil que intentar hacer una síntesis del desarrollo de la cultura occidental, la cultura que, para bien o para mal, supone el sustrato básico del mundo globalizado de hoy.

La exposición que ahora presentamos traza el desarrollo de las principales cosmovisiones de la alta cultura occidental, con atención particular a la decisiva esfera de interacción entre filosofía, religión y ciencia. 

¿Cómo ha llegado el mundo moderno a ser lo que actualmente es? ¿Cómo ha llegado la mente moderna a concebir las ideas fundamentales y los principios que tan profunda influencia ejercen en el mundo de hoy? 

  Responder a la pregunta es tan importante porque

sólo si recordamos las fuentes más profundas de nuestro mundo presente y de nuestra cosmovisión podremos aspirar a un conocimiento suficiente de nosotros mismos como para enfrentarnos a los dilemas actuales. 

  De “conocimiento” se trata. De un conocimiento creativo que supere la tradición y que satisfaga las crecientes inquietudes humanas. En un principio, el cómo se elaboraban las tradiciones (englobadas en mitos originarios) nadie podía saberlo en concreto, pero el caso es que, una vez llegan los primeros filósofos (buscadores de la sabiduría), todo es cuestionado. Antes de los primeros filósofos sí hubo algunos innovadores religiosos que merecen atención, pero es que la filosofía pronto cuestionará la religión misma.

Tales y sus sucesores Anaximandro y Anaxímenes, dotados de curiosidad y con tiempo libre a su disposición, inauguraron un intento de comprensión del mundo radicalmente novedoso y de consecuencias extraordinarias. Tal vez los estimulara su ubicación geográfica, ya que Jonia estaba rodeada de civilizaciones cuyas mitologías diferían tanto entre sí como de la griega. Tal vez influyera en ellos la organización social de la polis griega, gobernada más por leyes impersonales y uniformes que por los actos arbitrarios de un déspota. (…) Formularon el notable supuesto de que por debajo del flujo y la variedad del mundo subyacía una unidad y un orden racionales (…) La captación directa de la realidad más profunda del mundo no sólo satisface al intelecto, sino también al alma, pues en lo esencial es una visión redentora, una reconfortante mirada a la naturaleza verdadera de las cosas que resulta intelectualmente reveladora y espiritualmente liberadora.

 Así que parece que la búsqueda sistemática del conocimiento comenzó con los griegos de hace dos mil quinientos años. Es probable que en otras partes del mundo surgieran también escuelas de pensamiento racional, pero ninguna perduró en tanto que no evolucionó.

  Con todo, hay que señalar algo  extremadamente importante en cuanto a la racionalidad de los primeros filósofos griegos: muy pocos de entre ellos rompieron del todo con las tradiciones acerca de la existencia del mundo de lo sobrenatural.  Para el desarrollo civilizatorio supone un factor clave el superar la contradicción entre la percepción racional del mundo por los seres humanos y la aceptación de las revelaciones inalcanzables de los supuestos seres sobrenaturales de los que ahora sabemos que son un producto inconsciente del intelecto humano. Podemos ya plantear, de entrada, que el logro de la sabiduría consiste, ante todo, en despojarnos de los prejuicios de la tradición y de nuestras propias tendencias irracionales innatas. Ni siquiera hoy se ha logrado del todo, y los grandes filósofos griegos, Platón y Aristóteles, siguieron admitiendo que lo que existe en la comprensión individual también existe en el mundo natural, así como la necesidad de una voluntad suprema de orden sobrenatural. Estos prejuicios impregnaban toda su filosofía.

Para el entendimiento moderno común, las ideas son constructos mentales subjetivos, privados, propios de la mente individual. En cambio, Platón se refería a algo que no sólo existe en la conciencia humana, sino también fuera de ella. Las Ideas platónicas son objetivas (…) Los absolutos divinos volvían a regir el cosmos y a proporcionar un fundamento a la conducta humana. La existencia volvía a estar dotada de finalidad trascendente. El rigor intelectual y la inspiración olímpica ya no se oponían. 

  Solo muy poco a poco comenzaron a aparecer los primeros filósofos racionalistas, escépticos y rigurosos.

En el atomismo queda eliminado el residuo mitológico de la sustancia autoanimada de los primeros filósofos: únicamente el vacío es causa de los movimientos azarosos de los átomos, íntegramente materiales y desprovistos de cualquier orden y finalidad divinos. (…) Como consecuencia de estos tempranos asaltos filosóficos, no sólo los dioses podían ser una ilusión, sino también la evidencia inmediata de los sentidos

  Epicuro, Demócrito, Sexto Empírico  y Lucrecio figuran entre estos pioneros de los que el pensamiento clásico nos ha dejado memoria. Sin embargo, con el triunfo del cristianismo desaparecieron y el materialismo escéptico tardaría más de mil quinientos años en reaparecer. ¿Fue un tiempo perdido para la civilización? Puede que no, porque el cristianismo era necesario: al fin y al cabo, había cuestiones más importantes que la reflexión intelectual: había que vivir, vivir mejor, vivir en comunidad con los otros seres humanos, y para eso seguía haciendo falta Dios.

El cristianismo universalizó la salvación al afirmar que estaba al alcance tanto de los esclavos como de los reyes, de las almas simples como de los pensadores profundos, de los feos como de los hermosos, de los enfermos y los que sufren como de los fuertes y afortunados, e incluso tendía a invertir las jerarquías anteriores. En Cristo quedaban superadas todas las divisiones de la humanidad (…) El ideal griego del individuo autónomo y el genio heroico perdieron prestigio en favor de la identidad cristiana colectiva (…) Al garantizar la inmortalidad y el valor del alma individual, el cristianismo alentaba el desarrollo de la conciencia individual, de la responsabilidad y la autonomía personal 

La historia no era un ciclo sin fin de continuo declive, sino la matriz de la deificación de la humanidad. Gracias a la omnipotencia de Dios, el temible Hado resultaba milagrosamente transmutado en Providencia benevolente. La angustia y la desesperación humanas no sólo encontrarían alivio, sino plena realización divina. Cristo había vuelto a abrir las Puertas del Paraíso, implacablemente cerradas desde el momento de la Caída

El verdadero mandamiento del cristiano era trabajar con sus camaradas de creencia y construir juntos una comunidad de amor y pureza moral merecedora de la gloria futura de Dios. Era justo gozar con lo que ya se había experimentado a través de Cristo, pero también era necesario el rigor moral, el sacrificio personal y la humilde fe en la futura transformación. De esta manera, Pablo enseñaba un dualismo parcial en el presente 

  Este dualismo suponía que, por una parte, el cristianismo ofrecía la esperanza de la salvación (Dios se hace hombre, y el hombre puede llegar a Dios y por tanto comprender la naturaleza), pero, por el otro, presentaba la condición pecadora del ser humano. Todo este complejo planteamiento psicológico con fines morales se apoyaba en tradiciones sobrenaturales renovadas de gran efecto emocional.

Pablo (…) dio testimonio de la impotencia de la Ley en comparación con el poder del amor de Cristo y la presencia activa del Espíritu en el interior de la persona humana.(…) La senda más segura de salvación era la fe en la gracia de Cristo antes que la escrupulosa conformidad con los preceptos éticos, y la prueba de esa fe se hallaba en las obras de amor y de servicio que eran posibles precisamente por la gracia de Cristo. 

  La invención de la “gracia” supuso una revolución para toda la humanidad. La gracia superaba la contradicción entre hombre y Dios (entre subjetividad y naturaleza) y a nivel moral y social equivalía a la interiorización de pautas éticas por parte del individuo que, al permitirle alcanzar la virtud, abría el camino a la cooperación perfecta entre todos los seres humanos. Alcanzar la virtud dependía, en el cristianismo, no de contar con leyes justas (preceptos éticos), sino de una sutil y totalizadora aceptación subjetiva del orden moral, una transformación psicológica universal con consecuencias emocionales, afectivas y de acción prosocial que se manifestarían en una absoluta benevolencia (garantía de la cooperación humana universal). Diseñado el camino a la virtud mediante tradiciones alegóricas (Espíritu, Alma, Salvación… Gracia), éste no ha sido aún reproducido racionalmente por el pensamiento secular (muy probablemente porque prescinde de los mecanismos políticos de transformación social cuyo predominio es todavía  generalmente aceptado… un prejuicio del mundo de hoy, tanto como la creencia en seres sobrenaturales era un prejuicio del mundo de ayer).

El enorme respeto judeocristiano por el alma individual, dotada de derechos inalienables «sagrados» y dignidad intrínseca, que se prolongó en los ideales humanistas seculares del liberalismo moderno(…) [se complementó con] la creencia en el progreso histórico lineal del hombre hacia la plena realización final.

   El Dios humanizado que propaga la caridad y la misericordia a nivel universal (auténtica “filosofía de masas”, a la vez que doctrina prosocial) tiene, sin embargo (como ya se ha visto), el inconveniente de no tolerar el racionalismo de los escépticos clásicos (que, a nivel moral, ofrece, a lo más, una pedagogía para la resignación o la insensibilización). Aunque potencia las capacidades individuales  subjetivas (y, por tanto, la libertad y la razón), el cristianismo rechaza la aparente falta de esperanza del escepticismo. El escepticismo clásico de hace dos mil años era humanamente estéril, no promovía en modo alguno la empatía, la prosocialidad, las necesidades emocionales, y, por ello, debía ser rechazado para que no estorbase a la figura confortadora del Hombre-Dios, Jesucristo. Así, con el cristianismo se dan dos pasos hacia delante y uno hacia atrás: los pasos hacia delante son el triunfo de la subjetividad humana (afectividad, vida emocional interpersonal, prosocialidad) y el rechazo a los sofismas de tipo moral (cualquier pretensión de racionalidad que no esté al servicio del bien común); pero el paso hacia atrás es que la tendencia del “alma” humana (racionalidad libre) a hacer averiguaciones se encuentra dificultada por las exigencias de la fe en Dios.

El cristianismo proclamaba una relación personal con lo trascendente.  (…) La razón era un medio secundario. 

  El problema solo se resolverá en parte cuando surja un humanismo escéptico pero a la vez prosocial e intimista (derechos humanos, ilustración compasiva, literatura introspectiva, doctrinas laicas de progreso social).  Pero para que eso surja será preciso que el mismo cristianismo, al evolucionar, dé lugar a ello.

Kant sostenía que aun cuando no se pueda saber si Dios existe, se debe creer que Dios existe a fin de actuar moralmente. (…) Sería imposible justificar la necesidad de que cada uno cumpla con su deber en caso de que no hubiera Dios, de que no existiera la libertad de la voluntad o de que el alma desapareciera con la muerte. Por tanto, hay que creer en la verdad de estas ideas. 

  Kant es el último baluarte ante el escepticismo de la Ilustración. El gran filósofo protestante comprende la oposición del cristianismo al triunfo total de la razón: la indefensión del sujeto ante la nada. La ausencia de Dios implicaría la ausencia de la iglesia, de la comunidad ética… tal vez de las emociones confortadoras de la caridad. Sin embargo, poco a poco, los escépticos de la Ilustración, que viven en un mundo muy diferente al de los pioneros escépticos del mundo clásico, han ido construyendo a su alrededor una red de sentimientos prosociales.

La aplicación del pensamiento crítico sistemático a la sociedad no podía dejar de sugerir la necesidad de reformarla (…) John Locke y, tras él, los filósofos franceses de la Ilustración aprendieron la lección de Newton y la extendieron al ámbito humano.

La meta moderna era crear para el hombre la mayor libertad posible, tanto de la naturaleza como de las opresoras estructuras políticas, sociales o económicas, de las restrictivas creencias metafísicas o religiosas, de la Iglesia, del Dios judeocristiano, del estático y finito cosmos aristotélico-cristiano, del escolasticismo medieval, de las antiguas autoridades griegas y de todas las concepciones primitivas del mundo.

  Los precursores del escepticismo Demócrito y Lucrecio no se interesaron jamás  por la libertad humana, ni mucho menos por el humanitarismo que movía a un Voltaire o a un Rousseau. Se equivoca Richard Tarnas (y muchos otros) al deducir que es la revolución científica el factor decisivo que hace despegar el pensamiento humanista Ilustrado (democracia y derechos humanos).

El pensamiento clásico griego había suministrado a la Europa del Renacimiento la mayor parte del bagaje teórico que necesitaba para producir la Revolución Científica: la intuición griega inicial de un orden racional en el cosmos

  Si bien es cierto que los griegos creían en un orden racional en el cosmos, también lo es que no extendían esta concepción a la misma vida humana, que carecían del impulso prosocial del cristianismo. No creían en el progreso social, sino que aceptaban el fatalismo y el sentido cíclico de la historia.

   El cristianismo no dejó congelado el desarrollo racional de la civilización durante mil quinientos años. Muy al contrario, evolucionó, lentamente y complejamente. Evolucionó hacia el ateísmo… pero solo cuando fue capaz de crear una cultura en la cual la capacidad humana para las relaciones intersubjetivas podía desarrollarse en base a pautas de mutua confianza (empatía, afección, benevolencia…).

Mientras que en la época clásica la vida introspectiva sólo se encontraba de modo característico en unos pocos filósofos, el centro de atención cristiano en la responsabilidad personal, la conciencia del pecado y el retiro del mundo secular estimuló en una población mucho más amplia la atención a la vida interior. (…)  Toda alma humana era importante en el gran plan del universo. (…) Fueran cuales fuesen las limitaciones que los cristianos medievales hayan podido experimentar, parecen haberlas compensado con una intensa conciencia de su condición sagrada y su potencial de redención espiritual.

  Es sobre esta base cultural de vivencia intersubjetiva como se establece un nuevo racionalismo.

En el Renacimiento, Erasmo había sugerido una nueva comprensión de la escatología cristiana, según la cual la humanidad podría encaminarse hacia la perfección en este mundo

  Esta tendencia acaba desembocando en la irreversible Reforma protestante. Algo muy peculiar podemos destacar de la Reforma: en el principio parecían más totalitarios que la misma Iglesia Católica, pero al centrarse su ideología en la relación personal del individuo con la Fe (a través de las Escrituras) acabó por potenciar todavía más la subjetividad.

La paradoja peculiar de la Reforma radicaba en su carácter esencialmente ambiguo, pues era una reacción religiosa conservadora y, al mismo tiempo, una revolución radicalmente libertaria.(…) Pese al indudable carácter conservador de la Reforma, su rebelión contra la Iglesia fue un acto revolucionario sin precedentes en la cultura occidental (…) como afirmación de la conciencia individual contra el marco de las creencias, el ritual y la estructura organizativa establecidos por la Iglesia, pues la cuestión fundamental de la Reforma atañía a la ubicación de la autoridad religiosa. (…)Lutero enseñaba el «sacerdocio de todos los creyentes»: la autoridad religiosa residía, en última instancia y de forma decisiva, en cada cristiano individual y en su lectura e interpretación de la Biblia de acuerdo con su propia conciencia privada, en el contexto de su relación personal con Dios.

El protestante medio, ya no encerrado en el vientre católico de la gran ceremonia, de la tradición histórica y de la autoridad sacramental, quedó relativamente menos protegido de los avatares de la duda privada y del pensamiento secular. A partir de Lutero, la creencia del creyente carecía cada vez más de apoyo exterior y las facultades críticas del intelecto occidental se hacían cada vez más agudas.

   Las controversias bíblicas permiten hasta cierto punto la interpretación flexible (ya los teólogos medievales admitían el contenido metafórico de muchas revelaciones bíblicas).

El propio Tomás de Aquino [en el siglo XIII] había escrito en su Suma teológica que «la autoridad es la más débil de las fuentes de prueba», aforismo básico para los protagonistas de la independencia de la mente moderna. El racionalismo, el naturalismo y el empirismo modernos tenían raíces escolásticas.

  De ese modo, una estructura mental racional, crítica y subjetiva evoluciona de un pensamiento en teoría totalitario, casi como “efecto secundario”. Estas aparentes contradicciones suponen un típico fenómeno evolutivo del que contamos con otros importantes ejemplos, en todos los cuales se dieron circunstancias accidentales que alteraron el sentido inicial de un impulso.

   Así, anteriormente, el cristianismo había descubierto el pacifismo debido a que en la Antigua Roma las rebeliones armadas eran inviables, no, desde luego, porque la religión judía fuese pacifista. Lo que sucedió fue que cuando los judíos se rebelaron, siguiendo la orgullosa tradición de sus caudillos, fueron aniquilados y muchos de los que sobrevivieron eligieron resignarse, hacerse pacifistas para seguir siendo judíos… se hicieron cristianos (a este tipo de cosas solemos llamarlas “hacer de la necesidad virtud”). Igualmente, los puritanos protestantes atacaron a la Iglesia Católica porque consideraban que la jerarquía de Roma era corrupta y no lo suficientemente estricta … pero al hacerlo dieron la libertad de conciencia a los creyentes… de forma que, a la larga, la buscada intolerancia no pudo sostenerse sin el armazón autoritario de la Iglesia que ellos mismos habían destruido… Más adelante el marxismo también producirá un resultado contradictorio con su planteamiento inicial: de una doctrina basada en la razón, el escepticismo y el materialismo (socialismo científico) surgirían regímenes marxistas totalitarios, supersticiosos e inflexibles (que acabarían autodestruyéndose).

  Es, pues, tras la evolución de la mentalidad protestante cuando  aparecen la Ilustración y la Revolución Científica

La nueva constitución psicológica del carácter moderno se venía desarrollando ya desde la baja Edad Media, se manifestó de un modo notable durante el Renacimiento y luego se clarificó y se potenció con la Revolución Científica, para difundirse y solidificarse en el curso de la Ilustración

Con la mente limpia de prejuicios y supersticiones, el hombre podía apoderarse de la verdad evidente y de esa manera establecer para sí mismo un mundo racional en el que todos pudieran florecer. 

La «planificación» sustituyó a la «esperanza» a medida que la razón humana y la tecnología dieron pruebas de su milagrosa eficacia.

  Así llegamos hasta nuestros días. Pero ahora descubrimos (como ya presentían los antiguos) que esta libertad y honestidad de la ciencia y el pensamiento racional implican el riesgo de la soledad y la incertidumbre. Como hemos visto, el humanitarismo cristiano había tenido sus buenas razones para creer en Dios…

Con Lutero se había quebrado la estructura monolítica de la Iglesia cristiana medieval. Con Copérnico y Galileo se había quebrado la cosmología cristiana medieval. Con Darwin, la cosmovisión cristiana mostraba signos de colapso total.(…) Lo probable, para el juicio del intelecto crítico moderno, era que el Dios judeocristiano fuera una combinación particularmente duradera de fantasía ingenua y de proyección antropomórfica, producida en la imaginación del hombre para aliviar todo el dolor y enderezar todos los entuertos que encontraba insoportables en su existencia. (…) Parecía más adecuado entender el cristianismo como un mito popular de éxito muy especial, que inspiraba esperanza en los creyentes y daba sentido y orden a sus vidas, pero que carecía de fundamento

La actividad humana —artística, intelectual, moral— se vio forzada a buscar fundamento en un vacío sin modelos. El significado no parecía ser otra cosa que un constructo arbitrario; la verdad, tan sólo convención; la realidad, imposible de desvelar. El hombre, se empezaba a decir, era una pasión inútil.

  El escepticismo y el racionalismo nos informan hoy de nuestra naturaleza como peculiares animales dotados de emociones morales, estorbados por instintos agresivos y egoístas, solos en el mundo. Si no hubiéramos construido previamente los valiosos paliativos del humanitarismo secular (desconocidos en la cultura grecorromana clásica de los primeros escépticos, aunque luego comenzarian a aparecer en el estoicismo) este “vacío sin modelos” nos resultaría insoportable…

  Richard Tarnas se limita a registrar las angustias del escepticismo y el posmodernismo hasta el final del siglo XX:

La era posmoderna es una era sin consenso sobre la naturaleza de la realidad, pero cuenta con la bendición de una riqueza de perspectivas sin precedentes

El interrogante intelectual de nuestro tiempo reside en saber si el estado actual de profunda irresolución metafísica y epistemológica continuará indefinidamente, adoptando, tal vez, formas más viables o más radicalmente desorientadoras a medida que pasen los años y las décadas; si es realmente el preludio entrópico de algún tipo de desenlace apocalíptico de la historia, o si representa una transición histórica a otra era que traerá una nueva forma de civilización y una nueva cosmovisión con principios e ideales fundamentalmente distintos de los que han impulsado el mundo moderno en su dramática trayectoria.

  Todos podemos hacer propuestas sobre la “nueva forma de civilización”. Ante todo, podemos ver que los antiguos no fueron estúpidos cuando eligieron el Dios humanista y prosocial de los cristianos.  En el proceso civilizatorio, afortunadamente, el impacto de la desaparición del Dios bondadoso ha sido amortiguado por la compleja elaboración del humanitarismo secular que hoy interiorizamos a través de la cultura de la modernidad, pero pese a ello persiste el dualismo básico de la separación entre el individuo y el mundo exterior.

Nuestras predisposiciones psicológicas y espirituales están absurdamente en desacuerdo con el mundo que nos ha revelado el método científico. Es como si de nuestra situación existencial recibiéramos dos mensajes: por un lado, esforzarse, lanzarse en busca de significado y plena realización espiritual; pero, por otro, saber que el universo, de cuya sustancia derivamos, es completamente indiferente a esa búsqueda, sin alma y de efectos anonadantes.

    Tal vez, si descubrimos en nuestro propio comportamiento pautas que aseguren la confianza, la afectividad y la cooperación, sea posible crear una alternativa. Mientras funcionó, el cristianismo ofreció una solución efectiva. Ahora sería preciso construir una alternativa racional de parecida eficacia. ¿Está trabajando alguien en ello?, ¿o se limitan los pensadores e ideólogos a constatar su desorientación y a esperar una solución de la mano de la tecnología y la educación?

lunes, 5 de octubre de 2015

“Por qué es bueno el Bien”, 2002. Robert Hinde

  Robert Hinde nos ofrece una reflexión acerca de los valores morales. Su libro no es una obra de erudición clásica a partir del gran patrimonio de la filosofía moral, sino más bien un estudio informado que tiene en cuenta los descubrimientos recientes en las ciencias biológicas y del comportamiento.

Voy a tratar (…) acerca de cómo sucede que la gente llegue a mantener los valores [morales] que mantiene (…) La cuestión de por qué la gente mantiene los valores morales implica diversos aspectos: implica preguntar cómo los individuos adquieren los preceptos morales de la sociedad o el grupo dentro del cual surgen; también implica preguntar de dónde llegan los valores culturales, y cómo se desarrollan y cambian con el tiempo

No hay necesidad de buscar una fuente trascendente de la moralidad (…) Contrariamente al punto de vista usual, sugiero que si los códigos morales han sido construidos en última instancia por la interacción entre la naturaleza humana y la cultura –lo cual es una cuestión científica- no hay necesidad de buscar ninguna otra fuente de deberes.

  Naturaleza humana y cultura, esos son siempre los dos grandes elementos a considerar en lo que se refiere a las realizaciones sociales. La ciencia nos informa de que nuestra naturaleza es, esencialmente, la de unos homínidos excepcionalmente inteligentes que, al igual que los grandes simios contemporáneos, como los chimpancés, sobrevivieron mediante la caza y la recolección durante cientos de miles de años, y que solo hace relativamente poco tiempo se dedicaron a la agricultura y a crear civilizaciones. Pero los chimpancés no conocen la moral. Elaborar preceptos morales no es nada fácil para un animal. Excepto el ser humano, ningún animal social lo hace.

Las convenciones y preceptos morales son guías de comportamiento específicas (…) Han sido erigidas debido a que los individuos tienen propensiones que frecuentemente entran en conflicto

La moralidad se preocupa sobre todo del comportamiento prosocial, la cooperación y la justicia

Las propensiones prosociales han evolucionado debido a que aportan ventajas biológicas a los individuos que viven en grupos (...) Los preceptos son vistos como morales si conducen al “bienestar” de otros en la sociedad y a minimizar el conflicto en la sociedad como un todo

  Nuestros primos chimpancés cuentan solo con los instintos para equilibrar sus propios intereses en grupo, y los usan para pelearse,  calmarse y consolarse constantemente (usando el lenguaje gestual, sobre todo), gastando horas y horas en solucionar así los conflictos a fin de evitar que se produzcan las peores consecuencias en el enfrentamiento entre intereses particulares. Así, ciertamente, acaban por arreglárselas, pero no avanzan mucho en cuanto a desarrollar la cooperación. Carecen de nuestro recurso para crear representaciones psicológicas (simbólicas) de “lo bueno” y “lo malo”, representaciones que, una vez interiorizadas, nos permiten a nosotros elegir conductas menos conflictivas y así poner en marcha planes complejos de cooperación y ahorrarnos mucho tiempo en disputas ruidosas y apaciguamientos prolongados.

  Pero desarrollar este "truco psicológico" –la moralidad interiorizada, las estrategias morales de cooperación- parece que supone poner en marcha una extraordinaria capacidad intelectiva. Quizá sea lo que más nos hace humanos.

El desarrollo moral implica la incorporación de preceptos dentro del “auto-sistema”, de modo que comportarse moralmente pueda ocurrir espontáneamente, sin reflexión (…) Adquirir moralidad no es meramente un asunto de recoger una serie de “haz” y “no hagas”: es parte del desarrollo del “yo” en un contexto cultural particular

  Robert Hinde aporta así un concepto muy útil a la indagación: el auto-sistema moral.

Los preceptos morales son internalizados en los auto-conceptos de los individuos: esto es, son parte de cómo los individuos se ven a sí mismos (…) [El auto-sistema es] la visión que el individuo tiene de sí mismo, de sus relaciones, de la cultura (incluyendo el código moral), y de la sociedad. Los individuos luchan para mantener la congruencia entre sus auto-sistemas, sus percepciones de las propias acciones, y sus percepciones de cómo los otros los perciben. El auto-sistema, si bien maleable en algún grado, se forma en gran medida en la primera infancia, y las actitudes formadas durante el desarrollo tienden a persistir.(…) Si la congruencia no se mantiene, el actuante siente culpa y/o vergüenza

  Con esta visión, Robert Hinde coincide bastante con otros autores que resaltan que el desarrollo de la moralidad probablemente está relacionado con el origen de la misma subjetividad humana (lo que nos hace “sentirnos” como personas, autoconscientes).

Para el individuo, el código moral no es algo que está ahí fuera, una inscripción en una tabla de piedra o un libro de leyes, sino que se encuentra en la mente como parte de la identidad del individuo

“Tener una mala conciencia” corresponde a una discrepancia entre los valores internalizados en el “auto-sistema” y las acciones que uno ve que está tomando.

   La mejor estrategia para vivir en sociedad parece que sería renunciar a veces al interés propio teniendo en cuenta el bien ajeno, una actitud que permitiría el establecimiento entre todos los miembros del grupo de una gran confianza y un estado general de predisposición al altruismo. Estas pautas emocionales “prosociales” son las que promueven la aparición de normas y reglas de equidad y justicia.

Debido a que las relaciones equitativas y la vida en grupos requieren al menos un grado de comportamiento prosocial y cooperativo, estamos casi siempre inclinados por nuestra naturaleza a preferir preceptos que favorezcan un equilibrio en el cual la prosocialidad recíproca a los miembros del propio grupo predomine sobre el comportamiento egoísta. 

  Podemos hacernos una idea realista de cómo se reproducen los valores dentro del "auto-sistema":

El conformismo es importante, porque el éxito o no del comportamiento de otros es frecuentemente difícil de observar, pero copiar lo que hace otra gente es verosímilmente una buena estrategia (...) Actuar moralmente y de acuerdo con la convención tienen mucho en común

Uno tiende a imitar a aquellos que le gustan a uno, y porque a uno le gusta la gente que se comporta prosocialmente es verosímil que el comportamiento prosocial se haga más frecuente en la población

Hay predisposiciones a adjudicar sentimientos o etiquetas (inicialmente no-verbales) de “bueno” y “malo” a las acciones, bajo la influencia de no solo sus consecuencias, sino también, y más importantemente, de las respuestas de parientes u otras figuras de autoridad o de los iguales

  De esa forma se incorporarían estas pautas de conducta, emocionalmente indicadas, al núcleo conductual (auto-sistema) del individuo. Pero queda por averiguar cómo se elaboran los contenidos morales en un principio, cómo llega a existir lo que luego será convencional a nivel cultural, lo que después es imitado y a lo que se pliegan los conformistas. Está claro que necesitamos cooperación, pero también que la prosocialidad rara vez se da en el más alto grado.

Algunos entornos alentarán el predominio de la prosocialidad, otros el comportamiento antisocial. Y estos efectos pueden ser bastante sutiles

  Aunque el mayor grado de altruismo suponga racionalmente el mejor sistema moral, la racionalidad solo es una parte de lo que caracteriza al comportamiento humano.  Los comportamientos primitivos de la reciprocidad directa o de la Ley del Talión eran juzgados como más acertadas en otras culturas. Esto dependía en buena parte de las condiciones concretas en que se desarrollaba la cultura en cuestión.

La estrategia de reciprocidad directa [yo te doy si tú me das] es poco probable que sea una estrategia exitosa en grupos grandes, donde la mayor parte de los individuos no se conocen unos a otros y donde la oportunidad de que un cooperador se encuentre y reconozca a otro están disminuidas

  Es a partir de estas insuficiencias cuando comienza a comprenderse la necesidad y la dificultad del altruismo "desinteresado": encontrar una recompensa emocional al obrar por el beneficio material a otro individuo sin esperar recompensa material para uno mismo. Éste es el sistema ideal, pues no condiciona la cooperación de que se dé la situación óptima para la reciprocidad (se pasa del “yo te doy, si tú me das”, al “hoy por ti, mañana por mí”). Mientras que las prestaciones y compensaciones materiales son costosas y no siempre se encuentran a mano, las recompensas emocionales parecen muy baratas y están siempre a disposición de todo el mundo.

La reciprocidad puede tomar la forma de una expresión de gratitud, la cual puede implicar un retorno más sustancial en el futuro. El comportamiento en acuerdo con los valores y preceptos de la sociedad apareja estatus, lo que puede a su vez traer consecuencias en el futuro.

  Sin embargo, un sistema de comportamiento altruista sin más recompensa inmediata que la gratitud del que recibe y el estatus para el que da plantea dos problemas: el del engaño (alguien que finge una actitud altruista para beneficiarse materialmente del altruismo del otro, pero que nunca corresponde) y el del valor real de las recompensas emocionales en comparación con las recompensas materiales.

  Para la prevención del engaño se pueden utilizar medios  culturales perfeccionados que sirvan para contrastar la reputación de cada individuo, si bien semejante cuestión implica profundos cuestionamientos acerca de nuestra forma de vida y particularmente del respeto a la privacidad (la solicitud de antecedentes penales, por ejemplo, sería solo la punta del iceberg de hasta dónde se podría llegar), pero la elaboración de las compensaciones emocionales para el comportamiento altruista es aún más psicológicamente compleja.

¿Son tales acciones [puro altruismo] meramente la superexpresión de una tendencia general a ser amable con los demás, de la misma manera que la glotonería es una sobreexpresión de la tendencia natural a comer?

  Esta observación de Robert HInde (zoólogo de formación) podemos relacionarla con el concepto de los "estímulos supernormales": tales estímulos son una distorsión (o sobreexpresión) cultural de los instintos naturales (“estímulos normales”). Así, por ejemplo, el instinto nos ha provisto de una tendencia a la búsqueda de alimento (apetito) que nos ayuda a sobrevivir y, sin embargo, la cultura puede estimular ese apetito de forma exagerada hasta generar comportamientos de glotonería que nos hagan enfermar y morir: el estímulo es culturalmente manipulado para sobrepasar su función, la exhibición de sabrosísimos alimentos ricos en calorías y la institucionalización de los banquetes como centro de las celebraciones sociales nos lleva a comer mucho más de lo que nuestro organismo nos exige. Igualmente, la abundancia a nuestro alrededor de figuras femeninas con rasgos atrayentes muy marcados tiene la misma capacidad para sobreestimular el deseo sexual de los varones, pudiendo convertirlos en obsesos.

  Lo interesante es que estas sobreexpresiones también tienen una vertiente positiva y pueden afectar a la moralidad, y particularmente al altruismo. El cristianismo y otras “religiones compasivas” han ensalzado la representación de la bondad hasta crear el concepto de “santidad”, en la cual un individuo religiosamente sobreestimulado es capaz de hundirse en las sensaciones naturales de empatía, afecto, generosidad, gratitud y comprensión hasta el punto de hacerlo inhábil para desenvolverse en una sociedad convencional donde las conductas altruistas se practiquen de forma mucho más restringida. No es sorprendente que las “religiones compasivas” inventaran el monasticismo, una modalidad de entorno comunitario especialmente seleccionado para llevar a cabo el autocontrol del comportamiento en un sentido extremadamente prosocial mediante la ejecución de especiales estrategias psicológicas de benevolencia y altruismo.

En algunas comunidades religiosas mostrar humildad puede llevar a un alto estatus (…) Si bien la cuestión es quizá todavía controvertida, la evidencia sugiere fuertemente que el estatus podría ser buscado como un valorado recurso por propio derecho, independientemente del acceso inmediato a cualquier recompensa física

   Es decir, el individuo humilde y altruista obtendría su recompensa del estatus de santidad, que le proporcionaría bienes de tipo meramente emocional. De esa forma, manipulando los estímulos normales derivados de la actuación altruista que es hasta cierto punto reconocida en todas las culturas, puede lograrse un comportamiento altruista genuino que en lugar de exigir reciprocidad en bienes materiales, se basta tan solo con las compensaciones emocionales. Compensaciones que son por el estilo de las que corresponden al reconocimiento del estatus.

  Quizá la naturaleza positiva de estos sentimientos [de obtención de estatus] es ella misma un producto de la selección natural, siendo indicativa de la prioridad al acceso a los recursos

  Esto puede ser esperanzador: el deseo de estatus surgió con fines egoístas para asegurar la obtención en el futuro de recompensas materiales (hasta cierto punto, anticipando el disfrute de estas recompensas), pero en una cultura particular, al ser sobreestimulado en el sentido de la prosocialidad, podría quedar solo en función del comportamiento altruista: tendríamos comportamiento altruista genuino al que corresponderían compensaciones emocionales (reconocimiento de estatus) de tan alto valor que haría innecesaria la reciprocidad en compensaciones materiales. Hacer el bien sin esperar nada a cambio. Amar al enemigo, poner la otra mejilla, etc… Psicólogicamente y evolutivamente, todo esto podría tener sentido. Y sería extraordinariamente útil, pues garantizaría el comportamiento prosocial ilimitado a partir del reconocimiento de la extrema confianza en quienes obran el bien solo por las compensaciones de tipo emocional.

  Este efecto decisivo de las emociones por sí mismas (y ya no tanto porque anticipen ganancias o pérdidas materiales) nos resultará más familiar si reflexionamos acerca de las experiencias de culpa y vergüenza.

El sentimiento de vergüenza está directamente relacionado con el “yo” ("yo hice algo horrible"), mientras que con los sentimientos de culpa el enfoque negativo está en la acción (…) La culpa (…), si bien dolorosa, no afecta al núcleo de la identidad, sino que tiene que ver con el efecto en los otros. (…) La culpa puede ser mejorada por intentos de reparar un daño (…) [y] también puede ser aliviada por el perdón (…) [La vergüenza], a diferencia de la culpa, está relacionada con un mal ajuste psicológico (…) [que] quizá puede afectar al comportamiento a largo plazo

  La culpa es considerada más moderna que la vergüenza, pero ambos estados emocionales suponen daños para el individuo que nada tienen que ver con la privación de los beneficios y perjuicios materiales propios del mundo animal. Y de forma similar funcionan también sus equivalentes gratificantes, como el honor y la dignidad (estatus).

  De la misma forma que la vergüenza o la culpa pueden destruir a un ser humano sin que ello implique el sufrimiento físico o la pérdida de beneficios materiales, ahora el sentimiento del más alto estatus moral (por ejemplo, la santidad) puede construir la dicha del ser humano perfectamente prosocial que no requiere tampoco de las recompensas materiales que en un principio anticipaba la adquisición del estatus.

  Otro ejemplo en el mismo sentido de preeminencia de lo emocional sobre lo material en cuanto a moralidad es la venganza:

La venganza puede ser vista como una forma de reciprocidad (…) No es una forma enteramente satisfactoria de resolver disputas por la dificultad de obtener acuerdos sobre lo que es una compensación justa

  El placer de la venganza, el dolor de la culpa, la satisfacción que genera el honor y el estatus… La compleja elaboración psicológica de compensaciones emocionales condiciona nuestro mundo moral. Las gratificaciones emocionales que surgieron como mero anticipo de las gratificaciones materiales, pueden, pues, acabar convirtiéndose también en gratificaciones en sí mismas. En realidad, es a este tipo de sistemas de recompensa al que apunta el desarrollo civilizatorio.

El uso conjunto de las ciencias naturales y sociales y las humanidades un día nos capacitará para comprender las influencias mutuas por las cuales las propensidades psicológicas humanas son traducidas en códigos morales y nos ayudarán a cómo actuar en situaciones problemáticas.

  Veamos una reflexión de Robert Hinde acerca de la transformación emocional de los valores

La sumisión puede en ocasiones haber sido un consejo pragmático para una minoría perseguida –y presumiblemente la admonición cristiana de “ofrecer la otra mejilla” es una extensión del valor dado a la humildad- pero no puede ser aplicable generalmente: si lo fuera, los bandidos no serían contenidos.

  El planteamiento, sin embargo, puede ser reducido al absurdo: la sumisión y la humildad en teoría no pueden contener a los bandidos, pero si lo pensamos bien, la reclusión penal por un máximo de veinte años (lo que permite siempre, en alguna medida, la reforma y reinserción) tampoco podría contener al homicida múltiple. Para un texano típico, resulta incomprensible que los ciudadanos de Dinamarca o Francia no cometan muchísimos más homicidios siendo, proporcionalmente, tan leve el castigo con cuya amenaza se pretende supuestamente contenerlos. Pero la realidad nos muestra que es al revés: los texanos, que aplican metódicamente la pena de muerte a los homicidas, sufren niveles de crímenes de sangre mucho más altos (pues la contención del crimen no debe basarse únicamente en la amenaza del castigo). La evolución de la moralidad desarrolla criterios muy cambiantes, pero parece que siempre en el sentido de un mayor altruismo y una mayor abundancia de las gratificaciones emocionales en lugar de las gratificaciones materiales.

Los valores que ponemos en la confianza, la honestidad, la lealtad, la compasión, la comprensión, la responsabilidad y el amor han aparecido como consecuencias de lo que somos y de nuestra necesidad de vivir en una sociedad viable, y no deben ser descartados. Cualquier cambio que implique un cambio importante en el equilibrio entre prosocialidad y egoísmo asertivo, tal como un incremento en la competición entre individuos, debe ser cuestionado.

    En suma, un examen cuidadoso de la evolución de la moralidad nos proporciona un conocimiento esencial: el que la manipulación cultural de nuestra naturaleza emocional en lo referente a las relaciones interpersonales de tipo moral puede llegar hasta niveles insospechados. De la reciprocidad hemos pasado a la elaboración compleja de actitudes emocionales que fomentan el altruismo para el bien común cuyas posibilidades aún están por ver. Hay una clara evidencia de que la extensión de la prosocialidad implica determinados valores de conducta (confianza, compasión...) y no otros (competitividad, aserción...).