viernes, 25 de septiembre de 2015

“Psícología evolutiva”, 2008. David Buss.

Comprender los mecanismos del cerebro y la mente humana desde la perspectiva de la evolución es la meta de una nueva disciplina científica llamada psicología evolutiva

  David Buss es uno de los más célebres psicólogos evolutivos y en este libro actualiza muchos de sus hallazgos previos, a la vez que recoge los trabajos de otros especialistas.

La psicología evolutiva sugiere que la humanidad posee mecanismos evolucionados a fin de tratar con los problemas de vivir en grupo (…) La psicología evolutiva proporciona las herramientas conceptuales para emerger del estado fragmentado de la actual ciencia psicológica y enlazar la psicología con el resto de las ciencias de la vida en una mayor integración científica.

  La psicología evolutiva es la vía de conocimiento más fiable y asequible con la que contamos hoy para llegar a una información cierta acerca de la “naturaleza humana”. Somos el resultado de la evolución dentro de un proceso de desarrollo biológico que en el caso humano implica, para empezar, una extraordinaria complejidad social en comparación con los demás seres vivos.

Vivir en grupos sociales complejos impone riesgos de “robo, canibalismo, infanticidio, extorsión y otras traiciones” (…) Es plausible que todas estas fuerzas relacionadas –las complejidades impuestas por la vida intensa dentro de los grupos, el bipedalismo que liberó la mano humana para la invención de herramientas y su uso, la caza y la guerra- llevaran a desarrollar los altos niveles de inteligencia que muestran los humanos de hoy

   Siendo prácticos, lo primero que nos interesa del conjunto de datos que la psicología evolutiva nos proporciona es lo referente a lo que parece ser el principal problema humano: la agresión y la antisocialidad.

La evidencia paleontológica –antiguos huesos y piedras- revela una historia de homicidios que va hasta decenas de miles de años atrás

  ¿Por qué la evolución nos ha hecho agresivos, siendo esto un obstáculo tan grave a la cooperación? Lo que parece es que, mientras que para el ser humano actual es evidente que la cooperación sin violencia nos proporcionaría enormes beneficios, esto no era algo tan claro para el hombre del Paleolítico.

Uno de los motivos clave del homicidio de varón a varón es la defensa del estatus, la reputación y el honor dentro del grupo local de iguales. (…) Si alguna vez ha habido un candidato razonable para una motivación humana general, la lucha por el estatus estaría cerca de lo más alto de la lista

   La obtención de estatus (que ahorraba la constante disputa, sustituyéndola por la constante amenaza implícita, culturalmente aceptada) era vital a fin de asegurarse el acceso a unos recursos escasos. La abundancia potencial de recursos económicos con la que hoy contamos, gracias a la tecnología, no era accesible al hombre del paleolítico. Los recursos eran para él tan escasos como para cualquier otro animal que luchaba duramente dentro de su mismo medio, siempre al límite de sus posibilidades.

Los hombres han heredado de sus antepasados mecanismos psicológicos que son sensibles a contextos en los cuales la agresión probabilísticamente lleva a una solución exitosa de un problema adaptativo particular

  Aparte de la mera supervivencia individual, la selección genética opera para favorecer la adquisición de los “recursos reproductivos”: el varón de alto estatus cuenta con más oportunidades de tener descendencia. Supervivencia individual y éxito sexual suponen el camino seguro para la reproducción de los más aptos.

   Por supuesto, en un medio de recursos siempre escasos primero hay que sobrevivir a fin de asegurar la reproducción, pero, de entre los supervivientes, no todos los animales tendrán el mismo éxito reproductivo. Es aquí donde entra la cuestión de la “selección sexual”, que tiene peculiaridades más allá del éxito social.

[Darwin] observó extrañas estructuras que parecían no tener nada que ver con la supervivencia; el brillante plumaje del pavo real era un ejemplo primario (…) La respuesta de Darwin a este aparente estorbo a la teoría de la selección natural fue diseñar lo que él pensaba que sería una segunda teoría evolutiva: la teoría de la selección sexual.(…) Si los miembros de un sexo tienen algún consenso sobre las cualidades que son deseadas en los miembros del sexo opuesto, entonces los individuos del sexo opuesto que poseen estas cualidades serán elegidos preferentemente como pareja. 

  La hembra del pavo real elige al macho de la más brillante (e inútil) cola porque se ha codificado genéticamente en ella la capacidad para evaluar que el portador de tal cola solo puede ser un individuo especialmente sano y vigoroso. Así funciona.

La selección natural y la selección sexual (…) parten del mismo proceso fundamental: éxito reproductivo por virtud de diferencias heredables en diseño.

  Y la evolución puede demostrarnos que es aún más compleja:

La selección natural y la selección sexual no son las únicas causas del cambio evolutivo. Algunos cambios, por ejemplo, pueden ocurrir por un proceso llamado “deriva genética”, la cual se define como cambios al azar en el componente genético de una población. Los cambios al azar pueden llegar a través de varios procesos, incluida la mutación (un cambio casual en el ADN), efectos de “fundación” [que se da cuando una nueva colonia es fundada por un pequeño grupo con una peculiar dotación genética, condicionando así a todos los descendientes] y efectos de “cuello de botella” [cuando una gran población se ve reducida espectacularmente por alguna catástrofe, dando lugar a que una escasa descendencia se reproduzca entre sí, propagando sus rasgos heredables particulares]

   Recapitulando: los seres humanos somos unos animales de una gran complejidad social y una extraordinaria capacidad tecnológica y cooperativa, pero seguimos en buena parte “atrapados” por los condicionamientos de la selección natural del hombre de la Edad de Piedra. Por eso no podemos aún desarrollar todo nuestro potencial para la plena cooperación: porque los instintos propios de la larguísima época de escasez económica aún predominan en nosotros.

William James definió los instintos como “la facultad de actuar de determinada manera para producir ciertos fines, sin prever los fines y sin preparación previa para la ejecución”

  Esto, desde luego, nos limita mucho a la hora de actuar. La idea de David Buss y los psicológos evolutivos es que, ciertamente, para alcanzar una vida “mejor” en el sentido que indica nuestra cultura actual (más cooperación y menos agresión) tenemos que reprimir muchos de nuestros instintos. Este control de los instintos se desarrolla mediante un aprendizaje (normalmente inconsciente) que tiene lugar en las concretas circunstancias de la cultura del momento en que vivimos. Pero hemos de tener en cuenta también que nuestra misma capacidad para el aprendizaje es instintiva…

Tenemos que identificar la naturaleza de los mecanismos de aprendizaje subyacentes que capacitan a los humanos para cambiar su comportamiento.(…) Hay evidencia clara de que cada forma de aprendizaje se explica mejor por diferentes mecanismos evolutivos de aprendizaje (…) El aprendizaje requiere mecanismos psicológicos evolucionados específicos para llegar a tener lugar.

  Entre los mecanismos psicológicos evolucionados podría encontrarse uno que nos facilita un poco la vida en sociedad, que sería la capacidad para desarrollar comportamientos de altruismo recíproco. No se trataría de una creación cultural y su existencia en el individuo tampoco es cuestión de aprendizaje. Pero el aprendizaje de reglas de prosocialidad -comportamiento altruista que genere confianza y por tanto facilite la cooperación- depende  de cómo opere el entorno sobre tal capacidad innata para tal reciprocidad.

El razonamiento de intercambio social podría ser un componente especializado y separado dentro de la maquinaria cognitiva humana

  Este mecanismo hereditario de aprendizaje social habría surgido también en la época de los cazadores-recolectores y nuestra cultura lucharía por adaptarlo a fin de producir resultados mejores en el mundo de hoy. Para comprender el funcionamiento de tal mecanismo de cooperación debemos tener en cuenta, ante todo, que el altruismo recíproco solo puede darse a partir de la confianza mutua. Eso exige no solo la predisposición a ayudar y la inteligencia de planearlo y ejecutarlo de forma efectiva, sino también la capacidad para detectar en lo posible que no nos engañen…

[Hay] cinco capacidades cognitivas [para desarrollar el altruismo recíproco y detectar a los que engañan]: (…) la habilidad de reconocer diferentes rostros humanos (…) la habilidad para recordar las historias de las interacciones con diferentes individuos (…) la habilidad para comunicar los valores [lo que pensamos que es correcto que debe hacerse] de unos a otros (…) la habilidad para comprender los valores de otros (…) la habilidad de representar costes y beneficios con independencia del tipo de bienes intercambiados            

  A esto se le llama la “Teoría del contrato social”. Tiene precedentes en el comportamiento animal no humano y sus reglas lógicas se han puesto a prueba en programas informáticos. En el desarrollo del "dilema del prisionero" (especie de juego lógico acerca de alternativas de cooperación y engaño) se han señalado muchas de las contingencias que pueden darse en estrategias de reciprocidad:

la reciprocidad contingente (…) identifica tres rasgos (…) que representan las claves del éxito: 1) nunca seas el primero en traicionar, siempre empieza cooperando y continúa cooperando mientras el otro haga lo mismo, 2) aplica represalias solo después de que el otro haya traicionado, y traiciona solo después del primer momento de no reciprocidad, 3) perdona si un jugador que ha traicionado comienza a cooperar y entonces actúa recíprocamente y comienza un ciclo benéfico mutuo

  Básicamente, de lo que se trata es de hacerse una “reputación” al interactuar con otros individuos, demostrando así que uno es fiable a la hora de devolver favores tanto como lo es a la hora de detectar tramposos. En las sociedades humanas complejas la elaboración de reputaciones toma diversas formas, se manifiesta mediante mecanismos emocionales de evaluación (moralidad) y se ve contrarrestada por las inevitables estrategias de engaño en respuesta.

Los humanos han alcanzado a elaborar mediante la evolución emociones morales que dan lugar a rápidas evaluaciones automáticas

  Así, la psicología evolutiva nos da un marco general y una visión realista de las dificultades para alcanzar la plena cooperación. Tenemos instintos, y entre ellos también se hallan los instintos de aprendizaje, que pueden aplicarse a desarrollar capacidades cognitivas que promuevan las relaciones cooperativas eficientes (que son igualmente instintos propensos al desarrollo). Los mecanismos de aprendizaje de la vida social, en concreto, se rigen por algunas pautas descifrables.

    Otra cuestión de la psicología evolutiva por la que David Buss se ha hecho conocido es la que se refiere a las estrategias de emparejamiento entre humanos. Para entender estas estrategias, primero hemos de contar con algunos principios fundamentales que compartimos con todos los seres vivos, como es el caso de la “inversión parental”.

El sexo que invierte mayores recursos en su descendencia (frecuentemente, pero no siempre, la hembra) evolucionará para ser más selectivo o discriminativo en seleccionar su pareja

  En el caso de las hembras humanas, el embarazo es largo y la crianza del hijo exige mucha atención, hasta por lo menos los cuatro o cinco años de edad, que es cuando, entre las familias extendidas propias de los cazadores-recolectores, la protección, mantenimiento y enseñanza del niño se hace más fácil y ya no depende exclusivamente de la madre. Esto es lo que hace que se requiera una fuerte “inversión parental”.

Debido a que las mujeres en nuestro pasado evolutivo arriesgaban enormemente su inversión como consecuencia de tener sexo, la evolución favoreció a las mujeres que eran altamente selectivas para elegir pareja. Las mujeres ancestrales sufrieron costes severos si no discriminaban: experimentaban un menor éxito reproductivo [puesto que] pocos de sus hijos sobrevivían para llegar a la edad reproductiva

  De ahí habrían surgido los fuertes vínculos emocionales –afectivos- hombre-mujer que favorecen que la pareja permanezca unida, al menos, durante el periodo de tiempo en el que la crianza del niño es más exigente.

  Buss quiere relacionar esto con hábitos muy marcados de mujeres que todavía hoy seleccionan como pareja a los hombres de alto estatus y que cuentan con buenos recursos económicos. Sin embargo, no aclara la duda de si de lo que se trata más bien es de que los hombres de alto estatus seleccionan a las mujeres que serán buenas madres tanto como seleccionan de entre los demás recursos disponibles aquellos más ambicionados gracias a su situación privilegiada. La selección natural podría haber hecho que los varones que se sienten atraídos por las buenas madres propaguen su estirpe por el mero hecho de que los hijos cuidados por buenas madres, lógicamente, tienen más probabilidades de prosperar (los hijos de los hombres a los que no les atraigan las mujeres maternales no sobrevivirían en tan gran medida como lo harían los hijos que sí se sienten atraídos por las buenas madres: estas características de la personalidad son en buena parte heredables y se propagan sensiblemente al cabo de unas cuantas generaciones).

   La puntualización sobre “quién elige a quién” se hace necesaria porque el hecho es que los antropólogos no han encontrado mucha libertad para elegir en las mujeres de las sociedades de cazadores-recolectores, que siempre se encuentran en situación de inferioridad con respecto a los hombres (muchas veces son violadas y secuestradas en el curso de las constantes guerras). El planteamiento de la “inversión parental” (a las mujeres les convienen hombres que las ayuden puesto que invierten casi todos sus recursos en la cría de los hijos) tiene sentido, pero eso no quiere decir necesariamente que sean las mujeres las que elijen.

Los hombres agresivos que desean dominar a las mujeres físicamente y burlar las elecciones sexuales de las mujeres podrían haber ejercido una importante presión selectiva sobre el sexo opuesto en los tiempos ancestrales

  Es decir, podría haberse dado el caso de que la fórmula exitosa fuese la de mujeres manipulables por hombres agresivos y sexualmente muy activos. De ese modo los hombres de alto estatus habrían podido extender su prole entre muchas mujeres que fuesen sumisas y buenas madres, prestándoles el apoyo imprescindible para permitir que sus hijos se hicieran mayores, prosperasen y a la vez se reprodujesen transmitiendo las características heredadas.

  De hecho, David Buss recoge el juicio de Roy Baumeister acerca de la “plasticidad erótica femenina”, que supone que las mujeres contarían, en comparación con el varón, con una mayor adaptabilidad (psicológica, emocional) para desenvolverse en diversas fórmulas familiares, sea la monogamia estable, el matrimonio múltiple, la poligamia, la castidad, la promiscuidad o incluso el lesbianismo…

El lesbianismo y la homosexualidad masculina, por ejemplo, parecen ser bastante diferentes: la orientación sexual masculina tiende a aparecer pronto en el desarrollo, mientras que la sexualidad femenina parece ser mucho más flexible a lo largo de la vida 

  Buss, en cambio, no considera el punto de vista de quienes sugieren que, igual que los hombres del neolítico habían domesticado el ganado mediante la selección, también, dentro de la sociedad agraria patriarcal, podría haberse domesticado a las mujeres de la misma forma durante los últimos milenios (la domesticación humana no se habría limitado tampoco a las mujeres: los hombres de clase inferior, los siervos, hubieran sido asimismo seleccionados). El resultado habrían sido hombres dominantes y económicamente responsables de su prole, y mujeres sumisas, buenas madres y eróticamente “plásticas”. La plasticidad erótica de la mujer permitiría, como se ha dicho, adaptar su comportamiento a diferentes fórmulas familiares y proporcionaría así más garantías de fidelidad sexual (la fidelidad sexual es importantísima para preservar la herencia genética del varón).

  De esa forma, las características de conducta social y sexual del varón de hoy estarían mucho más próximas a las del paleolítico que en el caso de las mujeres, dado que el comportamiento femenino habría cambiado más debido a la selección sufrida durante el largo periodo de las primeras sociedades agrarias (cuando tiene lugar la domesticación del ganado). Ciertos datos antropológicos parecen avalar esto:

las mujeres conocidas por ser promiscuas sufren daño reputacional incluso en culturas relativamente promiscuas

   No tendría sentido que los varones invirtieran recursos en la cría de niños sin contar con cierta seguridad de que tales niños llevan su herencia genética: si fuesen sistemáticamente engañados, su rastro genético desaparecería en unas cuantas generaciones, de ahí el control constante sobre la fidelidad conyugal y la preponderancia de los hombres de alto estatus a la hora de difundir su simiente. Las mujeres promiscuas siempre habrían sido perseguidas y sin embargo llegan a existir por presiones culturales, posiblemente porque esto es facilitado por esa "plasticidad" impuesta por la selección.

  Conviene aquí hacer la puntualización de que muchos autores critican la facilidad con la que los psicólogos evolutivos formulan sucesivas hipótesis sobre el comportamiento humano y sus causas evolutivas. Sobre el papel, multitud de ellas pueden funcionar tanto como contradecirse unas a otras (¿eligen las mujeres a los mejores padres o eligen los hombres a las mejores madres?). Además, muchos rasgos pueden no obedecer a ninguna necesidad indicada por la evolución.

No todas las diferencias individuales deben ser adaptativas. Alguna variación podría ser por azar genético [deriva genética], sin conexión con variables de adaptación.

  La mejor solución es, cuando sea posible, comprobar cada una de estas hipótesis mediante experimentación psicológica y observación antropológica. Y, desde luego, siempre se ha de desconfiar de la tendenciosidad ideológica de los autores. Parece extraño, por ejemplo, que Buss ponga tanto énfasis en la capacidad de la mujer primitiva para elegir, cuando sabemos que la guerra y la violencia contra las mujeres es una constante entre los pueblos cazadores-recolectores. También sabemos que el pasado lejano de las primeras civilizaciones agrícolas los matrimonios o emparejamientos solían ser concertados, y que el elegir esposa o concubinas era privilegio de los hombres de alto estatus. Todo esto hace sospechoso el esquema de la libre elección femenina. Lo cual no niega que algunos planteamientos tengan sentido, que es lo que suele suceder cuando, como ya se observó, comenzamos a postular teorías de comportamiento evolutivo una tras otra…

Excepto en copulación forzada, el deseo del hombre para el sexo a corto plazo podría no haber evolucionado sin la presencia de algunas mujeres bien dispuestas

  Pero si al mismo tiempo, como hemos visto, se juzga que las mujeres promiscuas –las “bien dispuestas”- no gozan de buena reputación, es poco probable que estas mujeres promiscuas tuviesen, a la larga, muchas probabilidades de propagar sus características. En cambio, hemos visto que la guerra –que suele implicar para la mujer copulación forzosa- es una constante del comportamiento del hombre primitivo.

El acceso sexual a las mujeres es un importante recurso reproductivo que se gana mediante la agresión en coalición

  Dado lo que sabemos sobre la variabilidad de los temperamentos humanos (“rasgos de personalidad") y de la evolución de las culturas, no sería extraño que nuestra herencia permita la aparición constante de formas diversas de comportamiento masculino y femenino como resultado tanto de la heredabilidad genética como del control social. Así, siempre habríamos tenido mujeres promiscuas, que gustan del sexo a corto plazo, mujeres fácilmente adaptables a muy diversas formas culturales de emparejamiento y familia, o incluso mujeres “andrófilas”, que buscan la fidelidad solo con respecto a un ideal masculino en concreto (como la búsqueda de la mejor cola del pavo real macho).

  Los resultados de la psicología experimental muestran indicios de todo tipo: mujeres promiscuas, mujeres bisexuales, mujeres monógamas y celosas, mujeres interesadas en varones con grandes recursos económicos… Tanto si esta variación en la mujer se debe a la diversidad de temperamentos como si tiene mucho que ver en ello la “plasticidad erótica femenina”, lo que sí parece claro es que en el varón siempre predomina el deseo de “sexo a corto plazo” y la agresividad propia de la lucha por el estatus. Quizá por eso la mayor parte de las doctrinas e ideologías tendentes a reprimir el comportamiento antisocial se centran en fomentar el autocontrol de los instintos masculinos.

martes, 15 de septiembre de 2015

“Darwin, Dios y el sentido de la vida”, 2010. Steve Stewart-Williams

La teoría de la evolución tiene importantes implicaciones en cuanto a cómo nos vemos a nosotros mismos y cuál es nuestro lugar en el universo. Tiene implicaciones para las cosas que son en verdad importantes para las personas, cosas por las que las personas se preocupan profundamente, cosas sobre las que la mayoría de nosotros tiene una opinión.

  Si bien en este libro se dedica bastante espacio a demostrar cómo se vio afectada la visión teísta del mundo por la aparición de la teoría darwiniana de la evolución natural, el autor va más allá al abordar cómo el evolucionismo cuestiona también nuestro sistema ético.

La evolución es cambio. No es necesariamente el cambio que consideramos bueno.(…) Debemos rechazar el punto de vista de que la evolución es progresiva

Al socavar tanto la tesis de la racionalidad [la idea de que nos hemos distinguido en alguna forma moralmente significativa de otros animales por nuestra posesión de la racionalidad] como la tesis de la imagen de Dios [seres humanos hechos a Su imagen y semejanza], el punto de vista darwiniano socava la doctrina de la dignidad humana. La deja sin fundamento intelectual

  El progreso ético supone esencialmente promover el comportamiento altruista: si todo el mundo se preocupa por el bienestar ajeno, la capacidad intelectual humana, en feliz cooperación, podría proporcionarnos niveles de mejora social sin precedentes. La esperanza de esta mejora se basa en la evidencia de que el comportamiento altruista existe pero, entre las muchas cosas que todavía no comprendemos acerca de la naturaleza humana, se encuentra la relevancia y la estructura que este comportamiento altruista realmente tiene en la vida social.

Entre los biólogos evolutivos, la cuestión importante no es por qué la gente a veces no ayuda, sino más bien por qué la gente (y otros animales) llegan a ayudarse unos a otros en algunas ocasiones. E. O. Wilson describió esto como el problema teórico central de la sociobiología

  Y es que el altruismo contradice el principio darwiniano de la selección individual, lo que comúnmente se denomina “la supervivencia del más apto”. Todos los animales compiten entre sí por los recursos necesarios a fin de ser capaces de desarrollar el ciclo de la vida: la reproducción y con ello la propagación de su herencia genética.

La selección natural no necesariamente favorece los rasgos que consideramos buenos o saludables o deseables.

  Lo que necesita la ética, para quedar fundamentada en base a argumentos razonables de alcance universal, sería una conexión entre la naturaleza humana y el progreso moral, una justificación de la ética que se apoyase en datos evidentes acerca del comportamiento humano. Esto permitiría albergar expectativas ciertas acerca de los comportamientos altruistas y para el individuo supondría una seguridad equivalente a lo que comúnmente se denomina “conocer el sentido de la vida”.

Después de todo, sin una razón para creer en algo, la creencia no es razonable

  Por eso el darwinismo siempre ha sido visto como una amenaza. La supervivencia del más apto y el medir el éxito reproductivo como único referente de la propagación de las formas de vida parecen más bien una justificación de la inmoralidad (“éxito a cualquier precio”). Se diría entonces que para promover el altruismo tendríamos que ir en contra de nuestra naturaleza biológica. ¿Es esto realmente así?

Según los "teóricos de la ley natural", si algo es natural, es moralmente aceptable, mientras que si es antinatural es moralmente inaceptable. 

  El ejemplo más notorio de esto fue el nazismo, que se inspiraba en algunos pensadores muy ilustrados, como Nietzsche: para impedir la degeneración de la raza sería preciso reinstaurar el principio de supremacía de los fuertes sobre los débiles. Estas creencias se fundamentaban en la obediencia a la supuesta ley natural y no perdían de vista los hallazgos de Darwin. Desde el punto de vista ético convencional, la actitud de opresión y explotación de los débiles por los fuertes es absolutamente inmoral al oponerse a la propagación del altruismo. Pero ¿podría fundamentarse el altruismo al cabo de una lectura más atenta y profunda de los principios de la ley natural y la selección biológica? Algunos creen que sí…

El altruismo es bueno para el grupo y la agresión no lo es, y así deberíamos cultivar nuestras tendencias altruistas evolucionadas y buscar controlar o sublimar nuestros impulsos agresivos evolucionados. 

  Desde el punto de vista de la naturaleza evolutiva del ser humano, un planteamiento así levanta algunas objeciones. Al fin y al cabo, el altruismo en los seres humanos, si bien está probado que existe, solo se manifiesta ocasionalmente.

¿El hecho de que hemos evolucionado para ser parcialmente altruistas implica que debemos ser solo parcialmente altruistas? ¿Implica que sería equivocado ser menos altruistas, pero también sería equivocado ser más altruistas? No estando todos genéticamente diseñados para el mismo nivel de altruismo, ¿no deberíamos entonces ser ni más ni menos altruistas que el promedio?

  Esto nos lleva a rechazar la expansión del altruismo a partir del fundamento de la ley natural: el conocimiento de la naturaleza nos confirma la existencia de cierto altruismo, pero no explica porqué debería expandirse más allá de los niveles que han sido habituales durante los cientos de miles de años de existencia del ser humano sobre el planeta.

  Por otra parte, en los últimos miles de años, al producirse el “proceso civilizatorio” (agricultura, ciudades, avances tecnológicos…), encontramos que la promoción de la ética del altruismo es también altamente sospechosa en sus motivaciones.

Preceptos morales como “da sin pensar en una recompensa a cambio” son potencialmente muy ventajosos para aquellos que los predican pero no los practican. (…) [El hecho es que] esfuerzos manipuladores de la gente siguiendo esta política pueden haber ayudado a promover formas de moralidad altruistas

    Un punto de vista diferente es argumentar que, simplemente, no necesitamos para nada seguir la ley natural. En realidad, no nos concierne conocer cuál ha sido la forma de vida humana durante la mayor parte de la existencia del género humano, ni tampoco nos conciernen los orígenes de la promoción del altruismo (que muy bien podría haber sido, sí, la explotación sistemática de una clase social por otra). El hecho es que, por un motivo u otro, el proceso civilizatorio aparentemente coincide con la expansión de la ética del altruismo. Las causas parecen relacionadas con fines prácticos.

La naturaleza humana está diseñada en principio para las pequeñas sociedades de cazadores-recolectores en las cuales ha tenido lugar una parte significativa de nuestra evolución y en las que se vivía en base a relaciones "cara a cara". En las sociedades anónimas actuales a gran escala, la naturaleza humana ya no puede ser suficiente. Para vivir apaciblemente en las condiciones modernas, podemos necesitar algún tipo de prótesis intelectual para inhibir y controlar nuestra naturaleza y aumentar nuestra bondad natural.

  Podemos ver el asunto desde una perspectiva meramente utilitarista: promover una ética que nos permita alcanzar el mayor bien para el mayor número... si bien para ello hemos de partir del conocimiento más informado posible acerca de la naturaleza humana. Que promover el altruismo favorece el desarrollo de la cooperación inteligente entre los seres humanos parece fuera de toda duda, y que el altruismo existe en los seres humanos y que éste es manipulable hasta cierto grado por medios culturales (leyes, ideologías, religiones, educación…) también parece fuera de toda duda. Por lo tanto, de lo que se trata es de saber hasta dónde se puede llegar en la promoción del altruismo, con independencia de que esto sea “natural” o no.

La moralidad no es realmente innata, sino que es una invención humana informada por preferencias y motivaciones que sí son innatas. Es un producto tanto de la evolución biológica como de la cultural.

  Es aquí donde se plantea lo que parece ser el problema filosófico central de este libro:

Nuestras creencias morales son el producto de un proceso que no presupone la verdad de estas creencias. Tan pronto como nos damos cuenta de esto, ya no estamos justificados para mantenerlas, a menos que hallemos fundamentos independientes para hacerlo así. El mero hecho de que los sostengamos no puede ya ser considerado una razón suficiente para aceptarlos como verdad.

  Entonces, al estar admitiendo que la promoción del altruismo es “antinatural”, solo estamos eligiendo una tendencia manipuladora de nuestra naturaleza en particular entre otras muchas posibles, todas justificables por igual. Hitler tendría tanta razón como Gandhi, en tanto que nuestro origen evolutivo “justifica” tanto la violencia como la paz, tanto el egoísmo como el altruismo. No podemos, por tanto, decir que tenemos “razón” al promover el altruismo en lugar del egoísmo.

  Con todo…

La teoría evolutiva socava el punto de vista de que la moralidad tiene un fundamento objetivo pero no nos volverá ni depravados egoístas ni asesinos

  Sería la cultura del momento la que lo conseguiría.  Una cultura violenta y totalitaria podría ser eficiente a la hora de proporcionar “utilidad” a unos ciudadanos sobre otros. Hitler pudo haber ganado la guerra (ello dependió exclusivamente de la estrategia militar) y entonces habría podido proporcionar a la sociedad alemana muchos años de gran prosperidad económica gracias al saqueo brutal de los recursos de otras naciones. El éxito justificaría la “razón” de las creencias culturales del momento, y no habría sido la primera vez que algo así sucediese en la historia de la humanidad (pensemos en el imperio de Gengis Khan, por ejemplo). La única diferencia con respecto a pasados episodios de brutalidad habría sido que, en el caso de un triunfador imperio nazi, no iban a faltar filósofos y eruditos de talla mundial dispuestos a formular la justificación “racional” de la violencia. Martin Heidegger y Carl Schmitt han sido los ejemplos más notables.

  Hoy por hoy, aparentemente, la cultura de la promoción del altruismo predomina en el ideario colectivo a nivel mundial (pensemos en las Declaraciones solemnes de las Naciones Unidas). Pero eso podría cambiar en cualquier momento y está, desde luego, muy lejos de realizarse en sentido práctico en la vida real. Se trata solo de un ideal ético muy popularizado.

Nuestro punto de partida es siempre una disposición, un sentimiento, una asunción arbitraria de que algo es moralmente deseable. Y no hay justificación final para esto. Nuestros compromisos morales fundamentales no pueden ser derivados de la pura lógica, o de cualquier mezcla de lógica y hechos.

Los fines utilitarios –evitar el sufrimiento e incrementar la felicidad- no son justificables al extremo. Solo sucede que son de mi gusto y quizá del suyo. No creo que sea posible justificar los compromisos morales más allá de esto y no lo voy a intentar

El canibalismo y el incesto son imposibilidades morales para la mayor parte de los humanos, pero los miembros de otras especies han evolucionado en estas actividades sin problema. ¿Quiénes somos para dudar de que un animal con este tipo de forma de vida alternativa podría evolucionar en un animal moral sin renunciar a estas tendencias?

  Finalmente, podemos intentarlo de otra manera. Al hacerlo, entramos en contradicción con Stewart-Williams en su afirmación de que “Los fines utilitarios –evitar el sufrimiento e incrementar la felicidad- no son justificables al extremo”, y la cosa quedaría así: para empezar, existen fuertes indicios de que la evolución cultural humana tiene un origen determinado por nuestra naturaleza a partir de un probable cambio genético que tuvo lugar hace relativamente poco tiempo (hace entre 70 y 40.000 años), que es cuando aparecen los primeros indicios de vida intelectual (arte y rituales funerarios…). Este hecho sería determinante de nuestra verdadera naturaleza, que se diferenciaría cualitativamente de las generaciones anteriores de Homo Sapiens.

  Los avances tecnológicos y la expansión de la población humana se producen casi enseguida, y un cambio climático hace solo diez mil años favorece la aparición de las primeras civilizaciones agrarias. Todos estos avances implican el abandono “voluntario” de la vida en pequeños grupos de cazadores-recolectores.  Las tendencias a la vida sedentaria son, de hecho, anteriores a la invención de la agricultura y la ganadería, y tienen un origen psicológico profundo que se manifiesta en un momento en el cual el Homo Sapiens continúa llevando una forma de vida económica equivalente a la de sus antepasados de hace miles de años. Se trata de un profundo cambio a partir del cual se manifiesta una nueva tendencia a incrementar la intensidad y complejidad de la vida social más allá del estilo de vida nómada que el género "Homo" había llevado durante cientos de miles de años. Y esta forma de vida social más intensa y compleja solo puede conseguirse mediante la promoción del altruismo: la formación de grupos más grandes de seres humanos exige la expansión de una ética que restrinja la agresividad y el egoísmo. La necesidad de dedicar más recursos a la vida intelectual y espiritual favorece también la aspiración a una paz universal.

  Si surge la necesidad de hallar soluciones, éstas comienzan entonces a producirse: las invenciones culturales por el estilo del “Derecho”, “el alma inmortal”, “la dignidad humana” no hemos de verlas como muy diferentes de invenciones tecnológicas como la agricultura, la rueda o la fundición de metales: se trata de “tecnología de la mente”, y este proceso se habría producido a partir de un cambio en nuestra naturaleza. Una cultura prosocial, por tanto, una promoción constante e ilimitada del altruismo, no estaría en contradicción con la naturaleza humana; la “razón” del altruismo y la naturaleza coincidirían.

 Ahora tan solo se estaría acelerando el proceso de cambio dada la acumulación de invenciones en los últimos tiempos (el “proceso civilizatorio”).

 La autoridad moral del mandato divino se apoyaba en que nadie cuestionaba lo irracional de la creencia en los seres sobrenaturales. El “milagro de la vida”, observable en la naturaleza, operaba en muchos como apoyo lógico a tal creencia. Darwin (y otros naturalistas rigurosos como él, antes y después) la desmontan, reduciendo el milagro de la vida a un fenómeno complejo pero explicable (la evolución). Lo que se desmorona entonces es una ilusión, no algo realmente existente, pero se trataba de una ilusión que había reportado beneficios en el proceso civilizatorio de promoción del altruismo.

   Una ilusión eficaz puede ser reemplazada por otra, lo que, en la práctica, supone que una “razón” es reemplazada por otra. Hoy “Dios ya no existe”, pero sí contamos con el conocimiento de la tendencia demostrable del género humano hacia la prosocialidad, demostrable por la observación del proceso civilizatorio que nos ha llevado de la guerra permanente entre nómadas a la ideología de los “derechos humanos”.

  En el comportamiento humano, la fe es un fenómeno psicológico que como “justificación” requiere aquellos estímulos del entorno ("argumentos lógicos", culturalmente transmitidos) que sean lo bastante eficientes para hacerla posible. Desde un punto de vista utilitarista puede lograrse que la fe en el proceso civilizatorio sea tan eficiente (probablemente más) como la fe en Dios lo fue en su momento. Permitiría argumentar, con cierto fundamento, que existe un registro histórico en el sentido de cada vez una mayor prosocialidad: menos violencia, más benevolencia, más compasión, más cooperación y más racionalidad.

   Recordemos que, durante algún tiempo la fe en el marxismo permitió conseguir grandes logros sociales en algunos países. Por lo tanto, desarrollar una fe eficiente puede alcanzarse mediante estrategias que no consistan necesariamente en promover la creencia en seres sobrenaturales. No necesitamos de pruebas científicas irrefutables. Basta con argumentos eficientes presentados de forma eficiente que afecten las emociones de los individuos de forma determinante.

   Pero hoy en día nadie está trabajando en elaborar este tipo de estrategias en concreto por el logro del mayor bien para el mayor número, lo cual explica la inquietud de Stewart-Williams (lo que él considera la imposibilidad de fundamentar el progreso ético). Y quizá haya para ello un motivo oculto: creer en un proceso civilizatorio aún en marcha en el sentido de la prosocialidad y el altruismo cuestionaría incluso nuestra forma de vida convencional. Tal vez haya algo más allá también de los “derechos humanos” tal como los concebimos hoy.

  Para algunos autores como Stewart-Williams quizá sea mejor predicar un interesado escepticismo en lugar de dejar la puerta abierta a cambios futuros que podrían hacer desaparecer nuestro estilo de vida. El proceso civilizatorio –todo proceso evolutivo, en realidad- siempre encuentra resistencias.

viernes, 4 de septiembre de 2015

“Yo, hambre y agresión”, 1942. Fritz Perls

  A partir del extraordinario éxito del psicoanálisis iniciado por Freud se desarrollaron numerosas variaciones dentro de la naciente terapia psicológica. Cada una de estas variaciones obedecía a una particular visión acerca de la mejor forma de aliviar los sufrimientos de muchas personas afectadas por graves trastornos, y cada una de ellas ha supuesto también una enseñanza civilizadora, una oportunidad para afrontar desde perspectivas innovadoras la problemática de la vida en sociedad.

  La "terapia Gestalt", a diferencia de muchas otras de tales tendencias, perdura todavía hoy, englobada, según algunos, en el conjunto de las llamadas “terapias humanistas”. Este tipo de terapias parten de una ideología individualista, pero prosocial y optimista, en la cual cada persona puede “autorrealizarse” en perfecta armonía con sus semejantes y con la sociedad convencional.  Todas estas terapias se oponen en cierto sentido al hoy un tanto desprestigiado psicoanálisis clásico freudiano.      

La mayoría de la gente que entró en contacto con el psicoanálisis quedó tan fascinada por el nuevo enfoque que estaba tan por encima de la prescripción de bromuros, de la hipnosis y de la terapia de persuasión, que llegó a convertirse para ellos en una religión. La mayoría se tragó el anzuelo de las teorías de Freud, el hilo y el flotador, sin darse cuenta de que esta aceptación ciega constituía la raíz de una mentalidad estrecha que paralizaba muchas de las posibilidades de sus ingeniosos descubrimientos. Resultó de allí un sectarismo caracterizado por una credulidad casi religiosa

  “Yo, hambre y agresión”, de Fritz Perls, fue uno de los primeros libros en abordar lo que luego se consolidaría como la escuela de psicoterapia de “la Gestalt”. No fue, desde luego, la primera tendencia en oponerse al oscurantismo y “sectarismo” de Freud, pero ha sido una de las que más éxito ha tenido. Perls, un terapeuta de gran experiencia, da indicaciones prácticas originales, pero también argumenta a partir de unos presupuestos sensoriales, cognitivos e incluso filosóficos que todavía hoy despiertan entusiastas adhesiones. Comencemos por dos conceptos básicos: la “Gestalt” (el esquema “fondo-figura”) y el “holismo”…

La psicología Gestalt (…) sostiene que, primariamente, existe una formación comprehensiva a la cual [se] llama Gestalt —formación de figura— y que los trozos y piezas aislados son formaciones secundarias. (…) Existen totalidades cuyo comportamiento no está determinado por el de sus elementos individuales, sino que en ellas los procesos parciales están ellos mismos determinados por la naturaleza, intrínseca de la totalidad. La teoría Gestalt espera determinar la naturaleza de esas totalidades. (…) Puede entenderse fácilmente que una palabra hablada es una Gestalt, una unidad de sonidos. Solo cuando esta Gestalt no está clara —cuando, por ejemplo, no captamos el nombre de una persona en el teléfono—, pedimos que se deletree la palabra: que se divida en letras singulares (…)Al ver un objeto blanco contra un fondo oscuro (gris o negro) parece blanco, mientras que el mismo objeto contra un fondo verde puede parecer rojo y contra un fondo rojo, verde, etc.

Nuestro organismo no está en situación de concentrarse en más de una cosa a la vez. Esta deficiencia basada en el fenómeno fondo-figura, se ve resarcida en parte por la tendencia holística de la mente humana, por el esfuerzo de simplificación y unificación. Toda ley científica, todo sistema filosófico, toda generalización se basa en la búsqueda del común denominador, de un hecho idéntico a cierto número de cosas. Dicho con pocas palabras: por la Gestalt común a cierto número de fenómenos.

Al conducir por una ciudad en circunstancias ordinarias, una persona no se da cuenta de la existencia de buzón alguno. Pero la situación cambia cuando hay que enviar una carta. Entonces, de un fondo observado con indiferencia, surgirá un buzón al puesto prominente, convirtiéndose en una realidad subjetiva —dicho de otra forma, una figura (Gestalt) contra un fondo indiferente. (…) Cuando se olvida poner en el correo la carta, no necesariamente ha de deberse a represión o a resistencia. Puede más bien deberse al hecho de que el interés por llevar al correo la carta no es tan intenso como para generar el fenómeno fondo-figura.

  En términos divulgativos, se suele uno referir a “holismo” cuando se considera que “el todo es mayor que sus partes”. Lo que también equivaldría a que cada unidad de significado debe ser considerada ante todo desde el punto de vista del efecto que hace en quien la ve, y no puede ser comprendida como mera suma de elementos independientes. Esto se aplica al individuo mismo.

Tratar en forma aislada los diferentes aspectos de la personalidad humana ayuda tan sólo a pensar en términos de magia y refuerza la creencia de que el cuerpo y el alma son ítems aislados, conjuntados de una forma misteriosa.

El concepto central es la teoría de que el organismo lucha por mantener un equilibrio que continuamente se ve perturbado por sus necesidades y que se recupera por medio de su satisfacción o eliminación.

  “Holismo” como visión total de los fenómenos que son interdependientes y que no pueden existir por separado implica, para el terapeuta, evitar la rigidez conceptual de Freud y de todas las concepciones en general que dividen el alma y el cuerpo en compartimentos estancos. La terapia Gestalt se caracteriza por concebir una unidad entre lo corpóreo y lo psíquico, entre las funciones intelectuales y las fisiológicas en general. Y de ahí la referencia al “hambre”, a la función fisiológica de alimentarse, del acto de morder, de deglutir e incluso de defecar.

Aquellos a los que he demostrado la importancia del análisis del instinto de hambre —la similitud estructural de las fases de nuestra consunción de alimento con nuestra absorción mental del mundo— se han sorprendido de que Freud hubiera pasado por alto este punto.

El hambre de alimento mental y emocional se comporta como el hambre física (…) El neurótico vive permanentemente ávido de afecto, pero (…) su avidez nunca se ve satisfecha. Un factor decisivo en este comportamiento del neurótico es que no asimila el afecto que se le ofrece. O se niega a aceptarlo o lo implora, de tal forma que le resulta molesto o sin valor en cuanto lo ha obtenido.  Además, esta actitud impaciente, voraz, más que ninguna otra cosa, es la responsable de la estupidez excesiva que encontramos en el mundo. Del mismo modo que estas personas no tienen paciencia para masticar el alimento real, así tampoco se dan el tiempo suficiente para "masticar" el alimento mental.

Cuando, por ejemplo, un organismo desarrolla hambre, el alimento se convierte en Gestalt, el Ego se identifica con el hambre ("yo tengo hambre") y responde a la Gestalt ("quiero este alimento").  En el caso de la persona que preferiría morir a robar el pan, el Ego aliena el tomar alimento

   Eso da ciertas opciones al terapeuta…

El elemento esencial en todo progreso, en todo éxito, es la concentración (…) Interés significa estar en una situación; concentración significa penetrar exactamente en el centro (núcleo, esencia) de una situación; y atención significa que se dirige una tensión hacia un objeto. (…)Los tres términos tienen en común el hecho de que son expresiones diferentes del fenómeno fondo-figura. La figura sana debería ser fuerte y relativamente estacionaria: ni inestable, como en el caso de la mentalidad de asociación (neurastenia, muchas psicosis, ligereza de cascos), ni rígida (obsesiones, perversiones, ideas fijas).

Nuestro fin es restablecer —por medio de la concentración- las funciones del Ego, diluir la rigidez del "cuerpo" y el Ego petrificado, el "carácter". Este desarrollo debe moverse al principio en la dirección de una regresión. Queremos (…) regresar a los niveles biológicos de nuestra existencia (…)El síntoma neurótico es siempre una señal de que el ser biológico pide atención

La mayoría de la gente entiende por concentración un esfuerzo deliberado. En realidad este es el tipo de concentración "negativo" no aconsejable.  La concentración perfecta es un proceso armónico de cooperación consciente e inconsciente. La concentración en el sentido popular es sólo una función del Ego, no sustentada por interés espontáneo. Es identificación con el deber, la conciencia o los ideales y está caracterizada por contracciones musculares intensas, por irritabilidad y por tal cantidad de tensión que provoca fatiga y fomenta la neurastenia o hasta derrumbamientos nerviosos. Es artificial y negativa, ya que carece de sostén natural (orgánico).

Se describe mejor la concentración correcta con la palabra fascinación; aquí el objeto ocupa el primer plano sin esfuerzo alguno, desaparece el resto del mundo, dejan de existir el tiempo y el contorno; no brotan conflictos internos o protesta contra la concentración. Se encuentra con facilidad esta concentración en los niños y con frecuencia en adultos entregados a un trabajo interesante o a un hobby. Como cada parte de la personalidad está coordinada y subordinada temporalmente a un solo propósito, no es difícil darse cuenta de que esa actitud es la base de todo desarrollo. Si, para citar a Freud, la compulsión se cambia en volición ya se ha puesto la pasarela más importante para una vida sana y con éxito.

   La “concentración” sería el objetivo a buscar mediante la práctica de diversos ejercicios que propone Perls en su terapia

Describa todos los detalles de lo que siente y saborea: caliente y frío, amargo y dulce, con sabor e insípido, suave y duro. Pero no agradable y desagradable, apetitoso y repugnante, sabroso y desabrido. Dicho de otra forma, desarrolle su apreciación de hechos en contraste con su evaluación (…) Sobre todo, evite usted el peligro de la introyección, evite tragar trozos mentales y físicos destinados a seguir siendo cuerpos extraños en su sistema. Para comprender y asimilar el mundo tiene que emplear plenamente sus dientes.

Pruebe estos ejercicios de concentración al principio en los sucesos cotidianos. Tal vez esté recibiendo lecciones de conducción. Si usted confía exclusivamente en estas lecciones, su progreso será mucho más lento que si practica con la imaginación lo que se le ha enseñado, fijándose en todos los detalles. En su fantasía, vaya en un largo viaje, usted mismo al volante, recordando y cumpliendo todas las reglas que le han enseñado: se admirará del acrecentamiento de su confianza y competencia.

Se puede tomar cada uno de esos ejercicios como un punto de arranque, y cada uno le proporciona la ocasión de lograr la concentración. Cuando sea capaz de concentrarse en un ejercicio, los demás no ofrecerán dificultad

La gimnasia, mientras fomente la consciencia del cuerpo y no eso de ser "todo un hombre"; el deporte, mientras no sea unilateral y esclavo de la ambición, desarrolla ese sentimiento holístico. Al caminar, sienta que está caminando e interrumpa el "pensamiento" lo más frecuente que sea posible. Ante todo, cuando no tenga nada que hacer, conténtese con estar consciente de su cuerpo como un todo. 

  ¿Son los ejercicios de “concentración” el núcleo de la terapia Gestalt? Parece más bien tratarse de un ejemplo  de toda una visión general de actitudes prácticas ante la vida que se enfrentaría a los fenómenos negativos de las proyecciones, introyecciones, resistencias, evitaciones y represiones.

Hemos señalado la evitación como característica principal de la neurosis y es obvio que su opuesto correcto es la concentración. Pero, naturalmente, lo es la concentración sobre el objeto que, según la estructura de la situación, exige convertirse en figura.

 Un daño que no se ha enfrentado de la forma correcta nunca desaparecería psicológicamente, sino que envenenaría  la mente del individuo al dar lugar a la “proyección”…

Las proyecciones, en el sentido más estricto, son alucinaciones. (…)El material introyectado permanece fuera del organismo propiamente dicho y por ello se percibe correctamente como algo extraño al Ser, algo que provoca agresión dental o el deseo de liberarse de ello. Se defeca este material no como un desperdicio, sino como proyección

En la proyección el material, que no cambia en absoluto, se desliza del campo interno hacia el ambiental. La actividad se hace pasividad. (El niño quiere golpear a la nodriza. El niño proyecta y espera que la nodriza lo golpee a él.) 

En la introyección el material permanece esencialmente intacto, pero ha cambiado de campo, del ambiental al interno. La pasividad se hace actividad. (La nodriza golpea al niño. El niño introyecta, juega a la nodriza y golpea a otro niño.) 

El carácter sano expresa sus emociones e ideas, el carácter paranoide las proyecta

A través del tratamiento, el material introyectado —al ser desmenuzado— se diferencia en material asimilable, que contribuye al desarrollo de la personalidad (…) Recordar tiene valor terapéutico sólo cuando va acompañado de emociones.

Después del primer paso: percibir la existencia de proyecciones y el segundo: reconocer que pertenecen a la propia personalidad,  [usted] tiene que asimilarlas. Esta asimilación es la curación misma de todas las tendencias paranoicas. Si usted simplemente introyecta lo "proyectado", sólo aumenta el peligro de llegar a ser paranoico. Por ello debe entrar hasta el núcleo: el sentido de toda proyección.

  La popularidad relativa de la terapia Gestalt sin duda tiene que ver con que en muchos aspectos, y a diferencia del freudismo clásico (repleto de traumas y complejos sexuales), se halla más próxima a muchas visiones convencionales de la vida emocional

La terapia de concentración proporciona un camino más corto y superior para el "renacimiento emocional" que la conversación ordinaria o la técnica de las asociaciones libres. Un hombre, por ejemplo, que habla más bien con desprecio de su padre, cuando se le pide que lo visualice y se concentre en los detalles de su apariencia podría estallar en llanto de repente

El restablecimiento de las funciones biológicas de la agresión es, y sigue siendo, la solución al problema de la agresión. Sin embargo, con mucha frecuencia debemos recurrir a la sublimación de la agresión, de ordinario en casos de emergencia. Cuando una persona suprime la agresión (que de esta forma no está a su disposición) como sucede en casos de neurosis obsesivas, cuando embotella su rabia, tenemos que encontrar una salida. Tenemos que proporcionarle una oportunidad de que se desahogue. El golpear una pelota de boxeo, cortar leña o cualquier tipo de deporte agresivo, como el fútbol, a veces hará maravillas.

El valor catártico de concentrarse en la imagen de una persona o acontecimiento, con el cual se tiene una relación emocional, es casi el mismo del análisis hipnótico o del narcoanálisis, con la ventaja adicional de que fortalece la personalidad consciente.

Al mejorar el "sentir" usted logrará un conocimiento más profundo, un "psicoanálisis" de las características de su personalidad. Descubrirá su Ser en la monotonía, la lectura, la radiodifusión, el lamento o la jactancia de su voz interna.

Ejercicios de visualización: (…) al desviar nuestra mentalidad de "las imágenes que vienen a nuestra mente" hacia "nosotros mismos que miramos las imágenes", mejoramos nuestras funciones del Ego. Cambiamos de una actitud pasiva a otra más activa

Es una idea equivocada suponer que cerrar los ojos provoca sueño. Sucede exactamente lo opuesto. Cerrar los ojos no provoca sueño, sino que el sueño provoca cerrar los ojos.

  Al mismo tiempo, aparte de mostrar su propio camino de terapia humanista, Perls se opone a otras visiones del mundo. Por supuesto, contra los excesos del psicoanálisis de Freud, pero también levanta objeciones contra la filosofía marxista

Freud sexualizó el instinto de hambre, mientras que el comunismo pasó por un periodo en el que los problemas sexuales eran considerados "como si" pertenecieran a la esfera del hambre (…)La base común de Freud y Marx: las necesidades del hombre (para Freud los instintos de conservación de la raza y para Marx los instintos de autoconservación) son primarias; la superestructura intelectual está determinada por la estructura biológica y por la necesidad de gratificación de estos dos grupos de instintos.

  Y, para evitar equívocos en lo referente a la “concentración”, objeta también la base filosófica del yoguismo:

En yoga el amortiguamiento del organismo para desarrollar otras facultades desempeña un papel prominente, mientras que nuestro fin es despertar el organismo a una vida más completa.

   Hoy en día, algunos de los presupuestos que aparecen en este libro de Fritz Perls están, a su vez, bastante desprestigiados. La psicoterapia actual rechaza la catarsis, la idea de que expresar la agresión puede calmarla (más bien se considera que se refuerzan los circuitos agresivos al alentarlos), y el estudio de la conducta demuestra que la imitación sí que estimula los comportamientos: cerrar los ojos puede ayudar a provocar el sueño y componer gestos apacibles ayuda a generar paz incluso si hacerlo supone reprimir la manifestación de la agresividad.

  Sin embargo, las tendencias terapéuticas humanistas siempre gozarán de popularidad ya que desarrollan técnicas que aceptan las visiones del mundo hasta cierto punto acordes con la cultura del momento, y Perls era un terapeuta que se guiaba sobre todo por la respuesta positiva de sus pacientes. Si los pacientes sentían que hacían lo correcto podían sentirse satisfechos solo por eso, y si la actitud del terapeuta era amistosa y cooperativa, incluso propia del sentido común, siempre le estarían más agradecidos que a un Freud siniestro que encontraba impulsos sexuales insospechados en todas partes. Por encima de todo, Perls ofrece al paciente que se haga cargo de su propia suerte. El terapeuta solo le ayudaría dándole indicaciones y consejos fácilmente comprensibles y aceptables por el mismo sentido común.

  Oponerse a la resistencia, a la evitación y al control nos ofrece una esperanza de libertad, de que hay caminos accesibles para superar los trastornos que parecen relacionados con, en parte, dejarse llevar espontáneamente por los impulsos naturales, y no tanto en luchar contra ellos.

Con mucha frecuencia el autocontrol socialmente exigido puede lograrse tan sólo a costa de desvitalizar y deteriorar las funciones de grandes partes de la personalidad humana —a costa de crear neurosis colectivas e individuales

Para eliminar un síntoma neurótico en el propio organismo se necesita tener consciencia del síntoma en toda su complejidad, no introspección y explicaciones intelectuales

Todo contacto, ya sea hostil o amistoso, acrecentará nuestras esferas, integrará nuestra personalidad y, por asimilación, contribuirá a nuestras facultades, mientras que no esté cargado de un peligro insuperable, mientras que haya posibilidad de dominarlo.

  De esta forma, la psicoterapia saldría de su entorno represivo y podría popularizarse creando la imagen de ser tal como somos, expresándonos mediante el contacto con el mundo y liberando nuestras tensiones. Las referencias a la alimentación, la respiración y la evacuación de residuos nos sitúan en la vida cotidiana, fuera del oscuro ghetto de la sexualidad y de las peligrosas complejidades políticas del poder. Se puede vivir convencionalmente y a la vez demostrar un escrupuloso cuidado para evitar los conflictos psicológicos: concentración, visualización, exposición y vida sana pueden ayudarnos.

  Sin embargo, los errores detectados en la descripción de algunas funciones del comportamiento hacen pensar que la práctica de esta terapia, con independencia de los buenos resultados que haya podido dar en algunos casos (al fin y al cabo, también Freud era capaz de obtenerlos), no parte de una visión del todo correcta de la psique humana. En muchos aspectos, parece tratarse de mero voluntarismo o de mero efecto placebo.

  Parece más bien que el ser humano ha construido su cultura, cada vez más cooperativa, menos agresiva y más avanzada intelectual y tecnológicamente, gracias precisamente a las estructuras de autocontrol y represión de ciertos instintos naturales. La idea de que solo debemos ayudar a la naturaleza a expresarse y a ser reconocida podría ir en dirección contraria a la experiencia observable de la civilización.