viernes, 24 de julio de 2015

“John Bowlby y la Teoría del Apego”, 1993. Jeremy Holmes

  Aunque el nombre de John Bowlby no es tan conocido como el de los grandes profetas del psicoanálisis (Freud, Jung…), a todos nos resulta familiar el principio que considera que una falta de afecto materno en la infancia aumenta enormemente las posibilidades del comportamiento antisocial del niño y luego adulto.

La privación prolongada del cuidado maternal en un niño puede tener efectos graves y de gran alcance en su carácter y para el conjunto de su vida futura. 

  Fue en la década de 1950 cuando esta idea, que hoy nos parece tan evidente, comenzó a extenderse por el mundo entero a gran velocidad. De alguna forma, el sentido común recibía la conformidad de los especialistas. Y de estos especialistas, el más importante era John Bowlby.

por muy evidente que hoy pueda parecernos –y esto es en gran parte el resultado del trabajo de Bowlby- la idea de la privación maternal como causa de enfermedad mental en su día fue un concepto revolucionario que se convirtió en paradigma.

  “Mi mamá no me quería”, se ha convertido en una especie de chiste habitual cuando alguien se burla de su propia incapacidad para mostrar afecto a sus semejantes y culpabiliza de ello a un entorno fallido en la infancia. Pero la visión de Bowlby era todavía más compleja y revolucionaria.

   El psiquiatra Jeremy Holmes escribió este libro poco después de la muerte del maestro, en 1990, con la intención de mostrar la relevancia de su trayectoria, porque la “Teoría del Apego” de Bowlby supone mucho más que una importante llamada de atención sobre la educación infantil, implica una particular concepción de la naturaleza humana, realista, coherentemente basada en observaciones científicas y a la vez esperanzadora que contrasta con el pesimismo de Freud:

Para Freud, la meta básica de la vida era la búsqueda de la felicidad, basada en la satisfacción física –él veía esto como inevitablemente destinado a la decepción. El énfasis de Bowlby en la seguridad proporciona una meta más realizable. Su visión de una reciprocidad armoniosa de la madre receptiva y su bebé ofrece una metáfora para una relación equilibrada entre el hombre y su entorno que es saludable y no está basada en la separación y la idealización. Un niño seguro puede enfrentarse a la separación temporal y a condiciones no óptimas mediante la protesta saludable y un dolor no defensivo. 

[A diferencia de] Freud, para quien el afecto era una “sexualidad inhibida en su fin”, Bowlby vio el placer físico no como un fin en sí, sino como una marca hacia el objeto, y así tendía a minusvalorar el rol de la sexualidad en el matrimonio (…) El sistema de apego y el comportamiento sexual son entidades psicológicas separables

  Así pues, tenemos una concepción diferente de la naturaleza humana y las relaciones sociales: la voluntad de los demás individuos no es un mero obstáculo para la satisfacción subjetiva, sino que nuestra vida consiste, al contrario, en desarrollar y gozar de nuestra capacidad para la convivencia, siempre a partir de la base psicológica que se nos ha creado en la infancia por el vínculo madre-hijo.

La Teoría del Apego de Bowlby es uno de los mayores desarrollos teóricos en el psicoanálisis de esta mitad del siglo. Combinando el riguroso empirismo científico de la etología con las imágenes subjetivas del psicoanálisis, ha tenido un enorme impacto en los campos del desarrollo infantil, el trabajo social, psicología, psicoterapia y psiquiatría.

  A pesar de lo que pueda parecer a primera vista, John Bowlby no partió del sentimentalismo afectivo cristiano, sino de la observación del comportamiento animal (etología)

al basar sus ideas en la etología, Bowlby se apartó de la deshumanización y absurdos del conductismo de estímulo-respuesta, mientas que se quedaba dentro del  planteamiento de la  ciencia convencional

  Porque toda psicología moderna es esencialmente conductista: lo que sabemos sobre la naturaleza humana solo puede derivar de una observación razonada del comportamiento. Lo que sucede es que los primeros conductistas redujeron enormemente su ámbito de observación, hasta el punto de fijarse tan solo en las necesidades de alimento y placer sexual.

El hambre del niño por la presencia y el amor de su madre es tan grande como su hambre por comida… La Teoría del Apego proporciona un lenguaje en el cual la fenomenología de las experiencias de apego recibe total legitimación. El apego es un sistema motivacional primario con su propio funcionamiento e interacción con otros sistemas motivacionales (Bowlby 1973)

  ¿Cuáles son las consecuencias ideológicas y culturales de este posicionamiento científico?

La idea de desarrollo y plenitud de una persona mediante las relaciones, tanto internas como externas, es una idea distintivamente social. Va contra la extendida idea de que la sociedad estará mejor cuando meramente demos más bienes y oportunidades al individuo.

  Así, el materialismo pesimista de Freud (cada individuo, en lucha contra todos los demás para conseguir su placer), el conductismo simplón (somos máquinas reproductivas que requieren alimento y placer sexual) y el idealismo nietzscheano (cada individuo, un héroe autosuficiente en potencia) dejan paso a una concepción del individuo integrado en una comunidad afectiva marcada desde la infancia por la viva, activa y placentera relación materno-filial.

El periodo de seis meses a cuatro años parece ser crítico para la capacidad de formar relaciones estables, ya que niños que han sido adoptados con más de cuatro, a pesar de formar vínculos firmes y amorosos con sus padres adoptivos, siguen siendo antisociales en su comportamiento en el colegio

La psiquiatría social tiende a poner el énfasis en la adversidad presente como causa de la neurosis, mientras que las explicaciones psicoanalíticas lo ponen en el pasado. La evidencia sugiere que tanto las dificultades presentes como pasadas son importantes, y que la autoestima es un factor crucial que vincula las dos.(…) La autoestima descansa sobre dos fundamentos principales: autoeficiencia y buenas relaciones  (…) La buena autoestima quiere decir que un niño probablemente será capaz de afrontar la privación –enfermedad crónica de su padre, por ejemplo- y que el hecho de que pueda afrontarlo en sí mismo incrementará su propia autoestima y le dará un sentimiento individual de que será capaz de enfrentarse al futuro.

  Lo de Bowlby no surgió, desde luego, de la nada. La valentía de un Freud al enfrentarse a las oscuridades del subconsciente había tenido el inconveniente de llevar a una concepción casi ocultista de la naturaleza humana. La pulsión sexual –egoísta, voraz, incontrolable- aparecía por todas partes y parecía negar que el individuo informado participara en el control de su propia vida, que quedaba a merced, o bien de la brutalidad de sus impulsos subconscientes, o bien de los inaccesibles conocimientos del especialista. Pero esto comenzó a cuestionarse. Un buen ejemplo de este cuestionamiento fue que a muchos especialistas también les empezó a parecer inaceptable que el amor materno fuese una forma de sexualidad.

Ian Suttie, [en su] “Orígenes del Amor y el Odio”, proponía un vínculo primario entre madre e hijo no relacionado con la sexualidad infantil (…) Una idea que (…) Bowlby iba a desarrollar y poner en el núcleo de la Teoría del Apego.

  Después llegarían las evidencias acerca del comportamiento animal. Konrad Lorenz hizo su famoso descubrimiento de la “impronta”: cómo muchos animalitos recién nacidos reaccionan automáticamente a los estímulos de apego por parte de sus progenitores. Los animales superiores habían de ser más complicados, pero igualmente necesitados de una vinculación automática.

estudios en primates sugieren que la impronta no sucede de la misma forma que en los pájaros, y que el apego, más que ser un fenómeno de todo o nada, se desarrolla como resultado de un proceso gradual de desarrollo y aprendizaje social genéticamente programado.

  Y en consecuencia…

 la consumación del apego no es orgásmica –más bien es, vía del logro de la proximidad, un estado relajado en el cual uno puede comenzar a poner en marcha las cosas, perseguir los propios proyectos, explorar.

El apego comprende un sistema motivacional diferenciado –que incluye un impulso, afecto, cognición y comportamiento-  que va paralelo y complementa la sexualidad

  A partir de aquí, parece hoy existir cierto consenso acerca de las posibilidades de prevenir y reparar en lo posible los errores en el entorno que pueden llevar al comportamiento antisocial.

  Un ejemplo del desarrollo de estas teorías hasta cierto punto optimistas es la terapia cognitivo-conductual. En ella, el individuo no se halla ya desamparado en manos del especialista freudiano o conductista que, como una especie de hechicero, lo asiste revelándole siniestras verdades del subconsciente que el paciente no puede comprender. En la terapia cognitiva se da una relación entre el “sentido común” de la vida afectiva y la realidad del comportamiento. El individuo –o paciente- puede participar, con la ayuda del especialista, en su propio autoconocimiento.

La terapia cognitiva, diseñada por Beck y otros, funciona primariamente con cogniciones, opuesta a las emociones que son la material prima del psicoanálisis. Está basada en la idea de que las cogniciones determinan los sentimientos (más que viceversa) y que si las cogniciones fallidas en las cuales yacen los estados neuróticos pueden ser desenterradas y corregidas, entonces obtendremos la salud psicológica. Hay en este modelo fuertes ecos de la metapsicología de Bowlby.

La psicoterapia puede ser vista como una rama de la psiquiatría social que usa métodos psicológicos para revertir o mitigar los efectos dañinos de un fallo ambiental.

La convicción de Bowlby de que las necesidades de apego  continúan a lo largo de toda la vida y no son hipertrofias tiene importantes implicaciones en psicoterapia.

Es la tarea del terapeuta proporcionar una base segura para el paciente: estar disponible regular y confiadamente, ser cortés, compasivo y atento; ser capaz de poner límites y tener un entorno claro; proteger la terapia de interrupciones y distracciones; y no cargar al paciente con las dificultades y preocupaciones propias del terapeuta (…) La dependencia del terapeuta no es vista como una neurosis inherente, sino como una respuesta adecuada a la perturbación emocional

  Todas estas pautas son optimistas. Esencialmente, coincide con nuestro deseo de afecto y amistad, con nuestras necesidades emocionales más prosociales. Recordemos que el laicismo dejó al individuo un tanto solo, falto de aquel Dios cristiano que nos amaba, nos protegía y al final nos recompensaba. Para sobrevivir a esta pérdida, necesitábamos una concepción afectiva y social de la vida humana. Y si ésta tiene un origen que es conforme a las observaciones científicas de la evolución humana, tanto mejor.

La Teoría del Apego es una teoría sobre relaciones, basada en la idea de que los seres humanos evolucionaron en grupos de parientes y que la supervivencia del original ”entorno de adaptación evolutiva” fue incrementada por el mantenimiento de vínculos seguros entre los miembros, primariamente, pero no exclusivamente, entre padres e hijos.

  Un entorno determinado, en una etapa determinada del desarrollo humano, dejaría huellas determinadas en nuestra base conductual.

La obra de Stern y los investigadores del apego  post-Bolwby sugieren que la capacidad de respuesta maternal es internalizada por el niño a fin de que él o ella comience a construir una idea del yo al que se le responde y comprende, y que, recíprocamente, sea capaz de comprender el punto de vista del otro.

  En contraste con Freud, la agresividad es rechazada. La agresividad no se trataría de una necesidad humana, sino de una reacción a un estado ambiental indeseable.

[Bowlby] ve la agresión como derivada del apego inseguro. El apego ansioso es una defensa, un compromiso entre la necesidad de seguridad en un mundo peligroso y la incapacidad de los padres de proporcionar una base segura. Similarmente, la desesperación o rabia son vistas como una respuesta de dolor, intentos frustrados de recobrar el objeto perdido.

  Esto puede o no ser por completo cierto, pero en cualquier caso deslegitima la agresividad. Tenga ésta un origen ambiental en todos los casos o no, la agresividad figura ya como el primer obstáculo de la convivencia y ya no se le reconocen cualidades valiosas.

  Por otra parte, en su tiempo, la apuesta de la Teoría del Apego se enfrentó a algunas convicciones muy arraigadas acerca de la educación. Aunque en la biografía de Bowlby no hay nada especialmente notable, sí es interesante tener en cuenta que se trataba de un británico de clase alta que estaba familiarizado con la tradición de someter a los niños a la disciplina de los famosos internados “para ayudarles a formar el carácter”. Bowlby rechazaba por completo semejante esquema, ya muy desacreditado.

Bowlby insiste en su oposición a la noción de que los niños pueden ser echados a perder por darles demasiado amor

La descripción de una interacción segura padre-hijo delinea los componentes de la interacción responsable: sincronía, simetría, contingencia y “entrenamiento”, del cual comienza a emerger el mutuo juego y la autonomía del niño. Estos rasgos son aplicable igualmente a las interacciones paciente-terapeuta

  La Teoría del Apego ha sido  dada a conocer sobre todo como algo relativo a la infancia. Propiamente, relacionado con la infancia desgraciada (el primer trabajo importante de Bowlby tuvo que ver con el entorno del que procedían algunos jóvenes delincuentes), pero sus dos conceptos fundamentales (el “apego”, y la “base segura”) son de interés para todo el desarrollo de la vida adulta.

APEGO: la condición en la cual un individuo está vinculado emocionalmente con otra persona, normalmente, pero no siempre, alguien percibido como mayor, más fuerte y más inteligente que uno mismo

BASE SEGURA: un término que describe el sentimiento de seguridad que proporciona una figura de apego. 

miércoles, 15 de julio de 2015

“El arco de la moral”, 2015. Michael Shermer

  El psicólogo y divulgador de ciencias sociales Michael Shermer nos presenta su visión del origen y desarrollo del progreso moral en el mundo contemporáneo: la clave habría sido y sería la incorporación de la mentalidad científica a la ética universal, dejando atrás el viejo pensamiento religioso.

Sostengo que la mayor parte del desarrollo moral de los siglos pasados ha sido el resultado de fuerzas seculares no religiosas, y que las más importantes de éstas, que emergieron de la Edad de la Razón y la Ilustración, fueron la ciencia y el razonamiento, términos que uso en el sentido más amplio de razonar mediante una serie de argumentos y después confirmar que las conclusiones son ciertas mediante la verificación empírica

  Y la situación actual es aparentemente optimista, ya que

estamos viviendo en el periodo más moral en la historia de nuestra especie (…) Hay relaciones causales identificables entre los factores sociales, políticos y económicos, y los resultados morales. 

   Así lo indican las estadísticas acerca, sobre todo, de la violencia: en los países más desarrollados tecnológica y económicamente hay cada vez menos homicidios, más igualitarismo, más respeto a las libertades personales, más bienestar individual.

   La referencia al “Arco moral” tiene que ver con una metáfora de un antiguo predicador norteamericano que a su vez fue recogida por Martin Luther King (otra metáfora parecida es la del “círculo expansivo”): se trata de hacer evidente la gradual extensión del ámbito de la moralidad al compararla con el mismo arco del firmamento que abarca a la humanidad misma.

La historia nos dice que, a medida que avanza la civilización, la caridad de los hombres se hace al mismo tiempo más cálida y expansiva, su conducta habitual a la vez más amable y templada, y su amor a la verdad más sincero (…) En una cierta época, las afecciones benevolentes abarcan meramente la familia, pronto el círculo expansivo incluye primero a una clase, después a una nación, después a una coalición de naciones, entonces a la humanidad y, finalmente, su influencia es sentida en las relaciones del hombre con el mundo animal

  Y si queremos que este proceso continúe hasta sus consecuencias finales, lo mejor es que comprendamos cómo se genera, cuál es su origen y cuáles los impulsos que lo mantienen en esa constante expansión. Ya hemos adelantado lo que concluye Michael Shermer al respecto. Profundicemos en ello:

El proceso de razonamiento detrás de la esfera de la expansión moral (…) podría más ampliamente ser llamado “el principio de las perspectivas intercambiables”(…)La razón y el principio de perspectivas intercambiables ponen a la moral más como un equivalente de los descubrimientos científicos que de las convenciones culturales.

Muchas creencias aparentemente inmorales son en realidad errores factuales basados en teorías causales incorrectas.

Pensar como un científico quiere decir emplear todas nuestras facultades para superar nuestro cerebro instintual, emocional y subjetivo, a fin de comprender mejor la verdadera naturaleza de no solo los mundos físico y biológico, sino también el mundo social (política y economía) y el mundo moral (abstracción sobre cómo la gente debería ser tratada).

Pensar científicamente requiere la habilidad para razonar abstractamente, lo que en sí mismo está en el fundamento de toda moralidad

  En suma, habría una relación directa entre la abstracción lógica desarrollada mediante el uso de la razón y una inteligencia cada vez más compleja, y el avance moral.

  Y se nos da un buen consejo:

Un país que educa a su población en la habilidad para razonar abstractamente será un país más próspero y moral

  Pero basta con leer este libro en su integridad para encontrar bastantes incoherencias que arruinan el principio fundamental de la teoría que se ha adelantado. Porque el razonamiento lúcido y libre de prejuicios no debería soportar contradicciones, y en el discurso de Shermer sí que hay unas cuantas.

  Se ha partido del principio de que

la mayor parte del desarrollo moral de los siglos pasados ha sido el resultado de fuerzas seculares no religiosas, y las más importantes de estas, que emergieron de la Edad de la Razón y la Ilustración, fueron la ciencia y el razonamiento

  Todo parece indicar que el pensamiento científico aplicado a la moral (fuerzas seculares no religiosas) tuvo su origen en la evolución del pensamiento religioso mismo y no en oposición con éste. Recordemos que el razonamiento (más o menos secular) de los antiguos griegos tuvo pocas repercusiones directas en el avance moral, pero que fueron las religiones del entorno helenístico (como el cristianismo) las que, partiendo de una tendencia compasiva que era nueva, y plenamente emocional (no racional), adaptaron métodos razonados de esclarecimiento de la verdad espiritual (como el famoso “método socrático”).

Judíos y cristianos inculcaron en su pensamiento moral la meta ilustrada de ensanchar y redefinir los parámetros de la consideración moral.

  Judíos y cristianos adaptaron el razonamiento a la elaboración de pautas morales, al igual que hizo el mismo Sócrates (que no era ningún ateo, por cierto). Ya los debates de Jesús con los fariseos que relata el Evangelio pertenecen a una tradición judaica de la época helenística. Mientras el viejo Job era arrinconado por el terrible Yavéh, que le negaba todo derecho a encontrar reglas morales en la Providencia, Jesús (y otros sabios rabínicos anteriores a él, como el famoso Hilel) razona la naturaleza de la virtud y el pecado, la lógica espiritual –moral- de las obras de misericordia y las ejemplifica mediante parábolas.

A diferencia de la ciencia, la religión no tiene un proceso sistemático ni un método empírico que emplear para determinar la verosimilitud de sus afirmaciones y creencias, mucho menos para el bien y el mal

    En materia moral, el “principio de las perspectivas intercambiables” podía surgir sin necesidad de un planteamiento empírico, como mera consecuencia de un desarrollo cada vez más intenso de los sentimientos de empatía. Al mismo tiempo, los métodos empíricos tienen el inconveniente de la dificultad de determinar sus resultados cuando la materia a valorar, como la ética, es tan compleja. Además, ¿cómo valorar emocionalmente los resultados empíricos?

  De momento, parece que Michael Shermer se equivoca en los ejemplos que elige. Aquí un caso:

La revolución científica llevó directamente a la Ilustración, ya que los intelectuales del siglo XVIII buscaron emular a los grandes científicos de los siglos previos en aplicar los métodos rigurosos de las ciencias naturales y la filosofía a la explicación de los fenómenos y a resolver problemas.

  Sin embargo…

Teístas y postmodernistas críticos de la ciencia y la razón frecuentemente etiquetan las desastrosas utopías nazi y soviética como “científicas”, pero su ciencia era una delgada pátina cubriendo una profunda capa de contra-Ilustración, fantasías pastorales y paradisíacas de ideología racial basada en la etnicidad y la geografía…

  Se debería tener en cuenta que las teorías científicas (incluidas las nazis y marxistas) deben pasar por un periodo de verificación. En el mismo libro se nos explica que

El moderno sistema científico puede ser sumarizado en tres pasos: 1) formular una hipótesis basada en observaciones iniciales, 2) hacer una predicción basada en la hipótesis, 3) comprobar si la predicción es acertada

  Marxistas y nazis formularon sus hipótesis basándose en observaciones: los marxistas observaron que la sociedad se divide en clases en conflicto que son determinadas por el modo de producción económica, y los nazis observaron que el mundo se divide en etnias que afirman su identidad propia y entran en conflicto contra las otras automáticamente. La predicción marxista era que la clase obrera destruiría a la clase burguesa e instauraría una sociedad sin clases. La predicción nazi era que una raza eliminaría o sojuzgaría a las demás, instaurando el dominio natural de la raza superior, de acuerdo con unos principios evolutivos en esencia darwinianos.

  El paso final, la comprobación de que la predicción era o no acertada, llevó tiempo, como siempre sucede en el proceso científico. Y resultó que no, que no eran hipótesis acertadas, pero, hasta entonces, ¿no se siguió esencialmente el sistema científico?

La meta de una moralidad basada en la ciencia debería ser construir un conjunto de preceptos morales provisionales que son verdad para la mayor parte de la gente en la mayor parte de circunstancias y durante la mayor parte del tiempo –tal como se determina por investigación empírica y análisis racional- pero que admita excepciones y revisiones cuando sea apropiado.

  Desde luego, marxistas y nazis no abordaron los hechos sociales con mucha menor precisión que el mismo Michael Shermer, sobre todo porque ellos partieron de una experiencia social previa mucho más limitada que la suya. Y ellos fueron más rigurosos –más científicos- en tanto que las reglas científicas no deben ser relativas (solo para la mayor parte de circunstancias y durante la mayor parte del tiempo) ni tampoco deben admitir excepciones. Lo que aquí se llama moralidad basada en la ciencia parece también algo que es solo científico cosméticamente.

  Por ejemplo:

Fue solo tras la Era de la Razón y la Ilustración que se profirieron argumentos racionales para la abolición del tráfico de esclavos

  Y señala que el cristianismo, pese a haber supuestamente predicado la igualdad, justificó la esclavitud. Es grave que no se mencione en ningún momento que uno de los adalides de la Ilustración, el erudito y político democrático Thomas Jefferson (al que se cita varias veces en el libro), no solo tampoco predicó la abolición de la esclavitud, sino que él mismo era propietario de esclavos… Shermer, además, tiene que defender su teoría contraria a la religión del hecho de que los primeros cristianos, aunque en efecto aceptaban la esclavitud (no había nadie en su época que la rechazase), también predicaban el valor universal del alma humana

Incluso si el mensaje de Pablo fuese interpretado en que quería decir que todos somos iguales, absolutamente nadie lo tomó en serio

  ¿Nadie lo tomó en serio? ¿Y por qué la esclavitud fue gradualmente convertida en servidumbre?, ¿por qué se eliminaron los crueles espectáculos circenses?, ¿por qué se popularizaron la piedad y la misericordia? Los cambios en las costumbres en los que participó el cristianismo no llevaron, desde luego, a un automático estado de santidad para todos los creyentes, pero estos cambios graduales sí se hicieron apreciables. La abolición de la esclavitud hubiera supuesto un cambio revolucionario impensable en esa época y por tanto no pudo darse, pero las relaciones humanas dentro de una sociedad jerarquizada sí evolucionaron en un sentido más compasivo.

  Los cambios culturales de esa magnitud nunca se producen en poco tiempo. De hecho, si la religión compasiva del cristianismo acabó imponiéndose en Roma, no fue tanto porque la humanidad quedase de repente deslumbrada por la aparición de un nuevo pensamiento, sino porque la sociedad romana ya estaba dando sus propios pasos en esa dirección, y eso fue lo que permitió que el cristianismo tuviera tanto éxito. El “arco de la moral”, el “círculo expansivo”, son procesos lentos y graduales, que a veces dan lugar a trayectorias del tipo “dos pasos hacia delante y uno hacia atrás” (así son todos los cambios evolutivos, y con irregularidades de saltos bruscos en ocasiones). Ni siquiera el cristianismo fue el comienzo, y desde luego tampoco lo fue el mucho más tardío pensamiento científico aplicado a la moralidad.

  Muestra de que esta evolución humanitaria es gradual es que la violenta intolerancia del teísmo cristiano también tuvo su equivalente en las sangrientas represiones de los movimientos políticos seculares y en teoría ilustrados, tanto en el caso de la República francesa (La Vendée, 1795) como, por supuesto, en las revoluciones marxistas soviética y china. Y era una estructura razonada la que hacía actuar con tan gran crueldad a los ilustrados: si la meta a alcanzar es tan valiosa, cualquier medio queda justificado. Si el método científico se aplica a cuestiones sociales igual que se aplica a cuestiones de ingeniería, el sufrimiento individual puede ser consumido de la misma forma que otra materia prima cualquiera…

  Veamos ahora otro tipo de incoherencia. Se justifica el derecho al aborto supuestamente a partir de principios científicos:

Los registros EEG [electroencefalografía]con las características de un EEG adulto aparecen aproximadamente en treinta semanas (…) La capacidad del feto para el pensamiento humano no aparece hasta apenas unas semanas antes de su nacimiento. 

  Todo este “razonamiento ilustrado” que busca fundamentar razonadamente el derecho al aborto es incoherente con sus consecuencias en la sociedad secular, ya que en ninguna parte se ha legalizado la interrupción del embarazo hasta las treinta semanas de gestación (siete meses). ¿Por qué no defiende Shermer que se repare esta injusticia si lo tiene tan claro en base a un dato empírico como es el EEG?

    En cambio, ¿no sería más racional admitir, simplemente, que el plazo de hasta tres meses de gestación, aceptado en las naciones ilustradas, es una convención social que tiene menos que ver con los datos empíricos que con el aspecto exterior, tanto de la mujer embarazada como del feto desechado (es decir, que dada la apariencia más insignificante del feto de tres meses en comparación con el de siete meses, resulta más fácil que su eliminación pase inadvertida, suscitando así menos rechazo)?

   Lo que hace Shermer con su razonamiento “científico” no es muy diferente a lo que hacían los nazis cuando se referían a Darwin y a la supervivencia de los más aptos. Los nazis, en lugar de reconocer que se dejaban llevar por el viejo prejuicio del antisemitismo, preferían darle un envoltorio “científico” a su acción.

  Aún más, en el tema del aborto:

Dada la elección entre dar derechos a una persona real (una mujer adulta) o a una persona potencial (feto), es preferible elegir a la primera por los motivos tanto de razón como de compasión

  No se ve la “razón” por ninguna parte. En el caso de la “persona potencial” (o nasciturus sin EEG adulto) lo que se destruye es todo, su vida entera, mientras que en el caso de la mujer adulta, se trata solo de ahorrarle las molestias del embarazo y el parto. No hay equiparación racional alguna entre ambas situaciones.

  Y Shermer está mal informado también sobre un interesante aspecto moral del cristianismo

El infanticidio era practicado ampliamente en las antiguas Grecia y Roma, y la prohibición de la Iglesia católica contra ello se remonta a la Edad Media

  En realidad, ya los primeros cristianos del siglo I se negaban a la práctica del infanticidio, tal como consta en el famoso documento “Didaché" (una especie de manual doctrinal de los primeros cristianos), lo que demuestra que tenían bien claros ciertos criterios éticos al respecto.

   Muchas de las ideas de progreso moral que Shermer apunta para el futuro se encuentran igualmente sometidas a prejuicios culturales del momento y no resultan por tanto tan prometedoras como esperaríamos…

En una visión del mundo basada en la razón, como es el caso de la del humanismo de la Ilustración, en la cual el principio de las perspectivas intercambiables implica que nadie razonablemente argumenta a favor de privilegios sobre los demás, la moralidad cambia del punto de vista del grupo al del individuo, y en lugar de funcionar hacia alguna ideología utópica inalcanzable e infundada en el distante futuro, el sistema político se diseña para resolver problemas específicos que pueden obtenerse en el aquí y ahora.

 Resolver problemas específicos inmediatos supone olvidar por completo las repercusiones que unos problemas tienen con otros a lo largo del tiempo tanto como someterse sin más a los condicionantes del momento sin que se tenga en cuenta que estos habrán de cambiar con el proceso evolutivo propio de toda cultura. Los problemas del aquí y ahora de hace quinientos años eran diferentes y se resolvían de formas diferentes que afectaban de forma diferente a cada individuo. Si la naturaleza humana es universal, entonces no podemos fijarla en el “aquí y ahora”, que siempre es cambiante y no universal.

  Yendo a lo concreto:

Dadas estas tendencias, un día, quizá dentro de siglos, no habrá más naciones-estado, sus anteriores fronteras serán porosas tanto económica como políticamente, el mismo concepto de nación caerá en desuso y gradualmente veremos un retorno a unidades políticas más pequeñas

  Absurdo, porque si nos sometemos al “aquí y ahora” quedamos esclavizados a los condicionantes socio-económicos del “aquí y ahora”, entre los cuales se encuentra el nacionalismo, que es promovido desde el poder político actual (estimulando los impulsos atávicos del miedo, el desprecio y el odio al extranjero) , y como puede ser también el caso de otro condicionante del “aquí y ahora” tal cual es la mera existencia de los monopolios económicos que también parecen cada vez más fuertes.

  Las consecuencias del despreocupado conformismo de centrarse en los problemas del “aquí y ahora” se ejemplifican en proclamaciones como ésta…

Dentro de una generación, seremos capaces de proporcionar bienes y servicios que antes eran reservados para unos pocos ricos para cualquiera que los necesite. Considérese el extraordinario crecimiento de información en las décadas recientes. Un guerrero masai con un smart phone y acceso a Google, por ejemplo, tiene más información que el Presidente Clinton en los 1990.

  Pero esta disparidad ya se daba hace siglos, aunque no hubiera aún smart phones. El incremento de los bienes tecnológicos sofisticados, por sí mismo, no ha supuesto grandes mejoras sociales. De hecho, hace más de treinta años que se anunciaba una “Tercera Ola” que cambiaría al mundo gracias a la tecnología informática y de comunicaciones –entonces de vanguardia- que estaba surgiendo y extendiéndose igualmente por el mundo entero. Y, más dolorosamente, ya en 1974 el poderoso Henry Kissinger dijo que en diez años más no habría hambre en el mundo en base a parecidos criterios superficiales de progreso económico.

   Hace mucho que se cumplió el plazo y, pese a los avances en producción y en tecnología, sigue habiendo hambre y violencia en el mundo. De hecho, ya en tiempos de Roma un agricultor se bastaba para alimentar a cinco personas, promedio que se duplicó en la Edad Media: el hambre en el mundo nunca ha sido causado por falta de desarrollo tecnológico.

  Lejos de reflexionar sobre por qué la tecnología es incapaz de satisfacer las mínimas exigencias del bienestar social, Michael Shermer trivializa las desigualdades:

Nuestros cerebros no están equipados para comprender intuitivamente cómo funciona la economía moderna, así que para la mayor parte de la gente este sistema parece injusto. Y, francamente, a lo largo de la mayor parte de la historia de la civilización, las desigualdades económicas no fueron el resultado de las diferencias naturales en impulso y talento entre miembros de una sociedad igualmente libre de seguir su derecho a la prosperidad; en lugar de eso, un puñado de jefes, reyes, nobles y sacerdotes explotaron un sistema social injusto para su personal beneficio y al coste de empobrecer a las masas. De modo que nuestra natural (y comprensible) respuesta es la envidia y a veces la ira

  Es decir, que se pretende decir que no hemos de tomarnos en serio las quejas sobre el estado de las cosas hoy, porque la reclamación de igualdad la hemos heredado del pasado aunque ahora, por lo que parece, ya no debería preocuparnos.

  Es grotesco que se pretenda que los problemas sociales del mundo actual tienen que ver con la desigualdad de otros tiempos (tiranías explícitas), cuando en realidad lo que sucede es que existe aún una devastadora precariedad por completo injustificada... que es mucho más injustificada hoy que ayer. Porque si en la época de Roma un campesino podía alimentar a cinco personas, y en la Edad Media a diez personas, hoy un campesino moderno puede alimentar a… diez mil personas. ¿Racionalidad?

  Hoy la desigualdad indigna no por ser desigualdad (el que unos sean mucho más ricos que otros por causa de las diferencias naturales en impulso y talento entre miembros de una sociedad igualmente libre, como pretende Shermer, que no menciona siquiera la angustia y la humillación de los que viven en la precariedad absoluta), sino por implicar la miseria de los desfavorecidos en un mundo de extraordinaria abundancia económica, algo que contradice totalmente la razón.

  ¿Dónde está, entonces, el error de este punto de vista del señor Shermer sobre el progreso ético?

La razón nos dice lo que debemos hacer para extender nuestras simpatías morales a la gente de todas las naciones y razas. Uno de los objetivos de este libro, de hecho, es argumentar que son la razón y la ciencia más que cualquier otra fuerza la que ha ayudado a romper las barreras artificiales para extender nuestras simpatías a todos los pueblos.

  La única solución a los problemas humanos es la extensión de los comportamientos altruistas (extender nuestras simpatías a todos los pueblos), en efecto, pero no es la razón la que nos impulsa a ello. La razón solo nos da un medio para resolver cuestiones prácticas dentro de un entorno convencional dado, si bien el cambio del entorno nunca se ha producido por la llegada, deus ex machina, de algo llamado “razón”. Más bien parece que es una mayor tolerancia a los puntos de vista ajenos, un gradual incremento de los comportamientos empáticos (el “principio de perspectivas intercambiables”, sí, ¿por qué no?), lo que deja un resquicio cognitivo abierto a los sabios de todas las épocas para desarrollar el pensamiento científico. Así sucedió en la antigua Grecia y luego sucedería en el cristianismo cada vez más tolerante y siempre teológicamente inquieto.

  Solucionar problemas en el “aquí y ahora” mediante la razón nos puede llevar, por ejemplo, a afrontar problemas como el de la esclavitud y la condición de la mujer (en otras épocas) mediante un aumento de la represión si razonadamente vemos que esta estrategia es la más conveniente de acuerdo con nuestros modelos culturales del momento. La razón es un medio y no un fin. Así, por ejemplo, es razonable implantar el terror a fin de obtener la obediencia de los esclavos (o de los súbditos en general). El darwinismo antirracial de los nazis también era razonable en base a la información de que se disponía, y mucho más lo era el marxismo, con su explicación de la historia en base a la lucha de clases.

  Es solo que el gusto de la época ha ido haciendo cada vez más indeseable (con los naturales altibajos de todo cambio evolutivo complejo) el despliegue público de crueldad. Y, para sorpresa de muchos (todavía hoy), una menor aceptación pública de la crueldad ha conllevado más orden social. La explicación no se encuentra en el descubrimiento de la razón, sino probablemente en que el deseo de mejorar la convivencia humana en las relaciones interpersonales ha conllevado un abandono gradual de los gustos despiadados. Eso a su vez ha llevado a buscar nuevas estrategias para mantener el orden social bajo tales nuevas condiciones. Y ahí es donde ha entrado la razón en juego: “¿por qué las relaciones sociales han de regirse por leyes tan crueles?, ¿no hay una forma de idear leyes más bondadosas?” Es decir, primero ha entrado en juego la intuición (rechazo a la crueldad) y solo después se ha hecho uso de la razón (búsqueda de alternativas a la crueldad).

[Existe la] evidencia experimental de que “nuestras dotes naturales” incluyen “un sentido moral” –cierta capacidad para distinguir entre acciones crueles y amables; empatía y compasión –sufrimiento por el dolor de aquellos que nos rodean y el deseo de hacer que este dolor desaparezca; un rudimentario sentido del juego limpio –una tendencia para favorecer divisiones iguales de recursos; un rudimentario sentido de justicia –un deseo de ver que las buenas acciones son recompensadas y las malas acciones castigadas

    Sí, pero desde el punto de vista racional estos dones compasivos y altruistas no poseen un valor objetivo. También contamos con otros dones, como los deseos de supremacía, crueldad, ira y venganza. El entorno cultural del momento valorará unos u otros como convenientes o no, y la razón actuará tanto a partir de  un presupuesto como del otro... siempre de acuerdo con la pauta cultural del momento.

La propensión a presagiar el futuro mediante la magia llevó a métodos más formalizados de apercibir la causalidad mediante la conexión de los sucesos dentro de la naturaleza –la misma base de la ciencia

  Lo que quiere decir que el mismo Shermer acepta que el pensamiento racional tanto puede aplicarse a un entorno mágico como a uno materialista. Realizar sacrificios humanos era razonable puesto que ello apaciguaba la tensión social y obedecía a intereses políticos vigentes. Además, su necesidad era confirmada por las experiencias místicas vividas por los chamanes.

   Para abolir la esclavitud no fue tan importante que se demostrase científicamente que un esclavo negro era un ser humano (los griegos y romanos ya sabían que la condición de esclavo nada tenía que ver con la naturaleza, sino que era una condición social, una fatalidad), lo que de verdad influyó fue un cambio de sensibilidad en las sociedades cultas de Europa: la reflexión moral extendida a las masas mediante las predicaciones evangélicas en libertad (protestantismo), el prestigio de los filósofos escépticos seculares acerca del valor de la naturaleza humana y la difusión del arte y la literatura (sobre todo la novela, con su universo de mundos a los que se accede por la empatía) fueron extendiendo los gustos compasivos.

  La ciencia también pudo influir, sobre todo porque la honestidad (y claridad… y humildad) del método científico venía muy bien como árbitro a la hora de dirimir dilemas, pero parece más bien que fue la creciente tolerancia en las libertades públicas lo que permitió que los científicos desafiaran las convenciones teológicas de la época.

El principio de la Felicidad: es un principio moral más alto buscar siempre la felicidad teniendo la felicidad de los otros en mente, y nunca buscar la felicidad cuando lleva a la infelicidad de los otros mediante la fuerza o el fraude.

  Desde una perspectiva altruista emocional, esto es impecable, pero tampoco tiene sentido desde el punto de vista racional. Desde el punto de vista racional somos individuos y como tales existimos como receptores absolutos e individuales de estímulos, por lo tanto lo racional es preocuparnos solamente por nuestro propio placer y bienestar. Para tener "la felicidad de otros en mente” hemos de hacer un esfuerzo, estimular sistemáticamente  nuestros instintos más benévolos (que no se dan por igual en cada personalidad) y esto es casi imposible si no estamos en un contexto cultural adecuado (comportamiento de imitación y empatía). No hay ningún motivo racional para que lo hagamos.

    El “principio de perspectivas intercambiables” comienza con las religiones compasivas, que fueron poco a poco toleradas y aún promovidas por el Estado debido a la creciente complejidad de los problemas sociales en las grandes civilizaciones y a las soluciones imaginativas que promovían. No hay que olvidar que eran las clases superiores las que más oportunidades tenían para desarrollar la sofisticación en la sensibilidad ética.

  La evolución moral no se produjo en los apenas doscientos o trescientos años de revolución científica e Ilustración. Fue un proceso mucho más largo, de más de dos mil años, a partir del surgimiento de las religiones compasivas (el budismo, quizá la más antigua).

  Pero Shermer sitúa el cambio mucho más tarde, en las revoluciones intelectuales, científica e ilustrada:

1) la revolución científica, datada aproximada desde la publicación de “acerca de las revoluciones de las esferas celestiales” de Copernico en 1543, hasta la publicación de los “Principia” de Newton en 1687; y 2) la Edad de la Razón y la Ilustración, originadas aproximadamente de 1687 a 1795 (de Newton a la Revolución francesa)

  El papel de la religión es mucho más decisivo en el cambio de costumbres (entre otras cosas porque afecta emocionalmente a las masas, y no solo a élites más o menos influyentes), y fue el cambio religioso (el protestantismo racionalista de Holanda e Inglaterra) lo que permitió la aparición, a modo de secuela, del pensamiento científico moderno.

La religión actúa como un monitor del comportamiento, un sistema de refuerzo (…)La religión es un camino para resistir la tentación, pero hay otros

  Hay otros, desde luego, pero la religión fue necesariamente el primero de estos “sistemas de refuerzo” que hizo posibles los demás. Las religiones avanzadas, más allá de las que se sostenían meramente en mitos, son de naturaleza racional en tanto que, partiendo de una “revelación” inicial, buscan dar una explicación del mundo y la naturaleza humana. El cristianismo, con su idea, perfectamente racional, de una naturaleza pecadora necesitada de guía para resistir a la tentación y llegar a la pureza del alma, desarrolla un complejo análisis acerca de cómo abordar el deseo de perfección. Esta complejidad haría que, en contradicción con la idea inicial de una revelación dada por Dios y por tanto inamovible, la discusión teológica desembocara en constantes herejías en busca de una verdad “no revelada”. Esta búsqueda de la verdad y esta búsqueda del perfeccionamiento llevarían a la edad de la razón. Todavía hoy podemos sacar provecho de esta necesaria interconexión entre lo emocional y lo racional.

lunes, 6 de julio de 2015

“Campos de sangre”, 2014. Karen Armstrong

  ¿Es la religión un desencadenante de la violencia humana? ¿Incluso el peor de todos?

La sociedad moderna ha transformado la fe en un chivo expiatorio. En Occidente, la idea de que la religión es inherentemente violenta se da por sentada y parece evidente. 

  Las afirmaciones que se hacen de ello son de sobra conocidas en la cultura popular de las sociedades laicas occidentales

La religión ha sido la causa de las principales guerras en la historia

El monoteísmo es especialmente intolerante 

Una vez que los pueblos creen que “Dios” está de su lado, el compromiso resulta imposible.

  Sin embargo, la historiadora de las religiones Karen Armstrong pretende demostrarnos que esto no es lo que nos muestran los hechos. Que la religión, muy al contrario, habría sido una estrategia pacificadora de la humanidad en buena parte exitosa, mientras que la violencia organizada entre seres humanos en la sociedad moderna (guerras, persecuciones) se ha desarrollado por mecanismos que pueden o no haber utilizado la religión para potenciar la agresividad.

  Para intentar esclarecer esto, tenemos que comenzar, como siempre, por algún tipo de definición de religión, aunque…

No existe una forma universal de definir religión (…) Las palabras que en otras lenguas traducimos como “religión” invariablemente remiten a algo más amplio, más vago y más universal

  Podemos plantearnos la búsqueda de una definición de forma indirecta:  si el ser humano siempre (excepto quizá ahora) ha necesitado de la religión, ¿cuál pudo ser el principio de todo, en el lejano pasado de los cazadores-recolectores?

Una de las mayores preocupaciones del arte y la religión fue cultivar un sentido de la comunidad: con la naturaleza, con el mundo animal y con nuestros congéneres

Los seres humanos siempre han buscado la intensidad y momentos de éxtasis que confieran sentido y propósito a sus vidas. Si un símbolo, un icono, un ritual o una doctrina ya no ofrecen un valor trascendente, tienden a sustituirlo por otra cosa.  (…) Prácticamente cualquier cosa puede convertirse en símbolo de lo divino

  La religión podría entonces no ser algo muy diferente a una idea general de conocimiento trascendente o sabiduría con un fuerte contenido emocional que toma formas simbólicas (iconos, rituales, lenguaje literario…). Pero también tendría un componente práctico y aparentemente prosocial: la religión ayudaría a convivir en armonía, a mejorar la interactuación entre individuos. Al menos, eso deberían sentir quienes se ven impulsados a participar en sus prácticas.

Sabios y místicos crearon prácticas espirituales para ayudar a la gente a controlar su agresividad y cultivar el respeto hacia todos los seres humanos.  (…) Cultivaron los  ideales (…) para controlar los impulsos egoístas que tan a menudo conducen a la violencia

Desde los primeros tiempos hubo quienes se atormentaron con el dilema de la violencia necesaria y propusieron formas religiosas para hacer frente a los impulsos agresivos y encauzarlos hacia fines más compasivos

  Que algunas doctrinas religiosas hayan diseñado tales ideales, sin embargo, no implica que todas contribuyesen efectivamente a la paz. Con la sociedad laica se desarrollaría la idea de que la paz está sobre todo relacionada con los cambios políticos.

Europeos y norteamericanos comenzaron a separar la religión y la política, pues asumieron, no del todo certeramente, que las disputas teológicas de la Reforma fueron plenamente responsables de la Guerra de los Treinta Años.

La costumbre de separar religión y política es tan habitual en Occidente que nos resulta difícil apreciar su estrecha coexistencia en el pasado.

  En la Antigüedad, parece ser que la religión era una especie de fundamento ético de la autoridad política…

La religión mesopotámica era esencialmente comunitaria; hombres y mujeres no pretendían vivir lo sagrado en la privacidad de sus corazones, sino fundamentalmente en una comunidad sagrada. La religión premoderna carecía de una existencia institucional independiente. (…) Era esencialmente una cuestión política y no tenemos registros de una devoción personal

  Karen Armstrong señala con agudeza un dilema ancestral del desarrollo civilizatorio, más allá de la sempiterna violencia entre los grupos de cazadores-recolectores:

La agricultura introdujo otro tipo de agresión: una violencia institucional o estructural en la que una sociedad obliga a las personas a vivir en tal miseria y sometimiento que son incapaces de mejorar su destino

Por desagradable que parezca, al forzar a las masas a vivir en el nivel de la subsistencia, la aristocracia controló el crecimiento de la población e hizo viable el progreso humano.

En los imperios de Oriente Medio, China, la India y Europa (…) un grupo de élite que incluía a no más que el 2% de la población robó sistemáticamente, con la ayuda de un pequeño grupo de subalternos, los productos agrícolas que [los demás] habían cultivado a fin de sostener su estilo de vida aristocrático (…) Sin este arreglo injusto los seres humanos probablemente no habrían ido nunca más allá del nivel de subsistencia, porque [este arreglo injusto] creó una clase privilegiada con el ocio necesario para desarrollar las artes y las ciencias civilizadas que han hecho posible el progreso

  Ésta es la situación llamada de “violencia sistémica”: de la lucha continua entre grupos igualitarios de cazadores-recolectores se pasa, en las sociedades agrícolas, a la violencia socialmente asumida de la división en clases. La religión, que ya existía en las sociedades de los cazadores-recolectores, evoluciona entonces en las nuevas sociedades agrarias para fundamentar un orden injusto que se presenta como una especie de mal menor…

La civilización exige sacrificios, y los sumerios tenían que convencerse a sí mismos de que el precio que estaban arrancando a los campesinos era necesario y merecía la pena. Al afirmar que su sistema desigual estaba en armonía con las leyes esenciales del cosmos, los sumerios expresaron una realidad política inexorable en términos míticos

Todo estado depende de una mitología que define su carácter y misión específicos (…) La mitología expresaba una realidad atemporal y no histórica, y proporcionaba un proyecto para la acción en el presente.

  Ahora bien, la racionalización  de la violencia sistémica de las sociedades agrarias mediante la religión lleva forzosamente a una evolución del pensamiento. Lo que resulta invariable es la asunción del orden social, la obediencia a la autoridad política. Pero cuál será el modelo social exacto de esas nuevas estructuras políticas depende de una serie de pasos evolutivos en el proceso de los cuales la influencia de la búsqueda intelectual de la sabiduría se hace notar a medida que se van acumulando mitos, experiencias históricas y formulaciones doctrinales cada vez más complejas.

Parece que una monarquía fuerte genera a menudo el culto a una deidad suprema, creadora del orden político y natural (…) La política puede modelar la teología

La mayor parte del arte del Antiguo Egipto celebra la alegría y la elegancia de la vida civilizada y en la temprana literatura egipcia hay una escasa glorificación de la guerra.

Aunque la religión aria glorificaba la guerra, también reconoció que esta violencia era problemática.

Hasta el periodo moderno, la religión atravesaba todos los aspectos de la vida, incluyendo la guerra y la política, no porque clérigos ambiciosos “mezclaran” dos actividades esencialmente distintas, sino porque la gente quería dotar de significación todo cuanto hacían. Toda ideología estatal era religiosa.

  Muy representativo del ideal ario es el relato heroico de la “Iliada”… pero en la misma narración de héroes y batallas encontramos clarísimos rasgos compasivos. El discurso ideológico –religioso- a partir de la guerra estatal deja entonces espacios posibles a la paz. En el caso de Egipto -una civilización agraria relativamente aislada en el desierto, poco vulnerable a invasiones-, la guerra tiene todavía menos relevancia. La religión –la primera expresión de la sabiduría de la que se guarda recuerdo- va avanzando a lo largo de su desarrollo hacia nuevas metas. En Persia aparece Zoroastro.

Habría un gran juicio y los servidores terrenales de los devas (dioses malignos) serían exterminador. La tierra recuperaría entonces su perfección original. (…) El pensamiento apocalíptico de Zoroastro fue único (…) Zoroastro demonizó la violencia y lo convirtió en la figura del mal absoluto.

  El Zoroastrismo de hace tres mil años fue la primera religión moralista y compasiva. Después vendrían muchas más.

[En la India del siglo IX ac] una espiritualidad más interna estaba empezando a emerger, más cercana a lo que llamamos religión; y estaba enraizada en el deseo por evitar la violencia (…) Se pedía a los participantes que fueron conscientes del significado oculto  de los ritos 

Budistas y jainistas (…) se reconstruyeron en un nivel psicológico profundo y fraguaron una humanidad más empática

  La religión comienza entonces a diferenciarse de una mera justificación de la autoridad política mediante el relato de unos mitos cada vez más complejos. Dentro de la estabilidad que proporciona la “Pax Romana”, surgen experiencias religiosas centradas en el comportamiento individual. La filosofía laica, que ha comenzado en Grecia, va influyendo en el pensamiento religioso.

A lo largo del imperio, jóvenes nobles e individuos talentosos de origen humilde fueron sometidos a una formación (paedeia) que databa de tiempos antiguos (…) Un romano verdaderamente cultivado era siempre cortés y contenido, pues la ira, las palabras injuriosas y los gestos agresivos no eran bienvenidos en un caballero, de quien se esperaba un comportamiento amable, sereno, contenido y serio 

Como el estoicismo y el epicureísmo, el cristianismo prometía el sosiego interior, pero su modo de vida podía seguirlo tanto el pobre y el iletrado como los miembros de la aristocracia

  Es en este contexto de mejorar la convivencia mediante el perfeccionamiento individual cuando surge el cristianismo que, a diferencia de las filosofías perfeccionistas paganas que son dirigidas a la élite culta, está adaptado a las masas. Y aunque no es exactamente antipolítico, se centra más en la vida comunitaria “de base”, que en la participación en las instituciones estatales.

[En] el cristianismo primitivo (…) la gente encontraba su fe en la experiencia de la vida en común en una comunidad minoritaria y muy unida que desafiaba la distribución desigual de la riqueza y del poder en la jerarquizada sociedad romana.

  Sin embargo, pronto el triunfo del cristianismo desbordará el ámbito de la comunidad inmediata. Se convertirá en una religión de Estado y su doctrina se adaptará en consecuencia.

  De hecho, el cristianismo, lejos de ser anarquista o antiestatal, en cierto sentido apoya la autoridad política. Pablo instará a los cristianos no a vivir al margen de la Ley, sino, muy al contrario, a ser, en tanto que cristianos, ciudadanos ejemplares.

  Con este planteamiento, y circunscrito en un principio el pacifismo y el igualitarismo a la esfera particular de la comunidad cristiana dentro de una sociedad civil plural, no debe extrañarnos que una vez alcanzado el triunfo político por los cristianos, el pacifismo utópico se viera sometido a las imprescindibles restricciones.

Lo que hacía que la violencia fuera perversa no era el acto de matar, sino las pasiones de la avaricia, el odio y la ambición que lo desencadenaban. La violencia era legítima, sin embargo, si la inspiraba la caridad –por una sincera preocupación por el bienestar del enemigo- (…) La fuerza tenía que ser autorizada por la autoridad correspondiente (…) Al situar la violencia más allá del alcance del individuo, Agustín confirió poderes casi ilimitados al Estado

La tradición que en parte surgió como protesta contra la opresión sistémica del imperio se convirtió en la herramienta de la coerción agresiva de Roma

   El viejo ideal comunitario persiste solo al tomar la forma de monasticismo. Es decir, determinando cuidadosamente unas condiciones –antes espontáneas- parecidas a las de las primeras comunidades cristianas pacifistas e igualitarias.

Antonio vivió (…) en una fortaleza abandonada junto al Mar Rojo, hasta que en el 301 empezó a atraer discípulos (…) Como los renunciantes de tiempos anteriores, los monjes crearon una contracultura, abandonando su papel funcional en la economía agraria y rechazando su violencia inherente (…) Su mayor tarea era detener los impulsos violentos que moran en las profundidades de la mente humana (…) Un monje ni siquiera debía parecer enfadado o hacer un gesto impaciente (…) Algunos aprendieron a trascender su beligerancia innata y alcanzaron una paz interior que experimentaron como un regreso al Jardín del Edén (…) El movimiento monástico se extendió rápidamente, lo que demostró el deseo de construir una alternativa al cristianismo progresivamente contaminado por su asociación con el imperio

La regla [de san Benito, en el siglo VI,] proporcionaba disciplina, semejante a la disciplina militar del soldado romano (…) para reestructurar la emoción y el deseo, y crear una actitud de humildad muy diferente a la autoafirmación agresiva del caballero

  Es interesante que Karen Armstrong se muestre muy escéptica acerca de que el ideal de pacifismo e igualitarismo social cristiano fuera antipolítico en su origen, tal como más adelante sería concebido.

  En realidad, el ideal de pacifismo de “Jesús” se habría referido únicamente a las relaciones de armonía dentro del grupo (pautas por el estilo de “un hermano no agrede a un hermano”) pero no a un ideal apolítico de pacifismo y altruismo universales. Ésa sería una interpretación posterior hecha por Pablo y los judíos helenizados…

La idea de que la fe no debería involucrarse en la política habría sido tan extraña para Jesús como para Confucio.

“Devolved al César lo que es del César, y a Dios lo que es Dios” (…) pero como todos los judíos sabían que Dios era su rey y que todo le pertenecía, de hecho había poco que devolver a César.

  Es decir, que el Jesús originario era probablemente un activista político judío más (siempre siguiendo el ideal de los Macabeos, los rebeldes armados que triunfaron sobre los infieles extranjeros y opresores) y que sería después, tras el fracaso del movimiento cristiano originario, que el judío helenizado Pablo habría hecho de la necesidad virtud, difundiendo un ideal de moralismo comunitario apolítico (pero tampoco anarquista ni antiestatal…).

  En los siglos que siguieron al fin de la “Pax Romana”, el ideal igualitario cristiano trataría de mantenerse en los límites del monasticismo, el cual también podía comprenderse como una forma de influir en la sociedad civil transmitiendo comportamientos universales de benevolencia y caridad. Pero inevitablemente la mera existencia de este tipo de valores antiagresivos y cooperativos repercutiría también en los conflictos políticos del  mundo secular…

Cuando el pueblo leía la Biblia pronto detectaba manifiestas discrepancias entre las enseñanzas de Jesús y la práctica política y eclesiástica contemporánea.

Papas y abades se dedicaban a la imitación de Cristo, pero tropezaron con el dilema de la civilización, que no puede existir sin la violencia estructural y militar contra la que se sublevaron los cátaros

El papa Inocencio III [, que] esperaba controlar el movimiento en pro de la pobreza que amenazaba el conjunto del orden social, aprobó la Regla de San Francisco

  Así estaban las cosas hasta la aparición de la Reforma en el siglo XVI, surgiendo entonces, ya con total claridad, el ideal de separación entre religión y política.

La nueva definición de religión de los protestantes reflejaba los programas de los nuevos Estados soberanos, que relegaban la religión a la esfera privada

Lutero fue el primer europeo cristiano en defender la separación de Iglesia y Estado (…) Creía que Dios se había retirado del mundo material hasta el punto de que éste carecía de significado espiritual (…) Los verdaderos cristianos pertenecían al reino de Dios y eran fundamentalmente libres de la coerción estatal porque el Espíritu Santo los hizo incapaces de sentir odio o cometer una injusticia. Pero Lutero sabía que el número de estos cristianos era muy escaso

  Aunque Armstrong no lo menciona, con la Ilustración iba a surgir un anticlericalismo que generalizaría un fuerte odio a la Iglesia cristiana en tanto que apaciguadora de las inquietudes sociales. La Iglesia, en efecto, presentaba ideales pacifistas e igualitarios, pero al mismo tiempo, al exigir el apoliticismo a los idealistas por la paz y la igualdad, se convertía en cómplice hipócrita de todo lo contrario a lo que predicaba… ¿Cómo cambiar las cosas si se apoya al gobierno injusto y se fuerza a la inacción a quienes son honestos?

  Además de eso, en tanto que la Iglesia afirmaba poseer el monopolio de la sabiduría, la actitud de los ilustrados que buscaban el conocimiento mediante el libre ejercicio de la razón no podía tampoco ser más que antieclesiástica e inevitablemente anticristiana.

Todos los philosophes de la Ilustración, Jefferson y Madison (…) creían que ninguna idea debería ser inmune a la investigación o incluso al rechazo más absoluto (…) Insistían en el derecho de conciencia (…) El mito de la violencia religiosa había arraigado definitivamente en la mente de los fundadores

   Así, por ejemplo, se consideraba que

Los sentimientos religiosos contribuían a que soldados y generales se distanciaran del enemigo, borraran todo rastro de humanidad compartida y proyectaran en el cruel enfrentamiento un fervor moral que no solo lo hacía aceptable, sino también noble

  En realidad, como bien se recuerda en este libro, las grandes guerras no requieren necesariamente de grandes ideologías. En la época de las Cruzadas, cuando se podía atribuir al fanatismo religioso las luchas por Jerusalén, también tenía lugar la espantosa agresión mongola… y los caudillos mongoles no necesitaban ni de religión ni de ideología alguna para justificar el derramamiento de sangre masivo. Tampoco lo necesitaron los griegos para arrasar Troya.

  Volvemos así a la cuestión central del libro, ¿es la religión un desencadenante de la violencia?

  Ante todo, vemos que las ideologías (religiosas o no) sí que tienen ese poder, y que los ilustrados anticristianos de la Revolución Francesa lo demostraron sobradamente

En Francia estaba claro que un régimen laico tenía tanto potencial para la violencia como uno religiosamente constituido (…) En la Vendée, 1794, con instrucciones del Comité de Seguridad Pública que recordaban la retórica de la cruzada cátara, (…) la Revolución que prometía libertad y fraternidad asesinó a doscientas cincuenta mil personas en una de las peores atrocidades del mundo moderno. 

  Si por “religión” entendemos exclusivamente la creencia en seres sobrenaturales, entonces no podemos admitir que el laicismo ilustrado sea menos violento. Claro que se puede considerar que las ideologías políticas también se vuelven “religiosas”

Tan pronto como los revolucionarios [franceses] se liberaron de una religión, inventaron otra, convirtiendo la nación en la encarnación de lo sagrado (…) Los rituales del Estado celebraban el advenimiento de una extraña vita nuova, eminentemente espiritual

  Una ideología moderna será, pues, el nacionalismo (los Imperios de la Antigüedad no eran “naciones”). Y el nacionalismo es, sin duda, más violento que las religiones.

El Estado se había ideado para  contener la violencia pero la nación se utilizó para desencadenarla

Si podemos definir lo sagrado como algo por lo que uno está dispuesto a morir, la nación se convirtió en la encarnación de lo divino (…) Tenía que crear la “preocupación por todos”, que fue un ideal tan importante en muchas de las tradiciones espirituales asociadas a la religión (…) Ahora que la religión estaba siendo privatizada, no había un impulso internacional para contrarrestar la creciente violencia estructural y militar que las naciones más débiles padecían en un grado cada vez mayor.

El nacionalismo desemboca fácilmente en un fervor casi religioso, especialmente en momentos de elevada tensión y emoción 

 De hecho, tenemos el ejemplo del exterminio de los armenios, de hace cien años. Los armenios cristianos habían vivido hasta cierto punto protegidos por el califato musulmán turco. Pero quienes ejecutaron el exterminio fueron los nacionalistas laicos turcos…

  En conjunto, la valoración de Karen Armstrong sobre la religión es positiva, pues considera la religión como una enseñanza de sabiduría que evoluciona con la cultura humana. Así, por ejemplo:

Ajenos al pensamiento alegórico y simbólico, [la educación científica de los terroristas del 11-S] los inclinó no al escepticismo, sino a una lectura literal del Corán, radicalmente alejada de la tradicional exégesis musulmana. No habían sido educados en la jurisprudencia tradicional (…) Tal vez el problema no era el islam, sino el desconocimiento del islam

Todas las grandes tradiciones religiosas del mundo comparten  como uno de sus principios esenciales el imperativo de tratar a los demás como uno querría ser tratado

Hoy necesitamos ideologías, laicas o religiosas, que ayuden a la gente a afrontar los insolubles dilemas de nuestra “situación histórica y económica”, como hicieron los profetas en el pasado

Si queremos un mundo viable hemos de responsabilizarnos por el dolor del mundo y aprender a escuchar relatos que pongan en jaque la percepción que tenemos de nosotros mismos

  Probablemente Armstrong se equivoca en que

el sentido del carácter sagrado de la vida [es] una convicción anclada en el corazón de las tradiciones religiosas y que los sistemas cuasi religiosos parecen incapaces o poco dispuestos a recrear.

  (Muchas religiones no han demostrado promover el carácter sagrado de la vida, y ahí están las religiones de la Antigüedad que han promovido guerras santas y sacrificios humanos, pero sí es cierto que a partir de cierto período histórico, la llamada “Era Axial” que empieza con el zoroastrismo, las religiones, cada vez más doctrinales y reflexivas, sí se han hecho básicamente compasivas y prosociales)

  Y probablemente Karen Armstrong no se equivoca tanto en que

La secularización no ha desplazado tanto la religión como ha creado entusiasmos religiosos alternativos. Tan arraigado  es nuestro deseo de encontrar un sentido último que nuestras instituciones seculares, especialmente el estado nación, adquirieron casi inmediatamente un aura religiosa, aunque han sido menos hábiles que las antiguas creencias a la hora de ayudar a la gente a afrontar las lóbregas realidades de la existencia humana para las que no hay respuestas sencillas.

  Podemos concluir que la religión ha sido la forma propia de la sabiduría en la Antigüedad. Solo a partir de una época más reciente los paganos griegos (y quizá algunos indios y chinos) descubrirían la Filosofía, que pronto iba a dar lugar a la enseñanza cívica para el perfeccionamiento moral individual. Sin embargo, lo propio de la religión no es ni la especulación racional filosófica, ni la mera especulación cósmica, mística o teológica, sino la capacidad de comprometer al individuo en fuertes experiencias de transformación moral, más poderosas que la educación moral laica, pues las religiones hacen uso de estrategias psicológicas (mitos, rituales, adoctrinamiento…) que permiten la interiorización emocional de las pautas de conducta que no están al alcance de toda forma de pedagogía.

  La aparición del cristianismo, una religión “filosófica” de masas, que promete la transformación ética definitiva (pacifismo e igualitarismo), trastorna la cultura del momento y dispara el proceso civilizatorio. La Ilustración, hija del cristianismo en sus ideales últimos, despreciará la hipocresía y el oscurantismo de las "religiones", y las acusará de haber cooperado en las matanzas e injusticias que supuestamente condena. La atroz “Guerra de los Treinta Años” (siglo XVII) dejará un duradero recuerdo a los ilustrados del siglo siguiente.

  Pero al acusar a la “religión” (propiamente, al cristianismo) de ser desencadenante de la violencia, los ilustrados toman la parte por el todo: ellos mismos crean ideologías totalitarias en las cuales “el fin justifica los medios”, trátese del idealismo republicano francés, del nacionalismo moderno, del marxismo o de otros cualquiera. Estas ideologías descuidan algo que el cristianismo nunca olvidó y que es propio de las religiones y no de otras formas ideológicas: el diseño de conjuntos, simbólicamente integrados, de estrategias psicológicas para el perfeccionamiento moral del individuo en sociedad en los que el individuo "en conciencia", portador como es de un alma inmortal, se desarrolla emocionalmente para alcanzar una armonía perfecta con sus semejantes.