lunes, 30 de junio de 2014

"La república”, siglo IV a. C. Platón

La virtud innata llegará, con los años y auxiliada por la educación, a adquirir un conocimiento simultáneo de sí misma y de la maldad. 

   Esto es lo más sobresaliente (y también lo más actual) de la enseñanza de Platón acerca de cómo deben vivir los seres humanos en sociedad: la virtud no es algo ajeno a nuestra naturaleza, pero tampoco algo que surja espontáneamente. La virtud es el producto de la evolución cultural (“los años”) y de un proceso educativo obra de los mismos hombres. En “La República”, Platón no solo pone en boca de Sócrates  la organización del buen gobierno sino también y sobre todo la forma en que pueden originarse los buenos gobernantes que son también los hombres más propiamente humanos.

  Su idea de buen gobierno no es otra cosa que el proceso de selección de unos “guardianes” que han de vigilar la armonía social de una ciudad formada por hombres y mujeres normales y corrientes, todos cooperando por el bien común de acuerdo con sus capacidades y necesidades.

Los jefes han de ser los mejores de entre los guardianes

  Algo muy curioso para quien lee hoy “La República” es que la democracia, la forma de gobierno que consideramos más elevada en nuestro mundo actual y cuya creación atribuimos a los griegos de la misma Atenas de Sócrates y Platón, merece bastante desprecio por parte del filósofo

Nace, pues, la democracia, creo yo, cuando, habiendo vencido los pobres, matan a algunos de sus contrarios, a otros los destierran y a los demás les hacen igualmente partícipes del gobierno y de los cargos, que, por lo regular, suelen cubrirse en este sistema mediante sorteo. (…) La democracia será un régimen placentero, anárquico y vario que concederá indistintamente una especie de igualdad tanto a los que son iguales como a los que no lo son.

¿No es, pues, forzoso que en una tal ciudad la libertad se extienda a todo? (…)Se filtra la indisciplina en los domicilios privados (…) El padre  se acostumbra a hacerse igual al hijo y a temer a los hijos, y el hijo a hacerse igual al padre y a no respetar ni temer a sus progenitores a fin de ser enteramente libre; y el meteco se iguala al ciudadano y el ciudadano al meteco y el forastero ni más ni menos.

  Recordemos que fue la democracia, el juicio popular de los atenienses, la que condenó a muerte a Sócrates por buscar, según parece, la verdad. No es raro, pues, que en este libro  el discípulo Platón ponga en boca de su malhadado maestro la condena al gobierno del pueblo.

  Las consecuencias desastrosas de la democracia llevarían al desorden, y de ahí surgiría la tiranía, en la cual gobierna solo el ambicioso con la astucia y la fuerza necesaria que le permita hacer su libre voluntad egoísta. Por supuesto, para mantenerse en el poder, el tirano debe obtener el favor interesado de otros influyentes y poderosos como él.

   El buen gobierno, en cambio, sería la “aristocracia”, el gobierno de los mejores. Y los mejores son los filósofos, los que hacen uso de la más alta capacidad humana, el intelecto.

Los filósofos verdaderos(…) son (…) los que gustan de contemplar la verdad 

El filósofo se hace todo lo ordenado y divino que puede ser un hombre

Es necesario designar filósofos para que sean los más perfectos guardianes.

  ¿En qué consiste la búsqueda de la verdad, a la que el filósofo dedica su vida?

Son filósofos aquellos que pueden alcanzar lo que siempre se mantiene igual a sí mismo y no lo son los que andan errando por multitud de cosas diferentes (…) Las naturalezas filosóficas se apasionan siempre por aprender aquello que puede mostrarles algo de la esencia siempre existente y no sometida a los extravíos de generación y corrupción.

El más sublime objeto de conocimiento es la idea del bien, que es la que, asociada a la justicia y a las demás virtudes, las hace útiles y beneficiosas

  A primera vista, puede resultar un tanto vaga la idea del bien, el objeto de la sabiduría que conforma la base del idealismo platónico: “aquello que se mantiene igual a sí mismo”. Pero la idea de esencia, de lo que se mantiene igual a sí mismo, tiene que ver con la función, que es lo que define el objeto: la causa de que algo exista en el universo es que cumpla una función (esto es idealismo, porque el materialismo no exige que lo que existe cumpla función alguna: solo habría causas y efectos). Y tanto más existe, tanto más es “igual a sí mismo”, en la medida en que es capaz de cumplir su función. Aplicadas a la convivencia humana, las ideas de bondad, de virtud y de justicia son, por tanto, aquellas que logran realizar la armonía en la vida de los hombres. La divinidad supone la expresión de esta armonía. La divinidad es el saber, y el saber está, a su vez, en función de que se realicen todas las virtudes humanas.

  Con la ayuda de la enseñanza que desarrolla el intelecto, aquellos que cuenten con buenas capacidades se convertirán en filósofos, en hombres virtuosos en cuerpo y espíritu.

Aquel para quien corren los deseos hacia el saber y todo lo semejante, ése creo que se entregará enteramente al placer del alma en sí misma y dará de lado a los del cuerpo si es filósofo verdadero y no fingido. (…) Será temperante y en ningún modo avaro de riquezas (…) tampoco el tal tendrá a la muerte por cosa temible (…) la naturaleza cobarde y vil no podrá tener parte en la filosofia. 

   ¿Y quién determina quién es el filósofo –o conjunto de filósofos- idóneos para gobernar? Éste habrá de ser el filósofo mayor de todos. Y en “La República” se trata del mismo Sócrates. No solo Sócrates describe las virtudes que caracterizan al filósofo, también se determina cómo ha de ser la educación de quienes están destinados a ser filósofos-gobernantes, y con ello se muestra cómo es la enseñanza la clave en la formación del espíritu (aunque tampoco se descartan las cualidades innatas de quienes están capacitados para llegar a ser los mejores).

En la ciudad que hemos fundado, hemos hecho mejores a los guardianes, que han recibido la educación antes descrita (…) Son éstos los mejores de todos los ciudadanos (…)Esto lo lograrán la música y la gimnástica actuando del modo que nosotros describimos

  Aunque los antiguos conocían ya los principios de la eugenesia a partir de sus experiencias en la cría de animales, y aunque Platón-Sócrates no desdeña en absoluto este factor

Que sean mujeres de esa clase las elegidas para cohabitar con los hombres de la misma clase

 el poder de la educación siempre es superior, y por ello también las mujeres pueden acceder a la más alta capacidad, a la filosofía. Se reconoce la debilidad relativa de sus cuerpos (algo importante, pues la gimnástica se juzga como disciplina valiosa) pero, a diferencia de otros textos de la Antigüedad (y de otros mucho más modernos), en “La República” no se dictamina que el alma de las mujeres sea deficiente.

La mujer y el hombre tienen las mismas naturalezas en cuanto toca a la vigilancia de la ciudad, sólo que la de aquélla es más débil y la de éste más fuerte. 

Si empleamos a las mujeres en las mismas tareas que a los hombres, menester será darles también las mismas enseñanzas.

Los cargos serán accesibles tanto a las mujeres como a los hombres

  Muchos contemporáneos han encontrado semejanzas entre el diseño de una ciudad platónica gobernada por filósofos y todas las utopías comunistas que luego siguieron (incluida la de Thomas More). Vemos, por ejemplo, que los mejores de la ciudad, los guardianes-filósofos que conocen las leyes naturales y humanas, no poseerán bienes privados

Nadie poseerá casa propia excepto en caso de absoluta necesidad. (…) Nadie tendrá tampoco ninguna habitación ni despensa donde no pueda entrar todo el que quiera. (…)Vivirán en común, asistiendo regularmente a las comidas colectivas como si estuviesen en campaña (…) Serán los únicos ciudadanos a quienes no esté permitido manejar ni tocar el oro ni la plata

Las mujeres serán todas comunes para todos esos hombres y ninguna cohabitará privadamente con ninguno de ellos; y los hijos serán asimismo comunes y ni el padre conocerá a su hijo ni el hijo a su padre. 

  Esto es porque Platón-Sócrates identifica el origen de la discordia entre los seres humanos con la codicia de los bienes materiales. Lo mismo que Marx.

Podrían darse por desaparecidos entre ellos los procesos y acusaciones mutuas, por no poseer cosa alguna propia, sino el cuerpo, y ser todo lo demás común, de donde resulta que no ha de haber entre ellos ninguna de aquellas reyertas que los hombres tienen por la posesión de las riquezas, por los hijos o por los allegados

  Y a nivel público, es también la codicia la responsable de los conflictos humanos

¿Habremos, pues, de recortar en nuestro provecho el territorio vecino, si queremos tener suficientes pastos y tierra cultivable, y harán ellos lo mismo con el nuestro si, traspasando los límites de lo necesario, se abandonan también a un deseo de ilimitada adquisición de riquezas? (…) Hemos descubierto el origen de la guerra en aquello de lo cual nacen las mayores catástrofes públicas y privadas que recaen sobre las ciudades.

  Pero hay una importante diferencia (teórica, no tanto práctica) con respecto a las utopías del “socialismo científico”: Platón no cree que toda la ciudad deba convertirse a la filosofía. Solo las cualidades excepcionales de unos cuantos, que a su vez habrá sido perfeccionada por una perfecta educación, permitirá crear una clase gobernante. Todos los demás… se limitarán a beneficiarse de estos hombres (y mujeres) tan bien dotados de espíritu que se sacrificarán por aquellos a quienes han de considerar inferiores. Y para los que no son guardianes sí existirían los bienes privados.

 Si lo miramos bien, resulta un poco raro todo esto porque no parece que alcanzar el conocimiento absoluto y vivir en la perfección moral ya supongan para el filósofo suficiente recompensa, tal como se pretende. También proclamaban eso los odiosos dictadores de la “Granja animal” de George Orwell. Y observemos que, a este respecto, hay alguna contradicción que otra en el mismo diseño platónico:

A aquellos de los jóvenes que se distingan en la guerra o en otra cosa, habrá que darles, supongo, entre otras recompensas y premios, el de una mayor libertad para yacer con las mujeres

   Platón partía de dos modelos conocidos de la época que pretendía perfeccionar en su especulación filosófica.: uno era el extraño caso del reino guerrero de Esparta, donde el Estado dictaba la educación estricta de su élite guerrera, y el otro era la no menos extraña experiencia del matemático Pitágoras y sus discípulos en Crotona, cien años atrás, donde la secta de los iluminados místicos pitagóricos, sometidos a una especie de régimen disciplinario monástico, llegó a dominar una ciudad. Si a la disciplina física y social de los espartanos sumamos la disciplina intelectual y ascética de los filósofos, debió pensar Platón, tendríamos así una forma de gobierno perfecto a cargo de estos hombres extraordinarios tan cuidadosamente seleccionados.

   Parte de todo esto sería reutilizado dos mil años después, cuando muchos “philosophes” de la Ilustración encontraron seductor el totalitarismo igualitario del Imperio Turco al que ellos hubieran deseado añadir los beneficios del racionalismo. Platón, Voltaire, Sartre… todos han sido sabios que han surgido en sociedades más o menos libres pero que a su vez han admirado y envidiado los regímenes políticos que niegan la libertad. De ahí que algunos deduzcan que todo buscador de la verdad y la sabiduría alberga ambiciones totalitarias. Se puede pensar que, al fin y al cabo, si hallamos la verdad, ésta debe ser reconocida e imponerse.

  El sabio sería, por tanto, inevitablemente arrogante e incluso peligroso, por mucho que haga protestas de humildad… a la manera del mismo Sócrates.

¿Cómo podría contestar quien primeramente no sabe nada, y así lo confiesa?

  Quizá la solución a la arrogancia del sabio que dicta a los menos sabios cómo han de ser gobernados (y cómo han de ser educados los gobernantes) sea que éste reconozca, simplemente, que los que son menos sabios que él no están “preparados” para comprender la verdad. ¿Por qué obligarles a actuar si no se les puede obligar a comprender por qué deben actuar?

    En cambio, si se cree en el poder de la razón y la sabiduría, ésta a la larga se impondrá, si bien hasta entonces no tendría sentido forzar a quien equivocadamente cree también estar en lo cierto. El esfuerzo del filósofo no debe estar en violentar al ignorante, sino en mejorar la propia expresión de la verdad (“su” verdad) hasta que logre hacerse comprender por los no filósofos. Esto parece también coherente con el discurso de Platón:

No hay ninguna disciplina que deba aprender el hombre libre por medio de la esclavitud. (…) El alma no conserva ningún conocimiento que haya penetrado en ella por la fuerza

  Claro que quizás Platón no conciba que el hombre libre pueda rechazar el conocimiento de la virtud una vez se le ofrezca. Y sin embargo, Sócrates no convenció a los hombres libres de Atenas que lo juzgaron.

  De hecho, el conocimiento que alcanza Sócrates-Platón en “La República” parecería posible de refutar en cuestiones de la mayor importancia incluso ya con los elementos racionales disponibles en su tiempo. Por ejemplo, justifica la búsqueda de la virtud por las recompensas que el virtuoso ha de recibir en el mundo de ultratumba (¿no debía bastar la búsqueda de la verdad, en forma de virtud política?, ¿no es el hallazgo de la verdad la mayor recompensa del virtuoso y el filosofo?). Si toda la justificación del comportamiento virtuoso se basa en esto, entonces el edificio se derrumba fácilmente en cuanto se pongan en duda las evidencias de que tal reino de ultratumba existe.

Siendo injustos obtendremos provechos; una vez cometida la falta o transgresión, conseguiremos con nuestras súplicas que nos perdonen, y de este modo no tendremos que padecer mal alguno. «Pero en el Hades habremos de sufrir la pena por todos cuantos crímenes hayamos cometido aquí arriba, y si no nosotros, los hijos de nuestros hijos.»

   Observemos que, de todas formas, en esta idea del castigo del mal en la ultratumba (que conocían los egipcios, dos mil años antes que Platón) hay un avance en la moralidad, pues se considera que el mundo de lo sobrenatural está regido por las ideas humanas de justicia. En otros tiempos, muy próximos a Platón, subsistía la idea de que las relaciones con el mundo de lo sobrenatural no dependían tanto del comportamiento ético, sino de la magia, consistente en el desciframiento oportunista de las reglas misteriosas que rigen tales relaciones entre hombre y divinidad.

La eficacia de los ritos místicos y las divinidades liberadoras, según aseguran las más grandes comunidades y los hijos de los dioses

También se afirma en “La República”, un tanto despreocupadamente, que no hemos de inquietarnos porque en un mundo regido por la divinidad se produzca el mal: simplemente, se atribuye el mal a otras fuerzas diferentes de la divinidad.

La divinidad, pues es buena, no puede ser causa de todo, como dicen los más, sino solamente de una pequeña parte de lo que sucede a los hombres; mas no de la mayor parte de las cosas. Pues en nuestra vida hay muchas menos cosas buenas que malas. Las buenas no hay necesidad de atribuírselas a ningún otro autor; en cambio, la causa de las malas hay que buscarla en otro origen cualquiera, pero no en la divinidad.

  Se niega así la omnipotencia de la divinidad. Se entiende este planteamiento en un materialista como Aristóteles (el discípulo, sucesor y contradictor de Platón), pero no en el padre del idealismo.

  En cualquier caso, la idea platónica de sabiduría y virtud, en relación con la divinidad, lleva a rechazar, por inmorales, las leyendas mitológicas griegas. Una reacción que anticipa la actitud del cristianismo con respecto a los mitos

En cuanto a las hazañas de Crono y el tratamiento que le infligió su hijo ni aunque fueran verdad me parecería bien que se relatasen tan sin rebozo a niños no llegados aún al uso de razón, antes bien, sería preciso guardar silencio acerca de ello (…)Ni tampoco se debe hablar en absoluto de cómo guerrean, se tienden asechanzas o luchan entre sí dioses contra dioses —lo que, por otra parte, tampoco es cierto

  El cristianismo equiparará la excelencia moral de las divinidades al modelo platónico (si bien el colérico Dios del Antiguo Testamento siempre despertará algunas sospechas) pero se separará de la idea platónica de excelencia en algo muy importante: la expresión emocional. Mientras la mitología cristiana gira en torno al sufrimiento de la pasión, a fin de despertar lo que hoy llamaríamos "empatía" (particularmente, una reacción compasiva), el ideal platónico es el de la imperturbabilidad señorial. Y recordemos que son las imágenes simbólicas las que forman el sustrato psicológico profundo de las religiones.

Haremos bien en suprimir las lamentaciones de los hombres famosos y atribuírselas a las mujeres, —y no a las de mayor dignidad,— o a los hombres más viles

  Algo parecido sucede con el deseo de ocultar ciertos aspectos penosos de la realidad en la dramatización literaria de las relaciones humanas

Poetas y cuentistas yerran gravemente cuando dicen de los hombres que hay muchos malos que son felices mientras otros justos son infortunados

  El rechazo a la debilidad emocional, su sustitución por una racionalidad heroica, masculina e impasible, aparecen también en el rechazo platónico a la sensualidad (amor platónico)

¿Puedes citarme algún otro placer mayor ni más vivo que el placer venéreo? (…) ¿Y no es el verdadero amor un amor sensato y concertado de lo moderado y hermoso? (…) No hay que mezclar con el verdadero amor nada relacionado con la locura o incontinencia (…) Tendrás que dar a la ciudad que estamos fundando una ley que prohíba que el amante bese al amado, esté con él y le toque sino como a un hijo, con fines honorables y previo su consentimiento, y prescriba que, en general, sus relaciones con aquel por quien se afane sean tales que no den jamás lugar a creer que han llegado a extremos mayores que los citados. Y, si no, habrá de sufrir que se le moteje de ineducado y grosero.

  Y, finalmente, si en Platón encontramos carencias propias del hombre de la Antigüedad, encontramos también la base de la modernidad sobre todo en lo que se refiere a la maleabilidad de la psicología humana: el conocimiento, la educación y la capacidad de influenciarnos los unos a los otros mediante el ejemplo y la emulación tienen el poder de transformarnos. El ser humano es universal: la generación del mal, la aceptación del bien, la corrupción, operan todos sobre el mismo ser humano, condicionado por un entorno creado por la misma sociedad de sus semejantes.

Las almas mejor dotadas se vuelven particularmente malas cuando reciben mala educación

¿Crees que una ciudad o un ejército, o unos piratas, o unos ladrones, o cualquiera otra gente, sea cual sea la empresa injusta a que vayan en común, pueden llevarla a cabo haciéndose injusticia los unos a los otros? (…) Hay en ellos cierta justicia que les impide hacerse injuria recíprocamente al mismo tiempo que van a hacerla a los demás (…) Se lanzan a sus atropellos corrompidos sólo a medias por la injusticia.

lunes, 23 de junio de 2014

“El círculo expansivo”, 1981. Peter Singer

  “El círculo expansivo”, del filósofo Peter Singer, se ha considerado el primer libro extenso que intenta contrastar las posibles implicaciones de la “sociobiología” en nuestra comprensión de la ética.

 La sociobiología (que se corresponde más o menos con lo que hoy también se llama “psicología evolutiva”) se da a conocer a partir del libro del mismo título de E. O. Wilson, en 1970, pero su propuesta no es muy diferente de las del mismo Darwin acerca de que las pautas instintivas del comportamiento humano habrían evolucionado a partir de las de nuestros antepasados prehumanos. De ese modo, sería posible rastrear las características básicas de los comportamientos humanos innatos, los instintos, y así conocer mejor de qué forma podemos controlarlos en lo que tengan de antisociales según la forma de vida que aceptamos hoy. Este control de los instintos para favorecer el bien común es de lo que trata el razonamiento ético.

  Porque, evidentemente, nuestros antepasados prehumanos y nuestros primeros antepasados humanos llevaban una forma de vida que desde nuestro punto de vista moderno no resultaría envidiable. ¿Nos puede ayudar la ciencia a mejorar el control ético y con ello hacer una sociedad mejor?

El sueño de una ética científica es viejo, pero ha rendido poco fruto.

   Según Singer

EO Wilson pretende que la teoría de la selección natural ha de ser utilizada para explicar la ética “en toda profundidad”. En el capítulo final de su libro “Sociobiología” sugiere que con el tiempo se podría arrebatar la ética a los filósofos y asignársela a los científicos. 

   Peter Singer, que es filósofo, acepta que

el punto de vista sociobiológico nos dice algo importante sobre la ética, algo que podemos usar para conseguir una comprensión de la ética mejor de lo que hasta ahora ha sido posible. Mostrar qué es esto y cómo puede ser combinado con lo que tiene sentido en las teorías filosóficas de la ética es el objeto de este libro. 

   Comencemos con la constatación de que la ética no se contradice radicalmente con muchos de los instintos de los mamíferos sociales:

Un grupo social no puede permanecer unido si  sus miembros hacen frecuentes e incontrolados ataques los unos contra los otros. 

En qué momento un patrón de control hacia los demás miembros se convierte en una ética social es difícil de decir. Pero la ética probablemente comienza en estos patrones de comportamiento pre-humanos.

  La clave del comportamiento ético es el comportamiento altruista:

Si definimos comportamiento altruista como el que beneficia a otros representando un coste para uno mismo, el altruismo en los animales no-humanos está bien documentado.

  Puede ser el caso del auxilio a congéneres heridos, o las llamadas de aviso al resto del grupo en caso de que aparezca un depredador, o el reparto de la comida…

El altruismo intriga a los sociobiólogos. Wilson lo llama “el problema teórico central de la sociobiología”. Es un problema porque tiene que ser considerado dentro del marco de la teoría de Darwin de la evolución. Si la evolución es una lucha por la supervivencia, ¿por qué no ha eliminado a los altruistas, que parecen incrementar la perspectiva de supervivencia de los otros al coste de la propia?

  La biología evolutiva nos da una explicación racional del altruismo. Comenzando por que

la base real de la selección no es la especie, tampoco algún grupo pequeño, ni siquiera el individuo. Es el gen. Los genes son responsables de las características que heredamos. Si un gen hace que los individuos desarrollen algún rasgo que incrementa sus posibilidades de sobrevivir y reproducirse, ese tipo de gen sobrevivirá él mismo en la siguiente generación; si un gen reduce las posibilidades de dejar descendencia para aquellos individuos que lo llevan, ese tipo de gen mismo morirá con la muerte de su portador individual. 

  Y entonces…

En términos genéticos mis hermanos están tan cercanamente relacionados conmigo como mis hijos; no hay un significado especial en el hecho de que los genes que mis hijos comparten conmigo se han replicado gracias a mi cuerpo mientras que no ha sido así con los que comparto con mi hermana. En cualquier caso, ayudar a mis hermanos y hermanas ampliará las perspectivas de supervivencia de mis genes, de la misma forma que ayudando a mis hijos. (…) Esta es la base del altruismo de parentesco: la tendencia genéticamente basada en ayudar a los parientes de uno.

El altruismo de parentesco no implica que los animales saben cómo de próximamente emparentados están los unos con los otros –que ellos puedan distinguir hermanos de medio hermanos, o primos de animales sin parentesco. La teoría dice solo que los animales actúan aproximadamente como si fueran conscientes de esta relación.

  Por lo tanto, solo un ignorante puede considerar que la bondad, la generosidad y el sacrificio son antinaturales…

  Ahora bien, las necesidades éticas de nuestra sociedad no son ya las de nuestros antepasados cazadores-recolectores, cuya carga genética portamos (aunque no han de descartarse pequeños cambios evolutivos más recientes…), y por eso ya no nos basta con los resultados de la cooperación social que se daba entre nuestros antepasados humanos remotos en cuanto a que mantenían vínculos de parentesco.

  Lo que está claro es que, mientras más altruistas seamos, más se favorecerá cualquier tarea que exija la cooperación y esto nos beneficiaría a todos (es decir, favorecería la supervivencia de la especie y, por tanto, la propagación de los genes). El desarrollo ético debe llevarnos a incrementar las conductas altruistas lo más posible. También para quienes no son parientes nuestros.

Las personas que están motivadas altruistamente serán unos socios más fiables que aquellas que están motivadas por el propio interés.

  Veamos cómo comienza a ser regulado el comportamiento ético.

Uno puede tomar las nueces que otros miembros de la tribu han recogido, pero no permitir que nadie toque las suyas y será preguntado por qué los dos casos son diferentes (…) Yo puedo decir, por ejemplo, que mis hazañas como guerrero me justifican para tomar una parte mayor del total de nueces (…) La necesidad de revestir mi justificación con una apariencia de imparcialidad proporciona un significante comienzo al desarrollo del razonamiento ético

  El altruismo excesivo de dejar nuestras posesiones a todo el que las desee nos llevaría a una escasez suicida, de la misma forma que un egoísmo excesivo nos llevaría al conflicto con quienes no quieren verse perjudicados. Esta situación tan sencilla ya exige un control, y este control necesita expresarse racionalmente. El razonamiento ético hace uso entonces de dos principios que ya están esbozados en la historia del reparto de las nueces. Uno de ellos parece instintivo, y es la reciprocidad:

Si uno puede conseguir que se le rescate sin tener que rescatar él mismo a nadie, parece la mejor estrategia desde un punto de vista egoísta. ¿Por qué no sucede esto? ¿Qué es lo que asegura que esta forma de altruismo sea recíproca? A cierto nivel, la respuesta a esta pregunta podría ser que los individuos pueden recordar quién los ha ayudado y quién no, y que ellos no ayudarán a nadie que se ha negado a ayudar. Los que engañan, los que son ayudados pero se niegan a ayudar a nadie, nunca prosperan porque sus engaños son apercibidos y castigados. Si esto es correcto esperaríamos que el altruismo recíproco solo se diera entre individuos capaces de reconocer a otros individuos, clasificándolos entre quienes ayudan y quienes no. La reciprocidad podría no requerir poderes de raciocinio, pero sí requeriría inteligencia (…) El altruismo recíproco es más común –y probablemente está limitado a ellos- en los pájaros y los mamíferos. 

   El otro principio es que el mantenimiento de la norma ha de partir del “desinterés” (o “imparcialidad”) de quienes la hacen cumplir.

El “desinterés altruista” dentro de un grupo implica el rechazo del razonamiento puramente egoísta. Para razonar éticamente tengo que ver mi propio interés como solo uno entre los muchos intereses de los otros. (…) Una vez que he llegado a ver mis intereses y los de mis parientes y vecinos como no más importantes, desde el punto de vista ético, que los de los demás dentro de mi sociedad, el siguiente paso es preguntarme por qué los intereses de mi sociedad deben ser más importantes que los intereses de otras sociedades.

  Y aquí es donde llegamos a la idea del “círculo expansivo”: el altruismo y la reciprocidad en sí son instintivos, los practican los otros mamíferos y no exigen razonamiento puesto que operan a un nivel inmediato de nuestras relaciones sociales, pero la cosa se complica cuando encontramos la idea de que el diseño de las normas éticas debe proceder de un punto de vista abstracto en el cual el individuo que juzga no esté personalmente implicado: no es que yo quiera quedarme con las nueces: es que objetivamente me las merezco (o eso pretendo hacer creer...).

  La comunidad humana ha ido más allá de los límites de la “Horda primitiva” (ciento cincuenta individuos como máximo, según el cálculo del profesor Robin Dunbar acerca del número de miembros que componían los primeros grupos de cazadores-recolectores humanos) y ya no bastan los juicios espontáneos de aprobación al altruismo instintivo o de reprobación a la no observancia de la reciprocidad instintiva en un entorno de proximidad. El grupo mayor, donde ya no nos conocemos todos personalmente, exige el esfuerzo mental de imaginar un punto de vista ajeno, sin implicación personal en los sucesos que observamos.

El razonamiento ético, una vez puesto en marcha, empuja contra nuestros inicialmente limitados horizontes éticos, llevándonos siempre hacia un punto de vista cada vez más universal.

  Las consecuencias de este cambio son espectaculares y aún las estaríamos viviendo. La complejidad de las normas éticas, al exigirnos la objetividad, la abstracción y el raciocinio propios de juzgar “con desinterés” (o “imparcialidad”) situaciones en las que entran en conflicto los intereses ajenos acaba transportándonos a la idea platónica del Bien Absoluto.

La razón yendo más allá de los límites de la moralidad de las costumbres es clásicamente encarnada por la vida y muerte de Sócrates. (…) Las mismas costumbres son puestas en cuestión, de la misma forma que Sócrates puso en cuestión los estándares aceptados en su época. (…) La capacidad para tomar la perspectiva de un extranjero puede tener algo que ver con ello. Desde el punto de vista del forastero, las costumbres de mi sociedad aparecen solo como una entre un número de posibles sistemas diferentes. Así se pierde su sentido de natural corrección e inevitabilidad. 

   Como bien observó ya Platón, incluso los bandidos necesitan atenerse a ciertas reglas éticas (el problema es que los bandidos con frecuencia no respetan sus propias reglas y, según parece, algunas sociedades primitivas guerreras, tampoco).

Los valores son inherentemente prácticos: valorar algo es considerar que existe una razón para promoverlo.(…) Las reglas morales deben ser recomendadas al grupo partiendo de la base de que sus consecuencias son buenas para el grupo.

 Entre los primitivos…

Las obligaciones están limitadas a los miembros de la tribu; los extranjeros tienen muy pocos derechos o ninguno en absoluto. Matar a un miembro de la tribu está mal y será castigado, pero matar a un miembro de otra tribu que sucede que te has cruzado en el camino es laudable.

  Y a medida que se produce la evolución de las costumbres ( o “evolución cultural”)…

El círculo del altruismo se ha ensanchado desde la familia y la tribu a la nación y la raza, y estamos comenzando a reconocer que nuestras obligaciones se extienden a todos los seres humanos.

El razonamiento es inherentemente expansionista. Busca aplicación universal. (…) Dejada a sí misma, la razón se desarrollará a partir de un principio similar al de la evolución biológica. (…) Una vez que la razón se ha puesto en marcha es difícil decir dónde se detendrá. 

Generación tras generación no habrá progreso, pero entonces repentinamente se dará una mutación que se demostrará como mejor adaptada.

  Ahora bien, ¿por qué mecanismo llega a producirse el cambio ético?, ¿por el mero “uso de la razón”?

   De lo que estamos hablando al tratar de las “mutaciones del razonamiento” (por ejemplo, considerar que nadie tiene derecho a hacer esclavo a otro) es de cambios culturales, cambios de comportamiento emocionalmente motivados y racionalmente fundamentados en creencias ideológicas compartidas por el grupo social (todos los seres humanos somos hermanos, igualmente dotados de alma por Dios… por ejemplo).

  Pero ¿es concebible que los seres humanos cambien su comportamiento solo porque se ha difundido una “mutación del razonamiento” (que "todos los hombres somos iguales")?

Dada su concepción materialista de la historia, Marx no habría admitido que la naturaleza inherentemente expansionista de la razón jugase ningún importante papel causal en el proceso que describe; más bien él pensaba que encubría los intereses de clase de los que hacen las revoluciones. Sin embargo el final resulta ser el mismo. La propia teoría de Marx lleva a la forma más universal posible de sociedad humana, ya que contempla el comunismo como una sociedad que no está dividida ni por clases ni por límites nacionales. Aunque Marx no estaba impresionado por el poder de las ideas, la idea de universalidad tenía un arraigo poderoso en sus propios pensamientos.

   Ciertamente, el determinismo económico marxista de la lucha de clases no nos explica por qué las clases oprimidas en la época romana no pudieron lograr lo que las clases oprimidas de la era industrial acabarían logrando, por ejemplo, en la Revolución Rusa. Por qué Espartaco fracasó sin dejar siquiera herederos ideológicos. Por qué Espartaco no pudo crear una ideología política como otros creaban religiones. ¿Por qué motivo la naturaleza expansionista de la razón no se había manifestado ya en la época romana?

    Busquemos una pista para salir de este embrollo en algunas observaciones que hace Peter Singer acerca de ciertos dilemas éticos, experimentos mentales que nos muestran determinadas contradicciones en la ética aplicada: en el caso del “dilema del tranvía”, yo tengo la oportunidad de evitar que cinco personas mueran arrolladas por un tranvía si activo un mecanismo que desvía el vehículo hacia otro recorrido… lo que alternativamente causará la muerte a otra persona que se encuentra en otra vía. Normalmente, si se nos pregunta, aceptamos que se pierda una vida para que se salven cinco. Pero en otra versión del problema, yo solo puedo salvar a las cinco personas si empujo a otra desde un puente sobre la vía de modo que sea su cuerpo lo que detenga el tranvía. Y aquí, cuando se solicita la respuesta al dilema, el resultado, un tanto inexplicablemente, cambia.

Tanto en el caso de la desviación como en el caso del puente, tú provocas la muerte de una persona para salvar a cinco, pero hacerlo es correcto en el caso de la desviación e incorrecto en el caso del puente. ¿Cuál es la base de la distinción moral entre ambos casos? Abordando el problema de esta manera, los filósofos toman las intuiciones morales como correctas y buscan después justificarlas.(…) Cambiar una palanca que desvía un tren que matará a alguien no tiene mucho parecido con nada que haya podido suceder en las circunstancias en las cuales vivieron nuestros antepasados.

  Es decir, cambiar una palanca es mucho más aceptable que empujar a la muerte a una persona con nuestras propias manos debido a que no contamos con prejuicios instintivos al respecto. Con esto lo que estamos viendo es que la mera extensión del razonamiento ético no basta por sí misma: hay elementos emocionales implicados, elementos intuitivos donde se distingue lo cognitivo (lo que se hace) de lo emocional (cómo se hace). Es muy difícil asesinar a alguien con las propias manos, y por eso los nazis llegaron a elaborar sus siniestras fábricas de la muerte con cámaras de gas sobre el principio de la impersonalidad y deshumanización que distanciaba casi por completo al verdugo de sus miles de víctimas. Lo mismo sucede en el sentido contrario, el del altruismo:

Incluso la Madre Teresa, cuya obra por los desprotegidos de Calcuta parece ejemplificar universalmente el amor por todos, ha descrito su amor por los otros como amor por cada uno dentro de una sucesión de individuos más bien que “amor por la humanidad, meramente como tal”. Si fuéramos más racionales, seríamos diferentes: usaríamos nuestros recursos para salvar tantas vidas como fuese posible sin tener en cuenta si lo hacemos para reducir la cifra de accidentes de tráfico o para salvar vidas específicas, identificables.

  La concepción abstracta de la ética llega hasta el Imperativo Moral de Kant.

Kant escribió que uno no debería decir nunca una mentira, ni siquiera si un asesino llega a tu puerta preguntando si su próxima víctima se oculta en tu casa, siendo esto realmente así.

   ¡Qué exagerado parece el señor Kant! También Jesús parece un poco exagerado, con aquello de amar al enemigo y poner la otra mejilla.

  Sin embargo, estos casos de posicionamientos éticos racionalistas, no basados en prejuicios emocionales, tienen sentido a nivel social: si en el dilema de Kant puede producirse un asesinato ¿podemos a su vez imaginar el nivel de confianza y, por tanto, de cooperación eficiente que se daría en una sociedad donde nadie miente, ni siquiera en tan terribles circunstancias? Tales niveles de cooperación permitirían un incremento de la producción y eficiencia económicas que podrían dar lugar a su vez incluso a que se elaborasen estrategias capaces –o no- de salvar la vida de la persona amenazada… (Por ejemplo: podrían disponer de una tecnología de seguridad tan avanzada que asegurase la vida del fugitivo incluso si el homicida psicópata logra penetrar en la casa donde se esconde)

   Así pues, tan racional es la rigidez del Imperativo de Kant como el pacifismo absoluto y despreocupado de Jesús. El auténtico problema sería más bien superar los obstáculos emocionales que suponen ciertos instintos (por ejemplo, en el caso de perdonar una ofensa, se trataría de reprimir el deseo instintivo de venganza) y los obstáculos emocionales que nos impiden en ocasiones hacer cumplir las normas éticas hasta sus últimas consecuencias (como en el caso del dilema que presenta Kant… o en el de empujar a un inocente a la vía para salvar a cinco).

   La mejor forma de superar tales obstáculos emocionales es hacer uso de estrategias psicológicas transmitidas culturalmente que pongan en marcha impulsos emocionales altruistas que contrarresten los comportamientos irracionales, incluidos aquellos comportamientos irracionales que son de apariencia altruista (por ejemplo: me preocupa más el sufrimiento de mi perro que el de cien desconocidos). Estas estrategias han de implicar, obviamente, gratificaciones que refuercen la conducta altruista racional. Si estas gratificaciones son solo de tipo emocional, psicológico, podrían ser muy asequibles económicamente. Por ejemplo:

Los llamamientos a dar generosamente ayuda para las hambrunas y proyectos de desarrollo en países lejanos alcanzan a unos pocos, pero mucha otra gente encuentra esta forma de ayuda demasiado anónima (…) Los esquemas en los cuales invitan a la gente a convertirse en padrinos de niños pobres son una manera de superar esta barrera. En estos casos, los padrinos reciben una fotografía del niño que ayudan y se establece contacto mediante cartas.

En 1944 se dio a conocer el punto de vista de que una mayor movilidad social, una mayor discusión pública y una mayor comunicación intelectual ya estaban contribuyendo a cambiar las actitudes racistas que habían existido durante tanto tiempo en algunas partes de los Estados Unidos

  Como vemos, los obstáculos emocionales no pueden ser destruidos por el mero peso de la razón, sino solo reemplazados por fuerzas emocionales contrarias estratégicamente –intencionadamente- posicionadas en un entorno cultural. Así, la foto del niño pobre que vive en un país lejano, o así, el consumo de información en la lucha contra el racismo en Estados Unidos (dramatizada en ocasiones en la narrativa, como fue el caso de “La cabaña del Tío Tom” y los testimonios autobiográficos de algunos esclavos). Peter Singer también nos recuerda que un bien social tan valioso como la donación de sangre se obtiene muy económicamente, sin necesidad de grandes estrategias psicológicas a fin de que la gente dé algo por nada.

  En el libro, pues, se nos describe la expansión de las ideas éticas y la correspondiente expansión del círculo humano donde son comprendidas y aplicadas (grupo de parentesco primero, tribu, poblado y nación más adelante… y al final todo el mundo), pero hay que precisar que las ideas éticas se expresan como comportamientos sociales emocionalmente enraizados, y que para llevar a cabo la expansión necesitamos tanto del razonamiento ético como de la elaboración de recursos culturales que neutralicen los obstáculos emocionales (ya que lo emocional muchas veces va contra el bien común: no es raro el caso del que deja morir a cinco extraños inocentes para salvar a su hijo culpable…). Muy probablemente, el no haberse elaborado aún las ideas de igualdad más los obstáculos emocionales mencionados fue lo que impidió que la ideología de la lucha de clases triunfase ya en la época del Imperio Romano. Y muy probablemente el triunfo del cristianismo tuvo que ver con que (entre otras cosas) esta religión hablaba de que Dios valora el alma de todos y cada uno de los hombres sin distinción de clase social, nacionalidad o sexo.

   Si ambos elementos (razón y remoción de obstáculos emocionales) se desarrollan hasta sus últimas consecuencias el resultado sería una sociedad basada en principios altruistas al nivel de los altas exigencias de Jesús y de Kant. Una sociedad semejante permitiría que entre los individuos se diera una confianza mutua absoluta y, por tanto, un nivel altísimo de cooperación eficiente a nivel intelectual y económico.

  Es curioso que, a pesar de lo evidente que esto parece, no se dedica hoy el menor esfuerzo a nivel científico para el desarrollo de tal tipo de soluciones. Ni la elaboración de razonamientos éticos a nivel social ni la elaboración de recursos culturales para el control emocional son tarea de ningún poder público ni de ninguna institución científica. Y sin embargo, el mundo en el que vivimos ya es, al fin y al cabo, el resultado de tales iniciativas de desarrollo que a lo largo de la historia han conseguido disminuir en mucho los comportamientos agresivos y en consecuencia aumentar también en mucho la cooperación eficiente. Con todo, aún no hemos alcanzado la perfecta cooperación a la que todos seguimos aspirando.

  Obviamente, los avances se han producido por causa de la evolución cultural no planificada (excepto quizá un poco recientemente con la educación en un sentido humanista), cuyos  principales factores de cambio han sido las innovaciones religiosas. La religión ha elaborado razonamientos éticos (expresados en doctrina o, más antiguamente, mediante mitos) que han dado lugar a ideas, símbolos y mandamientos que a su vez han influenciado la mente humana a lo largo de siglos, permitiendo la remoción parcial de los obstáculos emocionales que se interponen entre los razonamientos éticos y la realidad social (sobre todo a partir de la aparición de las llamadas “religiones compasivas”, del budismo en adelante). La religión ha elaborado también estrategias psicológicas que han favorecido los comportamientos sociales que son consecuencia de los razonamientos éticos (el perdón, la piedad, el sacrificio…), es decir, han permitido una sensible "internalización" de las pautas éticas prosociales mediante tales mecanismos psicológicos. Entre estas estrategias están los rituales, la liturgia, la confesión, la meditación, el adoctrinamiento, el arte…

  Todo ello no son más que manipulaciones inteligentes de los propios instintos altruistas de origen animal que existen en nuestra naturaleza. Por ejemplo, la imagen de la Virgen María no es más que una evocación del amor maternal como referente para un amor universal, o el “amaos los unos a los otros como yo os he amado” busca desviar la atención de los comportamientos que son instintivamente reprobables (esos “otros” que tal vez no merezcan nuestra reciprocidad) hacia comportamientos que sí son instintivamente atractivos (el comportamiento extremadamente altruista del modelo que representa el personaje mítico de Jesús, que nos da absoluta confianza).

   Otro recurso es la compleja puesta en marcha de experiencias comunitarias de comportamiento ético extremado (autocontrol de los instintos antisociales o agresivos, promoción de los instintos prosociales o altruistas) bajo las condiciones especiales de los establecimientos monásticos o del estamento eclesiástico. Instigando a un grupo de personas escogidas a un comportamiento ejemplar y coherente puede lograrse que desarrollen pautas estables de conducta en este sentido. Estas pautas, una vez llegan a existir y son conocidas, comienzan a ser imitadas por el resto de la comunidad humana que no forma parte del grupo, de modo que toda la comunidad acaba siendo influenciada a la larga. Norbert Elías en "El proceso de civilización" demostró cómo la aristocracia era influenciada por la moral de la Iglesia, y cómo los aristócratas luego iban influenciando el comportamiento de las clases sociales inmediatamente inferiores (esto también es "expansión del círculo").

  Es una lástima que la elaboración de estos razonamientos y estas técnicas sigan hoy en manos de las antiguas tradiciones religiosas y carezcan de interés científico. El civismo laico sin duda es racional y sin duda el esfuerzo educativo obtiene algunos resultados, pero su capacidad para innovar recursos psicológicos que afecten el comportamiento emocional de los individuos es escaso y sigue basándose en modelos heredados de las tradiciones religiosas compasivas (por eso seguimos hablando de “sociedades católicas” o “protestantes” o “budistas” o “islámicas”). Mejorar las pautas de comportamiento que se derivan de estas tradiciones exigiría previamente, por supuesto, nuevas elaboraciones racionales como primer paso…

lunes, 16 de junio de 2014

“Historia del pensamiento antropológico”, 1973. Edward Evans-Pritchard

  En 1973 la antropología era una disciplina científica que incluso había ganado cierta popularidad. Era ya el momento de hacer una historia de sus primeros pensadores modernos, sobre todo de aquellos de finales del siglo XIX y principios del XX, como Emile Durkheim, Levy-Bruhl o James Frazier. Propiamente, el libro "Historia del pensamiento antropológico" está formado por una colección de diversas conferencias que Evans-Pritchard leyó en sus últimos años: sobre Montesquieu, Lord Kames, Ferguson, Millar, Condorcet, Comte, Mc Lennan, Robertson Smith, Maine, Tylor, Pareto, Levy-Bruhl, Frazier, Durkheim y Hertz. Como se verá, ni son todos hoy muy conocidos, ni son todos propiamente “antropólogos”, pues a Montesquieu y a Condorcet los relacionamos con los "“philosophes”" de la Ilustración y a Henri Comte se le recuerda como “padre de la sociología”. No aparecen nombres como Franz Boas ni Bronislaw Malinowski.

  Observemos cómo se planteaba el estudio del ser humano hace cien años

Kames escribió un libro que pretendía ser una historia del hombre en su avance desde el salvajismo hasta la más alta civilización y el progreso. Aceptaba, como Montesquieu, que el clima influía en el carácter de los pueblos, pero creía en las diferencias raciales innatas. Daba una gran trascendencia a la propiedad privada como medida de progreso social.  Dio una original importancia al progreso de las mujeres como medida de avance social. 

  No son cosas disparatadas. Es cierto que la influencia del clima se veía entonces de una forma simplista, pero el condicionamiento del entorno forzosamente había de influir en las reglas de la convivencia. El error acerca de las diferencias raciales innatas tardaría bastante en superarse.

  Otra idea que emerge con fuerza es la de la relevancia de la religión como referente último de las pautas culturales de una sociedad en concreto

Comte consideraba que la religión era la madre de la cultura y el orden social. El protestantismo y las concepciones metafísicas tuvieron que existir porque socavaron la sociedad católico-feudal y provocaron el surgimiento del nuevo orden positivista, al que había que considerar terminal como la dictadura del proletariado y la desaparición del Estado son consideradas por los marxistas como la situación final.
  
La idea de un movimiento continuo y concreto en una dirección fue provocada por primera vez, según Comte, por el cristianismo.

  Todavía hoy el concepto de religión de Emile Durkheim es considerado uno de los más acertados de todos

Seguramente fue de Comte de donde Durkheim derivó su teoría de la religión, de que es la sociedad lo que los hombres veneran cuando es a los dioses a quienes creen adorar. 

   Auguste Comte, que falleció en 1857,  influyó también en que

Durkheim adoptó en gran parte la misma posición de que no hay lugar para una ciencia intermedia entre la ciencia orgánica y las ciencias sociales

Lo que Comte quería decir principalmente con “filosofía positiva” era que al indagar la naturaleza de la vida social habíamos de ser rigurosamente científicos y basar nuestros procedimientos en el modelo de las ciencias naturales que ya estaban establecidas.

   Evans-Pritchard parece muy interesado en Comte, un personaje un tanto extraño a ojos de la mayoría de los críticos actuales. Él lo considera un estudioso de las ciencias sociales más propio del siglo XX que del XIX. Aunque sin duda era bastante del siglo XIX en sus ideales utópicos, como cuando diseñó su “Religión de la Humanidad”

Con su propio calendario litúrgico y sus sacramentos (para Comte, el culto precedía al dogma) que estaba copiada de la estructutra de la Iglesia de Roma. (…) Su nueva sociedad regida por industrialistas en vez de guerreros, y científicos en vez de sacerdotes, en representación de los poderes temporal y espiritual (otra de las nociones que Comte tomó de la época medieval), iba a estar regulada a una escala que los comunistas envidiarían.

   Veamos otro  caso: el estudio de las formas de la familia según otro autor del siglo XIX, Mc Lennan (muerto en 1881)

En su libro “Primitive Marriage”, Mc Lennan desarrolló la teoría de que el origen de la ceremonia matrimonial está en un rapto.  La forma simbólica es una supervivencia de la forma real primitiva. El rapto era una necesidad de la exogamia, el buscar mujeres fuera del propio grupo para evitar la endogamia.  La exogamia ha prevalecido por la práctica primitiva del infanticidio de las hembras, común entre los salvajes debido a las difíciles condiciones de subsistencia. Eso llevó al rapto de las mujeres de los pueblos con los que se mantenía una guerra constante y a la poliandria, por escasez de mujeres dentro del grupo. Pensaba que la poliandria quedaba probada por causa del parentesco a partir de las mujeres (una mujer puede ser madre de hijos de distintos hombres). Pero hoy sabemos que la poliandria es muy rara.  El levirato (casarse con la cuñada viuda), según Mc Lennan, es una supervivencia de la poliandria primitiva.

  No se equivocaba tanto Mc Lennan en la conexión con el levirato porque el más conocido de entre los raros casos de poliandria que se han registrado se trata precisamente de hermanos que comparten (en vida) a una misma mujer.… Y parece cierto que la comunidad de varones que buscan hembras fuera del grupo (algo muy raro en los mamíferos no humanos) es una de las características fundamentales del comportamiento social primitivo. Ahora sabemos que los Neandertales también construían sus grupos familiares a partir de varones emparentados que se procuraban mujeres forasteras (por intercambio o por violencia…).

  Ya entrando en los autores del siglo XX, aparecen las primeras reflexiones acerca del funcionamiento del procesamiento cognitivo como un hecho diferenciador del comportamiento humano en las distintas culturas

Levy-Bruhl creía que existía una mentalidad primitiva claramente diferenciada de la mentalidad civilizada.  Los civilizados estamos dirigidos por la lógica, en el sentido de que normalmente buscamos las causas de los fenómenos en los procesos naturales, e incluso cuando nos enfrentamos a un fenómeno para el que no tenemos explicación damos por supuesto que es porque carecemos de os conocimientos suficientes. En el pensamiento primitivo todo está dirigido por lo sobrenatural. Pero hoy no se acepta esta visión de dos tipos de mentalidades diferentes. Hoy se piensa que Levy-Bruhl presentó a los primitivos como más supersticiosos y místicos de lo que en verdad son.

  La descripción de la magia y el procesamiento de lo sobrenatural sería también realizada hace más de cien años y en buena parte sigue siendo válida hoy. Por supuesto, hoy sabemos más, porque hemos podido encontrar las raíces de la percepción de lo sobrenatural en nuestra propia naturaleza humana

Para Tylor y Frazer el hombre primitivo cree en la magia porque razona incorrectamente a partir de sus observaciones, para Levy-Bruhl razona incorrectamente porque su raciocinio está determinado por las representaciones místicas de su sociedad. El individuo aprende los modelos de pensamiento en los que se establecen las conexiones místicas.

Frazer describe cómo opera la magia en base a dos principios básicos: la de que lo semejante atrae lo semejante, y la de que todo lo que está en contacto sigue siempre en alguna medida en contacto.  Frazer incluirá la cuestión del tabú como “magia negativa”. 

Frazier se equivocaba al clasificar evolutivamente los pueblos más primitivos, evolucionando de la magia a la religión y después a la ciencia. Hoy vemos que hay pueblos primitivos que apenas conocen la magia y otros que, siendo muy primitivos, ya son animistas y creen en los espíritus.  La magia es un sistema de rituales más que una serie de asociaciones mentales entre los fenómenos. Pero sí podemos decir que la magia es una técnica propia de pueblos simples.

  En resumen, y según el prólogo del libro a cargo de André Singer, colaborador de Evans-Pritchard:

La importancia de esta revisión de Evans-Pritchard del pasado de la antropología, de estos ensayos sobre diversos antecesores, escritos o concebidos en momentos sumamente diferentes de su carrera y su desarrollo, consiste en que esclarecen su propio punto de vista sobre la relación de su trabajo con el desarrollo de la disciplina.

  Y nos plantea algunas de las cuestiones fundamentales que ocuparon al autor de esta recopilación de críticas a sus predecesores

¿Es la sociedad la consecuencia de nuestros rasgos individuales o al revés? ¿Pueden los seres humanos vivir sin el Estado? ¿Es universal la razón o está vinculada al orden social?

  Para el lector actual, leer sobre Comte, Condorcet o John Millar (éste, fallecido en 1801) nos retrotrae a una época  muy lejana en el tiempo, una etapa que nos parece incluso tenebrosa (con esclavitud, racismo, analfabetismo, maltrato legal a mujeres y niños) en la que una minoría de individuos, preservados en un entorno académico muy restringido (prácticamente, todos se conocían unos a otros), gozando de la protección de unos cuantos  privilegiados del poder político que habían visto algo en ellos, de acuerdo con una lejana tradición de respeto al conocimiento, aportaron una reflexión lúcida acerca de la naturaleza humana a fin de contribuir a la mejora y superación de las terribles contradicciones entre las flaquezas humanas (la parte “instintual” del ser racional) y sus posibilidades futuras de progreso (la parte “cultural” del ser humano).

  Algunos de entre estos hombres, como Comte o Condorcet, fueron apasionados idealistas que buscaron la utopía, otros, como Millar o Mc Lennan, fueron apacibles estudiosos de mentalidad progresista, un poco tal como imaginamos todos a Charles Darwin. Ellos cimentaron, artículo a artículo, libro a libro, una visión del ser humano como especie universal, sin distinción entre el “primitivo” y el “civilizado”, un estudio honesto y profundo del comportamiento humano mediante el almacenamiento de datos, la comparación, la inducción y la reflexión ponderada. Sus descubrimientos han llegado finalmente a los medios de comunicación de masas y en buena parte siguen siendo aceptados hoy por la gran mayoría de personas cultas.

lunes, 9 de junio de 2014

“El pasado de una ilusión”, 1995. François Furet.

  Poco tiempo después del derrumbe del bloque soviético, el profesor ex comunista François Furet escribió este largo ensayo acerca de la relevancia  del fracaso del marxismo.

  Aunque se trata de un libro de historia que no profundiza desde un punto de vista psicológico en la naturaleza humana que se ha visto seducida por la utopía socialista, este ensayo sí hace agudas observaciones acerca del origen de estos fenómenos políticos que tantas expectativas humanistas despertaron en el pasado.

  Ante todo, la observación de que el origen del socialismo, en todas sus formas, se encuentra en la democracia.

El atractivo principal del marxismo-leninismo se encuentra, desde luego, en su universalismo, que lo emparenta con la familia de las ideas democráticas, con el sentimiento de igualdad de los hombres como resorte psicológico principal.

La democracia genera, por el solo hecho de existir, la necesidad de un mundo posterior a la burguesía y el capital, en que pudiese florecer una verdadera comunidad humana.

  La sociedad democrática es una derivación cultural del surgimiento de la clase social de la burguesía… que, a su vez, es contemplada como oponente misma de la democracia y la igualdad social.

La burguesía es el otro nombre de la sociedad moderna. Designa a la clase de hombres que, con su libre actividad, han destruido progresivamente la antigua sociedad aristocrática fundada en las jerarquías del nacimiento.

El burgués es infiel a sus propios principios, ya que al limitar el derecho de voto para todos traiciona la Declaración de los Derechos del Hombre

El burgués es este hombre falso que pretende haberse liberado de Dios y de la tradición y haberse emancipado de todo pero que es esclavo de sus intereses; ciudadano del mundo pero egoísta feroz en su patria 

Los jacobinos franceses de 1793, que supuestamente inauguraron el reino de la burguesía, ofrecen el primer ejemplo en masa de burgueses que detestan a los burgueses en nombre de principios burgueses.

  Con las contradicciones de la burguesía aparecen las ideologías políticas

Antes del siglo XX no hubo ningún gobierno ni régimen ideológico. Podrá decirse, acaso, que Robespierre esbozó este proyecto en la primavera de 1794, con la fiesta del Ser supremo y el gran Terror. Pero esto no duró más que algunas semanas

   Antes de la ideología política, la justificación última de la acción política se encontraba en la religión (también se podría hablar en algunos casos de "ideología religiosa"). La religión se fundamenta en la experiencia de los supuestos hechos del espíritu, mientras que la ideología política se fundamenta en la historia.

Es en el siglo XIX cuando la historia remplaza a Dios en la omnipotencia sobre el destino de los hombres, pero sólo en el XX se verán las locuras políticas nacidas de esta sustitución.

   Otra consecuencia política de que la historia sustituya a la religión como fundamento político es el nacionalismo

La idea de nación conjura la angustia al sugerir la unidad. Es una idea antigua que se reformula en el contexto moderno

   Finalmente, aparece un elemento vitalista, psicológico, en este nuevo mundo donde la religión pasa a segundo plano: el voluntarismo, la voluntad libre

Al culto de la voluntad, herencia jacobina pasada por el filtro del populismo ruso, añade Lenin las certidumbres de la ciencia, tomadas de "El Capital". La revolución recupera en su arsenal ideológico ese sustituto de religión que tanta falta le hizo a finales del siglo XVIII en Francia.

   Esta característica de la voluntad supuestamente libre es necesaria por el simple hecho de que, al desaparecer la intervención divina en el alma, ésta tiene que recurrir a exaltar su propia naturaleza individual: ya no puede ser que Dios lo quiera y nos dé fuerzas: estamos solos (en la historia), pero se nos dice que podemos cambiar el mundo por nosotros mismos (si comprendemos la historia mediante la razón).

   Estas actitudes  de ruptura con la faceta más conformista del estado burgués acabarán llevando, desde la democracia, a las ideologías autoritarias

Son antiguas las complicidades entre el socialismo y el pensamiento antiliberal y hasta antidemocrático. 

En el fascismo existe, como en el comunismo, una idea del porvenir fundada sobre la crítica de la modernidad burguesa

  Quizá la pregunta sea entonces: ¿cómo es posible que las ideologías democráticas acaben desembocando en ideologías autoritarias en nombre de tales principios democráticos? Quizá también la respuesta se encuentre en que toda ideología, en el fondo, es autoritaria… (o quizá no)…

La ideología es lo que permite unir, mediante sentimientos compartidos, a los ciudadanos aislados y hacerles reconocer por jefe al que sabe traducir los imperativos en emociones colectivas.

Por ideologías yo entiendo aquí aquellos sistemas de explicación del mundo por medio de los cuales la acción política de los hombres adquiere un carácter providencial, con exclusión de toda divinidad. En ese caso, Hitler por una parte y Lenin por la otra fundaron regímenes que antes de ellos eran desconocidos. (…) Proveyéndolos de una creencia, la ideología los ha liberado de todo escrúpulo respecto a los medios 

  Furet denuncia como absurda la creencia  en el mal intrínseco del capitalismo (desigualdad económica) que el socialismo ha intentado, sin éxito, derrocar.

La célebre fórmula de Horkheimer: “El que no tiene nada que decir sobre el capitalismo debe callarse también sobre el fascismo”. Los marxistas de la escuela de Francfort no dejan de machacar esta idea falsa, que sin embargo alimentó a tantos pensadores políticos de la posguerra

   El régimen soviético todavía obtuvo buena parte de su crédito en la posguerra (cuando sus crímenes ya no eran negados por apenas nadie en occidente) por el hecho de seguir siendo anticapitalista: puesto que el capitalismo era el mal absoluto tanto como el antifascismo llegó a ser el bien absoluto, el marxismo siempre tendría una ventaja moral pese a todos sus excesos (una especie de fijación "en lo estructural", al estilo de una deontología). Este planteamiento es objeto de interés en este libro, porque

el fin del mundo soviético no modifica en nada la exigencia democrática de otra sociedad, y por esta misma razón se puede apostar a que esta enorme quiebra continuará gozando, en la opinión del mundo, de circunstancias atenuantes, y tal vez, incluso, un día volverá a ser admirada. No digo que, dada la forma en que ha muerto, la idea comunista pueda renacer. No cabe duda que la revolución proletaria, la ciencia marxista-leninista, la elección ideológica de un partido, de un territorio y de un imperio han agotado sus posibilidades con la Unión Soviética. Pero la desaparición de esas figuras familiares de nuestro siglo sólo pone punto final a una época, mas no agota el repertorio de la democracia.

  A lo que parece, es un exceso considerar la ideología, la democracia y el anticapitalismo en el origen de los males del totalitarismo. Ante todo, porque el totalitarismo ya aparece en las sociedades neolíticas, donde los reyes-dioses crean el culto a la guerra, el sacrificio y la división en clases. Las sociedades neolíticas (con las que nazis y soviéticos guardan ciertas semejanzas) no tenían ideología, sino que sustentaban sus creencias en los mitos, pero igualmente creaban un entorno cultural dentro del cual se imponía el monopolio de la fuerza y se instrumentalizaba al individuo para el cual solo quedaban tres opciones: o el sometimiento y acomodamiento dentro de la masa, o la picaresca y la subversión para salir de este rígido control, o el incorporarse a las élites dominantes.

  ¿La ideología es especialmente adecuada para implantar regímenes totalitarios? Tal vez se trate más bien de que el totalitarismo de la sociedad ilustrada solo puede llegar a existir si es de tipo ideológico...

La Alemania en donde la elocuencia de Hitler obtiene sus primeros triunfos es la nación más culta de Europa. Así, el fascismo no tiene su cuna en sociedades arcaicas, sino en las modernas, en las que el marco político y social tradicional ha perdido súbitamente mucha de su legitimidad. (…) La educación o el enriquecimiento no necesariamente producen comportamientos políticos más racionales. 

   ¿Cómo reimplantar el autoritarismo si no es mediante creencias que digan fundamentarse racionalmente?

Lenin, prisionero de su marxismo simplista, está convencido de que en la dictadura revolucionaria del proletariado y de los campesinos pobres —la receta rusa de la toma del poder— será “mil veces más democrática”, como escribe, que la más democrática de las repúblicas parlamentarias. ¿Cómo podría no serlo, puesto que el capitalismo no existirá ya? Una vez desaparecidas la explotación del trabajo y la enajenación del trabajador se habrá dado un paso decisivo hacia la verdadera libertad de los hombres.

  Para llegar al totalitarismo de siempre, creencias religiosas y tradiciones míticas ya no son viables: solo la ideología hará factible el totalitarismo en la civilización ilustrada. No se trata de que todas las ideologías lleven al totalitarismo, puesto que sin formulación ideológica la democracia tampoco podría haber llegado a existir, sino de una particular ideología que adapta las tendencias tribales -más bien neolíticas- totalitarias a la Era Moderna. Un paso quizá inevitable en el proceso civilizatorio... pero no en la buena dirección.

  Sin embargo, no debemos reprochar demasiado duramente a quienes se aferraron al dogma del mal intrínseco del capitalismo y la desigualdad. Lo que sí hay que advertir es que no se trata de hacer una elección entre anticapitalismo totalitario y  aceptación del capitalismo, sino más bien aceptar que el que el capitalismo sea humanamente rechazable no quiere decir que todo anticapitalismo sea bueno.

  Quizá deberíamos aceptar el capitalismo solo en la medida en que se trata de un sistema económico y social que se da “por defecto (es decir, si no se organiza nada para evitarlo, siempre aparecerá el capitalismo en una sociedad tecnológicamente desarrollada)”. El capitalismo -la desigualdad económica-, por su parte, no es una ideología, sino una manifestación controlada de los instintos antisociales del hombre primitivo que hay en nosotros: el cazador-recolector que vivía en hordas de poco más de cien personas no vivía en el paraíso igualitario, sino que se hallaba constantemente bajo la vigilancia de sus medio-parientes para que su búsqueda instintiva de acumular prestigio y privilegios no quebrase el orden social. Esta conducta competitiva fue regulada por el autoritarismo político en las sociedades avanzadas... y se encontró hasta cierto punto liberada con el capitalismo (en tanto que el beneficio particular promueve indirectamente el beneficio común y en tanto que el capitalismo favorece en mayor medida la movilidad social, la competitividad capitalista recibe cierto reconocimiento moral).

   Sustituir al capitalismo solo podrá hacerse eficazmente no tanto cuando surjan nuevas ideologías políticas (es probable que el socialismo haya agotado todas sus fórmulas), sino cuando surjan nuevas ideologías no-políticas (¿religiosas?) capaces de condicionar el comportamiento humano en un sentido plenamente cooperativo y antiagresivo. Y esto sí estaría relacionado con la educación y el progreso tecnológico ("tecnología" equivale a enriquecimiento económico).

  Quizá sea interesante considerar que la democracia norteamericana no vivió las tentaciones totalitarias de la democracia europea. ¿Fue quizá debido a que partió de una reforma religiosa de tipo democrático, y no de un reformismo democrático laico, como en Francia? Al haberse producido un cambio religioso previo de tipo democrático, la aceptación de las libertades políticas habría sido ya previamente interiorizada por los individuos.

El capitalismo ha sido menos la creación de una clase que de una sociedad, en el sentido más global del término. Su patria por excelencia, los Estados Unidos, no ha tenido burguesía, sino un pueblo burgués, lo que es totalmente distinto (…) Sin un Antiguo Régimen al cual vencer, los estadounidenses amaron la igualdad como un bien del que siempre se ha gozado

   Para finalizar, merece la pena observar de cerca cómo el autor contempla el caso del supuesto contraste Lenin/Stalin

A Lenin le corresponde la dictadura del partido identificada con la dictadura del proletariado. También a Lenin le corresponden el terror, el desprecio a las leyes, la confusión del partido y el Estado. Y también la pasión sectaria del debate ideológico, la idea aristocrática del partido que está en el origen mismo de los bolcheviques. (…) Y sin embargo, en el partido de Lenin aún se discutía. El partido totalitario, combinación de ideocracia y de Estado terrorista, empeñado en liquidar a su vieja guardia, es obra de Stalin.

Verdad también que en el X Congreso, en 1921, [Lenin] había hecho votar la prohibición de las corrientes. Pero vivió toda su vida de militante en apasionados debates de doctrina y de política. Hasta se encontró en minoría en momentos decisivos, como antes de Brest-Litovsk. La autoridad supereminente que adquirió en el movimiento bolchevique, se debió a que él llevó al partido al poder, y no a que él hubiese formado un aparato para su propia devoción. 

  Hay aquí una estimación que parece peligrosa, porque, en el fondo, se sigue viendo a Stalin como el manipulador tosco y brutal de un leninismo autoritario pero aún inteligente y fiel a la ideología democrática. Si consideramos a Lenin (o a Trotsky o al Che Guevara o a Mao… o a Castro) como “mejores” que Stalin corremos el riesgo de que surjan nuevas ideologías autoritarias en tanto que seguirían siendo admiradas por tratarse de inteligentes movimientos anticapitalistas  ("apasionados debates de doctrina y de política").

  ¿Lenin no creó el partido “para su propia devoción”? Pero puesto que el fin justifica los medios, sin duda que Lenin hubiera igualmente promovido la devoción a su propia persona tanto como la eliminación de los "apasionados debates" si con ello hubiera visto que esto era conveniente para el mantenimiento de su régimen. El que Lenin muriese solo unos pocos años después del triunfo de la revolución ha creado el espejismo de lo contrario.

   Stalin no dio un golpe de estado para apropiarse ilegítimamente de la revolución de Lenin y Trotsky, sino que, de forma natural, demostró ser el más hábil, el más evolucionado, para apoderarse del sistema que ellos crearon.

  Desde el momento en que Lenin acepta el terror (lo instaura personalmente, según consta en documentos), disuelve el parlamento y prohíbe el resto de opciones políticas, no es menos totalitario que Stalin.

 No debemos pensar que esos "debates" dentro del Partido de Lenin eran otra cosa que los preámbulos a la dura lucha entre facciones internas del régimen totalitario de la cual solo podría surgir un vencedor. De haber vivido más años, Lenin hubiera ocupado el lugar de Stalin.

lunes, 2 de junio de 2014

“Qué nos hace humanos”, 2003. Matt Ridley.

  El zoólogo y gran divulgador Matt Ridley quiere mostrarnos en su ensayo, dirigido al gran público pero nada escaso de pormenorizadas exposiciones científicas, que a la hora de reflexionar acerca de la naturaleza humana sería conveniente evitar el maniqueísmo de la sistemática oposición entre el determinismo genético y el determinismo ambiental: ni nuestra conducta está programada directamente por la herencia, ni tampoco nuestra conducta depende exclusivamente de los condicionamientos del entorno.

Los dos lados de este debate son los nativistas, a los que a veces llamaré genetistas o partidarios de la herencia o la naturaleza, y los empiristas, a los que algunas veces llamaré ambientalistas o partidarios del entorno.

 Por supuesto, el libre albedrío también es una fantasía (una fantasía creada por el cerebro humano), pero el rechazo a cualquier determinismo concreto nos sitúa en una posición compleja y a la vez tranquilizadora: podemos enfrentarnos a nuestras características heredadas más problemáticas de la misma forma que podemos defendernos de la presión de nuestro entorno, pero solo es factible hacerlo en la medida en que nuestra herencia genética y nuestro entorno nos lo permitan…

El ambiente es reversible; la herencia no lo es. Esta es la razón por la que durante un siglo los intelectuales han preferido ser optimistas y creer en la posibilidad de mejorar el ambiente, en lugar de creer en el deprimente calvinismo de los genes.

  Sin embargo…

El determinismo ambiental es, al menos, una creencia tan despiadada como el determinismo genético (No debemos olvidar que la manipulación del entorno es algo que está al alcance de los poderosos: los líderes religiosos o políticos, o los detentadores del poder económico… )

  Veamos cómo  la creación de un entorno propicio puede afectar nuestras peculiaridades heredadas, incluso a nivel de las funciones cerebrales.

todos los primates, seres humanos incluidos, pueden desarrollar nuevas neuronas corticales en respuesta a experiencias intensas, y perder neuronas en respuesta a la dejadez (…) a pesar del determinismo que existe en la formación inicial de las conexiones cerebrales, la experiencia es esencial para perfeccionar dichas conexiones. (…)la experiencia influye absolutamente en el desarrollo del cerebro. (…)más que atiborrar la mente de hechos, la única finalidad de la educación es ejercitar esos circuitos cerebrales que podrían ser necesarios a lo largo de la vida. 

las puntuaciones promedio del Cuoficiente Intelectual aumentan constantemente a un ritmo de al menos cinco puntos por década. Esto demuestra que el ambiente influye en el CI (…) hay algo acerca de la vida moderna, ya sea la nutrición, la educación o la estimulación mental, que está haciendo que cada generación obtenga mejores resultados en las pruebas del CI que sus padres

la premisa de Freud que dice que existen unas «experiencias formativas», que tienen lugar muy pronto y que están presentes con fuerza en el subconsciente del adulto es correcta. (…) esta propuesta es buena para el diagnóstico, pero es una terapia espantosa. 

   De todas formas, mientras más sepamos acerca de cuáles son los límites de nuestra libertad, más podremos ejercer ésta.

  Por ejemplo, ¿son hombres y mujeres iguales?

Hoy día nadie niega que los hombres y las mujeres difieren no sólo en anatomía sino también en conducta.

  Por ejemplo, ¿es heredable la inteligencia?

Los genes no nos hacen inteligentes; hacen que las probabilidades de que disfrutemos aprendiendo sean mayores. Puesto que lo disfrutamos, pasamos más tiempo haciéndolo y desarrollamos nuestra inteligencia. La naturaleza sólo puede actuar a través del entorno.

  Por ejemplo, ¿la religión puede ser transmitida genéticamente?

en una cosa tan típicamente «cultural» como la religión, la influencia de los genes no se puede pasar por alto y se puede medir. (…) La transmisión de la afiliación religiosa es algo cultural más que genético, aunque no el fervor religioso.

   ¿Y la agresividad?

En una extensa familia holandesa con una historia de delincuencia de varias generaciones, se encontró que el gen de la MAOA estaba alterado sin más en los miembros de la familia que eran delincuentes, pero no en los parientes que cumplían las leyes. Sin embargo, esta mutación es muy rara y no explica muchos crímenes. Las mutaciones de baja actividad que dependen del ambiente son mucho más habituales (se encuentran en el 37 por ciento de los hombres).

   De observar estos fenómenos de cerca obtenemos unas cuantas enseñanzas prácticas acerca del comportamiento humano, sobre todo si a la hora de juzgar su funcionalidad no nos dejamos llevar por los prejuicios culturales del momento. Pongamos el caso de las diferencias entre sexos (con independencia del hecho concluyente de que existe igualdad intelectual entre ambos):

Cuanto más alto es el nivel de testosterona, menos mira el bebé masculino de un año a los ojos (…) Da la impresión de que la relativa preferencia femenina por las caras, que poco a poco se va tornando en una preferencia por las relaciones sociales, está de algún modo presente desde el principio. 

  La mayor empatía de las mujeres, su bajo nivel de agresividad, sus inclinaciones sexuales más plásticas (la mujer puede adaptarse más fácilmente a diversas tendencias eróticas) y sus mayores capacidades sociales muy bien podrían estar desaprovechadas en un entorno cultural que hasta muy recientemente ha sido diseñado solo en base a las características del sexo masculino dominante…

  Quizá uno de los errores del libro de Ridley sea acentuar demasiado los errores ajenos. Es equivocada la idea de que somos una “tabla rasa” sobre la cual podemos crear mediante la manipulación del ambiente al individuo que deseamos (lo que presuntamente señalaban los conductistas), pero el que esto sea cierto no justifica considerar que los conductistas o ambientalistas ignoraban la predisposición instintiva del individuo, cuando era precisamente el conocimiento de tal naturaleza su principal preocupación.

  Ridley da una gran importancia al famoso experimento que el psicólogo Harry Harlow llevó a cabo con unas crías de mono:

Se le ocurrió una idea para hacer un experimento: ¿por qué no darle a una cría de mono la posibilidad de elegir entre un modelo de madre hecho de tela, que no ofreciese ningún tipo de recompensa, y otro hecho de alambres y que le recompensase con leche?, ¿cuál de los dos elegiría?

  Del resultado del experimento, Matt Ridley concluye poco menos que la defunción de la teoría conductista…

Si las cuatro crías de mono hubieran leído a Watson y a Skinner enseguida hubieran asociado al modelo de alambre con la comida y les hubiera encantado el alambre. Sus madres de alambre les recompensaban generosamente, mientras que las de tela les ninguneaban. Pero los monitos pasaban casi todo el tiempo con las madres de tela; sólo dejaban la seguridad de la tela para beber de las madres de alambre.  (…)En 1958, Harlow anunció sus resultados en su disertación como presidente de la Asociación Americana de Psicología, y tituló la conferencia, con toda la intención de provocar, «La Naturaleza del Amor». Le había dado un golpe letal al skinnerismo, que se había colocado a sí mismo en la absurda situación de proclamar que la base del amor que un niño siente por su madre era únicamente que la madre era su fuente de alimentación. (…)El poder de asociación tenía un límite, un límite suministrado por las preferencias innatas

  Resulta difícil de creer que los psicólogos conductistas Watson o Skinner hubieran llegado nunca a decir que solo de leche viven los bebés. Entre otras cosas porque eran científicos experimentales y eran perfectamente capaces de distinguir entre estímulos y aversiones si se les mostraban pruebas empíricas de ello. Es obvio que Harlow demostró que, entre las necesidades innatas de los bebés (simios o humanos) se cuentan tanto el suministro de alimentos como determinados efectos sensitivos que corresponden con bastante aproximación a lo que llamamos “amor”. Y de ahí el extraordinario valor del experimento (que en modo alguno refuta el conductismo bien entendido).

  En efecto: el amor existe, no es una creación poética. El amor es material, tiene un origen genético y fisiológico (la hormona oxitocina, ya famosa, juega un importante papel en su biología), y se puede descomponer en elementos perceptibles como la expresión facial, el calor y tacto de la piel, el tono de voz y muchos más… todos importantísimos y que deben ser estudiados a fondo.

  Y puesto que el amor existe, que está científicamente demostrado que existe, y puesto que el amor supone tantas ventajas (proporciona placer… y además estimula la cooperación como ninguna otra cualidad humana), todo lo que podamos averiguar sobre él nos puede ayudar a recrearlo, incentivarlo y potenciarlo.

  Para instrumentalizar nuestros conocimientos al respecto podríamos hacer uso de los mecanismos culturales, es decir, de la capacidad del ser humano para alterar su propio entorno… que está compuesto fundamentalmente por el comportamiento de los semejantes que nos rodean.

Imitar, manipular y hablar son tres cosas que los seres humanos hacen especialmente. No es que sean elementos centrales de la cultura: son la cultura. Se ha dicho que la cultura es la utilización de artificios para influir en la acción. 

La cultura es la capacidad de acumular ideas e inventos durante generaciones, de transmitírselas a los demás y así unificar los recursos cognitivos de muchos individuos vivos y muertos.

Si los chimpancés, los monos y las orcas tienen una cultura ¿por qué no despegan culturalmente? Porque carecen de la inquietud por el cambio y la innovación continua y acumulada. En una palabra, para ellos no existe el «progreso».

  Se trataría sobre todo de transmitir métodos y aprendizajes que permitan incentivar actitudes más cooperativas. Eso sería el mayor progreso porque mientras más cooperación inteligente se dé, en sus más variadas formas, mayor bienestar habrá para la inmensa mayoría. A nivel económico, el progreso se materializa en el desarrollo de la tecnología y su manejo eficiente. Pero inventar, desarrollar y aplicar la tecnología exige cooperación.

La cultura explica el éxito ecológico de los seres humanos. Sin la capacidad de acumular y de mezclar ideas nunca hubiera inventado la agricultura, la gente, las ciudades, la medicina, ni ninguna de las cosas que le permitió gobernar el mundo. La aparición conjunta del lenguaje y la tecnología alteró drásticamente el destino de las especies.

En algún momento, los primeros seres humanos combinaron su capacidad para imitar con su capacidad para empatizar y de ahí surgió una capacidad para representar conceptos mediante símbolos arbitrarios. Esto les permitió referirse a ideas, personas y sucesos que no estaban presentes y así pudieron desarrollar una cultura cada vez más compleja, que a su vez les forzó a desarrollar cerebros cada vez más grandes para poder «heredar» elementos de esa cultura a través del aprendizaje social.

¿Qué fue lo que cambió hace unos 200 000 o 300 000 años y que posibilitó que los seres humanos consiguieran el despegue cultural del modo que lo hicieron? Tuvo que ser un cambio genético, en un sentido banal ya que el cerebro está construido por los genes y algo tuvo que cambiar en la forma en que se construye el cerebro.  (…)los cambios tuvieron lugar en un pequeño número de genes, sólo porque el despegue fue muy repentino, y a no mucho tardar la ciencia sabrá en cuáles de ellos.

  Hoy por hoy, las posibilidades de progreso parecen ilimitadas.

   Aunque Ridley se muestra muy escéptico acerca de los clásicos modelos utópicos, no cabe duda de que el planteamiento de la utopía es perfectamente lógico

El utopismo es la idea de que existe un modelo ideal de sociedad que puede derivarse de una teoría de la naturaleza humana. 

  De ahí que el pensamiento y la ciencia hayan llevado a tantos modelos utópicos. Todos, hasta el momento, han fracasado, pero de todos sus errores hemos aprendido mucho.

El cambio cultural no alteró la naturaleza humana (por lo menos no demasiado). Esto es algo que ha despistado a los utópicos. Una de las ideas más constantes en las utopías es la abolición del individualismo en una comunidad que lo comparte todo. 

  ¿Es un error considerar que el individualismo choca sistemáticamente con los intereses de grupo?, ¿y es un error considerar que la cooperación eficiente del grupo es lo que más recompensas puede proporcionar al individuo? Lo que es un error es hacer un análisis superficial de la capacidad humana para superar los conflictos entre individuos. Tanto como es un error no reconocer que ése siempre será el problema. Partiendo del reconocimiento del problema, podemos hallar la solución.

Existen límites al poder de la cultura para cambiar el comportamiento humano.

  ¿Y dónde están esos límites? Eso es lo que nos interesaría averiguar, porque ya sabemos que el comportamiento humano estándar, es decir, en las condiciones culturales que generaron nuestra herencia genética (la cultura de la sociedad primitiva) no se atiene a nuestras expectativas actuales. Somos capaces de alcanzar las potencialidades humanistas más exquisitas (es decir, aquellas que retribuyen la cooperación con recompensas de valor universal) y somos capaces de ello partiendo de cualquier tipo de condicionamiento cultural previo, pero ¿cómo emprender el cambio y hacer que predominen tales potencialidades humanistas sobre todas las demás?

   Yendo al detalle, ¿cuáles son las cualidades humanas, tan innatas como el “individualismo”, que pueden ayudarnos a crear una cultura que estimule la plena cooperación?

Se dice que el amor romántico es un fenómeno cultural encubierto por siglos de tradición y enseñanza. Fue inventado en la Corte de Leonor de Aquitania, o algún lugar semejante, por un grupo de poetas obsesionados por el sexo llamados trovadores; antes de eso era simplemente sexo.(…)  en 1992 William Jankowiak estudió 168 culturas etnográficas diferentes y no encontró ninguna que no reconociera el amor romántico

Boas concluye respecto a sus amigos esquimales que «la mente de los salvajes es sensible a la belleza de la poesía y de la música, y sólo pueden parecerles estúpidos o sin sentimientos a los observadores superficiales»

  Por lo tanto, las cualidades humanas empáticas, imitativas y afectivas, las que mejor pueden llevarnos a una cultura de plena cooperación, no son en absoluto extrañas a nuestra naturaleza . Están en nuestra herencia, y a veces el entorno cultural las promueve y estimula. A veces no. Pero la capacidad para percibirlas está ahí.

«Sólo los seres humanos entienden [a otros seres humanos] como agentes intencionales similares a uno mismo, y por tanto sólo los seres humanos se pueden implicar en un aprendizaje cultural». Esta diferencia surge a los nueve meses de edad (…) Por ejemplo, los seres humanos señalarán un objeto con el único propósito de compartir la atención con otra persona. Mirarán a la dirección a la que alguien está señalando, y seguirán la mirada de otra persona. Los primates nunca hacen eso; ni tampoco (hasta mucho después) lo hacen los niños autistas (…)la imitación se convierte en algo más profundo cuando el imitador entra en la cabeza del modelo; cuando entiende sus procesos mentales. 

Cuando uno mismo imita una idea la convierte en una representación, que a su vez se convierte en simbolismo. Quizá eso es lo que permite a los seres humanos jóvenes adquirir mucha más cultura que los chimpancés.

   Un estudio sin prejuicios de las capacidades humanas para el progreso cultural puede llevarnos a admitir hechos ciertos que entran en conflicto con muchas de nuestras creencias actuales. El que esas creencias existan es una buena muestra de que el progreso cultural tiene mucho camino por delante.

Si (…) eres hijo de un guerrero yanomano, entonces lo mejor que puedes hacer para conseguir la inmortalidad genética es matar y que no te maten. En esa sociedad los hombres que han matado a otros hombres tienen un número mayor de parejas sexuales que la media. En cualquier caso, no cabe duda de que ser varón es malo para la supervivencia y que suspenderá el test de la selección natural

  ¿Son los guerreros yanonamo un ejemplo de cultura progresiva? Los homicidas son retribuidos con el éxito reproductivo (aunque estadísticamente tengan menos posibilidades de alcanzar una larga vida), no los que desarrollan la mejor tecnología, ni  tampoco los que contribuyen a crear buenas condiciones para la cooperación… Lo mismo se puede decir de otras fórmulas fallidas…

Una sociedad estratificada por la riqueza es injusta, porque los ricos pueden comprar comodidades y privilegios. Pero una sociedad estratificada por la inteligencia también es injusta, porque los listos pueden comprar comodidades y privilegios. Afortunadamente, la meritocracia está permanentemente socavada por otra fuerza incluso más humana: la lujuria. Si los hombres más listos llegan más alto, es razonable pensar que usarán sus privilegios para buscar mujeres guapas (y seguramente al contrario), igual que los ricos hicieron antes que ellos. Las mujeres guapas no son necesariamente estúpidas, pero tampoco son necesariamente brillantes.

  El punto de partida siempre será el mismo:

Las mentes humanas fueron diseñadas para la sabana del Pleistoceno, no para la jungla urbana.