jueves, 15 de junio de 2017

“Fluir”, 1990. Mihaly Csikszentmihalyi

  El psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi es conocido sobre todo por haber creado el concepto de “flujo”. Este flujo sería un estado mental muy concreto, un

estado en el cual las personas se hallan tan involucradas en la actividad que nada más parece importarles; la experiencia, por sí misma, es tan placentera que las personas la realizarán  incluso aunque tenga un gran coste

  Csikszentmihalyi también lo llama “experiencia óptima”

El estado óptimo de experiencia interna es cuando hay orden en la conciencia. Esto sucede cuando la energía psíquica (o atención) se utiliza para obtener metas realistas y cuando las habilidades encajan con las oportunidades para actuar. La búsqueda de un objetivo trae orden a la conciencia.

  Concepto que se asemeja a otros muy conocidos como la “experiencia cumbre”: estados de satisfacción aproximados a la aspiración convencional de “felicidad”.

En [este libro] se resumen  varias décadas de investigación sobre los aspectos positivos de la experiencia humana (la alegría, la creatividad y el proceso de total involucración con la vida que  yo denomino flujo)

  Sin embargo, el estado de flujo, tal como se describe, no parece siempre “positivo” como vivencia.

Tales experiencias [óptimas o “momentos cumbre”] no tienen que ser necesariamente agradables en el momento en que ocurren. 

  Las actividades agradables que producen flujo tienen un potencial  aspecto negativo:  a la vez que son capaces de mejorar la calidad de la existencia por el orden que crean en la mente, pueden llegar a producir adicción si la personalidad se convierte en prisionera de un cierto tipo de orden

  Y se menciona, entre otras actividades de este tipo, el juego. El juego parece cumplir las características propias del flujo, aunque con ciertas salvedades.

Lo que hace disfrutar a las personas no es el sentimiento de tener el control, sino el sentimiento de ejercer ese control en situaciones difíciles. (…) [Pero] existe un tipo de actividad que parece constituir la excepción: los juegos de azar

Uno debe ser consciente del potencial poder adictivo del flujo.

“Flujo” es la manera en que la gente describe su estado mental cuando la conciencia está ordenada armoniosamente; gente que desea dedicarse a lo que hace por lo que le satisface en sí. 


  Y una puntualización importante

En el flujo no hay necesidad de reflexionar

  Así que no hay que ser un gran psicólogo evolutivo para concluir que la experiencia de flujo sería muy anterior al fenómeno propiamente humano de la autoconsciencia. Probablemente todos los animales conocen el estado de flujo: los pájaros cuando vuelan, los depredadores cuando buscan su presa, las hembras de mamíferos cuando cuidan de sus crías.

  Y si se trata de una experiencia zoológica universal, ¿tiene sentido que sea el centro de nuestras vidas humanas?

Cómo nos sentimos, la alegría de vivir, dependen en último término y directamente de cómo la mente filtra e interpreta las experiencias cotidianas.  

  Es decir, se trata de cómo evaluamos la experiencia desde nuestra subjetividad autoconsciente. No sería el flujo lo que nos hace humanos, aunque nos proporcione satisfacción, sino que se trataría más bien de la interpretación de esta vivencia que hiciéramos después.

Es cierto que la vida no tiene ningún significado, si por eso entendemos  una meta suprema inherente a la estructura de la naturaleza y la experiencia humana, una meta que sea válida para todos los individuos. Pero esto no significa que a la vida no podamos darle un significado. (…) Desde el punto de vista de un individuo, no importa cuál sea la meta definitiva  si resulta que nos obliga a invertir la energía psíquica suficiente para ordenar toda una vida. El desafío podría ser el deseo de tener la mejor colección de botellas de cerveza en el barrio.
 
   Pero ¿es esto –coleccionar botellas de cerveza- algo “bueno”? ¿De todas las experiencias agradables que podemos vivir, no hay forma alguna de seleccionar aquellas que, aparte de atraer nuestra atención y proporcionarnos una sensible gratificación emocional, mejoren la vida en comunidad? (Lo “bueno” ha de ser siempre aquello que nos permita contribuir al desarrollo de una sociedad cooperativa, pues lo específico de la naturaleza humana es nuestra excepcional capacidad para la cooperación social)

Una sociedad es “mejor” que otra si un mayor número de sus gentes tienen acceso a experiencias que están conforme con sus metas. (…) Estas experiencias deberían conducir al crecimiento de la personalidad a nivel individual, permitiendo a tanta gente como fuese posible desarrollar habilidades cada vez más complejas. 

Una comunidad (…) es buena si ofrece a la gente una oportunidad para disfrutar con tantos aspectos de su vida como sean posibles y a la vez les permite desarrollar su potencialidad en el seguimiento de desafíos cada vez mayores.


    ¿Es esta una buena medida moral? Recordemos que la moralidad es, básicamente, la atribución de reproches a los comportamientos que no son en beneficio de la comunidad. “Desarrollar la potencialidad” del ser humano parece un criterio bastante condicionado por nuestra cultura actual, y el mismo Csikszentmihalyi reconoce el peligro

Una cultura que mejora la experiencia de flujo no es necesariamente “buena” en ningún sentido moral.(…) [El nazismo] ofreció unas metas simples, una retroalimentación clara y permitió una involucración renovada con la vida que muchos encontraron que era un desagravio a sus frustraciones e inquietudes anteriores

  Podría también haber añadido que el nazismo se apoyaba no solo en el apasionamiento de los agitadores callejeros, sino también en la tecnocracia, y que el primer objeto humano que alcanzó la estratosfera fue un cohete nazi, y que los soldados nazis eran extraordinariamente eficientes y creativos en combate, por lo que parece que, en un sentido que muchos aceptarían, el nazismo sí sirvió a muchos nazis para desarrollar su potencialidad en el seguimiento de desafíos cada vez mayores.

  Por lo demás, las ventajas para nuestra salud psicológica de acceder a estados de flujo parecen evidentes. Pero es muy posible que formas de vida social y moral “más primitivas” fueran también más saludables en este sentido, tal como siempre se ha sugerido por autores sobradamente conocidos (Rousseau o Nietzsche).

El flujo es importante tanto porque consigue que el instante presente sea más agradable como porque construye la confianza en uno mismo que nos permite desarrollar habilidades y realizar importantes contribuciones al género humano.

Tras una experiencia de flujo, la organización de la personalidad es más compleja de lo que había sido antes (…) La complejidad es el resultado de dos procesos psicológicos: la diferenciación y la integración. La diferenciación implica un movimiento hacia la originalidad, hacia separarse de los demás. La integración se refiere a lo opuesto (…) Una personalidad compleja es la que logra combinar esas tendencias opuestas. La personalidad se vuelve más diferenciada como resultado del flujo, porque al superar un desafío la persona se siente, inevitablemente, más capaz, más experta.  


  Haríamos mal al equiparar el estado de flujo con los logros humanistas más elevados. Lo importante es saber que el estado de flujo podemos obtenerlo de todo tipo de actividades y que podemos dirigirlo culturalmente hacia campos de gran valor humanista y moral. Sin duda aprender música puede ser en un principio tedioso para un niño, pero una vez domine la técnica esto le proporcionará experiencias extraordinariamente valiosas para sí mismo y la comunidad. En cambio, no sucederá igual con los deportes de competición o los juegos de azar, como ya hemos visto. Y probablemente coleccionar botellas de cerveza tampoco será un gran logro… aunque los haya peores.
 
    En cualquier caso, que prestemos atención al concepto de “estado de flujo” es valioso. La catalogación de experiencias humanas diferenciadas es esencial a la hora de esforzarnos en controlar nuestra vida social (y necesitamos controlarla, porque de la pura espontaneidad no podemos esperar nada bueno). En cualquier cultura un individuo puede ser feliz, pero no cualquier cultura proporciona los mismos índices de cooperación social, y éste debería ser el objetivo humanista y no tanto el desarrollo del potencial para tareas técnicas complejas.

Parece que podemos manejar como máximo siete señales informativas (tales como sonidos distintos, estímulos visuales o cambios reconocibles de emoción o de pensamiento) en cualquier instante determinado
 
Durante el curso de la evolución el sistema nervioso se ha convertido en un experto en comprimir señales informativas y por ello la capacidad de procesarlas aumenta constantemente (…) También aprendemos cómo comprimir y almacenar información gracias a métodos simbólicos: el lenguaje, las matemáticas, los conceptos abstractos y las narraciones.
 
Los nombres que utilizamos para describir rasgos de la personalidad –como extravertido, triunfador o paranoico- se refieren a los esquemas que han utilizado las personas para estructurar la atención. (…) La atención determina lo que aparecerá o no en la conciencia


  Controlar la atención, desarrollar nuestras capacidades cognitivas y determinar fines y medios adecuados implica también controlar las actividades de flujo, cuando menos controlar nuestra predisposición para preferir unas actividades a otras (dirigir nuestro esfuerzo a amoldarnos a actividades de valor social y no, por ejemplo, a los videojuegos).

  Poseemos capacidades cognitivas limitadas, y de hecho podemos cuantificarlas, como hemos visto con el proceso de señales informativas (siete), el orden de intencionalidad en el pensamiento (cinco), el coeficiente intelectual, el número de “tecnounidades” en las obras de tecnología humana (dos, tres o miles…), y el llamado “número de Dunbar” acerca del número de individuos con los que de promedio podemos interactuar de forma eficiente (ciento cincuenta). Esta limitación de nuestra capacidad implica que hemos de dar una necesaria importancia a la economía de nuestra atención y a nuestra capacidad para expansionarnos. Incluso elegir un hobby merece una ponderación cuidadosa…

El flujo conduce a los individuos  a la creatividad y a logros poco corrientes. La necesidad de desarrollar habilidades cada vez más refinadas para sostener el disfrute es lo que subyace detrás de la evolución de la cultura. 

lunes, 5 de junio de 2017

“Suerte moral”, 1981. Bernard Williams

  La cuestión de la “suerte moral” es de extraordinaria importancia no solo en la ética, sino en la concepción misma de la vida humana en sociedad. “Suerte moral” implica que los individuos son condenados, absueltos o incluso premiados por sus semejantes en base a hechos que suceden fuera de su control. Dos individuos ebrios se ponen al volante de sus automóviles una noche de fin de semana. Ambos tienen accidentes. Uno sufre pequeñas heridas y daños en su automóvil, ¡excesos de un día de fiesta! El otro atropella y mata a un peatón: condena de cárcel, oprobio y recuerdos traumáticos para toda su vida. Los mismos hechos (imprudencia punible) con consecuencias de reproche moral por completo diferentes por causa de la pura suerte.

  Añadamos que la opinión pública no solo es indulgente con los excesos de los jóvenes, sino que incluso los adultos de mayor prestigio social –por ejemplo, políticos o intelectuales- suelen alardear jocosamente en público por haberlos cometido: “¡yo de joven era muy loco!“ ¿Qué sentido tiene entonces la condena de las consecuencias de tales actos?

   El filósofo Bernard Williams abordó este tipo de incoherencias entre otras cuestiones en el conjunto de ensayos englobados bajo el título “Suerte moral”. Una tendencia civilizadora a este respecto ha luchado por abrirse paso a lo largo de los tiempos:

La (…) poderosamente influyente idea de que hay una forma básica de valor que es inmune a la suerte e (…) incondicionada

  Y encontramos aquí el debate incesante entre el “utilitarismo” y la “deontología”. El utilitarismo es la doctrina ética que dice que debemos buscar “el mayor bien para el mayor número” (lo que prima entonces son las consecuencias); la deontología, cuyo más célebre representante es Kant, afirma que el bien debe hacerse por sí mismo y no por sus consecuencias prácticas (lo que prima es la intención).

  Resulta fácil atacar al utilitarismo: una esclava sexual puede dar placer a veinte hombres; sin duda, ella se ve perjudicada… pero son veinte los beneficiados: el mayor bien para el mayor número.

  Resulta también fácil atacar a la deontología: yo soy un hombre honesto y puritano y oculto a un hombre que huye de un asesino; el asesino llega a mi casa y pregunta si está allí oculta la persona que persigue… y como yo soy honesto y puritano no puedo mentir… por lo que la persona perseguida es asesinada.

  (Por supuesto, tales ataques suelen ser señalados como falaces por los defensores de la actitud contraria: si el utilitarista desea siempre el mayor bien para el mayor número, eso implica que su voluntad desea siempre el bien para todos, sin excepción; y si el deontologista siempre tiene buena intención no puede actuar de una forma que es evidente causa del mal)

  La suerte moral es un dilema por el estilo: dos personas bienintencionadas han cometido una imprudencia, pero uno es objeto de reproche y el otro no debido a la pura suerte. De entrada, para el utilitarista el que ha hecho el mayor mal merece el mayor reproche; para el deontologista ambos merecen el mismo.

  ¿Podemos salir de estos dilemas?

Si el kantismo abstrae el pensamiento moral de la identidad de las personas, el utilitarismo marcadamente abstrae de su diferenciación
   
    Aparentemente, gana Kant. En la deontología kantiana lo que se valora es la intención, la personalidad moral del individuo. El bien moral es el mismo para todos -el kantismo abstrae el pensamiento moral de la identidad de las personas-  lo que varía es la personalidad que afronta las pautas objetivas de moralidad. El utilitarismo no juzga tanto a las personas en base a una idea objetiva del bien, sino que se somete por el contrario al sentir general de la sociedad que valora algo como bueno o malo según la circunstancia.

   Kant es el filósofo del cristianismo reformado, para el cual solo importa el alma  -la conciencia individual- que es emplazada ante la perfección moral que Dios representa y cuya responsabilidad es aceptarla o no. Los hechos, las circunstancias, la suerte, son accidentes. Si somos buenos o malos depende de nuestra personalidad –por eso tantos protestantes enfatizaban la predestinación: nacemos con una naturaleza propia, bondadosa o maléfica, según el caso- luego lo que importa es profundizar en esta realidad psicológica para averiguar hasta qué punto somos pecadores. Y si alguna redención es posible, en todo caso, no llegará de los hechos –las “obras”… que muy bien pueden depender de la suerte- sino de los cambios psicológicos profundos que puedan darse sobre esa misma personalidad.

La perspectiva correcta de la propia vida es [que, para determinar su sentido]  (…) solo necesitamos la idea de los proyectos fundamentales de una persona que le proporcionan la fuerza motivadora que impulsa al futuro y da una razón para vivir

  Y mientras que el proyecto utilitarista es el de la mayoría social (por ejemplo, una sociedad que practica el racismo sustentado en razonamientos que acepta la mayoría de la sociedad… incluidos buena parte de las minorías discriminadas) el proyecto deontológico es objetivo: solo hay una forma de bien que podemos deducir de los principios morales absolutos (por el estilo de “Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal").

   Nuestro sistema de justicia penal trata de conciliar estas concepciones. Por una parte, se valoran muchos factores de la personalidad que es objeto de la censura moral (antecedentes, entorno familiar, estilo de vida…), pero, por otro, las consecuencias de los actos son fundamentales: no puede castigarse igual un puñetazo que solo provoca un hematoma que otro exactamente igual pero que causa la muerte de un semejante (porque la víctima se resbala con el golpe y su cabeza da contra una roca puntiaguda etc).

   Hay buenas razones para que la justicia penal se organice de esa forma: ¿cómo podemos estar seguros, al fin y al cabo, de que el puñetazo que solo causa un hematoma era malintencionado en la misma medida que el que causa la muerte? Si lo que queremos es disuadir a los violentos, y particularmente en el caso de la violencia con resultado de muerte, tenemos que amenazar con mayor pena al que causa el mayor daño, y para enfrentar a la cuestión de la “suerte moral” tratamos de paliar los excesos haciendo uso de criterios de proporcionalidad y equidad (atenuantes, indultos…).

   Pero eso no soluciona la cuestión moral, solo evidencia lo incoherente que es.

  Bernard Williams aborda la “suerte moral” desde puntos de vista menos dramáticos ya que lo que interesa sobre todo es señalar cómo el fenómeno de la “suerte moral” se haya presente en todos los aspectos de nuestras vidas, y no solo en los casos extremos. Uno de los ejemplos que elige es el del pintor Gauguin, que abandona  a su familia (lo que merece el reproche moral) para evadirse a los mares del sur y triunfar como artista.

La suerte intrínseca en el caso de Gauguin se concentra en la cuestión de si él es un pintor dotado genuino que puede tener éxito al llevar a cabo una obra valiosa. No todas las condiciones para el proyecto dependen de él ya que las acciones de otros proporcionan muchas condiciones necesarias para su realización y ahí entra en juego la suerte

Mientras que la justificación de Gauguin es de alguna forma una cuestión de suerte, no se trata [siempre] de cualquier clase de suerte por igual. Importa cómo de intrínseca es la causa del fracaso de su proyecto [en caso de darse éste].(…) [Un accidente, un problema de salud es] demasiado externo para no justificarlo [como persona que actúa](…) Sin embargo, a otro nivel, está la suerte de ser capaz de ser cómo él mismo esperaba que podría llegar a ser. Podría uno preguntarse si se trata de suerte en absoluto 

  Sin embargo, aparece otra cuestión, y es que los individuos reaccionan de forma emotiva incluso en casos en los cuales no tenemos duda alguna de que la “suerte extrínseca” es evidente. Williams nos da el ejemplo del camionero que atropella y mata a un niño sin que el conductor tenga la menor culpa. El que el camionero se sienta responsable  a pesar de todo demostraría que no podemos ser inmunes a los efectos de la suerte en la moralidad.

    Gauguin se justifica a posteriori por su éxito como artista, y el camionero sufre moralmente por algo de lo que sabe que no es culpable. ¿Es entonces inútil la justicia, no nos aporta nada exacto a la hora de elegir la mejor forma de vivir? ¿Se equivoca Kant?

  Da la impresión de que ésa es la opinión de Williams, pues nunca podríamos escapar de las contradicciones de la “suerte moral”.

La idea de justicia definitiva que la visión de Kant nos exige tan vehementemente requiere que la moralidad, en tanto que inmune a la suerte, sea suprema, y que si bien no requiere formalmente que no existan otros sentimientos o apegos, (…) de hecho  puede gradualmente evolucionar hasta requerir la sumisión [a ella] de todo sentimiento.

  Y Williams menciona al autor Heine que comparó el sistema kantiano al gobierno de Robespierre (“El incorruptible”). El principio democrático de Robespierre era el mismo que después utilizarían las dictaduras marxistas: el fin justifica los medios. No se trata, ciertamente, de un principio utilitarista, sino deontológico. Las masacres de La Vendée apenas aportaron bien alguno a nadie cuando se ejecutaban… pero se hacían en base a una idea determinada de virtud (política)

  Por otra parte, existe una supuesta explicación psicológica, según la cual tenemos dos sistemas evaluativos inconscientes: uno que valora la intención y otro que valora el resultado.  Esta duplicidad sería la causante de que no podamos eludir el fenómeno de la “suerte moral”.

  Pero también podemos concluir provisionalmente que, al fin y al cabo, el error no está en Kant, sino que el problema se encontraría en nuestra forma de vida social.

  Según esta visión, Kant está acertado en que el juicio sobre la buena intención sí es la base sobre la que deben seguir construyéndose –como hasta ahora- las iniciativas de nuevas estrategias de prosocialidad, pero una sociedad basada en la valoración moral de la buena intención no puede ser una sociedad como la nuestra, con sus leyes y castigos, con su idea de justicia y de poder político, con su materialismo y su idea de libertad, igualdad y dignidad que se afirman como defensa contra los demás. No nos olvidemos de que la deontología de Kant se asienta sobre principios morales eternos, inamovibles, y no dependientes del “sentido común” del entorno social dado. Y esos principios morales eternos no eran los que estaban vigentes  en la sociedad de los tiempos de Kant. Tampoco hoy.

   En realidad, una idea de moralidad “inmune a la suerte”, que solo valore la buena o mala intención, solo tiene sentido dentro de una sociedad “de santos”, donde, por ejemplo, nadie va a jactarse de haber cometido imprudencias en su juventud que podían haber costado la vida a inocentes y donde ningún acto de violencia, desconsideración o egoísmo va a ser exaltado después como ejemplo de cualidades grandiosas. Recordemos errores de culturas pasadas como la idealización del guerrero, los rituales sangrientos o el desprecio a la mujer como criatura voluble, pérfida y lasciva. Tales manifestaciones culturales evidencian actitudes antisociales cuyo origen probablemente se encuentra en el pasado primitivo del ser humano, cuando los cazadores-recolectores vivían en una guerra continua por causa de la escasez de recursos.

   En cambio, en una sociedad perfecta, con una cultura de costumbres bondadosas, altruistas y prosociales, nadie siquiera podría sospechar que una persona psicológicamente bien constituida (por ejemplo, no un enfermo mental o un psicópata) puede haber intencionadamente causado terribles daños a otros y castigarlo sería tan absurdo como castigar a alguien por causa de un tornado o una inundación (y recordemos que las culturas primitivas podían ordenar sacrificios por estas causas naturales, fruto del azar… porque en su cultura no se conocía siquiera la existencia del azar). No tendría sentido tampoco castigar al conductor ebrio, tanto si mata por accidente como si comete una imprudencia que merece el reproche moral: las medidas preventivas o disuasorias llegarían por otro camino, igual que sucede con la prevención de las travesuras de los niños. Para empezar, en una sociedad así, no existiría la ebriedad, no sería tolerada ni comprendida y por tanto no sería buscada por los individuos mentalmente sanos, de la misma forma que nuestra sociedad actual ha erradicado los duelos por honor.

   Para que la vida ética sea perfecta y que por tanto se eluda la cuestión de la “suerte moral” ha de desaparecer la dimensión jurídica (y, por tanto, política) de la ética. El mundo legislativo (y los políticos que crean y hacen cumplir la legislación) se basa en la desconfianza constante entre individuos competitivos y agresivos. No se aplica la legislación ni la política, en cambio, dentro de los entornos familiares, que son propiamente entornos de extrema confianza. Sí se aplica la moralidad dentro de esos entornos privados, pero la moralidad es entonces una cuestión de evaluación psicológica  mutua y de contraste de proyectos de vida: no una asignación de condenas, desprecios y castigos.

  Salvo los raros casos de psicopatía, contamos con la evidencia de que el comportamiento moral es fruto del entorno social y contamos con la evidencia de que la psicología de la prosocialidad es accesible a estrategias de control social culturalmente transmitidas (educación, orientación psicológica, estilo de vida colectivo, creaciones artísticas…). Un entorno social informado por una ética altruista no concebiría la idea de “suerte moral”, y tal concepción ha de quedar como una reliquia de forma semejante a como han quedado hoy concepciones pasadas por el estilo de las diferencias raciales, la brujería o los sacrificios humanos rituales.

jueves, 25 de mayo de 2017

“Empatía en el contexto de la filosofía”, 2010. Lou Agosta

   Lou Agosta es un filósofo y psicólogo que decide abordar una cuestión en la que podemos optar por aunar el humanismo y la neurociencia: la empatía.

En general, la empatía es una consciencia de y una respuesta a el otro en tanto que otro.

  Si para el psicólogo o el antropólogo el concepto de empatía es básico por tratarse de la expresión mínima de relación entre individuos propiamente humana, el filósofo tiene que reflexionar sobre tal concepto de forma particular porque todos sabemos que el filósofo es el prototípico “pensador solitario”.

La meta aquí es desbloquear nuestro acceso a la empatía al poner en marcha las posibilidades de una investigación sobre la empatía

  Agosta repasa las concepciones de la empatía de filósofos como Heidegger o Husserl, “pensadores solitarios” que vivieron ya en la época de la psicología y el pensamiento social avanzado. Llega hasta el moderno John Searle. Pero la empatía no somete a los filósofos a las ciencias sociales, sino que más bien sirve de enlace entre ambas visiones del problema humano.

Además de la situación límite de la posibilidad de la propia muerte, la situación extrema de la pérdida del otro por la muerte del otro radicaliza el proceso de humanización, pero estos no son los únicos casos paradigmáticos. Tal humanización ocurre también en los ejemplos de comprometerse en la “emergencia crónica” de asistir a un recién nacido; al rescatar o ser rescatado en el escenario del buen samaritano; o en la lucha poco común de comprometerse con un amigo auténtico en lo que la amistad significa

  Para la filosofía existencialista (Heidegger), el conflicto se encuentra en la búsqueda de “autenticidad” de la vida humana. Desaparecido Dios y apabullados por las brutales revelaciones de la ciencia (Darwin), los filósofos se inclinaron por una concepción solitaria del individuo que busca su “autenticidad” en el  existir. Pero es inevitable entonces que la necesaria dimensión ética de la existencia humana se apoye en algún hecho incontrovertible. Ese hecho es la relación con el “otro”, y de ahí la necesidad de reconocer el fenómeno de la empatía.

Lo desconcertante de la empatía –de hecho, lo que incluso podría ser llamado su misterio- es que el individuo empático obtiene su propia humanidad (el hacerse humano) de aquel con quien tiene lugar la empatía

La búsqueda mutua del uno al otro forma una comunidad humanizadora cuyo ámbito y límites son determinados por la empatía

  Se muestra el fenómeno de la empatía como revelador de la existencia individual… de forma parecida a como en la metafísica cumplía esta función el supuesto fenómeno de la divinidad. Sin embargo, la existencia social es conflictiva y por lo tanto las relaciones empáticas no siempre suponen la plenitud y “autenticidad” del individuo (tampoco en toda la tradición de la antigüedad era la divinidad siempre benévola). Para que las relaciones empáticas significasen la plenitud y autenticidad del individuo sería necesaria una concepción de la empatía indiscutiblemente benévola y enriquecedora. Ninguno de los filósofos a los que se hace referencia en este libro abordan esta cuestión.

  Pero la reflexión siempre es útil. Por ejemplo, se analizan distinciones entre las diferentes concepciones de la realidad “del otro” con respecto a nuestra propia existencia. Tenemos el “sentimiento vicario” y el “contagio”, que no son exactamente “empatía”.

El contagio emocional no es empatía, sino  más bien subyace en un mecanismo que también proporciona impulso para el proceso empático

  El contagio emocional lo conocen los animales y los bebés más pequeños: si uno llora, todos llorán.

La experiencia vicaria es diferente del sentimiento compartido. En el sentimiento vicario uno experimenta, en un sentimiento cualitativamente similar y numéricamente diferente, lo que el otro siente. (…) La experiencia vicaria lleva al individuo a experimentar aspectos de la situación en una forma desinteresada en comparación con compartir el sentimiento en el cual el individuo es participante

     El decir, la "experiencia vicaria" es cuando, por ejemplo, leemos una novela que nos narra sentimientos,  mientras que la empatía propiamente es lo que se denomina aquí el “sentimiento compartido

[La empatía] requiere una representación del sentimiento, sensación y afecto del otro. Esto es lo que la empatía comparte con el contagio emocional. [Pero] la introspección vicaria requiere una representación del otro como la fuente de la primera representación. Por supuesto, esto último es lo que falta en el contagio emocional (…) La introspección vicaria es una manera de elaborar la experiencia capturada y hecha mía por medio de la receptividad empática

En los sentimientos compartidos, uno reconoce que la situación requiere más que la receptividad. Uno participa, se implica. Por ejemplo, el labrador que va al teatro por primera vez y ve a Bruto y los asesinos que van a matar a César en la obra, y salta a la escena [para impedirlo]

Uno hace la introspección de un sentimiento, sensación o experiencia vicaria, despertada en uno mismo por la expresión animada del sentimiento de otro (…). Uno dirige  la conciencia atenta a un sentimiento, sensación o experiencia que aparece en uno mismo, determinando que es de uno mismo y, sin embargo, reconociendo que representa una experiencia causada por la experiencia de otro. En la introspección uno llega a darse cuenta de que este sentimiento no es un sentimiento endógeno, que surja de un proceso puramente endógeno en uno mismo, sino que es un sentimiento vicario que parte de ser receptivo a la autoexpresión animada del otro. Usando la primera persona por claridad, soy yo mismo, no el otro, el que es el blanco de mi introspección. El otro es el blanco de mi empatía y yo soy el blanco de mi introspección

  El individuo existe diferenciado netamente de los otros. Esta “ilusión biográfica” del individuo que se siente diferenciado de sus semejantes, un tanto desdeñada por la neurociencia actual  -que considera que el “yo” consciente tiene un papel no tan importante en la toma de decisiones-, es necesaria para crear el vínculo (es lo que se vincula). El problema es que la fuerza con la que se enfatiza la diferenciación da lugar a fenómenos solipsistas que obstaculizan las posibilidades de la empatía. El amor propio sería uno de estos fenómenos, la “asertividad” sería otro…

  Y, sin embargo, los hechos señalan que la empatía es inherente a nuestra condición individual misma.

Los seres humanos son los seres para los cuales su existencia es su función. La estructura de esta función la designamos como “cuidado mutuo” (…) Cuidado mutuo indica que los humanos son la clase de seres para los cuales su propio ser es una función. Esto incluye la distinción entre uno mismo y el otro. En consecuencia, la estructura del cuidado mutuo señala directamente a la empatía como que es una entidad para la cual el ser es una función para uno mismo y para el otro

  La ciencia social reconoce la función benéfica de la empatía:

La famosa “cura del habla” fue el regalo de Breuer a la empatía, la cual no debería ser subestimada dada la visión autoritaria estereotipada de las características de la medicina en aquel momento y lugar. Obviamente, esto no es el primer uso de la empatía que todo padre, maestro y ser humano conoce. Más bien es el primer uso disciplinado, científico de la empatía

  La ciencia psicológica nos informa de cuáles son las capacidades para enriquecernos en la unión empática.

Hay toda un área de investigación,  indicada por Darwin y seguida por Ekman, en la cual la receptividad empática a las microexpresiones de emociones expresadas y no expresadas funcionan para informar y sustanciar una continuidad de la comprensión empática

  Es probable que una humanidad futura alcance la familiaridad con estas capacidades para la comprensión empática mediante el desarrollo de una cultura simbólica menos centrada en el individualismo y más en los mecanismos objetivos de vinculación mutua. Las bases filosóficas para ello ya no se encontraran en el ámbito de autores clásicos como Heidegger o Husserl, sino, casi con seguridad, en una concepción racionalista de la religiosidad a la que habremos llegado gracias a la asimilación de las concepciones psicológicas actuales. La religiosidad es, entre otras cosas, el uso de recursos simbólicos para generar vínculos afectivos entre individuos, y éste ha sido en el pasado el mayor recurso objetivo de “comprensión empática”, sobre todo a partir de la aparición de las llamadas “religiones compasivas”, que propagaban estrategias de consuelo y afección. La propagación de nuevas estrategias de receptividad emocional gracias a la psicología podría contribuir grandemente a una eficaz racionalización de estos recursos religiosos.

    Al desaparecer las religiones de lo sobrenatural, la humanidad, guiada por los valerosos y solitarios filósofos, ha caído en la desorientación. Se ha concluido que la soledad era garantía de individualidad, y por tanto de existencia auténtica, si bien por otra parte hemos ganado la certidumbre de la ciencia, que incluye la asunción racional de la experiencia social (aprendemos del pasado). La reflexión sobre la empatía debería hacernos volver hacia una nueva concepción de la religión, ya no sometida a las tradiciones de lo sobrenatural, sino expandida a partir del reconocimiento de la necesidad psicológica de la vida en común.

Sin empatía, la misma idea de vida mental en el ser humano es impensable

  El viejo cristianismo tiene la clave: el amor mutuo, la inculcación de la benevolencia, la erradicación del amor propio y el control total y excluyente de la agresividad pueden beneficiarse de una visión racional de la empatía y desarrollarse mediante estrategias útiles informadas por la ciencia social.

  Son posibilidades psicológicas, fenómenos científicamente reconocibles. Opciones religiosas. Renuncia y descanso de la filosofía…

lunes, 15 de mayo de 2017

“La amplitud potencial de la naturaleza humana”, 1971. Abraham H. Maslow

  Abraham Maslow está considerado -quizá junto a Carl Rogers- el principal impulsor de la “psicología humanista”. Cuando menos, fue el más difundido en su tiempo, y su éxito se evidencia en que algunos de los términos que popularizó  se siguen utilizando en el habla cotidiana. Una de las principales aportaciones a nuestra civilización contemporánea de los autores de psicología ha sido precisamente la creación de conceptos que hoy forman parte de nuestro lenguaje universal, enriqueciendo la capacidad simbólica para afrontar nuestras inquietudes existenciales y nuestras relaciones personales. En el caso de Maslow, “jerarquía de necesidades”, “necesidades de deficiencia” o “necesidades del ser” quizá no nos sean tan familiares, pero sí lo es, desde luego “autorrealización” y probablemente también “experiencias cumbre”.

El término “experiencias cumbre” se refiere a una generalización para los mejores momentos del ser humano, para los momentos más felices de la vida, para experiencias de extasis, arrebato, dicha o de la mayor alegría

Prácticamente todo el mundo tiene experiencias cumbre, pero no todo el mundo lo sabe.(…) Ayudar a la gente a reconocer estos pequeños momentos de éxtasis cuando suceden es una de las tareas del consejero o metaconsejero

  (El término “metaconsejero” hace referencia a la trascendencia propia de los fines últimos de la psicología humanista)

  En cierto modo, podemos decir que la “psicología humanista” es una psicología moralmente comprometida en una serie de valores que contribuirían a hacer un mundo mejor. Eso muestra cierta seguridad por parte del especialista

El (…) Gran Problema es hacer buena a la persona. Debemos tener mejores personas o de lo contrario podemos ser aniquilados o incluso, si no aniquilados, ciertamente vivir en tensión y ansiedad a nivel de especie (…) La buena persona puede igualmente ser llamada la persona autoevolucionada, la persona responsable para sí misma y su propia evolución, la persona iluminada o despierta o perspicaz, la persona completamente humana, la persona que se autorrealiza (…) La autorrealización implica experimentar por completo, de forma vívida, desprendida, con total concentración y absorción.

La autorrealización quiere decir usar la propia inteligencia. No quiere decir hacer cosas extraordinarias necesariamente, pero quiere decir pasar por un periodo de preparación ardua y exigente a fin de poner a prueba las propias posibilidades. La autorrealización puede consistir [simplemente] en hacer ejercicios de dedos en el teclado de un piano. La autorrealización quiere decir trabajar para hacer bien lo que uno quiere hacer


  Que tengamos buenas personas y personas felices. Lo que el psicólogo debe hacer entonces es determinar cuáles son las cualidades que merecen nuestra atención y potenciarlas. Maslow parece que siempre lo tuvo claro: lo que hace feliz al ser humano es desarrollar su potencial.  La persona más capacitada es la más feliz, y la comunidad humana integrada por las personas más capacitadas será la más armoniosa y próspera.

Los niños elegidos por ser superiores en inteligencia [son] superiores también en todo lo demás.

La filosofía de la ciencia, libre de valores, [es] inaplicable a las cuestiones humanas, donde los valores, propósitos y metas personales, los intenciones y los planes son absolutamente cruciales para la comprensión de cualquier persona, e incluso para las metas clásicas de la ciencia, predicción y control.


Hemos aprendido muy bien que es mejor considerar la neurosis más bien relacionada con los desórdenes espirituales [más que con equivalentes a las enfermedades fisiológicas]: la pérdida de significado, dudar acerca de las metas de la vida, dolerse o enfurecerse respecto a un amor perdido, ver la vida de una forma diferente, perder el valor, (…) no gustarse a uno mismo, reconocer que la vida ha sido desperdiciada o que no existe posibilidad de alegría o esperanza, etc. Estas son caídas de la humanidad completa, del florecimiento completo de la naturaleza humana

El ser humano tiene necesidades más elevadas que las instintuales, que son una parte de su equipamiento biológico –la necesidad de ser dignificado, por ejemplo, de ser respetado, y la necesidad de ser libre para su autodesarrollo
 
  Todo esto tiene aspectos muy positivos. Al fin y al cabo, el psicólogo puede y en cierto modo debe ir más allá del ámbito de la cura de la enfermedad. Toda civilización necesita sabios que orienten en la búsqueda de salidas a las contradicciones propias de una forma de vida en la que hemos necesariamente de negar parte de nuestros instintos y negociar con nuestros semejantes la prioridad de satisfacer los intereses de cada uno .

Comenzamos a hablar del saludable inconsciente, de la regresión saludable, instintos saludables, saludable irracionalidad e intuición saludable

  La detección del comportamiento agresivo también es importante.

Hay varias formas de juzgar el nivel motivacional de la vida. Por ejemplo, uno puede juzgar el nivel al que vive la gente por el tipo de humor que les provoca risa. La persona que vive en los niveles de necesidad más bajos es apto a encontrar muy divertido el humor hostil y cruel

  Al cabo de los años, la psicología humanista, bajo diversos nombres, sigue prosperando. Todos queremos ser felices y estimados dentro de una sociedad próspera. Pero aparecen objeciones y si uno lee lo que Maslow escribió al final de su vida, hacia 1969, comienza a encontrar algunas incoherencias.

Mirar dentro de uno mismo para muchas de las respuestas implica tomar responsabilidad. Esto es en sí mismo un gran paso hacia la realización(…) Uno no puede elegir sabiamente en una vida a menos que se atreva a escucharse a sí mismo, a su propio yo, en cada momento de su vida

  Hoy es difícil encontrar psicólogos que recomienden la introspección: sabemos que uno mismo no es observador objetivo de su propia condición psicológica.

  Después, tenemos la cuestión del contenido de la actividad propia de la persona que se autorrealiza.

Hasta ahora, he encontrado que estas experiencias cumbre [en la música y el arte] son referidas a lo que podríamos llamar “música clásica”. No he encontrado experiencias cumbre de John Cage o de una película de Andy Warhol, de tipo de pintura expresionista abstracta o cosas así. No lo he encontrado. La experiencia cumbre que ha referido la mayor alegría, el éxtasis, las visiones de otro mundo u otro nivel de la vida, ha llegado de (…) los grandes clásicos

  El que Maslow  opine  sobre gustos artísticos puede más o menos ser comprensible.  El problema es que Maslow se precipita en general a la hora de elegir determinados valores. Y que su error parece encontrarse en que quiere conciliar lo convencional con la certeza de unos valores objetivos que, se ponga como se ponga, acaban por revelarse como rupturistas con nuestra forma de vida actual. El término medio en el que cae resulta demasiado oportunista y los errores se hacen evidentes.

Se ha demostrado claramente que los criminales sexuales tienen reacciones sexuales muy débiles, no fuertes

  Hoy no parece tan demostrado, pero hacia 1960 era lo aceptable, pues reconocer que el instinto sexual también puede ser destructivo hubiera resultado insoportable en una sociedad que acababa de liberarse de las represiones del puritanismo sexual.

La mayor parte de nosotros hemos aprendido a evitar la autenticidad. Puedes estar en medio de una pelea y tus entrañas hierven de ira, pero si te llaman por teléfono tomas el auricular y decir hola dulcemente.

  Evidentemente, no podemos dar rienda suelta a la “autenticidad” cuando implica dejar incontrolada la ira, pero considerar que la espontaneidad equivale a abrir paso a la natural armonía de nuestros “instintos buenos” (lo mismo que hemos visto con la sexualidad) era lo propio en la época en que Maslow escribió los textos de este libro.

Mi definición de Eupsiquia es claramente una subcultura seleccionada, esto es, compuesta solo de gente saludable o madura psicológicamente, o gente autorrealizada y sus familias. (…)La comunidad científica puede ser considerada como un ejemplo de una subcultura eupsíquica sin liderazgo: descentralizada, voluntaria pero coordinada, productiva y con un código ético poderoso y efectivo (que funciona)

  La idea de “subcultura” es valiosa, en tanto que la subcultura supone una unidad de selección que permite expandir valores culturales innovadores. La aparición del monasticismo hace más de dos mil años fue consecuencia de la emergencia de éticas muy exigentes que no podían expandir sus nuevas invenciones cognitivas sin el paso previo de ponerlas a prueba dentro de experiencias comunitarias aisladas, altamente seleccionadas y controladas. Los monjes experimentaban estrategias de autocontrol del comportamiento que en mayor o menor medida podían acabar siendo asimiladas por la sociedad convencional, permitiendo así su reforma psicológica, que es el fundamento de todo cambio cultural. Por lo tanto, la idea de “subcultura” para permitir la innovación y mejora de la sociedad sigue siendo necesaria, así como lo es la sugerencia de tomar como inspiración (más que como modelo) a la “comunidad científica”. Pero llevar a cabo esta iniciativa es más difícil de lo que parece.

 La aspiración de Maslow a la “eupsiquia”, la utopía psicológica, le llevó a respaldar proyectos dudosos e incluso peligrosos. Tras alabar la novela utópica “La isla” de Aldous Huxley (que desde luego es mucho peor como utopía de lo que “Brave New World” fue como distopía), dedica varios párrafos a valorar positivamente también la comunidad terapéutica de Synanon, a pesar de que juzga un tanto extremas algunas de sus estrategias. Por fortuna, Maslow ya había fallecido cuando Synanon acabó revelándose como una secta destructiva…

  Su crítica al existencialismo también parece insuficiente

El hombre tiene una naturaleza más alta y trascendente, y esto es parte de su esencia, esto es, su naturaleza biológica como miembro de una especie evolucionada. Esto quiere decir para mí algo más, [implica] un rechazo al existencialismo tipo Sartre, esto es, la negación de la naturaleza biológica humana y su rechazo a afrontar la existencia de las ciencias biológicas.

  Y en medio de todo esto, aparecen algunas pinceladas de opinión realmente chocantes.

Debo decir que me siento menos seguro al hablar de la autorrealización en las mujeres 

Ser violado (en cualquier sentido) es menos psicológicamente dañino para las mujeres que para los hombres. Las mujeres son más capaces que los hombres de “relajarse y disfrutarlo”.


  En suma, no debemos rechazar el concepto de utilizar la psicología, la racionalización sobre nuestra propia naturaleza informada por la ciencia, para llevar a cabo la función civilizatoria que antes ha sido propia de los profetas religiosos. El psicólogo debe ser sabio, es la persona que se halla en el lugar adecuado para ello. La actitud de Maslow y los psicólogos humanistas a este respecto es acertada.

La trascendencia se refiere a los más altos e inclusivos niveles de la consciencia, comportamiento y relacionidad humanas, como fin más que como medio, para uno mismo, para los otros que nos importan, para los seres humanos en general, para otras especies, para la naturaleza y para el cosmos

Para los que trascienden, las experiencias cumbre y meseta [“experiencia cumbre” continuada] se convierten en lo más importante en sus vidas, los aspectos más preciosos de la vida (…) Les permiten comprender mejor las parábolas, figuras de expresión verbal, paradojas, música, arte, comunicación no verbal (ésta es una proposición fácilmente verificable) (…) Pueden sacralizar todo a voluntad, percibirlo bajo el aspecto de la eternidad

  Pero quizá sea aún más difícil. Quizá haya que cambiar el entorno humano en su conjunto y no solo al individuo con la ayuda del terapeuta y unos libros de autoayuda. Maslow y la “psicología humanista” probablemente se equivocan al pretender conciliar la utopía y el conformismo con respecto a la vida convencional, pero en cualquier caso está claro que el psicólogo puede cumplir una función específica diferente y complementaria de la del literato, el artista, el sabio…

viernes, 5 de mayo de 2017

“La evolución de Dios”, 2009. Robert Wright

Según el Génesis, “Dios creó al hombre a su imagen”. Según Aristóteles, “los hombres crean a los dioses siguiendo su propia imagen”. 

  Sin duda que el Dios omnipotente del Génesis en la realidad es más bien un objeto maleable de la imaginación humana que no otra cosa. Y, al igual que muchas otras creaciones de la sociedad humana (como el matrimonio, la monarquía, la guerra, la agricultura…), ha ido evolucionando a lo largo de cientos de generaciones.  El autor de este libro, el sociobiólogo y divulgador Robert Wright, nos informa de que, en un principio, los cazadores-recolectores tenían muchos dioses, o espíritus (y a veces “tótems” de apariencia animal), después aparecerá el politeísmo clásico del mundo grecolatino o de la India actual, hasta llegarse finalmente al Dios único, numinoso y metafísico de los cristianos…

  ¿Cómo de importante es este asunto, también para los que no albergan creencias acerca de lo sobrenatural?

El Dios que aparece en las Escrituras –exista o no- tiende a desarrollarse moralmente. Esta progresión, aunque  en ocasiones  sea muy crípticamente y superficialmente aleatoria, se corresponde con la revelación del orden moral que subyace en la historia.

La evolución cultural empuja poco a poco a la divinidad, y en consecuencia a la humanidad, hacia la iluminación moral.

  La humanidad protagoniza una evolución moral. La evolución moral es la que nos aporta los criterios de selección de individuos con fines asociativos que a la vez nos permiten mejorar en la vida social: menos violencia y más cooperación. ¿Y son las religiones el principal impulsor de esta evolución? ¿Lo han sido en el pasado, al menos?

Muchas personas (…) se comportan mejor, incluso son más felices,  al pensar en un Dios consciente de su lucha diaria mientras les ofrece consuelo, afirmación o reprimendas. (…) Es bueno que haya quien  se comporte modélicamente  sin recurrir a ese tipo de asistencia, pero en cierto modo es sorprendente. El comportamiento humano, desde un punto de vista puramente natural, depende  de su relación con el resto de sus congéneres.

  Y los dioses son entidades personificadas –por lo tanto, hasta cierto punto “congéneres”- que aparecen como autoridades morales. Pero antes de convertirse en tales autoridades morales, la autoridad de Dios o los dioses tenía que ver con la inquietud trascendente de todo ser humano.

El sentimiento inherente del ser humano  por encontrar un sentido a su existencia acechaba en todo momento (…) En todas las sociedades siempre hay alguien dispuesto a ganar reputación convirtiéndose en experto religioso. (…) Las sociedades sin expertos religiosos son una auténtica excepción, prácticamente una anomalía

    Un ser imaginario, originado en principio para dar cohesión al grupo que comparte las inevitables inquietudes existenciales, acaba por servir de orientador moral. Este cambio probablemente comenzó en el Neolítico, y más adelante aún, en las religiones “de Escrituras” (posteriores a las más antiguas que se construían en torno a una tradición oral que narraba mitologías), las divinidades se convierten en el vehículo de todo tipo de historias, ejemplos, proverbios y mandamientos morales.

Las Escrituras tienen tanta importancia que si pudiéramos reemplazar mágicamente el Corán (o la Biblia) por un libro de nuestra elección podríamos probablemente hacer que musulmanes, judíos y cristianos fueran mejores personas.

  Tendemos al progreso moral y determinados individuos, impulsados por las circunstancias sociales, crearían nuevas ideas morales que eran plasmadas en las religiones. Así puede que hayan evolucionado los dioses en tanto que entidades imaginarias inmensamente atractivas que dan soporte a nuestra actitud moral.

Podemos considerar que a lo largo de la historia de la humanidad se ha producido una especie de progreso moral, aunque solo sea porque la imaginación moral hoy abarca de forma inconsciente a círculos más amplios que los de cualquier pueblo cazador-recolector. Y seguramente la religión ha desempeñado un papel en este progreso. 

La extensión de la imaginación moral nos obliga a ponernos en el lugar de los demás (…) y nos hace conscientes de que existen parecidos notables con nosotros mismos. 

A medida que la empatía aumenta nos acercamos al amor, que podríamos definir como la apoteosis de la imaginación moral pues fomenta la identificación más íntima y la más intensa apreciación moral con quienes nos rodean. 

  Robert Wright identifica, pues, el progreso moral con el desarrollo de la “imaginación moral”, es decir, la capacidad para empatizar con nuestros semejantes. Y esta capacidad se ha ido incrementando a medida que Dios nos ha alentado a hacerlo.

La imaginación moral fue construida para ayudarnos a discriminar entre aquellos con los que podemos asociarnos de aquellos con los que no

  En términos generales, la moral consiste en asignar reputaciones de fiabilidad a los diversos miembros dentro del grupo, pero la imaginación moral permite precisar cada vez más esa fiabilidad. El ponernos en lugar del otro nos permite comprender mejor los criterios de actuación ajenos y de ahí nuestro conocimiento profundo acerca de lo que podemos esperar de nuestros semejantes. La moral se hace así más sofisticada, más psicológica. Y hace dos mil años comienza a aplicarse la razón en la interpretación de las emociones morales como consecuencia de la racionalización de nuestro mismo concepto de la naturaleza humana

La parte de la mente que es una extensión directa del Logos es la mente racional. Para Filón, ésta lucha constantemente con los impulsos animales que, en el caso de que prevalezcan, pueden deformar nuestra visión y corromper nuestra motivación. Cuanto más dominados se encuentren los impulsos por la mente racional, más cerca de Dios estaremos.

  Filón de Alejandría, un erudito judío contemporáneo de Jesús y Pablo, es un personaje histórico cuya relevancia justamente subraya Robert Wright. El Dios que evoluciona a partir de esta unión entre la doctrina griega del alma vinculada a la razón y el Dios único judío es el que acabará triunfando –con el cristianismo- en la Roma clásica.

Puede que (…) la presencia griega alentase el monoteísmo de Israel en un plano menos político, más cerebral. (…) El monoteísmo griego surgió de una de las grandes aspiraciones culturales de Grecia: el ajuste intelectual de las ideas religiosas.

  Evolución de Dios relacionada con la evolución de la moralidad (“imaginación moral”) y, por tanto, con el progreso de la civilización hacia mayores cotas de cooperación y autocontrol de la agresividad. Esta teoría en cierto modo optimista acerca de la religión es bastante antigua en las ciencias sociales…

La escuela funcionalista [Durkheim] contempla la religión como una herramienta al servicio de la sociedad

…pero no es aceptada por todos. Algunos autores defienden la idea de religión como un subproducto, o incluso un parásito, del desarrollo social. No es ése, evidentemente, el punto de vista de este libro.

¿Se dirige la historia de la humanidad, impulsada por su propia naturaleza, hacia algo que podríamos llamar el bien moral?

  Y, en cualquier caso, no se contempla el progreso moral –social, cultural, civilizatorio- como directamente vinculado a los descubrimientos éticos de un Zaratustra, un Buda, un Filón o un Pablo. En este libro se considera el progreso moral como un fenómeno más bien de origen  político.

El monoteísmo surgió como una forma de entender la catástrofe de Jerusalén [la conquista de Jerusalén por los babilonios].

Las decisiones tácticas y el progreso moral no son mutuamente excluyentes. Lo que empieza siendo una simple estrategia (…) puede evolucionar a algo más genuino. 

  Ahora bien, también podemos interpretar que los acontecimientos políticos (como la pérdida de Jerusalén) impactan a las autoridades que es entonces cuando simpatizan más con determinados profetas o pensadores religiosos, y ahí estaría “lo genuino”: de repente –por circunstancias sociales ajenas a la “búsqueda espiritual”-, el profeta es escuchado por los poderosos y eso permite que su doctrina se extienda… en un principio interpretada en sentido político. Éste sería el mecanismo clave, fundamental, en el proceso de evolución moral. Al rey le interesan determinados aspectos de la doctrina (como que la nación israelita sobreviva a la catástrofe de la pérdida de Jerusalén), pero no ignora las consecuencias psicológicas de la doctrina cuyos profetas protege.

  Y puesto que esta doctrina casi siempre se desarrolla en el sentido de promover la pacificación de la vida cotidiana y de lograr que los súbditos sean menos conflictivos, el gobernante tampoco es indiferente a ella. Ya lo decía Napoleón: “un cura me ahorra diez gendarmes”.

  Sin duda, a nivel histórico la transformación más importante dentro de tal proceso de evolución religiosa ha sido la conversión del Imperio Romano al cristianismo. Muy pocos discuten hoy que se divida la historia entre el “antes” y el “después” de Cristo.

Aunque el imperio romano ya acumulaba casi un siglo de existencia, ninguna otra religión se había propagado como el cristianismo

  Wright considera que el éxito del cristianismo se debe a que Roma demandaba una religión unificadora de un conjunto tan diverso de pueblos que componían el imperio  (de nuevo se subraya el factor político).

Es muy difícil saber  con seguridad cuál fue el elemento diferenciador que hizo que Pablo tuviese éxito (…) [En cualquier caso] extendió el amor fraternal más allá de las congregaciones locales y de las fronteras étnicas 

  Aquí caben, sin embargo, algunas objeciones. Para empezar, Wright no menciona ni el platonismo ni el estoicismo, escuelas de pensamiento cuyas doctrinas pacificadoras y racionalizadoras se extendieron entre las clases cultas del mundo grecolatino y que sin duda influyeron a Pablo tanto como a Filón. Se trataba, por tanto, de algo más que de superar las fronteras étnicas y, sobre todo, es preciso recordar que Roma no fue el primer Imperio de la Antigüedad, y que todos los imperios se enfrentaban al problema de las divisiones étnicas, ¿por qué no surgió entonces el cristianismo, o su equivalente, entre los persas, los chinos o los babilonios (que optaron por otras fórmulas religiosas)? Además, Egipto, cuyo Dios o dioses también recompensaban la virtud con la vida eterna, no tenía apenas divisiones étnicas. Eso hace pensar que la evolución de Dios no fue tan sencilla como la plantea Wright: no se trataba tan solo de que un gran imperio exigiera una doctrina unificadora de los pueblos.

  Tampoco parece acertada la visión acerca del pacifismo cristiano.

Pablo no es el primero en darse cuenta del poder de ofrecer amistad a un enemigo como potente contraataque.  La mención a que su cara arderá de vergüenza  [mencionada por Pablo] viene del libro de los Proverbios 

  Pero el amor al enemigo tiene un componente psicológico más profundo que está presente en el mundo afectivo (incluso femenil) del Nuevo Testamento. No es tanto “potente contraataque” como un despliegue de virtud dirigido a la misma comunidad de creyentes: si amo al enemigo, ¡cuánto más amaré al amigo!

  Ni es acertado decir

La cristiandad reemplazó un tipo de particularismo por otro, en el que la nacionalidad se había cambiado por la fe

  Porque la fe no es un particularismo equivalente a la nacionalidad. No puedes elegir tu nacionalidad, pero sí puedes elegir tu fe, más aún cuando se trata de una religión que tanto airea la capacidad para la conversión, el perdón y la reconciliación.

    Finalmente, sorprende que en este libro no se mencione siquiera la evolución del Dios del cristianismo, desde sus orígenes judaicos, hasta la espiritualidad sutil y profundamente psicológica del cristianismo reformado. Quizá pone demasiado énfasis en cómo los políticos, en base a sus intereses, favorecieron a unas doctrinas sobre otras, olvidando que tales doctrinas, aunque encontraran utilidad política, eran sobre todo doctrinas morales, espirituales, psicológicas.

    En ese sentido, más acertada es esta otra estimación sobre el triunfo del cristianismo que no incide tanto en los intereses de los gobernantes…

El siglo siguiente a la crucifixión es un periodo de dislocación en el Imperio romano. Se produce un éxodo rural y muchos de esos nuevos ciudadanos tienen que enfrentarse a culturas y pueblos extranjeros, lejos del entorno y la familia con la que se habían criado. (…) En el Imperio romano (…) florecen todo tipo de asociaciones voluntarias, como los gremios profesionales, estructuras que podríamos considerar clubes o cultos religiosos. (…) Lo que proponen (…) son la creación de familias ficticias para aquellos que han tenido que dejar a sus verdaderos núcleos familiares. Estas estructuras ofrecen  a sus miembros garantías materiales (por ejemplo, se encargan del enterramiento de los fallecidos) y psicológicas (ayudan a generar un sentimiento de pertenencia). Las primeras iglesias cristianas también cubren esas necesidades vitales desde su fundación. (…) El amor fraternal propugnado por Pablo es producto de los tiempos. 

  Aunque hay que volver a recordar que Roma no fue el primer Imperio ni sus ciudades las primeras grandes ciudades de la civilización. Lo que sucede es que precediendo a Roma y al cristianismo estaba la progresiva confluencia, en el Mediterráneo Oriental, de las civilizaciones que llevaban siglos desarrollando doctrinas religiosas en busca de una virtud que permitiera la coexistencia ("el amor fraternal propugnado por Pablo es producto de los tiempos"). El cristianismo hemos de verlo como una conclusión final de estas doctrinas de la Antigüedad: se crea una religión de masas con un ideal ético absolutamente prosocial que permitiría incluso la erradicación de toda forma de agresión e ignorancia con la garantía del amor fraternal constante y a toda prueba. Semejante cambio exige profundas transformaciones psicológicas en el creyente. Transformaciones muy exigentes en la conducta que llevarán incluso a una minoría de jóvenes a la vida monástica pero que en mayor o menor medida influirán a toda la población para cambiar su comportamiento moral (el primer monasticismo, en todo caso, fue invención de los budistas e hindúes antes que de los cristianos o incluso los pitagóricos).

   Algunos ejemplos de estos cambios en el comportamiento para toda loa sociedad son especialmente notorios, como una preocupación por el bienestar general (caridad y benevolencia), la mejora en la condición de la mujer, la desaparición gradual de la esclavitud o de los espectáculos de gladiadores y la sumisión de los mismos gobernantes a una justicia imparcial.

¿Hasta qué punto ha recorrido la humanidad  el camino de la evolución espiritual?

  ¿Qué es lo “espiritual”? Consideremos que la evolución espiritual se refiere a la mejora moral y al afrontamiento de las inquietudes existenciales. Para el hombre y mujer comunes, las pautas de la vida espiritual son el sustrato último de su comportamiento social. Sabemos que una vida intelectual más rica (por ejemplo, el que incluso un campesino analfabeto se haga preguntas acerca de cuál es la mejor religión) contribuye a desarrollar en general las habilidades sociales. El campesino pide consejo al hombre letrado. El hombre letrado lo pide al maestro. El maestro lee a los grandes sabios. Y el rey da su aprobación a tal encadenamiento de enseñanzas y aprendizaje protegiendo al sabio. Y el rey no haría esto si no fuese consciente de que dar tal protección le proporciona prestigio.

  La evolución espiritual no debe de haber terminado, puesto que nuestra moralidad aún no es perfecta, y los avances que hemos vivido hasta hoy hacen pensar que haríamos bien en tener en cuenta la pasada evolución de Dios, la evolución religiosa.

martes, 25 de abril de 2017

“Pensar rápido, pensar despacio”, 2011. Daniel Kahneman

  Daniel Kahneman es un psicólogo que ganó el Premio Nobel de Economía. Eso no tiene que sorprendernos: la economía se basa en pautas de comportamiento que no obedecen siempre a principios racionales, lo cual exige una interpretación psicológica.

   El hecho es que no sabemos cuáles son nuestras necesidades económicas reales. Sin duda, sobrevivir y reproducirnos entran en el cálculo… pero la misma supervivencia de muchos depende hoy de cómo los demás se satisfagan o no comprando corbatas o yéndose de vacaciones a uno u otro lugar, lo cual no tiene nada de lógico y nos separa del resto de especies animales.

  Dado el avance de la tecnología, nunca ha sido más fácil que en el presente el que la humanidad cubra sus necesidades económicas y que escape de la precariedad que ha sido lo acostumbrado durante toda la historia y prehistoria. Y sin embargo en el mundo sigue habiendo hambre para muchos e incertidumbre para casi todos. Cuando los marxistas trataron de crear sistemas económicos totalmente racionales (“cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad”) el fracaso fue total y absoluto. La mente humana no funciona así y, por tanto, el comportamiento humano tampoco.

La mayor parte de nuestras impresiones y pensamientos surgen en nuestra experiencia consciente sin que sepamos de que modo.

Lo que aquí me propongo es presentar una paronámica que muestre cómo trabaja la mente, para lo cual tengo en cuenta los más recientes avances en psicología cognitiva y social.  (…) Ahora entendemos tanto las maravillas como los defectos del pensamiento intuitivo.

    De lo intuitivo, de lo inconsciente, no podemos librarnos nunca. Daniel Kahneman nos ilustra hablando de dos sistemas de la mente:

El "pensamiento rápido" incluye las dos variantes del pensamiento intuitivo –el experto y el heurístico 

  Y el "pensamiento lento" es el “pensamiento” que entendemos habitualmente como tal: cuando “pensamos”, porque tenemos tiempo para ello  -aparte de otras condiciones que han de darse para que tal complejo proceso se ponga en marcha-, reflexionamos, analizamos y sacamos conclusiones.

    Reflexionando (“pensamiento lento”), aceptamos que para afrontar las cambiantes situaciones creadas por los múltiples factores que interactúan en nuestro entorno la mejor forma de intentar comprender es recurrir a la estadística (en este libro no faltan ejemplos al respecto), pero el “pensamiento rápido” prefiere -no le queda otro remedio, en realidad - la experiencia y la heurística, y entonces…

¿Por qué nos resulta tan difícil pensar estadísticamente? Pensamos asociativamente, pensamos metafóricamente y pensamos causalmente con facilidad, pero hacerlo estadísticamente requiere pensar en muchas cosas a la vez

El Sistema 1 [“pensamiento rápido”] es en general muy bueno en lo que hace  (…) Sin embargo, en el Sistema 1 hay sesgos, errores sistemáticos que es propenso a cometer en circunstancias específicas (…) En ocasiones responde a cuestiones más fáciles que las que se le están planteando, y entiende poco de lógica y estadística. Otra limitación del Sistema 1 es que no puede ser desconectado

No puede confiarse en la intuición en ausencia de regularidades estables en el entorno

  La heurística, para entendernos, son las reglas simples (incluso simplonas) que nos permiten tomar decisiones prácticas y rápidas. Si quiero hacer un regalo para "quedar bien" con alguien, ¿qué artículo elijo en la tienda?, ¿uno caro o uno barato? La heurística nos dice que un artículo caro suele ser más valorado como regalo... Eso es heurística. Si vivo en el norte de Europa y quiero viajar a un país cálido, tengo que ir al sur. Y lo más al sur que existe es la Antártida. Eso también es heurística.

Se trata de un procedimiento sencillo que nos ayuda a encontrar respuestas adecuadas, aunque a menudo imperfectas cuando se trata de preguntas difíciles

  Un ejemplo muy representativo de lo mal que funciona la heurística a veces es el siguiente dilema:

De carácter disciplinado y metódico, necesita ordenarlo y organizarlo todo, y tiene obsesión por el detalle. ¿Es probable que Steve sea un bibliotecario o un agricultor? (…) Un bibliotecario estereotipado es algo que a todo el mundo le viene inmediatamente a la mente (…) ¿Sabe el lector que [incluso] en Estados Unidos hay más de veinte agricultores por cada bibliotecario? (…) Los participantes en nuestros experimentos ignoraban  los datos estadísticos relevantes

   Y por eso nos equivocamos y elegimos “bibliotecario” a pesar de que es evidente que hay muchísimos más agricultores (con todo tipo de personalidades) que bibliotecarios.

  Por otra parte, la heurística y la experiencia no son lo mismo. La heurística se basa en reglas (apariencia, proximidad, cierta causalidad...), la experiencia es solo un recuerdo, y este recuerdo –consciente o inconsciente- crea la base de la intuición

La gente tiende a evaluar la importancia relativa de ciertos asuntos según la facilidad con que son traídos a la memoria

La situación proporciona la ocasión; esta da al experto acceso a información almacenada en la memoria, y la información da la respuesta. La intuición no es ni más ni menos que  el reconocimiento

   ¿Cómo podemos aprender a ser más reflexivos y a pensar mejor?  Pues, para empezar, mientras más sepamos acerca de nuestras limitaciones, más precavidos seremos a la hora de juzgar. Y aquí Kahneman nos informa de unas cuantas “familias” de sesgos engañosos. Por ejemplo, la “ley de los pequeños números”: muchos creyeron que los colegios pequeños son mejores que los grandes porque habían leído en un informe que los que son calificados como “mejores colegios” resulta que son pequeños.

Desafortunadamente el análisis causal es inútil porque los hechos son falsos (…) Los malos colegios también tienden a ser más pequeños que la media. La verdad es que los colegios pequeños no son mejores por término medio, son simplemente más variables 

  La ley de los pequeños números es la misma que hace que si lanzamos una moneda al aire cuatro veces hay muchas posibilidades de que salga “cruz” o “cara” en un 75 o un 100% de las veces (desigualdad)… pero si la lanzamos mil veces el porcentaje será casi exactamente del 50% cara y 50% cruz.

   Otro caso (de sesgo, ya no de heurística, porque no implica tomar un criterio) es el efecto ancla.

Si a alguien se le pregunta si Gandhi tenía más de ciento cuatro años cuando murió, terminará haciendo una estimación más alta de la edad a que murió de la que habría hecho si la pregunta ancla hubiera hablado de treinta cinco años 

  Es decir, tendemos a fijarnos en el dato que nos dan arbitrariamente. Este truco del “efecto ancla” lo usan mucho los vendedores.

  “La regresión a la media” funciona de forma parecida: se nos cuenta de un instructor de vuelo que asegura que, en contra de lo que demuestra la estadística, felicitar a quien lo hace bien no ayuda tanto como amonestar a quien lo hace mal. El instructor decía que cuando él felicitaba a alguien por hacerlo bien, éste no mejoraba, mientras que si amonestaba a quien lo hacía mal, entonces sí mejoraba… Pero lo que sucede es que, estadísticamente, es difícil hacer mejor algo realizado tan bien como para que nos feliciten efusivamente por ello… mientras que es lógico que cuando hacemos algo muy mal (momento en el que nos amonestan) será estadísticamente difícil que vayamos a peor. Siempre se tiende al promedio.

  Otro sesgo muy diferente es la atribución intencional

Hemos nacido preparados para hacer atribuciones intencionales

Nuestra disposición innata a separar la causalidad física de la intencionalidad explica la casi universalidad de las creencias religiosas

  La atribución intencional típica es lo que llamamos “superstición”: si un rayo fulmina a un hombre primitivo, los supervivientes creen que algún dios lo ha castigado por alguna causa (y si solo un hombre sobrevive a una epidemia, se suele pensar también que se trata de un elegido por los dioses: muchos chamanes han comenzado así sus carreras, convencidos de que estaban marcados por la excepcionalidad). Nuestra mente tiende a creer que todos los sucesos que nos rodean tienen un motivo, son intencionados… por parte de alguien. El azar, la casualidad, es una invención moderna.

   La “ilusión de validez” es algo parecido a la atribución intencional. Incluso en el mundo de hoy, Kahneman considera que buena parte de quienes presumen de ser grandes expertos, en realidad, muchas veces son poco más que ilusionistas (o “chamanes”), que hacen creer que tienen más aciertos que el promedio, cuando en realidad no es así.

Los inversionistas y los politólogos, que hacen predicciones a largo plazo, operan en un entorno de validez cero. Sus fallos reflejan la impredecibilidad fundamental de los acontecimientos que intentan predecir. (...) No es que ellos engañen, es que nos engañamos a nosotros mismos al evaluar los resultados. Porque no lo hacemos basándonos en cálculo estadístico.

  Otras veces lo que nos engaña no es ni la heurística, ni la atribución intencional, sino nuestra propia memoria

Los gustos y decisiones están modelados por los recuerdos, y los recuerdos pueden ser falsos.

  Los defectos de nuestro pensamiento (ese tipo de defectos que hoy sabemos que no afectan a los computadores) aparecen en toda circunstancia. Si no nos engaña la memoria, ni la atribución intencional, ni la ley de los pequeños números, simplemente nos puede engañar la fatiga. Porque pensar también supone esfuerzo

La gente que está cognitivamente ocupada es más probable que haga elecciones egoístas, use un lenguaje sexista y emita juicios superficiales en situaciones sociales (…) El autocontrol se debilita

Todas las variantes de esfuerzo voluntario –cognitivo, emocional o físico- hacen uso, al menos en parte, de un fondo compartido de energía mental

  Tras conocer todos estos problemas de nuestra mente podemos llegar también a conocer algunas ventajas que asimismo conllevan. De los sesgos propios del “pensamiento rápido” podemos obtener algunas estrategias útiles. Por ejemplo, el “priming”, que es tanto una característica de nuestra limitación cognitiva como una vía para enfrentarnos a otras limitaciones.

  El “priming” equivale a crear las condiciones psicológicas para una predisposición.

Si tenemos en la mente la palabra COMER (seamos o no conscientes de ello), reconoceremos más rápidamente de lo normal la palabra JAMÓN

  Hasta aquí, parece una limitación porque puede hacer que nos confundamos al interpretar una palabra. Pero el “priming” va más allá…

El “priming” no se limita a conceptos y palabras (…) [El] efecto ideomotor (…) [consiste en que, por ejemplo, la lectura de] palabras asociadas a la ancianidad (…) [hizo que] los jóvenes que habían construido una frase con palabras relativas a la vejez caminaron hacía el vestíbulo más despacio que los demás

  Las religiones han utilizado el “priming” en un sentido moral. Hacer leer a los niños historias sobre santos les inculca también un sentido moral en sus acciones. Y el desarrollo humanista de nuestra civilización ha conllevado una expansión de la literatura psicológica, con sus historias ejemplares, moralistas y sentimentales.

  La predisposición mediante asociaciones puede ponerse en marcha de muchas formas, no solo gracias al “priming”. Algunas nos parecen divertidas cuando la psicología social nos las revela en sus experimentos de laboratorio. Pero pueden ser más que eso.

Los vínculos recíprocos son comunes en la red asociativa (…) Tome el lector un lápiz y sosténgalo entre los dientes (…) [Los que hicieron esto] encontraron los dibujos [humorísticos que les presentaba el experimentador] más divertidos que los que estaban “torciendo el gesto” [haciendo otro tipo de movimientos con el lápiz en la boca]

  ¿No está esto relacionado con el aprendizaje de hábitos gestuales, con las ceremonias y ritos públicos? El soldado que se pone tieso como un palo y que habla a ladridos, el monje que compone gestos de mansedumbre y habla en susurros… ¿No están generando predisposiciones al comportamiento hasta cierto punto efectivas? Estas estrategias de asociación podrían extenderse mucho más si las utilizamos racionalmente.

La representación simbólica evoca asociativamente, de forma atenuada, muchas de nuestras reacciones al acontecimiento real, incluidos indicadores fisiológicos de emoción y hasta mínimas tendencias a evitar o a estar cerca, a retroceder o a observar

    Hay también estrategias para desarrollar la capacidad cognitiva en el sentido de alcanzar mayor exactitud. Algunas son más sencillas (como hacernos esquemas y listados para organizar pensamiento y acción) y otras más complejas.

El efecto checklist (…) [muestra las] virtudes de las listas de control y las reglas sencillas

Un lenguaje más rico es a la larga esencial para lograr hacer críticas constructivas (…) La identificación de errores de juicio es una tarea diagnóstica que requiere un vocabulario preciso.

  La creación del lenguaje es esencial en el desarrollo cultural. La creación de conceptos como “Amor” (en el sentido cristiano), o “Libertad” (en el sentido político), o las geniales invenciones del doctor Freud, como “frustración”, “inconsciente” o “libido” han transformado la forma de ver el mundo.

  Finalmente, Kahneman también nos aporta una reflexión existencial: deberíamos resistirnos al reflejo inconsciente de juzgar todo suceso como parte de un episodio narrativo determinado por su desenlace…

La única perspectiva que podemos adoptar cuando pensamos en nuestras vidas es la del recuerdo

Estuvo escuchando extasiado una larga sinfonía grabada en un disco que estaba rayado hacia el final y producía un ruido escandaloso, y [experimentó cómo] ese desastroso final “arruinó toda la experiencia”. Pero la experiencia no resultó realmente arruinada, sino solo la memoria de la misma

  Quizá podríamos hacer algo al respecto. No ganamos mucho viendo toda nuestra vida como episodios determinados por su final. Tal vez eso tenga sentido en algún caso concreto (reparar una máquina o llevar a cabo un aprendizaje), pero no en todo lo demás, que implica la propia existencia, el goce y el compartir…

sábado, 15 de abril de 2017

“Vivir la comunicación no-violenta”, 2012. Marshall Rosenberg

La comunicación no violenta es un poderoso medio de comunicación, pero va más allá de eso. Es una forma de ser, pensar y vivir en el mundo. Su propósito es inspirar sinceras conexiones entre nosotros mismos y otras personas –conexiones que permitan que puedan verse satisfechas las necesidades de cada uno gracias a una dación compasiva.

   La “comunicación no violenta” es, más bien, una estrategia de psicoterapia. Y desde luego efectiva –como tantas otras, pues de lo contrario no existirían-. Marshall Rosenberg ha sido una autoridad en ese campo y ha creado escuela. Pero es cierto que su forma de abordar los problemas psicológicos de quienes acuden a su terapia se caracteriza también por ciertas ambiciones humanistas de gran alcance.

Esto es de lo que trata toda la comunicación no violenta: ¿Qué podemos hacer para enriquecernos la vida los unos a los otros?

No hay nada que sea mejor, nada que siente mejor, nada que se disfrute más que usar nuestro esfuerzo en servicio de la vida, contribuyendo al bienestar de otros.


  Dar un determinado sentido a la vida puede ser un paso revolucionario que nos lleve más allá de la vida convencional.  La “No-violencia” en particular supone enfrentarse quizá a la misma naturaleza humana, pues no existen registros de comunidades humanas no-violentas, de la misma forma de que no existe registro de ser humano despojado de agresividad. Las llamadas “religiones compasivas” (las cuales solo empezaron a surgir del budismo en adelante, hace unos dos mil quinientos años) han tratado de predisponer a los individuos a la no violencia como mejor garantía de coexistencia armoniosa. Y es cierto que algún progreso se ha hecho, pues la sociedad humana es hoy –particularmente en algunas regiones del mundo- mucho menos violenta de lo que nunca ha sido a lo largo de la historia y esto se atribuye al éxito de algunas estrategias religiosas con sutiles implicaciones psicológicas en el sentido del apaciguamiento de la agresión (el cristianismo reformado en particular). 

  ¿Qué puede aportar en concreto a tan elevada meta un psicoterapeuta como Marshall Rosenberg? Un psicoterapeuta no es un profeta religioso (y es bueno que no lo sea, pues parece que la religión ya no tiene tanto poder) pero no siendo un profeta, tiene una visión definida de la problemática existencial y de esta visión extrae un diagnóstico.

Me preguntaba por qué alguna gente parece disfrutar con el sufrimiento de otros, mientras otros son exactamente lo contrario (…) Tres factores son muy importantes [a este respecto:] (…) el lenguaje que nos han enseñado a usar, cómo se nos ha enseñado a pensar y comunicar [y] las estrategias específicas que hemos aprendido para influir a otros y a nosotros mismos

   Así pues, el problema de la maldad (agresión, egoísmo, crueldad, resentimiento) tendría que ver con una especie de errónea programación de la conducta que hemos recibido. Otros creen que el origen es más profundo, arraigado en la misma naturaleza humana, en las distintas características propias de la personalidad de los individuos. En cualquier caso, Rosenberg asegura que es capaz de enfrentar cualquier comportamiento agresivo gracias a sus técnicas (y al mensaje humanista que implican). Para él, no hay personas inaccesibles a la comunicación no violenta.

La comunicación no violenta muestra a la gente que nunca se trata de lo que hace otra persona, en lugar de eso, es cómo lo vemos, cómo lo interpretamos. (…) Es tu evaluación de la gente –en  forma de juicios que implican error- lo que causa tu ira

  ¿Y en qué consiste básicamente esta estrategia de la “comunicación no violenta”?

El proceso [de comunicación no violenta] se basa en la asunción de que cualquier cosa que la gente oye sobre nosotros que suena como un análisis o un criticismo (…) nos impide conectar con ellos (…). Este punto de vista sobre la comunicación enfatiza la compasión –más que el miedo, la culpa, la vergüenza, el reproche, la coerción o la amenaza del castigo- como motivación para la acción. En otras palabras, es acerca de conseguir lo que queremos por razones que no lamentaremos más tarde. Parte del proceso es decir claramente, sin análisis, criticismo o reproche, lo que vive dentro de nosotros. Otra parte es decir claramente qué nos haría la vida más maravillosa y presentar esta información a los demás como peticiones y no como exigencias.

  Algo sobre lo que se enfatiza mucho es lo de expresar abiertamente nuestras necesidades (otra forma de referirse a “lo que vive dentro de nosotros”).

Cómo nos sentimos es un resultado de cuáles son nuestras necesidades y lo que está sucediendo con nuestras necesidades.

La comunicación no violenta es un lenguaje muy asertivo. Podemos ser muy claros y rotundos sobre lo que sentimos, cuáles son nuestras necesidades, lo que queremos de otra persona. Sin embargo, somos muy asertivos sin hacer dos cosas que convierten la asertividad en violencia. En la comunicación no violenta, somos asertivos sin criticar al otro. No decimos nada en el lenguaje que en modo alguno implique que la otra persona está equivocada.(…) También (…) [somos] muy asertivos al decir a la gente lo que nos gustaría que hicieran. Pero presentamos esto como una petición, no como una exigencia.


  Reducido todavía más: no juzgar y expresar nuestras necesidades de una forma empática. Lo contrario es cuando

en lugar de ambas partes expresando sus propias necesidades y comprendiendo las necesidades de la otra parte, ambos bandos juegan al juego de quién tiene razón.

  Se trata, entonces, de una serie de ejercicios de expresión, de un lenguaje (hablado y también gestual) que evitaría que se disparen las conductas innatas de agresión. El contenido es, aparentemente, el de siempre, propio de una vida convencional: buscamos nuestro interés en forma de estatus social, apoyo psicológico, placer sexual y otras gratificaciones; lo que cambia es el lenguaje mediante el cual comunicamos nuestras previsibles aspiraciones a aquellos de quienes depende que las consigamos (todos los demás). Usar un lenguaje asertivo pero menos conflictivo. Al desaparecer esa conflictividad inútil, supuestamente contaremos con más posibilidades de alcanzar nuestras metas gracias a la cooperación mutua.

  Así aparece cuando Rosenberg nos relata algunas experiencias en su trabajo como terapeuta:

En lugar de contarme cuáles eran sus necesidades, me dio un diagnóstico de que ella [la esposa, en una disputa conyugal] era irresponsable. Es esta clase de lenguaje el que creo que obstaculiza la resolución pacífica de conflictos.

Nos atascamos en nuestros pensamientos.(…) “¿Qué es lo que hice mal? Soy un padre terrible [un padre cuyo hijo se ha suicidado]”. (…) Esa clase de pensamiento puede durar años y años, y la persona nunca sale de ella. Pero eso no es lamentación. Esto es verse atrapado en el pensamiento moralista, todos esos “debería haber hecho”. No va a ninguna parte. “Soy una persona terrible” es pensamiento estático. Eso es lo que nos atasca


  Es decir, la actitud de “juzgar” y calificar moralmente a la persona (a uno mismo y a los demás). El tener o no razón. El señalar al otro (o a uno mismo) como equivocado.

Todos los juicios son expresiones trágicas de otras cosas

Los juicios que hacemos de otras personas –que causan nuestra ira- son en realidad expresiones alienadas de necesidades no satisfechas
 
Los que practican la comunicación no violenta nunca quieren la aprobación de otros
 
El que practica la comunicación no violenta nunca está de acuerdo o en desacuerdo


   Tales observaciones no carecen de agudeza y es creíble que se apoyen en la experiencia terapéutica pero, por otra parte, el juicio moral, el asignar reputaciones a nuestros semejantes, se considera que ha sido un mecanismo esencial en el progreso civilizatorio. De hecho, parece tratarse de una de las pocas cosas que nos diferencian por completo de los animales: los animales no asignan reputaciones de comportamiento cooperativo o antisocial a los otros individuos de su manada, y debido a eso no pueden imponer nuevos usos más provechosos en la vida en común (no pueden imponer criterios de conducta más prosociales una vez corregidos o eliminados los agentes antisociales a los que previamente se ha marcado con una mala reputación). Por otra parte, los animales sí expresan de forma abierta cuáles son sus necesidades, sin ningún género de dudas. En cierto momento, Rosenberg parece ser consciente de esto

No digo que esté equivocado juzgar a la gente. Lo que es importante es ser consciente de que es el juicio lo que nos pone furiosos

  Y es que parece que el no juzgar y el expresar las necesidades en este tipo de terapia va unido a otros factores.

En situaciones de conflicto, decir a la gente lo que no queremos crea tanto confusión como resistencia

Cuando usamos palabras como “escucha” para expresar nuestras estrategias [resulta que] es demasiado vago. No es un verbo de acción (…) El lenguaje que no es de acción exacerba el conflicto

Pensar que hay cosas tales como “demasiado”, “exacto” o “demasiado poco” es mantener conceptos peligrosos (…) Sabes que no “tienes que” [hacer nada], porque ha habido muchas veces en tu vida que no lo has hecho

Un amigo mío (…) pone este proceso [de organizar la respuesta en un conflicto] en una tarjeta (…). Él suele usarla como una "chuleta" en el trabajo. El jefe vendría a él en una forma juzgamental y él se tomaría su tiempo. Se detendría y miraría esta tarjeta en su mano y recordaría cómo responder

Queremos hacer peticiones claras, asertivas, pero  queremos que la otra gente sepa que estas son peticiones y no exigencias. (…) Puedes notar la diferencia por cómo amablemente se pide. (…) Lo que determina la diferencia entre una petición y una exigencia es cómo tratamos a la gente cuando no hacen lo que les pedimos. 
 
Extiendo mi empatía a una persona que sufre, o está enfadada, o aterrorizada al estar del todo presente en lo que vive en esa persona, sin ofrecerle ningún juicio, diagnóstico o consejo


  ¿Y si todo esto no se tratase, en suma, más que de mostrar un comportamiento benevolente y fiable para conseguir la mutua confianza? No hacer reproches, ser sincero, ser muy cuidadoso y amable a la hora responder a un conflicto, transmitir empatía… Lo que estamos creando así es una atmósfera de racionalidad y benevolencia que forzosamente ha de favorecer la cooperación.

Todos los seres humanos, cuando sufren, necesitan presencia y empatía. Podemos querer consejo, pero lo queremos después de que hemos recibido la conexión empática 
 
Violencia –tanto si estamos hablando de violencia verbal, psicológica o física entre marido y mujer, padres e hijos, o naciones- en su base es que la gente no sabe cómo ponerse en contacto con lo que está dentro de ellos. En lugar de eso, se les enseña un lenguaje que indica que hay villanos ahí fuera, tipos malos ahí fuera que están causando un problema. 
 
  Sobre todo, si estas actitudes benevolentes y constructivas se extienden en nuestro entorno, su efecto será probablemente mayor que si solo las conocemos por la intervención de un terapeuta.

Ayuda ser parte de una comunidad de comunicación no violenta de apoyo. Estamos viviendo en un mundo que juzga, y nos ayuda crear un mundo de comunicación no violenta alrededor de nosotros mismos a partir del cual comenzaremos a crear un mundo mejor.

Realmente solo podemos dar amor en la medida en que estamos recibiendo un amor y comprensión similares. Esto es por lo que recomiendo que busquemos la forma en que podemos crear una comunidad de apoyo para nosotros  entre nuestros amigos y otros a quienes podamos dar la comprensión que necesitamos que esté presente en nuestros hijos de una forma que será buena para ellos y nosotros


  No se trataría, quizá, tanto de que se juzgue o no se juzgue, o de que se expresen las necesidades o no, sino de que quienes actúen lo hagan de tal forma que les permita ganarse la confianza de los demás. Y en un entorno racional, solo podemos ganarnos la confianza de los demás si nuestra actitud benevolente queda justificada a todos los niveles. Y es aquí donde aparece alguna incoherencia en el planteamiento de Marshall Rosenberg.

  Por ejemplo, las necesidades expresadas francamente (aunque no se planteen como "exigencias") pueden ser de un egoísmo brutal, y entonces no ganaremos nunca la confianza de los demás expresándolas. ¿Qué confianza puede comunicar un esposo a una esposa si le dice a ésta que desea de ella sumisión y docilidad a la hora de complacerle? La “comunicación no violenta” no puede ser indiferente del contenido. La sinceridad solo comunica confianza cuando nos comportamos como santos, de lo contrario seguiríamos haciendo bien en ocultar nuestras necesidades a los demás. 

  Y en cuanto a la actitud juzgamental, el problema tampoco es que se juzgue o no se juzgue, sino que los juicios han de ser extremadamente exactos (tan exactos, que mejor que en la mayor parte de los casos nos los ahorremos dado el riesgo que implica un juicio precipitado).

  Si vemos esto así, quizá evitemos lo que parecen opiniones y juicios dudosos por parte del mismo Rosenberg.

Amor no es negarte a ti mismo y hacer cosas por otros, más bien es expresar honestamente tus sentimientos y necesidades y recibir empáticamente los sentimientos y necesidades de los otros

  Esto es muy discutible. Si hemos de vivir en cooperación y armonía no siempre vamos a poder permitirnos satisfacer exclusivamente nuestras necesidades. Sí que tendremos a veces que hacer cosas por otros. De hecho, tendremos que estar predispuestos a ello todo el tiempo… en la esperanza de que una actitud semejante se desarrolle también en los demás.

La empatía requiere “aprender cómo disfrutar con el dolor de otra persona” (…) [Considérese el dolor ajeno] un placer en el sentido de que si los otros están experimentando dolor o alegría, cuando nos hacemos presentes a ellos de cierta manera, es algo precioso. Por supuesto, preferiría experimentar alegría, pero es algo muy preciado estar allí con ellos y con lo que sea que esté vivo dentro de ellos.

  Gozar con el dolor ajeno es cuestionable. ¿Un psicópata podría ser un buen terapeuta? La empatía como espectáculo que enriquece la propia percepción supone también uno de los principales problemas de la psicología budista: uno empatiza pero no actúa, uno se sensibiliza pero permanece pasivo.
 
Cuando pones tu atención a los sentimientos y necesidades de otras personas, no hay conflicto (…) Es por eso que quiero decir que se necesita que la otra persona lo capte. Puedes tener que oír su dolor primero por un momento.

  Pero no es fácil que la gente se exponga vulnerablemente a expresar su dolor… si no te has ganado antes su confianza. No se puede dar en la vida cotidiana la misma relación que cuando un particular acude a un psicoterapeuta que te garantiza su profesionalidad y su confidencialidad.

Usar el lenguaje de la vida requiere valor y elegir lo que tú quieres basado más en la intuición que en el pensamiento

Para estar del todo presente, he de despojarme de toda mi formación clínica, de todos mis diagnósticos, de todo previo conocimiento sobre los seres humanos y su desarrollo. Todo eso da solo comprensión intelectual, que bloquea la empatía.


  La intuición y el “sentido común” son peligrosísimos, pues se forman en un inconsciente que no podemos controlar. Solo un santo hace bien en dejarse guiar por su intuición… y por el sentido común de la santidad.
 
  En suma, el ideal de una vida empática, compasiva, es de lo más atrayente, pero no puede ser compatible con los convencionalismos de una sociedad como la actual que no está aún basada en tales principios de vida más bien santa.

Es un regalo recibir empáticamente, conectar con lo que vive dentro de otra persona, no juzgar. Es un regalo cuando intentamos oír lo que está vivo en otra persona y lo que le gustaría a esa persona

  Para alcanzar ese ideal no basta con buenos consejos y ocasionales visitas al terapeuta. Haría falta un cambio cultural en el sentido de la evolución moral de la civilización (extendiendo a nivel universal actitudes de benevolencia, racionalidad y control de la agresión) y un cambio cultural de ese tipo solo puede producirse –en base a la experiencia de la historia- a partir del desarrollo de sub-culturas de perfeccionamiento moral (monasticismo, sacerdocio, sectas puritanas) que gradualmente influyan en el ethos de la sociedad convencional. Tales sub-culturas, a su vez, requieren, aparte de innovaciones ideológicas, un proceso previo de selección de individuos  de determinado tipo de personalidad fuertemente motivados sumado a un cuidadoso proceso de formación psicológica y las correspondientes gratificaciones compatibles con tan alto ideal. 

  Desde luego, estrategas de la psicología del comportamiento como Marshall Rosenberg tendrían mucho que aportar al desarrollo de tales procesos de formación y estructuración de gratificaciones, pero por desgracia lo que sucede con todo este tipo de promotores de la “psicología humanista” (pues Rosenberg mismo se declara entusiasta seguidor de autores hoy clásicos como Abraham Maslow o Carl Rogers) es que pretenden cambiar el mundo sin cambiar la forma de vida convencional (bastante egoísta, competitiva y un tanto alienante) dentro la cual ellos mismos se desenvuelven como prestigiosos profesionales de éxito.