jueves, 25 de agosto de 2016

“Mindware”, 2015. Richard Nisbett

  “Mindware” es una expresion difícilmente traducible al español y tampoco muy habitual en el entorno anglosajón. Podríamos traducirla por “instrumentación cognitiva”, refiriéndonos a las estrategias para el uso de nuestra mente o incluso a los “estilos de pensamiento”.

Este libro trata de algunas de las más fundamentales cuestiones acerca de cómo razonar y hacer inferencias válidas. ¿Qué cuenta como una explicación para cualquier cosa, desde por qué nuestro amigo actúa de una forma tan irritante, hasta por qué fracasa el lanzamiento de un producto? ¿Cómo podemos notar la diferencia entre los sucesos que están relacionados causalmente y los sucesos que están meramente asociados unos con otros en tiempo y lugar? ¿Qué clase de conocimiento puede ser considerado cierto y cuál es conjetura? ¿Cuáles son las características de una buena teoría –en ciencia y en la vida cotidiana? ¿Cómo notar las diferencias entre teorías que pueden ser demostradas como falsas y las que no? Si tenemos una teoría acerca de los tipos de negocio o prácticas profesionales que son efectivas, ¿cómo podemos poner a prueba esa teoría de una forma convincente? (…) Y lo más importante, ¿cómo podemos incrementar la probabilidad de que las elecciones que hacemos servirán mejor a nuestros fines y mejorarán nuestras vidas y las de los otros?

  La mente humana es compleja y probablemente “modular”, es decir, integrada por unidades independientes de percepción y elaboración lógica que funcionan mejor o peor, y que cooperan después -o no- entre sí. Por ello, la elección y el adiestramiento de determinados “estilos de pensamiento” podrían darnos mejores resultados si se adaptan más exactamente a la estructura de la problemática que tenemos que afrontar.  En general, el resultado de afrontar los procesos de pensamiento tiene que ver más con la estructura que con el contenido.

La idea de este libro surgió de mi fascinación por el hecho de que las ideas científicas en un campo pueden ser extremadamente valiosas para otros campos. (…) La teoría de Darwin de la selección natural debe mucho a los filósofos escoceses del siglo XVIII acerca de los sistemas sociales, en particular a la teoría de Adam Smith de que la riqueza social es creada por actores racionales que persiguen sus propios intereses egoístas

  El psicólogo Richard Nisbett espera que podamos obtener ventajas prácticas de los diversos enfoques innovadores del uso de la cognición humana.

Mis colaboradores y yo hemos desarrollado técnicas para enseñar normas de inferencia que ayudan a razonar acerca de problemas comunes personales y profesionales. (…) La clave es aprender cómo encuadrar los sucesos de tal manera que se esclarezca la relevancia de los principios para solucionar los problemas particulares, y que se aprenda cómo codificar los sucesos de tal forma que los principios puedan ser aplicados de forma segura.(…) Comprender lo que podemos y no podemos observar acerca de nuestra vida mental nos dice cuándo confiar en la intuición al resolver un problema y cuando hemos de volver a las reglas explícitas sobre categorización, elección o afirmación de las explicaciones causales

  Ejemplos de principios y codificación:

La enseñanza acerca del concepto estadístico de la ”ley de los grandes números” afecta el razonamiento acerca de cuánta evidencia se necesita para alcanzar creencias exactas acerca de algún objeto o persona. La enseñanza sobre el principio económico de evitar los costes de oportunidad afecta a cómo se razona acerca del uso del tiempo. 

  En “la ley de los grandes números” (es más fácil confundirse al examinar unos pocos casos de un fenómeno, que si se examinan muchos) o en los “costes de oportunidad” (un principio de la microeconomía: la pérdida que afrontamos por dejar de hacer algo) tenemos estructuras lógicas muy útiles que en el comportamiento cotidiano solemos evitar, mientras que hay otras que son engañosas y, muy al contrario, se hacen habituales:

Los sucesos son juzgados como más probables si son similares al prototipo del suceso que si se parecen menos a este. (…) No comprendemos qué aspecto tienen las secuencias de azar que no parecen secuencias de azar (…) La heurística de representatividad a veces influye en los juicios sobre causalidad

    La heurística de representatividad es una estructura por la cual tendemos a señalar secuencias significativas en las sucesiones de hechos observados, cuando en realidad se trata de puro azar. Es decir, que tendemos a encontrar falsas relaciones de causa y efecto. Muchas de nuestras creencias en la magia y la sobrenaturalidad tienen este origen.

La heurística de disponibilidad (…) [supone que] cuando más fácil vengan a la mente ejemplos del suceso, más frecuentes o plausibles nos parecen ser

  Esto es como el temor a los accidentes aéreos: pese a que estadísticamente es mucho más probable morir en accidente de automóvil, la espectacularidad de los escasos accidentes aéreos nos impacta mucho más.

  Otro concepto valioso, y éste para guiar nuestros juicios y no para desconfiar de ellos, es el de “selección aleatoria”, que no ha de confundirse con el mero azar:

Mientras que un procedimiento de selección de muestras se aproxime más al estándar de la selección aleatoria –para la cual la definición es que cada individuo en la población tiene la misma probabilidad de aparecer en la muestra- más deberíamos confiar en ella.

  Estos son ejemplos de estructuras cognitivas falibles o menos falibles. Pero también existen factores ambientales y sociales que limitan la eficacia de nuestro pensamiento:

La gente actúa con más energía no solo cuando están en competición con otros, sino incluso cuando otra gente está meramente observando. El efecto de facilitación social se ha encontrado incluso en perros, armadillos, ranas y peces

    A este respecto está el famoso experimento de psicología social en el que, simplemente, el que tengamos delante un dibujo de unos ojos que nos miran ya limita nuestra capacidad para tomar decisiones.

  Otro ejemplo más de limitación cognitiva por el entorno:

Deberíamos elegir cuidadosamente a nuestros conocidos porque vamos a ser altamente influidos por ellos (…) Los estudiantes que han sido asignados a un compañero de habitación que llega a la Universidad con un historial de bebedor notorio sacan un veinticinco por ciento de peores notas que los estudiantes a los que se asigna un abstemio (…) No había efecto en las chicas por tener una compañera de habitación que bebe

  Uno de los enfoques más fascinantes es el de las diferencias culturales. Nisbett nos las describe, pero no puede aventurar cómo se producen y transmiten. El caso más notable es la diferencia entre las estructuras cognitivas tradicionales de la gran civilización de Asia Oriental (China y Japón) y la de los pueblos europeos.

La atención diferencial al contexto resulta en que los orientales tienen una preferencia mayor por las explicaciones situacionales del comportamiento, mientras que los occidentales tienden más a explicarlo en términos disposicionales

  Esta diferencia implica que, en general, el oriental juzga los hechos más en base al contexto y las relaciones entre elementos individuales, y el occidental tiende a atribuir características propias al elemento que determinan su trayectoria con independencia del contexto y la interacción con otros elementos (explicación disposicional). Aparentemente, el punto de vista oriental es mucho más avanzado y tiende a una mayor precisión. Sin embargo, esta atención al conjunto tiene también sus inconvenientes.

  Básicamente…

Aristóteles puso en el fundamento del pensamiento lógico las siguientes tres proposiciones: 
1-Identidad. Lo que sea, es. “A” es algo y no cualquier otra cosa.
2- No contradicción. A y no A no pueden ser lo mismo. Nada puede ser y no ser. Una proposición y su opuesto no pueden ser verdaderos.
3- Se excluye el término medio: todo debe ser o no ser. A o no A pueden ser ciertos, pero no hay nada entre los dos.

 Los occidentales modernos aceptan estas proposiciones. Pero no la gente que se ha educado en la tradición intelectual de China –al menos, no en toda clase de problema. En lugar de eso, el fundamento del pensamiento oriental es la dialéctica.

Tres principios subyacen al dialectismo oriental. Nótese que no se dice “proposiciones” (…)
1- Principio de cambio: la realidad es un proceso de cambio. Lo que ahora es verdadero en poco tiempo será falso. 
2- Principio de contradicción: la contradicción es la dinámica que subyace al cambio. Porque el cambio es constante, la contradicción es constante.
3- Principio de relación (o holismo). El todo es más que la suma de sus partes. Las partes tienen significado solo en relación con el todo

Mientras que los chinos comprendieron bien muchas cosas que los occidentales comprendieron mal, no pudieron nunca probar que sus teorías eran correctas porque eso habría requerido el criterio científico, que los occidentales conocen desde hace veintiséis siglos. La ciencia, básicamente, es categorización más reglas empíricas y un compromiso a los principios lógicos. Los chinos comprendieron  el concepto de acción a distancia cuando los occidentales no [al comprender las mareas, el magnetismo y la gravedad], pero fue la ciencia occidental la que probó que el concepto era correcto.

  Podemos concluir que el libro de Nisbett busca informarnos y advertirnos,  en una época en la cual tenemos todas nuestras esperanzas de progreso puestas en la racionalidad y la ciencia, de lo relativas que son las reglas lógicas de nuestro pensamiento que todos consideramos tan universales.

  No se confunda esto con lo que Nisbett considera casi una moda frívola, como son las escuelas del postmodernismo y el deconstruccionismo, que pretenden que el conocimiento es inalcanzable.

Postmodernistas y deconstruccionistas enfatizan en el sentido de que no hay hechos, sino solo interpretaciones de la realidad socialmente acordadas. [Pero] ellos claramente no viven sus vidas como si creyeran eso, aunque han gastado una cantidad colosal de enseñanza universitaria y esfuerzo de “investigación” promulgando estos puntos de vistas nihilistas

  De lo que se trata en cambio es de tener en cuenta esa falibilidad y esa relatividad de nuestra capacidad cognitiva, y obrar en consecuencia.

No nos damos cuenta de que firmamos la petición de Bob pero no la de Bill en parte debido a que la letra de la petición es más clara. No nos damos cuenta de que encontramos que Marian es una persona más cálida porque compartimos con ella café y con Martha té helado.  Si bien parece como si tuviéramos acceso al trabajo de nuestra mente, en la mayor parte de las ocasiones no es así.

  Esto no es otra cosa que “psicología” en general: ser conscientes de nuestros límites racionales. Y adquirir esa consciencia puede darnos mucha seguridad, pese a las protestas de humildad de los conocedores, tal como Nisbett afirma al final de su libro.

Usted ya sabía que era falible antes de leer este libro. Usted sabe ahora mucho más acerca de lo que produce sus errores y cómo compensarlos. Este conocimiento le ayudará a percibir el mundo con más exactitud y a comportarse de forma más sensata. Lo que usted ha leído también sirve como un arma para defenderse contra las aserciones erradas de otros –amigos y conocidos, tanto como la gente que aparece en los medios de comunicación

Yo he violado la mayor parte de los principios de este libro con frecuencia y muchos de ellos constantemente. Algunas de nuestras tendencias psicológicas están, simplemente, demasiado profundamente arraigadas, y no van a ser extirpadas solo por aprender algunos nuevos principios destinados a reducir sus efectos. Pero yo sé que estas tendencias pueden ser modificadas y su daño limitado por virtud de conocer acerca de ellas y de cómo combatirlas.

lunes, 15 de agosto de 2016

“Manual de Psicología Moral”, 2010. John M. Doris (Editor)

   John M . Doris encabeza un equipo de hasta veintidós estudiosos más (entre ellos Joshua Greene) denominado "Grupo de Investigación de Psicología Moral". En el volumen que Doris edita se recopilan algunos de los trabajos más innovadores en este apartado de las ciencias sociales.
 
La disciplina de la psicología moral es, como el nombre hace pensar, una investigación híbrida, informada tanto por la teoría ética como por el hecho psicológico

Las cuestiones centrales en el campo [de la psicología moral son:] ¿cuál es la naturaleza del juicio moral?, ¿por qué la gente se comporta bien o mal?

Los comportamientos prosociales son adaptativos porque ayudan a los individuos a cosechar los beneficios de las interacciones cooperativas para evitar sanciones y para promover la prosocialidad entre los socios


   Un punto de vista bastante asumido es que las relaciones sociales de moralidad son un hecho diferencial propio de la especie humana con respecto a todos los demás seres vivos

Siguiendo los pasos de Darwin, numerosos filósofos, psicólogos, antropólogos y biólogos (…) coinciden en la provocativa afirmación de que la moralidad es una parte evolucionada de la naturaleza humana, como la tendencia a tejer redes es una parte evolucionada de la naturaleza de las arañas

La evidencia sugiere que la gente está dotada con una capacidad de raciocinio que es específica al ámbito de las normas. Mientras que las personas razonan pobremente acerca de asuntos no normativos, están predispuestas al razonamiento sobre asuntos normativos (…) La existencia de un sistema cognitivo que parece dedicado específicamente a producir buen razonamiento sobre normas desde una edad temprana proporciona alguna evidencia sugestiva de que la cognición normativa es una adaptación
 
  Esto se considera probado cuando se llevan a cabo algunos experimentos psicológicos. En estos,  a la hora de resolver problemas lógicos (del tipo de la "Tarea de selección de Wason") determinadas estructuras de pensamiento nos resultan difíciles en comparación a lo fácil que son afrontadas por los computadores, y sin embargo, cuando las mismas estructuras lógicas aparecen en problemas de tipo moral o de normas sociales, las dificultades disminuyen asombrosamente.

  Así pues, somos “animales morales”. Eso significa que tenemos una tendencia inconsciente a juzgar los actos de nuestros semejantes en cuanto a que sean o no beneficiosos para el bien común, y a posicionarnos públicamente con respecto a ello (asignando reputaciones a los individuos). No nos bastamos con seguir nuestros intereses en la medida en que no choquen con los intereses ajenos, sino que nos vemos afectados emocionalmente ante cualquier actitud (propia y ajena) que vaya en contra de las normas. Nos interesa informarnos con respecto a la reputación de los demás así como crearnos una reputación con respecto a si somos o no cumplidores de las normas que garantizan los intereses comunes. 

  Lógicamente, el comportamiento altruista, el del individuo que es capaz de obrar, en ocasiones, no en provecho propio, sino en el provecho ajeno, es el que goza de mejor reputación y el que genera una mayor confianza en las relaciones sociales. La forma más sencilla de altruismo es el altruismo recíproco, en el que yo obro en tu beneficio a cambio de que tú, en un momento y situación dados, obres también en el mío.

El altruismo recíproco puede explicar la selección del comportamiento altruista solo si nuestros antepasados eran capaces de discriminar entre aquellos individuos que no actuaban de forma recíproca (los que engañaban) y aquellos que sí actuaban de forma recíproca. Esto es, solo si eran capaces de recordar quién hizo qué.

  Esta capacidad de discriminar entre los que obran justamente (recíprocamente) solo puede ser consecuencia de un gran desarrollo de la memoria e inteligencia. No es fácil detectar los engaños y ser justos a la hora de asignar una reputación. Al fin y al cabo, los que engañan también son inteligentes y racionales, y en tanto que individuos es explicable que quieran beneficiarse del bien común al menor costo posible (egoísmo) por lo cual también tratarán de engañar de la forma más eficaz posible. Además, en su origen, los seres humanos vivían en grupos pequeños, donde todo el mundo conocía a todo el mundo y se veían unos a otros casi todos los días, mientras que hoy, en nuestras grandes concentraciones de población, identificar al que merece la peor o la mejor reputación es mucho más difícil. 

  Por eso determinar la reputación no es hoy un proceso meramente racional. Sería prácticamente imposible encontrar criterios exactos de buen o mal comportamiento cívico.

Los datos que hemos estado revisando sugieren fuertemente que las emociones están activas con regularidad y con seguridad durante los episodios de cognición moral

  Toda psicología moral se basa tanto en factores emocionales como racionales. Un aparcamiento incorrecto y una estafa son infracciones contrarias al bien común, pero generan reacciones emocionales totalmente diferentes. 

  La expresión más convencional de los juicios morales toma la forma cognitiva de la heurística

La heurística incluye cualquier atajo mental (…) que generalmente funciona bien en circunstancias comunes pero que también puede llevar a errores sistemáticos en situaciones inusuales. Esta definición incluye reglas tales como (…) “cree lo que los científicos te cuentan sobre el mundo natural más que a los sacerdotes” (…) En lugar de investigar directamente si el objeto tiene el atributo buscado, el creyente usa información sobre un atributo diferente, el atributo heurístico, el cual es más fácil de detectar (…) La heurística normalmente opera inconscientemente (…) La clave de la heurística es que sea lo suficientemente rápida y concisa para que sea útil en la vida real

  Los criterios de moralidad suelen agruparse en dos visiones teóricas principales, el utilitarismo y la deontología. El utilitarismo es esencialmente práctico, y determina los criterios morales en base a sus consecuencias probables a fin de conseguir el mayor bien para el mayor número.

Lo que un utilitario ve como una heurística moral (¡no mentir nunca!) puede ser considerado como un principio moral autónomo por un deontologista

  El sueño de la deontología es hallar principios morales universales que puedan aplicarse a todo entorno y situación. Para eso sería preciso hallar principios lógicos respaldados emocionalmente en función del interés moral (conducta individual adaptada al interés común). Esto, de momento, no parece posible, como demuestra la evolución de las culturas que determina diferentes criterios morales en una sociedad a lo largo del tiempo.

La variación que se observa entre diversas culturas en los juegos económicos [tipo "dictador" o “"ultimátum"] sugiere que la cultura puede contribuir a cómo la gente construye su concepción de la justicia 

  Se menciona el ejemplo de pueblos que están adaptados a una forma estricta de reciprocidad y que han interiorizado este mecanismo lógico inconscientemente. Por ejemplo, el caso de la cultura en la que  tú no puedes hacer un regalo a alguien sin esperar que te sea devuelto equitativamente; en una cultura así se puede considerar ofensivo tanto que no te devuelvan el regalo como que tú hagas un regalo a otro sabiendo que el receptor no está en condiciones de devolvértelo… 

Las reglas morales son un factor crucial en los procesos psicológicos que llevan a los juicios morales (…) Las reglas morales pueden jugar un papel causal importante en las inferencias sin que este proceso sea accessible conscientemente   

  Uno de los pocos principios morales que podrían ser considerados universales sería el de la intención del que actúa moral o inmoralmente… Sin embargo, incluso el Código Penal considera de forma muy diferente los actos según las consecuencias, con relativa indiferencia en cuanto a la intención. Y esto se basa en principios emocionales:

La gente le atribuye casi tanta culpa a las malas intenciones como a las malas acciones, pero casi nunca se alaba las buenas intenciones en comparación con las buenas acciones 

La gente está dispuesta a decir que un agente es responsable por un daño severo incluso cuando el comportamiento de ese agente es solo muy ligeramente negligente, mientras que se niegan a decir que el agente es responsable de daños ligeros a menos que el agente sea muy negligente


  La explicación puede estar en la conveniencia de que se exija más atención a la hora de efectuar actos con consecuencias graves para el bien ajeno, por mucho que se tenga buena intención. En nuestra cultura actual, un acto mal intencionado que daña levemente a uno no puede valorarse peor que una negligencia que mata a cien por el motivo práctico de la utilidad preventiva del reproche.

  Otra cuestión es el situacionismo: el factor emocional causado por el entorno que interfiere en el juicio moral

Se ha descubierto que los sujetos que acaban de encontrar una moneda son veintidós veces más propensos a ayudar a una mujer a la que se le han caído unos papeles que los sujetos que no han encontrado la moneda (…) Es cinco veces más probable que se ayude a un hombre aparentemente herido al que se le han caído unos libros cuando el ruido ambiente está a niveles normales que cuando hay cerca una ruidosa segadora de césped.

   La conclusión positiva que podemos alcanzar a este respecto es que, conociendo los factores que influyen en el comportamiento moral, podemos influir en ellos 

Existe un importante papel a jugar por la razón práctica. Por ejemplo, la formulación proactiva de metas y actitudes personales que apunta explícitamente a factores situacionales pre-identificados como problemáticos podría en ocasiones disminuir la influencia de las tendencias automáticas indeseables

     Tal como muestran los experimentos en psicología social, podemos ejercer algún control sobre los factores situacionales ya que no ser inmunes a ellos. Si sabemos que ponernos de buen humor por haber encontrado una moneda nos predispone a ayudar a otros, entonces sería una buena idea –práctica- el tratar de darnos los unos a los otros momentos agradables que favorecerían en general una actitud positiva y altruista. 

Hay todavía un importante papel para la aplicación estratégica de los poderes individuales de deliberación, automonitorización y autocontrol, [pero] debe ser suplementado con atención sistemática a la manera en que los procesos cognitivos internos interactúan con factores del entorno tales como las relaciones interpersonales, marcos sociales y organización, y estructuras institucionales

  Este comentario se hace en este libro, precisamente, con razón de los terribles experimentos de psicología social del tipo “Milgram" (dañar a otros por obediencia). Si queda demostrado que los factores del entorno pueden llegar a ser decisivos –por ejemplo, que estemos habituados a obedecer las jerarquías y las exigencias que son manifestadas en actitud autoritaria-, una buena prevención será siempre eludir ese tipo de relaciones personales en la vida cotidiana, incluso aunque nos parezcan necesarias, y buscarles alternativas.

  Creer sobre todo en la fuerza de la voluntad y en el carácter inamovible de las convicciones morales (deontología) podría ser un grave error a la hora de enfrentarnos a situaciones inesperadas del mundo real. La alternativa informada por las ciencias sociales tiene que ver con que participemos en el control del propio entorno y en que predispongamos a los individuos (sobre todo a nosotros mismos) a actuar en su propia mejora moral conociendo los obstáculos a los que han de enfrentarse. Este conjunto de acciones sociales con efectos generales a favor del comportamiento moral (emocionalmente interiorizado) es lo que llamamos “moralización”.
 
La moralización, que crucialmente implica elementos emocionales, ha tenido efectos en la promulgación de vegetarianismo y en el descenso de la aceptabilidad de fumar. 
 
  El proceso de moralización es el fenómeno esencial del desarrollo civilizatorio y se refiere, desde luego, a cuestiones mucho más graves que el vegetarianismo o dejar de fumar, tales como los derechos humanos o la justicia social. Hoy por hoy el proceso de moralización no es objeto de una acción social específica, sino que se desarrolla en forma evolutiva a partir de múltiples acciones sociales inconexas (religión, educación, reformas legales, cambios en las costumbres…). Queda para el futuro una organización coherente y racional del proceso de moralización, que sería a su vez la primera elaboración racional y a gran escala del proceso de civilización.

viernes, 5 de agosto de 2016

“Por qué Europa conquistó el mundo”, 2015. Philip T. Hoffman

    Philip T. Hoffman, historiador y economista, aborda una cuestión muy debatida en los últimos tiempos: ¿qué había de especial en los pueblos de Europa que acabó llevándolos, no solo al dominio político, sino también a imponer su cultura y su pensamiento a los demás pueblos del mundo? Esta cuestión nadie se la hubiera planteado hace un siglo, pues se suponía que era una consecuencia natural de la superioridad de la civilización sobre la barbarie, pero hoy, aparte de que somos menos racistas, también sabemos que, en Asia sobre todo, existían brillantes y muy avanzadas civilizaciones que solo en los últimos siglos quedaron a merced del poder político de Europa Occidental.

¿Por qué los europeos fueron los únicos que acabaron subyugando el mundo? ¿Por qué no los chinos, los japoneses, los otomanos de Oriente Medio o los asiáticos del sur? En algún momento, uno u otro pudieron presumir de poderosas civilizaciones y, a diferencia de los africanos, los aborígenes americanos y los habitantes de Australia y de las islas del Pacífico, todos ellos tuvieron un temprano acceso a las mismas armas que empleaban los europeos. Y si nos remitimos al pasado, todos parecían candidatos más fuertes que los europeos. Entonces, ¿por qué no acabaron tomando el control?

  Existe una teoría clásica: el cristianismo. No tanto el cristianismo en el sentido devoto de una filosofía de vida pacifista y conciliadora que surge ex novo con su asombroso profeta crucificado, sino el cristianismo que sería la formulación definitiva de una búsqueda de acción social ética que habría comenzado con el pensamiento griego y sería después reconducida por el judaísmo helenizado, encontrando en el grandioso Imperio Romano el marco político propicio para su consumación.

  Esta teoría no es la de Hoffman, desde luego, ni la de otros pensadores y eruditos que menciona (tal como aparece en los libros, por ejemplo, de Jared Diamond y Acemoglu y Robinson). Philip T. Hoffman comienza en cambio señalando algo tan materialista como “el dominio de la pólvora”: el armamento superior que dio a Europa la capacidad para conquistar militarmente a las otras civilizaciones.

Con el dominio de la tecnología de la pólvora, los europeos hicieron que el imperio otomano perdiese la categoría de gran potencia y asimismo iniciaron la conquista de la India, todo ello en el siglo XVIII. (…) A finales del siglo XVII, si no antes, la tecnología y la táctica de chinos, japoneses y otomanos habían quedado muy por detrás de las que se empleaban en Europa occidental. También pudieron adoptar las últimas innovaciones militares y a veces mejorar la tecnología de la pólvora por sí mismos, pero no pudieron mantener el ritmo implacable de la innovación militar marcado por los europeos. ¿Por qué estos otros poderosos estados quedaron rezagados, antes incluso de que empezase la revolución industrial?

  La teoría de Hoffman alude a una “historia política” que permitió a naciones como Portugal, Francia, Inglaterra o Holanda el desarrollo de este formidable nuevo armamento. Para empezar, Europa estaba dividida en reinos “medianos” (ni demasiado pequeños, ni del tamaño de imperios) que luchaban constantemente entre sí. La guerra era la principal actividad de los reyes y sus caballeros…

Los incentivos sesgados de los príncipes europeos y la indivisibilidad de los botines en sus guerras explican al menos por qué la temprana Europa moderna se veía asolada por hostilidades prácticamente constantes

En Europa, la situación política permitió movilizar enormes sumas de dinero para ejércitos y barcos, y la situación militar favoreció la tecnología de la pólvora, la cual, por ser una novedad, tenía un gran potencial de mejora mediante el aprendizaje por la práctica que se produjo en Europa antes de 1800. En otros lugares, y pese a que las guerras eran frecuentes, los incentivos políticos y militares no favorecían este resultado, y esta es la razón por la cual los europeos fueron quienes más hicieron avanzar la tecnología de la pólvora. (…) Pese a las ventas de armas y de servicios militares, el resto del mundo siguió rezagándose. Demasiados obstáculos políticos y militares bloquearon la transferencia al por mayor de la tecnología de la pólvora y la movilización de recursos a la misma escala que en Europa

  Al otro lado de la inmensa masa terrestre euroasiática está la civilización que tuvo sin duda más posibilidades de competir contra los europeos: China. Los chinos lograron su unificación como imperio más o menos en la misma época que los romanos. Hay incluso cierto paralelismo entre el imperio chino de la dinastía Han y el imperio romano de la dinastía antonina. Incluso desarrollaron filosofías de vida que se parecían, como fueron el confucionismo y el estoicismo.

  Pero el imperio romano se fragmentó y jamás volvió a unirse…

La historia política comprende desde la temprana formación de un imperio chino en Asia oriental hasta los siglos que siguieron a la caída del imperio romano cuando Europa no tenía estados altamente desarrollados. La historia política desencadenó y mantuvo la competición, y actuó en contra de un resultado similar en cualquier otra parte de Eurasia. (…) La historia política es la causa principal, pero esto no significa que el resultado estuviera predeterminado en modo alguno. Un curso diferente de los acontecimientos, en algunos momentos cruciales, fácilmente hubiera podido hacer que otra potencia llegase a ser el amo del mundo. Si los descendientes de Carlomagno no hubieran empezado a luchar unos contra otros y los mongoles no hubieran sometido al imperio chino, entonces nos preguntaríamos por qué China conquistó el globo.

  A resultas de la fragmentación política, Europa habría desarrollado una cultura guerrera, de reyes pendencieros constantemente enfrentados con sus vecinos, mientras que China desarrollaría un imperio unido, burocrático, donde el servicio público en el funcionariado por parte de la clase alta habría reemplazado el afán de gloria militar de los caballeros.

Hoy en día se supone que los dirigentes políticos tienen que proporcionar prosperidad, seguridad, ayuda después de las catástrofes y paz. Pero las expectativas eran absolutamente diferentes para los monarcas que ejercían el poder en la temprana Europa moderna. Estos «no debían tener otro objetivo, pensamiento o profesión más que la guerra». Este era el principal consejo que el estadista y filósofo político Nicolás Maquiavelo ofreció (…) Excepcionalmente, algún pensador —entre los que destacan los humanistas Erasmo de Róterdam y Tomás Moro como ejemplos aislados— podía arremeter contra todos los príncipes implicados en las guerras, pero sus críticas aisladas no hacían más que recalcar la cruda realidad política. En cambio, los soberanos del otro lado del mundo parecían bastante menos belicosos. Esta es la conclusión a la que llegó el jesuita italiano Matteo Ricci [que se estableció en China a finales del siglo XVI]

  Y es de este constante enfrentamiento entre monarcas europeos que surgiría el perfeccionamiento del armamento y las tácticas guerreras.


El modelo de la competición puede decirnos por qué [Europa se convirtió en la gran fuerza militar del mundo] y también puede proporcionarnos más información. Puede explicar no sólo por qué los chinos, japoneses, indios, rusos y otomanos quedaron rezagados, sino por qué innovaron cuando lo hicieron. (…) El modelo de la competición impone cuatro condiciones para impulsar la tecnología de la pólvora: las guerras frecuentes, un gasto militar masivo, el uso preferente de la tecnología de la pólvora en vez de otras tecnologías más antiguas y pocos obstáculos a la hora de adoptar innovaciones militares, incluidas las de los oponentes.

  Pero esta teoría presenta algunos problemas… Para empezar no parece correcto equiparar la sátira de denuncia política de Maquiavelo a una visión realista de la filosofía política europea: ya desde César Augusto la paz era un objetivo político, con independencia de que existiera el ideal de gloria militar –también existía en China-. Y en general resulta poco creíble el planteamiento “contrafactual” de que

Si Ludovico no hubiera desbaratado sus planes hereditarios, el imperio de Carlomagno hubiera podido permanecer intacto durante varias generaciones. (…) Europa occidental habría podido permanecer unificada durante largo tiempo, como lo estuvo China bajo las dinastías Qin y Han. Entonces, el emperador occidental se habría convertido en un líder hegemónico europeo, al igual que los emperadores chinos. Con el tiempo, también hubiera tenido que vérselas con los nómadas del este y combatir en guerras de galeras en el Mediterráneo. Sus sucesores no hubieran tomado el liderazgo en el desarrollo de la tecnología de la pólvora, y Europa no habría conquistado el mundo.

   Tampoco resulta muy  convincente lo de la “guerra contra los nómadas” que es mencionado con bastante frecuencia, relacionado con el uso de un armamento más primitivo:

Hasta mediados del siglo XVII, los principales enemigos por tierra de los rusos eran los nómadas tártaros. Las armas de fuego les ayudaron a luchar contra ellos, especialmente si las desplegaban tras las líneas fortificadas, pero la caballería armada con arcos y sables eran armas más efectivas, como en China. Los otomanos también confiaban en la caballería, porque gran parte de sus conflictos (contra los tártaros o contra los persas) conllevaban escaramuzas e incursiones fronterizas

  Supuestamente, un imperio unificado, como el chino, el persa y el ruso (¿y también el romano?), solo tiene que defenderse de los nómadas de las praderas, y contra los jinetes nómadas los avances armamentísticos no tienen gran importancia. No se profundiza en este tema, y uno se pregunta por qué los rusos y otros pueblos del Este de Europa dejaron de preocuparse por la amenaza de los nómadas después del siglo XV, con la liquidación del imperio del último gran caudillo nómada, Tamerlán. ¿La derrota posterior de los nómadas entonces no estuvo relacionada con el desarrollo de las armas de fuego?

  En cualquier caso, según este planteamiento, China ya no tenía enemigos contra los que desarrollar la tecnología militar. China descuidó la milicia y así llegó su ruina al ser fácilmente vencida por los europeos en las infames guerras del Opio.

  Pero la principal objeción es que el autor se contradice cuando señala que, aparte de que las naciones nunca crearan imperios unificados, además…

la innovación militar (al menos la que se produce con el aprendizaje por la práctica), requiere que haya guerra, pero la guerra sola no basta. También tiene que haber unas grandes inversiones para librarla, lo que exige un premio valioso y un bajo coste total de la movilización de recursos.(…) Los monarcas de Europa occidental que consiguieron reunir recursos a un coste político bajo lo hicieron al final de la Edad Media o en los inicios de la propia época moderna, cuando se ganaron el derecho de recaudar sumas considerables de impuestos permanentes

La cristiandad (…) [p]osiblemente facilitó el comercio, proporcionando una base común para la moralidad y el derecho (incluyendo una manera de crear organizaciones con una personalidad legal independiente), en la era anterior a los estados fuertes. 

[La] disminución de los índices de muerte violenta de los reyes europeos [cayó] desde unas astronómicas 23 a 25 muertes de gobernante en mil años en el siglo VII (unas cuatro veces la tasa de mortalidad actual de los soldados en plena batalla), hasta menos de tres muertes de gobernante en mil años en el siglo XVI.  (…) Desde la época carolingia en adelante sus consejeros del clero pusieron aún más énfasis en la virtud cristiana de la misericordia que supuestamente reyes y príncipes debían mostrar

  Esta tendencia a una violencia política menor contrasta con lo que sucedía en otras naciones, como Turquía o la India.
 
[El] valor [del premio para los gobernantes guerreros] se vio reducido por el conflicto en el seno de las familias indias poderosas por la sucesión a un trono o por los derechos a gobernar.  Los conflictos de este tipo, que se habían convertido en algo raro en Europa en la Baja Edad Media, en la India redujeron el valor del premio para los vencedores al aumentar las probabilidades de que un príncipe u otro gobernante no pudiera disfrutar los frutos de su victoria

  Todo esto parece estar haciendo referencia a explicaciones de otro tipo, más en el sentido “cristiano” de lo que el autor en un principio quiere reconocer. La riqueza de Inglaterra y su consecuente poder imperial en el umbral de la revolución industrial tendrían también un origen civilizatorio y ético

Los reyes de Francia hubieran podido querer que su armada imitase a los ingleses, pero ciertamente no estaban dispuestos a crear una asamblea política nacional para después otorgarle todos los poderes para pedir créditos, gastar y decretar impuestos que el Parlamento tenía en la Inglaterra del siglo XVIII.

  Recordemos el origen inmediato de Revolución Francesa: la guerra por la independencia de los Estados Unidos -que supuso precisamente una de las pocas derrotas militares británicas del siglo XVIII- le costó mucho dinero al rey francés, y por eso después del conflicto hubo de convocar al parlamento de los “Estados generales” a fin de obtener más ingresos que pagaran sus deudas. La burguesía –el "Tercer Estado”- exigió, sin embargo, al igual que en el caso británico, más poder político y más reconocimiento de derechos a cambio. Las resistencias del Rey, la aristocracia y el clero llevaron a una crisis política con consecuencias inesperadas.

La cultura explica gran parte de la diversidad entre las sociedades humanas, y sobre todo las diferencias en las normas de conducta en los experimentos relacionados con el bien público

Los menores costes políticos permiten a las grandes potencias recaudar impuestos, estas pueden emplear los ingresos para aumentar su burocracia fiscal o para construir un ejército o una flota naval mayor.

  De modo que resultan menos creíbles las otras explicaciones: que los europeos eran más guerreros, que la guerra contra los nómadas no exige desarrollar las armas de fuego o que hubiera bastado un Emperador poderoso para que Europa siguiera un curso histórico parecido al del imperio chino.

  Señalemos, por cierto, que el autor considera que algo que caracterizaba a los estados europeos era, aparte de estar en guerra constante por la búsqueda de gloria de sus reyes, el que recaudaban una enormidad de impuestos, lo cual, obviamente, solo podía hacerse imponiendo más penurias a los súbditos… Por lo tanto, de ser esto cierto, los europeos no habrían conseguido el dominio de la fuerza por ser más civilizados que los otros pueblos de Eurasia…

Los impuestos en Europa occidental eran realmente abrumadores para los estándares euroasiáticos. La prueba más evidente de ello procede de la comparación de los ingresos fiscales entre los países de Europa occidental y los del imperio otomano

[Con] bajos impuestos per cápita, a largo plazo no fue suficiente para que los emperadores [chinos] igualasen las enormes sumas de ingresos fiscales amasadas y después pródigamente empleadas en la guerra por los gobernantes de Europa occidental. (…) Ello no significa que fuesen más pobres, puesto que probablemente sus poblaciones estaban mejor.(…) En gran parte de Europa occidental, incluso en 1800, los salarios no eran superiores a los de las zonas más ricas de Asia. 

  Quedaría quizá para otra discusión el saber si, realmente, chinos, indios y turcos eran más humanitarios que sus contemporáneos europeos al oprimir menos con sus impuestos. La crueldad de muchos rasgos de la civilización china (la atroz represión de las rebeliones de los campesinos), de Turquía (castigos penales terribles) y de la India (sistema de castas) han sido considerados usualmente signos de atraso civilizatorio. Pero, por lo visto, esto es discutible, y merece ser examinado de cerca… Aparentemente, Philip T Hoffman no considera que los no-europeos y no-cristianos fuesen más brutales.

  Finalmente, aparte de China, y en lo que se refiere meramente al aspecto político y militar, es de interés fijarse en el caso del poderosísimo imperio otomano, una especie de “Unión Soviética” o nueva Esparta gigantesca que incluso era admirada por muchos intelectuales europeos entre el Renacimiento y la Ilustración.

Al confiar en esclavos militares, un gobernante militar tenía menos razones para negociar con las élites que los gobernantes del Occidente medieval, más débiles. Lo que Maquiavelo consideró una fuente de fortaleza —que los emperadores otomanos no tuviesen que negociar con las élites locales sobre sus derechos— al final supuso una demoledora debilidad, ya que debido a ello los sultanes musulmanes nunca recibieron las recaudaciones de impuestos permanentes que las negociaciones finalmente concedieron a sus homólogos occidentales

  Así que el gran imperio unificado otomano no fue capaz de vencer a los estados divididos europeos, a pesar de que en lo que a desarrollo militar se refiere, los otomanos tenían pocos rivales, por lo menos hasta el siglo XVIII (cuando Austria y Rusia comienzan a derrotarlos sistemáticamente). Así que cabe preguntarse si lo que les faltaba era una cultura ética que permitiera sustentar un sistema político eficiente… Sistema político que, a la vez, da lugar a un sistema económico, porque aunque hoy solemos ver al capitalismo como una fuerza maligna de desigualdad y opresión, su origen es relativamente “bondadoso”

En Europa occidental, los emprendedores privados fácilmente podían aprovecharse de la generalizada familiaridad con la tecnología de la pólvora y emplearla para expediciones privadas de tipo comercial, de exploración y conquista. Pocos eran los obstáculos que se interponían en su camino, y no era difícil reunir dinero ni organizar sociedades colectivas o iniciativas corporativas para financiar sus empresas, que desempeñaron un papel esencial en la conquista europea del mundo. (…) La historia política (…) hizo que los gobernantes europeos fueran más proclives a confiar en las iniciativas militares privadas

  Los emprendedores privados eran gente de clase inferior, mercaderes, prestamistas, pequeños industriales… Un poder político fuerte y absoluto los hubiera aplastado fácilmente. Que los reyes europeos les permitieran desarrollarse a cambio de más impuestos fue un caso de clara tolerancia y no de cálculo (nadie podía prever cómo iban a desarrollarse en el futuro estas pequeñas iniciativas del poblador urbano libre). Ni en China ni en Turquía se les dio esas oportunidades.

  Tolerando la industriosidad de los negociantes y artesanos, los reyes europeos se enriquecieron. A cambio de los impuestos que pagaban, estos “protoburgueses” (los habitantes de las ciudades de la Baja Edad Media y el Renacimiento) recibieron ciertas concesiones políticas (los primeros parlamentos) y un estatus social gradualmente más elevado. La industriosidad repercutió también, naturalmente, en el desarrollo de las armas basadas en la pólvora. Más dinero, más armas, más ímpetu comercial, más vida urbana, más viajes y exploraciones…

lunes, 25 de julio de 2016

“Tropezar con la felicidad”, 2006. Daniel Gilbert

Éste no es un manual de instrucciones que le dirá algo útil acerca de cómo ser feliz.  (…) Éste es un libro que describe lo que la ciencia tiene que contarnos acerca de cómo y cómo de bien el cerebro humano puede imaginar su propio futuro, y cómo puede predecir cuáles de los futuros posibles nos serán más gratos. Este libro es acerca de un rompecabezas sobre el que muchos pensadores han reflexionado en los últimos dos milenios, y usa sus ideas (y unas pocas mías) para explicar por qué parecemos saber tan poco acerca de los corazones y las mentes de las personas en que vamos a convertirnos

  La felicidad es difícil de describir objetivamente, ya que lo que sabemos de ella es lo que los individuos nos dicen, y siempre tendemos a exagerar los testimonios acerca de nuestra propia felicidad.

   Sin embargo -y para empezar el comentario sobre este libro del psicólogo Daniel Gilbert-, según los testimonios acumulados nuestra concepción estándar de la infelicidad no coincide con la experiencia. Y eso tiene su parte buena:

Los estudios de aquellos que han sobrevivido a importantes traumas sugieren que la gran mayoría los han afrontado bien y que una porción significativa afirma que sus vidas fueron mejoradas por la experiencia (…) El hecho es que los sucesos negativos sí que nos afectan, pero que generalmente no nos afectan tanto ni durante tanto tiempo como esperaríamos (…) La gente con salud imagina ochenta y tres estados de enfermedad que serían “peor que la muerte”, y sin embargo, la gente que en realidad se encuentra en esos estados raramente se suicida

Un estudio halló que los pacientes de cáncer eran más optimistas sobre su futuro que las personas sanas

  Parece ser que existe un sistema de inmunidad psicológica que nos hace ser optimistas incluso en situaciones que esperaríamos que fueran angustiosas. De no existir éste, las circunstancias adversas ciertamente nos empujarían al desánimo y al suicidio con mucha mayor frecuencia, lo cual no sería bueno para la supervivencia de la especie.

Cuando nos enfrentamos al dolor del rechazo, pérdida, desgracia y fracaso, el sistema de inmunidad psicológica no debe defendernos demasiado bien (“soy perfecto y todo el mundo está contra mí”), ni debe fallar en defendernos lo suficiente (“soy un fracasado y debería estar muerto”). Un sistema de inmunidad psicológica saludable ha de lograr un equilibrio 

   (Cabe señalar precautoriamente que la difusión de este concepto de “inmunidad psicológica” ante la desgracia puede ser conveniente para mucho egoísta que hace daño a otros y que puede después excusarse argumentando que el perjudicado, de todas formas, no lo va a pasar tan mal porque el sistema de inmunidad automático ya descrito lo hará sentirse feliz de nuevo…)

  Por otra parte, podemos vivir experiencias más agradables si tenemos en cuenta ciertas pautas de la sensibilidad humana general. Se han realizado experimentos acerca de cómo se soporta el dolor, y las conclusiones no son tampoco las que habitualmente esperaríamos.

Si bien el grupo [de sujetos que recibió] choques eléctricos de baja intensidad [en un experimento] recibió menos voltios que el grupo de alta intensidad, sus corazones latieron más rápido, sudaron más profusamente y se clasificaron a sí mismos como más asustados. ¿Por qué? Porque los voluntarios en el grupo de baja intensidad recibieron choques de diferentes intensidades en tiempos diferentes, lo cual les hizo imposible anticipar su futuro. Aparentemente, tres descargas que uno no puede prever son más dolorosas que veinte que uno puede prever

El sufrimiento intenso dispara los mismos procesos que lo erradican, mientras que el sufrimiento moderado no, y este hecho contraintuitivo puede hacer difícil para nosotros predecir nuestro futuro emocional

  Otras percepciones, aunque ilógicas, sí son de acuerdo con lo que se supone habitualmente…

La investigación muestra que cuando a la gente se les aplican choques eléctricos, realmente sienten menos dolor cuando creen que están sufriendo por algo de gran valor [recompensa en el futuro]. 

   En esta línea de que “las cosas suelen no ser como aparentan”, Daniel Gilbert nos expone una serie de conclusiones acerca de cómo afrontamos las adversidades y las circunstancias favorables con independencia del contenido aparentemente objetivo de los sucesos.

Es más probable generar una visión positiva y creíble de una acción que de una inacción, de una experiencia dolorosa que de una experiencia fastidiosa, de una situación desagradable de la que no podemos escapar que de una de la que sí podemos.  Y sin embargo, raramente elegimos acción sobre inacción, dolor sobre fastidio y compromiso en lugar de libertad

La incertidumbre puede preservar y prolongar nuestra felicidad, de modo que se podría esperar que más gente busque la incertidumbre. De hecho, lo opuesto es lo más habitual

Ponemos más atención a la información favorable, nos rodeamos por aquellos que nos las proporcionan y las aceptamos sin crítica. Estas tendencias hacen fácil que expliquemos las experiencias desagradables de forma que nos exonere de responsabilidad y nos hagan sentir mejor. El precio que pagamos por nuestra urgencia explicativa irreprimible es que con frecuencia echamos a perder nuestras experiencias más agradables al darles un sentido.

  Aunque buscamos la felicidad, no actuamos conscientemente de la forma que en realidad nos la proporcionaría. La misma capacidad única del ser humano para prever el futuro suele equivocarse en sus previsiones acerca de la propia felicidad. Por eso se podría decir que más que encontrar la felicidad, dada nuestra torpeza en buscarla solo podemos esperar “tropezarnos con ella”…

A lo largo de este libro he comparado la imaginación con la percepción y la memoria, y he intentado convencer de que la previsión es tan falible como la vista y el recuerdo.  (…) La vista falible puede ser remediada con el uso de gafas, y el recuerdo falible puede ser remediado al dejar registro escrito del pasado – pero ¿qué pasa con la previsión falible? No hay gafas que puedan agudizar la visión del mañana y no hay registro escrito con el que podamos contar. ¿Podemos remediar el problema de la previsión?

Intentamos repetir aquellas experiencias que recordamos con placer y orgullo, e intentamos evitar aquellas que recordamos con disgusto y turbación. El problema es que con frecuencia no las recordamos correctamente (…) La memoria no es un escriba escrupuloso que guarda una transcripción completa de sus experiencias, sino un editor sofisticado que archiva y guarda elementos clave de una experiencia y entonces usa estos elementos para reescribir la historia cada vez que queremos releerla

Sobreestimamos cómo de felices seremos en nuestros cumpleaños, subestimamos cómo de felices seremos los lunes por la mañana y hacemos estas predicciones mundanas pero erróneas una y otra vez, a pesar de que son rebatidas regularmente. Nuestra incapacidad para recordar cómo nos sentimos realmente es una de las razones por las que nuestra riqueza de experiencias tan frecuentemente resulta ser una pobreza de ricos

    A un nivel práctico, destacan en este libro tres elementos polémicos: que el dinero sí trae la felicidad, que la felicidad familiar es un engaño y que a la hora de elegir un camino para hallar la felicidad nos conviene no tanto examinar nuestros propios deseos, sino la experiencia de los demás.

  El dinero sí trae la felicidad, pero solo hasta cierto punto :

Economistas y psicólogos han pasado décadas estudiando la relación entre la riqueza y la felicidad, y han generalmente concluido que la riqueza incrementa la felicidad humana cuando saca a la gente de la pobreza abyecta hasta la clase media, pero que hace poco por incrementar la felicidad a partir de ahí (…) Los economistas explican que la riqueza tiene una “utilidad marginal en descenso” (…) Los americanos que ganan 50.000 dólares al año son mucho más felices que los que ganan 10.000 al año, pero los americanos que ganan 5 millones al año no son mucho más felices que aquellos que ganan 100.000 al año.

  De hecho, un cálculo reciente basado en estadísticas acerca de esta cuestión concluye que el límite de la felicidad económica está en los 60.000 al año. Por lo tanto, de ahí en adelante, no valdría la pena esforzarse por ganar más…

  La segunda cuestión polémica es que Gilbert opina, en base a su experiencia, que lo de la felicidad familiar es un cuento (un superreplicador)

“Los niños traen felicidad” es un superreplicador. La red de transmisión de la creencia de la cual somos parte no puede operar sin un surtido constante de gente que haga la transmisión (…). De hecho, la gente que cree que los niños traen miseria y desesperación –y que por ello dejan de tenerlos- dejará fuera de servicio su red de transmisión de creencia en cincuenta años, terminando con ello la creencia.

Cuando creemos que estamos criando hijos y ganando dinero para incrementar nuestra felicidad, realmente estamos haciendo estas cosas por razones más allá de nuestra comprensión. Somos nodos dentro de una red social que se construye y se viene abajo por su propia lógica

  Un “superreplicador social” sería entonces una especie de parásito en nuestra mente (genéticamente transmitido) cuyo único fin es perpetuarse a sí mismo. Así, autoengañarnos acerca de la felicidad que supone tener hijos es lo que permite que se sigan produciendo hijos los cuales, al heredar esta peculiaridad del comportamiento (la falsa creencia de que el tener hijos proporciona felicidad), seguirán asegurando la reproducción de la especie. Es el juego del “"gen egoísta" aplicado a nuestra concepción de la felicidad familiar…

  Lo mismo puede referirse también a algunas otras creencias culturales…

Las creencias falsas que promueven sociedades estables se sostienen porque la gente que mantiene estas creencias tiende a vivir en sociedades estables, lo cual proporciona los medios por los cuales las creencias falsas se propagan

    Como, por ejemplo, creer en Dios o en la Patria.

    Y, tercer elemento polémico, Gilbert nos advierte de que si queremos ser felices mejor no nos guiemos por nuestras propios juicios e ideas, sino sobre todo por las experiencias ajenas.

Una forma de hacer predicciones acerca de nuestro propio futuro emocional es encontrar a alguien que está teniendo la experiencia que vamos a considerar y preguntarle cómo se siente. En lugar de recordar nuestra pasada experiencia para simular nuestra futura experiencia, quizá deberíamos simplemente pedir a otras personas que hagan introspección de su propio estado

  Para finalizar, es interesante considerar que Gilbert menciona algunas posibilidades acerca de una medición objetiva de la felicidad.

Las imperfecciones en la medición siempre son un problema, pero son solo un problema devastador cuando no las reconocemos (...) Es imposible para los científicos comparar las afirmaciones de dos personas. Eso es un problema. Pero el problema no tiene que ver con la palabra “comparar”, sino con la palabra “dos”. Dos es un número demasiado pequeño y cuando se convierte en doscientos o dos mil, las calibraciones diferentes de los individuos diferentes comienzan a coincidir y a descartarse unas a otras

   Y, además, aparte del conteo estadístico de los testimonios de experiencias, la felicidad podría medirse haciendo uso de algunos “marcadores” empíricos que los científicos sociales tienen a su alcance:

Hay muchas otras maneras de medir la felicidad (…) y algunas de ellas parecen ser mucho más rigurosas, científicas y objetivas que las propias afirmaciones de una persona. Por ejemplo, la electromiografía nos permite medir las señales eléctricas producidas por los músculos estriados de la cara, tales como el corrugador superciliar, que frunce nuestras cejas cuando experimentamos algo desagradable, o el cigomático mayor, el cual tira de nuestras bocas hacia nuestras orejas cuando sonreímos. La fisiografía nos permite medir la actividad electrodérmica, respiratoria y cardiaca del sistema nervioso autónomo, todo lo cual cambia cuando experimentamos emociones fuertes. La electroencefalografía, la tomografía de emisión positrónica y la imagen de resonancia magnética nos permiten medir la actividad eléctrica y el flujo sanguíneo en las diferentes regiones del cerebro, tales como el cortex prefrontal izquierdo y derecho, los cuales tienden a estar activos cuando experimentamos emociones negativas y positivas respectivamente. Incluso un reloj puede ser útil para medir la felicidad, porque la gente excitada tiende a parpadear más despacio cuando se sienten felices que cuando se sienten asustados o ansiosos

  Así pues, de una u otra forma, este interesante libro lleno de contenidos nos proporciona información valiosa acerca de qué es la felicidad y cómo conseguirla.  No cuestiona el tipo de felicidad a la que aspiramos según la sociedad en la que vivimos, ni los condicionantes que nos imponen los demás a la hora de permitirnos ser felices. Solo nos habla de la felicidad posible en la cultura convencional. Otra cuestión sería si existiera una organización social que estuviese interesada en proporcionar, a la manera "utilitarista", la mayor felicidad para el mayor número. Aquí solo se trata de la felicidad en el mundo que tenemos. La que nos dejan y con la que podemos tropezarnos, si hay suerte.

viernes, 15 de julio de 2016

“Incógnito”, 2011. David Eagleman

Nuestros cerebros van casi siempre en piloto automático, y la mente consciente tiene muy poco acceso a la gigantesca y misteriosa fábrica que funciona debajo. (…) El cerebro lleva a cabo sus maquinaciones en secreto, haciendo aparecer ideas como si fuera pura magia. No permite que su colosal sistema operativo sea explorado por la cognición consciente. El cerebro dirige sus operaciones de incógnito.

  No se puede hacer buen uso de la inteligencia humana sin ser conscientes de qué poco de nuestras habilidades cognitivas dependen, precisamente, de la mente consciente. Este libro nos alerta de tales limitaciones y pone en su sitio el papel del libre albedrío. No hay que negar la propia humanidad, sino valorarla en su justa medida.

La neurociencia ha demostrado que la mente consciente ya no es la que lleva el timón de nuestra vida. 

Sigmund Freud observó que los argumentos que surgen del intelecto o de la moralidad son débiles cuando se enfrentan a las pasiones y deseos humanos, que es el motivo por el que las campañas de «simplemente di no» o “practica la abstinencia” nunca funcionarán. 

   El inconsciente tiene más poder, y este poder hace que la realidad que percibimos llegue muy mediatizada por éste

La realidad es mucho más subjetiva de lo que se cree normalmente. El cerebro no registra la realidad de una manera pasiva, sino que la construye de manera activa.

Un pequeño cambio en el equilibrio de la química del cerebro puede causar grandes cambios en el comportamiento, y éste no se puede separar de su biología.

  Psicólogos y neurocientíficos identifican una serie de efectos muy característicos del poder del inconsciente sobre lo que creemos que es comportamiento consciente. Conocer estas aparentes limitaciones puede sernos muy ventajoso. Sobre todo si nos damos cuenta de que el avance de la civilización ha estado relacionado con conocer las debilidades humanas, con el hecho de que las cosas nunca son lo que parecen y que los seres humanos pueden cambiar de forma sorpresiva, pero no por puro azar.

A primera vista, uno podría pensar que la virtud consiste en no querer hacer cosas malas. Pero en un marco de referencia más matizado, una persona virtuosa puede sufrir poderosos impulsos lascivos siempre y cuando conserve suficiente capacidad de frenado para superarlos.

En un reciente experimento, se les pidió a algunos hombres que clasificaran las fotos de diferentes caras de mujer según su atractivo físico. Las fotos eran de veinte por veinticinco, y mostraba a las mujeres mirando a la cámara o en un perfil de tres cuartos. Sin que los hombres lo supieran, en la mitad de las fotos las mujeres tenían los ojos dilatados y en la otra mitad no. De manera sistemática, los hombres se sintieron más atraídos por las mujeres de ojos dilatados. Lo más extraordinario es que ninguno de ellos se dio cuenta de que eso había influido en su decisión.

La gente se casa más a menudo con personas cuyo nombre tiene la misma inicial de lo que dictaría el mero azar.(…)  Los psicólogos lo interpretan como un inconsciente amor hacia uno mismo, o quizá con la comodidad experimental de las cosas conocidas, y lo denominan egoísmo implícito

  Se han realizado muchos experimentos curiosos que siguen demostrando lo manipulable que es nuestro juicio. En otro de ellos se hace leer la biografía de un personaje histórico, pero se amaña su fecha de nacimiento para que coincida con la del lector, entonces éste da un juicio más positivo sobre ese personaje que otro lector cualquiera, aparentemente solo por esa trivial similitud…

A ese efecto se lo denomina primado: su cerebro ha sido preparado previamente. El primado pone de relieve el hecho de que los sistemas de memoria implícita están esencialmente separados de los sistemas de memoria explícita: incluso cuando los segundos han perdido los datos, los primeros los tienen bajo control. 

  Más causas y efectos:

[La] manifestación en el mundo real de la memoria implícita se conoce como el efecto de la ilusión de verdad: es más probable que crea que una afirmación es cierta si ya lo ha oído antes, sea o no cierta.

Si usted ha visto antes la cara de alguien, la juzgará más atractiva si la vuelve a ver. Y ello ocurre aun cuando no recuerde haberla visto antes. Es algo que se conoce como mero efecto de exposición

  Y, por supuesto…

Si es portador de una serie concreta de genes, la probabilidad de que cometa un delito violento aumenta en un ochocientos ochenta y dos por ciento [según el departamento de Justicia estadounidense]. (…) Más o menos la mitad de la población humana es portadora de esos genes, y la otra mitad no, con lo que la primera mitad es mucho más peligrosa. Es un dato incontestable. La abrumadora mayoría de los presos son portadores de esos genes, como por ejemplo el 98,4% de los que están en el corredor de la muerte. (…)  Por lo que se refiere a esa peligrosa serie de genes, probablemente ha oído hablar de ellos. Se resumen en el cromosoma Y. Si es usted portador, lo llamamos varón.

     La enumeración de condicionamientos y predisposiciones que influyen en nuestro comportamiento a través de nuestro inconsciente puede hacerse interminable. En conjunto, nuestra racionalidad aparece muy limitada por este tipo de efectos que actúan a través de nuestras emociones. Pero resulta que el predominio parcial de la emoción sobre la razón tiene también sentido desde el punto de vista de la supervivencia.

Las redes emocionales son absolutamente necesarias para clasificar las posibles acciones que podría llevar a cabo en el mundo: si fuera un robot sin emociones que deambula por una habitación, podría ser capaz de llevar a cabo análisis acerca de los objetos que le rodean, pero la indecisión lo paralizaría cuando tuviera que escoger qué hacer a continuación.

Si un pez picón hembra se adentra en el territorio de un macho, éste muestra un comportamiento agresivo y de cortejo al mismo tiempo, y ésa no es manera de seducir a una dama. El pobre picón macho parece ser simplemente una colección de programas zombis de serie accionados por entradas de funcionamiento básico (¡Intrusión! ¡Hembra!), y las subrutinas no han encontrado ningún método de arbitrar entre ellas

  “Programas zombis” es como el autor denomina a los subsistemas automáticos de comportamiento con los que todos los seres vivos están equipados. Escapan a nuestro control consciente, pero los humanos, a diferencia del pez del ejemplo, podemos controlar sus consecuencias.

  Se cuenta en “La Odisea” cómo Ulises, sabedor de que iban a pasar cerca de las sirenas cuyo canto se apoderaría de su voluntad, hizo que sus hombres lo ataran para que las malévolas criaturas no lo indujeran a arrojarse a su propia perdición.

Este mito [Ulises y las sirenas] subraya la manera en que la mente puede desarrollar un meta-conocimiento acerca de cómo interactúan la mente a corto plazo y la mente a largo plazo. La asombrosa consecuencia es que la mente puede negociar consigo misma en diferentes puntos del tiempo (…) Tomar libremente decisiones que nos vinculan con el futuro es lo que los filósofos denominan un contrato Ulises (…) Cuando una persona que goza de buena salud firma un testamento vital para que lo desenchufen en el caso de que quede en coma, se vincula a sí mismo con un posible yo futuro mediante un contrato

  Conocedores, como Ulises, de nuestra debilidad, no solo podemos tomar medidas para evitar sus negativas consecuencias, también podemos aprovechar en nuestro favor los previsibles condicionamientos del inconsciente

Lo que hace la conciencia: pone unas metas, y el resto del sistema aprende a cumplirlas.

Los psicólogos han descubierto que si sujeta un lápiz entre los dientes mientras lee algo, la lectura le parecerá más divertida; y eso ocurre porque la interpretación se ve influida por la sonrisa que tiene en la cara. Si se sienta recto en lugar de repantigarse, se sentirá más feliz. El cerebro asume que si la boca y la espina dorsal se comportan así, debe de ser porque están alegres.

    Las iniciativas sencillas para aprender a autocondicionarnos son menos importantes que aprender a entrenar nuestras mentes.

Cuando alguien juega por primera vez a un videojuego, su cerebro rebosa actividad. Está quemando energía como un loco. A medida que tiene más práctica, la actividad cerebral es menor. Ahora tiene más eficiencia energética. Si mide la actividad cerebral de alguien y ve que es escasa durante una tarea, eso no significa necesariamente que no lo esté intentando, sino que en el pasado ya se esforzó por grabar los programas en el circuito. La conciencia intervino durante la primera fase del aprendizaje, y queda excluida del juego después de que éste haya quedado impreso en el circuito

Imagine que le gustaría poder resistirse un poco más a la tarta de chocolate. En este experimento, usted observa fotos de tartas de chocolate durante la exploración cerebral, y los experimentadores determinan la región del cerebro que participa en su apetito. A continuación la actividad de esas redes se representa mediante una barra vertical en una pantalla de ordenador. Su trabajo consiste en hacer que la barra baje. La barra actúa de termómetro de su apetito: si sus redes del apetito se revolucionan, la barra está alta; si suprime su apetito, la barra está baja. Usted contempla la barra e intenta hacer que baje. A lo mejor sabe lo que está haciendo para resistirse a la tarta; a lo mejor es algo inaccesible. En cualquier caso, intenta distintos caminos mentales hasta que la barra comienza a bajar lentamente. Cuando ello ocurre, significa que ha utilizado con éxito los circuitos frontales, y que éstos han apagado la actividad de las redes que participan en ese apetito impulsivo. El largo plazo ha vencido al corto. Sin dejar de mirar las fotos de la tarta de chocolate, practique para intentar que la barra baje una y otra vez hasta que haya reforzado esos circuitos frontales. (…) No es que no queramos disfrutar de nuestros pensamientos impulsivos (Mmm, tarta), simplemente queremos dotar a la corteza frontal de algún control para actuar sobre ellos (Voy a pasar).  (…) En eso consiste el madurar. La principal diferencia entre los cerebros de los adolescentes y los de los adultos es el desarrollo de los lóbulos frontales. La corteza humana prefrontal no se desarrolla plenamente hasta los veintipocos años

  La conclusión es que disponemos de medios para hacer frente a la sorprendente realidad de nuestro limitado libre albedrío. Nuestra cultura librepensadora actual ha creado su propia tradición acerca de la capacidad con la que contaríamos para hacernos cargo de nuestro propio destino, pero esta tradición es contraproducente una vez se hace inevitable el descubrir que el pensamiento consciente es tan frágil ante los condicionamientos inconscientes.

  Es mucho mejor tener en cuenta cómo y con qué consecuencias el ser humano, en el transcurso de la historia, se ha visto enfrentado ante realidades insospechadas que contradecían la anterior visión del mundo…

Para algunos pensadores, a medida que la inmensidad del universo se vuelve más aparente, lo mismo ocurre con la intrascendencia del género humano: comenzamos a menguar en importancia prácticamente hasta quedar en nada. (…) El destronamiento condujo a una comprensión más rica y profunda, y lo que perdimos en egocentrismo quedó equilibrado por la sorpresa y el asombro. (…) Hemos triplicado la duración de la vida y, gracias a la identificación de enfermedades a nivel molecular, pronto la vida media superará los cien años. Los destronamientos a menudo equivalen al progreso.

  Hay, pues, motivos para el optimismo y ninguno para negar la evidencia de la naturaleza biológica (genes, hormonas, cerebro)  de nuestro comportamiento

Si tenemos problemas cerebrales pero nos educan en un buen lugar, podemos acabar siendo una persona normal. Si nuestro cerebro está bien pero nuestro hogar es horrible, sigue siendo posible que acabemos siendo personas normales. Pero si padecemos un leve daño cerebral y acabamos teniendo un entorno hogareño malo, tenemos todos los números para acabar con una sinergia muy desafortunada. 

  Ni se justifica el fatalismo de un destino contra el que nada puede hacerse, ni tiene sentido tampoco el despreocupado optimismo de que todo depende de nuestra voluntad. Podemos adquirir un conocimiento útil de la influencia real de nuestro entorno, de los condicionamientos inconscientes y de cuál es nuestra capacidad real para enfrentar el poder del inconsciente. La aportación de la ciencia, la experiencia de la historia y la colaboración entre individuos en un entorno social benevolente y de confianza son nuestras mejores posibilidades.

martes, 5 de julio de 2016

“Consilience”, 1998. Edward O. Wilson

La mayor empresa de la mente siempre ha sido y siempre será el intento de conectar las ciencias con las humanidades. (…) La clave de la unificación es la consiliencia. Prefiero esta palabra a «coherencia», porque su rareza ha conservado su precisión, mientras que coherencia tiene varios significados posibles, uno de los cuales es consiliencia. 

En la medida en que las brechas entre las grandes ramas del saber puedan reducirse, la diversidad y la profundidad del conocimiento aumentarán. (…) La empresa es importante por otra razón adicional: confiere un objetivo último al intelecto. 

  Edward O Wilson, el creador de la "sociobiología" (el mismo admite que se puede llamar también “psicología evolutiva” o “antropología darwiniana”) ve en la perspectiva de la consiliencia  la mejor posibilidad de alcanzar una interpretación acertada de la evolución social. Sin duda el desarrollo de la ciencia social es más importante que el de las ciencias llamadas "duras" (Matemáticas y Física, por supuesto, pero también Biología o Medicina) porque, al fin y al cabo, es una sociedad más cooperativa –el objetivo buscado por la ciencia social-  la que permite el progreso de cualquier forma de conocimiento humano, incluidas las ciencias ”duras”, pero  alcanzar la “consiliencia” en las ciencias sociales (o “blandas”) es lo más difícil de todo.

La gente espera de las ciencias sociales (antropología, sociología, economía y ciencia política) el conocimiento para comprender su vida y controlar su futuro (…)  La diferencia crucial entre ambos ámbitos [ciencias sociales y, por ejemplo, las ciencias médicas] es la consiliencia: las ciencias médicas la tienen, y las ciencias sociales no. Los científicos médicos construyen sobre unos cimientos coherentes de biología molecular y celular. 

  Puesto que el comportamiento humano se origina en la naturaleza biológica, no debería ser imposible llegar a esta consiliencia también en las ciencias sociales gracias a los avances biológicos. Pero con los medios de ahora eso sigue quedando un tanto lejano.

Cualquier proceso mental tiene un fundamento físico y es consistente con las ciencias naturales. (…) Las cuestiones importantes son, en primer lugar, ¿existen principios generales de organización que permitan reconstituir completamente a un organismo vivo sin recurrir a la simulación de fuerza bruta de todas sus moléculas y átomos? Segundo, ¿serán de aplicación los mismos principios a la mente, el comportamiento y los ecosistemas? Tercero, ¿existe un cuerpo de matemáticas que sirva como lenguaje natural para la biología, paralelo al que tan bien funciona para la física? Cuarto, aunque se descubran los principios correctos, ¿cuán detallada ha de ser la información objetiva para poder usar dichos principios en los modelos deseados? 

    E O Wilson aparece, dentro de lo que cabe, como un optimista, no muy lejano del ideal ilustrado, mientras que hoy hay muchos que creen que jamás alcanzaremos un conocimiento completo de la naturaleza humana mediante el estudio de las ciencias biológicas.

Se conoce lo suficiente para justificar la confianza en el principio de consiliencia racional universal en todas las ciencias naturales.

Una vez superamos el golpe de descubrir que el universo no fue hecho pensando en nosotros, todo el significado que el cerebro puede conocer a fondo, todas las emociones que puede soportar y toda la aventura compartida que pudiéramos desear gozar, pueden encontrarse descifrando el sentido del orden hereditario que ha llevado a nuestra especie a través del tiempo geológico y la ha troquelado con los residuos de la historia profunda. 

   Todo esto sin olvidar los peligros de la Ilustración, peligros que han ido más allá del de cometer errores científicos…

Quizá solo existe un orden social «perfecto», y los científicos lo encontrarán (o, lo que es peor, afirmarán falsamente haberlo encontrado). La autoridad religiosa, el muro de Adriano de la civilización, se vendrá abajo y llegarán en masa los bárbaros de la ideología totalitaria. Tal es el lado oscuro del pensamiento secular de la Ilustración, desvelado en la Revolución francesa y expresado más recientemente mediante teorías de socialismo «científico» y fascismo racista.

  Pero siempre puede hacerse una distinción entre la ciencia real y las seudociencias, doctrinas tendenciosas que pretenden arrogarse del prestigio del que dispone la ciencia real

Las pseudociencias satisfacen necesidades psicológicas personales

  La ciencia auténtica, seria, ha de funcionar de otra manera

El científico ideal piensa como un poeta y trabaja como un contable

Mediante la investigación empírica podrían alcanzarse criterios de verdad objetiva. La clave reside en clarificar las operaciones, todavía poco conocidas, que componen la mente y en mejorar el enfoque fragmentario que la ciencia ha tomado hacia sus propiedades materiales.

  El mensaje de E. O. Wilson insiste acerca del valor de la ciencia también para el diseño de una sociedad mejor. Pero para ello necesitamos una ciencia genuina, alejada de los espejismos  seudocientíficos del pasado reciente

Gran parte de lo que pasa por teoría social es todavía esclava de los grandes maestros originales, lo que es mal síntoma, dado el principio de que el progreso en una disciplina científica puede medirse por lo rápidamente que sus fundadores son olvidados.  (…) Los teóricos sociales avanzados, incluidos los que producen refinados modelos matemáticos, están igualmente encantados con la psicología popular. Por regla general, ignoran los hallazgos de la psicología científica y de la biología. Esta es parte de la razón, por ejemplo, por la que los científicos sociales sobreestimaron la fuerza del régimen comunista y subestimaron la fuerza de la hostilidad étnica. 

  Una teoría social moderna tendría más sentido que algunas teorías del conocimiento nuevas, como el postmodernismo

El postmodernismo es la antítesis polar extrema de la Ilustración. La diferencia entre los dos extremos puede expresarse aproximadamente como sigue: los pensadores de la Ilustración creen que podemos saberlo todo, y los postmodernistas radicales creen que no podemos saber nada

  E. O. Wilson, aunque predique la moderación, es sin duda de los que creen que podemos llegar a saberlo todo

Existe solo una clase de explicación. Atraviesa las escalas del espacio, del tiempo y de la complejidad para unir los hechos dispares de las disciplinas mediante consiliencia, la percepción de una red inconsútil de causa y efecto. Durante siglos la consiliencia ha sido la leche materna de las ciencias naturales. Ahora está completamente aceptada por las ciencias del cerebro y la biología evolutiva, las disciplinas mejor situadas para servir a su vez como puentes hacia las ciencias sociales y las humanidades. (…) Todos los fenómenos tangibles, desde el nacimiento de las estrellas hasta el funcionamiento de las instituciones sociales, se basan en procesos materiales que en último término son reducibles, por largas y tortuosas que sean las secuencias, a las leyes de la física. 

Solo el saber unificado, compartido universalmente, hace posible la previsión precisa y la opción prudente.

  Entre las cosas que hemos averiguado acerca de la condición humana gracias a la ciencia –particularmente a partir del enfoque evolucionista- estaría el mecanismo básico del problema humano y muchas de sus manifestaciones más conflictivas.

  Éste es el problema básico humano, la explicación científica de por qué “las cosas tal como son” en la vida social no deben seguir siendo así; porqué, aparentemente, “la naturaleza se equivoca”:

No hubo tiempo suficiente para que la herencia humana se las apañara con la enormidad de nuevas posibilidades contingentes que la inteligencia elevada revelaba. Se podían construir algoritmos, pero no eran lo suficientemente numerosos ni precisos para responder de forma automática y óptima a cualquier acontecimiento posible

   Podemos enumerar algunos de los problemas específicos surgidos por este crecimiento desmesurado de la inteligencia en un ser regido por las emociones típicas de los vertebrados superiores. Por ejemplo, el tribalismo (o "sesgo endogrupal"), el sobrenaturalismo y los estímulos supernormales:

La exclusión y el fanatismo religiosos surgen del tribalismo, la creencia en la superioridad innata y la categoría especial de los que pertenecen al grupo. El tribalismo no puede achacarse a la religión. La misma secuencia causal dio origen a las ideologías totalitarias. El corpus mysticum pagano del nazismo y la doctrina de lucha de clases del marxismo-leninismo, ambos esencialmente dogmas de religiones sin Dios, fueron puestos al servicio del tribalismo, y no al revés. 

El mundo que los seres humanos preletrados perciben objetivamente es solo un pequeño fragmento del mundo natural completo. Así, por necesidad, la mente primitiva se halla continuamente ajustada al misterio. Para los cazadores-recolectores del Kalahari y otros grupos contemporáneos la experiencia de la vida cotidiana se transforma de manera imperceptible en su entorno mágico. Los espíritus moran en los árboles y las rocas, los animales piensan y el pensamiento humano se proyecta hacia fuera desde el cuerpo con una fuerza física. 

(El) estímulo supernormal (…) ampliamente extendido en las especies animales, es la preferencia durante la comunicación por las señales que exageran las normas, aunque raramente o nunca existan en la naturaleza. (…) Las mujeres con grandes ojos y rasgos delicados pueden tener una salud menos robusta, especialmente durante los rigores del parto, que las que se hallan más cerca del promedio de la población. Pero, al mismo tiempo (y este podría ser el significado adaptativo), presentan pistas físicas de juventud, virginidad y la expectativa de un largo período reproductor.

    Sin embargo, es vital señalar que la cultura humana  puede hacer uso de los “estímulos supernormales” para el progreso social (o cultural). En realidad, no tiene otra opción porque la solución al problema humano solo puede llegar mediante el desarrollo de estrategias sociales de innovación y mejora culturalmente transmitidas, y estas estrategias, lógicamente, solo pueden hacer uso de las herramientas psicológicas innatas de las que disponemos.  La racionalidad, el altruismo y la tecnología son muy “aprovechables” para ello, mientras que el tribalismo, el sobrenaturalismo y la agresividad no lo son nada…   En el caso específico de los “estímulos supernormales”,  la preferencia por la exageración puede tener un cierto poder adaptativo: nuestra inteligencia nos permite manipular la realidad de una forma que los animales irracionales no pueden y esas exageraciones que “raramente o nunca existen en la naturaleza” son las que constituyen también los ideales culturales que, en el caso del comportamiento humano, nos llevan a la búsqueda de la virtud.

  Si de lo que se trata es de superar las contradicciones entre un exceso de inteligencia y nuestra dependencia de los instintos animales heredados, seguir la pista de los estímulos supernormales nos puede permitir alcanzar altos ideales éticos “antinaturales” muy capaces de forzar las limitaciones instintuales de agresividad e irracionalidad.

Estamos aprendiendo el principio fundamental de que la ética lo es todo. La existencia social humana, a diferencia de la animal, se basa en la propensión genética a formar contratos a largo plazo que por la cultura evolucionan en preceptos morales y ley. Las reglas de la formación de tales contratos no se le dieron a la humanidad desde arriba, ni surgieron aleatoriamente en la mecánica del cerebro. Evolucionaron a lo largo de decenas o cientos de milenios porque conferían supervivencia y la oportunidad de estar representados en las generaciones futuras, a los genes que los prescribían.

     La capacidad para cumplir las obligaciones éticas va todavía más allá del establecimiento y cumplimiento de contratos, pues la cultura puede transmitir sensibilidades colectivas a la hora de reaccionar emocionalmente ante las elecciones éticas por el bien común que permitan alcanzar comportamientos éticos progresivamente más eficientes, y solo la elaboración cultural de un comportamiento benevolente, racional y afectivo extremo garantiza la confianza para la cooperación plena. En “estado de naturaleza” (las miles de generaciones de cazadores-recolectores que constituyeron por evolución nuestra base genética) la benevolencia tiene un papel limitado. La “exageración” de las tendencias benevolentes o altruistas es la que lleva a la virtud, garantizando el cumplimiento de los contratos y desarrollando el autocontrol del comportamiento para alcanzar el bien común.

   La cultura elabora representaciones de virtud y establece estrategias de psicología social para elaborar comunidades humanas mientras más cooperativas mejor, en base a las posibilidades del comportamiento. Nada de esto sería posible si la naturaleza humana no estuviese predispuesta a la “exageración” a la hora de percibir y actuar en base a los estímulos. El ideal social es la supernormalidad de los estímulos prosociales, aquellos que permiten el comportamiento altruista, antiagresivo y racional mucho más allá de las experiencias del pasado. La manipulación psicológica en busca de ese ideal de virtud es en lo que siempre ha consistido la sabiduría, la de la Antigüedad y la de hoy…

Nos estamos ahogando en información, mientras que nos morimos por la falta de sabiduría.

    Es el esquema científico el que nos señala las limitaciones lógicas de nuestra cultura contemporánea. Identificado el problema humano en que hemos desarrollado –muy recientemente, según criterios evolutivos- una asombrosa inteligencia “dentro” de la biología emocional del género “Homo”, lo que está claro es que hemos de proceder a una “doma” del “Homo sapiens” haciendo uso de estrategias de psicología social transmitidas culturalmente. Las religiones de las civilizaciones agrarias más desarrolladas se dieron cuenta de esta dualidad (humanidad/bestialidad) y definieron metas de virtud a alcanzar mediante estrategias psicológicas a gran escala. Estas metas no son otra cosa que expresiones de “estímulos supernormales”. No son, por tanto, algo disparatado en nuestra propia naturaleza que ya de por sí está programada para actuar en base a tales “exageraciones”.  Y si exagerar es natural, buscar la extrema virtud, por tanto, tiene sentido por mucho que tal virtud no se encuentre en nuestra cultura del momento.

  Podemos actuar en base a tal ideal con la esperanza razonable de que modificaciones culturales posteriores permitan la mejora del comportamiento colectivo en un sentido de mayor benevolencia, altruismo, confianza, racionalidad y cooperación. Es evidente que mucho ya se ha conseguido hasta hoy.

  La ciencia social debería, por tanto, aceptar que el estudio de las causas y la experiencia de los fenómenos señala hacia metas humanas no convencionales. El error de la Ilustración fue precipitarse en definir fórmulas supuestamente racionales en base a prejuicios (por ejemplo, que un sistema social más racional ha de crear un Estado más fuerte y un ideal humano aristocrático). Si eliminamos los prejuicios, la racionalidad de la observación del mismo fenómeno humano puede mostrarnos el camino de un proceso civilizatorio futuro tan coherente –consiliente- como opuesto a lo convencional. La ciencia real, no la seudociencia, no entiende ni de convencionalismos ni de prejuicios.

sábado, 25 de junio de 2016

“Religión para ateos”, 2012. Alain de Botton

La premisa de este libro es que debe ser posible permanecer como un ateo comprometido y sin embargo encontrar la religión esporádicamente útil, interesante y consoladora –y por lo tanto estar interesado en las posibilidades de importar ciertas ideas y prácticas [de las religiones tradicionales] al ámbito secular

  Alain de Botton, filósofo y divulgador, no olvida mencionar como precedente de su planteamiento el de la “religión de la humanidad” que promovió Auguste Comte en el siglo XIX

Comte reconoció, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, que una sociedad secular que se dedicara solo a la acumulación de riquezas, descubrimientos científicos, entretenimiento popular y amor romántico –una sociedad que careciese de toda fuente de instrucción ética, consolación, trascendencia o solidaridad- sería presa de enfermedades sociales insostenibles. La solución de Comte no era ni aferrarse a tradiciones sagradas ni descartarlas colectiva y beligerantemente, sino más bien identificar sus aspectos más relevantes y racionales, y ponerlos en uso. 

El esquema general de Comte para su religión comenzaba con un plan para un enorme nuevo sacerdocio que emplearía cien mil personas solo en Francia. A pesar del título, estos “sacerdotes” serían muy diferentes de los de la Iglesia católica: estarían casados, bien integrados en la comunidad y serían enteramente seculares, combinando las habilidades de los filósofos, los escritores y lo que hoy llamaríamos psicoterapeutas. Su misión sería cultivar las capacidades para la felicidad y el sentido moral de sus semejantes. Establecerían conversaciones terapéuticas con aquellos que tuvieran problemas en el trabajo o en el amor, darían sermones seculares y escribirían textos filosóficos sin jerga específica acerca del arte de vivir

  Se puede, simplemente, establecer que la religión, como otras funciones sociales del pasado (el arte, la enseñanza, la tecnología), debería refinarse, destilarse y adaptarse a las necesidades del mundo de hoy (en el cual el avance del ateísmo en las naciones más cultas es imparable). Y todo ello por muy buenas razones

Hemos inventado las religiones para servir dos necesidades que continúan siendo centrales y que hasta ahora la sociedad secular no ha sido capaz de resolver con particular habilidad: primero, la necesidad de vivir juntos en comunidades en armonía, a pesar de nuestros profundamenta arraigados impulsos violentos y egoísmo; y segundo, la necesidad de enfrentar terribles grados de dolor que surgen de nuestra vulnerabilidad al fracaso profesional, a relaciones conflictivas, a la muerte de los seres queridos y a nuestra decadencia y final.

[Este libro] intenta descartar los aspectos más dogmáticos de las religiones a fin de destilar unos pocos aspectos de ellas que podrían probarse actualizados y consoladores para las mentes escépticas contemporáneas que se enfrentan a las crisis y pesares de la existencia finita en un planeta convulso. Espera rescatar algo de lo que es hermoso, emotivo y sabio de todo aquello que ya no parece verdadero


La sociedad secular ha sido injustamente empobrecida por la pérdida de un conjunto de prácticas y temas (…) Hemos crecido asustados de la palabra “moralidad”. Nos molestamos ante el pensamiento de oir un sermón. Huimos de la idea de que el arte debería elevarnos o tener una misión ética. No vamos a peregrinajes. No construimos templos. No tenemos mecanismos para expresar gratitud
 
La tesis subyacente no es que el secularismo esté equivocado, sino que con demasiada frecuencia hemos secularizado mal.

   Todavía hoy tenemos el chocante caso de los esfuerzos poco productivos de la psicología aplicada a los comportamientos antisociales (es decir,  a aquellos comportamientos que son egoístas y agresivos, que generan poca confianza y dificultan la cooperación en general). En el caso concreto del tratamiento que reciben los presidiarios, vemos que los enormes gastos en atención psicológica, con independencia de que consigan resultados en otros ámbitos, tienen muy poco efecto a la hora de reconvertir el comportamiento de los delincuentes de antisocial en prosocial. Y sin embargo, la charlatanería religiosa tradicional –evangélicos, islamistas o de cualquier otro tipo- sigue obteniendo sorprendentes buenos resultados en este aspecto a bajísimo coste económico. La psicología ni siquiera investiga actualmente cuáles son los recursos de la mente que estos “artesanos” utilizan (aunque para el ciudadano común no suponen ningún misterio). Las limitaciones de la psicología convencional en este asunto son un buen ejemplo de que con demasiada frecuencia hemos secularizado mal.

  No olvidemos que psicología y religión coinciden en un punto esencial: ambas buscan reconducir el comportamiento humano conflictivo (egoísta, irracional, prejuicioso y agresivo) para facilitar la convivencia propia de las relaciones humanas de confianza.

  El autor hace referencia a numerosas manifestaciones religiosas que deberían ser readaptadas

La misa rompe activamente los subgrupos económicos y de estatus dentro de los cuales normalmente operamos, situándonos dentro de un mar de humanidad más amplio

Los museos deberían ser más que un lugar para mostrar hermosos objetos. Deberían ser lugares que usen los objetos hermosos con el fin de intentar hacernos buenos y sabios


María en la cristiandad, Isis en el antiguo Egipto, Deméter en Grecia, Venus en Roma y Guan Yin en China han todas funcionado como conducciones de recuerdos de las primeras ternuras. Sus estatuas frecuentemente se posicionan en espacios oscuros, como úteros, sus rostros son compasivos y afectuosos, nos permiten sentarnos, hablar y llorar con ellas. 

No hay institución secular convencional que haya declarado interés en enseñarnos el arte de vivir.


   Es de destacar que Alain de Botton no menciona el experimento de los estados socialistas, donde existían doctrinas totalizadoras dotadas de lenguaje simbólico propio basadas en el marxismo, en sus diversas variantes, y cuando se refiere a la conveniencia de crear edificios monumentales de tipo secular pero con un mensaje moral humanista, ni siquiera se acuerda del Panteón de París

En el caso de los templos seculares (…) el único elemento común sería su dedicación a promover virtudes esenciales al bienestar de nuestras almas

  Aunque semejante omisión es bastante sospechosa, uno de los puntos fuertes de su tesis es que se señale una visión ancestral del intelecto que hoy no es tenida mucho en cuenta: la sabiduría

Sabiduría- este término se refiere a una clase de conocimiento que tiene que ver con las cosas que no solo son ciertas sino que también son inherentemente benéficas, un conocimiento que puede complacernos cuando se confrontan los desafíos infinitos de la existencia, desde un empleador tiránico a una lesión fatal en nuestro hígado

  La sabiduría enlaza el conocimiento sofisticado con el conocimiento cotidiano de las habilidades sociales que se transmiten por la cultura y las costumbres. La sabiduría es universal, a todos beneficia y la relacionamos con una vida mejor, de benevolencia, intercambios afectivos y cooperación eficiente a todos los niveles.

Plotino, en el siglo III después de Cristo hizo una conexión  explícita entre la belleza y la bondad (…) La belleza alude y nos recuerda las virtudes como el amor, la confianza, la inteligencia, la amabilidad y la justicia; es una versión material de la bondad

Los santos son cada uno en su forma diferente ejemplos de cualidades que deberíamos esperar a desarrollar en nosotros mismos

   
La diferencia entre la educación cristiana y secular se revela con particular claridad en sus respectivos modelos característicos de instrucción: la educación secular da conferencias, el cristianismo da sermones. Expresado en términos de intenciones, podríamos decir que uno está preocupado por impartir información y el otro por cambiar nuestras vidas
 
    Se puede opinar que el sistema intelectual de hoy, propio de la ilustración, es un tanto arrogante: el individuo no necesitaría orientación moral, solo conocimientos objetivos, ya que cada uno llegará por su cuenta a las propias conclusiones. Eso está bien en el sentido de que no queremos dejar que nos manipulen, pero, por otra parte ¿de verdad somos tan maduros como para ser capaces de apreciar, juzgar y decidir todo por nosotros mismos?, ¿no será que ahora nos estamos dejando manipular de una forma más sofisticada? Recordemos la visión moderna del "paradigma", que implica que la mera acumulación de conocimiento no es suficiente para alcanzar nuevas verdades, sino que necesitamos cambios revolucionarios en nuestra visión del mundo.

La obsesión libertaria con la libertad ignora cuánto subsiste en nosotros de nuestras necesidades infantiles de coacción y de guía, y en consecuencia, cuánto hemos de aprender de las estrategias paternalistas
 
Desde la Ilustración, la educación –del nivel primario hasta la Universidad- ha sido presentada como la respuesta más efectiva a un conjunto de los males más graves de la sociedad; el mecanismo para formar una ciudadanía civilizada, próspera y racional

  La ciencia (la “educación” ilustrada no es otra cosa que “divulgación científica”) es una creación reciente de la humanidad, y es extremadamente valiosa, pero la sabiduría es muy anterior. La sabiduría se ha transmitido usualmente a través de la religión, pero no exclusivamente por ese medio. La sabiduría tampoco es literatura y precede y se diferencia de la filosofía. La sabiduría es enseñanza práctica, orientación moral. La sabiduría sermonea, insiste, seduce, y aunque tiene un poder afectivo muy vinculado a la religión, la sabiduría se diferencia del mito –núcleo de las primeras enseñanzas religiosas- en que el mito es simbólico, estático, ancestral, mientras que la sabiduría es explícita, dinámica, progresista, inconformista y profética. Además, su sentenciosidad es terrenal, aunque respaldada por lo espiritual o trascendente.  
 
Las lecciones deberían apelar tanto a la razón (logos) como a la emoción (pathos)

Aparte de necesitar que se difundan elocuentemente, las ideas deben también sernos repetidas constantemente


  Sin embargo, la sabiduría no ha logrado encarnarse aún en una estructura coherente de enseñanza acorde con los criterios de la racionalidad.
    
Para sacar una analogía de la historia de la ciencia, el campo ético está al nivel de los amateurs que hacían aleaciones químicas chapuceras en cobertizos más que al de los profesionales que llevan a cabo experimentos bien organizados en laboratorios de investigación

   Nada ha reemplazado a la religión y muy poco queda de la sabiduría –hoy, todo es “opinión”, no hay certezas ni actuaciones morales que dinamicen la búsqueda del bien común.

   Las ciencias sociales demuestran que existe una conexión directa entre la evolución religiosa de la sociedad y su mayor éxito civilizatorio (menos violencia, más cooperación económica, más igualdad social), ¿por qué ignorar este hecho a la hora de buscar soluciones a los problemas que seguimos teniendo hoy?  Al fin y al cabo, toda la estructura social, con sus aciertos y errores, descansa sobre la materia esencial del comportamiento humano…Si mejoramos al individuo, lo mejoramos todo.

  Y el caso es que la promoción de nuevas religiones fue una cuestión política a lo largo de la historia. Los bárbaros que conquistaron el Imperio Romano –ellos, los vencedores-  renunciaron a sus propias religiones porque comprendieron que la religión cristiana –la de los vencidos- era más útil para organizar sociedades estables. Los conquistadores mongoles se hicieron musulmanes. Los emperadores chinos promovieron el budismo. Los príncipes alemanes apoyaron a Lutero. El poder político no solo promovía leyes justas, obras públicas, un ejército eficiente y una economía productiva: también promovía la religión. Los reyes fundaban iglesias y monasterios, presidían liturgias y ceremonias.

Las religiones comprenden el valor de entrenar nuestras mentes con un rigor al que estamos acostumbrados a aplicar solo para entrenar nuestros cuerpos. Nos presentan un conjunto de ejercicios espirituales diseñados para fortalecer nuestra inclinación por los patrones de comportamiento y pensamientos virtuosos
 
  Hoy, en el occidente próspero y desarrollado que es la consecuencia lejana de la Reforma protestante, ya no se hace nada a nivel religioso, tan solo se tolera a las antiguas y languidecientes tradiciones, ya casi inoperantes porque las personas más inteligentes y cultas ya no creen en ellas. Se supone que en la sociedad laica desarrollada las religiones han dejado de ser necesarias, pero De Botton apela a una manifestación afectiva de las humanidades y la sabiduría, una ideología insistente y acogedora que repare la soledad del hombre moderno. 

  Alain de Botton no es el único autor actual que tiene la lucidez suficiente para tantear las posibilidades de la estructura psicológica de la religión desde un punto de vista racional. Sin embargo, su visión tiene varias faltas. 

  Una de ellas es la de considerar que la religión existe para sostener el statu quo, el mundo convencional: aunque ésa ha sido siempre el punto de vista de las autoridades que han protegido las religiones, en realidad esta asunción conlleva una contradicción implícita debido a que solo unas religiones fuertemente inconformistas, con una visión altamente idealizada de la vida humana posible, tienen el poder de seducción necesario. Aunque los reyes no quieren ser santos ellos mismos, saben que solo una religión que predique la extrema virtud es efectiva. Alain de Botton no considera que lo que haya de sustituir a las religiones compasivas tradicionales ha de ser una doctrina ética inconformista y no convencional. Su idea de crear nuevas instituciones para mantener la sociedad actual tal como es no resulta atractiva desde el punto de vista religioso, no conmueve espiritualmente, no comunica trascendencia (no puede ilusionar, no puede apasionar… no puede seducir). El comunismo, que prometía una utopía futura, sí que resultó atractivo durante un tiempo (sin embargo, excesivamente focalizado en lo político, carecía de una dimensión afectiva interpersonal, de ahí su fracaso).

  Un caso curioso en el ámbito de los ideales de virtud extremos fue el reconocimiento, durante el siglo XX, del derecho a la objeción de conciencia al servicio militar por razones éticas. Al igual que muchos reyes antiguos, algunos estados permitieron la excepcionalidad de una virtud moral que trascendía la vida convencional. Aceptaban que la vida convencional no es lo suficientemente virtuosa. Desgraciadamente, los objetores de conciencia seculares, fuera del caso puntual del servicio de armas, no construyeron una alternativa a la sociedad convencional.

  Otra de las faltas de la visión de Alain de Botton es considerar que la actividad religiosa funciona a un solo nivel: el de las instituciones que ayudan a mantener el statu quo; pero en realidad, la religión “compasiva” (básicamente, la cristiana) es una estructura multinivel: existen las funciones del sacerdote, la función del seglar, la función de las autoridades políticas y la función del monje. De ese modo, en el cristianismo coexistieron el conservadurismo tradicional para la gran masa social (el sacerdocio y la jerarquía eclesiástica), el utopismo de la santidad (dentro de las comunidades monásticas) y la inquietud intelectual de los teólogos que llevaría a las constantes herejías en la búsqueda de la perfección. Con todo, el ideal cristiano –no tanto su práctica social- es de un solo nivel: la comunidad de santos.

  Y, finalmente, Alain de Botton se olvida de que existen numerosas actividades religiosas que, simplemente, desaparecen y no son sustituidas, mientras que otras nuevas surgen como consecuencia de la evolución de la sabiduría y el humanismo. Así, los cristianos inventan los sacramentos, que eran desconocidos en el mundo pagano. Los egipcios inventaron el juicio eterno del bien y del mal en el mundo de ultratumba. Los protestantes, en cambio, eliminaron la confesión y la castidad de los sacerdotes, y nada sustituyó tales instituciones. Una religión futura probablemente prescindiría no solo de las creencias en seres sobrenaturales, sino también de las ceremonias públicas y los rituales, reemplazándolos, quizá, por otro tipo de ejercicios o manifestaciones externas conducentes a la mejora del comportamiento que permitan extender a todos los ámbitos de la vida la búsqueda de la perfección moral.  Dentro del mundo de la terapia psicológica no faltan recursos que podrían emplearse a la hora de mejorar el comportamiento humano con una meta ideológica en mente. Esto podría resultar en una “ideología de las emociones”, o en una “religión del comportamiento”. Algo bastante acorde con el mensaje evangélico profundo, por cierto.

  Si el objetivo final de las religiones compasivas es la vida virtuosa, la santidad (comportamiento prosocial propio de las relaciones de extrema confianza), es probable que la fórmula futura adecuada para reemplazar a rituales, liturgias y sacramentos sea algo parecido a una escuela de actuación a lo Stanislavski: la interiorización del rol de la virtud manifestada según rasgos visibles del comportamiento (uso del lenguaje verbal y no verbal, actuaciones cooperativas y benéficas de tipo económico: caridad y expresión simbólica de una ideología altruista) incentivada por unas pautas de convivencia que proporcionen recompensas afectivas constantes (es decir, una “comunidad de actuación”… según una “religión del comportamiento”). Un paradigma de este tipo solo puede llegar, en buena medida, por una formación psicológica universal, ideológicamente formulada, simbólicamente expresada e informada por las ciencias sociales. Y se parecería demasiado a una religión para que valiera la pena inventarle otro nombre.