martes, 5 de septiembre de 2017

“Nacidos para ser buenos”, 2009. Dacher Keltner

  Dacher Keltner es un psicólogo tan documentado como bien intencionado  que defiende las posibilidades del perfeccionamiento moral en el sentido de mejorar la convivencia, siempre teniendo en cuenta los descubrimientos científicos recientes.

“Nacidos para ser buenos” ofrece una nueva respuesta a la pregunta de cómo podemos ser felices. (…) La idea es que ha evolucionado en nosotros un conjunto de emociones que nos capacitan para llevar una vida significativa: emociones tales como gratitud, regocijo, admiración y compasión (la tesis del Romanticismo). La llave a la felicidad es dejar que las emociones surjan, verlas de forma completa en uno mismo y en otros, y entrenar nuestro ojo y nuestra mente en esa práctica.

   Se parte de que para mejorar la convivencia humana no hay como extender el comportamiento bondadoso y/o compasivo, y a eso se refieren las emociones mencionadas.

La compasión es una emoción biológicamente constituida que está arraigada en el cerebro de los mamíferos, y está moldeada por quizá las más potentes presiones selectivas para las cuales los humanos se han adaptado por evolución- la necesidad de cuidar de los vulnerables. La compasión no es ciega, está exactamente afinada a la vulnerabilidad. No es débil; promueve la acción valerosa altruista, con frecuencia a gran coste para el individuo.

   El problema es que

ser bueno para los otros tiene muchos costes, y nos expone a ser explotados por otros que son menos generosos. Dados los costes y riesgos de la cooperación, estamos a la caza de sutiles y tácitos signos de integridad, honestidad, bondad y confianza

  Casi todo este libro gira en torno a esta simple y contundente verdad: nuestras posibilidades de mantener relaciones humanas bondadosas aumentan a medida que somos capaces de reconocer con acierto la predisposición ajena a la bondad.  “Confiar en la bondad de los desconocidos” siempre ha sido arriesgado… pero la naturaleza humana nos ha dado ciertas capacidades para detectar indicios de bondad incluso en los desconocidos o en los poco conocidos. Hay que profundizar en estas capacidades: la predisposición a la bondad o maldad se evidencia sobre todo por las reacciones emocionales.

Las emociones son signos de nuestro compromiso con los otros; las emociones están codificadas en nuestros cuerpos y cerebros; las emociones son nuestra víscera moral, la fuente de nuestras más importantes intuiciones morales.

Para que la cooperación se expanda en grupos, la hipótesis de la bondad contagiosa sugeriría que la simpatía y la gratitud deberían poseer señales evocadoras y fiables, permitiendo a los miembros del grupo discernir de forma pronta la intención cooperativa de otros y que cuando se sientan inclinados a actuar de forma altruista, evoquen las tendencias cooperativas en otros

  Detectar la bondad permitiría entonces crear comunidades más o menos eficientes de personas con comportamiento bondadoso. Semejante principio plantea grandes posibilidades, sobre todo si consideramos que la bondad –y también la maldad- son pautas de comportamiento humano contagiosas (en realidad, todas las pautas de comportamiento humano son contagiosas: el pánico, el juego, el trabajo… todo). Pero “recolectar” la bondad existente es solo parte de la tarea. ¿Cómo podemos producir “bondad”?

Estudios científicos recientes están identificando las clases de entorno que cultivan la compasión. Esta emoción moral es cultivada en entornos donde los padres son atentos y juegan y tocan a sus hijos. También sucede así cuando se da un estilo empático que hace que el niño razone acerca del daño. O hacer las tareas, tanto como la presencia de los abuelos. Hacer de la compasión un motivo de las conversaciones a la hora de la cena y de las historias a la hora de ir a dormir cultiva asimismo esta importante emoción. 

  Por lo tanto, expandir la bondad entra en lo que llamaríamos “trabajo cultural”, crear un determinado estilo cultural.

Este libro ofrece una lente darwiniana acerca de la nueva ciencia de la emoción positiva. Llamaremos a esta nueva ciencia la ciencia “jen”, en honor del concepto confucionado del jen. Jen es la idea central en la enseñanza de Confucio, y se refiere a una compleja mezcla de bondad, humanidad y respeto que transpira entre la gente

  Podemos considerar que jen sería algo así como “virtud moral”, como concepto y como práctica gratificante de vida.

  El comportamiento virtuoso (o jen, según este autor) tiene un origen emocional y, por tanto, es viable rastrear los indicios de la predisposición a la virtud en el comportamiento relacionado con las emociones. Ése sería el truco. No muy diferente a lo que argumentaba el luteranismo de que las buenas obras del cristiano solo son posibles si el cristiano tiene fe (porque la “fe” sería la fuente psicológica de la caridad cristiana). Probablemente ése es el origen del triunfo humanista de las naciones protestantes: el empeño en profundizar psicológicamente en quiénes son portadores o no de la “fe”, y cómo aprender a cultivarla. Los hombres protestantes de “fe” se convirtieron, con el paso del tiempo, en cuidadosos examinadores del comportamiento mutuo acorde con los ideales de la virtud cristiana, desarrollaron la introspección y el “pensamiento de alto nivel”. A la larga no perderían la virtud cristiana… aunque desarrollarían el pensamiento científico más que la teología y acabarían dando lugar a sociedades predominantemente ateas.

    ¿Cómo detectaban los protestantes rigurosos que una persona tenía fe? Con su devoción religiosa, naturalmente, pero también con su comportamiento cívico (ser un buen padre de familia, trabajador eficiente y ciudadano comprometido) y, sobre todo, con las manifestaciones virtuosas más reveladoras de su esencia psicológica: honestidad, humildad, modestia, afabilidad, generosidad… En la misma línea, lo que Keltner propone hace referencia sobre todo a las manifestaciones más sutiles que forman los elementos esenciales de la virtud prosocial: las actuaciones emocionales reflejas del lenguaje no verbal.

Espero que ustedes vean el comportamiento humano bajo una nueva luz, las claves sutiles de la turbación, vocalizaciones acordes que dan juego, sentimientos viscerales de compasión, el sentido de gratitud en el toque de otro a tu hombro, que se han formado durante siete millones de años de evolución homínida y que lleva a realizar el bien a los otros. En nuestra búsqueda de la felicidad hemos perdido de vista estas emociones esenciales. Nuestras conversaciones de cada día sobre la felicidad están llenas de referencias al placer sensorial –deliciosos vinos, confortables camas de hotel, buen nivel físico debido a hacer deporte. Lo que falta es el lenguaje y la práctica de emociones como compasión, gratitud, diversión y admiración.

Cooperación, bondad y virtud están encarnados en actos observables –movimientos de músculos faciales, breves vocalizaciones, formas de mover las manos o posicionar el cuerpo, patrones de actividad en la mirada- [que] son señales detectables al ojo ordinario. Estas señales externas de virtud, tal como aparece a la razón, tienen elementos involuntarios que no pueden ser falseados, y es probable que se pongan en uso a medida que las personas forman intuiciones acerca de en quién deben confiar, a quién deben amar y por quién sacrificarse. Esta premisa central – que para que emerjan la cooperación y la bondad debe haber signos externos de confianza y cooperación- da lugar al mismo diseño de los gestos no verbales de compasión, gratitud y amor.  A medida que la ciencia ha comenzado a crear un mapa de las emociones prosociales en el cuerpo, nuevas demostraciones faciales de turbación, vergüenza, compasión, admiración, amor y deseo han sido descubiertos. Estudios de las nuevas modalidades de comunicación, tales como el tocamiento mutuo, han revelado que podemos comunicar gratitud, compasión y amor con un breve toque en el antebrazo. Estamos programados para detectar intenciones benevolentes en otros en el flujo, momento a momento, de las microacciones de nuestra vida diaria.

  Es interesante señalar que este tipo de comportamientos están muy lejos de lo que consideramos más valioso en el ser humano, la elaborada racionalidad del lenguaje verbal.

Las palabras son fáciles de manipular. No tanto las demostraciones emotivas. Las demostraciones emotivas proporcionan claves fiables con respecto al compromiso de otros porque son involuntarias, costosas y difíciles de falsear. (…) Las emociones son mecanismos involuntarios para [facilitar] el compromiso que nos vinculan unos a otros en relaciones mutuamente benéficas a largo plazo

    Hasta qué punto las estrategias basadas en nuestras pautas de comportamiento emocional innato pueden ser adaptadas a nuestra forma de vida actual, solo se podría llegar a saber mediante prueba y error.  Keltner señala, por ejemplo, el valor de las emociones de turbación

Los elementos de la turbación son fugaces manifestaciones que hace el individuo acerca de su respeto por el juicio de otros. La turbación revela cuánto se preocupa el individuo acerca de las reglas que nos ligan los unos a los otros. (…) Las manifestaciones de turbación son signos evanescentes de compromiso moral

La turbación nos avisa de los actos inmorales y nos previene de errores que desarreglan la armonía social. Señala nuestro juicio de obrar mal y nuestro respeto por el juicio de los otros. Provoca actos ordinarios de perdón y reconciliación.

  Sin embargo, algunos podemos poner en duda que los tocamientos mutuos, muy efectivos entre los simios, tengan tanta efectividad en nuestro mundo actual.

El viejo lenguaje del tocarse es la columna vertebral de la cooperación, es una fuente de altos porcentajes de “jen” [virtud prosocial]

  Pero resulta que, como todos sabemos, hay una gran variedad cultural en lo que se refiere a tocamientos mutuos. Los británicos y los japoneses apenas se tocan, mientras que los africanos y latinos lo hacen mucho más. Y el caso es que las sociedades de los primeros están más desarrolladas moralmente…

  Y lo mismo podría suceder con lo que en inglés se llama “tease” (burla, provocación), una actitud agresiva pero a la vez afectiva que Keltner ve muy relacionada con las buenas relaciones humanas.

El consenso es que tease es “agresión en broma” (…) Implica un acto que se pretende que provoque emoción para discernir las intenciones y compromisos de otros (…) El tease (…) es como una vacuna social

Bromas y tomaduras de pelo son una representación dramática claramente preferible a la alternativa obvia –confrontaciones violentas sobre el rango y el honor

¿Qué diferencia el tease productivo del dañino? (…) El arte del tease es capacitor la reciprocidad y el intercambio. Un teaser efectivo invita a ser objeto de tease él mismo

  Muchas de las conclusiones de Keltner sobre el lenguaje emocional no verbal proceden de su trabajo previo con Paul Ekman. Y cabe preguntarse si no sería un avance social importante el que parte de sus conocimientos pasasen a la cultura cotidiana. Recordemos que Freud hizo sus descubrimientos no para el gran público, sino para sus colegas terapeutas, pero que la generalización del lenguaje  y conceptos del psicoanálisis (“frustración”, “catarsis”, “represión”…) han sido de gran ayuda para mejorar la convivencia dentro de nuestra sociedad.

  Imaginémonos una cultura en la que, desde el colegio, se nos enseña no solo a identificar los rasgos de emocionalidad más prosocial, sino que se nos alienta a desarrollarlos, familiarizándonos con el “sistema de codificación de acción facial”

[El] sistema de codificación de acción facial [es] un método anatómicamente basado para identificar cada músculo facial visible en el análisis cuadro a cuadro de la expresión facial tal como ocurre en el continuo flujo de interacción social (…) El trabajo de Ekman sobre la expresión facial catalizó un nuevo campo –la ciencia afectiva- y llevó a una comprensión más precisa del lugar de la emoción en el cerebro, el papel de la emoción en la vida social.

  Por ejemplo, imaginemos que, igual que hoy estamos familiarizados con conceptos como “frustración”,  “autorrealización” o “depresión”, lo estuviéramos con la “sonrisa Duchenne”, que es

un tipo de sonrisa [que] implica el músculo orbicularis oculi, y acompaña a la elevación espiritual y la buena voluntad (…) La firma física de la felicidad humana es la sonrisa D [Duchenne]

   Un gran avance civilizatorio fue cuando, a partir de cierto momento en la sociedad europea de la baja edad media previa al renacimiento las clases altas se habituaron a cultivar comportamientos de civismo y caballerosidad (surgieron, por ejemplo, los “manuales de urbanidad”). La gente aprendió a no ser grosera e insensible con sus semejantes, a desarrollar fórmulas de cortesía y amabilidad en el lenguaje y los gestos. ¿Y si, para expandir la virtud y permitir su contagio, desarrolláramos ahora hábitos aún más avanzados, esforzándonos en controlar nuestras sonrisas, contracciones pupilares, la prosodia en nuestro lenguaje y mil y un detalles… a la manera de cómo hacen los que estudian en las escuelas de actuación? Tengamos en cuenta que la “sonrisa Duchenne”, en la que interviene el músculo “orbicularis oculi”, se considera técnicamente uno de esos elementos involuntarios que no pueden ser falseados.

 Esta atención a nuestra expresión emocional podría convertirse en un elemento importante de algún nuevo sistema cultural humanista en busca de un cambio permanente para mejor…

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