martes, 25 de abril de 2017

“Pensar rápido, pensar despacio”, 2011. Daniel Kahneman

  Daniel Kahneman es un psicólogo que ganó el Premio Nobel de Economía. Eso no tiene que sorprendernos: la economía se basa en pautas de comportamiento que no obedecen siempre a principios racionales, lo cual exige una interpretación psicológica.

   El hecho es que no sabemos cuáles son nuestras necesidades económicas reales. Sin duda, sobrevivir y reproducirnos entran en el cálculo… pero la misma supervivencia de muchos depende hoy de cómo los demás se satisfagan o no comprando corbatas o yéndose de vacaciones a uno u otro lugar, lo cual no tiene nada de lógico y nos separa del resto de especies animales.

  Dado el avance de la tecnología, nunca ha sido más fácil que en el presente el que la humanidad cubra sus necesidades económicas y que escape de la precariedad que ha sido lo acostumbrado durante toda la historia y prehistoria. Y sin embargo en el mundo sigue habiendo hambre para muchos e incertidumbre para casi todos. Cuando los marxistas trataron de crear sistemas económicos totalmente racionales (“cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad”) el fracaso fue total y absoluto. La mente humana no funciona así y, por tanto, el comportamiento humano tampoco.

La mayor parte de nuestras impresiones y pensamientos surgen en nuestra experiencia consciente sin que sepamos de que modo.

Lo que aquí me propongo es presentar una paronámica que muestre cómo trabaja la mente, para lo cual tengo en cuenta los más recientes avances en psicología cognitiva y social.  (…) Ahora entendemos tanto las maravillas como los defectos del pensamiento intuitivo.

    De lo intuitivo, de lo inconsciente, no podemos librarnos nunca. Daniel Kahneman nos ilustra hablando de dos sistemas de la mente:

El "pensamiento rápido" incluye las dos variantes del pensamiento intuitivo –el experto y el heurístico 

  Y el "pensamiento lento" es el “pensamiento” que entendemos habitualmente como tal: cuando “pensamos”, porque tenemos tiempo para ello  -aparte de otras condiciones que han de darse para que tal complejo proceso se ponga en marcha-, reflexionamos, analizamos y sacamos conclusiones.

    Reflexionando (“pensamiento lento”), aceptamos que para afrontar las cambiantes situaciones creadas por los múltiples factores que interactúan en nuestro entorno la mejor forma de intentar comprender es recurrir a la estadística (en este libro no faltan ejemplos al respecto), pero el “pensamiento rápido” prefiere -no le queda otro remedio, en realidad - la experiencia y la heurística, y entonces…

¿Por qué nos resulta tan difícil pensar estadísticamente? Pensamos asociativamente, pensamos metafóricamente y pensamos causalmente con facilidad, pero hacerlo estadísticamente requiere pensar en muchas cosas a la vez

El Sistema 1 [“pensamiento rápido”] es en general muy bueno en lo que hace  (…) Sin embargo, en el Sistema 1 hay sesgos, errores sistemáticos que es propenso a cometer en circunstancias específicas (…) En ocasiones responde a cuestiones más fáciles que las que se le están planteando, y entiende poco de lógica y estadística. Otra limitación del Sistema 1 es que no puede ser desconectado

No puede confiarse en la intuición en ausencia de regularidades estables en el entorno

  La heurística, para entendernos, son las reglas simples (incluso simplonas) que nos permiten tomar decisiones prácticas y rápidas. Si quiero hacer un regalo para "quedar bien" con alguien, ¿qué artículo elijo en la tienda?, ¿uno caro o uno barato? La heurística nos dice que un artículo caro suele ser más valorado como regalo... Eso es heurística. Si vivo en el norte de Europa y quiero viajar a un país cálido, tengo que ir al sur. Y lo más al sur que existe es la Antártida. Eso también es heurística.

Se trata de un procedimiento sencillo que nos ayuda a encontrar respuestas adecuadas, aunque a menudo imperfectas cuando se trata de preguntas difíciles

  Un ejemplo muy representativo de lo mal que funciona la heurística a veces es el siguiente dilema:

De carácter disciplinado y metódico, necesita ordenarlo y organizarlo todo, y tiene obsesión por el detalle. ¿Es probable que Steve sea un bibliotecario o un agricultor? (…) Un bibliotecario estereotipado es algo que a todo el mundo le viene inmediatamente a la mente (…) ¿Sabe el lector que [incluso] en Estados Unidos hay más de veinte agricultores por cada bibliotecario? (…) Los participantes en nuestros experimentos ignoraban  los datos estadísticos relevantes

   Y por eso nos equivocamos y elegimos “bibliotecario” a pesar de que es evidente que hay muchísimos más agricultores (con todo tipo de personalidades) que bibliotecarios.

  Por otra parte, la heurística y la experiencia no son lo mismo. La heurística se basa en reglas (apariencia, proximidad, cierta causalidad...), la experiencia es solo un recuerdo, y este recuerdo –consciente o inconsciente- crea la base de la intuición

La gente tiende a evaluar la importancia relativa de ciertos asuntos según la facilidad con que son traídos a la memoria

La situación proporciona la ocasión; esta da al experto acceso a información almacenada en la memoria, y la información da la respuesta. La intuición no es ni más ni menos que  el reconocimiento

   ¿Cómo podemos aprender a ser más reflexivos y a pensar mejor?  Pues, para empezar, mientras más sepamos acerca de nuestras limitaciones, más precavidos seremos a la hora de juzgar. Y aquí Kahneman nos informa de unas cuantas “familias” de sesgos engañosos. Por ejemplo, la “ley de los pequeños números”: muchos creyeron que los colegios pequeños son mejores que los grandes porque habían leído en un informe que los que son calificados como “mejores colegios” resulta que son pequeños.

Desafortunadamente el análisis causal es inútil porque los hechos son falsos (…) Los malos colegios también tienden a ser más pequeños que la media. La verdad es que los colegios pequeños no son mejores por término medio, son simplemente más variables 

  La ley de los pequeños números es la misma que hace que si lanzamos una moneda al aire cuatro veces hay muchas posibilidades de que salga “cruz” o “cara” en un 75 o un 100% de las veces (desigualdad)… pero si la lanzamos mil veces el porcentaje será casi exactamente del 50% cara y 50% cruz.

   Otro caso (de sesgo, ya no de heurística, porque no implica tomar un criterio) es el efecto ancla.

Si a alguien se le pregunta si Gandhi tenía más de ciento cuatro años cuando murió, terminará haciendo una estimación más alta de la edad a que murió de la que habría hecho si la pregunta ancla hubiera hablado de treinta cinco años 

  Es decir, tendemos a fijarnos en el dato que nos dan arbitrariamente. Este truco del “efecto ancla” lo usan mucho los vendedores.

  “La regresión a la media” funciona de forma parecida: se nos cuenta de un instructor de vuelo que asegura que, en contra de lo que demuestra la estadística, felicitar a quien lo hace bien no ayuda tanto como amonestar a quien lo hace mal. El instructor decía que cuando él felicitaba a alguien por hacerlo bien, éste no mejoraba, mientras que si amonestaba a quien lo hacía mal, entonces sí mejoraba… Pero lo que sucede es que, estadísticamente, es difícil hacer mejor algo realizado tan bien como para que nos feliciten efusivamente por ello… mientras que es lógico que cuando hacemos algo muy mal (momento en el que nos amonestan) será estadísticamente difícil que vayamos a peor. Siempre se tiende al promedio.

  Otro sesgo muy diferente es la atribución intencional

Hemos nacido preparados para hacer atribuciones intencionales

Nuestra disposición innata a separar la causalidad física de la intencionalidad explica la casi universalidad de las creencias religiosas

  La atribución intencional típica es lo que llamamos “superstición”: si un rayo fulmina a un hombre primitivo, los supervivientes creen que algún dios lo ha castigado por alguna causa (y si solo un hombre sobrevive a una epidemia, se suele pensar también que se trata de un elegido por los dioses: muchos chamanes han comenzado así sus carreras, convencidos de que estaban marcados por la excepcionalidad). Nuestra mente tiende a creer que todos los sucesos que nos rodean tienen un motivo, son intencionados… por parte de alguien. El azar, la casualidad, es una invención moderna.

   La “ilusión de validez” es algo parecido a la atribución intencional. Incluso en el mundo de hoy, Kahneman considera que buena parte de quienes presumen de ser grandes expertos, en realidad, muchas veces son poco más que ilusionistas (o “chamanes”), que hacen creer que tienen más aciertos que el promedio, cuando en realidad no es así.

Los inversionistas y los politólogos, que hacen predicciones a largo plazo, operan en un entorno de validez cero. Sus fallos reflejan la impredecibilidad fundamental de los acontecimientos que intentan predecir. (...) No es que ellos engañen, es que nos engañamos a nosotros mismos al evaluar los resultados. Porque no lo hacemos basándonos en cálculo estadístico.

  Otras veces lo que nos engaña no es ni la heurística, ni la atribución intencional, sino nuestra propia memoria

Los gustos y decisiones están modelados por los recuerdos, y los recuerdos pueden ser falsos.

  Los defectos de nuestro pensamiento (ese tipo de defectos que hoy sabemos que no afectan a los computadores) aparecen en toda circunstancia. Si no nos engaña la memoria, ni la atribución intencional, ni la ley de los pequeños números, simplemente nos puede engañar la fatiga. Porque pensar también supone esfuerzo

La gente que está cognitivamente ocupada es más probable que haga elecciones egoístas, use un lenguaje sexista y emita juicios superficiales en situaciones sociales (…) El autocontrol se debilita

Todas las variantes de esfuerzo voluntario –cognitivo, emocional o físico- hacen uso, al menos en parte, de un fondo compartido de energía mental

  Tras conocer todos estos problemas de nuestra mente podemos llegar también a conocer algunas ventajas que asimismo conllevan. De los sesgos propios del “pensamiento rápido” podemos obtener algunas estrategias útiles. Por ejemplo, el “priming”, que es tanto una característica de nuestra limitación cognitiva como una vía para enfrentarnos a otras limitaciones.

  El “priming” equivale a crear las condiciones psicológicas para una predisposición.

Si tenemos en la mente la palabra COMER (seamos o no conscientes de ello), reconoceremos más rápidamente de lo normal la palabra JAMÓN

  Hasta aquí, parece una limitación porque puede hacer que nos confundamos al interpretar una palabra. Pero el “priming” va más allá…

El “priming” no se limita a conceptos y palabras (…) [El] efecto ideomotor (…) [consiste en que, por ejemplo, la lectura de] palabras asociadas a la ancianidad (…) [hizo que] los jóvenes que habían construido una frase con palabras relativas a la vejez caminaron hacía el vestíbulo más despacio que los demás

  Las religiones han utilizado el “priming” en un sentido moral. Hacer leer a los niños historias sobre santos les inculca también un sentido moral en sus acciones. Y el desarrollo humanista de nuestra civilización ha conllevado una expansión de la literatura psicológica, con sus historias ejemplares, moralistas y sentimentales.

  La predisposición mediante asociaciones puede ponerse en marcha de muchas formas, no solo gracias al “priming”. Algunas nos parecen divertidas cuando la psicología social nos las revela en sus experimentos de laboratorio. Pero pueden ser más que eso.

Los vínculos recíprocos son comunes en la red asociativa (…) Tome el lector un lápiz y sosténgalo entre los dientes (…) [Los que hicieron esto] encontraron los dibujos [humorísticos que les presentaba el experimentador] más divertidos que los que estaban “torciendo el gesto” [haciendo otro tipo de movimientos con el lápiz en la boca]

  ¿No está esto relacionado con el aprendizaje de hábitos gestuales, con las ceremonias y ritos públicos? El soldado que se pone tieso como un palo y que habla a ladridos, el monje que compone gestos de mansedumbre y habla en susurros… ¿No están generando predisposiciones al comportamiento hasta cierto punto efectivas? Estas estrategias de asociación podrían extenderse mucho más si las utilizamos racionalmente.

La representación simbólica evoca asociativamente, de forma atenuada, muchas de nuestras reacciones al acontecimiento real, incluidos indicadores fisiológicos de emoción y hasta mínimas tendencias a evitar o a estar cerca, a retroceder o a observar

    Hay también estrategias para desarrollar la capacidad cognitiva en el sentido de alcanzar mayor exactitud. Algunas son más sencillas (como hacernos esquemas y listados para organizar pensamiento y acción) y otras más complejas.

El efecto checklist (…) [muestra las] virtudes de las listas de control y las reglas sencillas

Un lenguaje más rico es a la larga esencial para lograr hacer críticas constructivas (…) La identificación de errores de juicio es una tarea diagnóstica que requiere un vocabulario preciso.

  La creación del lenguaje es esencial en el desarrollo cultural. La creación de conceptos como “Amor” (en el sentido cristiano), o “Libertad” (en el sentido político), o las geniales invenciones del doctor Freud, como “frustración”, “inconsciente” o “libido” han transformado la forma de ver el mundo.

  Finalmente, Kahneman también nos aporta una reflexión existencial: deberíamos resistirnos al reflejo inconsciente de juzgar todo suceso como parte de un episodio narrativo determinado por su desenlace…

La única perspectiva que podemos adoptar cuando pensamos en nuestras vidas es la del recuerdo

Estuvo escuchando extasiado una larga sinfonía grabada en un disco que estaba rayado hacia el final y producía un ruido escandaloso, y [experimentó cómo] ese desastroso final “arruinó toda la experiencia”. Pero la experiencia no resultó realmente arruinada, sino solo la memoria de la misma

  Quizá podríamos hacer algo al respecto. No ganamos mucho viendo toda nuestra vida como episodios determinados por su final. Tal vez eso tenga sentido en algún caso concreto (reparar una máquina o llevar a cabo un aprendizaje), pero no en todo lo demás, que implica la propia existencia, el goce y el compartir…

sábado, 15 de abril de 2017

“Vivir la comunicación no-violenta”, 2012. Marshall Rosenberg

La comunicación no violenta es un poderoso medio de comunicación, pero va más allá de eso. Es una forma de ser, pensar y vivir en el mundo. Su propósito es inspirar sinceras conexiones entre nosotros mismos y otras personas –conexiones que permitan que puedan verse satisfechas las necesidades de cada uno gracias a una dación compasiva.

   La “comunicación no violenta” es, más bien, una estrategia de psicoterapia. Y desde luego efectiva –como tantas otras, pues de lo contrario no existirían-. Marshall Rosenberg ha sido una autoridad en ese campo y ha creado escuela. Pero es cierto que su forma de abordar los problemas psicológicos de quienes acuden a su terapia se caracteriza también por ciertas ambiciones humanistas de gran alcance.

Esto es de lo que trata toda la comunicación no violenta: ¿Qué podemos hacer para enriquecernos la vida los unos a los otros?

No hay nada que sea mejor, nada que siente mejor, nada que se disfrute más que usar nuestro esfuerzo en servicio de la vida, contribuyendo al bienestar de otros.


  Dar un determinado sentido a la vida puede ser un paso revolucionario que nos lleve más allá de la vida convencional.  La “No-violencia” en particular supone enfrentarse quizá a la misma naturaleza humana, pues no existen registros de comunidades humanas no-violentas, de la misma forma de que no existe registro de ser humano despojado de agresividad. Las llamadas “religiones compasivas” (las cuales solo empezaron a surgir del budismo en adelante, hace unos dos mil quinientos años) han tratado de predisponer a los individuos a la no violencia como mejor garantía de coexistencia armoniosa. Y es cierto que algún progreso se ha hecho, pues la sociedad humana es hoy –particularmente en algunas regiones del mundo- mucho menos violenta de lo que nunca ha sido a lo largo de la historia y esto se atribuye al éxito de algunas estrategias religiosas con sutiles implicaciones psicológicas en el sentido del apaciguamiento de la agresión (el cristianismo reformado en particular). 

  ¿Qué puede aportar en concreto a tan elevada meta un psicoterapeuta como Marshall Rosenberg? Un psicoterapeuta no es un profeta religioso (y es bueno que no lo sea, pues parece que la religión ya no tiene tanto poder) pero no siendo un profeta, tiene una visión definida de la problemática existencial y de esta visión extrae un diagnóstico.

Me preguntaba por qué alguna gente parece disfrutar con el sufrimiento de otros, mientras otros son exactamente lo contrario (…) Tres factores son muy importantes [a este respecto:] (…) el lenguaje que nos han enseñado a usar, cómo se nos ha enseñado a pensar y comunicar [y] las estrategias específicas que hemos aprendido para influir a otros y a nosotros mismos

   Así pues, el problema de la maldad (agresión, egoísmo, crueldad, resentimiento) tendría que ver con una especie de errónea programación de la conducta que hemos recibido. Otros creen que el origen es más profundo, arraigado en la misma naturaleza humana, en las distintas características propias de la personalidad de los individuos. En cualquier caso, Rosenberg asegura que es capaz de enfrentar cualquier comportamiento agresivo gracias a sus técnicas (y al mensaje humanista que implican). Para él, no hay personas inaccesibles a la comunicación no violenta.

La comunicación no violenta muestra a la gente que nunca se trata de lo que hace otra persona, en lugar de eso, es cómo lo vemos, cómo lo interpretamos. (…) Es tu evaluación de la gente –en  forma de juicios que implican error- lo que causa tu ira

  ¿Y en qué consiste básicamente esta estrategia de la “comunicación no violenta”?

El proceso [de comunicación no violenta] se basa en la asunción de que cualquier cosa que la gente oye sobre nosotros que suena como un análisis o un criticismo (…) nos impide conectar con ellos (…). Este punto de vista sobre la comunicación enfatiza la compasión –más que el miedo, la culpa, la vergüenza, el reproche, la coerción o la amenaza del castigo- como motivación para la acción. En otras palabras, es acerca de conseguir lo que queremos por razones que no lamentaremos más tarde. Parte del proceso es decir claramente, sin análisis, criticismo o reproche, lo que vive dentro de nosotros. Otra parte es decir claramente qué nos haría la vida más maravillosa y presentar esta información a los demás como peticiones y no como exigencias.

  Algo sobre lo que se enfatiza mucho es lo de expresar abiertamente nuestras necesidades (otra forma de referirse a “lo que vive dentro de nosotros”).

Cómo nos sentimos es un resultado de cuáles son nuestras necesidades y lo que está sucediendo con nuestras necesidades.

La comunicación no violenta es un lenguaje muy asertivo. Podemos ser muy claros y rotundos sobre lo que sentimos, cuáles son nuestras necesidades, lo que queremos de otra persona. Sin embargo, somos muy asertivos sin hacer dos cosas que convierten la asertividad en violencia. En la comunicación no violenta, somos asertivos sin criticar al otro. No decimos nada en el lenguaje que en modo alguno implique que la otra persona está equivocada.(…) También (…) [somos] muy asertivos al decir a la gente lo que nos gustaría que hicieran. Pero presentamos esto como una petición, no como una exigencia.


  Reducido todavía más: no juzgar y expresar nuestras necesidades de una forma empática. Lo contrario es cuando

en lugar de ambas partes expresando sus propias necesidades y comprendiendo las necesidades de la otra parte, ambos bandos juegan al juego de quién tiene razón.

  Se trata, entonces, de una serie de ejercicios de expresión, de un lenguaje (hablado y también gestual) que evitaría que se disparen las conductas innatas de agresión. El contenido es, aparentemente, el de siempre, propio de una vida convencional: buscamos nuestro interés en forma de estatus social, apoyo psicológico, placer sexual y otras gratificaciones; lo que cambia es el lenguaje mediante el cual comunicamos nuestras previsibles aspiraciones a aquellos de quienes depende que las consigamos (todos los demás). Usar un lenguaje asertivo pero menos conflictivo. Al desaparecer esa conflictividad inútil, supuestamente contaremos con más posibilidades de alcanzar nuestras metas gracias a la cooperación mutua.

  Así aparece cuando Rosenberg nos relata algunas experiencias en su trabajo como terapeuta:

En lugar de contarme cuáles eran sus necesidades, me dio un diagnóstico de que ella [la esposa, en una disputa conyugal] era irresponsable. Es esta clase de lenguaje el que creo que obstaculiza la resolución pacífica de conflictos.

Nos atascamos en nuestros pensamientos.(…) “¿Qué es lo que hice mal? Soy un padre terrible [un padre cuyo hijo se ha suicidado]”. (…) Esa clase de pensamiento puede durar años y años, y la persona nunca sale de ella. Pero eso no es lamentación. Esto es verse atrapado en el pensamiento moralista, todos esos “debería haber hecho”. No va a ninguna parte. “Soy una persona terrible” es pensamiento estático. Eso es lo que nos atasca


  Es decir, la actitud de “juzgar” y calificar moralmente a la persona (a uno mismo y a los demás). El tener o no razón. El señalar al otro (o a uno mismo) como equivocado.

Todos los juicios son expresiones trágicas de otras cosas

Los juicios que hacemos de otras personas –que causan nuestra ira- son en realidad expresiones alienadas de necesidades no satisfechas
 
Los que practican la comunicación no violenta nunca quieren la aprobación de otros
 
El que practica la comunicación no violenta nunca está de acuerdo o en desacuerdo


   Tales observaciones no carecen de agudeza y es creíble que se apoyen en la experiencia terapéutica pero, por otra parte, el juicio moral, el asignar reputaciones a nuestros semejantes, se considera que ha sido un mecanismo esencial en el progreso civilizatorio. De hecho, parece tratarse de una de las pocas cosas que nos diferencian por completo de los animales: los animales no asignan reputaciones de comportamiento cooperativo o antisocial a los otros individuos de su manada, y debido a eso no pueden imponer nuevos usos más provechosos en la vida en común (no pueden imponer criterios de conducta más prosociales una vez corregidos o eliminados los agentes antisociales a los que previamente se ha marcado con una mala reputación). Por otra parte, los animales sí expresan de forma abierta cuáles son sus necesidades, sin ningún género de dudas. En cierto momento, Rosenberg parece ser consciente de esto

No digo que esté equivocado juzgar a la gente. Lo que es importante es ser consciente de que es el juicio lo que nos pone furiosos

  Y es que parece que el no juzgar y el expresar las necesidades en este tipo de terapia va unido a otros factores.

En situaciones de conflicto, decir a la gente lo que no queremos crea tanto confusión como resistencia

Cuando usamos palabras como “escucha” para expresar nuestras estrategias [resulta que] es demasiado vago. No es un verbo de acción (…) El lenguaje que no es de acción exacerba el conflicto

Pensar que hay cosas tales como “demasiado”, “exacto” o “demasiado poco” es mantener conceptos peligrosos 


Un amigo mío (…) pone este proceso [de organizar la respuesta en un conflicto] en una tarjeta (…). Él suele usarla como una "chuleta" en el trabajo. El jefe vendría a él en una forma juzgamental y él se tomaría su tiempo. Se detendría y miraría esta tarjeta en su mano y recordaría cómo responder

Queremos hacer peticiones claras, asertivas, pero  queremos que la otra gente sepa que estas son peticiones y no exigencias. (…) Puedes notar la diferencia por cómo amablemente se pide. (…) Lo que determina la diferencia entre una petición y una exigencia es cómo tratamos a la gente cuando no hacen lo que les pedimos. 
 
Extiendo mi empatía a una persona que sufre, o está enfadada, o aterrorizada al estar del todo presente en lo que vive en esa persona, sin ofrecerle ningún juicio, diagnóstico o consejo


  ¿Y si todo esto no se tratase, en suma, más que de mostrar un comportamiento benevolente y fiable para conseguir la mutua confianza? No hacer reproches, ser sincero, ser muy cuidadoso y amable a la hora responder a un conflicto, transmitir empatía… Lo que estamos creando así es una atmósfera de racionalidad y benevolencia que forzosamente ha de favorecer la cooperación.

Todos los seres humanos, cuando sufren, necesitan presencia y empatía. Podemos querer consejo, pero lo queremos después de que hemos recibido la conexión empática 
 
Violencia –tanto si estamos hablando de violencia verbal, psicológica o física entre marido y mujer, padres e hijos, o naciones- en su base es que la gente no sabe cómo ponerse en contacto con lo que está dentro de ellos. En lugar de eso, se les enseña un lenguaje que indica que hay villanos ahí fuera, tipos malos ahí fuera que están causando un problema. 
 
  Sobre todo, si estas actitudes benevolentes y constructivas se extienden en nuestro entorno, su efecto será probablemente mayor que si solo las conocemos por la intervención de un terapeuta.

Ayuda ser parte de una comunidad de comunicación no violenta de apoyo. Estamos viviendo en un mundo que juzga, y nos ayuda crear un mundo de comunicación no violenta alrededor de nosotros mismos a partir del cual comenzaremos a crear un mundo mejor.

Realmente solo podemos dar amor en la medida en que estamos recibiendo un amor y comprensión similares. Esto es por lo que recomiendo que busquemos la forma en que podemos crear una comunidad de apoyo para nosotros entre nuestros amigos y otros a quienes podamos dar la comprensión que necesitamos que esté presente en nuestros hijos de una forma que será buena para ellos y nosotros


  No se trataría, quizá, tanto de que se juzgue o no se juzgue, o de que se expresen las necesidades o no, sino de que quienes actúen lo hagan de tal forma que les permita ganarse la confianza de los demás. Y en un entorno racional, solo podemos ganarnos la confianza de los demás si nuestra actitud benevolente queda justificada a todos los niveles. Y es aquí donde aparece alguna incoherencia en el planteamiento de Marshall Rosenberg.

  Por ejemplo, las necesidades expresadas francamente (aunque no se planteen como "exigencias") pueden ser de un egoísmo brutal, y entonces no ganaremos nunca la confianza de los demás expresándolas. ¿Qué confianza puede comunicar un esposo a una esposa si le dice a ésta que desea de ella sumisión y docilidad a la hora de complacerle? La “comunicación no violenta” no puede ser indiferente del contenido. La sinceridad solo comunica confianza cuando nos comportamos como santos, de lo contrario seguiríamos haciendo bien en ocultar nuestras necesidades a los demás. 

  Y en cuanto a la actitud juzgamental, el problema tampoco es que se juzgue o no se juzgue, sino que los juicios han de ser extremadamente exactos (tan exactos, que mejor que en la mayor parte de los casos nos los ahorremos dado el riesgo que implica un juicio precipitado).

  Si vemos esto así, quizá evitemos lo que parecen opiniones y juicios dudosos por parte del mismo Rosenberg.

Amor no es negarte a ti mismo y hacer cosas por otros, más bien es expresar honestamente tus sentimientos y necesidades y recibir empáticamente los sentimientos y necesidades de los otros

  Esto es muy discutible. Si hemos de vivir en cooperación y armonía no siempre vamos a poder permitirnos satisfacer exclusivamente nuestras necesidades. Sí que tendremos a veces que hacer cosas por otros. De hecho, tendremos que estar predispuestos a ello todo el tiempo… en la esperanza de que una actitud semejante se desarrolle también en los demás.

La empatía requiere “aprender cómo disfrutar con el dolor de otra persona” (…) Por supuesto, preferiría experimentar alegría, pero es algo muy preciado estar allí con ellos y con lo que sea que esté vivo dentro de ellos.

  Gozar con el dolor ajeno es cuestionable. ¿Un psicópata podría ser un buen terapeuta? La empatía como espectáculo que enriquece la propia percepción supone también uno de los principales problemas de la psicología budista: uno empatiza pero no actúa, uno se sensibiliza pero permanece pasivo.
 
Cuando pones tu atención a los sentimientos y necesidades de otras personas, no hay conflicto (…) Es por eso que quiero decir que se necesita que la otra persona lo capte. Puedes tener que oír su dolor primero por un momento.

  Pero no es fácil que la gente se exponga vulnerablemente a expresar su dolor… si no te has ganado antes su confianza. No se puede dar en la vida cotidiana la misma relación que cuando un particular acude a un psicoterapeuta que te garantiza su profesionalidad y su confidencialidad.

Usar el lenguaje de la vida requiere valor y elegir lo que tú quieres basado más en la intuición que en el pensamiento

Para estar del todo presente, he de despojarme de toda mi formación clínica, de todos mis diagnósticos, de todo previo conocimiento sobre los seres humanos y su desarrollo. Todo eso da solo comprensión intelectual, que bloquea la empatía.


  La intuición y el “sentido común” son peligrosísimos, pues se forman en un inconsciente que no podemos controlar. Solo un santo hace bien en dejarse guiar por su intuición… y por el sentido común de la santidad.
 
  En suma, el ideal de una vida empática, compasiva, es de lo más atrayente, pero no puede ser compatible con los convencionalismos de una sociedad como la actual que no está aún basada en tales principios de vida más bien santa.

Es un regalo recibir empáticamente, conectar con lo que vive dentro de otra persona, no juzgar. Es un regalo cuando intentamos oír lo que está vivo en otra persona y lo que le gustaría a esa persona

  Para alcanzar ese ideal no basta con buenos consejos y ocasionales visitas al terapeuta. Haría falta un cambio cultural en el sentido de la evolución moral de la civilización (extendiendo a nivel universal actitudes de benevolencia, racionalidad y control de la agresión) y un cambio cultural de ese tipo solo puede producirse –en base a la experiencia de la historia- a partir del desarrollo de sub-culturas de perfeccionamiento moral (monasticismo, sacerdocio, sectas puritanas) que gradualmente influyan en el ethos de la sociedad convencional. Tales sub-culturas, a su vez, requieren, aparte de innovaciones ideológicas, un proceso previo de selección de individuos de determinado tipo de personalidad fuertemente motivados sumado a un cuidadoso proceso de formación psicológica y las correspondientes gratificaciones compatibles con tan alto ideal. 

  Desde luego, estrategas de la psicología del comportamiento como Marshall Rosenberg tendrían mucho que aportar al desarrollo de tales procesos de formación y estructuración de gratificaciones, pero por desgracia lo que sucede con todo este tipo de promotores de la “psicología humanista” (pues Rosenberg mismo se declara entusiasta seguidor de autores hoy clásicos como Abraham Maslow o Carl Rogers) es que pretenden cambiar el mundo sin cambiar la forma de vida convencional (bastante egoísta, competitiva y un tanto alienante) dentro la cual ellos mismos se desenvuelven como prestigiosos profesionales de éxito.

miércoles, 5 de abril de 2017

“Punto ciego”, 2013. Banaji y Greenwald

  Somos sin duda racionales y esto nos proporciona grandes ventajas y enormes expectativas en el progreso de la civilización, pero la racionalidad humana tiene ciertos límites en lo que a desarrollo lógico se refiere. Ésta es la cuestión que los psicólogos Banaji y Greenwald abordan en su libro.

Hace un cuarto de siglo [escrito en 2013], la mayor parte de los psicólogos creían que el comportamiento humano era sobre todo guiado por sentimientos y pensamientos conscientes. Hoy en día la mayoría acordarán en que mucho de los juicios y comportamiento humanos se produce con poco pensamiento consciente

  Y el pensamiento inconsciente comete todo tipo de errores. Se deben a que, a la hora de decidir, más que hacerlo racionalmente, nos dejamos llevar por sesgos, pautas de conducta –que no son criterios, sino heurísticas- que nosotros mismos rechazaríamos si reflexionáramos un poco sobre ello.

  Veamos un ejemplo que tiene su importancia… Estamos en una investigación acerca de un accidente de tráfico y se pregunta a un testigo.

“¿Cómo de rápido iba el coche cuando se estrelló contra el otro coche?” Aquellos a los que se preguntó haciendo uso del verbo “estrellarse” dieron una estimación más alta de la velocidad que la de aquellos a los que se les hizo la pregunta [refiriéndose a] “chocar” (…) Los psicólogos llaman a este “parásito mental” interferencia retroactiva –una influencia de la información posterior a la experiencia en la memoria (…) Un pequeño cambio en el lenguaje puede producir consecuencias

  Buena parte de la totalidad de la psicología trata de esto… Banaji y Greenwald hacen uso frecuente del término “parásito mental” (mindbug) para referirse a ciertos sesgos en particular que “pervierten” la lógica de nuestro pensamiento, y que causan auténticos “puntos ciegos” en nuestro comportamiento racional al manifiestar la acción inconsciente de prejuicios que no sospechamos.

La aparición de la reciente atención a los sesgos ocultos fue precedida por siete décadas de investigación científica de formas de sesgo no oculto –en otras palabras, prejuicios. 

Hemos descubierto que la mayor parte de la gente encuentra simplemente increíble que su comportamiento podría estar guiado de esta forma [por sesgos ocultos], sin su consciencia. Nuestra principal meta en este libro es hacer claro por qué los científicos contemplan ahora estos puntos ciegos como del todo creíbles. Convencer a los lectores de esto no es un desafío fácil. ¿Cómo podemos mostrar la existencia de algo dentro de nuestras propias mentes que está oculto de nuestra propia conciencia?

  Hay varias formas de hacerlo, y una de las más interesantes que se incluye en este libro es el “Test de Asociación Implícita”.

Un dispositivo llamado el Test de Asociación Implícita nos ha capacitado para descubrir los contenidos de los puntos ciegos de sesgos ocultos. 

  El Test de Asociación Implícita puede funcionar sencillamente con ayuda de un cronómetro y dos listados en los que tenemos que señalar conceptos asociados.

  El ejemplo más asequible es una lista de “palabras agradables” (como “amor”, “alegría”, “paz”…) que se enumeran al lado de nombres de insectos y “palabras desagradables” (como “violencia”, “excremento”, “maldad”) que se enumeran al lado de nombres de flores; y en el otro listado, al revés, “palabras agradables” junto a flores y “palabras desagradables” junto a insectos. Se debe marcar la asociación correcta en cada listado: en el primero, insecto-palabra agradable SI, insecto-palabra desagradable NO, flor-palabra agradable NO, flor-palabra desagradable SI… y viceversa en el otro listado.  Se hace lo más rápido posible y se miden los errores cometidos y el tiempo en llevarlo a cabo.

  El resultado es que se hace evidente la previsible diferencia de que es más difícil asociar palabras o imágenes agradables a los insectos que a las flores. Cambiemos “insecto” por “inmigrante” y “flor” por “español”, “estadounidense” o cualquiera que sea la nacionalidad del que completa el test, y entonces nos aproximaremos mucho a un resultado empírico de la medición del prejuicio inconsciente. El autor nos refiere su propia experiencia.

Del Test [de Asociación Implícita] se esperaba que revelase si el método podría medir una de las más significativas actitudes emocionales –la actitud hacia un grupo racial (…) Debido a que yo no tenía preferencia (o eso pensaba) por un grupo racial u otro, esperaba ser tan rápido en asociar nombres de personas negras con palabras agradables como en asociar nombres blancos con palabras agradables (…) No puedo decir si me sentí más frustrado personalmente o científicamente eufórico al descubrir algo dentro de mi cabeza de lo que yo no tenía conocimiento previo

  En cambio, podemos controlar nuestras respuestas conscientes si nos preguntan si albergamos o no prejuicios raciales, incluso si nos comprometemos a dar una respuesta honesta… compromiso que no cuenta para el inconsciente, cuya actividad no puede detenerse y que se aprovecha de estructuras psicológicas tan escurridizas como el autoengaño. El Test de Asociación Implícita suele superar estos obstáculos y revelarnos los sesgos ocultos.

  Por otra parte, este libro, especialmente a la hora de enfrentar los sesgos raciales, nos proporciona información de otras fuentes, como es el caso de los experimentos en los que se muestra que los empleadores rechazan más a candidatos negros que blancos con las mismas cualificaciones… incluso si se añade el único detalle diferenciador de que el candidato de raza blanca tiene antecedentes penales. Pero el Test de Asociación Implícita es mucho más sencillo y sorprendentemente fiable, hasta el punto de que incluso nos lo podemos hacer a nosotros mismos…

La preferencia automática  por los blancos es persistente en la sociedad estadounidense –alrededor del 75% de aquellos que hacen el test (…) en Internet o en estudios de laboratorio revelan preferencia automática por los blancos (…) [El test] predice el comportamiento discriminatorio incluso entre sujetos de investigación que seriamente (y pensamos que honradamente) esposan creencias igualitarias

  Los prejuicios contra las personas son de los que más estorban a una convivencia armoniosa, y los prejuicios raciales no son los únicos que cuentan. Lo más negativo del estudio de estos “puntos ciegos” es que si ahora descubrimos que no podemos dominarlos conscientemente podemos llegar a desmoralizarnos mucho. Esto afecta también, muy dramáticamente, a quienes forman parte de los mismos grupos que son discriminados por el prejuicio.

Miembros de grupos desaventajados juegan un chocante papel en mantener su propia desventaja al aceptar los estereotipos que los subestiman

  La casi inevitabilidad de los prejuicios y “parásitos mentales” que afectan la discriminación entre grupos tiene como causa la persistencia de ciertas tendencias innatas de la mente humana.

La identidad de grupo aborrece el vacío. Si se crea una conexión arbitraria entre una persona y un grupo, y se proporciona la mera sugerencia de que hay otros que carecen de esa conexión con uno, entonces la psicología del “nosotros” y “ellos” se lanza a llenar el vacío [apareciendo entonces la distinción entre grupos de identidad enfrentada]

  Otro sesgo psicológico que dificulta la comprensión racional es el “anclaje”

Anclaje (…)[es] la idea de que la mente no busca información desde un vacío. Más bien, comienza en alguna parte, usando cualquier información inmediatamente disponible

  El anclaje implica que, por ejemplo, si una persona memoriza un número y luego discute un precio, el número memorizado siempre tenderá a influir el cálculo a pesar de que el número memorizado y el objeto de la discusión no tienen nada que ver.

  El inconsciente, con su repertorio de heurísticas automáticas, no calla nunca…

Les hemos dado a la gente solo una imagen de un rostro humano y [con tan escaso elemento de juicio, les hemos] pedido que nos digan si es probable que a Mark le guste esquiar o leer, o si Sally visitará a su familia en sus vacaciones o si Heather encuentra que ir a comprar zapatos es un fastidio, y así con docenas de preguntas. Notablemente, nadie responde nunca “¡no podría decirlo!”

  No podemos callarnos: el inconsciente no puede detenerse y siempre buscamos emitir un juicio. Esto contribuye a que cometamos errores cuando lo lógico sería que fuésemos reservados a la espera de contar con más elementos para juzgar. Buscamos explicaciones y pretendemos encontrarlas todo el tiempo. Pero el inconsciente no busca la verdad “químicamente pura”, sino aquella que más pueda beneficiarnos, de ahí la tendencia a aceptar errores favorables y rechazar aciertos inconvenientes. El caso más extemo es lo que sucede con la “disonancia cognitiva”.

La teoría de la disonancia cognitiva nos dice que hacernos conscientes de los conflictos entre nuestras creencias y nuestras acciones, o entre dos creencias simultáneamente coexistentes, viola la tendencia natural humana por la armonía mental o consonancia

      Así, en la “disonancia cognitiva”, un individuo con creencias políticas totalitarias puede negarse siempre a aceptar las evidencias de los crímenes de Hitler o Stalin por mucho que pueda constatarlas presencialmente. Siempre encontrará pretextos, falsos razonamientos y autoengaños que le permitirán mantener la “armonía mental o consonancia”.

  Afortunadamente, cada vez más la idea de “disonancia cognitiva” se va haciendo evidente a la hora de juzgar las situaciones de desavenencia.  La aparición de nuevos conceptos es una de las mayores contribuciones de la psicología al bien común. Si hoy estamos habituados a hablar (con mayor o menos propiedad) de “frustración” o “catarsis”, ello nos facilita comprender algunas de nuestras reacciones cuya realidad en otros tiempos pasaba desapercibida. “Disonancia cognitiva” es un concepto que también se va abriendo paso hoy en el lenguaje coloquial y nos facilita aceptar nuestra tendencia a negar lo que nos desagrada y a construir argumentos falaces para sostener opiniones poco razonables.

   También es positivo el que constatemos que, desde luego, muchos prejuicios van desapareciendo con el tiempo. Por ejemplo, la discriminación contra mujeres, homosexuales o minorías raciales. Los mecanismos para que se produzca esta desaparición son variados, pero lo importante es que puede alcanzarse la meta en tanto que tengamos claro cuál es ésta y recurramos al proceso habitual de prueba y error.

Se han demostrado intervenciones situacionales que (al menos temporalmente) fortalecen en las mujeres la asociación al género femenino con la posibilidad de carreras científicas. El método es sorprendentemente simple –implica añadir decoración típicamente femenina a las aulas de, por ejemplo, ciencia informática

    Es muy probable que la lucha contra los puntos ciegos sea la esencia del avance civilizatorio. Históricamente, el proceso podría haber tenido que ver con que las clases altas, dentro de la dinámica de consolidar su poder gracias a la acumulación de prestigio (crear una imagen pública de superioridad), hayan ido recolectando gradualmente innovaciones culturales capaces de cuestionar los prejuicios.  En un principio, tales innovaciones solo estarían a disposición de estos privilegiados, pero gradualmente irían difundiéndose a las clases inferiores e influirían en la vida convencional hasta hacerla irreconocible con el paso de los siglos.

  Queda entonces la cuestión de cómo se originan las innovaciones.  Los intelectuales, artistas, filósofos y profetas religiosos suelen ser los creadores de cada mínima “partícula” de innovación cultural (los “memes”, según la terminología ideada por Richard Dawkins) y estos grupúsculos minoritarios, que a veces forman su pequeña “subcultura”, logran, con el tiempo, ser tolerados “graciosamente” por la clase social superior a la hora de introducir conceptos extraños e incluso chocantes. No debió de ser fácil que se diera este resultado, por muy gradualmente que se manifestase, puesto que el bloqueo por parte de las resistencias conservadoras es lo habitual cuando se inician los procesos de cambio. Pero tenemos la evidencia de que al final se cuestionan los prejuicios, los “puntos ciegos” de la racionalidad humana.