lunes, 25 de julio de 2016

“Tropezar con la felicidad”, 2006. Daniel Gilbert

Éste no es un manual de instrucciones que le dirá algo útil acerca de cómo ser feliz.  (…) Éste es un libro que describe lo que la ciencia tiene que contarnos acerca de cómo y hasta qué punto el cerebro humano puede imaginar su propio futuro, y cómo puede predecir cuáles de los futuros posibles nos serán más gratos. Este libro es acerca de un rompecabezas sobre el que muchos pensadores han reflexionado en los últimos dos milenios, y usa sus ideas (y unas pocas mías) para explicar por qué parecemos saber tan poco acerca de los corazones y las mentes de las personas en que vamos a convertirnos

  La felicidad es difícil de describir objetivamente, ya que lo que sabemos de ella es lo que los individuos nos dicen, y siempre tendemos a exagerar los testimonios acerca de nuestra propia felicidad.

   En cuanto a la infelicidad -y para empezar el comentario sobre este libro del psicólogo Daniel Gilbert-, según los testimonios acumulados nuestra concepción estándar de ella no coincide con la experiencia. Y eso tiene su parte buena:

Los estudios de aquellos que han sobrevivido a importantes traumas sugieren que la gran mayoría los han afrontado bien y que una porción significativa afirma que sus vidas fueron mejoradas por la experiencia (…) El hecho es que los sucesos negativos sí que nos afectan, pero que generalmente no nos afectan tanto ni durante tanto tiempo como esperaríamos (…) La gente con salud imagina ochenta y tres estados de enfermedad que serían “peor que la muerte”, y sin embargo, la gente que en realidad se encuentra en esos estados raramente se suicida

Un estudio halló que los pacientes de cáncer eran más optimistas sobre su futuro que las personas sanas

  Parece ser que existe un sistema de inmunidad psicológica que nos hace ser optimistas incluso en situaciones que esperaríamos que fueran angustiosas. De no existir este sistema de inmunidad, las circunstancias adversas ciertamente nos empujarían al desánimo y al suicidio con mucha mayor frecuencia, lo cual iría, lógicamente, en contra de la supervivencia de la especie.

Cuando nos enfrentamos al dolor del rechazo, pérdida, desgracia y fracaso, el sistema de inmunidad psicológica no debe defendernos demasiado bien (“soy perfecto y todo el mundo está contra mí”), ni debe fallar en defendernos lo suficiente (“soy un fracasado y debería estar muerto”). Un sistema de inmunidad psicológica saludable ha de lograr un equilibrio 

   (Cabe señalar precautoriamente que la difusión de este concepto de “inmunidad psicológica” ante la desgracia puede ser conveniente para mucho egoísta que hace daño a otros y que puede después excusarse argumentando que el perjudicado, de todas formas, no lo va a pasar tan mal porque el sistema de inmunidad automático ya descrito lo hará sentirse feliz de nuevo…)

  Por otra parte, podemos vivir experiencias más agradables si tenemos en cuenta ciertas pautas de la sensibilidad humana general. Se han realizado experimentos acerca de cómo se soporta el dolor, y las conclusiones no son tampoco las que habitualmente esperaríamos.

Si bien el grupo [de sujetos que recibió] choques eléctricos de baja intensidad [en un experimento] recibió menos voltios que el grupo de alta intensidad, sus corazones latieron más rápido, sudaron más profusamente y se clasificaron a sí mismos como más asustados. ¿Por qué? Porque los voluntarios en el grupo de baja intensidad recibieron choques de diferentes intensidades en tiempos diferentes, lo cual les hizo imposible anticipar su futuro. Aparentemente, tres descargas que uno no puede prever son más dolorosas que veinte que uno puede prever

El sufrimiento intenso dispara los mismos procesos que lo erradican, mientras que el sufrimiento moderado no, y este hecho contraintuitivo puede hacer difícil para nosotros predecir nuestro futuro emocional

  Otras percepciones, aunque ilógicas, sí son de acuerdo con lo que se supone habitualmente…

La investigación muestra que cuando a la gente se les aplican choques eléctricos, realmente sienten menos dolor cuando creen que están sufriendo por algo de gran valor [recompensa en el futuro]. 

   En esta línea de que “las cosas suelen no ser como aparentan”, Daniel Gilbert nos expone una serie de conclusiones acerca de cómo afrontamos las adversidades y las circunstancias favorables con independencia del contenido aparentemente objetivo de los sucesos.

Es más probable generar una visión positiva y creíble de una acción que de una inacción, de una experiencia dolorosa que de una experiencia fastidiosa, de una situación desagradable de la que no podemos escapar que de una de la que sí podemos.  Y sin embargo, raramente elegimos acción sobre inacción, dolor sobre fastidio y compromiso en lugar de libertad

La incertidumbre puede preservar y prolongar nuestra felicidad, de modo que se podría esperar que más gente busque la incertidumbre. De hecho, lo opuesto es lo más habitual

Ponemos más atención a la información favorable, nos rodeamos por aquellos que nos las proporcionan y las aceptamos sin crítica. Estas tendencias hacen fácil que expliquemos las experiencias desagradables de forma que nos exonere de responsabilidad y nos hagan sentir mejor. El precio que pagamos por nuestra urgencia explicativa irreprimible es que con frecuencia [también] echamos a perder nuestras experiencias más agradables al darles un sentido.

  Aunque buscamos la felicidad, no actuamos conscientemente de la forma que en realidad nos la proporcionaría. La misma capacidad única del ser humano para prever el futuro suele equivocarse en sus previsiones acerca de la propia felicidad. Por eso se puede decir que, más que encontrar la felicidad, dada nuestra torpeza en buscarla solo podemos esperar “tropezarnos con ella”…

A lo largo de este libro he comparado la imaginación con la percepción y la memoria, y he intentado convencer de que la previsión es tan falible como la vista y el recuerdo.  (…) La vista falible puede ser remediada con el uso de gafas, y el recuerdo falible puede ser remediado al dejar registro escrito del pasado – pero ¿qué pasa con la previsión falible? No hay gafas que puedan agudizar la visión del mañana y no hay registro escrito con el que podamos contar. ¿Podemos remediar el problema de la previsión?

Intentamos repetir aquellas experiencias que recordamos con placer y orgullo, e intentamos evitar aquellas que recordamos con disgusto y turbación. El problema es que con frecuencia no las recordamos correctamente (…) La memoria no es un escriba escrupuloso que guarda una transcripción completa de sus experiencias, sino un editor sofisticado que archiva y guarda elementos clave de una experiencia y entonces usa estos elementos para reescribir la historia cada vez que queremos releerla

Sobreestimamos cómo de felices seremos en nuestros cumpleaños, subestimamos cómo de felices seremos los lunes por la mañana y hacemos estas predicciones mundanas pero erróneas una y otra vez, a pesar de que son rebatidas regularmente. Nuestra incapacidad para recordar cómo nos sentimos realmente es una de las razones por las que nuestra riqueza de experiencias tan frecuentemente resulta ser una pobreza de ricos

    A un nivel práctico, destacan en este libro tres elementos polémicos: que el dinero sí trae la felicidad, que la felicidad familiar es un engaño y que a la hora de elegir un camino para hallar la felicidad nos conviene no tanto examinar nuestros propios deseos, sino la experiencia de los demás.

  El dinero sí trae la felicidad, pero solo hasta cierto punto :

Economistas y psicólogos han pasado décadas estudiando la relación entre la riqueza y la felicidad, y han generalmente concluido que la riqueza incrementa la felicidad humana cuando saca a la gente de la pobreza abyecta hasta la clase media, pero que hace poco por incrementar la felicidad a partir de ahí (…) Los economistas explican que la riqueza tiene una “utilidad marginal en descenso” (…) Los americanos que ganan 50.000 dólares al año son mucho más felices que los que ganan 10.000 al año, pero los americanos que ganan 5 millones al año no son mucho más felices que aquellos que ganan 100.000 al año.

  De hecho, un cálculo reciente basado en estadísticas acerca de esta cuestión concluye que el límite de la felicidad económica está en los 60.000 al año. Por lo tanto, de ahí en adelante, no valdría la pena esforzarse por ganar más…

  La segunda cuestión polémica es que Gilbert opina, en base a su experiencia, que lo de la felicidad familiar es un cuento (un superreplicador).

“Los niños traen felicidad” es un superreplicador. La red de transmisión de la creencia de la cual somos parte no puede operar sin un surtido constante de gente que haga la transmisión (…). De hecho, la gente que cree que los niños traen miseria y desesperación –y que por ello dejan de tenerlos- dejará fuera de servicio su red de transmisión de creencia en cincuenta años, terminando con ello la creencia.

Cuando creemos que estamos criando hijos y ganando dinero para incrementar nuestra felicidad, realmente estamos haciendo estas cosas por razones más allá de nuestra comprensión. Somos nodos dentro de una red social que se construye y se viene abajo por su propia lógica

  Un “superreplicador social” sería entonces una especie de parásito en nuestra mente (genéticamente transmitido) cuyo único fin es perpetuarse a sí mismo. Así, autoengañarnos acerca de la felicidad que supone tener hijos es lo que permite que se sigan produciendo hijos los cuales, al heredar esta peculiaridad del comportamiento (la falsa creencia de que el tener hijos proporciona felicidad), seguirán asegurando la reproducción de la especie. Es el juego del "gen egoísta" aplicado a nuestra concepción de la felicidad familiar…

  Lo mismo puede referirse también a algunas otras creencias culturales…

Las creencias falsas que promueven sociedades estables se sostienen porque la gente que mantiene estas creencias tiende a vivir en sociedades estables, lo cual proporciona los medios por los cuales las creencias falsas se propagan

    Como, por ejemplo, creer en Dios o en la Patria.

    Y, tercer elemento polémico, Gilbert nos advierte de que si queremos ser felices mejor no nos guiemos por nuestras propios juicios e ideas, sino sobre todo por las experiencias ajenas.

Una forma de hacer predicciones acerca de nuestro propio futuro emocional es encontrar a alguien que está teniendo la experiencia que vamos a considerar y preguntarle cómo se siente. En lugar de recordar nuestra pasada experiencia para simular nuestra futura experiencia, quizá deberíamos simplemente pedir a otras personas que hagan introspección de su propio estado

  Para finalizar, es interesante considerar que Gilbert menciona algunas posibilidades acerca de una medición objetiva de la felicidad.

Las imperfecciones en la medición siempre son un problema, pero son solo un problema devastador cuando no las reconocemos (...) Es imposible para los científicos comparar las afirmaciones de dos personas. Eso es un problema. Pero el problema no tiene que ver con la palabra “comparar”, sino con la palabra “dos”. Dos es un número demasiado pequeño y cuando se convierte en doscientos o dos mil, las calibraciones diferentes de los individuos diferentes comienzan a coincidir y a descartarse unas a otras

   Y, además, aparte del conteo estadístico de los testimonios de experiencias, la felicidad podría medirse haciendo uso de algunos “marcadores” empíricos que los científicos sociales tienen a su alcance:

Hay muchas otras maneras de medir la felicidad (…) y algunas de ellas parecen ser mucho más rigurosas, científicas y objetivas que las propias afirmaciones de una persona. Por ejemplo, la electromiografía nos permite medir las señales eléctricas producidas por los músculos estriados de la cara, tales como el corrugador superciliar, que frunce nuestras cejas cuando experimentamos algo desagradable, o el cigomático mayor, el cual tira de nuestras bocas hacia nuestras orejas cuando sonreímos. La fisiografía nos permite medir la actividad electrodérmica, respiratoria y cardiaca del sistema nervioso autónomo, todo lo cual cambia cuando experimentamos emociones fuertes. La electroencefalografía, la tomografía de emisión positrónica y la imagen de resonancia magnética nos permiten medir la actividad eléctrica y el flujo sanguíneo en las diferentes regiones del cerebro, tales como el cortex prefrontal izquierdo y derecho, los cuales tienden a estar activos cuando experimentamos emociones negativas y positivas respectivamente. Incluso un reloj puede ser útil para medir la felicidad, porque la gente excitada tiende a parpadear más despacio cuando se sienten felices que cuando se sienten asustados o ansiosos

  Así pues, de una u otra forma, este interesante libro lleno de contenidos nos proporciona información valiosa acerca de qué es la felicidad y cómo conseguirla.  No cuestiona el tipo de felicidad a la que aspiramos según la sociedad en la que vivimos, ni los condicionantes que nos imponen los demás a la hora de permitirnos ser felices. Solo nos habla de la felicidad posible en la cultura convencional. Otra cuestión sería si existiera una organización social que estuviese interesada en proporcionar, a la manera "utilitarista", la mayor felicidad para el mayor número. Aquí solo se trata de la felicidad en el mundo que tenemos. La que nos dejan y con la que podemos tropezarnos, si hay suerte.

viernes, 15 de julio de 2016

“Incógnito”, 2011. David Eagleman

Nuestros cerebros van casi siempre en piloto automático, y la mente consciente tiene muy poco acceso a la gigantesca y misteriosa fábrica que funciona debajo. (…) El cerebro lleva a cabo sus maquinaciones en secreto, haciendo aparecer ideas como si fuera pura magia. No permite que su colosal sistema operativo sea explorado por la cognición consciente. El cerebro dirige sus operaciones de incógnito.

  No se puede hacer buen uso de la inteligencia humana sin ser conscientes de qué poco de nuestras habilidades cognitivas dependen, precisamente, de la mente consciente. Este libro nos alerta de tales limitaciones y pone en su sitio el papel del libre albedrío. No hay que negar la propia humanidad, sino valorarla en su justa medida.

La neurociencia ha demostrado que la mente consciente ya no es la que lleva el timón de nuestra vida. 

Sigmund Freud observó que los argumentos que surgen del intelecto o de la moralidad son débiles cuando se enfrentan a las pasiones y deseos humanos, que es el motivo por el que las campañas de «simplemente di no» o “practica la abstinencia” nunca funcionarán. 

   El inconsciente tiene más poder, y este poder hace que la realidad que percibimos llegue muy mediatizada por éste

La realidad es mucho más subjetiva de lo que se cree normalmente. El cerebro no registra la realidad de una manera pasiva, sino que la construye de manera activa.

Un pequeño cambio en el equilibrio de la química del cerebro puede causar grandes cambios en el comportamiento, y éste no se puede separar de su biología.

  Psicólogos y neurocientíficos identifican una serie de efectos muy característicos del poder del inconsciente sobre lo que creemos que es comportamiento consciente. Conocer estas aparentes limitaciones puede sernos muy ventajoso. Sobre todo si nos damos cuenta de que el avance de la civilización ha estado relacionado con conocer las debilidades humanas, con el hecho de que las cosas nunca son lo que parecen y que los seres humanos pueden cambiar de forma sorpresiva, pero no por puro azar.

A primera vista, uno podría pensar que la virtud consiste en no querer hacer cosas malas. Pero en un marco de referencia más matizado, una persona virtuosa puede sufrir poderosos impulsos lascivos siempre y cuando conserve suficiente capacidad de frenado para superarlos.

En un reciente experimento, se les pidió a algunos hombres que clasificaran las fotos de diferentes caras de mujer según su atractivo físico. Las fotos eran de veinte por veinticinco, y mostraba a las mujeres mirando a la cámara o en un perfil de tres cuartos. Sin que los hombres lo supieran, en la mitad de las fotos las mujeres tenían los ojos dilatados y en la otra mitad no. De manera sistemática, los hombres se sintieron más atraídos por las mujeres de ojos dilatados. Lo más extraordinario es que ninguno de ellos se dio cuenta de que eso había influido en su decisión.

La gente se casa más a menudo con personas cuyo nombre tiene la misma inicial de lo que dictaría el mero azar.(…) Los psicólogos lo interpretan como un inconsciente amor hacia uno mismo, o quizá con la comodidad experimental de las cosas conocidas, y lo denominan egoísmo implícito

  Se han realizado muchos experimentos curiosos que siguen demostrando lo manipulable que es nuestro juicio. En otro de ellos se hace leer la biografía de un personaje histórico, pero se amaña su fecha de nacimiento para que coincida con la del lector, entonces éste da un juicio más positivo sobre ese personaje que otro lector cualquiera, aparentemente solo por esa trivial similitud…

A ese efecto se lo denomina primado: su cerebro ha sido preparado previamente. El primado pone de relieve el hecho de que los sistemas de memoria implícita están esencialmente separados de los sistemas de memoria explícita: incluso cuando los segundos han perdido los datos, los primeros los tienen bajo control. 

  Más causas y efectos:

[La] manifestación en el mundo real de la memoria implícita se conoce como el efecto de la ilusión de verdad: es más probable que crea que una afirmación es cierta si ya lo ha oído antes, sea o no cierta.

Si usted ha visto antes la cara de alguien, la juzgará más atractiva si la vuelve a ver. Y ello ocurre aun cuando no recuerde haberla visto antes. Es algo que se conoce como mero efecto de exposición

  Y, por supuesto…

Si es portador de una serie concreta de genes, la probabilidad de que cometa un delito violento aumenta en un ochocientos ochenta y dos por ciento [según el departamento de Justicia estadounidense]. (…) Más o menos la mitad de la población humana es portadora de esos genes, y la otra mitad no, con lo que la primera mitad es mucho más peligrosa. Es un dato incontestable. La abrumadora mayoría de los presos son portadores de esos genes, como por ejemplo el 98,4% de los que están en el corredor de la muerte. (…)  Por lo que se refiere a esa peligrosa serie de genes, probablemente ha oído hablar de ellos. Se resumen en el cromosoma Y. Si es usted portador, lo llamamos varón.

     La enumeración de condicionamientos y predisposiciones que influyen en nuestro comportamiento a través de nuestro inconsciente puede hacerse interminable. En conjunto, nuestra racionalidad aparece muy limitada por este tipo de efectos que actúan a través de nuestras emociones. Pero resulta que el predominio parcial de la emoción sobre la razón tiene también sentido desde el punto de vista de la supervivencia.

Las redes emocionales son absolutamente necesarias para clasificar las posibles acciones que podría llevar a cabo en el mundo: si fuera un robot sin emociones que deambula por una habitación, podría ser capaz de llevar a cabo análisis acerca de los objetos que le rodean, pero la indecisión lo paralizaría cuando tuviera que escoger qué hacer a continuación.

Si un pez picón hembra se adentra en el territorio de un macho, éste muestra un comportamiento agresivo y de cortejo al mismo tiempo, y ésa no es manera de seducir a una dama. El pobre picón macho parece ser simplemente una colección de programas zombis de serie accionados por entradas de funcionamiento básico (¡Intrusión! ¡Hembra!), y las subrutinas no han encontrado ningún método de arbitrar entre ellas

  “Programas zombis” es como el autor denomina a los subsistemas automáticos de comportamiento con los que todos los seres vivos están equipados. Escapan a nuestro control consciente, pero los humanos, a diferencia del pez del ejemplo, podemos controlar sus consecuencias.

  Se cuenta en “La Odisea” cómo Ulises, sabedor de que iban a pasar cerca de las sirenas cuyo canto se apoderaría de su voluntad, hizo que sus hombres lo ataran para que las malévolas criaturas no lo indujeran a arrojarse a su propia perdición.

Este mito [Ulises y las sirenas] subraya la manera en que la mente puede desarrollar un meta-conocimiento acerca de cómo interactúan la mente a corto plazo y la mente a largo plazo. La asombrosa consecuencia es que la mente puede negociar consigo misma en diferentes puntos del tiempo (…) Tomar libremente decisiones que nos vinculan con el futuro es lo que los filósofos denominan un contrato Ulises (…) Cuando una persona que goza de buena salud firma un testamento vital para que lo desenchufen en el caso de que quede en coma, se vincula a sí mismo con un posible yo futuro mediante un contrato

  Conocedores, como Ulises, de nuestra debilidad, no solo podemos tomar medidas para evitar sus negativas consecuencias, también podemos aprovechar en nuestro favor los previsibles condicionamientos del inconsciente

Lo que hace la conciencia: pone unas metas, y el resto del sistema aprende a cumplirlas.

Los psicólogos han descubierto que si sujeta un lápiz entre los dientes mientras lee algo, la lectura le parecerá más divertida; y eso ocurre porque la interpretación se ve influida por la sonrisa que tiene en la cara. Si se sienta recto en lugar de repantigarse, se sentirá más feliz. El cerebro asume que si la boca y la espina dorsal se comportan así, debe de ser porque están alegres.

    Las iniciativas sencillas para aprender a autocondicionarnos son menos importantes que aprender a entrenar nuestras mentes.

Cuando alguien juega por primera vez a un videojuego, su cerebro rebosa actividad. Está quemando energía como un loco. A medida que tiene más práctica, la actividad cerebral es menor. Ahora tiene más eficiencia energética. Si mide la actividad cerebral de alguien y ve que es escasa durante una tarea, eso no significa necesariamente que no lo esté intentando, sino que en el pasado ya se esforzó por grabar los programas en el circuito. La conciencia intervino durante la primera fase del aprendizaje, y queda excluida del juego después de que éste haya quedado impreso en el circuito

Imagine que le gustaría poder resistirse un poco más a la tarta de chocolate. En este experimento, usted observa fotos de tartas de chocolate durante la exploración cerebral, y los experimentadores determinan la región del cerebro que participa en su apetito. A continuación la actividad de esas redes se representa mediante una barra vertical en una pantalla de ordenador. Su trabajo consiste en hacer que la barra baje. La barra actúa de termómetro de su apetito: si sus redes del apetito se revolucionan, la barra está alta; si suprime su apetito, la barra está baja. Usted contempla la barra e intenta hacer que baje. A lo mejor sabe lo que está haciendo para resistirse a la tarta; a lo mejor es algo inaccesible. En cualquier caso, intenta distintos caminos mentales hasta que la barra comienza a bajar lentamente. Cuando ello ocurre, significa que ha utilizado con éxito los circuitos frontales, y que éstos han apagado la actividad de las redes que participan en ese apetito impulsivo. El largo plazo ha vencido al corto. Sin dejar de mirar las fotos de la tarta de chocolate, practique para intentar que la barra baje una y otra vez hasta que haya reforzado esos circuitos frontales. (…) No es que no queramos disfrutar de nuestros pensamientos impulsivos (Mmm, tarta), simplemente queremos dotar a la corteza frontal de algún control para actuar sobre ellos (Voy a pasar).  (…) En eso consiste el madurar. La principal diferencia entre los cerebros de los adolescentes y los de los adultos es el desarrollo de los lóbulos frontales. La corteza humana prefrontal no se desarrolla plenamente hasta los veintipocos años

  La conclusión es que disponemos de medios para hacer frente a la sorprendente realidad de nuestro limitado libre albedrío. Nuestra cultura librepensadora actual ha creado su propia tradición acerca de la capacidad con la que contaríamos para hacernos cargo de nuestro propio destino, pero esta tradición es contraproducente una vez se hace inevitable el descubrir que el pensamiento consciente es tan frágil ante los condicionamientos inconscientes.

  Es mucho mejor tener en cuenta cómo y con qué consecuencias el ser humano, en el transcurso de la historia, se ha visto enfrentado ante realidades insospechadas que contradecían la anterior visión del mundo…

Para algunos pensadores, a medida que la inmensidad del universo se vuelve más aparente, lo mismo ocurre con la intrascendencia del género humano: comenzamos a menguar en importancia prácticamente hasta quedar en nada. (…) El destronamiento condujo a una comprensión más rica y profunda, y lo que perdimos en egocentrismo quedó equilibrado por la sorpresa y el asombro. (…) Hemos triplicado la duración de la vida y, gracias a la identificación de enfermedades a nivel molecular, pronto la vida media superará los cien años. Los destronamientos a menudo equivalen al progreso.

  Hay, pues, motivos para el optimismo y ninguno para negar la evidencia de la naturaleza biológica (genes, hormonas, cerebro)  de nuestro comportamiento

Si tenemos problemas cerebrales pero nos educan en un buen lugar, podemos acabar siendo una persona normal. Si nuestro cerebro está bien pero nuestro hogar es horrible, sigue siendo posible que acabemos siendo personas normales. Pero si padecemos un leve daño cerebral y acabamos teniendo un entorno hogareño malo, tenemos todos los números para acabar con una sinergia muy desafortunada. 

  Ni se justifica el fatalismo de un destino contra el que nada puede hacerse, ni tiene sentido tampoco el despreocupado optimismo de que todo depende de nuestra voluntad. Podemos adquirir un conocimiento útil de la influencia real de nuestro entorno, de los condicionamientos inconscientes y de cuál es nuestra capacidad real para enfrentar el poder del inconsciente. La aportación de la ciencia, la experiencia de la historia y la colaboración entre individuos en un entorno social benevolente y de confianza son nuestras mejores posibilidades.

martes, 5 de julio de 2016

“Consilience”, 1998. Edward O. Wilson

La mayor empresa de la mente siempre ha sido y siempre será el intento de conectar las ciencias con las humanidades. (…) La clave de la unificación es la consiliencia. Prefiero esta palabra a «coherencia», porque su rareza ha conservado su precisión, mientras que coherencia tiene varios significados posibles, uno de los cuales es consiliencia. 

En la medida en que las brechas entre las grandes ramas del saber puedan reducirse, la diversidad y la profundidad del conocimiento aumentarán. (…) La empresa es importante por otra razón adicional: confiere un objetivo último al intelecto. 

  Edward O Wilson, el creador de la "sociobiología" (el mismo admite que se puede llamar también “psicología evolutiva” o “antropología darwiniana”) ve en la perspectiva de la consiliencia  la mejor posibilidad de alcanzar una interpretación acertada de la evolución social. Sin duda el desarrollo de la ciencia social es más importante que el de las ciencias llamadas "duras" (Matemáticas y Física, por supuesto, pero también Biología o Medicina) porque, al fin y al cabo, es una sociedad más cooperativa –el objetivo buscado por la ciencia social-  la que permite el progreso de cualquier forma de conocimiento humano, incluidas las ciencias ”duras”, pero  alcanzar la “consiliencia” en las ciencias sociales (o “blandas”) es lo más difícil de todo.

La gente espera de las ciencias sociales (antropología, sociología, economía y ciencia política) el conocimiento para comprender su vida y controlar su futuro (…)  La diferencia crucial entre ambos ámbitos [ciencias sociales y, por ejemplo, las ciencias médicas] es la consiliencia: las ciencias médicas la tienen, y las ciencias sociales no. Los científicos médicos construyen sobre unos cimientos coherentes de biología molecular y celular. 

  Puesto que el comportamiento humano se origina en la naturaleza biológica, no debería ser imposible llegar a esta consiliencia también en las ciencias sociales gracias a los avances biológicos. Pero con los medios de ahora eso sigue quedando un tanto lejano.

Cualquier proceso mental tiene un fundamento físico y es consistente con las ciencias naturales. (…) Las cuestiones importantes son, en primer lugar, ¿existen principios generales de organización que permitan reconstituir completamente a un organismo vivo sin recurrir a la simulación de fuerza bruta de todas sus moléculas y átomos? Segundo, ¿serán de aplicación los mismos principios a la mente, el comportamiento y los ecosistemas? Tercero, ¿existe un cuerpo de matemáticas que sirva como lenguaje natural para la biología, paralelo al que tan bien funciona para la física? Cuarto, aunque se descubran los principios correctos, ¿cuán detallada ha de ser la información objetiva para poder usar dichos principios en los modelos deseados? 

    E O Wilson aparece, dentro de lo que cabe, como un optimista, no muy lejano del ideal ilustrado, mientras que hoy hay muchos que creen que jamás alcanzaremos un conocimiento completo de la naturaleza humana mediante el estudio de las ciencias biológicas.

Se conoce lo suficiente para justificar la confianza en el principio de consiliencia racional universal en todas las ciencias naturales.

Una vez superamos el golpe de descubrir que el universo no fue hecho pensando en nosotros, todo el significado que el cerebro puede conocer a fondo, todas las emociones que puede soportar y toda la aventura compartida que pudiéramos desear gozar, pueden encontrarse descifrando el sentido del orden hereditario que ha llevado a nuestra especie a través del tiempo geológico y la ha troquelado con los residuos de la historia profunda. 

   Todo esto sin olvidar los peligros de la Ilustración, peligros que han ido más allá del de cometer errores científicos…

Quizá solo existe un orden social «perfecto», y los científicos lo encontrarán (o, lo que es peor, afirmarán falsamente haberlo encontrado). La autoridad religiosa, el muro de Adriano de la civilización, se vendrá abajo y llegarán en masa los bárbaros de la ideología totalitaria. Tal es el lado oscuro del pensamiento secular de la Ilustración, desvelado en la Revolución francesa y expresado más recientemente mediante teorías de socialismo «científico» y fascismo racista.

  Pero siempre puede hacerse una distinción entre la ciencia real y las seudociencias, doctrinas tendenciosas que pretenden arrogarse del prestigio del que dispone la ciencia real.

Las pseudociencias satisfacen necesidades psicológicas personales

  La ciencia auténtica, seria, ha de funcionar de otra manera.

El científico ideal piensa como un poeta y trabaja como un contable

Mediante la investigación empírica podrían alcanzarse criterios de verdad objetiva. La clave reside en clarificar las operaciones, todavía poco conocidas, que componen la mente y en mejorar el enfoque fragmentario que la ciencia ha tomado hacia sus propiedades materiales.

  El mensaje de E. O. Wilson insiste acerca del valor de la ciencia también para el diseño de una sociedad mejor. Pero para ello necesitamos una ciencia genuina, alejada de los espejismos seudocientíficos del pasado reciente

Gran parte de lo que pasa por teoría social es todavía esclava de los grandes maestros originales, lo que es mal síntoma, dado el principio de que el progreso en una disciplina científica puede medirse por lo rápidamente que sus fundadores son olvidados.  (…) Los teóricos sociales avanzados, incluidos los que producen refinados modelos matemáticos, están igualmente encantados con la psicología popular. Por regla general, ignoran los hallazgos de la psicología científica y de la biología. Esta es parte de la razón, por ejemplo, por la que los científicos sociales sobreestimaron la fuerza del régimen comunista y subestimaron la fuerza de la hostilidad étnica. 

  Una teoría social moderna tendría más sentido que algunas teorías del conocimiento nuevas, como el postmodernismo

El postmodernismo es la antítesis polar extrema de la Ilustración. La diferencia entre los dos extremos puede expresarse aproximadamente como sigue: los pensadores de la Ilustración creen que podemos saberlo todo, y los postmodernistas radicales creen que no podemos saber nada

  E. O. Wilson, aunque predique la moderación, es sin duda de los que creen que podemos llegar a saberlo todo

Existe solo una clase de explicación. Atraviesa las escalas del espacio, del tiempo y de la complejidad para unir los hechos dispares de las disciplinas mediante consiliencia, la percepción de una red inconsútil de causa y efecto. Durante siglos la consiliencia ha sido la leche materna de las ciencias naturales. Ahora está completamente aceptada por las ciencias del cerebro y la biología evolutiva, las disciplinas mejor situadas para servir a su vez como puentes hacia las ciencias sociales y las humanidades. (…) Todos los fenómenos tangibles, desde el nacimiento de las estrellas hasta el funcionamiento de las instituciones sociales, se basan en procesos materiales que en último término son reducibles, por largas y tortuosas que sean las secuencias, a las leyes de la física. 

Solo el saber unificado, compartido universalmente, hace posible la previsión precisa y la opción prudente.

  Entre las cosas que hemos averiguado acerca de la condición humana gracias a la ciencia –particularmente a partir del enfoque evolucionista- estaría el mecanismo básico del problema humano y muchas de sus manifestaciones más conflictivas.

  Éste es el problema básico humano, la explicación científica de por qué “las cosas tal como son” en la vida social no deben seguir siendo así; porqué, aparentemente, “la naturaleza se equivoca”:

No hubo tiempo suficiente para que la herencia humana se las apañara con la enormidad de nuevas posibilidades contingentes que la inteligencia elevada revelaba. Se podían construir algoritmos, pero no eran lo suficientemente numerosos ni precisos para responder de forma automática y óptima a cualquier acontecimiento posible

   Podemos enumerar algunos de los problemas específicos surgidos por este crecimiento desmesurado de la inteligencia en un ser regido por las emociones típicas de los vertebrados superiores. Por ejemplo, el tribalismo (o "sesgo endogrupal"), el sobrenaturalismo y los estímulos supernormales:

La exclusión y el fanatismo religiosos surgen del tribalismo, la creencia en la superioridad innata y la categoría especial de los que pertenecen al grupo. El tribalismo no puede achacarse a la religión. La misma secuencia causal dio origen a las ideologías totalitarias. El corpus mysticum pagano del nazismo y la doctrina de lucha de clases del marxismo-leninismo, ambos esencialmente dogmas de religiones sin Dios, fueron puestos al servicio del tribalismo, y no al revés. 

El mundo que los seres humanos preletrados perciben objetivamente es solo un pequeño fragmento del mundo natural completo. Así, por necesidad, la mente primitiva se halla continuamente ajustada al misterio. Para los cazadores-recolectores del Kalahari y otros grupos contemporáneos la experiencia de la vida cotidiana se transforma de manera imperceptible en su entorno mágico. Los espíritus moran en los árboles y las rocas, los animales piensan y el pensamiento humano se proyecta hacia fuera desde el cuerpo con una fuerza física. 

(El) estímulo supernormal (…) ampliamente extendido en las especies animales, es la preferencia durante la comunicación por las señales que exageran las normas, aunque raramente o nunca existan en la naturaleza. (…) Las mujeres con grandes ojos y rasgos delicados pueden tener una salud menos robusta, especialmente durante los rigores del parto, que las que se hallan más cerca del promedio de la población. Pero, al mismo tiempo (y este podría ser el significado adaptativo), presentan pistas físicas de juventud, virginidad y la expectativa de un largo período reproductor.

    Sin embargo, es vital señalar que la cultura humana  puede hacer uso de los “estímulos supernormales” para el progreso social (o cultural). En realidad, no tiene otra opción porque la salida al problema humano solo podemos alcanzarla mediante el desarrollo de estrategias sociales de innovación y mejora culturalmente transmitidas, y estas estrategias, lógicamente, solo pueden hacer uso de las herramientas psicológicas innatas de las que disponemos.  La racionalidad, el altruismo y la tecnología son muy “aprovechables” para ello, mientras que el tribalismo, el sobrenaturalismo y la agresividad no lo son nada…   En el caso específico de los “estímulos supernormales”,  la preferencia por la exageración puede tener un cierto poder adaptativo: nuestra inteligencia nos permite manipular la realidad de una forma que los animales irracionales no pueden y esas exageraciones que “raramente o nunca existen en la naturaleza” son las que constituyen también los ideales culturales que, en el caso del comportamiento humano, nos llevan a la búsqueda de la virtud.

  Si de lo que se trata es de superar las contradicciones entre un exceso de inteligencia y nuestra dependencia de los instintos animales heredados, seguir la pista de los estímulos supernormales nos puede permitir alcanzar altos ideales éticos “antinaturales” muy capaces de forzar las limitaciones instintuales de agresividad e irracionalidad.

Estamos aprendiendo el principio fundamental de que la ética lo es todo. La existencia social humana, a diferencia de la animal, se basa en la propensión genética a formar contratos a largo plazo que por la cultura evolucionan en preceptos morales y ley. Las reglas de la formación de tales contratos no se le dieron a la humanidad desde arriba, ni surgieron aleatoriamente en la mecánica del cerebro. Evolucionaron a lo largo de decenas o cientos de milenios porque conferían supervivencia y la oportunidad de estar representados en las generaciones futuras, a los genes que los prescribían.

     La capacidad para cumplir las obligaciones éticas va todavía más allá del establecimiento y cumplimiento de contratos, pues la cultura puede transmitir sensibilidades colectivas a la hora de reaccionar emocionalmente ante las elecciones éticas por el bien común que permitan alcanzar comportamientos éticos progresivamente más eficientes, y solo la elaboración cultural de un comportamiento benevolente, racional y afectivo extremo garantiza la confianza para la cooperación plena. En “estado de naturaleza” (las miles de generaciones de cazadores-recolectores que constituyeron por evolución nuestra base genética) la benevolencia tiene un papel limitado. La “exageración” de las tendencias benevolentes o altruistas es la que lleva a la virtud, garantizando el cumplimiento de los contratos y desarrollando el autocontrol del comportamiento para alcanzar el bien común.

   La cultura elabora representaciones de virtud y establece estrategias de psicología social para establecer comunidades humanas mientras más cooperativas mejor, en base a las posibilidades del comportamiento. Nada de esto sería posible si la naturaleza humana no estuviese predispuesta a la “exageración” a la hora de percibir y actuar en base a los estímulos. El ideal social es la supernormalidad de los estímulos prosociales, aquellos que permiten el comportamiento altruista, antiagresivo y racional mucho más allá de las experiencias del pasado. La manipulación psicológica en busca de ese ideal de virtud es en lo que siempre ha consistido la sabiduría, la de la Antigüedad y la de hoy…

Nos estamos ahogando en información, mientras que nos morimos por la falta de sabiduría.

    Es el esquema científico el que nos señala las limitaciones lógicas de nuestra cultura contemporánea. Identificado el problema humano en que hemos desarrollado –muy recientemente, según criterios evolutivos- una asombrosa inteligencia “dentro” de la biología emocional del género “Homo”, lo que está claro es que hemos de proceder a una “doma” del “Homo sapiens” haciendo uso de estrategias de psicología social transmitidas culturalmente. Las religiones de las civilizaciones agrarias más desarrolladas se dieron cuenta de esta dualidad (humanidad/bestialidad) y definieron metas de virtud a alcanzar mediante estrategias psicológicas a gran escala. Estas metas no son otra cosa que expresiones de “estímulos supernormales”. No son, por tanto, algo disparatado en nuestra propia naturaleza que ya de por sí está programada para actuar en base a tales “exageraciones”.  Y si exagerar es natural, buscar la extrema virtud, por tanto, tiene sentido por mucho que tal virtud no se encuentre en nuestra cultura del momento.

  Podemos actuar en base a tal ideal con la esperanza razonable de que modificaciones culturales posteriores permitan la mejora del comportamiento colectivo en un sentido de mayor benevolencia, altruismo, confianza, racionalidad y cooperación. Es evidente que ya se ha conseguido mucho.

  La ciencia social debería, por tanto, aceptar que el estudio de las causas y la experiencia de los fenómenos señala hacia metas humanas no convencionales. El error de la Ilustración fue precipitarse en definir fórmulas supuestamente racionales en base a prejuicios (por ejemplo, que un sistema social más racional ha de crear un Estado más fuerte y un ideal humano aristocrático, cuando en realidad la democracia debilita el poder del Estado y surge el pueblo llano como sujeto de soberanía). Si eliminamos los prejuicios, la racionalidad de la observación del mismo fenómeno humano puede mostrarnos el camino de un proceso civilizatorio futuro tan coherente –consiliente- como opuesto a lo convencional. La ciencia real, no la seudociencia, no entiende ni de convencionalismos ni de prejuicios.